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cleb botkin
el milagro de los diecisiete camellos (relato)
Cuando Alí Mohamed llegó al fin de su carrera en este mundo y pasó a los suaves brazos de las huríes celestiales, el pesar de sus tres hijos fue realmente inmenso. Pero, después de todo, un hombre muerto es un hombre muerto, y todas las lágrimas del mundo no pueden resucitarlo. En cambio, los camellos vivos son bestias tan notables y hermosas como valiosos. Por esto, si bien los hijos de Mohamed lamentaban su muerte, no por eso estaban menos impacientes de entrar en posesión de sus camellos.
Un rebaño de diecisiete camellos había dejado Alí Mohamed a sus hijos en su testamento los había dividido del modo siguiente: el mayor debía heredar la mitad del rebaño, el segundo una tercera parte de él y el tercero una novena parte.
Los tres jóvenes árabes reunieron los diecisiete camellos en el patio y empezaron la transacción.
—Muy bien —dijo el mayor—. ¿Cuántos camellos recibe cada uno de nosotros?
Empezaron a calcular y pronto cambiaron miradas de angustia. El mayor de los hermanos, dirigiéndose a los otros dos, les dijo:
—A no ser que me haya vuelto loco, la mitad de diecisiete son ocho y medio. No podemos cortar un camello en dos.
—Eso no es nada —dijo el segundo— comparado con mi problema. Porque un tercio de diecisiete son cinco y dos tercios, y es aún más difícil dividir un camello en tercios que en mitades. Probad, si podéis.
En cuanto a lo que dijo el tercero no es posible ni aun imprimirlo, porque un noveno de diecisiete camellos es, sencillamente una calamidad.
—Bien —dijo el mayor—; un medio camello no beneficiará a nadie. Lo mejor será que me deis vosotros la otra mitad, es decir, nueve camellos. Será, simplemente justo, y vosotros podréis entonces repartiros los demás.
—¿Justo?... ¿Tú llamas a eso, justo? —protestaron los otros hermanos—. Naturalmente que un medio Camello no beneficiará a nadie, pero tú tienes el mayor número. Toma, pues, tus ocho camellos y déjanos la mitad en cuestión.
—De ningún modo. Lo único que yo quiero es cumplir la voluntad de nuestro bien amado padre, que me dejó la mitad del rebaño —objetó el hermano mayor.
La discusión se fue acalorando has degenerar casi en pelea. Pero el hermano mayor, consciente de su responsabilidad como nuevo jefe de la familia, contuvo a los otros.
—No debemos pelear, hermanos —dijo severamente—. Vamos a consultar a Mullah Ibrahim, el hombre amado del Profeta. Le expondremos nuestro probema y obedeceremos su decisión.
Los dos hermanos asintieron gustosos a ello. Mullah Ibrahim era un hombre santo y justo, y la voz pública aseguraba que tenía el don de la clarividencia, además de haber hecho varios milagros en su vida.
El Mullah, después de haberles escuchado atentamente, permaneció un momento sumido en profunda reflexión. Finalmente sonrió y, acariciando su larga barba blanca, les dijo:
—Hijos míos; líbreme Alá de criticar a vuestro difunto padre. Pero, la verdad es que es imposible dividir un rebaño de diecisiete camellos en dos mitades iguales. Yo soy un hombre pobre y solo poseo un camello, pero os lo daré gustoso y así tendréis dieciocho, con lo cual no, encontraréis dificultades para seguir las instrucciones de vuestro padre.
Los jóvenes protestaron un poco; pero el anciano Mullah insistió en su dádiva.
—¿Qué importancia puede tener un camello? —les dijo—. Naturalmente, me es de gran utilidad; pero el mejor servicio que podría prestarme sería el de restaurar la paz entre mis vecinos. Así, pues, lleváoslo y no os preocupéis por mí. Alá es justo, y a su debido tiempo Él me restituirá mi camello, si tal es su voluntad.
Un poco avergonzados y profundamente agradecidos, los tres jóvenes árabes tomaron el camello de Mullah y se lo llevaron a casa. Y con él no tuvieron dificultad alguna en repartirse el rebaño de camellos de acuerdo a la voluntad de su padre.
El mayor tomó la mitad, es decir, nueve camellos; el segundo, que debía tomar un tercio, se quedó con seis, y el último a quién correspondía una novena parte, se quedó con dos.
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La alegría de los hermanos quedó sin embargo, un poco oscurecida por el remordimiento de haber aceptado el regato de un hombre pobre. Pero contentos de haber resuelto el problema a satisfacción, se dispusieron a llevárselos a sus propias casas.
De pronto el mayor se detuvo, exclamando:
—¡Que me ahorquen! —o algo equivalente a esta expresión en árabe.
Los otros dos volvieron la cabeza al oírle y vieron, con profunda extrañeza el camello del Mullah Ibrahim parado en medio del patio.
—. ¿Quién olvidó un camello? —preguntó el mayor.
—Yo tengo los dos míos —dijo el menor.
—Yo los seis que me corresponden —agregó el segundo con visible satisfacción.
—Y yo mis nueve —dijo el mayor—. Así, pues, cada uno de nosotros tiene su parte y aun sobra el camello de Mullah.
Los hermanos recontaron sus camellos, releyeron varias veces el famoso testamento. No había duda posible; cada uno de ellos tenía el número de camellos que le correspondía. El milagro era evidente.
Los tres hermanos se dirigieron a toda prisa a casa del Mullah, llevando el camello.
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Pero el viejo santo no pareció asombrarse al verlos. Se limitó a sonreír, y acariciando su larga barba blanca, les preguntó:
—Y bien, hijos míos, ¿habéis dividido el rebaño a vuestra entera satisfacción?
—Así es, ¡oh, Ibrahim! —respondieron los hermanos—. Y se ha producido un milagro. Cada uno— de nosotros tiene su justa parte y vuestro camello está de más.
—Alabemos a Alá, hijos míos —dijo Mullah Ibrahim—. Y que esta sea una lección para vosotros; pero también os dije que Alá era justo y que, por lo tanto, me lo restituiría si tal era su voluntad. Y como lo veis Él me lo ha devuelto sin que por eso disminuyera vuestra herencia. Lo cual demuestra que nunca debéis vacilar en sacrificar vuestras posesiones por el bien de vuestros vecinos.
* * *
Los admirados hermanos volvieron a su casa y relataron la maravillosa aventura a sus vecinos y amigos; los cuales, a su turno, la repitieron a sus relaciones, hasta que el mundo entero supo de la virtud y sabiduría del viejo Mullah Ibrahim del milagro que había producido en el rebaño de los diecisiete camellos.
Y la fama de Mullah Ibrahim permaneció incólume durante siglos, hasta que un matemático escéptico tomó un pedazo de papel y un lápiz y se entregó a cálculos misteriosos. Después exclamó despectivamente:
—Milagros, ¿eh?
Pero el pedazo de papel se perdió después, y así, todo aquel que dude del milagroso poder del Mullah Ibrahim se verá en el caso de hacer sus propios cálculos.