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e. mediavilla
el mono perseguidor (relato)
El pasado verano, al bajar todos los días por esa serpiente con nombre de calle que conduce al puerto, impulsado por el fresco propósito de sumergirme en el agua, llamó mi atención cierta lucha que sostenían un hombre y un mono.
Conocéis, sin duda, esas pequeñas babucherías en que un marroquí se inclina sobre el cuero, tratando de sacar de un pellejo informe un zapato artístico. Aquel hombre estaba allí dentro y yo admiraba siempre la paciencia con que hundía una y otra vez el buril afilado en el cuero blando. Cómo su mano esgrimía con elegancia la curvada hoja, que cortaba igual que una navaja de afeitar. En fin, cómo manejaba sin ningún cuidado todos aquellos objetes tan afilados y punzantes.
Ni una sola vez levantó su cabeza al ser objeto de mi admiración, más bien por lo contrario, clavó su mirada con más ahínco en su trabajo e inclinó su cuello, tal vez en un mudo gesto de desprecio.
Todos estos detalles no habrían sido bastantes para llamar mi atención, si no se hubiese unido a ellos otro. ¡Era su cara! Su faz, entre simiesca y perruna, me atraía con gran fuerza cada vez que pasaba ante él. Era como si experimentase un sentimiento de placer morboso, al contemplarla. O tal vez, me inspiraba compasión. No lo sé. El caso es que en una de mis paradas ante su cuchitril, noté una escena, que aunque en un principio me pareció de suma gracia, luego comprendí, que mi risa ante ella, había sido más qué cruel.
Se trataba de un pequeño mono, que habitaba en el piso de arriba, y que con la agilidad congénita en los de su especie, se deslizaba por una cañería, hasta llegar encima precisamente de la puerta, y desde allí, dominaba a su antojo y con la superioridad de su veloz movimiento la tienda entera.
Mientras que se colgaba de su brazo, dejando flotar en el aire su desmedrado cuerpecillo, sus ojos, miraban desdé el fondo de las órbitas, con el aire inteligente del hombre que contempla su mundo. Más de una vez, sus ojos pardos se movieron inquietos, buscando algo que nunca llegó a encontrar.
Parece ser que, a las primeras intromisiones, nuestro hombre sacudió, o al menos trató de hacerlo, algún garrotazo al juguetón Simio. Conocido es el espíritu de venganza en el mono, y este, por ser furibundo tradicionalista, desde aquel día y hora persiguió incansablemente con sus mil diabluras al pobre babuchero.
La primera vez que lo advertí fue cuando, al tratar de entrar en la tienda, el mono suspendido de la puerta y fuera del alance de mi vista, me agarró del pelo, causándome gran sorpresa.
A mi grito me soltó inmediatamente, no sin que el zapatero intentase antes agarrarlo sin éxito.
—Usted perdone, señor —trató de disculparse—; ese mono no es mío. Pertenece piso de arriba y ataca a todo el barrí: mí mismo me hace enloquecer con sus continuas bromas.
En el momento en que decía esto, un puñado de basura vino a dar en la boca del perseguido hombre, que se lanzó de nuevo a la puerta, mientras que se oía un ruido de trepar y un agudo chillido de contento de maldito mono.
No pude por menos de soltar la carcajada en las propias barbas de mi hombre que me miró un tanto extrañamente.
—No es solo esto —volvió a decirme—, sino que, mire... ¡Mire todas esas pieles, que son todo mi material y todos mis bienes, cortadas y hechas pedazos por ese...! —y al soltar su interjección, vi un brillo tal de odio en sus ojos, y una fuerza en su mano al agarrar la herramienta, que sentí rápidos deseos de salir.
Tal vez, hubo miedo en mí mismo al ver cómo se animalizaban los rasgos de aquella cara ruda.
Un judío que estaba a la puerta de su negocio, diez pasos más abajo, y que había presenciado toda la escena, me contó cómo el mono observaba atentamente todo el trabajo del moro y cómo, aprovechando una salida del maestro, había entrado en el obrador y había tratado de hacerse tal vez unos zapatos, o unas botas; no se sabía a qué grado de refinación y elegancia había llegado nuestro mono. El resultado palpable de su trabajo estaba en todos aquellos montones de piel reducidos a tiras, que habían hecho asomar lágrimas a los ojos del dueño al descubrirlos. Me aseguró también el hebreo que el perjudicado había jurado tomar de él terrible venganza si es que lo llegaba a atrapar.
Le pregunté yo entonces, extrañado, cómo es que no se había quejado a su propietario, a lo que me respondió:
—Sí, ya lo ha hecho; pero los del piso juraron que no era suyo, diciendo que también se introducía misteriosamente por no sabían qué próximas terrazas. Pero yo creo —añadió el judío entonces y en tono confidencial— que ellos son los dueños, y han inventado ese cuento para evitar caer en responsabilidad de lo hecho por el mono.
Pasaron varios días, y pude contemplar más de una vez cómo el simio se ensañaba, ya con el dueño, ya con los clientes de la zapatería. Hasta que...
Todavía lo recuerdo. Era un jueves. Al acercarme al recodo próximo a los territorios del terrible bromista, noté gran cantidad de gente agrupada junto a la puerta del establecimiento.
A través de los cristales de la cerrada tienda podía verse cómo yacía el cuerpo del mono, chorreando sangre, sobre una agujereada piel blanca. Muerto, parecía aún más pequeño de lo que era en realidad. Su boca se había quedado fija en un rictus extraño. No tornaría a moverse más en burlonas muecas.
En la mano derecha, fuertemente apretada, sostenía una acerada hoja de las del oficio, que brillaba un tanto empañada en sangre, como si hubiese herido con ella al que lo mató.
Me explicaron cómo al marcharse el dueño para comer, hacía solo un instante, el simio aprovechó para introducirse por un cristal roto y empezar a hacer de las suyas. Los vecinos intentaron asustarlo, pero él, haciéndoles muecas a través de los vidrios, se dedicó con todo ahincó a imitar al maestro en su trabajo.
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Se puso el mandil. Se sentó en la silla. Tomó entre sus manos la piel blanca, e intentó incluso ponerse sus gafas que habían quedado olvidadas sobre la mesa. Pero ello fue en vano, porque enseguida se le cayeron, haciéndose añicos los cristales.
Al ver cómo esgrimía la herramienta disponiéndose a destrozar el cuero, golpearon los espectadores violentamente en la puerta, sin conseguir más que nuevas burlas por parte del mono.
Entonces, me contaron, ocurrió lo más asombroso. Algunos afirmaban que lo hizo porque estaba cansado de la vida. Un viejo rabino aseguró que la mano había sido movida por un ángel de dios en castigo a sus maldades. Hubo, en fin, quien llegó a interpretarlo como suicidio.
Yo entonces no pude menos de sonreír; pero me juraron que habían visto cómo el mono, tras afilar repetidas veces la hoja, se la dirigió al cuello, y se la hundió en la garganta, dando un rápido manotazo.
En esto llegó nuestro hombre, avisado sin duda de lo que había ocurrido en sus dominios. Me fijé en su cara, mientras se abría paso entre los curiosos. Y más que expresión de asombro, pude observar en ella un aire de triunfo.
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Quise esperar a qué se llevasen el cuerpo del simio y a que limpiasen el suelo. Solo entonces me determiné a preguntarle:
—Dígame. ¿Cómo explica usted que haya ocurrido esto? Jamás un animal ha sido capaz de matarse intencionadamente; suicidarse, como dicen por ahí. Usted, qué tan bien conocía al mono, sabrá dar otra explicación.
Me miró primero con extrañeza y después duramente. Pero al fin, aunque había irresolución en su cara, noté que algo más fuerte le impulsaba a hablar, hasta que con voz envanecida me gritó casi a la cara:
—¡Yo maté al mono...!
Pensé que el hombre desvariaba.
—Perdone, pero esa gente dice que usted no estaba en la tienda cuando este se cortó el cuello.
—Desde luego no estaba en la tienda, a pesar de lo cual lo maté. Lo maté con esto —dijo al mismo tiempo que señalaba la frente con el índice.
Pensé que tal vez me convenía retirarme ya que aún estaba a tiempo; pero el tipo aquel se interponía entre mi persona y la puerta. Le vi su cara con fulgor de triunfo, y me inspiró miedo. Conque traté de congraciarme con él.
—Sí, con esto —aseguré señalando al mismo lugar que él.
—Creían que el mono era más listo que yo, ¿verdad? Pues no. Si un mono es astuto, yo puedo serlo cien veces más. Se reían de mí porque el mono me perseguía. Ahora, que se rían del mono.
—¡Que se rían del mono! —dije yo con voz opaca.
—Pero usted que cree saberlo, tampoco sabe cómo lo hice, ¿verdad?
—No —repetí automáticamente.
—Muy sencillo. El mono me miraba desde la puerta. El mono aprendía lo que yo hacía, y me imitaba después. Entonces yo afilé mi mejor hoja. La dejé de forma que el menor roce podía hacerla cortar, y entonces, ante los ojos de él, que miraban como los de un hombre, ejecuté una maniobra más de mi trabajo: me la pasé con fuerza junto a la yugular varias veces. El mono era listo, y sabía imitarme bien. Su misma listeza le llevó a la muerte. No era lo suficientemente listo para suicidarse, pero sí lo bastante inteligente para cortarse el cuello.