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alejandro dumas
el cazador de gamuzas (relato)
Es desde la cima de esa roca que domina el valle a una altura de mil metros, que fue precipitado por el Genio de la Montaña un cazador de gamuzas.
Este Cazador era habilísimo y su fama se extendía por todo el Oberland.
Un día perseguía encarnizadamente a una gamuza; el pobre animal, al ver que no podía saltar un precipicio, acorralado por la muerte, se ocultó entre unas malezas y se puso a llorar. La vista de las angustias de la pobre madre no enterneció al Cazador, que armó su arco y se dispuso a matarla. Pero al levantar los ojos hacia el lugar en que estaba la gamuza, vio a un viejo de aspecto majestuoso y larga barba blanca. A sus pies estaba el animal, lamiéndole las manos.
Aquel viejo era el Genio de la Montaña. Al verlo, el cazador bajó el arco y el genio le dijo:
—Hombre del Valle, que posees todos los dones que enriquecen las llanuras: ¿por qué vienes a atormentar a los Habitantes de la Montaña? Yo no desciendo hasta vuestros caseríos a robaros las aves, ni los bueyes que guardáis en los establos y que os ayudan en la diaria labor. ¿Por qué has subido hasta mí para matar las gamuzas de mis rocas y las águilas de mis nubes?
—Porque soy pobre —respondió el Cazador— y no poseo nada de lo que tienen los otros hombres, excepto el hambre. Como yo no tengo ni aves ni bueyes, he venido a buscar los nidos de las águilas entre las peñas y a la gamuza en su retiro. Ellos encuentran su alimento en la Montaña; yo no puedo encontrar el mío en el Valle.
Entonces el Viejo reflexionó un largo rato y luego hizo señas al Cazador para que se acercase. Empezó a ordeñar a la gamuza, y conforme caía la leche en la tosca escudilla de madera se iba convirtiendo en una crema espesa y de marfilino color. El Genio se la dio al Cazador.
—Toma —le dijo—; aquí tienes para apaciguar el hambre que te hizo ser cruel. En cuanto a la sed; mi sudor provee de agua al Valle y puedes beber allí el agua que te plazca. Esta leche cuajada estará siempre fresca en tu alacena o en tu morral; pero cuidado no comerla toda, sino dejar una porción pequeña. Te la doy con la condición de que dejarás tranquilas a mis gamuzas y a mis águilas.
El Cazador prometió renunciar a sus correrías por la Montaña; bajó al Valle, colgó el arco y vivió un año alimentándose con la leche cuajada, que encontraba intacta a cada comida. Por su parte, las gamuzas, llenas de alegría, habían vuelto a tener confianza en los Hombres y bajaban hasta la llanura. Todo el día saltaban y corrían jugando con las cabras y comiendo el musgo aterciopelado que crecía entre las piedras.
Una noche estaba el Cazador asomado a la ventana y pasó tan cerca una gamuza que podía matarla sin salir de su casa. La tentación era demasiado fuerte. Descolgó el arco y, olvidando la promesa que había hecho al Genio de la Montaña, apuntó cuidadosamente al animal, que se había detenido confiado, y lo mató.
Corrió enseguida hacia el sitio en que la gamuza había caído, se la echó sobré los hombros, entró en la casa y la dejó en la cocina. Luego cortó un trozo de una de las patas, le quitó cuidadosamente la piel y lo puso a asar.
Cuando hubo comido el sabroso pedazo, pensó en la leche, que esta vez iba, a servirle de postre.
Pero al abrir el armario en que guardaba la escudilla, saltó un enorme gato negro, que tenía ojos fosforescentes y manos humanas; llevaba entre los dientes la escudilla con la leche. Al ver la ventana abierta, saltó por ella y desapareció.
El Cazador no se preocupó por eso. Las gamuzas se habían familiarizado tanto con el Valle, que durante un año, no tuvo necesidad de irlas a buscar a la Montaña.
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Pero poco a poco se hicieron más ariscas, empezaron a escasear y al fin desaparecieron por completo.
El Cazador, que había olvidado la aparición del Viejo, volvió a sus correrías entre las rocas y junto a los abismos.
Un día se encontró en el mismo sitio en que, tres años atrás, había hecho huir una gamuza. Golpeó el matorral en el que se había escondido el animalito y vio salir a una gamuza que escapó saltando. El Cazador apuntó y la gamuza, herida, fue a caer al borde del precipicio, en donde había desaparecido el Anciano.
El Hombre la siguió; pero no pudo impedir, que en las convulsiones de la agonía, el animal resbalase por la pendiente y cayese desde lo alto de las rocas.
Se inclinó en el borde para ver dónde había caído. El Genio de la Montaña estaba en el fondo del abismo; sus ojos se encontraron y el Cazador no pudo apartar los suyos.
Entonces se sintió presa de un vértigo horrible, que envolvía todos sus sentidos, quiso huir y le fue imposible moverse.
El Viejo le llamó tres veces por su nombre; a la tercera, el Cazador dio un grito de desgarradora angustia, que fue oído en todo el Valle, y se precipitó al abismo.