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earl peirce jr.
a las doce en punto (relato)
El afanoso heredero quiso romper el convenio existente entre la familia y el viejo reloj... y pagó su delito.
En el reloj del abuelo eran las doce menos cuarto. Entre la manecilla que marcaba las horas y la que marcaba los minutos parecía haberse formado una masa sólida de sombra, que poco a poco íbase reduciendo.
Los tres personajes que se hallaban en la habitación observaron el reloj con silenciosa intensidad. El hombre tendido en la cama apenas respiraba. Se mantenía ligeramente incorporado, apoyándose en uno de sus descarnados codos, mientras sus febriles ojos miraban ansiosos la esfera. El que se hallaba de pie entre la cama y el reloj jugueteaba nervioso con su estetoscopio. En su rostro reflejábase una profunda ansiedad; su mirada tenía algo de desafiadora. El último de los tres hombres se apoyaba con su sudorosa mano en la cabecera de la cama, fumando nerviosamente un cigarrillo. Estaba pálido y desencajado, y su mirada era también desafiadora.
Durante quince minutos el silencio no fue roto por ninguna voz humana. Un par de veces el hombre del estetoscopio dirigió una rápida y furtiva mirada al enfermo, pero no habló. El viento aullaba en el exterior, y las ratas, alocadas por el huracán, corrían ruidosamente por los muros de la vieja casona. Pero todos estos ruidos resultaban débiles y eran apenas perceptibles dentro del cuarto. Solo servían para acrecentar la opresiva tensión.
De pronto, en el viejo reloj, sonaron lentamente las doce campanadas de la medianoche. Hubo un momento en que ninguno de los tres ocupantes del aposento se atrevió a respirar. Los dos que estaban de pie volviéronse hacia el que se hallaba en el lecho.
El enfermo, apartando la vista del reloj, sonrió débilmente.
—¿Lo veis? —Su voz era apenas perceptible—. La hora ha sonado. Dios me concede otro plazo. Por lo menos viviré otras doce horas.
Con un suspiro, desplomóse en la cama. Su respiración se hizo más perceptible. Pequeñas gotas de sudor brillaron en su amarillenta frente.
El hombre del estetoscopio, o sea el médico, se pasó distraídamente la mano por la blanca cabellera. Movió la cabeza; su rostro reflejaba incredulidad.
—No puedo creerlo —murmuró.
Una agria sonrisa brotó de los labios del paciente.
—¿Estoy vivo o muerto? —preguntó.
El médico sonrió casi burlón.
—Soy tan mal profeta como doctor —gruñó—. Su caso está fuera de mi alcance. Un médico más grande que yo cuida de usted, Calvert.
El interpelado asintió con la cabeza.
—Un gran médico. No fallarán doctor, hay infinitas cosas que se encuentran más allá de las leyes físicas. La fe es una de ellas.
—Entonces, ¿usted le llama fe a esto?
Calvert asintió de nuevo, siempre sonriente. Sus pálidos y azules ojos dirigieron al reloj una mirada de reverente confianza.
—Fe —repitió solemne.
El doctor también miró el viejo reloj. En los últimos días había empezado a mirarle con bastante asombro.
Las saetas marcaban las doce y dos minutos.
—Once horas y cincuenta y ocho minutos de vida aun —dijo—. ¡Qué me aspen si no creo yo también eso!
—¡Claro que lo cree! —intervino Calvert—. ¿Ha fallado alguna vez? Le aseguro, doctor, que no moriré hasta que esas saetas dejen de moverse, y, sin embargo, jamás se han detenido, excepto al llegar a las doce en punto. Uno de estos días le dejarán por mentiroso.
—Nunca. Cuando firme usted ese certificado de defunción que hace ya días lleva en el bolsillo, serán las doce en punto, no antes. Esta es la verdad. ¿No, Philip?
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El hombre apoyado en la cama, mucho más joven que los otros, habló por primera vez en veinte minutos.
—Sí, tío; eso parece.
—¡Ah! —suspiró el anciano—. El muchacho empieza a creer en el convenio de los Calvert con el Todopoderoso. No olvides jamás este reloj. Algún día prolongará tu vida como ahora está prolongando la mía.
Philip se estremeció, pero no dijo nada. Su rostro ardía y el sudor le resbalaba hasta el cuello. Dirigió una mirada de odio al viejo reloj.
El doctor estaba también examinando la extraña máquina. Pasó la mano por encima de la brillante caja de cerezo y caoba y frunció el ceño mientras observaba las enormes saetas, la blanca esfera con sus números romanos y las grandes bolas que servían de pesas. Era una reliquia de 1800; el nombre de su fabricante, que estaba dibujado en el centro de la esfera, apenas podía leerse: «Zacarías Calvert—. Boston».
—Es un receptáculo de polvo —dijo el médico, moviendo la cabeza—. Confieso, Calvert, que para ser tan rico vive usted en un chamizo infecto. Estoy convencido de que ese reloj, lo mismo que toda la casa, no ha sido debidamente limpiado desde el día que su bisabuelo lo construyó. Me gustaría examinar con el microscopio algunas partículas del polvo que hay encima de él y ver qué gérmenes contienen.
—¡Gérmenes! ¡Microscopios! —rio despectivo Calvert—. ¡Fuera de aquí y déjeme descansar! Tú también, Philip. Déjame gozar en paz de mis once horas cincuenta y cinco minutos.
El doctor guardó el estetoscopio en su maletín. Parecía mirar el instrumento con cierto desprecio.
—Desearía que cambiase de idea acerca de tener una enfermera. Necesita cuidados técnicos. Ese reloj será todo lo que usted quiera, pero una buena enfermera le ayudaría aún más a vivir—. Vaciló un momento, ya en la puerta, como si no se decidiera a abandonar a un enfermo tan grave como Calvert—. Supongo que está seguro de vivir toda la noche —gruñó con buen humor—. Bien, mejor para usted. Pero le advierto que es un tiempo prestado... un tiempo prestado...
—Por Dios; prestado por Dios —afirmó Calvert—. Ahora fuera de aquí los dos. Philip, si me he dormido, despiértame a las once y media de la mañana.
—Si se ha dormido, no; si ha caído en otro coma —dijo el doctor—. Vamos, Philip, apaga la luz y déjale en paz.
El médico saludó con un ademán y salió del cuarto. Pero Philip permaneció un momento aún en la habitación. Su mirada posóse inquieta en el pálido rostro de su tío.
—¿De veras te encuentras bien? —preguntó.
—Sí, hijo mío. ¿No ves el reloj? Solo Dios puede impedir que esas manecillas lleguen de nuevo a las doce. Y entonces ya veremos—. Y despidió a su sobrino con un leve movimiento de manos.
Philip miró al doctor cuando llegó al vestíbulo.
—Estoy fuera de mí —dijo irritado—. O el viejo está loco o esa maldita superstición es real. La semana pasada me dijo usted que no viviría ni veinticuatro horas. Sin embargo, ¡mírele! ¿Quiere explicarme usted eso?
EL doctor encogióse de hombros.
—No puedo. Está más allá de mi capacidad. Según todas las reglas médicas, su tío debiera estar ya en la tumba. No puedo comprender de dónde saca el vigor que le sostiene. Es algo que se acerca a la magia.
—¡No creerá usted en esa fantasía del reloj!
—¡Ejem! ¿Qué puedo hacer? Padece una trombosis. Deberíamos haberle enterrado hace varias semanas. ¿Qué puede mantenerle vivo sino su fe en el reloj?
—Yo no soy médico y por tanto ignoro la verdadera gravedad de mi tío; pero no puedo tragarme esa paparrucha del convenio de los Calvert con el Todopoderoso.
—¡Un convenio con el diablo! —gruñó el doctor—. Es una vergüenza que un hombre crea en cosas así. Encasquetóse el sombrero y dirigióse a la puerta.
—De todas maneras mejor será para él. Que Dios realice sus milagros como quiera: Y no te burles, muchacho. Algún día ese reloj será tuyo.
Philip rio desagradablemente.
—Cuando herede ese reloj lo tiro al primer cubo de basura que encuentre. Me ataca los nervios.
—Di si heredas. A este paso tu tío nos entierra a los dos.
Y riendo maliciosamente el doctor abrió la puerta y se desvaneció entre la lluvia.
Philip quedóse pensativo en el vestíbulo. Las últimas palabras del médico sonaban inquietantes en sus oídos. Sería muy propio de su tío sobrevivirle y robarle la herencia.
—De todo tiene la culpa ese maldito reloj. ¡Si pudiera creer esa superstición...!
Interrumpió sus reflexiones. Entró en el saloncito y abrió el armario de los licores. Tomaría una copita de whisky bourbon. Sería la cuarta noche que su tío escapaba a la muerte.
Arriba el reloj marcaba con lentitud los minutos y Calvert reposaba tranquilo a su sombra, como si fuese la de algún ser benéfico.
Cuando el médico regresó al día siguiente, unos momentos antes de mediodía, encontró a Calvert sumido en un profundo coma. El pulso del anciano era apenas perceptible; su rostro estaba pálido y seco; su respiración era un simple murmullo. Era asombroso como se agarraba a la vida.
—Es el fin, Philip —dijo el médico después de un rápido examen—. Ningún corazón humano podría resistir esto. Su pulso es el más débil que he escuchado—. Extendió los brazos de Calvert contra el cuerpo y los cubrió con las ropas de la cama—. Me temo que sea cuestión de minutos, acaso de segundos.
El alivio que se reflejó en el rostro de Philip era inconfundible. Había tardado tanto en llegar aquel momento, que no quería molestarse siquiera en ocultar sus sentimientos. Dirigió una desafiadora mirada al reloj. Faltaba un minuto para las doce.
—Se acaba —susurró el médico.
Philip no se atrevió a hablar. Contuvo el aliento y su mirada saltó una y otra vez del enfermo al reloj. Morirían juntos, las dos cosas que más odiaba en el mundo. Quizá enterrase el reloj junto al cuerpo de su tío. Había una poética ironía en tal pensamiento.
El doctor se irguió. Levantó uno de los párpados de Calvert y lo dejó caer enseguida. Luego miró al sobrino y dijo:
—Su tío ha muerto, Philip.
¡Qué sencillo resultaba dicho así! Sin el menor tumulto, sin gritos, sin lágrimas, sin lucha, Philip se había convertido al fin en millonario.
Y en aquel momento, como burlándose de su alegría, el reloj dio las doce.
Philip echóse hacia atrás. Abrió la boca como si fuera a decir algo, pero tardó varios segundos en dominar la palabra, fin dijo:
—¡Mire! ¡El reloj sigue marchando!
El médico también se volvió. Experimentaba una vaga impresión de frío que le recorría todo el cuerpo mientras veía avanzar lentamente la saeta de los minutos. Sin darse cuenta volvió la vista hacia el enfermo, que parecía realmente muerto. Pero es difícil afirmar esto antes de que llegue el rigor mortis. A toda prisa aplicó el estetoscopio al corazón de Calvert.
—¡Dios Santo! —exclamó—. ¡Su corazón late!
Philip se agarró a la cama.
—Pero... usted dijo...
—Lo habría jurado —replicó el doctor—. ¡Estaba muerto! Antes de que sonara el reloj, en su cuerpo no había un átomo de vida.
Philip y el médico cambiaron una larga mirada.
Hubo un momento de desesperado silencio. La sospecha que se forjaba en sus mentes era demasiado fantástica para ser creída. Y sin embargo...
—El convenio de los Calvert —susurró el doctor—. ¡Santo Cielo! ¡Es una locura!
Philip sentía como un nudo en la lengua. No una, sino doce veces había ocurrido aquello mismo, y la fortuna de los Calvert habíale sido arrancada de entre las manos. ¿Una locura? ¡Una maldición! Y, como burlándose de él, el viejo reloj seguía latiendo.
Una visible mejoría se observó en el rostro del viejo. Su respiración se fue haciendo más fuerte. Sus dedos se movieron; se le abrió la boca.
Al fin miró al médico.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las doce y un minuto, Calvert—. Y estrechó, tranquilizador, una de las manos del enfermo—. Ha estado durmiendo. Pero no hable. Debe conservar su energía.
—. ¡Las doce y minutos! —La voz de Calvert creció en intensidad—. ¿Lo ves, Philip, lo ves? El convenios ¡Viviré otras doce horas!
Haciendo un esfuerzo, Philip contestó con voz metálica:
—Sí, tío.
Calvert suspiró. Cerró los ojos. Sumióse de nuevo en aquel sueño que parecía la muerte. Sobre sus labios flotaba la vaga sombra de una sonrisa.
El doctor cogió a Philip del brazo y lo sacó del cuarto. Ninguno de los dos hombres habló hasta que llegaron al pie de la escalera.
—Es un verdadero milagro, Philip. Su corazón se había detenido. Y en el momento en que aquel reloj dio las...
Philip desprendióse del brazo del doctor.
—¿Cree usted esa idiotez? ¡Por Dios! ¡No sea anticuado!
—De todas maneras tendrá que reconocer que se trata de una cosa muy extraña.
—¡Tonterías! Todo lo más es una curiosa coincidencia. El reloj no tiene nada que ver con ella.
—Puede ser que no. Será mejor que esperemos a ver si se para, y entonces nos será posible hablar con más fundamento. Eso si es que llega a pararse.
El médico salió enseguida de la casa, dejando tras él sus últimas palabras.
A primeras horas de la tarde, Calvert recobró el sentido y pidió alimento. Refunfuñando, Philip pasó la orden al criado, pues él no tuvo fuerzas para preparar el caldo, ni tampoco para ver cómo lo bebía el anciano. Mientras Calvert sorbía ruidosamente el contenido de la taza, su sobrino permaneció de espaldas a la cama, con la mirada fija en los árboles del próximo parque, en aquellos momentos cubiertos de nieve. Para Philip, en la manera que su tío tenía de sorber, había algo repulsivo, que le recordaba la manera de comer de un animal.
Calvert se dejó engañar por el silencio de Philip.
—No debes preocuparte por mí, muchacho —aconsejó—. Me tendrás a tu lado mucho tiempo aun. A cada movimiento del péndulo noto que mis fuerzas y mi salud vuelven rápidamente.
El rostro de Philip fue contraído por una mueca que Calvert no vio.
—¡Ten la fe que yo tengo! —prosiguió ávidamente el anciano—. No te dejarte solo en el mundo. Pasaremos juntos muchos años, Philip.
El joven apretó rabioso los dientes. ¿Es que el maldito viejo no se daba cuenta de la verdad de sus sentimientos? Tuvo que hacer un violento esfuerzo para no gritar estas palabras.
—Ahora, muchacho, debo descansar. Llévate la bandeja... Me harás compañía esta noche, ¿verdad? Noto que las ratas están inquietas... Me molestaría estar solo en una noche como esta.
—No me apartaré de tu lado, tío.
Con el más inexpresivo de los semblantes, Philip acercóse a la cama y cogió la bandeja. Al hacerlo evitó mirar a su pariente. Y si su silencio descubría sus sentimientos, era igual; no podía evitarlo. Llevó los platos y el tazón hacia la puerta.
—¡Philip!
—¿Qué quieres, tío?
—Sube a verme, ¿quieres? A veces, inconscientemente, me destapo. La noche es muy fría.
—Lo haré. ¿No quieres nada más por ahora?
—Nada más, hijo. Gracias.
Pero no fue todo. A cada momento Calvert pulsaba el timbre. Y Philip tenía que subirle cacao, leche, tostadas, agua... El viejo estaba enormemente inquieto. No podía dormir. Empezó a sudar; hubo que cambiarle las sábanas. Sus frágiles miembros tuvieron que ser secados con toallas. Philip hizo todo esto con un rostro más frío que el hielo. No hablaba ni sonreía, por miedo a que la ira que le atenazaba estallase y redujera a fragmentos su dominio de sí mismo.
El viejo se mostraba muy agradecido.
—Eres un buen muchacho, Philip. Eres digno del apellido Calvert y del convenio de los Calvert.
Estoicamente, el joven cerró los ojos y notó que la sangre le latía en las sienes. Una fría y vibrante rabia le estremeció los nervios.
—¿Qué hora es, Philip?
Philip contestó sin mirar el reloj:
—Son las once y media.
—¿Tan tarde? Debo descansar un poco—. Calvert miró interrogador el reloj—. Cuando me despierte serán más de las doce. Ahora déjame solo. No cierres la puerta; puedo necesitar algo más. Buenas noches, hijo mío.
—Buenas noches, tío.
El anciano notó la frialdad de la voz de su sobrino. Apoyó la cabeza en la almohada y se quedó dormido.
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Philip no se marchó. Permaneció silencioso e inmóvil a los pies de la cama. Su mirada, posada sobre el durmiente, reflejaba el intenso trabajo de su cerebro. Había imaginado un plan desesperado, pero infantilmente sencillo, que hizo asomar una sonrisa a sus pálidos labios. ¿Sería eficaz? ¿Era realmente débil el corazón de su tío? Durante veinte largos minutos estuvo haciendo cálculos y al fin decidió entregarse al azar.
Poco a poco, pero con la firmeza con que el cirujano se acerca a la mesa de operaciones, Philip aproximóse al reloj. Faltaban tres minutos para las doce.
—Tío —llamó—. ¡Tío, despierta!
Sus palabras sonaron como un trueno en la habitación del enfermo. Este se estremeció en sueños.
—¡Despierta, imbécil! —gritó Philip, pegando un puntapié a la cama.
Sobresaltado, Calvert abrió los ojos y miró a su alrededor. Al ver a Philip, parpadeó asombrado.
—¿Qué... qué...?
Philip soltó la carcajada.
—¿Tienes una pesadilla, tío? ¿No? Pues bien, ahora la tendrás. ¡Mira!
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Volviéndose de espaldas, Philip se alzó de puntillas hasta tocar con las manos el reloj, abrió la puerta de cristal y, sin hacer caso del chillido de su tío, cogió las saetas y las arrancó de su sitio.
Durante un momento Calvert no pudo pronunciar ni una sola palabra. Al fin, como si la realidad de la brutal acción penetrarse en su entendimiento, exclamó:
—¡Philip! ¡Philip!
Hizo un desesperado esfuerzo por coger el brazo de su sobrino; pero sus fuerzas le fallaron; se dejó caer en la cama con un gemido de angustia.
—¡Mira, tío! —gritó Philip.
Y soltando una carcajada arrojó las dos saetas al rostro del anciano.
Fue una acción inútil. El agobiado corazón habíase ya detenido. Calvert estaba muerto. Permanecía inmóvil en la cama, contraído el rostro; los ojos, como dos bolas de cristal, parecían a punto de saltar de las órbitas.
Hubo un largo momento de silencio y al fin el reloj del abuelo dio lentamente, las doce.
* * *
Fue un ataque cardíaco, desde luego. El doctor había advertido desde mucho antes a Philip que cualquier emoción podría serle fatal a Calvert. Y así había ocurrido. No se habló para nada de que hubiera algo turbio. Philip cometió una chiquillada al estropear el reloj, pero...
Así fue como el médico enfocó el asunto. Era un caso concluido, y si tenía alguna sospecha acerca de los motivos del joven la guardó escrupulosamente para él. La muerte del viejo obedecía a una causa natural. Su sobrino había heredado los millones; esto era todo.
Unos días más tarde, el cadáver de Calvert, acompañado por sus amigos y su único pariente, fue enterrado con la debida solemnidad y respeto.
Philip se divertía a causa de los rumores que circulaban respecto al «convenio» de los Calvert. En este siglo de materialismo hay una credulidad asombrosa por lo sobrenatural. No obstante, deseaba que los rumores cesaran de una vez, y que nadie se acordase ya de ellos.
En uno de los más famosos semanarios leyó esta noticia, que le causó profundo disgusto.
«Coincidencia. La pasada semana, en Manhattan, Anthony Calvert estaba a las puertas de la muerte. El famoso millonario afirmaba que solo moriría a las doce en punto, aferrándose a la vida de una manera asombrosa hasta para los médicos, que en varias ocasiones le dieron por muerto. Por fin, en un ataque de angina de pecho, su corazón dejó de latir a las doce en punto de la noche. Su sobrino dijo escépticamente: «Una extraña coincidencia».
Varios amigos de Calvert escribieron al joven haciendo cábalas acerca de la inexplicable naturaleza de la muerte. El capellán, consejero espiritual de su tío, le escribió también, otra carta muy larga, hablando de la voluntad de Dios y de los extraños caminos que a veces toma para manifestarse. Philip sentíase irritado por tanta atención. Decidió, pues, ignorar todas esas insinuaciones supersticiosas y mirar el fallecimiento de su pariente como una cosa natural.
No era cosa fácil. Habían de firmarse numerosos documentos; era necesario hacer inventario; los abogados le molestaban todos los días; coleccionistas de arte, ansiosos de aprovecharse de la indiferencia de Philip por la Galería Calvert le abrumaban a todas horas. Todo conspiraba para recordarle la muerte del anciano.
El joven decidió renovar y modernizar la casa de la calle Setenta y Tres. Entre otras cosas que debían pasar a manos del subastador se encontraba el reloj del abuelo. Era aún una maquinaria excelente, y con nuevas saetas y un reajuste de los pesos, podría marcar la hora con bastante exactitud. Philip supuso que el dinero que obtuviera por él serviría para pagar la losa sepulcral del muerto.
Pero antes de que pudiese disponer la venta de todas aquellas antiguallas, la publicidad descendió sobre él como un alud y por ello decidió esperar un tiempo prudente antes de molestar a los amados objetos de su tío. «Parecería mejor».
Así, el reloj permaneció junto a la cama del viejo, inmóvil, sin saetas. Philip jamás se acercaba por allí. Su propio cuarto, en el primer piso, era lo bastante espacioso para amueblarlo a su gusto. En él tenía un reloj eléctrico, de cristal y cromo. Para la gente de fuera, haciendo gala de un espíritu fundamentalmente cristiano, había conservado la habitación de su tío igual que este la dejó al morir.
El doctor no volvió a visitarle. Los embalsamadores fueron pagados y felicitados, y el joven quedó dueño y señor de la casa, de los criados, de los autos, del yate y de los millones del muerto. Sin embargo, no obstante la libertad que le proporcionaba el dinero, no podía dejar de sentirse ligado a la memoria de su pariente por unos lazos que no podía romper.
De nuevo decidió deshacerse del reloj. Su estremecedora vigilancia junto al lecho vacío habíase convertido en una especie de obsesión para Philip. En cuanto lo veía creía oír la voz del muerto y ver sus ojos. Era un constante recordatorio de que, en el sentido más severo de la palabra, él había asesinado a su tío.
De súbito, una noche, el reloj cobró una asombrosa vida.
Era una semana después de los funerales. La tormenta rugía en su máxima intensidad.
Philip no podía dormir y se paseaba por la planta baja, con un cigarrillo entre los labios y un whisky con soda en la mano. En la casa reinaba el mayor silencio, solo turbado por el bramido del viento. Hacía calor. El joven sudaba. Iba paseando de habitación en habitación, preocupado por una pesadilla tenida horas antes.
Era cerca de media noche cuando oyó al mayordomo bajar la escalera. Hacía rato que sospechaba Que el hombre le estaba espiando y salió irritado al vestíbulo dispuesto a despedirle en aquel mismo instante. Pero el ceniciento y aterrado rostro del criado le hizo guardar silencio.
—¿Lo ha oído usted también, señor? —preguntó el hombre, con los ojos desorbitados—. No podía dormir y pensé que tomando un vaso de leche...
—¿Qué es lo que ha oído? —preguntó secamente Philip—. ¿Qué le ocurre? Está usted blanco como una sábana.
—Los ruidos, señor. Los ruidos en el cuarto de su tío.
—¿Ruidos? —la mano que sostenía el vaso se crispó sobre el cristal—. ¿Qué diablos está usted diciendo? —apoyó un pie en el último escalón—. No he oído nada.
El servidor tragó saliva.
—No he podido confundirme, señor. Lo he oído ya otras noches. Es como si rascasen en el suelo.
—Está bien, está bien. Vaya a tomar su leche—. Philip apartó bruscamente a un lado al mayordomo—. Yo mismo me encargaré de arreglar eso —dijo; y subió con rapidez la escalera.
Oyó el ruido antes de llegar al cuarto del anciano. Se detuvo agarrándose a la baranda. Del otro lado de la cerrada puerta llegaba el sonido que el mayordomo había escuchado. A Philip le hizo el mismo efecto de una larga uña raspando una madera. Con esta visión ante sus ojos, continuó subiendo.
Con un brusco ademán encendió la luz del pasillo. Seguramente sería alguna rama que rozaría la ventana. Una cosa completamente lógica. Llegó al cuarto, abrió la puerta y encendió la luz. Un olor denso a medicamento y a sudor humano le dio en el rostro haciéndole estremecer. Con paso firme fue hasta la ventana, descorrió las cortinas. Ninguna rama rozaba la persiana ni el muró...
Volvióse. El sonido, entonces mucho más fuerte, provenía sin duda de entre aquellas cuatro paredes. Philip trató de encontrar su fuente. La halló al fin y un sudor helado le bañó el rostro. ¡El ruido provenía de dentro del reloj!
El viejo reloj se paró la noche en que el anciano había muerto. En aquel momento no funcionaba... Pero algo trataba de escapar de dentro de su caja de caoba y cerezo.
El ruido parecía producido por un animal. Probablemente alguna rata encerrada allí, pensó Philip. La vieja casa estaba llena de ellas. El compartimiento interior del reloj podía abrirse mediante una puertecita rectangular; pero estaba cerrada y la llave se había perdido hacía años. Philip estudió la puertecita, frunciendo el ceño. Estaba encajada en la madera y resultaba muy difícil de abrir.
Trató de desclavar los clavos. El sonido interior cesó.
Philip no era supersticioso. Nada le importaba aparte de los dictados de su propio placer. Despreciaba los mitos y las fábulas. Otro hombre hubiera descubierto cierta analogía entre aquellos ruidos y unas manos que rascaran...
—Es una rata —decidió—. Y la maldita quiere comerse la maquinaria. ¡Por mí, que lo haga!
Bajó al vestíbulo, cerrando antes el cuarto. El mayordomo le miró asustado.
—¡Es una rata, idiota! —gruñó Philip—. Vuelva a su cama y deje de hacer el fantasma. Y como oiga una sola palabra acerca de que esta casa está embrujada —añadió pensativo— los despido a todos.
—Perfectamente, señor.
El mayordomo no estaba muy convencido. Hizo un esfuerzo por serenarse y subió a su habitación, en el ático.
Philip mezcló otro whisky y se sentó en una cómoda butaca para paladear cómodamente el licor. Resultó bastante difícil conseguirlo. Desde donde estaba oía perfectamente los ruidos en el aposento de su tío; el agudo e incesante rascar y morder dentro de las viejas maderas del reloj. Era algo que distraía aunque uno no quisiera. Pero sin duda, la rata se abriría camino antes de la mañana y así los ruidos terminarían al fin.
Más cuando llegó la mañana los ruidos continuaron. Y así todo el día, provocando lenta pero firmemente la ansiedad, el miedo y hasta la locura de Philips. Prosiguieron durante la noche y el otro día y se hicieron más fuertes cuando las sombras volvieron a invadir la tierra.
El joven se esforzaba para no confesarse que aquello le atacaba los nervios. Para ahogar su inquietud, bebía mucho, y su enturbiado cerebro le hacía ver visiones extrañas y horribles.
Al fin una noche hizo algo que debió haber hecho antes. Abrió la puertecita del viejo reloj y puso en libertad a la rata.
Cuando vio al roedor escapar de un salto rio nerviosamente. ¡Era una rata! ¡Claro! ¿Qué otra cosa podía ser?
Loco de alegría por el alivio que experimentaba arrodillóse junto al abierto compartimiento y encendió una cerilla para estudiar el interior del reloj. Era muy amplio. El péndulo colgaba inmóvil. Uno de los dos enormes pesos estaba a menos de treinta centímetros del suelo del mueble. El otro colgaba bastante alto y no le molestaba. Para ver mejor, apartó el péndulo y el peso.
Un olor denso, dulzón, de comida putrefacta, asaltó a Philip, cuya cabeza, bastante enturbiada por el alcohol, empezó a zumbar. La cerilla cayó de sus temblorosos dedos. El vértigo le asaltó y tuvo que cogerse al peso que tenía a su alcance.
Algo se rompió en la oscuridad. El joven apenas tuvo tiempo de levantar la vista. Oyó un silbido y al momento algo enorme y pesado chocó contra su cabeza.
Unas horas más tarde, a las doce en punto, murió en el lecho de un hospital sin haber recobrado el conocimiento. Tenía el cráneo roto y el cerebro perforado por trozos de hueso a causa del golpe que le diera uno de los pesos del reloj, cuya cuerda había sido roída casi por entero por los dientes de una rata.