fortuna de mar (relato)
Sharkey, el abominable Sharkey, había vuelto a sus correrías por el mar, y después de haber alarmado a toda la costa de Coromandel, su barco, El Vengador, se hallaba junto a la América Española. Así como los pájaros se esconden cuando un halcón vuela sobre el campo; así como los animales pequeños de la jungla tiemblan al oír el rugido del tigre, lo mismo a bordo de todos los navíos desde los de Nantucket, pescadores de ballenas, hasta los del Charleston, traficantes en tabaco, y desde los de Cádiz, cargados de frutos ibéricos hasta los que van a vender azúcar de las Antillas, el espanto fue grande cuando se supo que el temible pirata surcaba las aguas del Océano. Uno de los primeros días de mayo de 1720, El Vengador estaba detenido a unas cinco millas al Oeste del Paso de los Vientos. Acechaba la presa fácil, el barco mercante que la complacencia de los vientos pondría a su disposición.
Estaba allí hacía tres días, punto siniestro en el centro de la inmensidad de zafiro, Al Sudoeste las colinas de Hispaniola se perfilaban azuladas en el horizonte.
Las horas transcurrían y la espera se prolongaba, Sharkey pateaba de ira. Con una de esas risas de las que él solo poseía el secreto, había declarado la noche antes a su contramaestre, Ned Galloway, que haría pagar caro a la tripulación del primer barco que cayese en su poder la prueba infligida a su paciencia.
El camarote del capitán era una pieza de grandes dimensiones, adornada con infinidad de objetos magníficos. Las sedas, terciopelos y encajes se amontonaban sobre los divanes de brocado. En cada rincón había cuadros y esculturas. Todo lo que Sharkey había conseguido en cien abordajes estaba allí mezclado.
Una lámpara de cobre, suspendida del techo, vertía su luz sobre aquel caos y sobre los dos hombres que, en mangas de camisa y cartas en la mano, parecían absortos en una partida de piquet.
Ned Galloway, el contramaestre, era un evadido de Nueva Orleans, bandido de la peor especie, único vástago, corrompido, de una excelente familia de puritanos. Sus miembros robustos, su estatura gigantesca, imponían tanto como la crueldad de sus sentimientos. Barbudo hasta las sienes, tenía abundante cabellera leonada, los ojos azules, llenos de fuego, y enormes argollas de oro en las orejas. Era el ídolo de las mujeres en todos los sitios mal afamados de la costa, desde Tortuga a Maracaibo. Un bonete rojo, pantalones de terciopelo pardo atados en la rodilla con cintas de colores vivos y grandes botas, constituía la indumentaria de aquel hércules saqueador de navíos.
Muy distinto era el capitán, John Sharkey. Su rostro delgado, afeitado, tenía una palidez cadavérica y todos los soles de las Indias no habían hecho sino exagerar aquella palidez de pergamino.
Era casi calvo; solo unos mechones de color de estopa cubrían apenas la parte posterior de la cabeza. La nariz era afilada y los ojos azules bordeados de rojo, repugnantes.
Sus manos huesosas, dé largos y afilados dedos, temblando siempre como las antenas de un insecto, jugaban con los naipes y con un montón de monedas de oro que tenía ante sí. Su traje era de paño gris, muy severo en sus adornos. Pero nada importaba el traje, cuando se miraba la cara del capitán.
La partida se interrumpió bruscamente. De un violento empujón abrióse la puerta y dos hombres, Israel Martín, el segundo, y Red Foley, el que atendía el cañón, hicieron irrupción en el cuarto.
Sharkey, sobresaltado, se levantó, teniendo en cada mano una pistola.
—¿Qué significa esto? —gritó—. Ya veo que si de vez en cuando no mato a alguno de vosotros acabaréis por olvidar quién soy. ¿Acaso se entra aquí como en una posada de Wapping?
—Capitán Sharkey —respondió Martín—, palabras como esas son las que nos han hecho arder las orejas y ya estamos hartos.
—Más que hartos —agregó Red Foley—. No hay categorías en un buque pirata y todos somos iguales.
—¿Acaso he dicho alguna vez lo contrario? —protestó Sharkey.
—Nos habéis rebajado y humillado delante de toda la tripulación, y ahora no tenemos por qué defenderos contra sus iras.
Sharkey comprendió que se preparaba algo grave, pero aparentando gran serenidad dijo:
—Me extraña que dos muchachos de vuestro temple, después de haberme ayudado a vaciar tantas botellas y cortar tantas gargantas, me armen querellas por una cosa insignificante. Sé que sois hombres resueltos que os pondríais a mi lado para hacer frente al mismo diablo. ¡Vamos!... Que traiga vasos el stewart y olvidemos este malentendido.
—No es hora de beber, capitán Sharkey —repuso Martín—. Los hombres están reunidos junto al palo mayor y pueden entrar aquí de un momento a otro. Os advertimos que sus intenciones son bastante malas.
Sharkey descolgó de la pared una espada con empuñadura de cobre.
—¡Bandidos! —exclamó—. Cuando le haya quitado a uno las entrañas, tal vez los otros entren en razón.
—Son unos cuarenta, capitaneados por Sweetlocks. Si aparecéis sobre cubierta, os matarán. Aquí, al menos, podemos mantenerlos alejados con las pistolas.
Apenas Martín acababa de decir estas palabras cuando un fuerte golpe, que parecía dado con la culata de un fusil, resonó en la puerta. Esta se abrió dejando paso a un hombre alto, moreno, con una gran cicatriz en la mejilla.
Era Sweetlocks, quien dijo:
—Capitán Sharkey, vengo enviado por la tripulación.
—Te esperaba —repuso el capitán—. ¿Sabes, que por tu trabajo merecerías qué te abriese en dos?
—Es posible, capitán; pero si lo hacéis, los que me siguen sabrán cómo vengarme.
—¡Cuidado! —gritó una voz.
Sharkey levantó la mirada y vio una hilera de cabezas por la abertura de las claraboyas.
—¡Sea! —dijo ante esto el capitán—. ¿Qué es lo que queréis? Explicaos de una vez.
—La tripulación cree —arguyó Sweetlocks— que sois el demonio reencarnado y que mientras viajen en vuestra compañía no podrán hacer fortuna. Hubo una época en que diariamente apresábamos algo y teníamos el dinero a discreción, pero ahora ha transcurrido ya una semana sin que veamos ni una vela, y salvo tres miserables sicops, nada ha caído en nuestras manos desde que dejamos Las Bahamas. Luego, se sabe que matasteis a Jack Bartholomero, el carpintero, para inspirarnos respeto y terror; además se nos regatea la bebida y vos no salís de vuestra cámara, cuando es costumbre que el capitán coma y beba con su tripulación. Por todos esos motivos, se decidió hoy, en asamblea general...
Sharkey había empuñado la pistola y mala suerte hubiera corrido Sweetlocks a no ser porque un marinero novel, impresionado por la noticia que llevaba, se hubiera precipitado en el cuarto gritando:
—¡Un navío!... ¡Un navío!... ¡Y muy cerca de nosotros!
El tumulto se calmó instantáneamente y todos los hombres corrieron a sus puestos.
Un gran navío navegaba, en efecto, a corta distancia, con las velas desplegadas.
Debía venir desde muy lejos y no sospechaba los peligros del mar Caribe porque no hacía absolutamente nada para huir de El Vengador.
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Tal era su audacia, que los piratas, preparando los cañones y faroles de combate, se preguntaron si no sería un barco de guerra que caía de improviso sobre ellos.
Pero cuando comprobaron su equivocación, brotó de todos los labios un grito de alegría y en un instante, hacha en mano, entraron al abordaje.
El navío era el Portabello, que iba a las órdenes del capitán Hardy, desde Londres a Kingston, con una carga de hierro y algodón. Esto no ofrecía mayor interés, pero el cofre de a bordo contenía un millar de guineas y entre los pasajeros figuraban dos o tres ricos comerciantes de Jamaica, que volvían de Londres con los bolsillos, bien repletos.
Después que se reunió todo el botín, se llevó a los prisioneros junto a la borda y uno a uno fueron arrojados al mar. Pero antes, Sweetlocks les cortaba los tendones para que, si había algún nadador, no pudiese escapar.
Solo quedaba ya el capitán, hombre robusto, de ojos negros y cabello gris. Sharkey le saludó sonriendo, y le dijo:
—Un capitán tiene que ser cortés con otro y nadie me va a enseñar buenos modales. Os he guardado para el final, dándoos el lugar que merecen los valientes. Ahora que todo ha concluido podéis arrojaros libremente al agua.
—Así lo haré, capitán Sharkey —dijo el marino—, porque creo haber cumplido estrictamente con mi deber. Sin embargo, antes desearía deciros dos palabras.
—Si es para que me conmueva, serían perfectamente inútiles. ¡Que el diablo me lleve si os dejo con vida!
—No se trata de eso; es algo que debéis saber. No se ha descubierto aún el verdadero tesoro del navío.
—¿Cómo?... Capitán Hardy, tened cuidado. Si no os explicáis inmediatamente os haré picadillo. ¿De qué tesoro habláis? ¡Explicaos pronto!
—¡Oh!... No es dinero, sino algo que puede tener para vos gran valor. Se trata de una joven.
—¿En dónde está?... ¿Por qué no se hallaba con el resto de los pasajeros?
—Voy a decírselo... Se llama Inés Ramírez y es hija del conde y la condesa Ramírez, a quienes acabáis de arrojar al agua. Su padre, gobernador de Chagrés, reinaba casi en esa ciudad. Imprudente como son todas las jovencitas, Inés se enamoró de un pasajero inferior a ella. El padre, indignado y para castigarla, me pidió que la encerrase en una cabina especial que existe detrás de mi cámara. Allí ha permanecido estrechamente vigilada, y no viendo a nadie. Eso es lo que tenía que deciros.
Y seguidamente, el capitán Hardy se arrojó de cabeza al agua.
Apenas las olas se cerraron sobre su cuerpo, los piratas se apresuraron a abrir a culatazos la puerta de la cabina secreta, descubriendo efectivamente en un rincón a una jovencita. Los cabellos sueltos cubrían su espalda y sus ojos estaban dilatados por el terror.
Manos brutales la tomaron llevándola casi a rastras hasta Sharkey.
Este la contempló largamente a la luz de un farol y luego, riéndose a carcajadas, dejó en la mejilla de la asustada joven una marca sangrienta.
—Muchacha —dijo el pirata—, así se marca al ganado de los piratas.
Y luego, volviéndose hacia sus hombres agregó:
—Que la traten con las mayores consideraciones. Echad a pique el navío después de sacar de él todo lo que sirva.
* * *
Aquella noche se bebió fuerte en la cámara de Sharkey y este tuvo por compañeros a Galloway y Stable, el cirujano que antaño tuviera la mejor clientela de Charleston y que, obligado a huir a cansa de una turbia historia con una enferma, se había refugiado en un barco pirata, donde eran apreciadísimos sus servicios. Nadie como él para coser una herida, cortar una oreja estropeada o remendar una pierna rota.
Como a Sharkey y a Galloway, las abundantes libaciones habían enrojecido su cara, trastornando un poco su cerebro.
De pronto el capitán se acercó de la joven y ordenó al stewart que la trajese inmediatamente.
Inés había comprendido ya su desgracia y su situación entre las manos de aquellos asesinos. Sin embargo, su aspecto era muy sereno cuando entró en la habitación del capitán, y su rostro no dejaba ver ningún temor, al contrario. Había en sus ojos el resplandor de las grandes esperanzas.
Sonrió a Sharkey, cuando este le pasó el brazo por la cintura, diciendo:
—¡Así me gustan las mujeres!... Has nacido para ser la digna compañera de un pirata. Ven, palomita: bebamos a tu salud y a nuestra felicidad.
—Artículo sexto —recordó el cirujano—, toda buena presa es común.
—Sí, capitán Sharkey —apoyó Galloway—. Así lo dice el artículo sexto, y queremos que se cumpla.
—¡Al que se interponga entre ella y yo —rugió el capitán— lo haré picadillo! Tranquilízate, corderita, no hay en el mundo hombre capaz de apartarte de John Sharkey. Siéntate en mis rodillas y bésame: ¡Que el diablo me lleve si ya estás enamorada de mí ahora!
La joven había bebido casi de un sorbo el vaso de vino que le ofrecía Sharkey, y sus ojos brillaban. Acarició los cabellos y la cara del pirata, y luego le besó largamente en la boca.
El cirujano miraba aquella escena, y de pronto se estremeció, poniéndose lívido.
—¡Miradle la mano, capitán Sharkey! —gritó—. ¡Miradle la mano!
El capitán, sobresaltado, miró la mano que le acariciaba. Era de una palidez cadavérica y un polvo blanquecino la cubría, semejante a la harina que cubre un pan que sale del horno. Al ver esto, Sharkey dio un grito de espanto y rechazó brutalmente a la joven. Inés contestó con un grito de triunfo y quiso precipitarse sobre el cirujano, que huyó dando alaridos. Galloway sacó el cuchillo y amenazó a la muchacha, quien permaneció inmóvil. Acudió el stewart negro y con una cuerda rodeó el cuerpo de Inés y se la llevó arrastrando hasta la cabina. Después, los tres hombres, aterrados, se miraron. Una misma palabra les quemaba los labios, pero solo Galloway se atrevió a pronunciarla.
—¡La lepra! —dijo—. ¡Esa mujer es una leprosa!
—A mí no me ha tocado. —objetó el cirujano.
—A mí tampoco —repuso Galloway.
—¡Qué tontos hemos sido! —contestó Stable—. Pero contaminados o no, no estaremos tranquilos hasta que el peligro desaparezca.
Tirado en una silla, Sharkey se limpiaba con su pañuelo rojo el polvo que había quedado en su frente.
—¿Hay alguna esperanza para mí, bandido? —preguntó al médico—. ¡Habla, si no quieres que te deshaga!
El cirujano hizo un gesto negativo.
—Capitán Sharkey —contestó—; sería cometer una mala acción si os engañase sobre este punto. La infección está ya en vos. Cuando las escamas de la lepra se posan sobre el hombre, este no se cura jamás.
Sharkey dejó caer la cabeza sobre el pecho, abrumado por el porvenir que presentía; Galloway y Stable se alejaron a paso de lobo.
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Aquella misma mañana los piratas tuvieron una reunión, y se resolvió enviar una nueva embajada al capitán. Pero cuando fueron a entrar en su cuarto, la puerta se abrió violentamente y apareció Sharkey con una pistola en cada mano.
—¡Venid, cobardes! —gritó—. ¡Martín, Galloway, apresuraos a concluir con esta ralea...!
Pero nadie le obedeció. Varios hombres se arrojaron sobre él, con riesgo de su vida, y le ligaron con fuertes cuerdas y lo ataron al palo mayor.
—Capitán Sharkey —dijo Sweetlocks—, os habéis portado muy mal con nosotros, pero todo podría ser perdonado, ya que fuisteis nuestro jefe durante muchos años, y nosotros nos comprometimos a obedeceros. Pero ahora sabemos lo que hay a bordo y que estáis envenenado hasta la médula. Si seguís en el barco, todos nos contagiaremos, así que hemos decidido dejaros a merced de las olas en una barca.
Sharkey no contestó. Su cara parecía de cera verdosa.
Cuatro marineros echaron el yole al agua, y el capitán fue bajado por medio de cuerdas hasta la embarcación, teniendo atadas las manos.
—Un momento, Sweetlocks —dijo Galloway—. ¿Y la muchacha, la vamos a dejar a bordo para qué nos envenene a todos?
—Que se vaya con el capitán —propuso Stable.
Amenazándola con las picas hicieron salir a Inés de la cabina, y la empujaron hasta la borda, tirándola al yole de golpe.
Cuando soltaron la amarra, un coro de voces burlonas se elevó del navío.
—¡Buena suerte, capitán! ¡Que Dios bendiga vuestra luna de miel!
Y El Vengador, empujado por el viento que hinchaba las velas, dejó atrás muy pronto el frágil esquife, punto perdido en la extensión solitaria de las olas.
* * *
Extracto del «Diario» de a bordo de la «Hecate», navío de cincuenta cañones de la flota de S. M., en crucero a lo largo de las costas americanas.
«26 de enero de 1721. —Como la carne salada no estaba en buenas condiciones, y cinco marineros han caído enfermos de escorbuto, he enviado hoy dos destacamentos a la punta Noroeste de Hispaniola, para, traer fruta.
»7 de la noche: Las dos canoas han vuelto trayendo fruta en abundancia y dos vacas. Woodruff, el contramaestre, declara que cerca del lugar de desembarco encontraron el cadáver de una mujer, cuyo traje denotaba a una europea de holgada posición. Al lado de ella había una gruesa piedra con la que sin duda le habían hendido el cráneo. No lejos de allí había un choza hecha de ramas que debió habitar algún ser humano, porque había en ella trozos de madera carbonizados, huesos y un trozo de tela gruesa. Se dice que el pirata Sharkey fue abandonado en eses parajes, ignorándose si se ha internado en la Hispaniola o le ha recogido algún navío.
»Si ha vuelto a hacerse a la mar, ¡Dios quiera enviarlo al alcance de nuestros cañones!»
Estaba allí hacía tres días, punto siniestro en el centro de la inmensidad de zafiro, Al Sudoeste las colinas de Hispaniola se perfilaban azuladas en el horizonte.
Las horas transcurrían y la espera se prolongaba, Sharkey pateaba de ira. Con una de esas risas de las que él solo poseía el secreto, había declarado la noche antes a su contramaestre, Ned Galloway, que haría pagar caro a la tripulación del primer barco que cayese en su poder la prueba infligida a su paciencia.
El camarote del capitán era una pieza de grandes dimensiones, adornada con infinidad de objetos magníficos. Las sedas, terciopelos y encajes se amontonaban sobre los divanes de brocado. En cada rincón había cuadros y esculturas. Todo lo que Sharkey había conseguido en cien abordajes estaba allí mezclado.
Una lámpara de cobre, suspendida del techo, vertía su luz sobre aquel caos y sobre los dos hombres que, en mangas de camisa y cartas en la mano, parecían absortos en una partida de piquet.
Ned Galloway, el contramaestre, era un evadido de Nueva Orleans, bandido de la peor especie, único vástago, corrompido, de una excelente familia de puritanos. Sus miembros robustos, su estatura gigantesca, imponían tanto como la crueldad de sus sentimientos. Barbudo hasta las sienes, tenía abundante cabellera leonada, los ojos azules, llenos de fuego, y enormes argollas de oro en las orejas. Era el ídolo de las mujeres en todos los sitios mal afamados de la costa, desde Tortuga a Maracaibo. Un bonete rojo, pantalones de terciopelo pardo atados en la rodilla con cintas de colores vivos y grandes botas, constituía la indumentaria de aquel hércules saqueador de navíos.
Muy distinto era el capitán, John Sharkey. Su rostro delgado, afeitado, tenía una palidez cadavérica y todos los soles de las Indias no habían hecho sino exagerar aquella palidez de pergamino.
Era casi calvo; solo unos mechones de color de estopa cubrían apenas la parte posterior de la cabeza. La nariz era afilada y los ojos azules bordeados de rojo, repugnantes.
Sus manos huesosas, dé largos y afilados dedos, temblando siempre como las antenas de un insecto, jugaban con los naipes y con un montón de monedas de oro que tenía ante sí. Su traje era de paño gris, muy severo en sus adornos. Pero nada importaba el traje, cuando se miraba la cara del capitán.
La partida se interrumpió bruscamente. De un violento empujón abrióse la puerta y dos hombres, Israel Martín, el segundo, y Red Foley, el que atendía el cañón, hicieron irrupción en el cuarto.
Sharkey, sobresaltado, se levantó, teniendo en cada mano una pistola.
—¿Qué significa esto? —gritó—. Ya veo que si de vez en cuando no mato a alguno de vosotros acabaréis por olvidar quién soy. ¿Acaso se entra aquí como en una posada de Wapping?
—Capitán Sharkey —respondió Martín—, palabras como esas son las que nos han hecho arder las orejas y ya estamos hartos.
—Más que hartos —agregó Red Foley—. No hay categorías en un buque pirata y todos somos iguales.
—¿Acaso he dicho alguna vez lo contrario? —protestó Sharkey.
—Nos habéis rebajado y humillado delante de toda la tripulación, y ahora no tenemos por qué defenderos contra sus iras.
Sharkey comprendió que se preparaba algo grave, pero aparentando gran serenidad dijo:
—Me extraña que dos muchachos de vuestro temple, después de haberme ayudado a vaciar tantas botellas y cortar tantas gargantas, me armen querellas por una cosa insignificante. Sé que sois hombres resueltos que os pondríais a mi lado para hacer frente al mismo diablo. ¡Vamos!... Que traiga vasos el stewart y olvidemos este malentendido.
—No es hora de beber, capitán Sharkey —repuso Martín—. Los hombres están reunidos junto al palo mayor y pueden entrar aquí de un momento a otro. Os advertimos que sus intenciones son bastante malas.
Sharkey descolgó de la pared una espada con empuñadura de cobre.
—¡Bandidos! —exclamó—. Cuando le haya quitado a uno las entrañas, tal vez los otros entren en razón.
—Son unos cuarenta, capitaneados por Sweetlocks. Si aparecéis sobre cubierta, os matarán. Aquí, al menos, podemos mantenerlos alejados con las pistolas.
Apenas Martín acababa de decir estas palabras cuando un fuerte golpe, que parecía dado con la culata de un fusil, resonó en la puerta. Esta se abrió dejando paso a un hombre alto, moreno, con una gran cicatriz en la mejilla.
Era Sweetlocks, quien dijo:
—Capitán Sharkey, vengo enviado por la tripulación.
—Te esperaba —repuso el capitán—. ¿Sabes, que por tu trabajo merecerías qué te abriese en dos?
—Es posible, capitán; pero si lo hacéis, los que me siguen sabrán cómo vengarme.
—¡Cuidado! —gritó una voz.
Sharkey levantó la mirada y vio una hilera de cabezas por la abertura de las claraboyas.
—¡Sea! —dijo ante esto el capitán—. ¿Qué es lo que queréis? Explicaos de una vez.
—La tripulación cree —arguyó Sweetlocks— que sois el demonio reencarnado y que mientras viajen en vuestra compañía no podrán hacer fortuna. Hubo una época en que diariamente apresábamos algo y teníamos el dinero a discreción, pero ahora ha transcurrido ya una semana sin que veamos ni una vela, y salvo tres miserables sicops, nada ha caído en nuestras manos desde que dejamos Las Bahamas. Luego, se sabe que matasteis a Jack Bartholomero, el carpintero, para inspirarnos respeto y terror; además se nos regatea la bebida y vos no salís de vuestra cámara, cuando es costumbre que el capitán coma y beba con su tripulación. Por todos esos motivos, se decidió hoy, en asamblea general...
Sharkey había empuñado la pistola y mala suerte hubiera corrido Sweetlocks a no ser porque un marinero novel, impresionado por la noticia que llevaba, se hubiera precipitado en el cuarto gritando:
—¡Un navío!... ¡Un navío!... ¡Y muy cerca de nosotros!
El tumulto se calmó instantáneamente y todos los hombres corrieron a sus puestos.
Un gran navío navegaba, en efecto, a corta distancia, con las velas desplegadas.
Debía venir desde muy lejos y no sospechaba los peligros del mar Caribe porque no hacía absolutamente nada para huir de El Vengador.
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Tal era su audacia, que los piratas, preparando los cañones y faroles de combate, se preguntaron si no sería un barco de guerra que caía de improviso sobre ellos.
Pero cuando comprobaron su equivocación, brotó de todos los labios un grito de alegría y en un instante, hacha en mano, entraron al abordaje.
El navío era el Portabello, que iba a las órdenes del capitán Hardy, desde Londres a Kingston, con una carga de hierro y algodón. Esto no ofrecía mayor interés, pero el cofre de a bordo contenía un millar de guineas y entre los pasajeros figuraban dos o tres ricos comerciantes de Jamaica, que volvían de Londres con los bolsillos, bien repletos.
Después que se reunió todo el botín, se llevó a los prisioneros junto a la borda y uno a uno fueron arrojados al mar. Pero antes, Sweetlocks les cortaba los tendones para que, si había algún nadador, no pudiese escapar.
Solo quedaba ya el capitán, hombre robusto, de ojos negros y cabello gris. Sharkey le saludó sonriendo, y le dijo:
—Un capitán tiene que ser cortés con otro y nadie me va a enseñar buenos modales. Os he guardado para el final, dándoos el lugar que merecen los valientes. Ahora que todo ha concluido podéis arrojaros libremente al agua.
—Así lo haré, capitán Sharkey —dijo el marino—, porque creo haber cumplido estrictamente con mi deber. Sin embargo, antes desearía deciros dos palabras.
—Si es para que me conmueva, serían perfectamente inútiles. ¡Que el diablo me lleve si os dejo con vida!
—No se trata de eso; es algo que debéis saber. No se ha descubierto aún el verdadero tesoro del navío.
—¿Cómo?... Capitán Hardy, tened cuidado. Si no os explicáis inmediatamente os haré picadillo. ¿De qué tesoro habláis? ¡Explicaos pronto!
—¡Oh!... No es dinero, sino algo que puede tener para vos gran valor. Se trata de una joven.
—¿En dónde está?... ¿Por qué no se hallaba con el resto de los pasajeros?
—Voy a decírselo... Se llama Inés Ramírez y es hija del conde y la condesa Ramírez, a quienes acabáis de arrojar al agua. Su padre, gobernador de Chagrés, reinaba casi en esa ciudad. Imprudente como son todas las jovencitas, Inés se enamoró de un pasajero inferior a ella. El padre, indignado y para castigarla, me pidió que la encerrase en una cabina especial que existe detrás de mi cámara. Allí ha permanecido estrechamente vigilada, y no viendo a nadie. Eso es lo que tenía que deciros.
Y seguidamente, el capitán Hardy se arrojó de cabeza al agua.
Apenas las olas se cerraron sobre su cuerpo, los piratas se apresuraron a abrir a culatazos la puerta de la cabina secreta, descubriendo efectivamente en un rincón a una jovencita. Los cabellos sueltos cubrían su espalda y sus ojos estaban dilatados por el terror.
Manos brutales la tomaron llevándola casi a rastras hasta Sharkey.
Este la contempló largamente a la luz de un farol y luego, riéndose a carcajadas, dejó en la mejilla de la asustada joven una marca sangrienta.
—Muchacha —dijo el pirata—, así se marca al ganado de los piratas.
Y luego, volviéndose hacia sus hombres agregó:
—Que la traten con las mayores consideraciones. Echad a pique el navío después de sacar de él todo lo que sirva.
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Aquella noche se bebió fuerte en la cámara de Sharkey y este tuvo por compañeros a Galloway y Stable, el cirujano que antaño tuviera la mejor clientela de Charleston y que, obligado a huir a cansa de una turbia historia con una enferma, se había refugiado en un barco pirata, donde eran apreciadísimos sus servicios. Nadie como él para coser una herida, cortar una oreja estropeada o remendar una pierna rota.
Como a Sharkey y a Galloway, las abundantes libaciones habían enrojecido su cara, trastornando un poco su cerebro.
De pronto el capitán se acercó de la joven y ordenó al stewart que la trajese inmediatamente.
Inés había comprendido ya su desgracia y su situación entre las manos de aquellos asesinos. Sin embargo, su aspecto era muy sereno cuando entró en la habitación del capitán, y su rostro no dejaba ver ningún temor, al contrario. Había en sus ojos el resplandor de las grandes esperanzas.
Sonrió a Sharkey, cuando este le pasó el brazo por la cintura, diciendo:
—¡Así me gustan las mujeres!... Has nacido para ser la digna compañera de un pirata. Ven, palomita: bebamos a tu salud y a nuestra felicidad.
—Artículo sexto —recordó el cirujano—, toda buena presa es común.
—Sí, capitán Sharkey —apoyó Galloway—. Así lo dice el artículo sexto, y queremos que se cumpla.
—¡Al que se interponga entre ella y yo —rugió el capitán— lo haré picadillo! Tranquilízate, corderita, no hay en el mundo hombre capaz de apartarte de John Sharkey. Siéntate en mis rodillas y bésame: ¡Que el diablo me lleve si ya estás enamorada de mí ahora!
La joven había bebido casi de un sorbo el vaso de vino que le ofrecía Sharkey, y sus ojos brillaban. Acarició los cabellos y la cara del pirata, y luego le besó largamente en la boca.
El cirujano miraba aquella escena, y de pronto se estremeció, poniéndose lívido.
—¡Miradle la mano, capitán Sharkey! —gritó—. ¡Miradle la mano!
El capitán, sobresaltado, miró la mano que le acariciaba. Era de una palidez cadavérica y un polvo blanquecino la cubría, semejante a la harina que cubre un pan que sale del horno. Al ver esto, Sharkey dio un grito de espanto y rechazó brutalmente a la joven. Inés contestó con un grito de triunfo y quiso precipitarse sobre el cirujano, que huyó dando alaridos. Galloway sacó el cuchillo y amenazó a la muchacha, quien permaneció inmóvil. Acudió el stewart negro y con una cuerda rodeó el cuerpo de Inés y se la llevó arrastrando hasta la cabina. Después, los tres hombres, aterrados, se miraron. Una misma palabra les quemaba los labios, pero solo Galloway se atrevió a pronunciarla.
—¡La lepra! —dijo—. ¡Esa mujer es una leprosa!
—A mí no me ha tocado. —objetó el cirujano.
—A mí tampoco —repuso Galloway.
—¡Qué tontos hemos sido! —contestó Stable—. Pero contaminados o no, no estaremos tranquilos hasta que el peligro desaparezca.
Tirado en una silla, Sharkey se limpiaba con su pañuelo rojo el polvo que había quedado en su frente.
—¿Hay alguna esperanza para mí, bandido? —preguntó al médico—. ¡Habla, si no quieres que te deshaga!
El cirujano hizo un gesto negativo.
—Capitán Sharkey —contestó—; sería cometer una mala acción si os engañase sobre este punto. La infección está ya en vos. Cuando las escamas de la lepra se posan sobre el hombre, este no se cura jamás.
Sharkey dejó caer la cabeza sobre el pecho, abrumado por el porvenir que presentía; Galloway y Stable se alejaron a paso de lobo.
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Aquella misma mañana los piratas tuvieron una reunión, y se resolvió enviar una nueva embajada al capitán. Pero cuando fueron a entrar en su cuarto, la puerta se abrió violentamente y apareció Sharkey con una pistola en cada mano.
—¡Venid, cobardes! —gritó—. ¡Martín, Galloway, apresuraos a concluir con esta ralea...!
Pero nadie le obedeció. Varios hombres se arrojaron sobre él, con riesgo de su vida, y le ligaron con fuertes cuerdas y lo ataron al palo mayor.
—Capitán Sharkey —dijo Sweetlocks—, os habéis portado muy mal con nosotros, pero todo podría ser perdonado, ya que fuisteis nuestro jefe durante muchos años, y nosotros nos comprometimos a obedeceros. Pero ahora sabemos lo que hay a bordo y que estáis envenenado hasta la médula. Si seguís en el barco, todos nos contagiaremos, así que hemos decidido dejaros a merced de las olas en una barca.
Sharkey no contestó. Su cara parecía de cera verdosa.
Cuatro marineros echaron el yole al agua, y el capitán fue bajado por medio de cuerdas hasta la embarcación, teniendo atadas las manos.
—Un momento, Sweetlocks —dijo Galloway—. ¿Y la muchacha, la vamos a dejar a bordo para qué nos envenene a todos?
—Que se vaya con el capitán —propuso Stable.
Amenazándola con las picas hicieron salir a Inés de la cabina, y la empujaron hasta la borda, tirándola al yole de golpe.
Cuando soltaron la amarra, un coro de voces burlonas se elevó del navío.
—¡Buena suerte, capitán! ¡Que Dios bendiga vuestra luna de miel!
Y El Vengador, empujado por el viento que hinchaba las velas, dejó atrás muy pronto el frágil esquife, punto perdido en la extensión solitaria de las olas.
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Extracto del «Diario» de a bordo de la «Hecate», navío de cincuenta cañones de la flota de S. M., en crucero a lo largo de las costas americanas.
«26 de enero de 1721. —Como la carne salada no estaba en buenas condiciones, y cinco marineros han caído enfermos de escorbuto, he enviado hoy dos destacamentos a la punta Noroeste de Hispaniola, para, traer fruta.
»7 de la noche: Las dos canoas han vuelto trayendo fruta en abundancia y dos vacas. Woodruff, el contramaestre, declara que cerca del lugar de desembarco encontraron el cadáver de una mujer, cuyo traje denotaba a una europea de holgada posición. Al lado de ella había una gruesa piedra con la que sin duda le habían hendido el cráneo. No lejos de allí había un choza hecha de ramas que debió habitar algún ser humano, porque había en ella trozos de madera carbonizados, huesos y un trozo de tela gruesa. Se dice que el pirata Sharkey fue abandonado en eses parajes, ignorándose si se ha internado en la Hispaniola o le ha recogido algún navío.
»Si ha vuelto a hacerse a la mar, ¡Dios quiera enviarlo al alcance de nuestros cañones!»