el caballero ¡chis! (relato)
Cuando yo era mosquetero, estaba un día en la ópera con algunos compañeros. Tenía precisamente delante un viejecillo que me ocultaba la mayor parte del escenario con su descomunal peluca.
Era yo entonces joven, travieso y loco. Lleno de impaciencia cometí la travesura de sacar unas tijeras y cortar al pobre anciano la parte de la peluca que me estorbaba.
Mis amigos, al ver esta operación soltaron el trapo a reír, al punto que alarmaron el teatro con sus estrepitosas carcajadas, llamando la atención de mi víctima, que con una amable sonrisa en los labios se acercó a mi oído, y me dijo:
—Espero de vos un nuevo favor.
—¿Cuál? —pregunté yo riéndome.
—Que a la salida me esperéis en la puerta. Así tendré el honor de que me cortéis el otro lado de la peluca, para que queden iguales.
Estas palabras fueron acompañadas de una risa tan sarcástica, y pronunciadas con tal entonación, que se me quitaron las ganas de reír. No creo haber dado nunca prueba de cobardía; pero la mirada del viejecillo era de tal naturaleza, que estuve muy disgustado toda la noche.
Se terminó la función. El caballero de la peluca me hizo una seña, y le seguí. Recorrimos algunas calles, y cuando llegamos a los arcos del Louvre, me dijo:
—Señor conde, he sido amigo de vuestro padre y solo quiero daros una lección que vuestra juventud y atolondramiento necesitan mucho. Es menester que el insulta en público a un antiguo militar, sepa batirse. Vamos... ¡en guardia!
No contesté una palabra. Estaba tan furioso, que me lancé sobre él como un loco. El viejecillo ni siquiera se conmovió; firma como una estatua de mármol, respondió a todos mis ataques, haciéndome saltar la espada a diez pasos.
—Tomadla otra vez, caballero —me dijo con glacial indiferencia—, y no os batáis como los saltimbanquis, sino como un caballero. Serenidad y pie firme. ¡En guardia otra vez...!
—Tenéis razón.
Entonces procuré contener mi furor, y me defendí como pude.
—¡Bien, señor conde, bien! ¡Así me gusta! —decía aquel demonio despiadado, jugando, puede decirse conmigo.
Después gritó:
—Basta por hoy. Concluyamos...
Y al decir esto me atravesó el brazo de parte a parte.
Semejante situación era horrible. Y lo peor de todo era que yo no tenía razón.
Envainó su espada, me sujetó la herida con un pañuelo, y encargó al cochero que nos condujese a los mosqueteros de la calle de Baumé, en cuya puerta se despidió de mi muy cortésmente.
Mes y medio duró la curación de mi herida.
Al cabo de este tiempo me levanté, salí de casa a los ocho días, y me dirigí hacia el café de la Regencia, es busca de mis amigos.
Entré; pero aún no había dado un paso cuando vi al viejecillo de la peluca, que poniéndose el dedo en la boca recomendándome silencio se acercó a mí, y me dijo:
—¡Chis!... ¡Chis! Seguidme, señor.
Image
No recuerdo lo que entonces pasó por mi imaginación. Tuve intenciones de aplastarle; pero me contuve, y le seguí.
Llegados a los mismos arcos de la otra vez me dijo:
—Señor conde, habéis contado nuestra aventura, y os habéis divertido un poco a mi costa. No soy enemigo de las bromas, y para que no perdáis la ocasión de reíros, añadamos un segundo capítulo a nuestra historia. Señor conde, ¡en guardia...!
—¡En guardia! —repetí, no sé si colérico o desesperado.
Nos batimos; pero era tan notable la superiodidad suya, que solo el pundonor me detenía la espada en la mano. Me desarmó, y me hirió.
Esto era por Navidad; en Carnaval me hirió por tercera vez, y en Pascua la cuarta.
El maldito viejo era mi pesadilla, mi verdugo, mí no sé qué. Creo, Dios me perdone, que llegué a tener miedo de salir a la calle, pues se me figuraba verle en todas partes.
Ya no iba al café, ni al teatro, ni siquiera al paseo, por temor de encontrarme a mi amigo «Chis», como le llamaban mis amigos.
La suerte, por fin, se compadeció de mí.
Una mañana, que estaba yo acostado a las doce del día por miedo de encontrarme al salir a mi enemigo, se abrió la puerta del gabinete y entró mi ayuda de cámara.
—Señor conde —me dijo—, un joven trae no sé qué recado del caballero «Chis».
El corazón me dio un vuelco en el pecho al oír este nombre.
—¡Un recado suyo!... —pensé—. ¿Es decir que me busca hasta en mi casa?...
—¡Señor conde, señor conde, soy yo! —dijo el mozo del café entrando—. Soy yo, que vengo a pediros albricias por la noticia que le traigo.
—¿Qué noticias?
—Que esta noche ha muerto su amigo «Chis».
—¡Alabado sea Dios!... —dije yo saltando de la cama.
—Pero ha dejado para vos esta carta.
Abrí la carta con ansiedad, y leí lo siguiente:
«Señor conde:
«Vuestro padre, un hombre muy valiente, fue mi amigo.
«Yo le prometí, cuando murió en la guerra, hacer de vos otro valiente, si tenía la dicha de encontraros.
«Os he dado varias lecciones y creo haber realizado mi promesa.
«Podéis batiros ya sin miedo con el más diestro tirador: muero contento y pensando en vos.
«El general Gramunts».
(De las Memorias del Conde de Evreux)
Era yo entonces joven, travieso y loco. Lleno de impaciencia cometí la travesura de sacar unas tijeras y cortar al pobre anciano la parte de la peluca que me estorbaba.
Mis amigos, al ver esta operación soltaron el trapo a reír, al punto que alarmaron el teatro con sus estrepitosas carcajadas, llamando la atención de mi víctima, que con una amable sonrisa en los labios se acercó a mi oído, y me dijo:
—Espero de vos un nuevo favor.
—¿Cuál? —pregunté yo riéndome.
—Que a la salida me esperéis en la puerta. Así tendré el honor de que me cortéis el otro lado de la peluca, para que queden iguales.
Estas palabras fueron acompañadas de una risa tan sarcástica, y pronunciadas con tal entonación, que se me quitaron las ganas de reír. No creo haber dado nunca prueba de cobardía; pero la mirada del viejecillo era de tal naturaleza, que estuve muy disgustado toda la noche.
Se terminó la función. El caballero de la peluca me hizo una seña, y le seguí. Recorrimos algunas calles, y cuando llegamos a los arcos del Louvre, me dijo:
—Señor conde, he sido amigo de vuestro padre y solo quiero daros una lección que vuestra juventud y atolondramiento necesitan mucho. Es menester que el insulta en público a un antiguo militar, sepa batirse. Vamos... ¡en guardia!
No contesté una palabra. Estaba tan furioso, que me lancé sobre él como un loco. El viejecillo ni siquiera se conmovió; firma como una estatua de mármol, respondió a todos mis ataques, haciéndome saltar la espada a diez pasos.
—Tomadla otra vez, caballero —me dijo con glacial indiferencia—, y no os batáis como los saltimbanquis, sino como un caballero. Serenidad y pie firme. ¡En guardia otra vez...!
—Tenéis razón.
Entonces procuré contener mi furor, y me defendí como pude.
—¡Bien, señor conde, bien! ¡Así me gusta! —decía aquel demonio despiadado, jugando, puede decirse conmigo.
Después gritó:
—Basta por hoy. Concluyamos...
Y al decir esto me atravesó el brazo de parte a parte.
Semejante situación era horrible. Y lo peor de todo era que yo no tenía razón.
Envainó su espada, me sujetó la herida con un pañuelo, y encargó al cochero que nos condujese a los mosqueteros de la calle de Baumé, en cuya puerta se despidió de mi muy cortésmente.
Mes y medio duró la curación de mi herida.
Al cabo de este tiempo me levanté, salí de casa a los ocho días, y me dirigí hacia el café de la Regencia, es busca de mis amigos.
Entré; pero aún no había dado un paso cuando vi al viejecillo de la peluca, que poniéndose el dedo en la boca recomendándome silencio se acercó a mí, y me dijo:
—¡Chis!... ¡Chis! Seguidme, señor.
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No recuerdo lo que entonces pasó por mi imaginación. Tuve intenciones de aplastarle; pero me contuve, y le seguí.
Llegados a los mismos arcos de la otra vez me dijo:
—Señor conde, habéis contado nuestra aventura, y os habéis divertido un poco a mi costa. No soy enemigo de las bromas, y para que no perdáis la ocasión de reíros, añadamos un segundo capítulo a nuestra historia. Señor conde, ¡en guardia...!
—¡En guardia! —repetí, no sé si colérico o desesperado.
Nos batimos; pero era tan notable la superiodidad suya, que solo el pundonor me detenía la espada en la mano. Me desarmó, y me hirió.
Esto era por Navidad; en Carnaval me hirió por tercera vez, y en Pascua la cuarta.
El maldito viejo era mi pesadilla, mi verdugo, mí no sé qué. Creo, Dios me perdone, que llegué a tener miedo de salir a la calle, pues se me figuraba verle en todas partes.
Ya no iba al café, ni al teatro, ni siquiera al paseo, por temor de encontrarme a mi amigo «Chis», como le llamaban mis amigos.
La suerte, por fin, se compadeció de mí.
Una mañana, que estaba yo acostado a las doce del día por miedo de encontrarme al salir a mi enemigo, se abrió la puerta del gabinete y entró mi ayuda de cámara.
—Señor conde —me dijo—, un joven trae no sé qué recado del caballero «Chis».
El corazón me dio un vuelco en el pecho al oír este nombre.
—¡Un recado suyo!... —pensé—. ¿Es decir que me busca hasta en mi casa?...
—¡Señor conde, señor conde, soy yo! —dijo el mozo del café entrando—. Soy yo, que vengo a pediros albricias por la noticia que le traigo.
—¿Qué noticias?
—Que esta noche ha muerto su amigo «Chis».
—¡Alabado sea Dios!... —dije yo saltando de la cama.
—Pero ha dejado para vos esta carta.
Abrí la carta con ansiedad, y leí lo siguiente:
«Señor conde:
«Vuestro padre, un hombre muy valiente, fue mi amigo.
«Yo le prometí, cuando murió en la guerra, hacer de vos otro valiente, si tenía la dicha de encontraros.
«Os he dado varias lecciones y creo haber realizado mi promesa.
«Podéis batiros ya sin miedo con el más diestro tirador: muero contento y pensando en vos.
«El general Gramunts».
(De las Memorias del Conde de Evreux)