el collar de perlas (relato)
Todos quisieron lucrarse más de lo debido en él robo realizado... Y todos quedaron burlados.
—El equilibrio —dijo California Boy, repantigándose en su asiento y con la autoridad de quien conoce el tema que trata —es la regla del Universo. Todos los golpes de la suerte son balanceados por medio de una buena racha. Cada mala pasada que se juega al vecino es equilibrada por una jugarreta que sufre el autor.
* * *
El Ángel era la prueba evidente. Ese muchacho tenía una habilidad estupenda. Consistía en lo siguiente: Subía a un tren y en un rincón del coche restaurante sacaba de su bolsillo un frasco plano de esos que sirven para llevar el whisky y lo vaciaba de un trago. Era seguro que alguien notara el gesto, pues el whisky no parecía apropiado a su cara. Parecía un santo de yeso con sus cabellos negros suavemente ondulados y sus grandes ojos inocentes. Tenía una boca débil, una nariz fina y un cutis muy pálido. Tarde o temprano sacaba una cartera del bolsillo y empezaba a contar dinero y cheques al portador.
Era muy probable que en el tren viajaran algunos caballeros en busca de tipos poco avisados. Necesitaban una cuarta persona para jugar al bridge —le decían— y el Ángel parecía aburrido y triste.
—Juego amistoso —le aseguraban— a un centavo el tanto.
El Ángel era amable hasta la tontería y los cuatro se dirigían a un compartimiento donde se dedicaban a jugar. El whisky corría libremente y el Ángel no tardaba en estar vergonzosamente borracho.
Y de pronto alguien sugería que se cambiara el bridge por el póker. Y el Ángel ganaba en la primera vuelta una buena cantidad: cuarenta o cincuenta dólares. Desde aquel momento nadie hablaba de bridge; pero la buena suerte del Ángel no duraba mucho. Perdía mil dólares, por ejemplo, hablando, mientras tanto, incoherentemente del dinero de su papá y del negocio que pensaba realizar al fin del viaje, y bien pronto, al verle tan borracho y tan inocente, tos tramposos decidían que los cheques al portador eran tan buenos como el dinero contante y sonante.
De pronto el Ángel decidía jugar fuerte y uno de los otros apostaba cinco mil dólares contra él. El Ángel entonces colocaba un cheque de diez mil dólares en medio de la mesa. Perdía los cinco mil y entonces, recobrando súbitamente la cabeza, gemía que había perdido demasiado y tendría que retirarse del juego. Y los tres caballeros de industria tomaban el cheque, le daban cinco mil dólares en efectivo de cambio, y el juego terminaba.
Y al día siguiente los jugadores hubieran deseado terminar con el Ángel cuando se enteraban de que sus cheques al portador contra el Banco de Boston no tenían más valor que el de trozos de papel mojado. Naturalmente, ellos no podían protestar, ni aun en el caso de que encontraran al Ángel, porque eran bastante conocidos de la policía.
Y así el Ángel hacía alrededor de treinta o cuarenta mil dólares al año, ejercitando simplemente su talento natural.
Vivía una vida tranquila y feliz.
Y no tenía grandes preocupaciones, hasta que se le ocurrió dar un gran golpe que lo colocara en el camino de la prosperidad por el resto de sus días.
¡Tenía una renta asegurada y un lugar en la cumbre de su profesión y no estaba aún contento! ¡La verdad es que el dinero fácil es la pérdida de la Humanidad!
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Hasta entonces el Ángel había operado solo; pero el gran proyecto que había imaginado requería un socio. Así, pues, consiguió la ayuda de un hombre capaz, a quién expuso su idea y ambos ultimaron los detalles para hacer el golpe completamente seguro e infalible.
Al día siguiente el socio empezó a trabajar. El Ángel tenía una gran imaginación, pero había detalles de los cuales no podía ocuparse personalmente. Este proyecto requería un socio que fuera capaz de tratar e impresionar favorablemente la gente importante.
Bien; dos meses más tarde el socio entraba en las oficinas de John H. Sorgan, el banquero más importante de Nueva York. Tenía una carta de presentación para el señor Sorgan del doctor Peter J. Whitford, el senador de Idaho. Fue bastante difícil y complicado el descubrir un amigo íntimo de Sorgan que estuviese en aquel momento en lugar apartado, en el cual las comunicaciones fueran difíciles, El senador afortunadamente estaba en el Canadá, dedicado a la pesca con un grupo de amigos.
El señor Sorgan se mostró complacido de recibir a un amigo del señor Whitford. ¿Y cómo no iba a ser así? No solamente Johnny Ofull; el mejor experto del país, habla obtenido una perfecta imitación de la escritura del senador Whitford, sino que, además, la carta colocaba al señor Tomás Nelligan (el nombre adoptado por el socio en aquella ocasión) en las nubes como hombre, ciudadano y hombre de negocios, y lo recomendaba calurosamente al banquero.
Sorgan cumplimentó debidamente al visitante y lo invitó a cenar en el Club de Banqueros, con el fin de presentarlo a sus amigos.
—¡Oh, señor Sorgan! —dijo Nelligan durante la cena—. Aprecio en lo que valen sus atenciones; pero Peter me recomendó que no abusara de su amabilidad y no permitiré que usted se tome más molestias... Y como le iba diciendo, cuando Red Keson me apoyó el cañón del revólver en las costillas...
Y Nelligan continuó su conversación en este estilo. Mientras Sorgan lo escuchaba con fruición, sin dejar por eso de hablar bastante a su vez, aludió a la pequeña operación en la garganta, a que se sometería en la semana próxima.
—Naturalmente, señor Nelligan —dijo—, esta noticia es estrictamente confidencial. No quiero que mis indisposiciones lleguen al dominio público, pues a causa de la posición que ocupo, todo cuanto hago es generalmente exagerado por los noticieros de Bolsa, y el mercado es muy susceptible de ser afectado.
—Le agradezco mucho tal prueba de confianza y le aseguro que nadie se enterará de tal cosa por mi conducto —le prometió el señor Nelligan.
Puedo asegurarles que cuando Nelligan salió del Club de Banqueros conocía perfectamente la voz y las maneras de Sorgan. Sabía también que este visitaría a su médico aquella tarde con el objeto de que le hiciera una radiografía final de la garganta. Estaría ausente, de la oficina de tres o cuatro y nadie sabría dónde encontrarlo, ni aun su esposa, porque Sorgan no había querido preocuparla hablándole de la pequeña operación.
Nelligan esperó, pues, hasta las tres y después telefoneó a la famosa Joyería de Arabia.
—Habla John H. Sorgan —dijo—. Deseo hablar con el señor Roberts.
El descubrimiento de que era el señor Roberts quien habitualmente atendía a Sorgan era el resultado de pacientes y habilidosos trabajos. Pero en un asunto como este, los detalles son los que cuentan.
—Buenas tardes señor Sorgan —dijo la voz de Roberts al cabo de un instante.
—Buenas tardes, Roberts —dijo Nelligan—. Creí poder llegar hasta la tienda hoy; pero debo salir del escritorio, en este momento, para tomar el tren.
—Muy bien, señor Sorgan —respondió Roberts—. ¿En qué podemos servirle?
—Bueno, la verdad es que quería hacer un regalo a mi esposa. Quiero un collar de perlas realmente bonito, Roberts.
—Tenemos varios collares recién concluidos, señor Sorgan. Hay uno de perlas graduadas que hemos empleado dos años en coleccionar y otro que...
—Mande dos o tres a mi casa, Roberts —dijo Nelligan bruscamente—. La señora de Sorgan elegirá el que le guste. Ella está allá en este momento.
Naturalmente que fue la suerte la que permitió a Nelligan enterarse de la visita de Sorgan al médico. El resto era el resultado de muy paciente trabajo.
—¿Y el precio, señor Sorgan? —preguntó Roberts vacilando.
—Hasta medio millón —dijo Nelligan—. ¿Se ocupará usted inmediatamente del asunto?
Nelligan no necesitó escuchar la respuesta. Ni aun la Joyería de Arabia vende un collar de medio millón cada día.
Salió de la cabina del teléfono y se reunió con el Ángel. Juntos se dirigieron a la casa del banquero y estacionándose en la esquina observaron la calle. A las tres y media un automóvil se detuvo frente a la puerta de la casa de Sorgan. Dos hombres bajaron de él. Roberts llevaba una caja debajo del brazo. El otro, un tipo pesado y atlético, parecía un detective.
Nelligan y el Ángel sudaban de ansiedad. Según el proyecto concebido por el segundo, la señora Sorgan haría en este caso lo que cualquiera otra mujer; diría a Roberts que en un asunto que significaba tanto dinero, prefería no hacer la elección sin el consejo de su esposo. Y Roberts dejaría el paquete con el temor de que si volviera a llevárselo, Sorgan cambiaría tal vez de idea.
Y bien; la naturaleza humana es estupenda, no varía jamás. Quince minutos más tarde, Roberts y el detective volvieron a salir y subieron al auto que los esperaba. ¡Y Roberts no llevaba ningún paquete!
Nelligan esperó hasta que el coche hubo desaparecido y, entrando en la casilla telefónica más cercana, llamó a la casa de Sorgan.
—¿Está ahí el señor Roberts, de la Joyería de Arabia? —preguntó con voz excitada.
Un sirviente respondió diciendo que ya se había retirado.
—¿Podría hablar en tal caso con la señora de Sorgan? —dijo Nelligan—. Dígale que se trata de algo muy importante. Es de la Joyería de Arabia.
La señora Sorgan tomó el teléfono.
—Habla el señor Andrews, de la casa Arabia —dijo Nelligan.
Andrews era uno de los socios de la firma de joyeros, que Nelligan consideraba poco probable que la señora Sorgan conociese personalmente.
—¿Qué ocurre, señor Andrews? —preguntó ella.
—Hemos cometido un lamentable error, señora —continuó Nelligan—. Nuestro empleado, el señor Roberts, ha sido equivocadamente enviado a su casa de usted.
—¿Error? —dijo la señora de Sorgan—. Él me dijo que había hablado con mi esposo.
—Es cierto —respondió Nelligan—. Pero habló también con el señor Larry Trimount —nombró aquí a un banquero conocidísimo—, y fue el señor Trimount quien pidió los collares, y el señor Sorgan quien ordenó un anillo. Hemos descubierto el error hace cinco minutos e inmediatamente hemos despachado a dos hombres en un auto con destino a su casa. No tardarán en llegar. ¿Quiere usted tener la bondad de devolverles los collares para que puedan llevárselos a la señora Trimount? Ellos le entregarán también el anillo ordenado por su esposo para usted.
—Perfectamente —dijo ella.
Dos minutos más tarde, Nelligan y el Ángel bajaron de un taxi y fueron conducidos a la presencia de la dueña de la casa. Nelligan le dio un recibo por los collares y recibió otro por el anillo de rubíes —el mejor fabricante de joyas de imitación de Ámsterdam lo había hecho y les había costado ochocientos dólares (hay siempre gastos en todo negocio)— y los dos hombres se retiraron.
Dos días más tarde ambos socios deshicieron el paquete en un hotel barato de Chicago. No se habían separado ni un segundo desde, que salieron con él de la casa de Sorgan. Pero el Ángel no necesitaba mucho tiempo para maniobrar. Se arregló de forma que se soltara uno de los collares al deshacer el paquete, y cuando las perlas fueron recogidas faltaban seis de ellas. Nelligan lo notó inmediatamente.
—¡Qué torpe soy! —dijo el Ángel.
—Hemos recuperado todas las perlas, ¿no es verdad? —respondió Nelligan—. No hay, pues, nada perdido.
Trató de disimular el desprecio que sentía, pues él había visto perfectamente las perlas en la mano del Ángel y nada le indignaba tanto como que un socio tratara de «limpiar a otro».
—Claro que las tenemos todas —añadió el Ángel—. Pero hubiésemos obtenido mejor precio si yo no hubiese roto el collar.
—Creo que podemos felicitarnos —dijo Nelligan riendo y dirigiéndose a la ventana miró a la calle.
En la vereda opuesta estaba parado un hombre. Había estado allí durante las últimas dos horas, mirando la ventana frente a la cual estaba ahora parado Nelligan. Este se rascó la cabeza. El hombre llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, hizo un gesto de asentimiento y cruzó la calle. Nelligan se volvió hacia el Ángel.
—Es hora de que Hauvey se haga ver —dijo.
Hauvey era el tipo que había prometido comprar los collares.
El Ángel miró su reloj.
—Faltan aún quince minutos para la hora indicada —dijo—, y ese tipo es siempre puntual. Pero creo que aquí está —añadió al oír el golpe en la puerta.
—¡Adelante! —gritó.
La puerta se abrió y volvió a cerrarse con la rapidez del relámpago. De pie ante ella estaba, no Hauvey, sino el hombre que un momento antes se veía en la acera opuesta. Tenía un revólver en la mano.
—¿Qué pasa, amigo? —preguntó el Ángel al intruso.
—No perdamos tiempo —dijo el hombre—. Hauvey se emborrachó anoche y cantó de plano. Denme las perlas, ¡rápido!
El Ángel vio que Nelligan había levantado las manos y comprendía que había perdido la partida.
Nelligan y él le entregaron los collares, y tan pronto como el intruso hubo salido, cerrando la puerta con llave desde el exterior, el Ángel corrió al teléfono.
—No seas idiota —aconsejó Nelligan—. Recuerda que no podemos hablar mucho del asunto. Qué poca suerte, ¿eh?
—Me gustaría obsequiar a Hauvey con un par de balas —dijo el Ángel con furia.
Y en aquel mismo momento, Hauvey golpeó la puerta. Uno de los dos compinches se la abrió. Y después de no pocas explicaciones, convenció al Ángel de que no había hablado a un alma con respecto a las joyas.
—Estoy completamente atolondrado.
—Parece —dijo Nelligan— que no somos tan inteligentes como creíamos.
* * *
El California Boy tiró el resto de su cigarro a la chimenea.
—Y esto demuestra —dijo— que si uno pierde el balance y trata de conseguir más de lo que le corresponde en buena ley, como lo hizo el Ángel, si trata de mejorar su parte, a expensas de los demás, es probable que lo pierda todo. Naturalmente, tuve que dividir la ganancia con el tipo del revólver; pero no fue peor que dividirla con el Ángel.
—¿Usted tuvo que dividirla? —exclamé yo atónito.
—Sí. Yo era Nelligan —dijo el California Boy riendo—. El equilibrio es lo importante. La mitad para cada uno era lo justo y el Ángel trató de echar a perder el cálculo guardándose seis perlas. Pero yo ya lo había juzgado con anticipación. Si se hubiese portado con justicia, el hombre del revólver no hubiese hecho su aparición. Pero no lo hizo, y el tipo que yo había colocado allí mucho antes de que consiguiéramos los collares entró y...
—¡Equilibrio! —le interrumpí indignado—. ¿Qué ridícula filosofía es esa?
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el California Boy con dulzura.
—Usted admite haber estado comprometido en un plan para robar a la Joyería de Arabia —exclamé—. Si su teoría sobre el equilibrio fuera cierta, jamás hubiese tenido éxito.
—Las gentes que poseen enormes joyerías no son, generalmente, tontos —le respondió el California Boy sonriendo—. Y por lo tanto, jamás mandan sus verdaderos collares a ninguna parte, o si lo hacen, jamás los dejan en ninguna circunstancia. Los que Roberts dejó a la señora Sorgan y que nosotros conseguimos escamotear eran, simplemente, excelentes imitaciones de los verdaderos. ¿Balance? Pagué ochocientos dólares por el anillo de imitación rubí, más el tiempo perdido y los gastos de viaje. ¡Equilibrio! Le aseguro que perdí el mío aquella noche, cuando más tarde, Hauvey me dijo que los collares eran falsos. ¡Oh, sí; ya lo creo que hay equilibrio en el mundo! El dinero mal ganado está fuera de él, y esa es la razón por la que no se queda con él quien lo consigue.
—El equilibrio —dijo California Boy, repantigándose en su asiento y con la autoridad de quien conoce el tema que trata —es la regla del Universo. Todos los golpes de la suerte son balanceados por medio de una buena racha. Cada mala pasada que se juega al vecino es equilibrada por una jugarreta que sufre el autor.
* * *
El Ángel era la prueba evidente. Ese muchacho tenía una habilidad estupenda. Consistía en lo siguiente: Subía a un tren y en un rincón del coche restaurante sacaba de su bolsillo un frasco plano de esos que sirven para llevar el whisky y lo vaciaba de un trago. Era seguro que alguien notara el gesto, pues el whisky no parecía apropiado a su cara. Parecía un santo de yeso con sus cabellos negros suavemente ondulados y sus grandes ojos inocentes. Tenía una boca débil, una nariz fina y un cutis muy pálido. Tarde o temprano sacaba una cartera del bolsillo y empezaba a contar dinero y cheques al portador.
Era muy probable que en el tren viajaran algunos caballeros en busca de tipos poco avisados. Necesitaban una cuarta persona para jugar al bridge —le decían— y el Ángel parecía aburrido y triste.
—Juego amistoso —le aseguraban— a un centavo el tanto.
El Ángel era amable hasta la tontería y los cuatro se dirigían a un compartimiento donde se dedicaban a jugar. El whisky corría libremente y el Ángel no tardaba en estar vergonzosamente borracho.
Y de pronto alguien sugería que se cambiara el bridge por el póker. Y el Ángel ganaba en la primera vuelta una buena cantidad: cuarenta o cincuenta dólares. Desde aquel momento nadie hablaba de bridge; pero la buena suerte del Ángel no duraba mucho. Perdía mil dólares, por ejemplo, hablando, mientras tanto, incoherentemente del dinero de su papá y del negocio que pensaba realizar al fin del viaje, y bien pronto, al verle tan borracho y tan inocente, tos tramposos decidían que los cheques al portador eran tan buenos como el dinero contante y sonante.
De pronto el Ángel decidía jugar fuerte y uno de los otros apostaba cinco mil dólares contra él. El Ángel entonces colocaba un cheque de diez mil dólares en medio de la mesa. Perdía los cinco mil y entonces, recobrando súbitamente la cabeza, gemía que había perdido demasiado y tendría que retirarse del juego. Y los tres caballeros de industria tomaban el cheque, le daban cinco mil dólares en efectivo de cambio, y el juego terminaba.
Y al día siguiente los jugadores hubieran deseado terminar con el Ángel cuando se enteraban de que sus cheques al portador contra el Banco de Boston no tenían más valor que el de trozos de papel mojado. Naturalmente, ellos no podían protestar, ni aun en el caso de que encontraran al Ángel, porque eran bastante conocidos de la policía.
Y así el Ángel hacía alrededor de treinta o cuarenta mil dólares al año, ejercitando simplemente su talento natural.
Vivía una vida tranquila y feliz.
Y no tenía grandes preocupaciones, hasta que se le ocurrió dar un gran golpe que lo colocara en el camino de la prosperidad por el resto de sus días.
¡Tenía una renta asegurada y un lugar en la cumbre de su profesión y no estaba aún contento! ¡La verdad es que el dinero fácil es la pérdida de la Humanidad!
Image
Hasta entonces el Ángel había operado solo; pero el gran proyecto que había imaginado requería un socio. Así, pues, consiguió la ayuda de un hombre capaz, a quién expuso su idea y ambos ultimaron los detalles para hacer el golpe completamente seguro e infalible.
Al día siguiente el socio empezó a trabajar. El Ángel tenía una gran imaginación, pero había detalles de los cuales no podía ocuparse personalmente. Este proyecto requería un socio que fuera capaz de tratar e impresionar favorablemente la gente importante.
Bien; dos meses más tarde el socio entraba en las oficinas de John H. Sorgan, el banquero más importante de Nueva York. Tenía una carta de presentación para el señor Sorgan del doctor Peter J. Whitford, el senador de Idaho. Fue bastante difícil y complicado el descubrir un amigo íntimo de Sorgan que estuviese en aquel momento en lugar apartado, en el cual las comunicaciones fueran difíciles, El senador afortunadamente estaba en el Canadá, dedicado a la pesca con un grupo de amigos.
El señor Sorgan se mostró complacido de recibir a un amigo del señor Whitford. ¿Y cómo no iba a ser así? No solamente Johnny Ofull; el mejor experto del país, habla obtenido una perfecta imitación de la escritura del senador Whitford, sino que, además, la carta colocaba al señor Tomás Nelligan (el nombre adoptado por el socio en aquella ocasión) en las nubes como hombre, ciudadano y hombre de negocios, y lo recomendaba calurosamente al banquero.
Sorgan cumplimentó debidamente al visitante y lo invitó a cenar en el Club de Banqueros, con el fin de presentarlo a sus amigos.
—¡Oh, señor Sorgan! —dijo Nelligan durante la cena—. Aprecio en lo que valen sus atenciones; pero Peter me recomendó que no abusara de su amabilidad y no permitiré que usted se tome más molestias... Y como le iba diciendo, cuando Red Keson me apoyó el cañón del revólver en las costillas...
Y Nelligan continuó su conversación en este estilo. Mientras Sorgan lo escuchaba con fruición, sin dejar por eso de hablar bastante a su vez, aludió a la pequeña operación en la garganta, a que se sometería en la semana próxima.
—Naturalmente, señor Nelligan —dijo—, esta noticia es estrictamente confidencial. No quiero que mis indisposiciones lleguen al dominio público, pues a causa de la posición que ocupo, todo cuanto hago es generalmente exagerado por los noticieros de Bolsa, y el mercado es muy susceptible de ser afectado.
—Le agradezco mucho tal prueba de confianza y le aseguro que nadie se enterará de tal cosa por mi conducto —le prometió el señor Nelligan.
Puedo asegurarles que cuando Nelligan salió del Club de Banqueros conocía perfectamente la voz y las maneras de Sorgan. Sabía también que este visitaría a su médico aquella tarde con el objeto de que le hiciera una radiografía final de la garganta. Estaría ausente, de la oficina de tres o cuatro y nadie sabría dónde encontrarlo, ni aun su esposa, porque Sorgan no había querido preocuparla hablándole de la pequeña operación.
Nelligan esperó, pues, hasta las tres y después telefoneó a la famosa Joyería de Arabia.
—Habla John H. Sorgan —dijo—. Deseo hablar con el señor Roberts.
El descubrimiento de que era el señor Roberts quien habitualmente atendía a Sorgan era el resultado de pacientes y habilidosos trabajos. Pero en un asunto como este, los detalles son los que cuentan.
—Buenas tardes señor Sorgan —dijo la voz de Roberts al cabo de un instante.
—Buenas tardes, Roberts —dijo Nelligan—. Creí poder llegar hasta la tienda hoy; pero debo salir del escritorio, en este momento, para tomar el tren.
—Muy bien, señor Sorgan —respondió Roberts—. ¿En qué podemos servirle?
—Bueno, la verdad es que quería hacer un regalo a mi esposa. Quiero un collar de perlas realmente bonito, Roberts.
—Tenemos varios collares recién concluidos, señor Sorgan. Hay uno de perlas graduadas que hemos empleado dos años en coleccionar y otro que...
—Mande dos o tres a mi casa, Roberts —dijo Nelligan bruscamente—. La señora de Sorgan elegirá el que le guste. Ella está allá en este momento.
Naturalmente que fue la suerte la que permitió a Nelligan enterarse de la visita de Sorgan al médico. El resto era el resultado de muy paciente trabajo.
—¿Y el precio, señor Sorgan? —preguntó Roberts vacilando.
—Hasta medio millón —dijo Nelligan—. ¿Se ocupará usted inmediatamente del asunto?
Nelligan no necesitó escuchar la respuesta. Ni aun la Joyería de Arabia vende un collar de medio millón cada día.
Salió de la cabina del teléfono y se reunió con el Ángel. Juntos se dirigieron a la casa del banquero y estacionándose en la esquina observaron la calle. A las tres y media un automóvil se detuvo frente a la puerta de la casa de Sorgan. Dos hombres bajaron de él. Roberts llevaba una caja debajo del brazo. El otro, un tipo pesado y atlético, parecía un detective.
Nelligan y el Ángel sudaban de ansiedad. Según el proyecto concebido por el segundo, la señora Sorgan haría en este caso lo que cualquiera otra mujer; diría a Roberts que en un asunto que significaba tanto dinero, prefería no hacer la elección sin el consejo de su esposo. Y Roberts dejaría el paquete con el temor de que si volviera a llevárselo, Sorgan cambiaría tal vez de idea.
Y bien; la naturaleza humana es estupenda, no varía jamás. Quince minutos más tarde, Roberts y el detective volvieron a salir y subieron al auto que los esperaba. ¡Y Roberts no llevaba ningún paquete!
Nelligan esperó hasta que el coche hubo desaparecido y, entrando en la casilla telefónica más cercana, llamó a la casa de Sorgan.
—¿Está ahí el señor Roberts, de la Joyería de Arabia? —preguntó con voz excitada.
Un sirviente respondió diciendo que ya se había retirado.
—¿Podría hablar en tal caso con la señora de Sorgan? —dijo Nelligan—. Dígale que se trata de algo muy importante. Es de la Joyería de Arabia.
La señora Sorgan tomó el teléfono.
—Habla el señor Andrews, de la casa Arabia —dijo Nelligan.
Andrews era uno de los socios de la firma de joyeros, que Nelligan consideraba poco probable que la señora Sorgan conociese personalmente.
—¿Qué ocurre, señor Andrews? —preguntó ella.
—Hemos cometido un lamentable error, señora —continuó Nelligan—. Nuestro empleado, el señor Roberts, ha sido equivocadamente enviado a su casa de usted.
—¿Error? —dijo la señora de Sorgan—. Él me dijo que había hablado con mi esposo.
—Es cierto —respondió Nelligan—. Pero habló también con el señor Larry Trimount —nombró aquí a un banquero conocidísimo—, y fue el señor Trimount quien pidió los collares, y el señor Sorgan quien ordenó un anillo. Hemos descubierto el error hace cinco minutos e inmediatamente hemos despachado a dos hombres en un auto con destino a su casa. No tardarán en llegar. ¿Quiere usted tener la bondad de devolverles los collares para que puedan llevárselos a la señora Trimount? Ellos le entregarán también el anillo ordenado por su esposo para usted.
—Perfectamente —dijo ella.
Dos minutos más tarde, Nelligan y el Ángel bajaron de un taxi y fueron conducidos a la presencia de la dueña de la casa. Nelligan le dio un recibo por los collares y recibió otro por el anillo de rubíes —el mejor fabricante de joyas de imitación de Ámsterdam lo había hecho y les había costado ochocientos dólares (hay siempre gastos en todo negocio)— y los dos hombres se retiraron.
Dos días más tarde ambos socios deshicieron el paquete en un hotel barato de Chicago. No se habían separado ni un segundo desde, que salieron con él de la casa de Sorgan. Pero el Ángel no necesitaba mucho tiempo para maniobrar. Se arregló de forma que se soltara uno de los collares al deshacer el paquete, y cuando las perlas fueron recogidas faltaban seis de ellas. Nelligan lo notó inmediatamente.
—¡Qué torpe soy! —dijo el Ángel.
—Hemos recuperado todas las perlas, ¿no es verdad? —respondió Nelligan—. No hay, pues, nada perdido.
Trató de disimular el desprecio que sentía, pues él había visto perfectamente las perlas en la mano del Ángel y nada le indignaba tanto como que un socio tratara de «limpiar a otro».
—Claro que las tenemos todas —añadió el Ángel—. Pero hubiésemos obtenido mejor precio si yo no hubiese roto el collar.
—Creo que podemos felicitarnos —dijo Nelligan riendo y dirigiéndose a la ventana miró a la calle.
En la vereda opuesta estaba parado un hombre. Había estado allí durante las últimas dos horas, mirando la ventana frente a la cual estaba ahora parado Nelligan. Este se rascó la cabeza. El hombre llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, hizo un gesto de asentimiento y cruzó la calle. Nelligan se volvió hacia el Ángel.
—Es hora de que Hauvey se haga ver —dijo.
Hauvey era el tipo que había prometido comprar los collares.
El Ángel miró su reloj.
—Faltan aún quince minutos para la hora indicada —dijo—, y ese tipo es siempre puntual. Pero creo que aquí está —añadió al oír el golpe en la puerta.
—¡Adelante! —gritó.
La puerta se abrió y volvió a cerrarse con la rapidez del relámpago. De pie ante ella estaba, no Hauvey, sino el hombre que un momento antes se veía en la acera opuesta. Tenía un revólver en la mano.
—¿Qué pasa, amigo? —preguntó el Ángel al intruso.
—No perdamos tiempo —dijo el hombre—. Hauvey se emborrachó anoche y cantó de plano. Denme las perlas, ¡rápido!
El Ángel vio que Nelligan había levantado las manos y comprendía que había perdido la partida.
Nelligan y él le entregaron los collares, y tan pronto como el intruso hubo salido, cerrando la puerta con llave desde el exterior, el Ángel corrió al teléfono.
—No seas idiota —aconsejó Nelligan—. Recuerda que no podemos hablar mucho del asunto. Qué poca suerte, ¿eh?
—Me gustaría obsequiar a Hauvey con un par de balas —dijo el Ángel con furia.
Y en aquel mismo momento, Hauvey golpeó la puerta. Uno de los dos compinches se la abrió. Y después de no pocas explicaciones, convenció al Ángel de que no había hablado a un alma con respecto a las joyas.
—Estoy completamente atolondrado.
—Parece —dijo Nelligan— que no somos tan inteligentes como creíamos.
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El California Boy tiró el resto de su cigarro a la chimenea.
—Y esto demuestra —dijo— que si uno pierde el balance y trata de conseguir más de lo que le corresponde en buena ley, como lo hizo el Ángel, si trata de mejorar su parte, a expensas de los demás, es probable que lo pierda todo. Naturalmente, tuve que dividir la ganancia con el tipo del revólver; pero no fue peor que dividirla con el Ángel.
—¿Usted tuvo que dividirla? —exclamé yo atónito.
—Sí. Yo era Nelligan —dijo el California Boy riendo—. El equilibrio es lo importante. La mitad para cada uno era lo justo y el Ángel trató de echar a perder el cálculo guardándose seis perlas. Pero yo ya lo había juzgado con anticipación. Si se hubiese portado con justicia, el hombre del revólver no hubiese hecho su aparición. Pero no lo hizo, y el tipo que yo había colocado allí mucho antes de que consiguiéramos los collares entró y...
—¡Equilibrio! —le interrumpí indignado—. ¿Qué ridícula filosofía es esa?
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el California Boy con dulzura.
—Usted admite haber estado comprometido en un plan para robar a la Joyería de Arabia —exclamé—. Si su teoría sobre el equilibrio fuera cierta, jamás hubiese tenido éxito.
—Las gentes que poseen enormes joyerías no son, generalmente, tontos —le respondió el California Boy sonriendo—. Y por lo tanto, jamás mandan sus verdaderos collares a ninguna parte, o si lo hacen, jamás los dejan en ninguna circunstancia. Los que Roberts dejó a la señora Sorgan y que nosotros conseguimos escamotear eran, simplemente, excelentes imitaciones de los verdaderos. ¿Balance? Pagué ochocientos dólares por el anillo de imitación rubí, más el tiempo perdido y los gastos de viaje. ¡Equilibrio! Le aseguro que perdí el mío aquella noche, cuando más tarde, Hauvey me dijo que los collares eran falsos. ¡Oh, sí; ya lo creo que hay equilibrio en el mundo! El dinero mal ganado está fuera de él, y esa es la razón por la que no se queda con él quien lo consigue.