Cómprame un café
Autores
a. revet fosch
el lobo (relato)
—Mon Dieu!
Saint LeBaur —Un Oso—, piloto de la vieja piragua que semanalmente recorría los ciento cincuenta kilómetros que separan la factoría Número 2 de Providence Gitsy, aldehuela habitada, por peleteros y mineros, sita en el golfo de la Coronación, unos grados por encima del Círculo Polar seguía todavía echado en el rincón de la popa, lejos de recobrarse de su perplejidad y susto. Sus ojos, enrojecidos por la reverberación de la nieve, pequeños y de mirada dura, se fijaron sucesivamente en la silueta gris de las montañas, al este, y en la palidez del firmamento que por occidente, cobraba suavemente un tono de púrpura; después contemplaron los ralos cedros blancos de las orillas y la espumosa corriente por la que navegaban. Finalmente, el canadiense macizo y de fisonomía salvaje, que contrastaba con la apacibilidad de su carácter, miró resueltamente al desconocido personaje, único pasajero que por la mañana embarcara en la caleta de la Factoría Número 2.
Saint LeBaur estaba estupefacto y, agarrado a los bordes de la embarcación que dando tumbos seguía la corriente, había casi retenido la respiración. Porque el corpulento guía y piloto era y se consideraba sin discusión, como el mejor timonel de aquella vasta comarca septentrional y por tal razón, cuando el mencionado desconocido del gorro de piel de zorro rojo le arrebato el remo timón en el «Paso de las Rocas», un preciso y angustioso instante que parecía que pese a la habilidad de Un Oso la frágil canoa iba a saltar hecha astillas y súpola conducir con mano experta y firme por el rápido, sin el menor rozamiento, comprendió que su misterioso pasajero, a quién el mayor Morrow de Fuerte Confidencia llamara Jaime, poseía una fuerza y destreza bastante como para rivalizar con él en una carrera por el río.
Y así se lo dijo, una vez más tranquilo; pues Saint LeBaur era, exceptuando su pasión por las disputas, una admirable persona capaz de reconocer los méritos ajenos... sin herirse los propios.
Pero el designado Jaime no pareció interesarse mucho por las lisonjas del timonel y continuó atento dirigiendo la marcha de la embarcación sin desplegar los labios. Hasta que hubo desfilado la última roca y sin escollos por delante nudo desviar la atención y con su voz, fresca y agradable para los rudos oídos del piloto de Providence Gitsy, decirle:
—¡Bueno, amigo! ¡Ya podemos fumar! ¡Endiablada corriente!... Seguramente que nunca la vio peor que hoy, ¿eh?
Saint LeBaur recogió la pala-timón que se le alargaba y contestó, con un bufido de afirmación:
—Oui, monsieur! El diablo andar hoy por el Paso de las Rocas. La primavera está próxima y el deshielo alimenta el río... Pero Saint LeBaur es el mejor piloto del Noroeste y esta tarde ha perdido la mano... ¿Cómo ser posible?... ¡Y m’sié darle una bonita lección!
Se sonrió ampliamente el desconocido del gorro rojo. Su talla debía ser elevada, puesto de pie, así como de contextura robusta: extrañó desde un principio al piloto ver su rostro cuidadosamente afeitado y tampoco dejó notar Saint LeBaur la fuerte impresión que causaba mirar un par de ojos claros, serenos y joviales. Ojos infantiles, pensó antes; luego, rectificó.
—¡Bah! —exclamó «Jaime», dando una amistosa palmada en los fornidos hombros de Un Oso y dejándole el puesto—. ¿Cree Saint LeBaur que porque he salido con suerte del «rápido» puedo derribar al «grizzly» luchando a brazos o atravesar la tundra con tempestad, recorriendo trescientas millas sin acampar? No, amigo, no... Saint LeBaur sigue siendo el campeón del Noroeste, cuya fama llega hasta las ciudades del sur.
—Ma foi! ¡Eso es mucho, m’sié...! —protestó Un Oso evidentemente halagado—. Monsieur...
—Carrington, Jaime Carrington —indicó el pasajero, buscando en uno de sus bolsos la pipa y el tabaco.
—M’sié Carrington dice eso porque ignora que a diez millas de Providence vive un hombre capaz de vencer a Saint LeBaur... Un hombre que derriba al oso de un puñetazo...
—Jam Boulaint... ¿Es a él a quién te refieres?
—Oui, m’sié. Boulaint, el Lobo. ¿Cómo saberlo?
El denominado Carrington acababa de atascar la pipa y la encendió. Miró en un breve instante de reflexión la bruma vesperal que comenzaba a extenderse por la tundra, en flecos deshilachados que se pegaban lentamente en el mísero follaje de los arbustos chaparrados.
—Hay cosas que se saben con sorprendente facilidad, amigo —dijo sin alzar mucho la voz y con una cadencia singular; miraba a los ojos de Un Oso, que no pudo menos que desasosegarse—. Por ejemplo: lo que se habla en el Lago de los Osos se repite al mes en el de los Esclavos; si alguien, viajando en su trineo, se rompe la crisma y la nieve lo entierra, antes lo saben en el Fuerte Resolución que en casa del difunto... ¿Comprende, Saint LeBaur? Y no había estado yo por estos parajes nunca; a la sumo había llegado a Mackay, pero he oído hablar mucho de Jam Boulaint... El Lobo, como le llamáis vosotros, ¿no es eso? Y no solamente he oído hablar de él con frecuencia, sino que hace años me crucé con él... Tan canalla y cobarde como ahora; no miento, amigo. Mala persona es Bouliant...
—Mala, m’sié —asintió Saint LeBaur, estremeciéndose.
—Le vi en la subasta anual de Negni-wood, más allá de Mackenzie, al oeste —prosiguió Carrington—. Le acompañaban algunos amigos suyos, cuando los tenía, cazadores de pieles... gente poco recomendable. Recuerdo lo que ocurrió aquella vez, lo recuerdo muy bien, Saint LeBaur, y no lo olvidaré nunca. Un esquimal compró una pareja de hermosos perros de Vancouver y Bouliant, impulsado por su egoísmo, quiso obtenerlos después, alegando que un blanco tenía superiores derechos de compra. Un pretexto cualquiera para saciar su vanidad y demostrar su fuerza bruta... Quiso atacar al esquimal y se lo impedimos; el shiglit marchó y, a espaldas nuestras, Boulaint le persiguió y alcanzó. Le robó los perros y le propinó una paliza con el látigo. Le azotó, Saint LeBaur; le azotó como a un ladrón cuando es así que el que robaba era él... El desdichado esquimal nos vino con la protesta. Boulaint andaba por los alrededores... Y a la mañana siguiente un trampero encontró el cadáver del infeliz shiglit.
—¡El Lobo lo mataría! —masculló Un Oso, muy interesado.
—Desde luego que fue él... Pero nadie le había visto; y la policía no pudo decidirse por su detención. Únicamente se le arrestó por robo.
Jaime Carrington miró a Saint LeBaur.
—¿Comprende por qué dije que era un cobarde? Y no es eso todo —agregó el viajero, tras una breve pausa—. Cuatro o cinco casos más evidencian la felonía y maldad de Boulaint... Ha robado a los mineros; ha saqueado puestos de tramperos y provocado luchas sin razón solo por su instinto sanguinario, brutal... ¡Si le conozco! De todos modos, dentro de unos días, tal vez mañana mismo, Boulaint dejará de aullar y azotar; no volverá a robar, tenlo por seguro, Saint LeBaur, Sé que está por llegar a Providence Gitsy y allá voy yo a buscarle... ¡Quiero luchar con él!
—Mon Dieu, m’sié! —Saint LeBaur enderezó bruscamente el busto y contempló presa del mayor asombro al otro—. ¿Cómo decir? ¿Luchar con el Lobo? Usted no puede luchar con él... ¡Le matará!
—Igual que le sucedió a Bill Tottler y últimamente a Merlan, ¿eh? No, no lo piense, Saint LeBaur —replicó Carrington, dando unas buenas chupadas a la pipa—. Esta vez no será así el final de la lucha; no lo dude. El Lobo no me hará trizas...
El gigantesco guía patois parecía no haberle oído bien y su cara expresaba su estupefacción. Respiraba profundamente y sus ojos se ensombrecieron de espanto.
—Le extraña a Saint LeBaur, ¿verdad? —repuso su interlocutor sonriéndose—. No he hablado por bravuconería y repito que solo voy a Providence Gitsy para habérmelas con Jam Boulaint: quiero al Lobo y lo quiero vivo y tendré que limarle las garras, lo sé, pero estoy dispuesto a ello...
Lentamente se encorvó el guía y su mano derecha, como enorme zarpa, agarró un brazo de su compañero de viaje.
—Très bien, m’sié. Usted quiere luchar con Boulaint y Un Oso sabe que usted perderá. No hay otro luchador en todo el Norte como el Lobo. Saint LeBaur conoce a todos los hombres que viven desde el Mackenzie al MacDougall y sabe que no hay uno, y hay grandes luchadores, que pueda medirse con Boulaint. Que la suerte le acompañe a usted.
Y tomándose una pausa, agregó con curiosidad:
—Grande debe ser el motivo que le lleva a buscar al Lobo...
—Lo es, Saint LeBaur —contestó Carrington—. Mil kilómetros desde Fuerte Resolución hasta Providence no se hacen sino es por una razón enorme.
—¿No irá a luchar usted también por ella? ¿Por la belle Missette?
De nuevo se sonrió Carrington aunque esta vez con rara sonrisa. Echó el humo del tabaco despacio.
—Sí y no, Saint LeBaur —contestó—. Voy por ella y también por Alan Tenisson. Sé que la muchacha ama a ese hombre que es mi amigo de hace muchísimos años, y sé también que ha sido el último hombre a quién Boulaint ha humillado.
—Oui, m’sié —dijo con voz áspera el guía—. El Lobo le cruzó el rostro con el látigo porque deseaba casarse con la joven mujer.
—Así es. Le injurió delante de otros hombres y Alan Tenisson estaba enfermo; solo quería casarse con Missette. Y dijo el Lobo que igual haría con cualquiera que se atreviese a pedirle lo mismo. Veremos si lo puede cumplir.
—¡Le vencerá, m’sié! Boulaint es terrible...
—Y no dejaría de gustaros a todos que alguien le zurrara, ¿verdad?
—Oui, m’sié! Nos gustaría... Pero Boulaint...
Image
Saint LeBaur tuvo miedo de expresar en voz alta lo que pensaba de tan disparatado propósito. Parecía como si se hallase bajo el efecto de una bebida que le hiciera agudas molestias. Su barbudo y curtido rostro había perdido la tranquilidad y endurecidos sus rasgos, dejó de manifestar síntomas de su buen humor característico. Hizo como si prestara atención a la marcha de la canoa, escrutando la corriente y muy firme el remo en sus manos.
Había cerrado la noche imperceptiblemente puesto que el sol no daba sino una mortecina claridad y las noches, durante aquella época del año, eran muy claras. Los grupos de cedros y las familias de alerces se confundían en manchas negruzcas uniformes que resaltaban con extraña ilusión óptica en la albura del campo sin límites y en la mayor quietud.
—Magnífica noche, Saint LeBaur —comentó su agradable voz truncó la calma—. Los lobos podrán cazar a gusto.
Se estremeció el guía creyendo adivinar el pensamiento del forastero, qué preguntó:
—¿Falta mucho para llegar?
—Non, m’sié... Unos seis kilómetros.
El chapoteo del remo y el murmullo de la corriente eran los únicos ruidos que perturbaban el silencio.
Jaime Carrington se abotonó la chaqueta de lana y cuero y acomodándose mejor en el banco de la embarcación, hizo otra pregunta que sobresaltó ligeramente al corpulento timonel:
—Oiga, Saint LeBaur. Cuando Boulaint humilló a Tenisson, ¿estaba usted presente?
—Oui, m’sié —Un Oso siguió cuidando de la navegación y añadió, roncamente—: Era domingo por la tarde. Hace unos veinte días. Tenisson había estado enfermo y no quiso marcharse hasta no ver a Boulaint... Todos sabíamos y...
—¿Qué es lo que sabían ustedes?
—Que el joven Tenisson iría a pedir a Missette por esposa en cuanto Boulaint llegara de sus líneas. Algunos quisieron disuadirle. Sabían que provocaría la cólera de Boulaint. Más el joven estaba empeñado y deseaba el permiso para casarse con la hija de aquel.
—¿Eh?
Carrington profirió la leve exclamación que hizo volver la cabeza al guía. Pero el forastero no preguntó nada y Saint LeBaur siguió guiando y hablando:
—Ocurrió lo que se esperaba. El Lobo lo echó fuera de su barraca, insultándole a gritos. Y como Tenisson insistiese, se echó encima de él y le dio un fuerte puñetazo que derribó al joven, y después le fustigó con el rebenque de los perros... Tenisson es fuerte, m’sié, y un gran cazador, pero había estado enfermo y la fuerza de Boulaint es avasalladora. Yo creo que fue locura del joven atreverse a provocarle.
—¡Pero si Missette quiere a Tenisson, Saint LeBaur! ¿Cómo quieres que mi amigo no arrostre las consecuencias? Ambos quieren casarse.
—Oui, m’sié.
—Pues debió hacerlo.
—Pero Boulaint ser terrible...
—Peor para él; otro nuevo motivo para que yo me apresure en cuanto le vea a echarle la mano al cuello.
Y mientras Saint LeBaur sacudía la cabeza considerando enormemente imprudente el propósito del forastero, este le preguntó:
—¿Y qué hicieron ustedes?
—Recogimos a m’sié Tenisson y MacPearson y su mujer lo cuidan en su casa, Par Dieu! No somos cobardes, m’sié Carrington; pero el Lobo es terrible y mata a espaldas de los hombres...
—Lo sé, Saint LeBaur... Y siendo así, ¡cómo sufrirá en sus manos la joven Missette!
Pobre belle Missette... ¡Ser tan joven y buena!
Estas palabras en boca tan ruda como la del formidable guía hicieron mella en el ánimo de Jaime Carrington que olvidó al hombre que iba a bascar para pensar en aquel otro que, deseando casarse con Missette Boulaint, para todo el mundo había recibido el mayor insulto que criatura humana puede recibir. Y trató de evocar, el pasajero de la canoa, una fisonomía que hacía más de diez años no viera, la de Alan Tenisson, antiguo amigo de estudios y juegos, excelente compañero, del que fue separado por el azar que muchas veces gobierna los destinos. Alan Tenisson: tres años menor que él, ingeniero agrónomo, que había intentado con escasa fortuna trabajar en el Norte. Su mejor amigo, en Quebec... ¡Y había sido agraviado por el Lobo! Vivo o muerto, le habían indicado que lo arrestase; vivo, humillado, desenmascarado delante de todos los hombres que él aterrorizaba, vivo para que pudiese purgar con creces sus maldades... ¡Vivo lo llevaría a Fuerte Confidencia!
Y Alan podría tomar por esposa a su adorable Missette. Porque adorable debía de ser aquella muchacha que arrostrando las vicisitudes del clima y sufriendo la tiranía de Jam Boulaint había permanecido constante a sus sentimientos y soportando tanta desdicha; adorable y deliciosa sería para despertar en Alan tan grande amor y lograr que hombres tan rudos como el piloto hablasen de ella con solo encendido fervor. Embargado por la vehemencia de sus reflexiones, Jaime Carrington crispó las manos y respiró hondo; miró el enorme torso de Saint LeBaur y rióse alegremente, sorprendiendo al piloto que volvió la cabeza.
—¡Desdichado Boulaint! —exclamó Carrington—. ¡Cuando te digo, Saint LeBaur, que nunca más podrá azotar a nadie! Vas a presenciar la lucha más tremenda y curiosa que jamás tus ojos han presenciado...
—M’sié! ¡El Lobo es el más grande luchador del Noroeste!
—¡Exacto, Saint LeBaur! Enorme como un oso sobre dos patas; con brazos poderosos y una vitalidad formidable... En Saint James Hood, en presencia de ciento cincuenta leñadores, derribó un oso de un puñetazo, dejándolo K. O. ¿No es verdad?
—Oui, m’sié.
—¡Pues a ese tremendo luchador busco yo!
—¡Le matará, mon Dieu!
—¡Te apuesto a que no, Saint LeBaur!
Algo gruñó este y se encogió de hombros. No sería por culpa suya que el Lobo propinase una mortal paliza al forastero del gorro rojo.
Y atento a la ruta, siendo muy mala la visibilidad, no tardó en lanzar una exclamación de júbilo.
—¡Ya llegamos, m’sié! ¡Allí está Providence Gitsy!
—Era hora —repuso Carrington, e intentó penetrar las tinieblas hacia la orilla izquierda, buscando en vano una luz que le orientase.
Una sola vislumbró, al cabo de mucho mirar, parpadeante y débil que más tarde comprobó ser la de una linterna que colgaba encima de la puerta del almacén de la Compañía de Pieles del Norte.
Con habilidad sorteó Saint LeBaur la corriente, llevando la embarcación hacia la ribera. En silencio amarraron y Carrington ayudó al guía a recoger los fardos y su propio petate. Saltaron a tierra, pisando las tablas del embarcadero que crujieron al paso de los dos hombres. Saint LeBaur se cargó a las espaldas el bagaje indicando el camino a su compañero.
Este, andando detrás de él, dijo, turbando la solemne calma nocturna:
—Y la policía, Saint LeBaur... ¿no ha intervenido en los asuntos de Boulaint?
—Non, m’sié! Tienen otros quehaceres. Alguien habló con el mayor Morrow, de Fuerte Confidencia, más ninguno de los hombres de la chaqueta encarnada ha venido a Providence. Además, m’sié, las personas que han aparecido acuchilladas o sepultadas por la nieve no dieron pruebas de la culpabilidad de Boulaint. Lo sospechamos únicamente...
—¿Y en el caso de Alan Tenisson?
—Tampoco, m’sié. Es el padre de ella y el joven no ha querido perjudicarle.
—El padre de Missette —murmuró Carrington, que se detuvo de pronto, advirtiendo al guía que se paró también—. Saint LeBaur —le dijo—, creo que seremos muy buenos amigos... Ne croyez vous pas?
—Oui, m’sié. Saint LeBaur aprecia a los luchadores. M’sié Carrington es valiente.
—Y tú también, amigo. No puede ser cobarde el hombre que lucha con los grizzly... II ne l’est pas! Lucharemos contra Boulaint y lo derribaremos tres veces. Tiene muchos delitos que purgar; y en nombre de la Ley lo arrastraremos...
El corpulento guía se animó y roncamente dijo:
—Oui, m’sié Carrington. Pero...
—Comprendo, Saint LeBaur. La Ley es justicia y se debe imponer de grado o por fuerza.
Desabrochóse la gruesa chaqueta gris y mostró una insignia que ostentaba en una camisa de uniforme sobradamente conocida por el guía, que gruñó satisfecho y asombrado:
—Ma foi! Esto ser...
—Sí, Saint LeBaur. Miembro de la Real Montada. ¿Y no cree ahora, mon ami, que vamos a poner la soga al cuello de Jam Boulaint?
Asintió Saint LeBaur vigorosamente, mostrando al sonreír una doble hilera de sucios dientes estrechando con placer la mano que le tendía el sargento Jaime Carrington, del puesto de Fuerte Resolución, destacado a Providence Gitsy voluntariamente en misión especial.
* * *
El irlandés MacPearson dio dos vigorosas chupadas al cigarro y lanzó al aire el humo, evidentemente satisfecho porque le gustaba el tabaco fuerte y el de Jaime Carrington lo era.
MacPearson era muy alto, fornido, colorado de cara y de cabellos grises; ostentaba el cargo de factor de la Compaña Peletera desde hacía ocho años, tiempo que llevaba de casado.
—Bien, sargento. Me atengo a sus órdenes —dijo mirando gravemente al policía recién llegado la noche anterior en compañía de Saint LeBaur—. Después de todo, allá usted con su empeño. Yo ya le he expuesto el riesgo que corre si lucha con Boulaint. Desearía con toda mi alma que usted le venciese, pero...
—Sí, ya sé. Un Oso también me ha prevenido —repuso, interrumpiéndole, Carrington— pero la suerte está echada. Prometí a la Superioridad que arrestaría a Boulaint y no ignoraba que antes me sería obligado a derrotarle. Ustedes, todos, suponen inabordable el enemigo, ¿eh?
—Oui, m’sié —afirmó Saint LeBaur que se hallaba presente en la conversación sostenida en el interior del edificio almacén, hecho de gruesos troncos y tablones de cedro.
E igualmente asintieron otros dos tramperos amigos del factor.
—Recuerde lo de Tenisson solamente —arguyó uno de ellos, conocido por el Hurón, viejo cazador de zorros, célebre en los territorios del Noroeste—. Estaba igualmente convencido de derrotar al Lobo...
—Así fue, Carrington —convino MacPearson—. Tengan ustedes en cuenta que Tenisson estaba enfermo —recordó el policía.
—Desde luego —admitió aquel—, pero la fuerza y la brutalidad de Boulaint es enorme. Y recuerde que Merlan estaba en perfecto estado de salud y su constitución era formidable y, no obstante, dobló las rodillas...
—Y Boulaint domina el cuchillo como un indio —terció el Hurón.
—La Ley queda, corta para el Lobo... ¡Guárdese, sargento!
—¡Veremos! —, exclamó este, con ardor—. La Ley se ha hecho para todos... ¡Ni el diablo se zafaría de la Real Montada! Esperen a verlo.
Volvióse hacia una ventana observando el exterior. Un cierto número de hombres, escasamente una docena y media, hacían acto de presencia delante de las chozas y barracas que constituían el núcleo principal de Providence Gitsy.
Al ver tanto personal en sitio despoblado como era la aldehuela, el sargento no pudo por menos de inquirir:
—¿Qué fiesta celebran, MacPearson? ¿O tienen subasta?
—No hay mercado hoy, sargento —explicó el factor—. Celebramos el decimoctavo aniversario de la fundación de la aldea. Hoy hace dieciocho años que el viejo Gitsy arribó a este lugar perseguido por los lobos; con solo su fusil, emboscado en las rocas, les hizo frente hasta que, por milagro, a los dos días, una partida de esquimales le salvó. Gitsy era un trampero consumado, le gustó el sitio y plantó su tienda; cosechó muchas pieles por los alrededores, negoció con los indígenas de la costa y un buen día se le unió otro cazador con el que compartió su alojamiento durante dos años, hasta que nuestra Compañía determinó establecer aquí un puesto...
Posiblemente hubiese proseguido disertando MacPearson sobre el nacimiento de Providence Gitsy de no haberle interrumpido Saint LeBaur con una sorda exclamación que acaparó la atención de los presentes.
—Un esquimal —dijo.
—Y es forastero; nunca le vi antes —agregó el Hurón.
Carrington tuvo un presentimiento raro y miró por la ventana al individuo que señalaba Un Oso. Era un esquimal, en efecto; miraba hacia el almacén y se observaba su rostro. Pequeño y obeso, en parte por el abrigo de piel de morsa y castor en el cuello y mangas; de cara ancha y aplanada, con pómulos salientes y ojos mongoles. Como la temperatura era benigna (17.º) llevaba caída la capucha y enseñaba una cabellera negra y larga, rígida. Calzaba raquetas y sostenía en la diestra una jabalina con punta de hierro.
Estos fueron detalles que no pasaron desapercibidos al sargento que en cuanto vio el semblante del esquimal, silbó por lo bajo. Le descubrió mirando viva y escrupulosamente los grupos de cazadores que conversaban.
—¿Le conoce usted? —preguntó el factor Carrington.
—Es un shiglit. Habrá dejado su tiro muy cerca, porque no es posible que haya llegado pie. Creo reconocerle. Debe ser el hermano, Penhgood.
—¿El hermano de quién? No nos es conocida su cara —dijo MacPearson escudriñando al individuo en cuestión.
—El hermano de Tirjekoo, el shiglit que fue asesinado en las inmediaciones de Negniwood —aclaró Carrington—. Desde que murió Tirjekoo y nadie supo decir quién le había acuchillado, su hermano anda detrás de las huellas de alguien esperando esclarecer el misterio de la muerte de aquel. Hace un año le encontré recogiendo detalles sobre el presunto asesino, que todos sospechamos de Boulaint. Y ese hombre es capaz de dar la vuelta a la tierra buscando la hora de saciar su venganza.
—Esto hace suponer —intervino un tal Wellis— que el shiglit ha reunido suficientes detalles, y espera a «alguien».
—Indudablemente este alguien será Jam Boulaint, ¿no le parece a usted, sargento? —opinó MacPearson.
—Puede que tengan ustedes razón. En Fuerte Confidencia me hablaron de Penhgood y de sus pesquisas. Hace cuatro meses que le busca, sin rodeos.
—Y se habrá enterado de que está por llegar.
—Y ya son ustedes dos los que le esperan —comentó el Hurón.
—Ha venido a buscarle en su misma madriguera —terció Wellis—, y se arriesga mucho. Si Boulaint está apercibido puede que le dé un disgusto.
—El Lobo le acuchillará —aseveró Saint LeBaur.
—Trabajo le costará —respondió Carrington—. Somos dos los que le esperamos cazar. Tendré que adelantarme al shiglit; no puedo permitir que se tome la justicia, por justa que sea, por su propia mano.
—Ande usted con mucho tiento, sargento —aconsejó el experimentado Hurón—. A los lobos les enardece la carne cuando más hambrientos están.
—Conozco sus recursos —contestó sonriéndose Carrington—. Incluso el del cuchillo en la manga...
Image
Con ánimo de salir fuera, el policía abrió la pesada puerta, abrochándose la chaqueta. No se le descubría más arma que una pistola automática de mediano calibre. Saludó al factor y a los dos tramperos y salió acompañado de Saint LeBaur, que se estremecía al solo pensamiento de que no tardaría en ver una lucha tremenda de las que hacen historia en el norte canadiense.
Verdaderamente reinaba una temperatura apacible; el aire estaba encalmado pero Un Oso presintió un cambio de tiempo.
—Más nieve, m’sié, esta noche si no sopla el chinuques.
Carrington no llevaba otra idea que cruzarse con el esquimal y anduvo recorriendo el lugar, escudriñando sin resultado útil. Penhgood se había evaporado; las huellas de sus raquetas terminaban en el desembarcadero y no se veía ninguna canoa. Inquirió y nadie le supo decir hacia dónde se había dirigido el shiglit.
—¡Es chocante! —exclamó, contrariado, Carrington—. En dos minutos ha desaparecido.
—Alguien le esperaría, m’sié —insinuó Un Oso—. Siempre viajan acompañados.
—No sé... Temo que nos ocasione un disgusto. Si se encuentra con Boulaint habré hecho tarde.
Regresaron hacia la factoría discurriendo por entre los grupos de hombres y perros enganchados a los trineos que se congregaban en Providence Gitsy para festejar el aniversario. Había cazadores, tramperos y comerciantes venidos de lejanos lugares: de la región oriental del Mackenzie, del Golfo y de las orillas del Lago de los Osos. Hablaban tonantes, ruidosos, alegres, de cacerías y trampas, de perros y castores, de oro y armas, de mujeres; algunos no se habían visto de hacía años y contaban sus vicisitudes y las de otros; todos barbudos, ataviados con abrigos de pieles excelentes, muy poco armados. Los había que habían desenganchado los «tiros» y los perros —ejemplares de más de siete magníficas razas y mezclas contó Carrington —se hallaban reunidos con algarabía fantástica y escalofriante en un recinto vallado, habiendo tenido mucho cuidado sus amos de no quitarles el bozal o atarles, puesto que de lo contrario se hubiesen acometido y despedazado entre sí.
Jaime Carrington era poco conocido en el golfo de la Coronación, pero allí había gente del sur, de los alrededores del lago de los Esclavos y tres o cuatro cazadores se sorprendieron agradablemente al verle.
El Sargento —como a tal se le conocía— no quiso tomarse el cuidado de disimular su estancia en la aldea y, por lo mismo, cuando aquellos se enteraron del móvil que llevaba a la Real Montada a enviar a Providence Gitsy un agente especial, palidecieron, pues casi todos sabían que Jam Boulaint y no pocos preferían dar un largo rodeo por no cruzarse con él.
Alguno intentó hacer ver al policía el riesgo de una lucha a brazo partido con el Lobo, pero Carrington, prometiéndoles dar una contundente réplica a sus temores, les aseguró que serían testigos de una «lucha muy original». Y desde luego, aseguró que Boulaint resultaría vencido. Igualmente aprovechó Carrington la oportunidad para solicitar de los concurrentes ayuda en el caso de que el esquimal intentase lancear al asesino de su hermano.
A pocos metros de la factoría les salió al encuentro MacPearson.
—¿Qué tal? ¿Halló al shiglit?
—No, Mac. Penhgood ha escapado por el río sin duda.
—Y Boulaint no llegará hasta pasado el mediodía, seguramente —anunció el factor—. Me lo acaba de comunicar un indio que salió anoche de la costa a traerme unos medicamentos. Supo de Boulaint por el camino; regresa de sus líneas, que las tiene extendidas al norte de los bosques de Larouge.
—¿Supone usted —dijo Carrington pensativo—, que Boulaint le vendrá a entregar las pieles enseguida o se dirigirá primero a su choza...?
—Vendrá antes aquí... Es su costumbre; quiere el dinero enseguida.
MacPearson afectó su ansiedad; observó gravemente al policía y le dijo:
—¿No es posible evitar el choque de, usted con él?
—Nosotros le ayudaremos a arrestarle, Carrington. Es una temeridad innecesaria la que usted se propone... Acaso Boulaint no acepte la lucha y se adelante disparándole en cuanto se vea acorralado...
—Creo que no lo hará, Mac —contestó sonriendo el sargento—. Primero le hablaré y él no tendrá ganas de rendirse voluntariamente; y confiando en su fuerza extraordinaria aceptará el combate a puños... Y no puedo aplazar el asunto, compréndalo usted mismo, Mac. Alan pronto dejará de estar quebrantado y querrá unirse a Missette; y procurará del modo posible enfrentarse con Boulaint y eliminarlo... He hablado con él y he adivinado su propósito...
—¿Le ha dicho a usted que se propone pelear con el padre de la joven?
—No. No era prudente...
—Tiene razón. ¿Y el mayor Morrow qué dice?
—Hay una orden de arresto, la traigo yo... No sé si servirá...
—Le será menester emplear la fuerza. Boulaint no se dejará maniatar sin la amenaza de la pistola.
—Esperemos a que llegue.
Jaime Carrington, invitado por los peleteros a la fiesta, tomó parte en ella alegremente como hombre a quién no le pesara ninguna preocupación. Rio y bebió como todos, encontrando muy de su gusto la cordialidad de aquellas gentes cuya hosca existencia transcurría durante las tres cuartas partes del año, sombría y peligrosa en la inclemencia de la tundra o «barrengrounds». Comió con gran apetito, al lado del bullicioso Saint LeBaur, que parecía un tanto afectado por la proximidad de un suceso que, a ratos olvidado, no dejaba de olvidarse por todos. MacPearson también echaba de vez en vez agudas miradas hacia el norte en espera de ver aparecer un «tiro» harto conocido.
La temperatura descendió a 26 grados, pero nadie se percató.
El brandy era excelente y abundaba el vino, traído especialmente por agentes de la Compañía de Pieles, de la Bahía de Hudson. El festín había sido ingente. De los cinco renos jóvenes que el afamado mestizo Mooki de LacBain asó al «cuero» en gigantescos rescoldos en mitad de Providence Gitsy, no quedaron sino roídos huesos que luego fueron arrojados a los perros, que los recibieron con un concierto de aullidos infernal, que precedió a las canciones que los hombres canturrearon a pleno pulmón, sentados en torno de las lumbres que habían derretido la nieve en un radio de diez metros.
Ya al final, el factor hizo correr un buen número de botellas de aguardiente que encendió más si cabe la fogosidad de los comensales. Entonces la algarabía debió oírse desde el Golfo y más de cuarenta voces roncas y gruesas corearon al unísono la vieja y famosa «chansonette» del trampero del Noroeste, él...
...«Le pauvre Jean Baptiste, alais, alais!»...
Las sonoras voces provocaron distantes ecos en la tundra, llegando a los vecinos bosques de cedro y abetos. Inquietaron a algunas aves de plumaje ceniciento y despabilaron a un roedor de pelo castaño que, removiendo las cortezas, el musgo y la nieve, probaba de alimentarse. Dejó la ocupación el animal para oír y ventear el aire helado y evidentemente receloso, acabó por trotar hacia la espesura de matorrales.
Mías, de improviso, el clamor que alzaban los hombres en Providence Gitsy cesó como por encanto. La multitud reprimió su vehemencia, de repente. Y los hombres alargaron el pescuezo, estremecidos, mientras Carrington, Wellis y Saint LeBaur miraban hacia donde miraba en elocuente ademán MacPearson: hacia la ruta del norte, camino denominado de Homkos-Dan, por el que había aparecido un trineo que se señaló por el aullido de los perros que velozmente lo arrastraban.
Cincuenta pares de ojos lo reconocieron y cincuenta bocas lanzaron un sordo murmullo. El nerviosismo se apoderó de los concurrentes a la fiesta e incluso los perros, en el vallado, como intuyendo el suceso, dejaron de promover algarabía para olfatear el aire. Un cazador escupió y pronunció un nombre que excitó el interés de los demás:
—¡Jam Boulaint!
El Lobo comparecía a Providence Gitsy.
—Es él —dijo MacPearson.
Carrington no pestañeó siquiera, irguiéndose.
Otro cazador añadió:
—Se le conoce a tres millas lejos —y arrojó el tabaco que durante media hora llevaba masticando.
Acabó de mostrarse el «tiro» de Boulaint por el camino de Homkos-Dan. Detrás del trineo marchaba un gigante abrigado con pieles de zorro gris, que empuñaba un látigo y a su lado un individuo, flaco y bajo que cojeaba ligeramente.
—Jam Boulaint —dijo MacPearson.
—Y su compañero, ¿quién es? —preguntó Carrington.
—Bau, el franco-canadiense —contestó el factor.
Apareció otro trineo conducido por un indio. En aquel segundo vehículo y su presencia hizo contener por unos segundos la respiración de los presentes, admirábase el busto de una muchacha, sentada y bien abrigada, cuya cabeza descubierta dejaba al aire una cabellera rubia.
—El Lobo con el ruiseñor de Providence —oyó Carrington comentar a alguien detrás suyo, a tiempo que él se levantaba siguiendo el ejemplo del factor.
El silencio era solemne. Uno se atrevió a hablar y otro apuró el fondo de una botella, paladeando con ruido. Pero todos estaban pendientes de lo que en breve imaginaban iba a suceder, cuando vieron al sargento caminar hacia el almacén precedido de MacPearson.
Los dos trineos se detuvieron aparejándose frente mismo de la barraca del factor; ninguno de sus ocupantes dio muestras de querer saludar a los que festejaban el decimoctavo aniversario de la aldea. Hasta que el coloso Boulaint, desenfundándose las enormes y velludas manos, alzó la derecha para exclamar:
—¡Hola, MacPearson! ¡Meten un ruido capaz de romper el hielo de las montañas!
—Buenos días, Boulaint —respondió el factor, recibiéndole en el umbral del edificio; e hizo un gran esfuerzo por aparentar una calma que estaba lejos de sentir.
—¿Qué le trae por aquí?
—Mis pieles... —la voz de Boulaint sonaba gangosa, ruda y, de cerca, apreció Carrington en todos sus detalles la formidable contextura del hombre que tenía órdenes de detener por asesinato; hacía varios años que no le había vuelto a ver, pero le pareció que no había cambiado: la misma torva mirada, inquieta; la misma amplitud de tórax; las mismas manazas, rugosas; solamente más claro el pelo y menos rojiza la espesa barba.
—En treinta y dos puestos —dijo Boulaint, satisfecho—, veinticinco pieles... ¿Qué le parece?
—Buena cosecha, Boulaint.
El Lobo se sonrió con orgullo enseñando unos dientes blancos y finos como los del animal que le daba apodo.
Unos brazos que deben estrujar como los del oso gris, imaginó Carrington; sin embargo, confiaba serenamente en su agilidad y astucia para burlarlos.
También Boulaint advirtió la presencia del hombre del gorro rojo que no cesaba de mirarle y frunció el entrecejo como tratando de hacer memoria. Pero el sargento estaba seguro de que no le reconocería.
—¿Quiere dejar los fardos —preguntó MacPearson al coloso— y volver mañana o quiere cobrar enseguida las pieles?
—Tengo prisa y mañana hará mal día —masculló Boulaint, indicando el cielo ceniciento.
—Así, pues —propuso MacPearson, entrando en la cabaña— procederemos a recontar las pieles y examinarlas.
Boulaint, y el franco-canadiente, de ojillos maliciosos, muy enjuto de cara, quemada por la refracción de hielo, se ocuparon en sacar de los trineos siete atados de pieles. El indio conductor del trineo que ocupaba la joven, les ayudó y Carrington observó, antes de penetrar en la factoría, y brevemente, a la mujer que su amigo Alan Tenisson quería tomar por esposa... Era muy joven y de rostro hermoso pero lo que más la embellecía era la opulenta y sedosa cabellera de oro que en largas guedejas llegaban hasta los hombros. Su semblante revelaba una gran tristeza y rehuía mirar a los hombres.
MacPearson, en el instante de entrar Carrington, apreciaba el valor de las pieles que Boulaint y su compinche iban mostrándole.
—¡Magníficas! —dijo el factor—. No había visto otras mejores desde hacía tres meses. (Pensó Carrington si no habrían sido fruto de una malvada expoliación y contempló a Boulaint que, indiferente a su presencia, satisfacíase viendo su mercancía).
—¡Uf! ¡Valen un buen puñado de dinero! —dijo Bau.
MacPearson examinaba piel por piel, anotando en un papel cantidad tras cantidad y se cuidaba, a la vez, de separarlas en montones, según la clase y calidad. Las había de zorro plateado, gris y rojizo, de castor blanco y manchado, de lince, de nutria, de armiño y de visón. Boulaint hacía también un cálculo mental de su valor. Finalmente, el factor le miró y díjole:
—Dos mil doscientos dólares.
—Es poco, MacPearson, ¿no le parece?
—Ni un centavo más —dijo el aludido, con voz firme.
—Traigo muy buenas pieles.
—En efecto; pero hay otras con defectos. (MacPearson, para confirmar lo que decía, cogió las de un montón y señaló el pelo de las mismas). Por su parte, Boulaint, poco satisfecho de la cantidad que le ofrecían, tomó cinco de zorro plateado, diciendo:
—Estas solas, cuatrocientos dólares.
—Sí; en cambio, aquellas valen poco... Dos mil doscientos dólares... No me está permitido darle más. ¿Acepta?
—Dos mil... dos mil... —gruñó el Lobo—. ¿Qué dices, Bau?
—¡Voilà! Ser buen dinero —exclamó el franco-canadiense.
—Bien, MacPearson, no regañemos... Queda.
E iba a buscar una hoja de venta el factor cuando intervino Carrington.
—Escuche, MacPearson —dijo con voz fuerte—. Le pido un favor: olvídese de que a la Compañía le interesan estas cinco pieles plateadas y véndamelas usted; doy los cuatrocientos dólares ahora mismo. Tengo interés por ellas; quiero hacer un buen regalo a Alan Tenisson... —Y penetrando hacia la puerta de otra habitación llamó a su amigo, mientras Boulaint, estupefacto, miraba con ojos centelleantes al sargento. MacPearson, Saint LeBaur, que había entrado silenciosamente, y Bau, dirigieron una temerosa mirada hacia Carrington luego de haber observado el efecto que sus palabras habían causado en el Lobo.
—¡Alan! —dijo el policía a su amigo, que apareció en la habitación con semblante enfermizo—. Acércate...
El joven le obedeció examinando a los presentes, ignorando qué intención guiaba a su amigo. Este hablaba sosegadamente y sus movimientos obedecían a un premeditado plan.
—¿Te gustan estas cinco pieles? Son hermosas, creo yo.
—Sí, lo son —contestó el joven, cuya debilidad era manifiesta.
—Pues serán tuyas si MacPearson accede a vendérmelas... ¿Quiere usted hacerlo, Mac? Pues sepárelas, por favor. Voy a darle el dinero...
Algo gruñó Boulaint recobrándose de su perplejidad y de un potente puntapié separó las pieles, acercándose a Carrington. Saint LeBaur y el franco-canadiense retrocedieron.
—Forastero —exclamó Boulaint, con ira mal reprimida—. Estas pieles me pertenecen aún... Y no quiero vendérmelas... ¡Son mías!
Carrington no pareció haberlo oído.
—Pienso marcharme esta noche o tal vez mañana —dijo dirigiéndose al factor—. Las recogeré más tarde... —y volviéndose a Tenisson le dijo—: Este es mi regalo de boda, Alan; espero que a Missette le agreden y se confeccione un bonito abrigo...
La mano derecha de Boulaint se había posado sobre su hombro, y bruscamente Carrington la echó fuera. Con calma, aunque muy baja la mano derecha, a dos dedos de la culata de la pistola, se volvió el policía hacia el Lobo, que rugía, exasperado.
—¿Qué diablos habla, forastero? Estas pieles son mías y me niego a vendérselas, ¿entiende? —los ojos se le dilataron con la rabia que encendió su rostro de escarlata.
—¿Suyas, dice usted? —dijo Carrington con un tono tal de voz suave que asombró a los presentes.
—¡Mías, mías! Y no se las vendo... ¿Y con qué derecho habla usted de mi hija? Forastero: si no quiere sentir el puño de Jam Boulaint más le vale que cierre el pico y se vaya... ¿O no ha oído hablar de Jam Boulaint?
—Jam Boulaint —murmuró el sargento como si tratara de recordar—. Boulaint... Creo que sí—. Sostuvo la encolerizada mirada del gigante que a duras penas se contenía y repuso, lentamente, altiva la cabeza, retador—: Conocí un Boulaint hace años, en la subasta de Negni-Wood... ¿Era usted?
MacPearson, Saint LeBaur y Bau no osaban moverse, esperando el estallido de cólera del coloso. Tenisson estaba unos pasos detrás de Carrington, más pálido que antes.
—¿Qué le importa? —bramó Boulaint—. He estado en todas partes y todos me conocen... Y usted, forastero, más le valiera haberme visto y no estaría aquí... ¿Qué se propone?
—Me estoy convenciendo de que, en efecto, es usted el hombre que vi en el mercado de perros de Negni-Wood —insistió el policía, tranquilamente, y de improviso, hizo esta pregunta:
—¿Conoce usted a un esquimal llamado Penhgood?
Boulaint esbozó una mueca extraña.
—¿Quién es Penhgood? —inquirió roncamente.
—Un shiglit, hermano de un tal Tirjekoo que murió de una cuchillada a dos millas de Negni-Wood...
—Y ¿qué me importa a mí todo eso? —masculló Boulaint, no obstante, impresionado, lo que no dejaron de notar el factor y Un Oso. Bau, tácitamente, había buscado la salida.
—Pues... tal vez nada le importe, Boulaint —contestó Carrington sonriéndole maliciosamente— pero he oído decir que Penhgood le busca a usted... y lleva consigo la misma jabalina que llevaba su hermano cuando le acuchillaron... por la espalda, cuando reparaba el trineo...
—¿Qué insinúa usted? —demandó violentamente el gigante cada vez más impresionado.
—Yo, nada; pero el shiglit le acusa de asesinato... Y lo malo, Boulaint, es que en Fuerte Confidence también lo creen.
—¡Maldito! —rugió el asesino de Tirjekoo; y se precipitó hacia Carrington, pero este no descuidaba ningún movimiento de su adversario y saltó hacia un costado, exclamando:
—Serénese, Boulaint... ¿Quiere que le zurre delante de la señorita Missette Renoir?
Boulaint aulló al oírle. Quedóse inmóvil, con la vista fija en el forastero, jadeante, colérico, a punto de estallar en violencias inusitadas.
—¿Qué habla de mi hija? ¡Maldito sea...!
—¿Su hija, Boulaint? ¿Dice que Missette es su hija? ¡Por Dios, hombre! ¿Quién supone usted que pueda creer que tan linda mujer sea hija suya? Esta es otra de las cosas que en Fuerte Confidence creían hasta que supieron que hace años murió un francés llamado Pierre Renoir, quien, en sus últimos momentos, fue asistido por un trampero que le robó el dinero que llevaba... Missette no es hija suya, Boulaint, debe usted saberlo y escúcheme: mi amigo aquí presente, la ama, y la quiere hacer su esposa; ella le corresponde y usted no tiene ningún derecho para imponer lo contrario... ¿ha entendido?
Image
Estupefactos quedaren MacPearson, Saint LeBaur, el franco-canadiense, que estaba intranquilo en el umbral, y el joven Tenisson. Por un instante reinó en la habitación un silencio de muerte y pudieron todos oír las voces que daban fuera los hombres que aguardaban.
Boulaint dejó de respirar al verse descubierto; pero su inmovilidad fue momentánea; se recobró e hizo un movimiento que el policía esperaba.
—¡Alto ahí! ¡Quieta la mano o disparo! —mandó Carrington, encañonando con la pistola al gigante—. No quiero ver cuchillos... MacPearson, Saint LeBaur, por favor: desármenle... Si haces el menor movimiento, Boulaint, eres hombre muerto...
—Par Dieu, m’sié! —exclamó Un Oso—. Aquí está el cuchillo.
—Y la pistola también —exigió Carrington—. Cuidado con moverte, Boulaint... Te voy a dar una oportunidad... Lucharemos a puños...
—No sea usted loco, Carrington —intervino el factor.
—Déjeme hacer... ¡Fuera, Boulaint! Al aire libre sonarán mejor los golpes. Tenisson se casará con Missette y ahorraremos a Penhgood muchas pesquisas... ¡Fuera, Lobo! —gritó el policía.
El insulto sonó como un latigazo. Boulaint estaba descompuesto y en el paroxismo de su ira intentó arrojarse sobre el sargento...
—¡Fuera he dicho o disparo!... ¡Si eres hombre espera a que hablen los puños!
Poseído de inmensa rabia se lanzó al exterior Boulaint y cuando detrás de él apareció, a los ojos de los congregados en la plazuela de Providence Gitsy, Carrington, cesaron los murmullos y el mayor asombro les inmovilizó a todos. Instintivamente, después se apartaron, formando ancho circulo en el centro del cual quedaron únicamente Carrington y el Lobo. Este ofrecía un aspecto terrible. Su rival había dejado en manos de Un Oso la pistola con orden de vigilar a Bau y al indio, Missette se irguió atemorizada cuando vio lo que sucedía y presa de súbita angustia vio a su prometido.
Y oyóse la voz —fuerte y clara de Carrington que decía:
—¡Hombres, contemplad a Jam Boulaint, el azote del Noroeste! ¡El Lobo, porque no es más ni menos que un lobo, que aúlla y acuchilla por detrás! Y quiere luchar en noble lid... Decid vosotros si no es un cobarde el hombre que azota a un enfermo... ¡Vedle! Es Jam Boulaint, el Lobo, el asesino de Tirjekoo, un shiglit que le quiso entregar un par de Vancouvers colorados en pública subasta; asesino de Bill Tottler, un hombre que quiso castigarle como se merecía porque Boulaint le robaba, las pieles... Y asesino también de Merlan, un camarada vuestro...!
Una mortal sugestión se apoderó de los presentes. Los insultos primero, y los cargos hechos por el policía contra Jam Boulaint, habían alzado al máximo la expectación de los cazadores, que se removieron con ansia de practicar un merecido castigo. Boulaint estaba rojo de cólera y los denuestos de la gente le turbaban. Sin embargo, retuvo su furor y se preparó, cual un verdadero oso, para la lucha, con la esperanza que le hizo hacer una mueca siniestra, de aplastar al policía. Este también estaba listo y, sin dejar de sonreír provocativamente, gritó:
—¡El Lobo no se atreve a atacar! ¡Le hace falta el cuchillo en la manga...!
La multitud apretujada en círculo sintió el frío en la médula cuando Boulaint avanzó hacia su adversario, llameantes los ojos, apretadas las mandíbulas, respirando ruidosamente por la nariz. Llevaba los brazos abiertos en actitud de hacer presa y los enormes dedos tensos en espera de agarrotar la garganta del joven, que no hizo si no saltar de un lado para otro durante unos instantes. Y Boulaint acabó por detenerse y lanzó una grosera imprecación que desvaneció la sonrisa de Carrington, que igualmente dejó de moverse.
Cuantos iban a presenciar aquella terrible pelea estaban convencidos de que, a menos que Carrington rehuyese el abrazo mortal, su fin estaba próximo... Y temblaron cuando le vieron acercarse a Boulaint, a pesar de que algunos sabían de su fuerza y habilidad. Y, cuando esperaban que el policía, se arrojara contra el gigante. Carrington se irguió y gritó:
—¡Missette! —La joven, en la más terrible angustia, se levantó completamente y Tenisson la dio la mano, ayudándola a salir del trineo. Era realmente hermosa y Carrington se sintió íntimamente satisfecho de haber solicitado cumplir el arresto de Jam Boulaint—. ¡Missette Renoir! ¡Boulaint no es su padre...!
—¡Es falso! —rugió el aludido y se precipitó contra el sargento, que hurtó el peligro volviendo a saltar hacia un costado—. Missette es mi hija —vociferó enfurecido—. Bien lo sabéis todos... ¡y tú también, perro!
—No, Boulaint. La historia de Pierre Renoir también, te declara culpable —exclamó Carrington—. Vengo en nombre de la familia Renoir a deshacer este error. El padre de esta muchacha enfermó hace diecinueve años en un poblado indio... Tú la recogiste, huyendo con ella aun sabiendo que tenía familia que podía reclamarla... ¡Tú robaste a Pierre Renoir la cartera y todo el dinero que llevaba!... Boulaint, ahora que todas las cosas están en, claro... ríndete considerándote culpable o acepta esta lucha legal... Olvida como yo me olvido de que soy un agente de la autoridad si es que no quieres entregarte...
Missette se arrimó inmensamente asustada al joven Alan.
MacPearson vio llegada la última hora de Carrington, y Saint LeBaur, estremecido por la emoción, echó una amenazadora mirada al franco-canadiense que tenía en custodia. Los demás hombres sostuvieron el aliento por unos segundos... Vieron como Boulaint, lazando imprecaciones y rugidos, saltaba hacia el policía... y que este avanzaba con la espalda un poco encorvada y la mano derecha extendida hacia su enemigo...
Lo que ocurrió entonces sucedió tan precipitadamente que muy pocos de los espectadores se percataron de ello. Y lanzaron todos un grito de sorpresa... incrédulos, estupefactos, inmóviles...
Porque estaba Jam Boulaint con todo su enorme cuerpo en el suelo, con ojos atónitos, pálido. No podía explicarse cómo en el instante de sentir la mano de su contrincante en un costado del cuerpo, vióse en el aire cayendo de espaldas sobre la nieve.
Carrington le contemplaba sumamente divertido.
Los espectadores, extraordinariamente confundidos.
—Espero no te habrás roto ninguna costilla, Boulaint —le gritó el sargento—. Porque la lucha solo principia... Ahora es cuando aprovecharías el cuchillo...
Con más agilidad de la que cabía esperar de un hombre tan colosal, Boulaint se levantó y, afirmándose sobre los pies, anduvo lentamente hacia su rival; toda la rabia, la ira, que el fracaso, los insultos y el riesgo de caer en las manos de la Ley le provocaban, asomaba en su rostro. Era horrible y los ojos revelaban toda su crueldad.
—¡Maldito!... ¡Vas a pagar cara tu osadía!... —¡Atrévete, Boulaint!
Durante una fracción de segundo la sangre se paralizó en las venas de los espectadores. Boulaint había alcanzado al policía e iba a sujetarle los brazos. El final de la espectacular pelea pareció próximo, y muchos hombres, avezados a la lucha y a las calamidades, temblaron. Missette no era la menos asustada, y en brazos de Tenisson seguía las peripecias del combate con suma preocupación por la suerte del hombre que intentaba librarla del terror del que se había hecho llamar padre.
—Nada temas querida —le dije Alan—. Jaime sabe lo que hace; le conozco muy bien y sé que vencerá...
Y ella trató de sentir la tranquilidad, apretando instintivamente las manos del joven, porque en aquel mismo instante los brazos avasalladores de Boulaint se habían cerrado en torno al cuerpo del policía amenazando estrujarle hasta romperle los huesos.
Carrington, en un aparente esfuerzo, empujó, y, de improviso, doblando las rodillas, hizo un raro movimiento, y vióse al Lobo gemir y vacilar sobre sus pies, tomándole una mano su adversario y merced a una sencilla maniobra, desprenderse bruscamente del gigante, que, de nuevo, fue a dar con todo su cuerpo en la nieve, con violencia.
Un grito de sorpresa y alegría salió de cincuenta bocas abiertas por el estupor de ver caer al formidable coloso que, en el suelo, como está dolorido y humillado, a Carrington, que se le acercó. Tenía Boulaint un ojo inyectado en sangre y pesadamente se movió; le dolía, a juzgar por la mueca que dibujaron sus negros y gruesos labios, la espalda.
—¿Vuelves? —le preguntó Carrington con ironía—. Date preso.
Una blasfemia y un ronco grito de dolor y rabia lanzó el Lobo, que se levantaba. Volvió a cogerle Carrington antes de que aquel se percatase y por tercera vez saltó Boulaint por la espalda del policía, yendo contra el suelo.
—Ese policía es un demonio —comentó Wellis, admirado.
—¡Qué paliza está recibiendo Boulaint! —exclamó otro a su lado.
—¡Y qué modo de luchar! ¡Si juega con él!
—Eso lo vi hacer ya —otro cazador— hace tiempo a Lac-Bain. Un japonés derribó seis veces a un gigante sueco...
MacPearson iba a añadir un comentario, pero de improviso descubrió a alguien que se abría paso entre los espectadores y chillé, previniendo lo que no pudo por menos de suceder.
Image
Apenas terminaba de levantarse Boulaint, malparado y ensangrentada la cara, como ebrio, cuando apareció el esquimal shiglit, y antes de que nadie pudiese detenerle el brazo, arrojó la jabalina, con ímpetu hacia el Lobo, que, ya de pie, la recibió en el pecho, prorrumpiendo en un alarido de dolor y contorsionándose al momento.
—¡Detenedle! —gritó Carrington—. Es Penhgood... ¡No le dejéis escapar! ¡Eso no está conforme con la Ley!
Más, la sorpresa, y la rapidez con que operó el esquimal, diéronle ventaja y antes de que nadie pudiese detenerle, escabullóse, veloz como una centella, doblando por detrás de una cabaña.
—¡Se nos escapa, Mac! —exclamó Carrington corriendo hacia donde marchaba el shiglit.
El factor le seguía a todo correr y Saint LeBaur hizo lo mismo, dejando libre al franco-canadiense, que, dicho sea de paso, estaba más asustado que un castor acorralado.
Alan Tenisson había entrado en la factoría llevando con él a Missette que, a la vista de Boulaint moribundo, se había horrorizado. La mujer de MacPearson la atendió cariñosamente.
Mientras, Carrington, el factor y Un Oso habían llegado, siguiendo las huellas del esquimal al linde del bosquecillo de cedros y abetos.
—Es inútil, Mac —declaró el policía—. Solo podríamos alcanzarle si engancháramos un tiro.
—Y aun así es posible que se escabullese. Alguien debe estar aguardándole cerca... No calzaba raquetas...
—Esto casi lo esperaba yo —confesó Carrington—, y lo lamento; había prometido coger vivo a Boulaint...
—Boulaint está listo...
—Creo que podemos regresar —opinó Carrington—. Es doloroso ver matar a un hombre así.
—Pero se lo tenía merecido...
—Desde luego; pero...
—¿No intentará usted perseguir a Penhgood?
—Debía hacerlo.
—Fíjese usted, Carrington; está amenazando tormenta... Suerte tendrá Penhgood si logra alcanzar a su clan...
Remolinos tempestuosos de nieve se agitaban ya precediendo la tempestad. «Blizzards» que cegaban y que borrarían todo rastro.
Carrington se resolvió.
—Regresemos —dijo—; no es prudente alejarnos...
—Mon Dieu, m’sié! —gruñó Saint LeBaur, que no podía olvidar el espectáculo recién presenciado—. M’sié ser el más grande luchador de todo el Noroeste... Oui, oui!
—Es fácil —dijo sonriéndose Carrington—. Yo creo que lo eres tú, porque con mis artimañas podría derribar al oso gris...
—Mal tiempo esta, noche, m’sié. Los lobos correrán muchas millas lejos de aquí...
—Y algún shiglit también irá lejos... El espíritu de Tirjekoo ya no le atormentará más.
Y al poco, al divisar las cabañas, añadió Carrington, revelando su satisfacción:
—Tenemos que saludar a la amorosa pareja, MacPearson.
—Es verdad —contestó el factor—. Ha arreglado usted una boda.
—Me alegro infinito —murmuró Jaime Carrington sonriendo.
* * *
Veinte días después, en el archivo de la Policía Montada del Canadá se anotaba el fin del caso F-2, concerniente al asesinato de varios hombres, expoliador de líneas, conocido por el Lobo y llamado, en vida, Jam Boulaint.
Semanas después, el sargento Jaime Carrington, reintegrado a su puesto en la administración del Fuerte Resolución, recibía una cordialísima carta en la que una feliz pareja de recién casados le anunciaba un viaje por el Este.