el hallazgo en el taxi (relato)
He aquí una estampa de los días de secuestros en los Estados Unidos... Afirman que fue tomada de la realidad. Por lo menos —decimos nosotros— tiene toda la ingenuidad de lo real.
Cuando me comprometí con Randolph Bernard tenía muy pocas oportunidades de verme a solas con mi novio, de manera que cualquiera ocasión que me brindara este inefable placer, era aceptada por mí como una disposición especial de la Providencia. Una de estas ocasiones fue la que me ofreció la familia de Ledbetter al invitarnos a ambos a pasar unos días en su residencia de Long Island.
Habíamos convenido en ir juntos en el automóvil de mi novio, pero una violenta tormenta de nieve puso fin a nuestros planes y el sábado por la mañana, Randolph me habló para decirme que me esperaría a la una en la estación de Pennsylvania para hacer el viaje por ferrocarril. A las doce y cuarto salí de casa y tomé un taxi. A medio camino, un ruido estrepitoso, como una explosión, puso fin a mi alegría.
El conductor abandonó su asiento para cerciorarse de lo ocurrido, y segundos después abrió la portezuela del coche para decirme:
—Lo siento, señorita, pero no podemos seguir. Se me ha pinchado un neumático.
Abandoné el coche confiada en que no tardaría en encontrar otro que me llevaría a la estación; pero, dada la inclemencia del tiempo, todos los automóviles pasaban ocupados. Corrí la mitad de la manzana donde había visto un taxi estacionado, pero al llegar junto a él no pude dar con el conducto. Miré ansiosamente a uno y otro lado y ya estaba por seguir adelante cuando un vendedor de manzanas, que me había estado observando, se ofreció a ayudarme.
Penetró en un restaurante y a los pocos minutos volvió con el chófer. El nuevo conductor pareció aceptar el viaje de mala gana y manejó el coche con tanta brusquedad, que tuve que asirme fuertemente con ambas manos a los costados del asiento para no resbalar de él. Mientras hacía este accidentado viaje, grabé bien en mi memoria los datos qué figuraban en el registro del conductor que tenía colocado frente a mí; el número del coche y el nombre Amadeo Luccini se fijaron imborrablemente en mi memoria.
La tela que tapizaba los asientos estaba rasgada en varias partes y al sujetarme fuertemente para poder mantener el equilibrio, convertí una de estas pequeñas desgarraduras en un jirón de considerables dimensiones. Al salvarme de otro barquinazo, mi mano chocó contra algo duro e introduciéndola en el agujero saqué a relucir la joya más hermosa que jamás haya visto en mi vida: una magnífica pulsera incrustada de preciosos diamantes.
Durante unos minutos permanecí indecisa, oprimiendo la alhaja en la mano sin saber qué partido tomar. ¿Sabría el chófer lo que estaba oculto en su taxi? Seguramente que no. ¿Habría sido extraviada la joya? Tampoco eso me pareció muy probable, porque para ocultarla en el tapizado habría sido necesario introducirla por una pequeña desgarradura. Entonces no quedaba más que pensar que alguien la habría puesto allí intencionadamente.
Mientras hacía estas reflexiones llegamos a la estación. Guardé la pulsera en mi cartera y mientras abonaba el importe del viaje, miré detenidamente al conductor: no quería olvidarme de su fisonomía, y al mismo tiempo decidí no hacer mención de mi hallazgo ni a él ni a la policía antes de consultar con mi novio acerca de la manera más conveniente de devolver la pulsera a su dueña.
Randolph me esperaba junto a la plataforma, y en cuanto vi la expresión de su rostro comprendí que algo desagradable habría sucedido.
—No podemos ir a Long Island —me dijo en cuanto me acerqué.
—¿Por qué?
—Un amigo mío, Chester Carey, se encuentra en algunas dificultades y me ha rogado que pase por su casa esta tarde a las seis. No puedo hablarte aquí, explicando detalles —me dijo—. Vamos a...
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—Vamos a casa —le interrumpí.
—Eso es; vamos a tu casa. ¡Tendremos cinco horas para charlar!
Llegamos a mi departamento, y mientras me quitaba el sombrero me acordé repentinamente del tesoro que llevaba en la cartera. Fui corriendo al saloncito con la joya en la mano.
—¡Mira! —dije a Randolph balanceando la pulsera ante sus ojos—. ¡Mira lo que encontré en el taxi que me llevó a la estación!
Mi novio me miró asombrado.
—¡Lydia! ¿No sabes qué pulsera es esa? Pertenece a Mildred Leabody, la hija del millonario.
—¿Y yo la encuentro en el tapizado de un taxi? —le, pregunté incrédula; y a continuación le conté los detalles del hallazgo.
—¡Tienes razón! ¡Es muy curioso! ¿No te parece que sería conveniente pasar por la residencia de los Leabody y entregarla personalmente?
Accedí a su propuesta y juntos buscamos en la guía Telefónica el domicilio del señor Jasper Leabody. Vivían en la Avenida del Parque, a corta distancia de mi casa; pero como aún nevaba, tomamos un coche para llegar hasta allí. Yo me quedé en el auto mientras que Randolph se entrevistaba con el dueño de la casa, y nunca hubiese imaginado, mientras que esperaba a mí novio, que una acción tan trivial como la devolución de una pulsera nos envolviera en la serie de sucesos, rápidos pero extraordinarios, que siguieron.
Después de casi veinte minutos de espera un criado de la casa me informó que el señor Barnard deseaba hablarme. Un poco alarmada, bajé del coche y penetré en la mansión. Me condujeron a la biblioteca donde esperaba mi novio, quien al verme dijo:
—Lydia: ¡Mildred Leabody ha desaparecido!
—¡Será, posible! ¿Cómo sucedió semejante cosa?
—El padre acaba de comunicármelo y como tú encontraste la pulsera, quiere hablar contigo. La pobre madre sufre un ataque de nervios que la tiene postrada.
—¿Y qué podremos hacer nosotros? —le pregunté aturdida mientras todos los detalles del viaje a la estación se agolpaban en mi cerebro con desesperante insistencia.
Antes que Randolph pudiese contestarme, el padre de la niña desaparecida penetró en el aposento y después de un ligero saludo abordó el asunto que lo tenía angustiado, casi enloquecido de cólera y terror. A pesar del infortunio que había ensombrecido su hogar, el señor Leabody trataba de mantenerse sereno; pero aunque hablaba con calma, se veía en sus ojos una expresión tan extraviada que parecía como si de un momento a otro fuese a perder el dominio de sí mismo.
—¿Le explicó lo sucedido a la señorita Grey? —fue lo primero que dijo, dirigiéndose a mi novio con gesto enloquecido.
Randolph hizo una señal negativa con la cabeza y el señor me explicó en síntesis la desaparición de su hija.
—Ayer por la tarde —dijo—. Mildred, o alguna otra persona que se hizo pasar por ella, telefoneó aquí avisándome que por la noche se quedaría en casa de mi hijo. Como solía hacer eso con frecuencia, no le dimos importancia al hecho. Esta mañana mi esposa habló con su nuera para recordarle a Mildred que almorzarían juntas en el Centro. La esposa de mi hijo oyó esto con la consiguiente sorpresa y dijo que no había visto a Mildred, en los dos últimos días. Inmediatamente me mandaron llamar; pero antes que yo llegara recibieron aquí, en casa, una nota en la cual se me avisaba que Mildred recobraría su libertad, sin sufrir ningún daño, a cambio de una suma de doscientos mil dólares. Si aceptaba este trato tendría que insertar un aviso en el «New York Times» de mañana con el siguiente texto: «Muy bien, J. L.» Si me resistía o daba parte a la policía, amenazaban con matar a mi hija.
—¡Se atreverían!...—, comencé a decir, seriamente alarmada.
—¿Si se atreverían, pregunta? ¿Ahora, cuando se hacen asaltos en pleno día? Pues son capaces de dejarla vivir hasta recibir el dinero y luego matarla para que no pudiese identificar a sus raptores. Por eso les ruego a ustedes que me ayuden. ¡Ya que el Destino los ha puesto en el camino de encontrar esta pulsera les imploro que me ayuden! No me atrevo a avisar a la policía, ni tampoco a salir de casa, siquiera, por temor a que estén acechando mis movimientos. ¡Todo lo que tengo está a disposición de ustedes si me devuelven mi hija! ¡Eso es lo que les pido!
No pudiendo dominarse por más tiempo salió precipitadamente de la habitación, y mi novio y yo nos miramos desconcertados.
De pronto Randolph se dirigió al teléfono. Obtuvo comunicación con el jefe de policía, y al cabo de un cuarto de hora estábamos informados del domicilio de Amadeo Luccini. Mientras nos dirigíamos a ese barrio apartado de la ciudad hacíamos conjeturas sobre el probable éxito de nuestra empresa. Cuando llegamos a nuestro destino no dimos con nuestro hombre. Nadie parecía ocupar la casa, pero una vecina que se asomó al oír nuestras repetidas llamadas nos informó que estaba en el garaje.
Cuando llegamos allí, el conductor, el mismo que me había llevado a la estación horas antes, se negó rotundamente a satisfacer nuestra curiosidad.
—¿Una chica rubia, dice? Con este frío se tapan hasta los ojos, ¿cómo quiere que sepa si son rubias o morenas? —dijo el hombre con cierta insolencia.
—¡Pero viajó en su coche! —insistía Randolph.
—Puede ser, pero yo no la he visto.
Le mostramos un retrato de Mildred; mi novio sacó su cartera para ofrecerle dinero, pero nada parecía ayudar la memoria del conductor, que se obstinaba en negar todo reconocimiento de la joven desaparecida.
Abandonamos el garaje más preocupados que nunca. Ambos creímos en la complicidad del chófer, pero no sabíamos cómo continuar nuestra investigación.
Randolph suspiró, y consultando la hora me dijo:
—Vamos a tomar el té en Sherry. Mientras tanto prepararemos algún plan. Si no somos capaces de ello, habrá que avisar al padre que recurra a la policía. No podemos desperdiciar minutos que pueden decidir la vida o muerte de una mujer sea quien sea.
Ambos estábamos fatigados y sufriendo los efectos del frío, y yo, que no había almorzado por temor a perder el tren, sentía más que el acostumbrado apetito. Demasiado apesadumbrados para conversar, comíamos en silencio y mis ojos vagaban con indiferencia por el elegante salón, cuando de pronto vi algo que me llenó de asombro.
—¡Mira! —le dije a Randoph—. Allí, a nuestra derecha, junto a la ventana, está sentado el vendedor de manzanas que tuvo la amabilidad de llamar a Luccini cuando quise ocupar su taxi detenido en la esquina, Randolph dijo que debía estar confundida.
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A mí también me costaba creerlo; sin embargo, era cierto. Aquel caballero bien vestido y que parecía una persona tan correcta, era el mismo que, algunas horas antes, habíaseme parecido un humilde frutero. Estaba acompañado por una dama, también correctamente vestida, cuya dureza de expresión la denotaba como una persona difícil de abordar.
—¿Qué podrá significar todo esto? —dijo Randolph, cuando por fin se convenció de que no me equivocaba.
—Tendremos que seguirles —le dije.
Así lo hicimos, y cuál no sería nuestra sorpresa al ver que el automóvil que los esperaba era el de Luccini. El supuesto frutero ayudó a la dama a subir a él, y, después de despedirse, ocupó otro automóvil.
Mientras esto sucedía, Randolph me dijo:
—Toma un coche y síguela a ella; yo haré lo mismo con él. Si necesitas hablarme, estaré en mi casa dentro de una hora.
La mujer a quién yo seguía vivía en la calle Setenta y Cuatro, y, después de darle tiempo a que tomara el ascensor, me dirigí al portero de la casa.
Mostrándole un billete de veinte dólares, le pregunté:
—La señora que entró hace poco, ¿quién es y cómo se llama?
—Señora de Benedit —me contestó.
—¿En qué piso vive?
—Séptimo piso, departamento B.
Llamé a casa de Randolph. Mi novio no estaba. Esperé una media hora, vigilando la casa ansiosamente y tiritando de frío y volví a llamar. Esta vez tuve más suerte y después de comunicarle lo sucedido esperé nuevamente hasta que se reunió conmigo.
—¿Y el frutero? —le pregunté en cuanto llegó.
Tenías razón, chiquilla. Lo dejé vendiendo manzanas. Entró en una casa modesta y al poco rato salió muy pobremente vestido y, llevando un canasto de fruta. Me puse en contacto con la policía, explicándoles el caso, y dos detectives lo están vigilando.
Después de una rápida consulta resolvimos dar un golpe decisivo. Subimos hasta el séptimo piso y llamamos al departamento B. La misma mujer a quién yo había seguido abrió la puerta.
—¿Es usted la señora de Benedit? —preguntó Randolph.
—Sí —contestó ella.
—Pues... su frutero nos manda para que nos llevemos a la señorita Leabody.
La mujer nos miró atónita y, ante nuestros ojos, cayó desmayada. Mientras yo la colocaba en una silla, Randolph abrió una puerta que daba al vestíbulo y encontramos a Mildred Leadoby.
Después que la niña fue restituida a sus padres supimos cómo había sido llevada a cabo su captura.
—Ayer por la tarde volvía del cine, y como nevaba tomé el primer coche que encontré desocupado. A mitad de camino el conductor detuvo el coche. En ese momento vi que un frutero depositaba su canasta en la acera y se acercaba al coche. El hombre introdujo las manos por la portezuela y casi me tapó la cara con un pañuelo impregnado de cloroformo. En ese momento, una mujer entró en el coche y, apoyando un revólver contra mi cuerpo, me amenazó de muerte si me atrevía a pedir auxilio. Este nuevo peligro me devolvió en parte el conocimiento, y decidida a dejar algún rastro con la esperanza de ser salvada, introduje las manos en el manguito de piel y desprendí la pulsera, la cual oculté en el forro del coche.
Días más tarde recibimos del agradecido padre una carta que venía acompañada por un cheque de cien mil dólares, con lo cual trataba de expresar la gratitud que sentía.
Cuando me comprometí con Randolph Bernard tenía muy pocas oportunidades de verme a solas con mi novio, de manera que cualquiera ocasión que me brindara este inefable placer, era aceptada por mí como una disposición especial de la Providencia. Una de estas ocasiones fue la que me ofreció la familia de Ledbetter al invitarnos a ambos a pasar unos días en su residencia de Long Island.
Habíamos convenido en ir juntos en el automóvil de mi novio, pero una violenta tormenta de nieve puso fin a nuestros planes y el sábado por la mañana, Randolph me habló para decirme que me esperaría a la una en la estación de Pennsylvania para hacer el viaje por ferrocarril. A las doce y cuarto salí de casa y tomé un taxi. A medio camino, un ruido estrepitoso, como una explosión, puso fin a mi alegría.
El conductor abandonó su asiento para cerciorarse de lo ocurrido, y segundos después abrió la portezuela del coche para decirme:
—Lo siento, señorita, pero no podemos seguir. Se me ha pinchado un neumático.
Abandoné el coche confiada en que no tardaría en encontrar otro que me llevaría a la estación; pero, dada la inclemencia del tiempo, todos los automóviles pasaban ocupados. Corrí la mitad de la manzana donde había visto un taxi estacionado, pero al llegar junto a él no pude dar con el conducto. Miré ansiosamente a uno y otro lado y ya estaba por seguir adelante cuando un vendedor de manzanas, que me había estado observando, se ofreció a ayudarme.
Penetró en un restaurante y a los pocos minutos volvió con el chófer. El nuevo conductor pareció aceptar el viaje de mala gana y manejó el coche con tanta brusquedad, que tuve que asirme fuertemente con ambas manos a los costados del asiento para no resbalar de él. Mientras hacía este accidentado viaje, grabé bien en mi memoria los datos qué figuraban en el registro del conductor que tenía colocado frente a mí; el número del coche y el nombre Amadeo Luccini se fijaron imborrablemente en mi memoria.
La tela que tapizaba los asientos estaba rasgada en varias partes y al sujetarme fuertemente para poder mantener el equilibrio, convertí una de estas pequeñas desgarraduras en un jirón de considerables dimensiones. Al salvarme de otro barquinazo, mi mano chocó contra algo duro e introduciéndola en el agujero saqué a relucir la joya más hermosa que jamás haya visto en mi vida: una magnífica pulsera incrustada de preciosos diamantes.
Durante unos minutos permanecí indecisa, oprimiendo la alhaja en la mano sin saber qué partido tomar. ¿Sabría el chófer lo que estaba oculto en su taxi? Seguramente que no. ¿Habría sido extraviada la joya? Tampoco eso me pareció muy probable, porque para ocultarla en el tapizado habría sido necesario introducirla por una pequeña desgarradura. Entonces no quedaba más que pensar que alguien la habría puesto allí intencionadamente.
Mientras hacía estas reflexiones llegamos a la estación. Guardé la pulsera en mi cartera y mientras abonaba el importe del viaje, miré detenidamente al conductor: no quería olvidarme de su fisonomía, y al mismo tiempo decidí no hacer mención de mi hallazgo ni a él ni a la policía antes de consultar con mi novio acerca de la manera más conveniente de devolver la pulsera a su dueña.
Randolph me esperaba junto a la plataforma, y en cuanto vi la expresión de su rostro comprendí que algo desagradable habría sucedido.
—No podemos ir a Long Island —me dijo en cuanto me acerqué.
—¿Por qué?
—Un amigo mío, Chester Carey, se encuentra en algunas dificultades y me ha rogado que pase por su casa esta tarde a las seis. No puedo hablarte aquí, explicando detalles —me dijo—. Vamos a...
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—Vamos a casa —le interrumpí.
—Eso es; vamos a tu casa. ¡Tendremos cinco horas para charlar!
Llegamos a mi departamento, y mientras me quitaba el sombrero me acordé repentinamente del tesoro que llevaba en la cartera. Fui corriendo al saloncito con la joya en la mano.
—¡Mira! —dije a Randolph balanceando la pulsera ante sus ojos—. ¡Mira lo que encontré en el taxi que me llevó a la estación!
Mi novio me miró asombrado.
—¡Lydia! ¿No sabes qué pulsera es esa? Pertenece a Mildred Leabody, la hija del millonario.
—¿Y yo la encuentro en el tapizado de un taxi? —le, pregunté incrédula; y a continuación le conté los detalles del hallazgo.
—¡Tienes razón! ¡Es muy curioso! ¿No te parece que sería conveniente pasar por la residencia de los Leabody y entregarla personalmente?
Accedí a su propuesta y juntos buscamos en la guía Telefónica el domicilio del señor Jasper Leabody. Vivían en la Avenida del Parque, a corta distancia de mi casa; pero como aún nevaba, tomamos un coche para llegar hasta allí. Yo me quedé en el auto mientras que Randolph se entrevistaba con el dueño de la casa, y nunca hubiese imaginado, mientras que esperaba a mí novio, que una acción tan trivial como la devolución de una pulsera nos envolviera en la serie de sucesos, rápidos pero extraordinarios, que siguieron.
Después de casi veinte minutos de espera un criado de la casa me informó que el señor Barnard deseaba hablarme. Un poco alarmada, bajé del coche y penetré en la mansión. Me condujeron a la biblioteca donde esperaba mi novio, quien al verme dijo:
—Lydia: ¡Mildred Leabody ha desaparecido!
—¡Será, posible! ¿Cómo sucedió semejante cosa?
—El padre acaba de comunicármelo y como tú encontraste la pulsera, quiere hablar contigo. La pobre madre sufre un ataque de nervios que la tiene postrada.
—¿Y qué podremos hacer nosotros? —le pregunté aturdida mientras todos los detalles del viaje a la estación se agolpaban en mi cerebro con desesperante insistencia.
Antes que Randolph pudiese contestarme, el padre de la niña desaparecida penetró en el aposento y después de un ligero saludo abordó el asunto que lo tenía angustiado, casi enloquecido de cólera y terror. A pesar del infortunio que había ensombrecido su hogar, el señor Leabody trataba de mantenerse sereno; pero aunque hablaba con calma, se veía en sus ojos una expresión tan extraviada que parecía como si de un momento a otro fuese a perder el dominio de sí mismo.
—¿Le explicó lo sucedido a la señorita Grey? —fue lo primero que dijo, dirigiéndose a mi novio con gesto enloquecido.
Randolph hizo una señal negativa con la cabeza y el señor me explicó en síntesis la desaparición de su hija.
—Ayer por la tarde —dijo—. Mildred, o alguna otra persona que se hizo pasar por ella, telefoneó aquí avisándome que por la noche se quedaría en casa de mi hijo. Como solía hacer eso con frecuencia, no le dimos importancia al hecho. Esta mañana mi esposa habló con su nuera para recordarle a Mildred que almorzarían juntas en el Centro. La esposa de mi hijo oyó esto con la consiguiente sorpresa y dijo que no había visto a Mildred, en los dos últimos días. Inmediatamente me mandaron llamar; pero antes que yo llegara recibieron aquí, en casa, una nota en la cual se me avisaba que Mildred recobraría su libertad, sin sufrir ningún daño, a cambio de una suma de doscientos mil dólares. Si aceptaba este trato tendría que insertar un aviso en el «New York Times» de mañana con el siguiente texto: «Muy bien, J. L.» Si me resistía o daba parte a la policía, amenazaban con matar a mi hija.
—¡Se atreverían!...—, comencé a decir, seriamente alarmada.
—¿Si se atreverían, pregunta? ¿Ahora, cuando se hacen asaltos en pleno día? Pues son capaces de dejarla vivir hasta recibir el dinero y luego matarla para que no pudiese identificar a sus raptores. Por eso les ruego a ustedes que me ayuden. ¡Ya que el Destino los ha puesto en el camino de encontrar esta pulsera les imploro que me ayuden! No me atrevo a avisar a la policía, ni tampoco a salir de casa, siquiera, por temor a que estén acechando mis movimientos. ¡Todo lo que tengo está a disposición de ustedes si me devuelven mi hija! ¡Eso es lo que les pido!
No pudiendo dominarse por más tiempo salió precipitadamente de la habitación, y mi novio y yo nos miramos desconcertados.
De pronto Randolph se dirigió al teléfono. Obtuvo comunicación con el jefe de policía, y al cabo de un cuarto de hora estábamos informados del domicilio de Amadeo Luccini. Mientras nos dirigíamos a ese barrio apartado de la ciudad hacíamos conjeturas sobre el probable éxito de nuestra empresa. Cuando llegamos a nuestro destino no dimos con nuestro hombre. Nadie parecía ocupar la casa, pero una vecina que se asomó al oír nuestras repetidas llamadas nos informó que estaba en el garaje.
Cuando llegamos allí, el conductor, el mismo que me había llevado a la estación horas antes, se negó rotundamente a satisfacer nuestra curiosidad.
—¿Una chica rubia, dice? Con este frío se tapan hasta los ojos, ¿cómo quiere que sepa si son rubias o morenas? —dijo el hombre con cierta insolencia.
—¡Pero viajó en su coche! —insistía Randolph.
—Puede ser, pero yo no la he visto.
Le mostramos un retrato de Mildred; mi novio sacó su cartera para ofrecerle dinero, pero nada parecía ayudar la memoria del conductor, que se obstinaba en negar todo reconocimiento de la joven desaparecida.
Abandonamos el garaje más preocupados que nunca. Ambos creímos en la complicidad del chófer, pero no sabíamos cómo continuar nuestra investigación.
Randolph suspiró, y consultando la hora me dijo:
—Vamos a tomar el té en Sherry. Mientras tanto prepararemos algún plan. Si no somos capaces de ello, habrá que avisar al padre que recurra a la policía. No podemos desperdiciar minutos que pueden decidir la vida o muerte de una mujer sea quien sea.
Ambos estábamos fatigados y sufriendo los efectos del frío, y yo, que no había almorzado por temor a perder el tren, sentía más que el acostumbrado apetito. Demasiado apesadumbrados para conversar, comíamos en silencio y mis ojos vagaban con indiferencia por el elegante salón, cuando de pronto vi algo que me llenó de asombro.
—¡Mira! —le dije a Randoph—. Allí, a nuestra derecha, junto a la ventana, está sentado el vendedor de manzanas que tuvo la amabilidad de llamar a Luccini cuando quise ocupar su taxi detenido en la esquina, Randolph dijo que debía estar confundida.
Image
A mí también me costaba creerlo; sin embargo, era cierto. Aquel caballero bien vestido y que parecía una persona tan correcta, era el mismo que, algunas horas antes, habíaseme parecido un humilde frutero. Estaba acompañado por una dama, también correctamente vestida, cuya dureza de expresión la denotaba como una persona difícil de abordar.
—¿Qué podrá significar todo esto? —dijo Randolph, cuando por fin se convenció de que no me equivocaba.
—Tendremos que seguirles —le dije.
Así lo hicimos, y cuál no sería nuestra sorpresa al ver que el automóvil que los esperaba era el de Luccini. El supuesto frutero ayudó a la dama a subir a él, y, después de despedirse, ocupó otro automóvil.
Mientras esto sucedía, Randolph me dijo:
—Toma un coche y síguela a ella; yo haré lo mismo con él. Si necesitas hablarme, estaré en mi casa dentro de una hora.
La mujer a quién yo seguía vivía en la calle Setenta y Cuatro, y, después de darle tiempo a que tomara el ascensor, me dirigí al portero de la casa.
Mostrándole un billete de veinte dólares, le pregunté:
—La señora que entró hace poco, ¿quién es y cómo se llama?
—Señora de Benedit —me contestó.
—¿En qué piso vive?
—Séptimo piso, departamento B.
Llamé a casa de Randolph. Mi novio no estaba. Esperé una media hora, vigilando la casa ansiosamente y tiritando de frío y volví a llamar. Esta vez tuve más suerte y después de comunicarle lo sucedido esperé nuevamente hasta que se reunió conmigo.
—¿Y el frutero? —le pregunté en cuanto llegó.
Tenías razón, chiquilla. Lo dejé vendiendo manzanas. Entró en una casa modesta y al poco rato salió muy pobremente vestido y, llevando un canasto de fruta. Me puse en contacto con la policía, explicándoles el caso, y dos detectives lo están vigilando.
Después de una rápida consulta resolvimos dar un golpe decisivo. Subimos hasta el séptimo piso y llamamos al departamento B. La misma mujer a quién yo había seguido abrió la puerta.
—¿Es usted la señora de Benedit? —preguntó Randolph.
—Sí —contestó ella.
—Pues... su frutero nos manda para que nos llevemos a la señorita Leabody.
La mujer nos miró atónita y, ante nuestros ojos, cayó desmayada. Mientras yo la colocaba en una silla, Randolph abrió una puerta que daba al vestíbulo y encontramos a Mildred Leadoby.
Después que la niña fue restituida a sus padres supimos cómo había sido llevada a cabo su captura.
—Ayer por la tarde volvía del cine, y como nevaba tomé el primer coche que encontré desocupado. A mitad de camino el conductor detuvo el coche. En ese momento vi que un frutero depositaba su canasta en la acera y se acercaba al coche. El hombre introdujo las manos por la portezuela y casi me tapó la cara con un pañuelo impregnado de cloroformo. En ese momento, una mujer entró en el coche y, apoyando un revólver contra mi cuerpo, me amenazó de muerte si me atrevía a pedir auxilio. Este nuevo peligro me devolvió en parte el conocimiento, y decidida a dejar algún rastro con la esperanza de ser salvada, introduje las manos en el manguito de piel y desprendí la pulsera, la cual oculté en el forro del coche.
Días más tarde recibimos del agradecido padre una carta que venía acompañada por un cheque de cien mil dólares, con lo cual trataba de expresar la gratitud que sentía.