Cómprame un café
Autores
edward phillips oppenheim
alianza entre ladrones (relato)
Aaron caminaba por la, para él, poco familiar Bond Street, cuando vióse, de pronto, sobrecogido por una visión. Frente a él pasó un gran automóvil y una señora de cabello blanco, apoyándose en el brazo de un lacayo, cruzó la acera seguida de una señorita envuelta en pieles, con un perrito en brazos y un gran ramo de violetas, medio oculto bajo su manguito. La actitud de Aaron Rodd no fue sólo la de un hombre sorprendido y educado, sino que, dejándose llevar de un impulso que nada tenía de discreto, se quedó mirando a la joven con los ojos dilatados y boquiabierto. Su desconcierto subió de tono al observar la suave sonrisa que flotó en los labios y pupilas de aquella mujercita.
El tiempo le parecía interminable mientras aguardaba, aunque en realidad, sólo habían transcurrido unos minutos antes de verla reaparecer. La joven dudó un instante en el umbral de la tienda, hizo un signo negativo al chófer, quien ya estaba abriendo la portezuela del vehículo, y se acercó a Aaron Rodd. Éste volvióse bruscamente y la saludó con especial cortesía. Ella lanzó una mirada a su brazo en cabestrillo y se fijó también en el grueso bastón que le ayudaba a caminar.
—Buenos días, mister Rodd —le dijo—. ¿Acaso ha sufrido un accidente?
—Sus amigos se mostraron un poco rudos —repuso.
—Me voy a enfadar con ellos —le prometió—. ¿Recibió usted el mensaje?
—Desde luego —contestó—. Estoy de acuerdo con su punto de vista.
—¿Y qué hace usted ahora en Bond Street?
—Camino en busca de mi amigo Harvey Grimm.
—¡Ah! Sí —asintió ella—. Su inteligente colaborador, el que robó el brillante, ¿verdad?
—Fue una circunstancia muy afortunada para ustedes —observó él—. Si la piedra legítima hubiera sido hallada en su poder en la Comisaría de policía, temo que su situación en este país se habría hecho un poco difícil.
—¡Oh, la, la! —rióse—. Le hubiera gustado ver la cara de mister Brodie cuando examinaron la piedra falsificada. No creo que sea muy popular entre sus compañeros. Se mostraron muy amables conmigo y mi padre.
—No obstante, yo que su hermano, me marcharía de Londres en seguida —le aconsejó él.
—¿Por qué?
Aaron Rodd lanzó una mirada a lo largo de la calle para cerciorarse de que no le escuchaban.
—Ese Brodie no es tan tonto como parece —murmuró—. Cometió un error; pero no creo que reincida.
Volvióse a reír la joven.
—Si se trata de un duelo de astucia entre Brodie y Leopoldo, creo que ganará Leopoldo.
—Exceso de confianza —comentó él.
—Cuento con muchos medios para desorientar a esa gente —repuso, guiñándole un ojo picarescamente—. ¿Conoce usted a la anciana que entró conmigo en la tienda?
—No tengo el placer —repuso—. ¿Es de la banda?
—Es una princesa de sangre real; la princesa Augusta. Si no me cree, ojee este número del Tatler y verá su fotografía, y acaso la mía. Es usted muy gracioso, mister Aaron Rodd, y aunque se portó muy mal con nosotros, me es usted simpático; de veras que sí. ¿Cuánto lograron sacar por el brillante que nos robaron?
Aaron Rodd enrojeció y le faltaron las palabras.
—No sea tonto —apresuróse ella a añadir—. Ya sabe que yo también soy una aventurera y, en cierto modo, les admiro a ustedes dos. Creo que debíamos ser buenos amigos y que nos podrían ser ustedes muy útiles. No tenemos que regañar porque se hayan llevado ustedes el botín de este pequeño negocio. ¿Qué opina de lo que le digo?
Aaron Rodd recobró el aplomo y la miró con ojos apasionados.
—Preferiría su amistad a la de cualquier persona del mundo —repuso.
Momentáneamente, fue él el triunfador y ella la que pareció un poco confusa por tan directa respuesta.
—¡Ah! —exclamó de pronto— ¡La princesa! ¡Hasta la vista!
Se alejó ligera, con un leve gesto de adiós. El chófer se descubrió mientras abría la portezuela del automóvil, a la vez que uno de los dueños del establecimiento despedía en la acera a la dama del cabello gris. La joven se volvió e hizo con la mano otro gesto de despedida, al partir el vehículo. Aaron Rodd llamó a un taxi y dirigióse hacia Milán Court.
Sus dos consocios escucharon el relato de Aaron Rodd con distinta expresión en el rostro. El poeta con simpatía, Harvey Grimm con manifiesta excitación. Estaban sentados en un extremo del gabinete y el último de los citados mandó a buscar un número del Tatler. Cuando se lo trajeron, los tres se inclinaron para observar una de las fotografías más destacadas. Ninguno dudó de la identidad de la joven que aparecía ataviada con todo el empaque de una dama de la reina.
—Esa joven —terció el poeta— se llama Enriqueta de Floge. Pretende ser una artista futurista. Asistió a unas clases que organizó el año pasado cierto pintor amigo mío, en Chelsea. ¡Qué cosas ocurren!
—Y sin duda alguna —añadió Aaron Rodd, señalando con el dedo la misma fotografía— es la joven que acompañaba esta tarde a la princesa Augusta.
—Y no es menos evidente —continuó Harvey Grimm— que es la que acudió al Adelphi, como aliada de Jeremías Sands.
—¿Y quién es ese Jeremías Sands? —preguntó el poeta con curiosidad.
—Jeremías Sands —le dijo Harvey Grimm— es el cerebro de una pequeña organización de hábiles delincuentes, que hace diez años viene desconcertando a la policía. En Estados Unidos se ha ofrecido un premio de veinticinco mil dólares por su arresto y se le reclama judicialmente en todas las capitales de Europa. Adopta un sin fin de personalidades. Es de nacionalidad belga o francesa, joven, y pasó la mayor parte de su vida en América. La única disculpa que da la policía de todo el mundo por no haberle podido capturar es que, durante cinco años, no ha hecho otra cosa que acumular su botín sin hacer gestión alguna para venderlo. Como acaso sabrá usted, la mayoría de los ladrones se dejan descubrir cuando venden el objeto de sus latrocinios. Su última hazaña en Nueva York fue el robo de las joyas de Van Hutten. Sin duda, fue uno de esos brillantes el que se perdió en el despacho de Aaron Rodd y fue uno de los agentes de Jeremías Sands quien hizo a nuestro amigo una visita en busca de las joyas.
—¿Y qué ha sido del brillante? —preguntó el poeta.
—Vivimos a su costa —contestó Harvey Grimm.
El poeta dejó escapar un suspiro de envidia.
—Pues es una vida regalada —comentó—. ¿Cuándo vamos a embarcarnos en otra aventura por el estilo?
—Las reliquias de la anterior aún nos están acosando —le recordó Harvey Grimm—. Ahí está Scotland Yard, que ha visto la piedra falsificada y sospecha de nosotros en el cambiazo. Luego, Jeremías Sands, que sabe fuimos nosotros y comienza a darse cuenta de que ya nos hemos desprendido del brillante. Finalmente, está mister Brodie, el detective amateur, que opina lo mismo, y se halla furioso porque le hemos puesto en una situación difícil con la policía. Personalmente, me siento muy interesado en lo que nos acaba de contar nuestro amigo Aaron, respecto a su conversación con la joven y no me desagrada la idea de una alianza.
—Ni a mí tampoco —asintió el poeta—. Pongámonos en seguida en contacto con ellos. Me agradaría conocer a ese Jeremías Sands.
Siguió un breve intervalo de silencio, mientras un camarero depositaba ante ellos una bandeja con combinados, que el poeta encargó sutilmente, mediante cierto lenguaje mímico con los dedos. Harvey Grimm siguió silencioso, acariciando suavemente sus inmaculados guantes de piel.
—Escuchen —dijo de pronto, luego de lanzar a su alrededor una mirada sigilosa—, voy a decirles mi impresión. Nunca atraparon a Jeremías Sands por dos razones: la primera porque ha guardado todo su botín y jamás se puso en contacto con traficantes; la segunda, porque disponía de sitios más seguros que Londres y Nueva York. En la actualidad, está como un conejo fuera de su madriguera. Europa le ha cerrado repentinamente las puertas. Ha sido arrastrado a Londres y aquí no se encuentra a sus anchas. Perdió muchos de sus agentes y para conservar su nacionalidad belga, tuvo que enrolarse en el ejército. El perfecto mecanismo de su organización debe estar desbaratado y acaso haya llegado también el momento en que habrá de verse obligado a vender parte de su tesoro. Ofrezcámosle una amistad tentadora.
Aaron Rodd frunció el ceño.
—¿Crees que va a confiarse, luego de este negocito? —preguntóle.
—Hemos de pensar en nosotros —replicó Harvey Grimm—, y tenemos que reconocer que perdimos la confianza de Paul Brodie. No sé si merece la pena tratar de recobrarla. El premio ofrecido es asunto de poca monta y creo que sería preferible oír a Jeremías Sands.
Sacó el lápiz y escribió unas líneas en una hoja de papel. Sus dos acompañantes seguían la escritura:
Si la joven de las violetas desea continuar la conversación iniciada con cierta persona, en Bond Street, esta mañana, tenga la bondad de contestar en el Telegraph del viernes.
—Me propongo —explicó Harvey Grimm— insertar este anuncio en el Telegraph de mañana, enviando un ejemplar a mister Brinnen y aguardar el resultado.
—¡Magnífico! —exclamó el poeta— Esto pone emoción en el asunto. Pero ¿por qué no enviar unas líneas con un muchacho del restaurante?
Harvey Grimm sonrió.
—Mi joven amigo —le dijo—, es usted un aventurero del viejo estilo. Permítame que le diga una cosa. Desde el momento en que Paul Brodie comunicó a Scotland Yard sus sospechas sobre nuestros amigos, todos sus movimientos y, evidentemente, su correspondencia, están finamente vigilados. Puedo garantizarle que toda carta que se dirija al capitán Leopoldo Brinnen, a mister Brinnen o a la joven, correrá el riesgo de que sea abierta.
El poeta escuchaba con grata sonrisa.
—De veras que me gusta el perfume que está desprendiendo todo esto —confesó—. Publiquemos el anuncio y si la joven sugiere una entrevista, yo me ofrezco como la persona más apta para acudir a la cita.
Dos días después, a cosa del mediodía, mister Stephen Cresswell entraba en el salón de fumar del Milán. Llevaba un ejemplar del Daily Telegraph bajo el brazo, lucía un ramito de violetas en el ojal e iba impecablemente vestido. Acercóse a la mesa ante la que estaban acomodados Harvey Grimm y Aaron Rodd, esperándole.
—Habrán visto el anuncio, ¿verdad? —exclamó—. ¡Estupendo!
—Estábamos comentándolo —asintió Harvey Grimm.
El poeta sentóse, hizo un signo al camarero, se estiró el pantalón y acomodóse a sus anchas.
—Estoy convencido de ser la persona más idónea para atender a esa señorita —anunció.
Harvey Grimm hizo un gesto de duda.
—Díganos por qué razonamiento ha llegado a esa conclusión, amigo mío —rogóle.
El poeta arreglóse la corbata. No cabía duda de que ofrecía un excelente aspecto.
—Soy modesto por temperamento —dijo—; pero es evidente que la Naturaleza se ha mostrado benévola conmigo. Por otra parte, un poeta que acaba de triunfar y cuya reputación se ha visto tan ensalzada, es natural que se vea aureolado de romanticismo. Desde el primer momento que me vea esa señorita se sentirá atraída por mí y se mostrará orgullosa de recordar que me conoce hace tiempo. Por eso me puede tratar con más confianza.
Harvey Grimm encendió un cigarrillo, mientras pareció que se contraían ligeramente las espesas cejas de Aaron Rodd.
—¿Por qué está tan seguro de que esa joven acudirá a la cita? —le preguntó.
Stephen Cresswell señaló con el dedo el anuncio que aparecía en el periódico que traía.
Café Milán. Miércoles, 1:15. Discutiremos. Bond Street.
—Eso no dice nada —observó Harvey Grimm—. Lo más lógico es pensar que ni la señorita ni nadie que se relacione con ella acuda a la cita. Probablemente, las negociaciones habrán de llevarse a cabo a través de tercera persona.
Ensombrecióse el rostro del poeta y pidió bruscamente otro combinado.
—¿Y cómo podremos identificar a tal persona? —preguntó.
—Eso es cosa de los otros —replicó Harvey Grimm—. He encargado una mesa junto a la puerta y nos sentaremos allí desde la una y cuarto, esperando la llegada de quien sea.
—¿Y si fuese la propia señorita? —observó el poeta—. Habrá de admitir usted que mi previo conocimiento con ella puede sernos de gran utilidad, ya que podrá depositar en mí alguna confianza.
—Estará usted con nosotros —le prometió Harvey Grimm—. He pedido una mesa para cinco. No acabo de comprender la razón que impulsó a nuestros amigos a escoger este lugar para la reunión; pero, por otra parte, tiene algo de genial su aparente despreocupación. Me parece que ya es hora de partir.
Dirigiéronse a pie hacia el café y se acomodaron ante una mesa contigua a la puerta.
A la una y cuarto en punto los tres sintiéronse sobrecogidos de evidente excitación.
—¡Dios santo! —murmuró Harvey Grimm.
—Deben estar locos —susurró Aaron Rodd.
—Es la propia Enriqueta de Floge —dijo en voz baja Stephen Cresswell, muy satisfecho—. Pronto se darán cuenta de las ventajas de conocerla.
Se acercó ella sonriente a la mesa, seguida de un joven que lucía uniforme de oficial del ejército belga. Los tres amigos se pusieron de pie. La joven sonrió preferentemente a Aaron Rodd.
—Creo que no conocen a mi hermano, ¿verdad? —preguntó—. Les presento al capitán Leopoldo Brinnen… Mister Aaron Rodd, mister Harvey Grimm y…
Se detuvo con la mirada fija en el poeta, mientras el militar dedicaba a los otros dos una cortés reverencia.
—Espero que no me habrá olvidado —comentó el poeta—. Me llamo Stephen Cresswell y tuve el gusto de conocerla en el estudio de Walter Donne. Jugamos juntos al badminton.
Siguió mirándole con mirada casi indiferente; pero con cierta sonrisa de descaro.
—¿Badminton…? ¿Es un juego inglés, verdad? Temo que alguien debe parecérseme mucho, porque jamás he jugado a eso.
—¿Pero no es usted la señorita de Floge? —persistió el poeta.
Hizo un leve movimiento negativo con la cabeza.
—De ningún modo —repuso—. Soy Enriqueta Brinnen. Leopoldo, te presento a mister Stephen Cresswell.
Sentáronse todos y el poeta lo hizo un poco confuso. Harvey Grimm tomó la cartulina del menú y dio unas breves instrucciones al maître. Aaron Rodd, que estaba sentado a la derecha, se inclinó ligeramente hacia la joven. En su rostro reflejábase la ansiedad.
—Perdóneme —susurró—; pero… ¿no es demasiado riesgo?
—No comprendo —repuso, con cierta vaguedad.
—Sabe perfectamente que estamos vigilados —le recordó—. Ni siquiera nos atrevimos a ponernos en comunicación directamente con usted.
—Me hacen ustedes mucha gracia, los tres —rióse—. Fíjese en su elegante amigo Stephen Cresswell, sentado ahí enfrente y sin quitarme la mirada de encima. No cree que es la primera vez que nos vemos. Y mister Harvey Grimm… Bueno, no parece persona muy nerviosa; pero creo que está un poco pálido. ¿Cómo diablos dan ustedes sus grandes golpes de mano? ¿Acaso no han aprendido todavía el primer axioma de un buen aventurero? No hay nada que aleje tanto la sospecha como el candor.
Aaron Rodd encogióse de hombros y dedicóse a atender los deseos de su acompañante. Pronto se animó la charla. Los tres amigos, aunque se habían comportado con la mayor corrección, no lograban apartar el pensamiento y la atención de la esbelta silueta de aquel joven militar que parecía preocuparse sólo de saborear el menú. Resultaba bastante difícil admitir que se hallaban sentados en uno de los más conocidos restaurantes del mundo, en compañía de aquel hombre. En algunos aspectos, era como su hermana —pensó Aaron Rodd—, aunque en su rostro brillaba a veces una ráfaga de extraña virilidad, y eran sus ojos azules más calculadores y acerados. La línea de sus labios resultaba un poco rasgada en demasía y algo prominentes sus pómulos. Cabía pensar que, a pesar de su elevada estatura, su cuerpo era de puro acero. Hablaba inglés correctamente, con algunos tipismos yankis; pero en las raras ocasiones en que se dirigía a su hermana, hacíalo en francés, con manifiesto alivio.
Hasta que llegó el instante del café, no volvióse hacia Harvey Grimm, y despejó con unas breves palabras el ambiente irreal que reinaba.
—Me parece que debíamos abordar el motivo de nuestro grato ágape —propuso.
—Encantado —asintió Harvey Grimm.
—Por una razón que ignoro —continuó el joven—, mi hermana, que tuvo ocasión de conocerles… a buen precio, confía en ustedes. Hablemos con claridad. Señores, si no me equivoco son ustedes lo que se conoce generalmente con el término de chevaliers d’industrie. ¿No es cierto?
Las mejillas de Aaron Rodd se colorearon ligeramente y hasta el cabizbajo poeta torció el ceño. Sólo Harvey Grimm asintió con un movimiento de cabeza, aparentando no haber observado el ligero tono despectivo de su interlocutor.
—En la vulgar acepción de la palabra, es así —admitió.
—Pues dense ustedes cuenta de la situación —continuó el joven—. Mi abuelo y mi hermana, a los que he vuelto a ver luego de varios años de ausencia, debido a la prisa con que tuvieron que salir de Bélgica, están casi sin un penique encima. Mis… ahorros consisten en cosa de medio millón de libras en brillantes. Todas esas piedras preciosas —añadió, sacudiendo la ceniza del cigarrillo— proceden de robos y sólo puede dárseles salida por medio irregular. Es decir, las piernas han de ser deformadas. En época normal esto ofrecería pocas dificultades; pero hoy, siendo Londres la única ciudad europea cuyas puertas tengo abiertas, me hallo en una situación difícil. Los pocos talladores de diamantes que hay en el país están muy vigilados y por esto me veo obligado a utilizar un agente. En las circunstancias a que he aludido antes, no puedo pensar en buscar a un hombre honrado y por eso estoy dispuesto a ponerme de acuerdo con personas como ustedes.
—Mi hermano sabe hablar claro, como ustedes los ingleses —susurró la joven a Aaron Rodd.
El joven encendió otro cigarrillo y contempló un momento las volutas de humo.
—Creo que es preferible hacerlo así —comentó suavemente—. Estos caballeros viven en la actualidad y, evidentemente bien, con lo que les produjo uno de mis brillantes. Por eso no deben ser muy sensibleros.
—No obstante —le interrumpió Harvey—, incidentalmente, el pequeño ardid por el que cayó esa piedra preciosa en nuestras manos, es la causa de que puedan ustedes acudir libremente a este lugar.
—Ya tengo en cuenta eso —asintió Leopoldo Brinnen—. En fin, lo importante es que contesten a esta pregunta: ¿Están dispuestos a tratar conmigo?
—Desde luego —repuso Harvey Grimm—. Yo respondo por mi cuenta; pero estoy seguro de que mis amigos no tendrán inconveniente en correr algún riesgo. Puedo añadir que soy yo probablemente la única persona en Inglaterra que puede dar salida a esas piedras preciosas, sin dejar rastro de ellas; pero antes quiero formularle a mi vez una pregunta. ¿Se da usted cuenta de su situación? Cierto detective aficionado, llamado Paul Brodie, que procede de Nueva York, tiene una sola obsesión y es la de poner la mano encima de cierta persona. Scotland Yard, aunque en la actualidad no tiene mucha confianza en Brodie, abriga las mismas intenciones respecto a la persona aludida. Vive usted aquí libremente, luce su uniforme del ejército belga; pero en estos momentos, desde que nos sentamos existen miradas fijas en nosotros; se vigila a su abuelo, a su hermana de usted y a usted mismo, desde que se levantan hasta que se acuestan. Sus habitaciones están bajo la amenaza de registros. Lo que más admiro en usted es el valor. Pero ¿no cree que en este sentido va usted demasiado lejos?
El joven oficial se retorció el bigote negro. Había escuchado atentamente las palabras de Harvey Grimm y hasta pareció asentir con un leve movimiento de cabeza.
—Sólo puedo ofrecerle una respuesta, mister Harvey Grimm —le dijo—. Todos los pasos que he dado en mi vida fueron cautamente calculados y mi situación actual ha sufrido el mismo proceso. Me encuentro más seguro de lo que usted cree y no hay que hablar más de ello. Que cuento con amigos, lo evidencia la pequeña visita que le hicieron a mister Aaron Rodd el otro día. No tengo por qué disculparme —continuó, dirigiéndose al último—. Era parte de la aventura. Cuando nos enfrentamos con la ley, como usted y yo lo hacemos, tenemos que encajar los golpes filosóficamente. No obstante, en lo sucesivo, aunque juguemos a ladrones, debemos hacerlo honorablemente.
—¡Una premisa admirable! —murmuró el poeta.
—Vamos a poner las cartas sobre la mesa, mister Grimm —continuó el capitán Brinnen—. Suponiendo que le entregue cierta cantidad de brillantes, ¿se compromete a hacerlos tallar de modo que queden inidentificables y colocarlos luego, entregándome dos partes de lo que produzcan y quedándose un tercio?
—No es la primera operación que hago en tales términos —replicó Harvey Grimm—. Acepto. Sólo resta aclarar un pequeño punto.
El capitán Brinnen esbozó una sonrisa.
—Sigo el hilo de sus pensamientos —observó—. Se va usted a referir a la misteriosa desaparición de un brillante, en el despacho de su amigo.
Harvey Grimm tosió un poquito.
—Teniendo en cuenta, como me permití observar, que tal desaparición le ha librado de muchos disgustos… —añadió Harvey Grimm.
—El asunto está acabado —le cortó Brinnen—. Si cumplen con fidelidad lo convenido, podemos adoptar… digamos, una actitud resignada en aquel asuntillo. ¿Cuándo podrá usted recibir el primer lote de brillantes?
—Cuando usted quiera —prometióle Grimm—. ¿Me los traerá usted?
La joven, que había estado escuchando atentamente, se inclinó sobre la mesa.
—Me parece que esta primera vez —terció— sería preferible que viniera usted a buscarlos o… mister Aaron Rodd.
—O yo —intervino el poeta.
La joven hizo un gesto negativo.
—Es mejor mister Aaron Rodd —decidió—. No tendrá usted miedo, ¿eh? —añadió, volviéndose hacia él, con leve sonrisa.
—¿Adónde y cuándo? —le preguntó él.
Miró ella a su hermano y luego de nuevo a su interlocutor.
—Muy pronto lo sabrá —susurró.
Poco después, el grupo se deshizo. El vestíbulo, al salir, estaba inusitadamente atestado al despedirse. Harvey Grimm sintió que alguien le apretaba el brazo.
—Una comida agradable, ¿eh?
Frunció el ceño al reconocer a Brodie que, aparentemente, estaba aguardando a un amigo. Precisamente era el encuentro que más deseaba evitar. No obstante, le saludó con su habitual buen humor.
—Por lo visto usted come tarde —le dijo.
Apenas si pareció escucharle Brodie. Mantenía los ojos fijos en el joven belga al que, con un brazo en cabestrillo, ayudaban cuidadosamente a ponerse el abrigo. De pronto, Brodie alargó el brazo, apoyó la mano en el hombro de Harvey Grimm y le apartó de los otros.
—Oiga, Harvey —susurró—. No sé qué treta están tramando; pero se va a acordar quien intente burlarse de mí.
Harvey Grimm pareció sorprendido.
—¡Pero amigo mío!… —comenzó.
—No pierda el tiempo en palabrerías —le cortó el otro— y recuerde que les tengo a ustedes en la memoria, sin olvidar a ese otro joven. Habré de esperar acaso; pero al final de todo, verá quién sale con la suya; como me llamo Paul Brodie.
Alejóse hacia la cabina del teléfono, mientras Harvey Grimm estrechaba la mano del belga.
—Mi hermana y yo le damos las gracias por su excelente almuerzo, mister Grimm —le dijo cortésmente el capitán Brinnen—, y confío que nos dará usted pronto la ocasión de corresponder a su hospitalidad.
—Venga a verme —susurró la joven al oído de Aaron Rodd—, al número 13 de Grosvenor Square, esta tarde, a las cinco.
El poeta, casi ignorado de los que se marchaban, exclamó al verles salir por la puerta:
—¿Pero qué pinto yo en esta aventura? Aaron Rodd se encarga de ir a buscar los brillantes y probablemente tomará el té con la bellísima señorita que se cambió el nombre, y usted —añadió, dirigiéndose a Harvey Grimm— se evaporará luego con las piedras preciosas, para sumirse en la casa de los tesoros y reaparecer con el dinero. ¿Pero y yo? No pinto una mona en todo esto. Como si no existiera.
—Es lamentable —asintió Harvey Grimm—; pero debe recordar que fue usted el que espontáneamente quiso incorporarse a nuestro grupito. De todos modos, puedo garantizarle que los ciclos de nuestras aventuras no acabarán con la venta de los brillantes de Jeremías Sands. Desgraciadamente, este asunto no le ofrece a usted ninguna oportunidad. Claro está que su participación monetaria será insignificante en este negocio.
—Financieramente disfruto de cierta holgura —repuso el poeta, olímpicamente—. Mis poemas se han hecho muy populares. Precisamente colaboro en la edición nocturna del Pall Mall. No se olvide de comprarlo.
La actitud de Harvey Grimm no fue muy cordial con tal proposición literaria.
—Oiga —le dijo—, me gustaría que se olvidara un poco de sus versos. Creo que puede usted sernos útil en algo. ¿Se fijó en el individuo de taimado aspecto, cara ancha y pelo peinado hacia atrás, que hablaba conmigo en el vestíbulo del Milán?
—Sí que lo recuerdo —dijo el poeta—. Por cierto que me gustaría que me presentase a sus amistades.
—Ese hombre —continuó Harvey Grimm— es Paul Brodie, un detective amateur. Se ha propuesto arrestar a Jeremías Sands y vino a Europa con tal idea. Fue él quien llevó a la Comisaría de policía al anciano y la joven, cuando los encontró en el despacho de Aaron Rodd. Trabajábamos juntos antes; pero ahora estamos separados y nos hace responsables del ridículo que sufrió con aquella detención. Me gustaría saber por qué está rondando por Milán Court.
—Me acercaré —prometióle el poeta— y trataré de trabar conversación con él.
Harvey Grimm esbozó una sonrisa de lástima.
—¡Qué ingenuo es usted, joven! —murmuró—. Su sistema de hacer cantar a un detective es maravilloso. En fin, haga lo que pueda. La propia infantilidad de ciertos métodos puede a veces conducir al éxito. Me agradaría saber dónde piensa pasar Brodie la tarde.
Cresswell sonrió de modo misterioso y se marchó. Harvey Grimm tomó del brazo a su amigo y se adentraron ambos por las callejuelas que conducían al despacho de Aaron Rodd.
—Aaron —le dijo muy serio—, si la visita de esta tarde le llegara a ocasionar, por casualidad, algún disgusto, recuerde que el silencio es oro. Usted suele rendir culto al silencio en su vida. Si le ocurriera algo, no lo olvide.
A la hora señalada, vióse conducido por un criado a una reducida estancia muy bien amueblada. Estaba en la mansión más extensa que había conocido. Mientras avanzaba por ella, oyó muchas voces humanas, risas y charlas, así como el tintineo de copas y las melodías de un violín. Evidentemente, allí estaba teniendo efecto una fiesta, ya que fuera observó hileras de automóviles.
Transcurrieron por lo menos diez minutos antes de que se abriera la puerta bruscamente y apareciese Enriqueta Brinnen. Llevaba un traje distinto al de la comida; ahora lucía un vestido gris y sombrerito con plumas negras. Traía un paquetito envuelto en papel oscuro y sellado por ambos lados. La sonrisa con que le recibió era encantadora.
—¿Le he hecho esperar? —disculpóse—. Tengo que despedirle en seguida. Créame, no soy siempre tan poco hospitalaria; pero esta tarde Madame tiene día de visita y debo ayudarla. Podría invitarle a quedarse; pero es preferible que cumpla usted su misión con presteza.
—Desde luego —repuso, recogiendo el paquetito.
—Dígame —añadió ella, con los dedos aun sobre el paquetito—. ¿Por qué estuvo usted tan triste durante la comida?
Trató de reír ligeramente; pero dudó y mostróse franco de pronto.
—Porque no acabo de acostumbrarme a esta vida que estoy iniciando —repuso.
—¡Pero si resulta tan divertida!
—Acaso es que soy un poco anticuado —suspiró—. No me siento muy satisfecho de estas aventuras delictivas.
—¿Piensa sólo en usted al decir eso?
—Si he de serle sincero, pensaba muy poco en mí. Quien me preocupa es usted.
—¿Pero por qué?
—Porque es temerario. Su hermano acaso sea el más hábil aventurero; pero está corriendo riesgos constantes. Usted no puede seguir así indefinidamente. Puede ocultarse en el Milán y ponerse el nombre que le guste; pero suplantar la identidad de alguien y presentarse como la acompañante de una princesa real, atendiendo a sus invitados y ocupando un puesto de confianza, no sé que resultado va a dar.
Echóse a reír la joven.
—Habla usted como si sólo mi hermano fuera listo —dijo—. ¿Lo dice porque soy mujer? Puedo asegurarle, amigo mío, que en muchos aspectos soy igual que él. Sus temores son exagerados. ¿Debo creer que su actual posición en la vida es totalmente nueva?
—Por completo —confesó Aaron Rodd—. Hasta hace unas pocas semanas, hasta… bueno, hasta el día en que la encontré a usted en Embankment Gardens y Harvey Grimm la engañó, una hora después, en mi despacho, yo había vivido acaso miserablemente, pero con honradez.
Volvió a reír ella.
—¡Qué ingenuo es usted! —murmuró—. Créame, no existen personas totalmente honestas. Vivimos todos a costa del prójimo, y sólo existe una cosa que es común a todos: el honor. Por honor yo entiendo fidelidad al amigo. Recuerde esto y podrá ir siempre con la cabeza tan alta como cualquier otro.
Inclinóse él y rozó sus dedos en despedida ante la puerta abierta; era un gesto de cortesía que no había ejecutado nunca hasta entonces y que en aquel momento, no obstante, le parecía perfectamente natural.
—Al menos, eso sí que podré lograrlo —prometió.
Descendió por la escalera pareciéndole sentir aun el roce de su mano, y un criado con todo el empaque del auténtico mayordomo, que atendía el vestíbulo, le acompañó hasta otro criado y de éste al portero que se encargó de buscarle un taxi. Dio al mecánico la dirección de su despacho y partieron en seguida. No obstante, a pocas yardas de la esquina de la plaza, perdió velocidad el vehículo y se detuvo junto a la acera. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que había ocurrido, abrióse la portezuela y un inspector de policía, vestido de uniforme, se sentó en el asiento vacante frente a él, mientras Paul Brodie, fumando un grueso puro, pasó a sentarse a su lado. Aaron Rodd quedóse inmóvil. Los ojos de los dos hombres estaban fijos en el paquetito de papel oscuro que no había tenido tiempo de ocultar.
—Siento tener que desviarle de su camino, mister Rodd —le dijo Brodie, con sarcasmo—; pero nos gustaría que hiciéramos juntos una breve visita a la comisaría de Marlborough Street. Mientras tanto, podría decirnos algo sobre lo que lleva en ese paquetito que guarda tan cuidadosamente.
Aaron Rodd seguía en silencio, cruzando por su mente una ráfaga de furibundas ideas; pero desvaneciéronse prestamente. Se le ocurrió la idea de arrojar el paquete por la ventanilla, riñendo con los dos sujetos para verse libre de ellos. Le resultaba ignominioso lo fácil de su captura y la evidencia de su fracaso. Pero a la vez dábase cuenta de lo inútil que serían sus esfuerzos para escapar y que con ello sólo lograría declararse culpable.
—Un cliente me ha encargado un negocio confidencial —dijo, al fin, fríamente— y no sé con qué autoridad me interrumpen ustedes en mi gestión.
Brodie asintió comprensivo.
—Una observación muy correcta, correctísima —admitió.
No hablaron más hasta que el vehículo se paró frente a la Comisaría. Brodie pagó al mecánico y Aaron Rodd, escoltado por sus dos acompañantes, cruzó el enlosado vestíbulo hasta llegar a un despachito. El comisario, que estaba escribiendo, levantó la cabeza y se le quedó mirando al verle entrar. Brodie se agachó un poco y le susurró algo al oído. El comisario asintió y volvióse hacia Aaron Rodd.
—¿Le importaría que examináramos el paquete que lleva usted? —le preguntó.
—Desde luego que no —repuso fríamente.
Brodie recogió el paquetito y lo puso sobre la mesa. El comisario rompió los sellos y levantó el broche de un estuchito de joyas. De pronto, se detuvo y frunció el ceño. Brodie estaba atónito y la imprecación que escapóse de sus labios fue perfectamente trasatlántica y contundente. Sorprendido Aaron Rodd por tal actitud, acercóse a la mesa y miró por encima de sus hombros. En el fondo del estuche apareció un alfiler con un pequeño ópalo negro, cuya cadenilla de seguridad estaba rota. El comisario se incorporó, susurró a Brodie unas palabras furibundas y volvióse hacia Aaron Rodd.
—¿Tendría usted la bondad de decirme adónde llevaba este estuche, mister Rodd? —preguntóle.
—A un joyero, para que arreglara el alfiler.
El policía depositó de nuevo la joya, sujetó el broche, ató el estuche y se lo devolvió.
—Lamentamos haberle molestado —le dijo—; pero antes de que se marche, quisiera rogarle que nos permita registrarle, para quedar totalmente satisfechos.
Aaron Rodd se encogió de hombros.
El policía examinó cuidadosamente el contenido de sus bolsillos, palpó su ropa y volvió a su sitio.
—Repito mis excusas, caballero —dijo—; pero son exigencias de nuestra profesión; ya lo comprenderá. Inspector, que vayan a buscar otro taxi para el caballero.
—Sé un poco de leyes —declaró Aaron Rodd, tratando de convencerse de que no sufría una pesadilla—; y no comprendo con qué autoridad se han permitido ustedes arrestar prácticamente a un abogado al salir de la casa de uno de sus más distinguidos clientes, y romper luego los sellos de lacre de un paquete privado para despedirme sin explicación alguna.
El inspector lanzó una mirada severa a Brodie.
—Mire, mister Rodd —confesó—, reconozco que esta lamentable situación se debe a una información falsa. No podemos hacer otra cosa que pedirle mil perdones. A pesar del error cometido, obramos por exigencias profesionales y en defensa de la ley que usted también representa. Confío, pues, en que será usted tolerante.
Aaron Rodd recogió el paquetito, se despidió fríamente de los tres policías y salió de la comisaría, dirigiéndose prestamente a su despacho, donde encontró al poeta tendido en tres sillas, junto a la ventana, con una libreta de notas en la mano y la pipa en la boca.
—¿Dónde está Harvey Grimm? —preguntó Aaron.
El poeta inmovilizó el lápiz e hizo un gesto significativo con la mano:
—Se marchó.
—¿Que se marchó? ¿Adónde?
—No tengo la menor idea —replicó indiferente—. Estuvo un par de horas en el Milán, charlando con unos amigos y observando de vez en cuando a mister Brodie. De pronto, cruzó una idea por mi mente. Necesitaba estar solo. Me acordé de su oficina y aquí me vine. Si no le importa, voy a leerle esto…
—¡Al diablo sus versos! —le interrumpió Aaron—. No comprendo como no está aquí Harvey Grimm. Tenía que esperarme.
—Cuando salí del Milán —explicó el poeta—, le pregunté al portero si había vuelto Harvey Grimm y me dijo que sí; pero que se marchó en un taxi, minutos después. Creo que entendí que se iba al campo y no volvería en varios días.
Aaron Rodd se llevó la mano a la frente. Comenzaba a insinuarse una vaga sospecha; pero en aquel preciso momento sonó el timbre telefónico. Tomó el receptor. Era la voz de Harvey Grimm.
—¿Es Aaron?
—Sí.
—¿Ocurrió algo?
—Sí.
—Muy bien. No necesitas explicarte. Volveré dentro de una semana. Adiós.
Aaron Rodd dejó el auricular sintiéndose desconcertado y, en cierto modo, humillado. Abandonó el paquetito sobre la mesa y frunció el ceño.
—¿Qué le ocurre? —le preguntó Cresswell.
—Me parece que soy un infeliz —replicó Aaron, compungido—. Cualquier chiquillo del hotel hubiera podido hacer mi trabajo.
—No se preocupe —tranquilizóle el poeta—. Hablando de otra cosa, ¿no se le ocurre una palabra para aconsonantar con seda?
De nuevo volvió a sonar el teléfono, lo que libró al poeta del riesgo de ver el tintero en sus narices.
—¿Quién es? —apresuróse a preguntar Aaron Rodd.
—Un recado para mister Aaron Rodd —replicó una voz suave—. Perdóneme… No había más remedio… El alfiler es un regalo para usted… un símbolo de paz. ¿Querría usted encargarse de que arreglen la cadena y así podrá lucirlo?
Aquello fue todo. No hubo tiempo de contestar, ya que se cortó la comunicación. Aaron Rodd dejó el receptor, encendió un cigarrillo y casi se desplomó sobre la mesa.
—Perdóneme, amigo —disculpóse de buen humor—. No puedo recordar ninguna palabra en este momento para ese verso; pero lo intentaré.