junto al abismo (relato)
Después de vanas tentativas para crearme un porvenir en un gran centro urbano, dejé el norte de Francia y llegué hasta el sudoeste, instalándome cerca de la frontera de España, en la pequeña ciudad de Saint-Jean Pied-de-Port, para ejercer la medicina.
Bajo un cielo azul y poco nebuloso se siente palpitar en aquel perdido rincón un alma, si no extranjera, por lo menos diferente a la de las otras regiones.
Instantáneamente me conquistó aquel sitio y me arrojé con ardor a mi nueva vida. Era yo el único médico y cirujano de los alrededores y me veía solicitado de todas partes. Así conocí palmo a palmo la región y me puse en contacto con sus habitantes. Descubrí allí un país primitivo, tanto en las cosas y los seres como en los paisajes y costumbres. Me vi mezclado en salvajes dramas de familia y en peligrosas aventuras; un médico es un confidente al que todo puede decirse y que guarda a veces espantosos secretos. ¡Ah!... ¡Si yo hubiera sido juez! Pero el secreto profesional me impide hablar.
Había salido yo de San Juan a eso de las cuatro acompañado de mis perros. Franqueamos la frontera por el puente de Arneguy y los aduaneros que me conocían me saludaron respetuosamente quitándose las gorras.
Cacé durante todo el día internándome un poco en la Sierra de Abodi y cuando quise advertirlo, la noche llegó de golpe y me encontré sin saber por dónde debía regresar.
Los perros y yo, muertos de hambre, sed y fatiga, erramos durante horas por la sierra. No quería detenerme a causa del frío y mi deseo era encontrar cuanto antes una choza donde refugiarme.
Sin duda el cansancio hizo vacilar mis piernas, porque recuerdo haber caído al suelo, donde permanecí no sé cuánto tiempo. Al despertarme me vi ante un buen fuego y en una borde, especie de cabaña de piedras y maderas. Un hombre estaba de pie delante de mí.
Era alto, delgado, viejo y llevaba la boina y manta de los pastores. Apoyado en su alto bastón, parecía una figura sobrenatural, sobre todo cuando se miraban sus ojos que parecían haber penetrado el misterio de los astros.
—Ha tenido usted suerte al encontrarme —dijo—. Estaba usted casi helado; los perros me avisaron con sus aullidos. ¡Qué animales más inteligentes!... El mío murió anteayer.
Cosa rara: el desconocido no me había dirigido la palabra en castellano o vasco, sino en francés, y un francés muy puro, muy correcto.
¿Quién sería aquel hombre?
Mirándole con atención observé que a pesar de sus cabellos blancos y el rostro demacrado era en realidad mucho más joven de lo que pudiera creerse.
Al presentarme, dando mi nombre y profesión, vi con no poco despecho que yo le era perfectamente desconocido.
—¿Y usted quién es? —pregunté con un poco de impertinencia.
—Yo, señor —dijo sonriendo con falsa humildad—, soy Domingo Iraty, pastor de ganados.
Al decirlo, más parecía hallarse en un salón que en una choza, tanta nobleza y dignidad había en su actitud.
—Iraty —repitió—. ¿Le extraña a usted el nombre? Es el mismo del río que pasa cerca de este valle.
Repuesto ya, salimos ambos de la borde. La pendiente en que nos hallábamos se extendía árida, desierta. Yo estaba solo con aquel hombre cuyo andar elástico y precisión de movimientos recordaba a los» de los jefes indios.
—El río Iraty —prosiguió— atraviesa el famoso bosque del mismo nombre, el más grande, inexplorado y misterioso de los Pirineos. Pero no para mí: nací en una casa, hoy en ruinas, que se elevaba cerca del bosque, y en este realicé yo mil excursiones, atravesándolo en todos sentidos. Mi padre era, a medias, agricultor y traficante en ganados; hasta creo que un poco contrabandista. Nuestra casa estaba aislada, como la mayoría de las de aquí. El vecino más cercano se encontraba a media legua. Me he criado en la soledad y la amo y la admiro.
El hombre aspiró a plenos pulmones el aire helado y luego me invitó a entrar en la cabaña. Ardían en el hogar los últimos tizones. Nos sentamos; Iraty encendió su pipa y yo un cigarrillo.
—Mis padres —siguió diciendo— se habían enriquecido y me arrancaron a esa vida de libertad, poniéndome en un colegio. No me gusta recordar esos años, ni los que siguieron... Sepa usted que al cumplir yo los treinta me hallaba en una mina de cobre, cerca de aquí, en calidad de ingeniero y patrón de un centenar de obreros, ante quien supe hacerme respetar... ¡Ah!... Disculpe, señor, un momento...
Levantóse y fue a ver el rebaño. Sin duda algún rumor insólito, que yo no había advertido, había despertado su inquietud.
—¿Nada de nuevo? —le pregunté al volver.
—Nada. El viento ha cesado. A estas alturas, un guijarro que ruede produce un ruido enorme. Pero además, nada tenemos que temer. Yo no tengo más arma que mi cuchillo viejo; pero usted tiene su escopeta.
Era verdad: tenía el arma al alcance de mi mano; pero... mi cartuchera estaba vacía. Y entonces me di cuenta de mi situación equívoca: era media noche y yo me encontraba en una cabaña aislada sobre una desierta meseta de los Pirineos y en compañía de un desconocido.
Lo que me tranquilizó un poco fue la presencia de los perros. Los fieles animales dormían cerca de la chimenea, pero al menor grito...
—No sé —dijo Domingo Iraty— porque le estoy contando cosas que no le interesarán.
—Es que ha adivinado usted desde el primer momento —repuse— que podía hablarme con toda confianza y libertad ya que estoy habituado al secreto profesional.
—Usted no es mi médico y yo nunca he estado enfermo; pero le creo hombre inteligente. Hablaré en tercera persona,;, porque juzgo, mi querido doctor, que el yo es perfectamente odioso.
Cerró la puerta y se sentó a mi lado. Mi corazón latía un poco más apresuradamente, pero debido a la simple curiosidad.
—El ingeniero Domingo Iraty era algo así como el rey de la mina y de aquellos obreros inclinados, ante su autoridad absoluta. La casa de madera y piedras que le servía de alojamiento tenía la importancia de un castillo feudal. En todo cuanto abarcaba su mirada no conocía superior o igual, excepto Dios. Para un carácter orgulloso e independiente como el suyo, ¡qué gozo! Iraty había encontrado su verdadera vida. Pero de golpe, todo aquello cambió. El ingeniero jefe anunciaba su llegada y Domingo tembló al pensar que él también iba a convertirse en un subalterno, a quedar al nivel de los obreros... Durante tres noches no durmió; su contrariedad se había transformado en ira y se sentía capaz de matar a su rival, Iraty, hasta entonces amable y comunicativo, se encerró en un hosco silencio. Los obreros comprendieron lo que pasaba y reían a hurtadillas, lo que llevó al colmo su paroxismo...
«Llegó el ingeniero... ¡Qué sorpresa! Al lado mío parecía una figurilla insignificante y tenía cinco o seis años menos que yo. El estupor se cambió en humillación formidable, a la vez moral y física. Paso por alto los detalles de la entrega de poderes y de la colaboración. Transcurrieron unos meses y un día el ingeniero jefe me anunció que se casaba Su rostro resplandecía y la idea de su dicha amorosa me atravesó el corazón como la hoja de un puñal. Domingo Iraty es de esa raza de hombres que quieren una o dos veces en su vida. Su corazón había permanecido virgen: ninguna mujer le había conquistado... Y sin embargo, sintió que sin verla, sin conocerla, amaba ya a la novia del ingeniero jefe. ¿Para qué explicar las cosas doctor?... El ingeniero se casaba por amor: uno de esos amores románticos por las que Iraty hubiera dado diez años de vida. La joven se había escapado de un convento para seguir al ingeniero jefe y este cometió la imprudencia de llevarla a la mina Iraty se enamoró como un loco de María y una tarde se atrevió a declararle su insensata pasión. Ella, por temor, nada dijo su marido.
—¿Temor? —interrumpí yo extrañad:
—Sí; tenía miedo a una provocación, a un incidente. Iraty era hombre de temible fuerza y más que un duelo mundano hubiera entablado la lucha cuerpo a cuerpo con su rival. María, presintiendo el peligro constante, decidió a su marido a pedir un empleo en otro sitio. ¡Ah!... La idea de iba a irse María me atenazó el cerebro, torturándomelo... ¡Qué suplicio!... El muchacho que me servía, asustado de mis ataques de loco furor, decidió dejar mi servicio. Dos capataces presentaron su renuncia, y en aquel ambiente, hasta entonces tan disciplinado, surgieron presagios de huelga. ¡Todo ello por mi culpa!... Mi superior, mi rival, se vio obligado a dirigirme una reprimenda. ¡Ah!... ¡Qué momentos!... Creí, doctor, que iba a matarle. Detrás de la puerta del escritorio, escuchando nuestros gritos debía estar la pobre mujer, tal vez rezando y llorando... ¡Pobres muchachos!... ¿Por qué turbaba yo satánicamente su luna de miel en medio de los encantos de la naturaleza? ¡Era la voluntad de Dios! Sí; y esta voluntad, a la que debo estar agradecido hasta mi última hora, hacía todo lo posible para evitarme que fuera hasta el crimen.
Esta palabra sonó lúgubremente en la borde.
—Al día siguiente de la reprimenda, el ingeniero jefe recibió una carta de la dirección general, nombrándole para otro puesto muy bueno en los alrededores de una gran ciudad donde él y su esposa podrían llevar una existencia cómoda junto a una sociedad distinguida. ¡Ah! Que poco se parecía a mi aquel fantoche relleno de matemáticas que vivía en medio de la naturaleza sin conocerla ni amarla, y preocupado únicamente de sus gráficos y estadísticas.
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Se me aparecía como de otra raza, inferior y enemiga.
Yo escuchaba a Iraty con emoción creciente. El espectáculo de una gran pasión aun evocada después de varios años, encierra una belleza que compararía a la de una obra de arte genial o un paisaje sublime.
Esperaba el final de aquella historia, pero acometido de un pudor tardío, el viejo cortó de golpe y porrazo su confesión psicológica.
—¿Preguntará usted, doctor, que cómo terminó aquello? ¿Acaso tienen un fin las cosas de la vida?... Los desenlaces solo se ven en el drama o en la novela.
—¿Así que se fueron los dos, despidiéndose con un apretón de manos? —inquirí.
Iraty movió la cabeza como si le pesara demasiado sobre los hombros.
—No, señor, «así no»...
Respiró hondamente como los enfermos que entran en agonía y prosiguió:
—La víspera de su partida se produjo en la mina un accidente. No crea usted en un plan maquiavélico de Domingo Iraty. El único camino que ponía en comunicación la mina con la carretera de Roncal a Carrau se hundió en gran parte, cosa que ocurría a menudo, sea por las lluvias o por negligencias del personal. Nada más natural.
—¿Y esto, «naturalmente», retrasó la partida del ingeniero y su esposa?
—No, doctor —dijo—. Usted sabe que los recién casados son niños grandes, un poco alocados... Habían, preparado todo para la partida, hasta retener un compartimiento en el sleeping. Iban en dirección a Bélgica, en donde un nuevo puesto esperaba a mi antiguo jefe, y digo «antiguo» porque yo iba a asumir la dirección de la mina. ¿Tendrían que suspender el viaje?
»—¿Quieren ustedes irse a toda costa? —pregunté.
»—Sí, sí, nos vamos —dijo la joven—; no quiero estar ni un día más aquí.
»Parecía presa de un terror loco. ¿Temía acaso permanecer unas horas más junto a un hombre al que sabia capaz de todo?
»El marido, esclavo de los caprichos de su joven esposa, buscaba un medio, yendo y viniendo, y mirando el camino interceptado.
»—¡Qué lástima que no tengamos un aeroplano! —dijo riendo.
»Estas palabras fueron para mí un rayo de luz.
—«Ya he encontrado el medio de que pasen ustedes —repuse mientras los dos me miraban sorprendidos.
»En los ojos de María adiviné un poco de terror.
»Yo daba órdenes mientras observaba la vagoneta. Nada había que temer: todo estaba en buen estado.
»La vagoneta empezó a descender por el alambre carril, llevando al ingeniero, que sonreía siempre. Entonces María, sintiéndose sin amparo, dio un grito terrible, grito que resonó en el valle, trágico, espeluznante... al ver que vacilaba, corrí en su auxilio porque trataba de tirarse al abismo.
»Felizmente llegué a tiempo y pude sujetarla. Incapaz de comprender mi generoso impulso, María, luchaba, hundiéndome las uñas y gritando:
»—¡Asesino!... ¡Asesino!... ¡Socorro!
»En la vagoneta, el imbécil del ingeniero, creyendo verdaderamente que yo atacaba a su esposa, tendía los puños gritando:
»—¡Detenga!... ¡Máquina atrás!
»Al ver que los obreros no le oían se incorporó en la vagoneta y se agarró al cable de acero como si quisiera detener la marcha. ¿Fue la quemadura producida por el roce a extrema velocidad?... No se sabe: lo cierto es que el hombre se soltó y cayó dando vueltas como un muñeco.
»Los hombres corrieron hasta el torrente, pero no se halló nada, absolutamente.
»Yo transporté a María desmayada; parecía una muerta... Cuando volvió en sí, un ataque cerebral había hecho presa en ella y su razón oscurecióse para siempre.
—Mire usted, doctor: en dos días mis cabellos se pusieron blancos.
Y Domingo Iraty, quitándose la gorra me, mostró su cabeza plateada.
Bajo un cielo azul y poco nebuloso se siente palpitar en aquel perdido rincón un alma, si no extranjera, por lo menos diferente a la de las otras regiones.
Instantáneamente me conquistó aquel sitio y me arrojé con ardor a mi nueva vida. Era yo el único médico y cirujano de los alrededores y me veía solicitado de todas partes. Así conocí palmo a palmo la región y me puse en contacto con sus habitantes. Descubrí allí un país primitivo, tanto en las cosas y los seres como en los paisajes y costumbres. Me vi mezclado en salvajes dramas de familia y en peligrosas aventuras; un médico es un confidente al que todo puede decirse y que guarda a veces espantosos secretos. ¡Ah!... ¡Si yo hubiera sido juez! Pero el secreto profesional me impide hablar.
Había salido yo de San Juan a eso de las cuatro acompañado de mis perros. Franqueamos la frontera por el puente de Arneguy y los aduaneros que me conocían me saludaron respetuosamente quitándose las gorras.
Cacé durante todo el día internándome un poco en la Sierra de Abodi y cuando quise advertirlo, la noche llegó de golpe y me encontré sin saber por dónde debía regresar.
Los perros y yo, muertos de hambre, sed y fatiga, erramos durante horas por la sierra. No quería detenerme a causa del frío y mi deseo era encontrar cuanto antes una choza donde refugiarme.
Sin duda el cansancio hizo vacilar mis piernas, porque recuerdo haber caído al suelo, donde permanecí no sé cuánto tiempo. Al despertarme me vi ante un buen fuego y en una borde, especie de cabaña de piedras y maderas. Un hombre estaba de pie delante de mí.
Era alto, delgado, viejo y llevaba la boina y manta de los pastores. Apoyado en su alto bastón, parecía una figura sobrenatural, sobre todo cuando se miraban sus ojos que parecían haber penetrado el misterio de los astros.
—Ha tenido usted suerte al encontrarme —dijo—. Estaba usted casi helado; los perros me avisaron con sus aullidos. ¡Qué animales más inteligentes!... El mío murió anteayer.
Cosa rara: el desconocido no me había dirigido la palabra en castellano o vasco, sino en francés, y un francés muy puro, muy correcto.
¿Quién sería aquel hombre?
Mirándole con atención observé que a pesar de sus cabellos blancos y el rostro demacrado era en realidad mucho más joven de lo que pudiera creerse.
Al presentarme, dando mi nombre y profesión, vi con no poco despecho que yo le era perfectamente desconocido.
—¿Y usted quién es? —pregunté con un poco de impertinencia.
—Yo, señor —dijo sonriendo con falsa humildad—, soy Domingo Iraty, pastor de ganados.
Al decirlo, más parecía hallarse en un salón que en una choza, tanta nobleza y dignidad había en su actitud.
—Iraty —repitió—. ¿Le extraña a usted el nombre? Es el mismo del río que pasa cerca de este valle.
Repuesto ya, salimos ambos de la borde. La pendiente en que nos hallábamos se extendía árida, desierta. Yo estaba solo con aquel hombre cuyo andar elástico y precisión de movimientos recordaba a los» de los jefes indios.
—El río Iraty —prosiguió— atraviesa el famoso bosque del mismo nombre, el más grande, inexplorado y misterioso de los Pirineos. Pero no para mí: nací en una casa, hoy en ruinas, que se elevaba cerca del bosque, y en este realicé yo mil excursiones, atravesándolo en todos sentidos. Mi padre era, a medias, agricultor y traficante en ganados; hasta creo que un poco contrabandista. Nuestra casa estaba aislada, como la mayoría de las de aquí. El vecino más cercano se encontraba a media legua. Me he criado en la soledad y la amo y la admiro.
El hombre aspiró a plenos pulmones el aire helado y luego me invitó a entrar en la cabaña. Ardían en el hogar los últimos tizones. Nos sentamos; Iraty encendió su pipa y yo un cigarrillo.
—Mis padres —siguió diciendo— se habían enriquecido y me arrancaron a esa vida de libertad, poniéndome en un colegio. No me gusta recordar esos años, ni los que siguieron... Sepa usted que al cumplir yo los treinta me hallaba en una mina de cobre, cerca de aquí, en calidad de ingeniero y patrón de un centenar de obreros, ante quien supe hacerme respetar... ¡Ah!... Disculpe, señor, un momento...
Levantóse y fue a ver el rebaño. Sin duda algún rumor insólito, que yo no había advertido, había despertado su inquietud.
—¿Nada de nuevo? —le pregunté al volver.
—Nada. El viento ha cesado. A estas alturas, un guijarro que ruede produce un ruido enorme. Pero además, nada tenemos que temer. Yo no tengo más arma que mi cuchillo viejo; pero usted tiene su escopeta.
Era verdad: tenía el arma al alcance de mi mano; pero... mi cartuchera estaba vacía. Y entonces me di cuenta de mi situación equívoca: era media noche y yo me encontraba en una cabaña aislada sobre una desierta meseta de los Pirineos y en compañía de un desconocido.
Lo que me tranquilizó un poco fue la presencia de los perros. Los fieles animales dormían cerca de la chimenea, pero al menor grito...
—No sé —dijo Domingo Iraty— porque le estoy contando cosas que no le interesarán.
—Es que ha adivinado usted desde el primer momento —repuse— que podía hablarme con toda confianza y libertad ya que estoy habituado al secreto profesional.
—Usted no es mi médico y yo nunca he estado enfermo; pero le creo hombre inteligente. Hablaré en tercera persona,;, porque juzgo, mi querido doctor, que el yo es perfectamente odioso.
Cerró la puerta y se sentó a mi lado. Mi corazón latía un poco más apresuradamente, pero debido a la simple curiosidad.
—El ingeniero Domingo Iraty era algo así como el rey de la mina y de aquellos obreros inclinados, ante su autoridad absoluta. La casa de madera y piedras que le servía de alojamiento tenía la importancia de un castillo feudal. En todo cuanto abarcaba su mirada no conocía superior o igual, excepto Dios. Para un carácter orgulloso e independiente como el suyo, ¡qué gozo! Iraty había encontrado su verdadera vida. Pero de golpe, todo aquello cambió. El ingeniero jefe anunciaba su llegada y Domingo tembló al pensar que él también iba a convertirse en un subalterno, a quedar al nivel de los obreros... Durante tres noches no durmió; su contrariedad se había transformado en ira y se sentía capaz de matar a su rival, Iraty, hasta entonces amable y comunicativo, se encerró en un hosco silencio. Los obreros comprendieron lo que pasaba y reían a hurtadillas, lo que llevó al colmo su paroxismo...
«Llegó el ingeniero... ¡Qué sorpresa! Al lado mío parecía una figurilla insignificante y tenía cinco o seis años menos que yo. El estupor se cambió en humillación formidable, a la vez moral y física. Paso por alto los detalles de la entrega de poderes y de la colaboración. Transcurrieron unos meses y un día el ingeniero jefe me anunció que se casaba Su rostro resplandecía y la idea de su dicha amorosa me atravesó el corazón como la hoja de un puñal. Domingo Iraty es de esa raza de hombres que quieren una o dos veces en su vida. Su corazón había permanecido virgen: ninguna mujer le había conquistado... Y sin embargo, sintió que sin verla, sin conocerla, amaba ya a la novia del ingeniero jefe. ¿Para qué explicar las cosas doctor?... El ingeniero se casaba por amor: uno de esos amores románticos por las que Iraty hubiera dado diez años de vida. La joven se había escapado de un convento para seguir al ingeniero jefe y este cometió la imprudencia de llevarla a la mina Iraty se enamoró como un loco de María y una tarde se atrevió a declararle su insensata pasión. Ella, por temor, nada dijo su marido.
—¿Temor? —interrumpí yo extrañad:
—Sí; tenía miedo a una provocación, a un incidente. Iraty era hombre de temible fuerza y más que un duelo mundano hubiera entablado la lucha cuerpo a cuerpo con su rival. María, presintiendo el peligro constante, decidió a su marido a pedir un empleo en otro sitio. ¡Ah!... La idea de iba a irse María me atenazó el cerebro, torturándomelo... ¡Qué suplicio!... El muchacho que me servía, asustado de mis ataques de loco furor, decidió dejar mi servicio. Dos capataces presentaron su renuncia, y en aquel ambiente, hasta entonces tan disciplinado, surgieron presagios de huelga. ¡Todo ello por mi culpa!... Mi superior, mi rival, se vio obligado a dirigirme una reprimenda. ¡Ah!... ¡Qué momentos!... Creí, doctor, que iba a matarle. Detrás de la puerta del escritorio, escuchando nuestros gritos debía estar la pobre mujer, tal vez rezando y llorando... ¡Pobres muchachos!... ¿Por qué turbaba yo satánicamente su luna de miel en medio de los encantos de la naturaleza? ¡Era la voluntad de Dios! Sí; y esta voluntad, a la que debo estar agradecido hasta mi última hora, hacía todo lo posible para evitarme que fuera hasta el crimen.
Esta palabra sonó lúgubremente en la borde.
—Al día siguiente de la reprimenda, el ingeniero jefe recibió una carta de la dirección general, nombrándole para otro puesto muy bueno en los alrededores de una gran ciudad donde él y su esposa podrían llevar una existencia cómoda junto a una sociedad distinguida. ¡Ah! Que poco se parecía a mi aquel fantoche relleno de matemáticas que vivía en medio de la naturaleza sin conocerla ni amarla, y preocupado únicamente de sus gráficos y estadísticas.
Image
Se me aparecía como de otra raza, inferior y enemiga.
Yo escuchaba a Iraty con emoción creciente. El espectáculo de una gran pasión aun evocada después de varios años, encierra una belleza que compararía a la de una obra de arte genial o un paisaje sublime.
Esperaba el final de aquella historia, pero acometido de un pudor tardío, el viejo cortó de golpe y porrazo su confesión psicológica.
—¿Preguntará usted, doctor, que cómo terminó aquello? ¿Acaso tienen un fin las cosas de la vida?... Los desenlaces solo se ven en el drama o en la novela.
—¿Así que se fueron los dos, despidiéndose con un apretón de manos? —inquirí.
Iraty movió la cabeza como si le pesara demasiado sobre los hombros.
—No, señor, «así no»...
Respiró hondamente como los enfermos que entran en agonía y prosiguió:
—La víspera de su partida se produjo en la mina un accidente. No crea usted en un plan maquiavélico de Domingo Iraty. El único camino que ponía en comunicación la mina con la carretera de Roncal a Carrau se hundió en gran parte, cosa que ocurría a menudo, sea por las lluvias o por negligencias del personal. Nada más natural.
—¿Y esto, «naturalmente», retrasó la partida del ingeniero y su esposa?
—No, doctor —dijo—. Usted sabe que los recién casados son niños grandes, un poco alocados... Habían, preparado todo para la partida, hasta retener un compartimiento en el sleeping. Iban en dirección a Bélgica, en donde un nuevo puesto esperaba a mi antiguo jefe, y digo «antiguo» porque yo iba a asumir la dirección de la mina. ¿Tendrían que suspender el viaje?
»—¿Quieren ustedes irse a toda costa? —pregunté.
»—Sí, sí, nos vamos —dijo la joven—; no quiero estar ni un día más aquí.
»Parecía presa de un terror loco. ¿Temía acaso permanecer unas horas más junto a un hombre al que sabia capaz de todo?
»El marido, esclavo de los caprichos de su joven esposa, buscaba un medio, yendo y viniendo, y mirando el camino interceptado.
»—¡Qué lástima que no tengamos un aeroplano! —dijo riendo.
»Estas palabras fueron para mí un rayo de luz.
—«Ya he encontrado el medio de que pasen ustedes —repuse mientras los dos me miraban sorprendidos.
»En los ojos de María adiviné un poco de terror.
»Yo daba órdenes mientras observaba la vagoneta. Nada había que temer: todo estaba en buen estado.
»La vagoneta empezó a descender por el alambre carril, llevando al ingeniero, que sonreía siempre. Entonces María, sintiéndose sin amparo, dio un grito terrible, grito que resonó en el valle, trágico, espeluznante... al ver que vacilaba, corrí en su auxilio porque trataba de tirarse al abismo.
»Felizmente llegué a tiempo y pude sujetarla. Incapaz de comprender mi generoso impulso, María, luchaba, hundiéndome las uñas y gritando:
»—¡Asesino!... ¡Asesino!... ¡Socorro!
»En la vagoneta, el imbécil del ingeniero, creyendo verdaderamente que yo atacaba a su esposa, tendía los puños gritando:
»—¡Detenga!... ¡Máquina atrás!
»Al ver que los obreros no le oían se incorporó en la vagoneta y se agarró al cable de acero como si quisiera detener la marcha. ¿Fue la quemadura producida por el roce a extrema velocidad?... No se sabe: lo cierto es que el hombre se soltó y cayó dando vueltas como un muñeco.
»Los hombres corrieron hasta el torrente, pero no se halló nada, absolutamente.
»Yo transporté a María desmayada; parecía una muerta... Cuando volvió en sí, un ataque cerebral había hecho presa en ella y su razón oscurecióse para siempre.
—Mire usted, doctor: en dos días mis cabellos se pusieron blancos.
Y Domingo Iraty, quitándose la gorra me, mostró su cabeza plateada.