la droga fantasma (relato)
Este relato, escrito con letra clara y mano firme, fue hallado entre las humeantes ruinas de un manicomio. Los documentos de la institución fueron salvados y una cuidadosa encuesta demostró que un eminente analizador de drogas fue confinado entre sus muros acusado de uno de los crímenes más horrendos que puedan imaginarse Fue juzgado y declarado loco después de relatar, para defenderse, una historia fantástica que fue interpretada como engendro de un cerebro perturbado. Después de leer esta historia, que coincide tan bien con los hechos conocidos, uno no puede hacer más que preguntarse...
* * *
Es nuevamente de noche, una de esas noches amenazadoras y brumosas que se ven en sueños. Tengo miedo de ella. Fue en una noche muy semejante a esta cuando aquello ocurrió; aquel horrible suceso que robó el descanso a mi mente y que hace que mi sueño adquiera formas fantasmales... Me metieron en un manicomio porque me juzgaron loco... A mí, con un cerebro infinitamente superior al de los imbéciles que me reconocieron.
Negáronse a creer los hechos que les relaté... Dijeron que mi historia era un invento de una mente trastornada, que era una coartada del crimen por mí cometido. Juré por, mi honor que les había dicho la verdad; pero hasta mis amigos se mostraron incrédulos.
Por ello escribo este documento con muy poca esperanza de convencer a nadie. Sin embargo, quiero contarlo todo tal como sucedió.
Estaba en mi laboratorio, analizando algunas drogas que me habían enviado desde la India. Un tubo que contenía un líquido fosfórico atrajo mi atención. Y leí la nota que mi remitente había escrito acerca de su contenido.
Decíase en ella que se suponía que aquel preparado poseía la fuerza de trasladar el cerebro de un hombre al cuerpo de un animal y viceversa; superstición firmemente creída por los naturales del país. La droga estaba hecha extrayendo su substancia principal de los sesos de los animales recién muertos, sustancia que variaba según el tamaño de las bestias.
Desde luego me eché a reír ante aquellas supuestas propiedades, pero decidí probar la droga en uno de los animales de mi laboratorio. Inyecté una pequeña cantidad en el cuerpo de un conejo de Indias y observé sus reacciones. Durante un minuto el animalito permaneció inmóvil. Luego se cerraron lentamente sus párpados hasta que pareció sumirse en un profundo letargo. Durante medio minuto más no sufrió ningún cambio. Luego sus ojos se abrieron y vi ante mí no las tímidas pupilas de un conejo, sino las de un animal aterrorizado.
Dando un súbito salto precipitóse sobre la luz del laboratorio, que estaba suspendida del techo. Sus patas no pudieron agarrarse al cordón ni a la pantalla y el animalillo se cayó, pero solo para saltar frenético hacia la cortina, en un vano intento de trepar por ella. Otro salto le llevó encima de un armario, donde derribó varias botellas que cayeron al suelo, rompiéndose.
El ruido arrancóme de mi estupor e intenté apoderarme del animal. Igual hubiera sido pretender sujetar su sombra. Del armario a la mesa, de la mesa a la cortina, de la cortina a un estante, dejando tras él un rastro de botellas y frascos rotos. Y, mientras saltaba, de la garganta del bicho brotaban una serie de extraños chillidos.
Sudoroso, abandoné la caza y, colocando bien una silla caída, me senté a reflexionar acerca de aquel misterio. Mientras tanto observaba atentamente al conejo. En aquel momento se hallaba en un vasar, contemplando su cola y chillando excitado. Luego rascóse las orejas y pareció sobresaltado ante su enorme tamaño.
Me pregunté qué explicación tenía aquello. El conejo se estaba portando como un mono ¡Un mono, eso era! La droga hacía que los animales se portasen como monos. Entonces lo que afirmaban los indígenas era verdad y la droga tenía el poder de realizar una transformación. Intrigado, y preguntándome si el preparado ofrecía siempre los mismos resultados, decidí probar de nuevo con otro conejo de Indias que saqué de una jaula inmediata.
Con el mayor cuidado le inyecté una pequeña dosis. Al cabo de un minuto, durante el cual el conejillo no hizo el menor movimiento, abrió los ojos y empezó a moverse. La sangre me latía en las sienes mientras miraba la figurilla del animalito, que, saliendo lentamente de su sopor, se levantó sobre sus patas traseras mientras con las delanteras se golpeaba el pecho.
—¿Qué diablos...? —empecé. Luego comprendí. La droga afectaba de una manera distinta a cada animal, dependiendo, seguramente, de la cantidad de la dosis. Mientras llegaba a esa conclusión noté que el primer conejillo volvía a su primitivo estado, desapareciendo hasta el último rastro de la personalidad asumida durante unos minutos. Era la primera vez en toda mi vida que presenciaba semejantes efectos de una droga en el cerebro de los animales, hasta el extremo de convertirlos mentalmente en otros totalmente distintos.
Mi viejo y querido amigo Rodney Caleb vivía conmigo y corrí a su habitación a explicarle lo que ocurría. Estaba tendido en la cama, cubierto por una gruesa manta que no bastaba para ocultar por entero la enjuta silueta de aquel hombre que unos años antes habíase enorgullecido de poseer una maravillosa musculatura y fuerza, ahora robadas por la enfermedad y la vejez. Era veinte años mayor que yo. Le gustaba hablar de cuando sus proezas eran comentadas en los lugares donde la fuerza y la valentía eran admiradas Su voz conservaba aún algo de su antiguo vigor.
—¿Qué hay? —me preguntó—. ¿Ocurre algo interesante?
Con enorme entusiasmo detallé los efectos de la droga sobre los dos conejillos de Indias. Comprendí enseguida, por la expresión de su rostro, que estaba sumamente interesado. Cuando hubo concluido dejóse caer contra la almohada como sumido en profundos pensamientos.
—Doc, creo que al fin voy a ver realizado mi deseo —dijo lentamente.
Le miré sin comprenderle.
—Ya sabes cuánto he deseado recobrar mi antigua fuerza —prosiguió excitado—. O, por lo menos, poderme mover durante algún tiempo; bien, pues ahí tienes la substancia que realizará ese milagro.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—¿Por qué no puedo tomar un poco de esa droga y gobernar durante algún tiempo el cuerpo de algún animal? —razonó.
—¡Estás loco, Rodney! —exclamé—. No consentiré jamás que cometas una insensatez semejante. Significaría tu muerte en unos minutos. ¿Te imaginas lo que sucedería sí, con el cuerpo que ahora tienes, tu cerebro se convirtiera en el de un mono y empezases a hacer cabriolas? Jamás resistirías la prueba.
—Te olvidas de algo —sonrió.
—¿De qué? —pregunté.
—Que mientras el cuerpo estuviese gobernado por el cerebro de un mono, mi mente gobernaría a su vez el cuerpo de algún animal activo y sano...
—No digo... —empecé, más me interrumpí para recapacitar sobre el asunto. El conejo había sido dominado por la mente de un mono, ¿qué había ocurrido con el cerebro del conejo? Lo más lógico era suponer que hubo un intercambio y que, en algún punto de la India, un mono se portó durante un rato como un conejillo.
—Es probable —admití— que tu cerebro fuese a parar a otro cuerpo, pero olvidas que tal persona será gobernada por la mente de un animal. Esto sería muy arriesgado, como lo demostraron los movimientos del conejo en el laboratorio.
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—Puedes evitar eso haciéndome tomar un soporífero que me mantenga inmóvil, mientras mi mente vuela hacia algún animal Así, sea cual sea la personalidad que se apodere de mi cuerpo, el narcótico impedirá el menor movimiento.
Reflexioné durante largo rato acerca de las palabras de mi amigo y, al fin, reconocí en ellas cierta lógica Rodney continuó suplicándome con desesperada ansiedad.
—Aquí me tienes encadenado a esta cama para el resto de mi vida, un año todo lo más. La existencia tiene muy poco atractivo para mí estando en esta prisión Estoy débil, pero el espíritu de la aventura vibra aún dentro de mí. No puedes negarme ese favor; si no quieres hacerlo por complacer a un viejo, hazlo por lo menos para satisfacer a un amigo.
—Solo te replicaré una cosa —dije—. Y es que si quieres que te inyecte esa droga también me la inyectaré yo.
—No es necesario que lo hagas —replicó Rodney, vacilando—. Tú estás sano y en tu profesión puedes hacer mucho bien a la Humanidad. En cambio a mí nadie me necesita.
—Sea como sea, repito lo dicho anteriormente —repliqué—. ¿Crees que podría resistir la idea de que a ti te pasara algo en esa empresa sin que yo lo compartiese? Nunca. Hemos estado siempre uno al lado del otro y así continuaremos hasta el fin.
Rodney estrechó una de mis manos. Durante unos minutos ninguno habló; sin embargo, los dos nos dábamos cuenta de que el lazo de nuestra amistad era más fuerte que nunca.
—No puedo consentir que corras ese riesgo dijo al fin mi amigo, intentando ocultar la decepción que su voz traicionaba.
—Y yo no puedo negarte ese deseo —repliqué—. Además, es mi deber intentar un experimento que puede ser de gran valor en las investigaciones científicas. Debo reconocer que me emocionan las posibilidades de esta aventura. ¿Cuándo haremos la prueba?
—Yo estoy preparado —replicó—. ¿Qué disposiciones son necesarias?
—Apenas ninguna. Iré al laboratorio en busca de un sedante y de una jeringa de inyecciones. También traeré el botiquín de socorro.
Antes de cerrar la puerta trasera eché una mirada al exterior. La atmósfera estaba cargada y la amenazadora calma que precede a la tempestad me hizo estremecer. Recogí los artículos que necesitaba y regresé al cuarto.
—Se acerca una tormenta —dije.
Rodney no replicó. Su mirada estaba fija en el tubo que contenía la fosforescente droga. Respiraba anhelante, dando evidentes muestras de impaciencia y excitación.
—Cálmate un poco, Rod —advertí, aunque mi propio corazón latía con violencia y la estancia me parecía excesivamente caldeada. Pensé que era mejor ocultarle a mi amigo mi nervosidad. Un inesperado trueno nos hizo dar un salto.
—Estamos tan nerviosos como dos chiquillos antes de su primera expedición de piratas —rio Rod, cuya voz temblaba.
Mezclé un sedante y un narcótico para él y para mí dispuse una mezcla mucho más fuerte. Las bebimos. Luego me quité la americana, levanté la manga de la camisa de mi brazo izquierdo e indiqué a Rodney que hiciera lo mismo con la manga del pijama.
—Tardaremos un minuto o dos en notar los efectos —dije—. Para entonces, los de la poción que hemos bebido empezarán también a dejarse sentir.
Hice un esfuerzo para dominar mi temblor mientras inyectaba el preparado en el brazo de mi amigo; enseguida, volví a llenar apresuradamente la jeringa y la vacié en mi brazo. Me tendí junto a Rodney y nos cogimos de la mano. A medida que pasaban los segundos me fue invadiendo una dulce somnolencia y al fin perdí la noción de las cosas.
Una atmósfera extraña me rodeaba cuando mi mente empezó de nuevo a funcionar Poco a poco se fue disipando el velo que enturbiaba mis sentidos y me moví inquieto, mientras en mi cerebro iban entrando una serie de raras impresiones. Me hallaba en el centro de un grupo de árboles, entre la alta hierba y la intrincada maleza. Noté algo extraño en la nariz y, de pronto, lancé una exclamación de asombro que al brotar de mi garganta convirtióse en un bramido tan potente que hizo temblar la tierra; y con razón, pues yo, o, mejor dicho, mi mente, había encarnado en un elefante. Mi nariz... era una trompa.
Me sentí embriagado ante la idea de la fuerza que poseía. Cogí un árbol con la trompa y con un ligero esfuerzo lo arranqué de raíz. Mi grito de entusiasmo fue un trueno que conmovió la selva.
Un profundo rugido sonó a mi espalda, haciéndome volver con rapidez. Un tigre hallábase agazapado entre la hierba. Levanté amenazador la trompa y batí el suelo con mis patas; pero la fiera no se movió. Entonces le miré con fijeza y lo comprendí todo ¡Era Rodney! Su cerebro había encarnado en el cuerpo de un tigre.
Al ver que le reconocía se entusiasmó y aunque no podíamos hablar, demostramos gráficamente nuestro placer. Mi amigo estaba loco de alegría al comprobar la agilidad y fuerza adquiridas, y no cesaba de dar prodigiosos saltos en el pequeño claro.
Al fin, cansado y sin aliento vino hacia mí y frotó su lomo contra una de mis formidables patas, ronroneando como un enorme gato. Cogiéndole con la trompa lo coloqué sobre mi espalda y recorrí a toda marcha varios kilómetros de selva. Un rio nos cortó el paso y bebimos en él. Un litro de agua fue para mi enorme sed lo qué una tacita de líquido para un ser humano. Cuando hube terminado empecé a divertirme echándole agua a Rodney. De súbito llegó hasta nosotros un bramido furioso, acompañado de unas pisadas que hacían temblar la tierra.
Nos volvimos hacia el sitio de dónde venía el estruendo y aguardamos con el aliento contenido. Al fin, por encima de la alta hierba de la selva, apareció la cabeza de un furioso elefante. Que estaba rabioso era indudable. Sus orejas ondeaban como enormes abanicos y emitía un trompeteo desafiador.
Miré ansiosamente a Rodney. En sus ojos brillaba el ansia de batalla, y comprendí que sería un aliado formidable. Era demasiado tarde para escapar. Nuestro enemigo estaba muy cerca y el río era una barrera. Mi furia habíase despertado también y estaba dispuesto a enfrentarme con la amenaza que avanzaba.
El enorme elefante cargó contra mí y los dos chocamos. Dos locomotoras estrellándose una contra otra no producirían una conmoción más terrible.
Al separarnos, mi enemigo lanzó un grito de miedo y dolor, pronto me di cuenta del motivo. Rodney había esperado que los dos estuviéramos juntos para lanzarse al cuello de mi rival. Hundió sus colmillos en la carne del paquidermo y empezó a desgarrarla a la vez con sus zarpas.
Todo esto lo vi en un segundo. Cuando el otro elefante se disponía a defenderse de Rodney, cargué contra él, cogiéndole de lado y hundiendo mis colmillos en su cuerpo. Casi en el mismo instante. Rodney le cortó la yugular y el paquidermo cayó al suelo estremecido por convulsiones que fueron cesando paulatinamente.
Yo no tenía ninguna herida; tan solo notaba un fuerte dolor de cabeza a causa del encontronazo, pero Rodney no se había librado tan bien. Al apartarnos de nuestro caído adversario noté que una de las patas del tigre estaba casi aplastada. Sin embargo, en sus ojos brillaba la luz del triunfo y parecía feliz, no obstante lo que debía de estar sufriendo.
Fue entonces cuando me di cuenta del cambio que empezaba a verificarse en mí. Era una especie de sopor. Al principio creí que era debido al cansancio; mas al hacerse más intenso comprendí, con un estremecimiento de miedo, lo que en realidad era. La personalidad del elefante estaba intentando apartar a la mía de su cuerpo.
Miré a Rodney para ver si a él le ocurría lo mismo. No era así. Mi amigo seguía en pleno dominio del cuerpo del tigre. Entonces la luz se hizo en mi cerebro El inmenso animal dentro del cual estaba mi alma había gastado más rápidamente la droga que el cuerpo que Rodney gobernaba. Corrí junto a él y traté de hacerle comprender lo que me ocurría, indicándole que se adentrase en la selva y se ocultara hasta que el efecto de la inyección pasase. Fue inútil. Cuanto más se movía más sonreían sus ojos, como si creyese que lo que intentaba era demostrarle mi dicha por haber triunfado de nuestro enemigo.
El alma del elefante me dominaba cada vez más. Empezó a gobernar su propio cuerpo y fijó su mirada, amenazador, en Rodney, que estaba tendido en el suelo. Luché desesperadamente para seguir dominando al paquidermo. En vano. La fuerza de la droga desvanecíase rápidamente.
Al fin conseguí emitir un bramido de aviso. ¡Horror de horrores! Rodney avanzó penosamente hacia mí, creyendo que le llamaba. Mi cerebro se enturbió y, como en sueños, luché para dominar el enorme cuerpo. Pero era demasiado tarde. El monstruo que poco antes obedecía las órdenes de mi mente volvía a estar al servicio del cerebro de su verdadero dueño. Yo solo era un mero espectador a través de la niebla.
Así que Rodney llegó a unos pasos del paquidermo, este precipitóse sobre él. En los ojos de mi amigo brilló el pánico al comprender la terrible verdad. Cuando su alarido rasgó el aire me sentí hundir en las sombras.
No sé el tiempo que permanecí sin sentido. Al fin, lentamente, la conciencia volvió. Mientras los recuerdos se agolpaban en mi cerebro, busqué la mano de Rodney. No estaba a mi lado. Temblando de miedo me incorporé en el lecho.
De momento no vi a mi compañero, luego... lancé un grito de terror.
Rodney yacía junto a la cama, ¡con todos los huesos de su cuerpo rotos, como si un peso de varias toneladas lo hubiera aplastado!
* * *
Es nuevamente de noche, una de esas noches amenazadoras y brumosas que se ven en sueños. Tengo miedo de ella. Fue en una noche muy semejante a esta cuando aquello ocurrió; aquel horrible suceso que robó el descanso a mi mente y que hace que mi sueño adquiera formas fantasmales... Me metieron en un manicomio porque me juzgaron loco... A mí, con un cerebro infinitamente superior al de los imbéciles que me reconocieron.
Negáronse a creer los hechos que les relaté... Dijeron que mi historia era un invento de una mente trastornada, que era una coartada del crimen por mí cometido. Juré por, mi honor que les había dicho la verdad; pero hasta mis amigos se mostraron incrédulos.
Por ello escribo este documento con muy poca esperanza de convencer a nadie. Sin embargo, quiero contarlo todo tal como sucedió.
Estaba en mi laboratorio, analizando algunas drogas que me habían enviado desde la India. Un tubo que contenía un líquido fosfórico atrajo mi atención. Y leí la nota que mi remitente había escrito acerca de su contenido.
Decíase en ella que se suponía que aquel preparado poseía la fuerza de trasladar el cerebro de un hombre al cuerpo de un animal y viceversa; superstición firmemente creída por los naturales del país. La droga estaba hecha extrayendo su substancia principal de los sesos de los animales recién muertos, sustancia que variaba según el tamaño de las bestias.
Desde luego me eché a reír ante aquellas supuestas propiedades, pero decidí probar la droga en uno de los animales de mi laboratorio. Inyecté una pequeña cantidad en el cuerpo de un conejo de Indias y observé sus reacciones. Durante un minuto el animalito permaneció inmóvil. Luego se cerraron lentamente sus párpados hasta que pareció sumirse en un profundo letargo. Durante medio minuto más no sufrió ningún cambio. Luego sus ojos se abrieron y vi ante mí no las tímidas pupilas de un conejo, sino las de un animal aterrorizado.
Dando un súbito salto precipitóse sobre la luz del laboratorio, que estaba suspendida del techo. Sus patas no pudieron agarrarse al cordón ni a la pantalla y el animalillo se cayó, pero solo para saltar frenético hacia la cortina, en un vano intento de trepar por ella. Otro salto le llevó encima de un armario, donde derribó varias botellas que cayeron al suelo, rompiéndose.
El ruido arrancóme de mi estupor e intenté apoderarme del animal. Igual hubiera sido pretender sujetar su sombra. Del armario a la mesa, de la mesa a la cortina, de la cortina a un estante, dejando tras él un rastro de botellas y frascos rotos. Y, mientras saltaba, de la garganta del bicho brotaban una serie de extraños chillidos.
Sudoroso, abandoné la caza y, colocando bien una silla caída, me senté a reflexionar acerca de aquel misterio. Mientras tanto observaba atentamente al conejo. En aquel momento se hallaba en un vasar, contemplando su cola y chillando excitado. Luego rascóse las orejas y pareció sobresaltado ante su enorme tamaño.
Me pregunté qué explicación tenía aquello. El conejo se estaba portando como un mono ¡Un mono, eso era! La droga hacía que los animales se portasen como monos. Entonces lo que afirmaban los indígenas era verdad y la droga tenía el poder de realizar una transformación. Intrigado, y preguntándome si el preparado ofrecía siempre los mismos resultados, decidí probar de nuevo con otro conejo de Indias que saqué de una jaula inmediata.
Con el mayor cuidado le inyecté una pequeña dosis. Al cabo de un minuto, durante el cual el conejillo no hizo el menor movimiento, abrió los ojos y empezó a moverse. La sangre me latía en las sienes mientras miraba la figurilla del animalito, que, saliendo lentamente de su sopor, se levantó sobre sus patas traseras mientras con las delanteras se golpeaba el pecho.
—¿Qué diablos...? —empecé. Luego comprendí. La droga afectaba de una manera distinta a cada animal, dependiendo, seguramente, de la cantidad de la dosis. Mientras llegaba a esa conclusión noté que el primer conejillo volvía a su primitivo estado, desapareciendo hasta el último rastro de la personalidad asumida durante unos minutos. Era la primera vez en toda mi vida que presenciaba semejantes efectos de una droga en el cerebro de los animales, hasta el extremo de convertirlos mentalmente en otros totalmente distintos.
Mi viejo y querido amigo Rodney Caleb vivía conmigo y corrí a su habitación a explicarle lo que ocurría. Estaba tendido en la cama, cubierto por una gruesa manta que no bastaba para ocultar por entero la enjuta silueta de aquel hombre que unos años antes habíase enorgullecido de poseer una maravillosa musculatura y fuerza, ahora robadas por la enfermedad y la vejez. Era veinte años mayor que yo. Le gustaba hablar de cuando sus proezas eran comentadas en los lugares donde la fuerza y la valentía eran admiradas Su voz conservaba aún algo de su antiguo vigor.
—¿Qué hay? —me preguntó—. ¿Ocurre algo interesante?
Con enorme entusiasmo detallé los efectos de la droga sobre los dos conejillos de Indias. Comprendí enseguida, por la expresión de su rostro, que estaba sumamente interesado. Cuando hubo concluido dejóse caer contra la almohada como sumido en profundos pensamientos.
—Doc, creo que al fin voy a ver realizado mi deseo —dijo lentamente.
Le miré sin comprenderle.
—Ya sabes cuánto he deseado recobrar mi antigua fuerza —prosiguió excitado—. O, por lo menos, poderme mover durante algún tiempo; bien, pues ahí tienes la substancia que realizará ese milagro.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—¿Por qué no puedo tomar un poco de esa droga y gobernar durante algún tiempo el cuerpo de algún animal? —razonó.
—¡Estás loco, Rodney! —exclamé—. No consentiré jamás que cometas una insensatez semejante. Significaría tu muerte en unos minutos. ¿Te imaginas lo que sucedería sí, con el cuerpo que ahora tienes, tu cerebro se convirtiera en el de un mono y empezases a hacer cabriolas? Jamás resistirías la prueba.
—Te olvidas de algo —sonrió.
—¿De qué? —pregunté.
—Que mientras el cuerpo estuviese gobernado por el cerebro de un mono, mi mente gobernaría a su vez el cuerpo de algún animal activo y sano...
—No digo... —empecé, más me interrumpí para recapacitar sobre el asunto. El conejo había sido dominado por la mente de un mono, ¿qué había ocurrido con el cerebro del conejo? Lo más lógico era suponer que hubo un intercambio y que, en algún punto de la India, un mono se portó durante un rato como un conejillo.
—Es probable —admití— que tu cerebro fuese a parar a otro cuerpo, pero olvidas que tal persona será gobernada por la mente de un animal. Esto sería muy arriesgado, como lo demostraron los movimientos del conejo en el laboratorio.
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—Puedes evitar eso haciéndome tomar un soporífero que me mantenga inmóvil, mientras mi mente vuela hacia algún animal Así, sea cual sea la personalidad que se apodere de mi cuerpo, el narcótico impedirá el menor movimiento.
Reflexioné durante largo rato acerca de las palabras de mi amigo y, al fin, reconocí en ellas cierta lógica Rodney continuó suplicándome con desesperada ansiedad.
—Aquí me tienes encadenado a esta cama para el resto de mi vida, un año todo lo más. La existencia tiene muy poco atractivo para mí estando en esta prisión Estoy débil, pero el espíritu de la aventura vibra aún dentro de mí. No puedes negarme ese favor; si no quieres hacerlo por complacer a un viejo, hazlo por lo menos para satisfacer a un amigo.
—Solo te replicaré una cosa —dije—. Y es que si quieres que te inyecte esa droga también me la inyectaré yo.
—No es necesario que lo hagas —replicó Rodney, vacilando—. Tú estás sano y en tu profesión puedes hacer mucho bien a la Humanidad. En cambio a mí nadie me necesita.
—Sea como sea, repito lo dicho anteriormente —repliqué—. ¿Crees que podría resistir la idea de que a ti te pasara algo en esa empresa sin que yo lo compartiese? Nunca. Hemos estado siempre uno al lado del otro y así continuaremos hasta el fin.
Rodney estrechó una de mis manos. Durante unos minutos ninguno habló; sin embargo, los dos nos dábamos cuenta de que el lazo de nuestra amistad era más fuerte que nunca.
—No puedo consentir que corras ese riesgo dijo al fin mi amigo, intentando ocultar la decepción que su voz traicionaba.
—Y yo no puedo negarte ese deseo —repliqué—. Además, es mi deber intentar un experimento que puede ser de gran valor en las investigaciones científicas. Debo reconocer que me emocionan las posibilidades de esta aventura. ¿Cuándo haremos la prueba?
—Yo estoy preparado —replicó—. ¿Qué disposiciones son necesarias?
—Apenas ninguna. Iré al laboratorio en busca de un sedante y de una jeringa de inyecciones. También traeré el botiquín de socorro.
Antes de cerrar la puerta trasera eché una mirada al exterior. La atmósfera estaba cargada y la amenazadora calma que precede a la tempestad me hizo estremecer. Recogí los artículos que necesitaba y regresé al cuarto.
—Se acerca una tormenta —dije.
Rodney no replicó. Su mirada estaba fija en el tubo que contenía la fosforescente droga. Respiraba anhelante, dando evidentes muestras de impaciencia y excitación.
—Cálmate un poco, Rod —advertí, aunque mi propio corazón latía con violencia y la estancia me parecía excesivamente caldeada. Pensé que era mejor ocultarle a mi amigo mi nervosidad. Un inesperado trueno nos hizo dar un salto.
—Estamos tan nerviosos como dos chiquillos antes de su primera expedición de piratas —rio Rod, cuya voz temblaba.
Mezclé un sedante y un narcótico para él y para mí dispuse una mezcla mucho más fuerte. Las bebimos. Luego me quité la americana, levanté la manga de la camisa de mi brazo izquierdo e indiqué a Rodney que hiciera lo mismo con la manga del pijama.
—Tardaremos un minuto o dos en notar los efectos —dije—. Para entonces, los de la poción que hemos bebido empezarán también a dejarse sentir.
Hice un esfuerzo para dominar mi temblor mientras inyectaba el preparado en el brazo de mi amigo; enseguida, volví a llenar apresuradamente la jeringa y la vacié en mi brazo. Me tendí junto a Rodney y nos cogimos de la mano. A medida que pasaban los segundos me fue invadiendo una dulce somnolencia y al fin perdí la noción de las cosas.
Una atmósfera extraña me rodeaba cuando mi mente empezó de nuevo a funcionar Poco a poco se fue disipando el velo que enturbiaba mis sentidos y me moví inquieto, mientras en mi cerebro iban entrando una serie de raras impresiones. Me hallaba en el centro de un grupo de árboles, entre la alta hierba y la intrincada maleza. Noté algo extraño en la nariz y, de pronto, lancé una exclamación de asombro que al brotar de mi garganta convirtióse en un bramido tan potente que hizo temblar la tierra; y con razón, pues yo, o, mejor dicho, mi mente, había encarnado en un elefante. Mi nariz... era una trompa.
Me sentí embriagado ante la idea de la fuerza que poseía. Cogí un árbol con la trompa y con un ligero esfuerzo lo arranqué de raíz. Mi grito de entusiasmo fue un trueno que conmovió la selva.
Un profundo rugido sonó a mi espalda, haciéndome volver con rapidez. Un tigre hallábase agazapado entre la hierba. Levanté amenazador la trompa y batí el suelo con mis patas; pero la fiera no se movió. Entonces le miré con fijeza y lo comprendí todo ¡Era Rodney! Su cerebro había encarnado en el cuerpo de un tigre.
Al ver que le reconocía se entusiasmó y aunque no podíamos hablar, demostramos gráficamente nuestro placer. Mi amigo estaba loco de alegría al comprobar la agilidad y fuerza adquiridas, y no cesaba de dar prodigiosos saltos en el pequeño claro.
Al fin, cansado y sin aliento vino hacia mí y frotó su lomo contra una de mis formidables patas, ronroneando como un enorme gato. Cogiéndole con la trompa lo coloqué sobre mi espalda y recorrí a toda marcha varios kilómetros de selva. Un rio nos cortó el paso y bebimos en él. Un litro de agua fue para mi enorme sed lo qué una tacita de líquido para un ser humano. Cuando hube terminado empecé a divertirme echándole agua a Rodney. De súbito llegó hasta nosotros un bramido furioso, acompañado de unas pisadas que hacían temblar la tierra.
Nos volvimos hacia el sitio de dónde venía el estruendo y aguardamos con el aliento contenido. Al fin, por encima de la alta hierba de la selva, apareció la cabeza de un furioso elefante. Que estaba rabioso era indudable. Sus orejas ondeaban como enormes abanicos y emitía un trompeteo desafiador.
Miré ansiosamente a Rodney. En sus ojos brillaba el ansia de batalla, y comprendí que sería un aliado formidable. Era demasiado tarde para escapar. Nuestro enemigo estaba muy cerca y el río era una barrera. Mi furia habíase despertado también y estaba dispuesto a enfrentarme con la amenaza que avanzaba.
El enorme elefante cargó contra mí y los dos chocamos. Dos locomotoras estrellándose una contra otra no producirían una conmoción más terrible.
Al separarnos, mi enemigo lanzó un grito de miedo y dolor, pronto me di cuenta del motivo. Rodney había esperado que los dos estuviéramos juntos para lanzarse al cuello de mi rival. Hundió sus colmillos en la carne del paquidermo y empezó a desgarrarla a la vez con sus zarpas.
Todo esto lo vi en un segundo. Cuando el otro elefante se disponía a defenderse de Rodney, cargué contra él, cogiéndole de lado y hundiendo mis colmillos en su cuerpo. Casi en el mismo instante. Rodney le cortó la yugular y el paquidermo cayó al suelo estremecido por convulsiones que fueron cesando paulatinamente.
Yo no tenía ninguna herida; tan solo notaba un fuerte dolor de cabeza a causa del encontronazo, pero Rodney no se había librado tan bien. Al apartarnos de nuestro caído adversario noté que una de las patas del tigre estaba casi aplastada. Sin embargo, en sus ojos brillaba la luz del triunfo y parecía feliz, no obstante lo que debía de estar sufriendo.
Fue entonces cuando me di cuenta del cambio que empezaba a verificarse en mí. Era una especie de sopor. Al principio creí que era debido al cansancio; mas al hacerse más intenso comprendí, con un estremecimiento de miedo, lo que en realidad era. La personalidad del elefante estaba intentando apartar a la mía de su cuerpo.
Miré a Rodney para ver si a él le ocurría lo mismo. No era así. Mi amigo seguía en pleno dominio del cuerpo del tigre. Entonces la luz se hizo en mi cerebro El inmenso animal dentro del cual estaba mi alma había gastado más rápidamente la droga que el cuerpo que Rodney gobernaba. Corrí junto a él y traté de hacerle comprender lo que me ocurría, indicándole que se adentrase en la selva y se ocultara hasta que el efecto de la inyección pasase. Fue inútil. Cuanto más se movía más sonreían sus ojos, como si creyese que lo que intentaba era demostrarle mi dicha por haber triunfado de nuestro enemigo.
El alma del elefante me dominaba cada vez más. Empezó a gobernar su propio cuerpo y fijó su mirada, amenazador, en Rodney, que estaba tendido en el suelo. Luché desesperadamente para seguir dominando al paquidermo. En vano. La fuerza de la droga desvanecíase rápidamente.
Al fin conseguí emitir un bramido de aviso. ¡Horror de horrores! Rodney avanzó penosamente hacia mí, creyendo que le llamaba. Mi cerebro se enturbió y, como en sueños, luché para dominar el enorme cuerpo. Pero era demasiado tarde. El monstruo que poco antes obedecía las órdenes de mi mente volvía a estar al servicio del cerebro de su verdadero dueño. Yo solo era un mero espectador a través de la niebla.
Así que Rodney llegó a unos pasos del paquidermo, este precipitóse sobre él. En los ojos de mi amigo brilló el pánico al comprender la terrible verdad. Cuando su alarido rasgó el aire me sentí hundir en las sombras.
No sé el tiempo que permanecí sin sentido. Al fin, lentamente, la conciencia volvió. Mientras los recuerdos se agolpaban en mi cerebro, busqué la mano de Rodney. No estaba a mi lado. Temblando de miedo me incorporé en el lecho.
De momento no vi a mi compañero, luego... lancé un grito de terror.
Rodney yacía junto a la cama, ¡con todos los huesos de su cuerpo rotos, como si un peso de varias toneladas lo hubiera aplastado!