el paso de bihar (relato)
Nadie se atrevía a matar la cobra. Y el único que lo hizo era acuciado por ver de nuevo a la que amó.
Ben O’Connor no había tenido más que el tiempo suficiente para pasear por Kandy una semana, admirar sus bellos jardines y contemplar el famoso «Diente de Buda» (tan conocido por los turistas que visitan Ceilán) cuidadosamente guardado bajo una campana de plata en una torrecilla octogonal del templo, tan venerado por millones de seres y que, a fin de cuentas, solo es un trozo de marfil, de dos pulgadas de longitud por una de anchura, tallado burdamente en forma de dedo.
Otra de las cosas que más le llamaron la atención fue la exuberante flora de la isla. Sobre todo cuando se vio ante la presencia de una hermosísima palmera «taliput», la cual no florece más que una vez entre los cincuenta u ochenta años de su existencia y cuyas hojas, una vez cocidas, secas y cortadas en tiras estrechas, han servido desde hace siglos para confeccionar el papel de los célebres manuscritos «pusbola», que pueden verse en los templos budistas. Luego de aquella breve estancia había salido hacia el montañoso interior y, tras varios días de marcha, tomó posesión del bungalow perteneciente a la rica Casa Rubber Company, de Londres, explotadora de la plantación de caucho a la que iba destinado.
Por tanto, Ben O’Connor no conocía la India, aunque personalmente fuese un experto en el negocio. Su antecesor, un anciano irlandés que se retiraba a los veinte años de servicio, habíale dicho en el mismo hotel de Kandy donde le despidiera:
—Amigo Ben, cada día recibirá usted una sorpresa de los nativos. Veinte años llevaba por estos territorios y aún me quedaban muchas cosas por aprender. Eche mucha paciencia y sea transigente, ese fue siempre mi lema. Así pude vivir entre ellos en paz y buena compañía.
Y Ben, algo escéptico, había sonreído. No obstante aceptó un buen puñado de consejos y estos, unidos a su experiencia personal en otras latitudes, le daban cédula de habitabilidad en un país en el que todo tacto es poco y cuanto rodea, extraño y misterioso.
De esta forma le había sorprendido el primer mes en la plantación. Ya conocía o creía conocer, a los treinta indígenas coolies, de raza tamil, que se encontraban a sus órdenes. Había contemplado curiosamente algunos de sus ritos y costumbres, pero con ello solo había comenzado a comprender ligeramente a una raza absurda y huraña desde el punto de vista europeo.
Cansado, pues, de la dura jornada, se hallaba sentado cómodamente en la veranda del bungalow. Fumaba con placer un cigarrillo y paladeaba un buen whisky que su fiel criado, Sindra, le había servido con solícito esmero. Desde su pequeña atalaya podía contemplar un soberbio panorama. No muy lejos comenzaba la plantación, entre cuyo follaje se alzaba el campamento indígena.
Sindra, el pequeño y vivo criado hindú, que tan bien sabía preparar el curry de diez formas diferentes, se hallaba sentado en la escalinata de acceso. Todo era paz y quietud. De pronto, un gran griterío hizo dar un salto a nuestro amigo. Partía del campamento de los nativos, y hacia allí echó a correr seguido de Sindra que, creyendo se trataba de algún tigre merodeador, había entrado en el bungalow y cogido un magnífico rifle Winchester calibre .44.
Un minuto después llegó Ben a las proximidades del campamento y halló a los primeros tamiles presas de terror.
—¿Qué ocurre? —preguntó a uno de ellos.
—¡Cobra, sahib; cobra grande en el campamento! —chilló agudamente el indígena.
En dos saltos se encontró en las primeras tiendas. El campamento había sido abandonado precipitadamente, lo que le extrañó. Un rezagado salió de una de las tiendas. Ben le cogió por el cuello al pasar por su lado.
—¿Dónde está el reptil? —preguntóle airado.
—Por allí, sahib... por allí fue —balbuceó el indígena señalando vagamente hacia un lugar.
—¡Sindra! —llamó Ben—. ¡Mi rifle, pronto, aprisa...!
Pero con gran sorpresa del joven, Sindra no se hallaba a su lado como tenía por costumbre cada vez que salía con el sahib a la selva. Este proceder del fiel hindú extrañó aún más a Ben. Buscó por el campamento y, tras la lona de una tienda encontró al capataz del grupo en curiosa posición. El tamil se hallaba de rodillas, muy pálido, la cabeza entre las manos y el busto oscilante. De su boca salían pequeños hipos de terror.
—¡Cobarde! —le gritó Ben—. ¿Es que se han vuelto locos tus hombres?...
El capataz le miró de hito en hito.
—¿Dónde está la escopeta que te dio el sahib para guardar a tus hermanos; dónde la valentía de Sahndra en otras ocasiones?... ¡Por San Jorge que te haré azotar...!
Un grupo de nativos se acercó cautelosamente. Entre ellos, Sindra. Luego abrieron calle para dejar paso a un anciano. Era alto, de agradable presencia y dignamente vestido. Traía en la mano un largo cayado y en él, colgándole flácido, el cuerpo muerto de una cobra di capello (Naja tripudians), la más venenosa de su clase. Una leve herida con sus afilados colmillos era bastante para causar la muerte en breves minutos al hombre más robusto.
El viejo se acercó a Ben y lo saludó ceremoniosamente. Luego le hizo señas para que lo siguiera. Así, llevando tras ellos a los hindúes llegaron al bungalow. Ben despachó a los indígenas a requerimientos del anciano, tomó asiento en la escalera y esperó a que el viejo hablara, lo cual hacía en un claro y correcto inglés.
—Si me das tu permiso, sahib —dijo el brahmin—, quisiera contarte una pequeña historia que te ilustrará respecto a mi raza... Y te digo ilustrar sin ánimo de ofenderte ya que, por lo que vi, no debes conocerla muy a fondo...
—Tienes mi permiso, amigo —replicó Ben—. Efectivamente, poco sé y ello es debido al escaso tiempo que llevo en tu país y no a mi deseo. Antes, sin embargo, quisiera saber quién eres.
—Tú lo ves por tus ojos; solo un viejo anciano peregrino que anda sin cesar porque cierto día mató a una cobra... como esta...
Ben le dio permiso. El brahmín tomó asiento un poco distanciado, dejó el reptil en el suelo, lo miró unos instantes, y comenzó diciendo:
—Antes de nada, sahib, debes sabes que los individuos de mi raza aún creen en la reencarnación, acto que puede hacerse en la piel de una cobra... ¿Comprendes ahora?... Por eso te desobedeció tu criado y vistes el terror en el rostro de los tamiles. Yo, sahib, no creo en esa superchería; por eso la maté. Sin embargo, como antes te dije, este repulsivo animal es el culpable de mis continuos desvelos...
—¿Alguna maldición? —preguntó Ben.
—No, sahib, por amor a una mujer...
Aquello, prometía ser interesante. Así lo comprendió Ben que, contento ante la perspectiva de escuchar de labios de un viejo brahmín una singular historia, de las muchas que la fantasía de esta raza propala y convierte en tradición, dispúsose a escuchar atentamente al viejo. Encendió, pues, un cigarrillo, y esperó paciente, según las más elementales reglas orientales.
—Cuando yo era un niño, sahib —siguió el anciano—, vivía con mis padres en Bihar, muy cerca del famoso Paso de su nombre, en la provincia de Bengala. Era el autor de mis días hombre sereno, fiel cumplidor de las leyes y buen creyente. Poseía una extensa cultura, pues había estudiado con los sacerdotes y después con los hombres blancos, y por aquel entonces era vigilante en un distrito forestal. Aquella parte de Bengala, muy rica y feraz, era, como la de Punjab, explotada por el sicar5, y este tenía empleado a mi padre pagándole por su trabajo treinta rupias mensuales y el derecho a un fusil para defenderse de las fieras que, en gran número, asolaban su demarcación.
»Todas las mañanas, después de darme la lección de religión y cultura, me llevaba en su diario recorrido por el bosque cuando no era muy lejos. En ciertas ocasiones me dejaba acomodado en algún lugar y luego me recogía. Usualmente me sentaba yo en las ramas de algún árbol al acecho de las ardillas y los monos, con quienes jugaba.
»A tres millas de nuestra choza, vivía un amigo de mi padre el cual tenía dos hijos, un chico y una chica. Tantas veces pasábamos por allí, solía mi padre dejarme al cuidado de su amigo, lo que yo aprovechaba para jugar con sus hijos. El varón, llamado Krisna, era un niño cruel, poco inteligente y soberbio, por lo que no pude hacer nunca amistad con él y por poco nos peleábamos debido a la diferencia de nuestros opuestos caracteres. Ella...
El viejo quedó suspenso unos segundos, dio un suspiro y continuó:
—Ella, sahib, era una lindísima muchacha, dulce, bondadosa y espiritual. Siempre recordaré aquellos sus ojos cual dos chispas candentes y su cabello, negro como el ala del cuervo, largo y trenzado, enmarcando un rostro perfecto y bellísimo... En nuestras conversaciones de chicos, pude saber que Krisna deseaba morir pronto por el insano placer de encamar en una cobra Naja, con lo cual, decía, daría muerte a todos sus enemigos silenciosa y cruelmente, como lo hace esa serpiente de anteojos. Bela, que así se llamaba su hermana, lloraba siempre que el hermano se expresaba así y se asustaba tanto que, según me confesó, pasaba muchas noches sin dormir. Krisna, cuando esto ocurría, solía reírse diciéndole que no se asustara porque, llegado el día, no trataría de morderla a ella, sino solo a sus enemigos.
»Pues bien, regresó mi padre y volvimos a casa. Cierto día le conté el extraño proceder de Krisna. Mi padre me aclaró, como otras veces lo había hecho, que todo aquello eran supercherías de mentes estrechas y ruines. La Naja era un animal maldito, traicionero y devastador que debía morir siempre a manos del hombre para evitar sus males. “Gracias a Buda —me dijo—, hace ya muchos años no se ven por este distrito, pero si algún día la encuentras, no corras, hijo; escóndete o hazle frente. Mejor lo primero que lo último. Y siempre encomiéndate a nuestras divinidades. La Naja, hijo mío, corre más que un tigre, nada mejor que un pez y es tan astuta que siempre vence a los animales, no así al hombre, que al poseer más inteligencia, puede y debe matarla”.
Sindra llegó con un farol de aceite, lo colocó en la veranda y se retiró silenciosamente. La tarde se había convertido en las negruras de la noche. A la luz oscilante de la llama, Ben podía contemplar la faz del brahmín, el cual tenía cerrados los ojos.
—Aquellas asiduas visitas a Bela, sahib, habían despertado en mi corazón un puro amor al que ella correspondía. Y desde entonces, vivíamos el uno para el otro.
»Cierto día regresó mi padre de la próxima aldea. Había estado ausente dos días. Por mi parte no había visto a Bela durante dos semanas, pues habíamos trabajado, como ellos, en la cosecha del arroz. Al llegar mi padre, muy triste por cierto, nos dijo que Krisna, el hijo de su amigo, había muerto a causa de unas fiebres malignas... Aquella noticia, sahib, me causó una terrible impresión, pero no tanto como el día que unos campesinos que llegaron a nuestra puerta dijeron a mi padre que, al cruzar por el Paso de Bihar, habían hallado a un pahari6 muerto, mordido por una cobra. Este paso de Bihar era camino forzoso entre nuestro distrito y la aldea más próxima a la que mi padre iba a comprar vituallas y en la que se hallaba la oficina del Gobierno. La noticia cundió y se propaló con gran velocidad por el término y, naturalmente, la aldea quedó sin la visita de los paharis que la abastecían...
»Mi padre debía pasar por Bihar cada semana. Por mi parte, ante aquella seria amenaza, lejos de acobardarme, me sentía capaz de ir solo en busca de la serpiente si no recordara la posibilidad de que aquella cobra fuese el hermano de Bela, el cruel Krisna. ¿Sería cierto? me preguntaba. ¿Habría conseguido Krisna lo que se proponía?... Decidí pues, visitar a Bela y así lo hice una tarde. Como me lo temía, la gentil e ingenua Bela me confesó que aquella cobra esa, su hermano Krisna. Todos mis argumentos fueron inútiles y, sin que ello mermara nuestro mutuo cariño, volví a casa muy triste.
»—¡Ten cuidado —me había dicho con lágrimas en los ojos—, Krisna te buscará...!
»Afortunadamente pasaron algunas semanas y no volvimos a oír nada de la Naja de Bihar, como ya se le llamaba. Al parecer, según mi padre, había marchado hacia lugares más habitados. Sin embargo, una mañana llegó a nuestra choza otro grupo de paharis llenos de terror. Según dijeron, cuando pasaban por Bihar, una terrible cobra negra, horriblemente grande, se les había echado encima matando a uno de sus compañeros. De la aldea vino entonces un sahib médico, certificó que había sido una Naja la autora del hecho y, en nombre del sicar, ofreció una recompensa de cien rupias a quién la matase, única forma de salvar aquella situación y vencer la superstición de los indígenas...
»Volvió a pasar algún tiempo. Una mañana, mi padre marchó temprano hacia el Sur del distrito haciéndonos saber que llegaría al día siguiente. Aquella misma tarde del día en que marchó mi padre, mi buena madre me rogó le buscase leña, recordando haber visto un árbol muy frondoso no muy lejos de la casa, salí en su busca. De esta forma, sin darme cuenta, me acerqué al Paso sin que cruzara por mi pensamiento el terrible reptil.
»Para caminar por aquel abrupto terreno tomé un grueso palo como solía hacer mi padre. Llegué, pues, sin novedad hasta el árbol. Era un frondoso tamarindo cuyas ramas tocaban al suelo. Me subí y escogí una de ellas para cortarla cuando, no sin que se helase la sangre en mis venas, sentí muy cerca de mí un medroso siseo. Miré en torno y, como me temía, en la misma rama que pensaba cortar y sobre la cual estaba sentado a horcajadas, contemplé horrorizado la más horrible serpiente que vi en mi vida. La tremebunda cobra había subido a ella con facilidad desde tierra, cosa no usual en esta clase de reptiles. Al verme, se irguió. Paralizado por el miedo no sabía qué hacer. Lentamente, oscilando mientras abría su boca y se preparaba al ataque, la Naja me miraba fijamente con sus ojos hipnóticos.
Cabecera
»Entonces fue cuando comprendí el misterioso influjo que ejercen sobre los demás animales que ataca. Aquellos ojos, sahib, parecían humanos y, sin querer, creía ver en ellos los de Krisna que me miraban diabólicos. ¡Infeliz de mí! el palo estaba muy lejos de mi alcance. Mil disparates cruzaron por mi cabeza. Serené mis impulsos y recordé claramente las palabras de mi padre. Ellas me salvaron. Entonces tomé una única solución... Hice presión sobre la rama, que crujió perceptiblemente y, con el corazón palpitándome, di un gran salto y la desgajé, cayendo a tierra... La Naja, aprisionada unos momentos entre la urdimbre de hojas, trataba de salir de aquel caos. Me levanté rápido, cogí el palo y me arrojé sobre el animal al que vapuleé de tal forma que la maté... Me había salvado. Y no quise ver más. Ni siquiera recordé el premio de cien rupias prometido por el sicar. Sin volver la cabeza iba a emprender la retirada cuando, ante mí, como una aparición, contemplé a Bela... Estaba muy pálida. Me miró con aquellos sus ojos tan profundamente negros que jamás olvidaré y, terriblemente angustiada, me dijo:
»—¡Tú, tú lo has matado! ¡Era mi hermano y lo sabías! ¡Jamás, jamás te perdonaré...!
»Y diciendo esto, desapareció...
El anciano brahmín calló unos segundos. Se levantó pausadamente, y terminó diciendo:
—Desde entonces, sahib, ando errante en su busca. Y como hoy, siempre que puedo matar una Naja lo hago con una vaga esperanza: verla a ella otra vez alzarse a mi lado. Después, ya no me importará morir. Ya sabes, sahib, por qué esos tamiles te desobedecieron y el por qué de mi presencia en estos lugares. En mi defensa di muerte aquel día; en bien de tus hombres, quité la vida hoy. Entonces me costó mi amor; ahora me cuesta el menosprecio de esa gente...
Saludó a Ben, recogió el ofidio y desapareció lentamente por el sendero del jardín hasta perderse en la densa oscuridad de la noche.
Ben O’Connor había descubierto otro de los misterios de la India eterna.
Ben O’Connor no había tenido más que el tiempo suficiente para pasear por Kandy una semana, admirar sus bellos jardines y contemplar el famoso «Diente de Buda» (tan conocido por los turistas que visitan Ceilán) cuidadosamente guardado bajo una campana de plata en una torrecilla octogonal del templo, tan venerado por millones de seres y que, a fin de cuentas, solo es un trozo de marfil, de dos pulgadas de longitud por una de anchura, tallado burdamente en forma de dedo.
Otra de las cosas que más le llamaron la atención fue la exuberante flora de la isla. Sobre todo cuando se vio ante la presencia de una hermosísima palmera «taliput», la cual no florece más que una vez entre los cincuenta u ochenta años de su existencia y cuyas hojas, una vez cocidas, secas y cortadas en tiras estrechas, han servido desde hace siglos para confeccionar el papel de los célebres manuscritos «pusbola», que pueden verse en los templos budistas. Luego de aquella breve estancia había salido hacia el montañoso interior y, tras varios días de marcha, tomó posesión del bungalow perteneciente a la rica Casa Rubber Company, de Londres, explotadora de la plantación de caucho a la que iba destinado.
Por tanto, Ben O’Connor no conocía la India, aunque personalmente fuese un experto en el negocio. Su antecesor, un anciano irlandés que se retiraba a los veinte años de servicio, habíale dicho en el mismo hotel de Kandy donde le despidiera:
—Amigo Ben, cada día recibirá usted una sorpresa de los nativos. Veinte años llevaba por estos territorios y aún me quedaban muchas cosas por aprender. Eche mucha paciencia y sea transigente, ese fue siempre mi lema. Así pude vivir entre ellos en paz y buena compañía.
Y Ben, algo escéptico, había sonreído. No obstante aceptó un buen puñado de consejos y estos, unidos a su experiencia personal en otras latitudes, le daban cédula de habitabilidad en un país en el que todo tacto es poco y cuanto rodea, extraño y misterioso.
De esta forma le había sorprendido el primer mes en la plantación. Ya conocía o creía conocer, a los treinta indígenas coolies, de raza tamil, que se encontraban a sus órdenes. Había contemplado curiosamente algunos de sus ritos y costumbres, pero con ello solo había comenzado a comprender ligeramente a una raza absurda y huraña desde el punto de vista europeo.
Cansado, pues, de la dura jornada, se hallaba sentado cómodamente en la veranda del bungalow. Fumaba con placer un cigarrillo y paladeaba un buen whisky que su fiel criado, Sindra, le había servido con solícito esmero. Desde su pequeña atalaya podía contemplar un soberbio panorama. No muy lejos comenzaba la plantación, entre cuyo follaje se alzaba el campamento indígena.
Sindra, el pequeño y vivo criado hindú, que tan bien sabía preparar el curry de diez formas diferentes, se hallaba sentado en la escalinata de acceso. Todo era paz y quietud. De pronto, un gran griterío hizo dar un salto a nuestro amigo. Partía del campamento de los nativos, y hacia allí echó a correr seguido de Sindra que, creyendo se trataba de algún tigre merodeador, había entrado en el bungalow y cogido un magnífico rifle Winchester calibre .44.
Un minuto después llegó Ben a las proximidades del campamento y halló a los primeros tamiles presas de terror.
—¿Qué ocurre? —preguntó a uno de ellos.
—¡Cobra, sahib; cobra grande en el campamento! —chilló agudamente el indígena.
En dos saltos se encontró en las primeras tiendas. El campamento había sido abandonado precipitadamente, lo que le extrañó. Un rezagado salió de una de las tiendas. Ben le cogió por el cuello al pasar por su lado.
—¿Dónde está el reptil? —preguntóle airado.
—Por allí, sahib... por allí fue —balbuceó el indígena señalando vagamente hacia un lugar.
—¡Sindra! —llamó Ben—. ¡Mi rifle, pronto, aprisa...!
Pero con gran sorpresa del joven, Sindra no se hallaba a su lado como tenía por costumbre cada vez que salía con el sahib a la selva. Este proceder del fiel hindú extrañó aún más a Ben. Buscó por el campamento y, tras la lona de una tienda encontró al capataz del grupo en curiosa posición. El tamil se hallaba de rodillas, muy pálido, la cabeza entre las manos y el busto oscilante. De su boca salían pequeños hipos de terror.
—¡Cobarde! —le gritó Ben—. ¿Es que se han vuelto locos tus hombres?...
El capataz le miró de hito en hito.
—¿Dónde está la escopeta que te dio el sahib para guardar a tus hermanos; dónde la valentía de Sahndra en otras ocasiones?... ¡Por San Jorge que te haré azotar...!
Un grupo de nativos se acercó cautelosamente. Entre ellos, Sindra. Luego abrieron calle para dejar paso a un anciano. Era alto, de agradable presencia y dignamente vestido. Traía en la mano un largo cayado y en él, colgándole flácido, el cuerpo muerto de una cobra di capello (Naja tripudians), la más venenosa de su clase. Una leve herida con sus afilados colmillos era bastante para causar la muerte en breves minutos al hombre más robusto.
El viejo se acercó a Ben y lo saludó ceremoniosamente. Luego le hizo señas para que lo siguiera. Así, llevando tras ellos a los hindúes llegaron al bungalow. Ben despachó a los indígenas a requerimientos del anciano, tomó asiento en la escalera y esperó a que el viejo hablara, lo cual hacía en un claro y correcto inglés.
—Si me das tu permiso, sahib —dijo el brahmin—, quisiera contarte una pequeña historia que te ilustrará respecto a mi raza... Y te digo ilustrar sin ánimo de ofenderte ya que, por lo que vi, no debes conocerla muy a fondo...
—Tienes mi permiso, amigo —replicó Ben—. Efectivamente, poco sé y ello es debido al escaso tiempo que llevo en tu país y no a mi deseo. Antes, sin embargo, quisiera saber quién eres.
—Tú lo ves por tus ojos; solo un viejo anciano peregrino que anda sin cesar porque cierto día mató a una cobra... como esta...
Ben le dio permiso. El brahmín tomó asiento un poco distanciado, dejó el reptil en el suelo, lo miró unos instantes, y comenzó diciendo:
—Antes de nada, sahib, debes sabes que los individuos de mi raza aún creen en la reencarnación, acto que puede hacerse en la piel de una cobra... ¿Comprendes ahora?... Por eso te desobedeció tu criado y vistes el terror en el rostro de los tamiles. Yo, sahib, no creo en esa superchería; por eso la maté. Sin embargo, como antes te dije, este repulsivo animal es el culpable de mis continuos desvelos...
—¿Alguna maldición? —preguntó Ben.
—No, sahib, por amor a una mujer...
Aquello, prometía ser interesante. Así lo comprendió Ben que, contento ante la perspectiva de escuchar de labios de un viejo brahmín una singular historia, de las muchas que la fantasía de esta raza propala y convierte en tradición, dispúsose a escuchar atentamente al viejo. Encendió, pues, un cigarrillo, y esperó paciente, según las más elementales reglas orientales.
—Cuando yo era un niño, sahib —siguió el anciano—, vivía con mis padres en Bihar, muy cerca del famoso Paso de su nombre, en la provincia de Bengala. Era el autor de mis días hombre sereno, fiel cumplidor de las leyes y buen creyente. Poseía una extensa cultura, pues había estudiado con los sacerdotes y después con los hombres blancos, y por aquel entonces era vigilante en un distrito forestal. Aquella parte de Bengala, muy rica y feraz, era, como la de Punjab, explotada por el sicar5, y este tenía empleado a mi padre pagándole por su trabajo treinta rupias mensuales y el derecho a un fusil para defenderse de las fieras que, en gran número, asolaban su demarcación.
»Todas las mañanas, después de darme la lección de religión y cultura, me llevaba en su diario recorrido por el bosque cuando no era muy lejos. En ciertas ocasiones me dejaba acomodado en algún lugar y luego me recogía. Usualmente me sentaba yo en las ramas de algún árbol al acecho de las ardillas y los monos, con quienes jugaba.
»A tres millas de nuestra choza, vivía un amigo de mi padre el cual tenía dos hijos, un chico y una chica. Tantas veces pasábamos por allí, solía mi padre dejarme al cuidado de su amigo, lo que yo aprovechaba para jugar con sus hijos. El varón, llamado Krisna, era un niño cruel, poco inteligente y soberbio, por lo que no pude hacer nunca amistad con él y por poco nos peleábamos debido a la diferencia de nuestros opuestos caracteres. Ella...
El viejo quedó suspenso unos segundos, dio un suspiro y continuó:
—Ella, sahib, era una lindísima muchacha, dulce, bondadosa y espiritual. Siempre recordaré aquellos sus ojos cual dos chispas candentes y su cabello, negro como el ala del cuervo, largo y trenzado, enmarcando un rostro perfecto y bellísimo... En nuestras conversaciones de chicos, pude saber que Krisna deseaba morir pronto por el insano placer de encamar en una cobra Naja, con lo cual, decía, daría muerte a todos sus enemigos silenciosa y cruelmente, como lo hace esa serpiente de anteojos. Bela, que así se llamaba su hermana, lloraba siempre que el hermano se expresaba así y se asustaba tanto que, según me confesó, pasaba muchas noches sin dormir. Krisna, cuando esto ocurría, solía reírse diciéndole que no se asustara porque, llegado el día, no trataría de morderla a ella, sino solo a sus enemigos.
»Pues bien, regresó mi padre y volvimos a casa. Cierto día le conté el extraño proceder de Krisna. Mi padre me aclaró, como otras veces lo había hecho, que todo aquello eran supercherías de mentes estrechas y ruines. La Naja era un animal maldito, traicionero y devastador que debía morir siempre a manos del hombre para evitar sus males. “Gracias a Buda —me dijo—, hace ya muchos años no se ven por este distrito, pero si algún día la encuentras, no corras, hijo; escóndete o hazle frente. Mejor lo primero que lo último. Y siempre encomiéndate a nuestras divinidades. La Naja, hijo mío, corre más que un tigre, nada mejor que un pez y es tan astuta que siempre vence a los animales, no así al hombre, que al poseer más inteligencia, puede y debe matarla”.
Sindra llegó con un farol de aceite, lo colocó en la veranda y se retiró silenciosamente. La tarde se había convertido en las negruras de la noche. A la luz oscilante de la llama, Ben podía contemplar la faz del brahmín, el cual tenía cerrados los ojos.
—Aquellas asiduas visitas a Bela, sahib, habían despertado en mi corazón un puro amor al que ella correspondía. Y desde entonces, vivíamos el uno para el otro.
»Cierto día regresó mi padre de la próxima aldea. Había estado ausente dos días. Por mi parte no había visto a Bela durante dos semanas, pues habíamos trabajado, como ellos, en la cosecha del arroz. Al llegar mi padre, muy triste por cierto, nos dijo que Krisna, el hijo de su amigo, había muerto a causa de unas fiebres malignas... Aquella noticia, sahib, me causó una terrible impresión, pero no tanto como el día que unos campesinos que llegaron a nuestra puerta dijeron a mi padre que, al cruzar por el Paso de Bihar, habían hallado a un pahari6 muerto, mordido por una cobra. Este paso de Bihar era camino forzoso entre nuestro distrito y la aldea más próxima a la que mi padre iba a comprar vituallas y en la que se hallaba la oficina del Gobierno. La noticia cundió y se propaló con gran velocidad por el término y, naturalmente, la aldea quedó sin la visita de los paharis que la abastecían...
»Mi padre debía pasar por Bihar cada semana. Por mi parte, ante aquella seria amenaza, lejos de acobardarme, me sentía capaz de ir solo en busca de la serpiente si no recordara la posibilidad de que aquella cobra fuese el hermano de Bela, el cruel Krisna. ¿Sería cierto? me preguntaba. ¿Habría conseguido Krisna lo que se proponía?... Decidí pues, visitar a Bela y así lo hice una tarde. Como me lo temía, la gentil e ingenua Bela me confesó que aquella cobra esa, su hermano Krisna. Todos mis argumentos fueron inútiles y, sin que ello mermara nuestro mutuo cariño, volví a casa muy triste.
»—¡Ten cuidado —me había dicho con lágrimas en los ojos—, Krisna te buscará...!
»Afortunadamente pasaron algunas semanas y no volvimos a oír nada de la Naja de Bihar, como ya se le llamaba. Al parecer, según mi padre, había marchado hacia lugares más habitados. Sin embargo, una mañana llegó a nuestra choza otro grupo de paharis llenos de terror. Según dijeron, cuando pasaban por Bihar, una terrible cobra negra, horriblemente grande, se les había echado encima matando a uno de sus compañeros. De la aldea vino entonces un sahib médico, certificó que había sido una Naja la autora del hecho y, en nombre del sicar, ofreció una recompensa de cien rupias a quién la matase, única forma de salvar aquella situación y vencer la superstición de los indígenas...
»Volvió a pasar algún tiempo. Una mañana, mi padre marchó temprano hacia el Sur del distrito haciéndonos saber que llegaría al día siguiente. Aquella misma tarde del día en que marchó mi padre, mi buena madre me rogó le buscase leña, recordando haber visto un árbol muy frondoso no muy lejos de la casa, salí en su busca. De esta forma, sin darme cuenta, me acerqué al Paso sin que cruzara por mi pensamiento el terrible reptil.
»Para caminar por aquel abrupto terreno tomé un grueso palo como solía hacer mi padre. Llegué, pues, sin novedad hasta el árbol. Era un frondoso tamarindo cuyas ramas tocaban al suelo. Me subí y escogí una de ellas para cortarla cuando, no sin que se helase la sangre en mis venas, sentí muy cerca de mí un medroso siseo. Miré en torno y, como me temía, en la misma rama que pensaba cortar y sobre la cual estaba sentado a horcajadas, contemplé horrorizado la más horrible serpiente que vi en mi vida. La tremebunda cobra había subido a ella con facilidad desde tierra, cosa no usual en esta clase de reptiles. Al verme, se irguió. Paralizado por el miedo no sabía qué hacer. Lentamente, oscilando mientras abría su boca y se preparaba al ataque, la Naja me miraba fijamente con sus ojos hipnóticos.
Cabecera
»Entonces fue cuando comprendí el misterioso influjo que ejercen sobre los demás animales que ataca. Aquellos ojos, sahib, parecían humanos y, sin querer, creía ver en ellos los de Krisna que me miraban diabólicos. ¡Infeliz de mí! el palo estaba muy lejos de mi alcance. Mil disparates cruzaron por mi cabeza. Serené mis impulsos y recordé claramente las palabras de mi padre. Ellas me salvaron. Entonces tomé una única solución... Hice presión sobre la rama, que crujió perceptiblemente y, con el corazón palpitándome, di un gran salto y la desgajé, cayendo a tierra... La Naja, aprisionada unos momentos entre la urdimbre de hojas, trataba de salir de aquel caos. Me levanté rápido, cogí el palo y me arrojé sobre el animal al que vapuleé de tal forma que la maté... Me había salvado. Y no quise ver más. Ni siquiera recordé el premio de cien rupias prometido por el sicar. Sin volver la cabeza iba a emprender la retirada cuando, ante mí, como una aparición, contemplé a Bela... Estaba muy pálida. Me miró con aquellos sus ojos tan profundamente negros que jamás olvidaré y, terriblemente angustiada, me dijo:
»—¡Tú, tú lo has matado! ¡Era mi hermano y lo sabías! ¡Jamás, jamás te perdonaré...!
»Y diciendo esto, desapareció...
El anciano brahmín calló unos segundos. Se levantó pausadamente, y terminó diciendo:
—Desde entonces, sahib, ando errante en su busca. Y como hoy, siempre que puedo matar una Naja lo hago con una vaga esperanza: verla a ella otra vez alzarse a mi lado. Después, ya no me importará morir. Ya sabes, sahib, por qué esos tamiles te desobedecieron y el por qué de mi presencia en estos lugares. En mi defensa di muerte aquel día; en bien de tus hombres, quité la vida hoy. Entonces me costó mi amor; ahora me cuesta el menosprecio de esa gente...
Saludó a Ben, recogió el ofidio y desapareció lentamente por el sendero del jardín hasta perderse en la densa oscuridad de la noche.
Ben O’Connor había descubierto otro de los misterios de la India eterna.