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Autores
antoine de courson
el encuentro (relato)
Un intento de renovar lo que fue —con olvido egoísta de un presente doliente— y que es causa de un drama rápido y terrible.
Arrojando su cigarrillo por la ventanilla del corredor, Álvaro penetró en su compartimiento. Este se hallaba atestado. Solo su sillón pullman, marcado por algunos diarios, estaba vacío.
El tren empezaba a acelerar su velocidad, como aliviado de los humos y de las múltiples casas parisienses, ya lejanas. Al movimiento que hicieron los pasajeros para dejarle cruzar, una señora joven, que ocupaba un sillón contiguo al suyo, levantó la mirada.
Álvaro sintió el choque de una mirada metálica, de una mirada que ya había contemplado en otra ocasión.
—¿Quién es? —se preguntó.
Se sentó.
Enfrente de la desconocida, cubierto con una, gran manta, un hombre dormitaba. Era joven todavía, pero, seguramente, debilitado por alguna enfermedad.
—El marido —díjose Álvaro.
La joven señora había reanudado su lectura. La noche rodeaba ahora el compartimiento, haciendo, por algunas horas, de aquella pequeña, jaula, luminosa, todo el horizonte de los viajeros.
Bagajes, pensamientos, esperanzas, pesares, ellos lo habían encerrado todo en la movible celda del tren, y aquella promiscuidad les acercaba. Bruscamente, a la llegada, la vida volvería a apoderarse de ellos y los dispersaría de nuevo para siempre.
De súbito, a un gesto que hizo su vecina, un gesto del mentón, que tornó voluntarioso su rostro sereno, un nombre se grabó en el espíritu de Álvaro.
—¡Mariela!
¡Era ella! ¿Cómo no la había reconocido desde un principio?
Sin embargo, los diez años que él acababa de vivir lejos de ella no la habían cambiado. ¡Quizá era más hermosa aún que antes! ¿Había sentido ella la emoción que le estrangulaba?
La joven señora dirigió una rápida mirada hacia su marido. Dormía. Entonces, se hundió en el ángulo más apartado del sillón, sin dejar adivinar si ella también le había reconocido.
¡Diez años! Álvaro evocó aquella playa soleada de la Costa, Azul, aquellas noches cálidas y luminosas en que ambos paseaban su juventud, su despreocupación.
Era poco antes de su partida para Sudamérica.
Habían hecho hermosos proyectos... ¡Qué planes, cuánta fantasía...!
—A mi regreso...
Habían transcurrido largos meses. La vida les alejó lentamente al uno del otro. Los años de ausencia contaron doble en el amor... Leyendo un diario, él se enteró, allá en tierra extraña, del casamiento de ella. Un pequeño alfilerazo en el corazón, último sobresalto de pesar que le turbó un momento.
—Es mejor así —se dijo.
Luego había seguido viviendo.
* * *
Pero esta noche ella estaba allí, a su lado, y a su sola contemplación hacíale revivir el pasado. Álvaro la contemplaba como podían hacerlo sus otros dos compañeros de viaje. Sin embargo, él sabía. El conocía las inflexiones de su voz, el brillo de sus ojos, hasta el fervor de sus besos. Él había tenido en sus brazos aquel cuerpo suave y joven, y resultaba extraño el recordar todo esto de golpe, sin poder decírselo, sin poder hablar...
Una sacudida, del tren le aproximó a ella. Le pareció que Mariela no retiraba el brazo que su codo acababa de rozar. ¿Trataría él de hacer revivir aquel pasado lejano? Aquella noche en el tren, en lugar de agregar un bello capítulo a la historia interrumpida, ¿no borraría en ellos la fresca imagen de su adolescencia?
La lámpara, con el velador corrido, había traído la sombra al compartimiento.
El gran rectángulo pálido de la ventanilla teñía ligeramente las cosas. De vez en cuando, como cohetes, luces fugitivas pasaban, señalaban aquí y allá, en la oscuridad, una casa, un camino...
¿Era el balanceo del tren que, poco a poco, aproximaba a aquellos dos seres?
Inmóviles, ambos recordaban. Hubiérase dicho que, bruscamente, los diez años de silencio se habían disipado y que ahora partían, por fin, en el viaje otrora soñado. Pero la presencia de su marido les separaba más que su larga ausencia. ¿Era ella dichosa?
Álvaro lo dudó. Aquel enfermo debía ser para Mariela una preocupación, y su existencia no podía transcurrir alegremente.
Lenta, muy lentamente, dejó resbalar su mano sobre el asiento. Otra mano estaba al lado de la suya. La tomó. Sus dedos se enlazaron, muda declaración, tan elocuente como una palabra, tan íntima como una tierna mirada.
Habían pasado una vez al lado de la dicha. ¿Por qué no dejarse ir a la suerte que parecía esperarles?
Sobre su hombro sintió posarse la cabeza de Mariela. Se inclinó y cambiaron el beso que por tanto tiempo habían esperado el uno del otro.
Ella fue la primera en reaccionar. El siguió la mirada de ella. Delante de ambos, siempre arrebujado en su manta, el marido les contemplaba con estupor. Mariela se inclinó hacia él, le hizo un gesto, un gesto que pretendía explicar y consolar. El marido no se movió...
Mariela le llamó:
—¡Más luz! —dijo ella, con voz ronca—. ¡Álvaro, descorre el velador!
Con los ojos abiertos, dilatados, como cargados de una horrible visión, el desdichado había muerto de un síncope cardíaco.