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edward phillips oppenheim
aventura junto al támesis (relato)
A la mañana siguiente, Aaron Rodd recibió con cierta sorpresa la visita de un cliente. Era Jacob Potts, un pugilista profesional retirado, cuyo aspecto delataba su condición. Al entrar, lanzó una mirada a su alrededor.
—¡Uf! —murmuró con sorna— Por lo visto los tiempos han cambiado aquí. ¿Eh? Teléfono flamante, sillas nuevas. Bueno, ¿puedo fumar un cigarro?
Aaron Rodd le ofreció tímidamente una caja de puros que ostentaban el membrete de «Cabañas Harvey Grimm». El cliente mordió el extremo de uno de los cigarros, muy satisfecho y casi con la tentación de tragárselo. No obstante, decidióse a escupir el trocito, encendió el puro y acomodándose en un sillón, se cruzó de piernas.
—¿Sabe usted algo de leyes navales? —le preguntó.
—No mucho —admitió Aaron Rodd—. Los abogados solemos especializarnos. Lo que hacemos es tener libros jurídicos y acudimos a los índices para estudiar los textos legales.
—¿Y dónde están los suyos? —preguntó mister Jacob Potts, dirigiendo una mirada a las desnudas paredes.
—No me hacen falta aquí —dijo Aaron Rodd—; puedo ir a una biblioteca jurídica y evacuar la consulta sobre cualquier materia en pocos minutos.
Mister Pott asintió.
—Esta respuesta me recuerda a usted cuando le conocí hace años —le dijo—. No ha cambiado. Una respuesta concreta a cada pregunta. «¿Sabe usted algo de leyes marítimas? —le pregunté yo—. No, —me contestó usted—; pero puedo averiguarlo.» Y estoy seguro de que es cierto. Otro en su lugar, se hubiera puesto a rebuscar media hora antes de darme una contestación; pero no me hubiese contestado así. Hablando de otra cosa, ¿sabe usted a qué me dedico?
—No —admitió Aaron Rodd—. De sus primeras conversaciones colegí que había ahorrado dinero en el boxeo y adquirió un bar próspero, y daba usted trabajo, de un modo u otro, a gente de la vecindad.
—Bueno —replicó Jacobo Potts—, dejémoslo así. —Vamos al grano. Supongamos que en el ajetreo de mis negocios hubiera hecho algo contra las leyes y pretendo largarme a un país neutral, por ejemplo a Holanda. ¿Podrían detenerme en un barco holandés y en aguas neutrales, camino de Holanda?
—Todo depende de la índole de su delito. Si vuelve usted a verme dentro de un poco, le podré ofrecer una información completa.
—Perfectamente —asintió mister Pott—. Tengo una cita en un bar de Graven Square. Hay allí un muchacho que promete mucho con los guantes de pugilista; lo descubrí la otra noche, y pienso organizar un match entre él y Canary Joe. ¿Ha visto usted boxear alguna vez a Canary Joe?
—En mi vida he visto un match de boxeo —confesó Aaron Rodd.
—¡Qué extraordinario! —exclamó mister Potts—. En fin, comprendo que su profesión no tiene nada que ver con los deportes. En cambio, la mía, hasta las cachas. Bueno, ¿le parece bien a las doce? Así podré echar un trago de cerveza y comer algo.
—Me tendrá a su disposición a esa hora —le prometió Aaron Rodd.
El tabernero se marchó y Aaron Rodd, luego de darle tiempo para que se alejase, salió a su vez y pasóse una hora en una biblioteca de asuntos jurídicos, volviendo con un libro bajo el brazo. Al llegar ante su puerta, encontróse al poeta sentado eh un peldaño de la escalera de su despacho.
—Mi buen amigo —quejóse el vate—, esa nueva costumbre de cerrar la puerta cuando se ausenta, resúltame muy desagradable.
—¿Y por qué no se espera en el club? —sugirióle Aaron Rodd—. Está a escasa distancia de aquí.
—Me resulta poco hospitalario —suspiró el otro—, y, además, he venido movido por una idea muy generosa. Escuche. Acaso a usted le parezca una nimiedad; pero he abierto una cuenta corriente en un banco.
—Ya observé que la librería estaba tan atestada como de costumbre —comentó Aaron Rodd.
—Esta misma semana —declaró el poeta solemnemente—, voy a cortar prácticamente mis relaciones con esa librería. Mi editor insiste en que mi obra debe ser distribuida de modo más regular. Así es que muy pronto los poemas de Stephen Cresswell serán vendidos en las más prestigiosas librerías. Además, trabaja un agente para colocar la edición por todas partes. Las cosas han cambiado para mí, Aaron Rodd. Precisamente ayer mismo, necesitaba en un momento dado un billete de diez libras, se lo dije al editor y cubrió mi necesidad del modo más afable que cabe. ¿Y cómo vamos de aventuras esta mañana?
—Nada de particular —replicóle—. Hemos de esperar a que vuelva Harvey Grimm. Sólo vino un cliente a visitarme, para que le asesorara en un asunto de derecho marítimo y va a volver de un momento a otro.
El poeta no pareció darse por enterado de la alusión.
—Mi presencia no le perjudicará —observó—. Acaso me tomé por otro cliente. ¿Es una persona culta?
—No —repuso Aaron Rodd—; desde luego no se trata de uno de esos que hacen cola en su librería para leer sus poemas.
—De todos modos, ya habrá oído hablar de ellos —persistió Stephen Cresswell, con cierta irritación—. Si me presenta usted, no olvide comunicarle mi profesión. Aunque ya estoy acostumbrado, no deja de producirme cierta sensación ver el efecto que produce oír mi nombre. ¡Adelante! —añadió, complacido, en réplica a una llamada a la puerta con los nudillos.
Abrióse la puerta y entró mister Jacob Pott, arrastrando tras él un perfume de cerveza, queso y pan. Con gran sorpresa de Aaron Rodd, reconoció al poeta y dejó escapar una exclamación.
—¡Pero si es mi Ulises de Wapping! —exclamó el vate, tendiéndole las manos—. ¡Qué casualidad!
Mister Jacob Potts le apretó la mano, mientras se volvía hacia el abogado.
—Uno de mis clientes —le dijo.
Aaron Rodd estaba maravillado. En cierta ocasión había hecho una visita a la taberna de Jacob Potts y no podía asociar el nombre de Stephen Cresswell con tal atmósfera.
—Seré discreto, patrón —le tranquilizó—. No se preocupe.
—Para este caballero no tengo secretos —repuso el poeta, con tono grandilocuente—. Verá, Aaron, si he de serle franco, le diré que fue este amigo y otro individuo los responsables de ciertos incidentes callejeros que me condujeron a la popularidad.
Mister Jacob Potts le contempló admirado.
—Aún se habla del asunto por Wapping. ¡Qué maravilloso fue todo! —observó.
Stephen Cresswell dirigióse hacia la puerta.
—Cuando haya terminado con el amigo —dijo, hablando a Aaron Rodd—, venga al Milán. Quiero celebrar la apertura de mi cuenta corriente con algo que huela a viandas y bebida. Au revoir! Hasta la vista, mi Goliat del río —añadió, dirigiéndose a Jacob Potts—. Recuerde que aún está vigente nuestro contrato.
Las facciones de mister Potts se contraían de modo convulso, en un ataque de hilaridad.
—¡Qué tipo tan extraordinario! —dijo, así que se hubo cerrado la puerta—. Vino a buscarme hace algún tiempo y me propuso cierto negocio que consistía en ligero pugilismo. Le hice beber de firme para que se expansionara y me moría de risa cuando me explicó su propósito. Había escrito un libro que nadie leía y deseaba buscar un procedimiento de propaganda. Todo consistía en acercarse en alguna esquina apartada a un paseante solitario y espetarle: «¿Ha leído mi libro?» «No», contestaba el otro. «Pues podrá adquirirlo por cinco chelines. Son los poemas de Stephen Cresswell y se venden en el número 22 de la calle de Manchester.» Y entonces, ¡paf!, golpetazo. Muchos londinenses solitarios adquirieron el libro en seguida y cuando se les formulaba la preguntita, respondían que sí y de este modo podían marcharse tranquilamente a tomar el té. Fue una gran idea, de veras.
—¿Y qué paso después? —preguntó Aaron, con curiosidad.
Jacob Potts acercó un poco más la silla a la mesa.
—Verá —le explicó—, tres noches después de visitarme su amigo, disponía yo de veinticinco acólitos dispuestos a formular la preguntita por cinco chelines al día… Le costó una nimiedad.
—¿Pero de dónde diablos sacó el dinero? —preguntó Aaron Rodd—. Cuando le conocimos no tenía ni un penique.
—Yo le financié —confesó Jacob Potts—. Es que la idea me subyugó. Cuando cobró, me pagó como un caballero. Ahora he tenido que dejarlo, porque andamos atareados en otras cosas, pero así que hayamos acabado, volveremos a preguntar: ¿Conoce usted los poemas de Stephen Cresswell? Y… ¡paf!
El tabernero se reclinó en su asiento y todo el cuerpo le temblaba bajo el ataque de risa.
—¡Y pensar que lo he ido a encontrar aquí! —murmuró, enjugándose las lágrimas con un pañuelo rojo—. Ya ve como también tenemos nuestras diversioncitas en la profesión. Claro que no permito nunca que vayan mis muchachos demasiado lejos y velo por su tranquilidad. Por eso me interesa saber algunos datos sobre leyes marítimas.
Aaron Rodd le leyó algunos extractos del libro que había traído y le explicó ciertos puntos dudosos. Cuando hubo acabado, el rostro del tabernero estaba un poco más serio.
—Me parece que voy a decidirme a mezclar a mis mejores muchachos en este asunto —decidió—. Además, detesto a los extranjeros.
—No me parece discreto hacerle ninguna pregunta —le dijo Aaron Rodd—; pero si quiere un consejo de amigo, teniendo como tiene usted dinero en abundancia, yo no correría el riesgo de topar con las leyes. Temo que le sea difícil conservar esa banda de rufianes, sin que alguna vez le dé algún disgusto.
—Si uno de mis muchachos —declaró Jacobo Potts, solemnemente—, se chivara, los otros caerían sobre él como lobos rabiosos.
—Pero de nada le serviría eso si fuera usted a parar con sus huesos a la cárcel —le recordó Aaron Rodd—. Ahora ya está usted informado de lo que dice la ley.
—Lo estoy y no me gusta el negocio —objetó Jacob Potts—. Buenos días, mister Rodd, y muy agradecido. Ya aumentará un poquito mi minuta… Vamos, aquí tiene otro cliente —añadió—. Estorbo.
Se estrecharon la mano y llegó a la puerta casi a la vez que entraba Enriqueta. Quedó un instante sorprendido. Luego, siguió su camino, a la vez que se volvía solemnemente hacia Aaron.
—Repito mis buenos días —le dijo, mientras cerraba la puerta.
Por una curiosa coincidencia, al igual que en la primera mañana en que se conocieron en los jardines de Embankment, se filtraba leve brizna de sol a través de las polvorientas ventanas desprovistas de cortinas. Aaron Rodd, cuyo primer impulso había sido de gozo por tan placentera e inesperada visita, se paró de pronto en su marcha hacia la joven. Se observaba en ésta algo totalmente distinto de lo peculiar; un cambio absoluto que la transformaba completamente. Parecía haber desaparecido de ella aquel porte desenvuelto y aquella expresión de joven mundana que la hacía moverse con tanta desenvoltura. Ahora era como una niña aterrada en busca de protección.
—¿Ocurre algo? —preguntóle él, prestamente.
Desplomóse ella en el sillón. Respiraba jadeante, como si hubiera venido corriendo.
—¡Tengo miedo! —confesó—. ¡Estoy aterrada! Estrécheme la mano para darme un poco de aliento y escuche.
Apretó ella los fuertes dedos de Aaron Rodd. Ambos semejaban no respirar y no se escuchaba rumor alguno excepto en el tráfico callejero. Poco a poco, fue tranquilizándose.
—No estará usted preocupada por mí, ¿verdad? —preguntóle él, con ansiedad—. ¿Sabe lo que me ocurrió?
—No es eso —repuso con sencillez—. Aquello estaba ya previsto. No le importará que no hablemos de ello, ¿verdad?
—Desde luego.
—Se trata de algo que me ocurrió antes de venir a Inglaterra —continuó ella—; algo terrible, algo de lo que creo no voy a poder escapar nunca. Escuche… ¡un día u otro tenía que decírselo… se lo diré ahora! Leopoldo tuvo siempre suerte; pero a mí la suerte no me fue propicia una vez. Estaba a punto de que me detuvieran y llevaba encima todos los brillantes. No tuve tiempo para pensar y maté al hombre que nos iba a arruinar y, respecto a mí, algo peor que eso… ¿Me oye?… ¡Le maté!
Aaron Rodd quedó inmóvil y silencioso. Parecía increíble tal acción en una mujer tan delicada.
—Era un individuo muy destacado, un coronel de la Guardia Prusiana. Tenía grandes parientes; algunos en Bélgica, y juraron obligarme a volver a Bélgica y una vez allí, sólo Dios sabe lo que hubiera sido de mí. Al principio, cuando llegué a Londres, me sentí segura. Me las arreglé para emplearme en casa de Madame. Estaba convencida de que Londres era para mí un asilo; pero recientemente me he dado cuenta de lo contrario. Ese individuo —no le diré como se llama— estaba emparentado incluso con la familia de Madame. Comienzo a temer que en aquella casa sospechan de mí. Últimamente Madame se ha mostrado muy fría conmigo y algunos íntimos de la casa me miran con manifiesta hostilidad. He recibido cartas de parientes míos de Bélgica en las que me invitan a volver allá y estoy segura de que algunas de ellas son falsas. Durante los últimos días se me ha seguido por todas partes. Ayer había bastante niebla y yo me encontraba en una plaza, cerca de la esquina de Brook Street. De pronto, sentí rumor de pasos a mis espaldas, luego un silbido y un taxi se acercó a la acera. Dentro había un individuo sentado. Vi su rostro… era horrible. Escuché el rumor de otro individuo que corría entre la niebla hacia mí. Sabía lo que buscaban… meterme en el taxi. Lancé un grito y dos desconocidos salieron en aquel momento de una casa contigua. Yo me arrojé hacia ellos materialmente. El taxi siguió su camino y el desconocido pareció evaporarse. Los dos caballeros me tomaron por loca; pero me acompañaron a otro taxi. Desde entonces, no me he atrevido a andar sola.
—¿Y cómo llegó hasta aquí? —le preguntó.
—En uno de los automóviles de Madame. El coche me está esperando abajo. Incluso en la esquina de esta misma calle me pareció ver a dos individuos que me aterraron. Me miraron con expresión siniestra. Tengo miedo en el Milán. Mi abuelo es tan anciano… y Leopoldo es tan frío y misterioso…; va y viene sin decirme nada. Eso es lo que me ha ocurrido —sollozó—. He perdido el control de mis nervios. Y le aseguro que siempre he sido valerosa, mister Rodd, créame, siempre he sido valerosa.
—Y lo sigue siendo —alentóle él—. No debe sufrir alucinaciones. Créame, aquí está usted segura, al menos mientras no la obliguen a volver a Bélgica contra su voluntad. El verdadero temor que ha de tener usted…
—¿Qué?
—Los brillantes. Si usted me lo permitiera, le diría que su hermano comete un error mezclándola en ese asunto. Podíamos habérnoslas arreglado nosotros dejándola a usted al margen.
—¡Pero si es que está vigilado día y noche! —le explicó—. No pueden encontrar los brillantes y nada pueden probar, al menos que los encuentren. Pero saben perfectamente que tan pronto como se desprenda de ellos, la cosa puede cambiar. Por eso no le pierden de vista. Todos tenemos que intervenir y correr un poco de riesgo. ¡Oh!, créame —continuó con ansiedad—, no me asusta lo de los brillantes, sino lo otro… Aquel día…
Se cortó de pronto, completamente incapaz de seguir hablando. Estaba intensamente pálida y en sus ojos reflejábase el horror. Volvió él a acariciarle las manos.
—No piense más en eso —la tranquilizó—. Es un asunto que debe olvidar.
—Comprendo… comprendo —asintió ella, tratando de sonreír—. ¿Pero cree usted de veras que las autoridades belgas puedan obligarme de alguna manera a volver allá? Estoy aterrada. Comienzo a temer que esos individuos son emisarios de la policía extranjera.
Sonrió él tranquilizándola.
—Es imposible —afirmó—. Tienen que pensar en otras cosas actualmente. Créame. Se está usted asustando por nada. Si se la vigila, cosa que creo muy probable, es sencillamente porque vive en compañía de su hermano y porque constituye usted uno de los medios a través de los cuales pueden escapar los brillantes.
—Si estuviera segura de eso… —murmuró.
—Puede estarlo —afirmó él muy confiado—. Además, ante la otra eventualidad, recuerde que no está sola. No necesito decirle que sería para mí el mayor placer ayudarla de cualquier modo.
—Sí, eso necesito —repuso, dulcemente—. Por eso he venido. Leopoldo se ha marchado a uno de sus escondrijos. No creo que vuelva en varios días. Le ruego a usted que no me pierda de vista, para que pueda telefonearle en cualquier momento.
—No podía pedirme nada mejor —le prometió.
Brillaron los ojos de la joven con un destello momentáneo y le ofreció la mano con un impulso repentino. Aaron Rodd estaba tan poco acostumbrado a un trato afectivo con una mujer que sintió la repentina atracción de la feminidad.
—¿Se vuelve usted ahora al Milán? —le preguntó Aaron.
—Sí. ¿No podría…?
—Claro que sí —apresuróse a replicar él, tomando el sombrero—. Precisamente he prometido a mi amigo Cresswell encontrarme con él allí.
—¡El ridículo poeta! —rióse ella—. ¿Y cómo trabó amistad con él?
—El destino —replicó sonriendo—. Es una historia que a Harvey Grimm le hace mucha gracia. Yo no tengo una idea exacta. De todos modos no es mal muchacho.
—¿De veras que no tiene usted trabajo en este momento? —le preguntó—. Podía esperar aquí sentada a que acabase.
Dejó escapar él un suspiro mientras cerraba el buró.
—Si he de decir la verdad, me parece que mi profesión no pasa de ser una farsa —le dijo—. Como abogado, fracasé. El único cliente que tengo se cruzó con usted en la escalera.
—Pues es extraño —observó ella—. Estoy segura que es usted inteligente.
—La mayoría de las personas son de distinta opinión —comentó él volviendo a suspirar, mientras se apartaba de la puerta para dejarle paso.
—Aquí vuelve su cliente —susurró ella—. Le esperaré en el rellano de la escalera.
Jacob Potts remontó las escaleras jadeante. Se acercó misteriosamente a Aaron Rodd y le apartó a un lado.
—Oiga, patrón —susurró—, es extraño; pero dos de mis hombres están allá abajo, sin que yo les haya hecho venir; son del grupo que había de intervenir en el asunto que le acabo de consultar.
—Probablemente le vendrán espiando a usted —insinuó Aaron Rodd.
—Ya les daría yo algo bueno, si fuera eso verdad —amenazó Jacob Potts con truculento tono—. Bueno, si tiene usted humor —añadió, mientras se volvía hacia la puerta—, de ver una escenita de mi bar esta noche… Le advierto que enfrentaré a ese joven de quien le hablé antes, con Canary Joe. A las nueve y media, y puede traerse algún amigo.
—Haré lo posible para asistir —le prometió.
—No quiero entretenerle más —observó mister Potts—. Me parece que hoy va a tener usted más clientes.
—A las nueve —le recordó—; no ha de pagar nada para entrar; pero el aire es salitroso en Wapping y despierta la sed; eso es bueno para mi negocio.
Aaron esperó hasta que su cliente había llegado al primer descansillo y se acercó de nuevo a Enriqueta. Luego se dirigieron a lo que a él le parecían esplendores del Milán, despidiéndose en el vestíbulo.
—Será una tontería —murmuró ella, mientras le tendía la mano—; pero me encuentro más tranquila ahora que he sido franca con usted. A veces me parecen irreales mis temores; pero otras cierro los ojos y se me reconstruyen terribles imágenes. Claro es que estamos en Inglaterra, y es lo que todo el mundo me dijo siempre: «En Inglaterra estarás segura». ¿Cree usted que lo estoy?
—Sin duda alguna.
Hizo un signo de adiós con la mano, a punto de entrar en el ascensor y él dirigióse hacia la sala de fumar en busca de Cresswell.
El poeta había recibido cuarenta libras esterlinas de su editor y se hallaba muy propicio a pasar una noche manifiestamente frívola.
—Me parece que sería preferible —le dijo Aaron Rodd, alterando los planes anteriores—, que en lugar de ir al Empire fuéramos a presenciar el encuentro entre Canary Joe y un joven barman que dicen ha resultado un genio.
El poeta hizo un mohín.
—¿Pero ese Canary Joe no es uno de los protegidos del viejo Potts? —comentó.
Aaron asintió.
—El encuentro tendrá efecto en una sala interior de la cantina —le dijo.
Cresswell sorbió su vino y meditó un momento, con actitud poco favorable.
—Me siento más inclinado —decidió— por una atmósfera más enervante que esa; las comodidades de los salones del Empire, el encanto del trato femenino, aunque sólo sea de lejos… Esta noche me siento humano, muy humano, Aaron Rodd.
—Es posible que una aventura… —continuó su compañero lentamente.
La actitud del poeta cambió totalmente.
—Desde luego que una aventura es lo que me sugestionaría más que nada.
—Entonces, creo que debemos ir a ver el encuentro de Canary Joe —decidió Aaron Rodd—. Usted será mi guía.
El largo trayecto que hubieron de recorrer en taxi habría resultado más aburrido a no ser por el buen humor del poeta. Al fin llegaron a un barrio de calles pequeñas que seguían todas una dirección uniforme; en el fondo flotaba una visión de luces que pendían de no se sabía donde; de vez en cuando escuchábase el sonido de una sirena y notábase el peculiar olor del barro de la orilla del río. Al detenerse el taxi, estaban lo bastante cerca del río para oír el rumor de sus aguas. Cuando se hallaron dentro de la cantina observaron que algunas de sus ventanas daban a la orilla del río. Del interior venía rumor de voces.
—Dos whiskys con sifón, Tim —ordenó al mozo—. ¿Dónde está el patrón?
El interrogado hizo un signo hacia atrás con el dedo pulgar.
—Ahí dentro, preparando las cosas —repuso—. Si quiere seguir mi consejo, mister Cresswell, entre allí tan pronto como se hayan bebido el whisky. Estará atestado y se pelean para encontrar asiento.
Aaron Rodd lanzó una mirada a su alrededor. La sala estaba llena de esos típicos haraganes que pululan en las orillas del Támesis, y de vez en cuando, algún que otro marinero. Un corpulento holandés, con el uniforme manchado, estaba ya completamente beodo. Ambos jóvenes subieron por la escalera y cruzando una puerta entraron en otra sala, a la vez que la furibunda mirada del holandés se fijaba en ellos.
—No me extrañaría que esta noche ocurriera algo aquí —observó el poeta, alegremente—. Debíamos habernos cambiado de traje. Bueno, aquí tenemos al patrón.
Jacob Potts se detuvo al cruzar la mal alumbrada estancia. La expresión de su rostro apenas confirmaba la bienvenida que cabía esperar de la insistente invitación de la mañana. Miró a ambos visitantes con manifiesto desvío.
—Hemos venido a ver esa pelea, patrón —dijo el poeta al que nada era capaz de amortiguar su buen humor.
—Sean bienvenidos —replicó Jacob Potts, con ligero tono amenazador—, si sólo buscan eso; pero si les mueven otras razones, no estaría de más que les advirtiera que lo mejor que pueden hacer es marcharse.
—Cuando hayamos visto el encuentro —insistió Cresswell—. Llegar hasta aquí cuesta una fortuna. Vamos a ver cómo pelea esa gente.
Jacob Potts miró a su interlocutor con aire de duda.
—Como quieran —murmuró.
—Mi amigo y yo queremos pasar una buena noche.
El rostro de Potts aclaróse un poco.
—La juventud busca la juventud —asintió, amablemente—. La verdad es que esta noche no estoy de muy buen humor. Mis muchachos se han metido en un asunto… ¿Se fijaron ustedes —añadió con ansiedad—, si había abajo un holandés muy corpulento?
—Sí, en el bar está —repuso el poeta—. Por cierto que se halla en estado de sublime embriaguez y parece que busca alguien para hacerle polvo. Si quiere que le diga la verdad, huimos cuando vimos que nos miraba.
Jacob Potts levantó un visillo de la ventana y miró hacia el río.
—Aquel barco de allí es el suyo —murmuró—. No sé lo que daría porque estuviera a bordo ese tipo, en lugar de encontrarse aquí.
Aaron Rodd se le acercó.
—¿Ese asunto en que se han metido sus muchachos es el mismo del que me vino a hablar al despacho y que se refería a leyes navales?
—Exacto —admitió Jacob Potts—. ¿Por qué me lo pregunta?
Aaron Rodd se encogió de hombros y antes de que pudiera contestar, sonó un gong. Abrióse la puerta de la sala y procedente del bar se precipitó dentro un público tumultuoso.
—Sentémonos en las sillas de delante —exclamó el poeta, haciendo un gesto de avanzar.
Pero Aaron le detuvo fuertemente por el brazo.
—Stephen —susurró—, esta noche ocurre aquí algo serio. Acaso tengamos que intervenir. Es mejor que nos sentemos junto a la puerta, desde donde podamos salir sin que se den cuenta. No bromeo, se lo aseguro.
Cresswell demostró ser un buen amigo, ya que dejó el paso libre al torrente de personas, y fueron a sentarse junto a la pared lateral, a pocas yardas de la puerta. Jacob Potts parecía haberse olvidado de ellos momentáneamente. Ahora se hallaba en medio del ring circundado por una cuerda y golpeaba furiosamente el suelo con el pie. Se oyeron gritos pidiendo orden.
—Caballeros —anunció Potts—, este es un encuentro de pesos ligeros, a doce rounds, entre nuestro viejo amigo Canary Joe y un joven que conocí en Graven Street, Jimmy Dunks…
Señaló primero hacia un joven pecoso y de cabello rubio, peinado cuidadosamente hacia atrás y ataviado con cortos calzones encarnados y chaqueta del mismo color. Su contrincante se tocaba con unos dilapidados pantalones de golf y los restos de una bata. Ambos se levantaron y dedicáronse toscos saludos. Canary Joe, era, evidentemente, el favorito; pero Potts dedicó sus preferentes aplausos a su contrincante.
—Señores —explicó—, este joven es para nosotros un desconocido, pero por lo que he visto de él, creo que es de lo mejorcito.
Siguieron unas breves formalidades y los dos jóvenes se enfrentaron, moviéndose al principio como gatos al acecho, en medio de profundo silencio. Luego siguieron unos cuantos golpes salvajes y prolongados aplausos cuando el joven de los calzones de golf aplicó su puño derecho muy cerca de la boca de su contrincante.
—¡No le trates con clemencia, Canary! —le gritaron—. ¡Ojo con su izquierda!
Al final del primer round, hubo un breve descanso. Canary Joe se sentó y dirigió a su oponente una mirada feroz. El siguiente round, aunque no fue decisivo, fue más vigoroso; en el tercero resultó cada uno con un ojo amoratado. El público se acomodó de nuevo para disfrutar del encuentro; pero, de pronto, abrióse la puerta del fondo y sonó abajo el ruido de un gong al dar tres golpes. Hubo algún murmullo de protesta, juramentos y malas palabras, pero sin dudar un momento una veintena de los presentes se levantaron y se dirigieron hacia la puerta. Aaron Rodd y su compañero les vieron salir. El poeta daba muestras de máximo interés.
—Alguien va a pasar un mal rato esta noche —observó—. Quisiera saber de qué se trata.
—Pues vamos a averiguarlo —saltó Aaron Rodd con un impulso repentino.
El poeta se levantó en el acto y aunque desorientado, mostróse dispuesto a actuar.
—No les hará gracia que nos mezclemos —observó—; pero podemos presenciar algo. Al menos la escena será más realista que ese encuentro de boxeo.
Bajaron por la breve escalera que conducía al bar. Algunos de los individuos se habían detenido para echar un trago; pero otros ya estaban en la calle. Casi pisándoles los talones a los últimos, Aaron Rodd y su compañero les siguieron, sumiéndose en la niebla espesa que procedía del río. En la oscuridad escucharon una voz autoritaria y cortante.
—Joe, tú y media docena de vosotros os apostáis en la esquina de la calle para impedir el paso de cualquiera. Si se presenta la policía, simulad que reñís entre vosotros. Los demás id al muelle.
—Juraría que es el holandés —susurró el poeta—. Probemos si podemos llegar hasta el río.
Casi no había acabado de pronunciar tales palabras cuando una pesada mano cayó sobre su hombro surgiendo muy cerca un rostro oscuro y siniestro.
—Oiga, patrón —le dijo el desconocido—, no es que le vaya a pasar nada grave; pero esta noche no queremos gente desconocida por aquí. Los cachorros del viejo andan sueltos y dispuestos a barrer todo lo que se les ponga por delante.
—¿Y de qué se trata, Sid? —le preguntó el poeta afectuosamente—. Sólo nos mueve la curiosidad.
—Nada le importa —le contestó en tono duro—. Vuélvanse a ver esos gallitos de riña.
Siguió un breve silencio y luego muy cerca de ellos, en las tinieblas, oyóse un leve gemido, como de una persona que se quejase.
—¿Qué es eso? —preguntó Aaron Rodd con voz alterada.
—Poco les importa a ustedes —repuso el invisible interlocutor—. Lo que tienen que hacer es meterse en la taberna, si quieren evitarse algo peor.
La voz fundióse en la niebla y Aaron Rodd apretó el brazo de su amigo.
—Stephen —murmuró—, ¿no oyó usted una voz de mujer?
—Creo que sí —asintió el poeta—. ¿Lleva la lamparilla eléctrica en el bolsillo?
—Sí.
Oyeron el chirrido de la llave en la verja que conducía al muelle; la llave no acababa de funcionar. De nuevo escucharon el gemido humano y Aaron Rodd quedó petrificado.
—¡Stephen! —susurró— ¡No puedo sufrir eso! ¡Intervengamos!
—¡Un momento! —repuso el poeta—. No logran abrir la verja. No creo que Potts esté mezclado en todo esto. Quédese un instante donde está.
Volvió sobre sus pasos deprisa, remontó la escalera de la taberna y penetró en la sala; aún reinaba allí la expectación del principio. Acababa de terminarse otro round, en el que Canary Joe había logrado cierta ventaja. El poeta se abrió paso por la estancia, sin hacer caso de las protestas, y dio un golpecito en el hombro de Potts.
—Patrón —murmuró—, me dijo usted, cuando nos conocimos, que no se mezclaba nunca en negocios en los que se pusiera en mal trance a ninguna mujer.
—Eso es verdad, muchacho —asintió.
—Pues esta noche se trata de una mujer. Algunos de sus secuaces la han traído a la fuerza y se la llevan medio narcotizada. Sospecho que tratan de llevarla al barco del holandés.
—¿Cómo sabe que es una mujer? —preguntóle con presteza.
—Oímos sus gemidos.
Jacob Potts se levantó.
—Muchachos, y señores todos —dijo—, lo siento; pero habrá un descanso de diez minutos. José se encargará de darles de beber. Esta vez será gratis.
Los diez minutos de intervalo y la promesa de beber sin pagar, retuvo a los presentes. Jacob Potts, aun en mangas de camisa, salió de la sala y los dos llegaron a la calle, donde reinaba un silencio casi anormal. Se dirigieron a toda prisa hacia el tinglado núm. 2 y se detuvieron ante la verja de hierro. Jacob Potts husmeó por todas partes y por fin exclamó:
—Por aquí no hay ninguna mujer.
Pero de pronto, Aaron Rodd hizo funcionar la lamparilla eléctrica. La verja estaba cerrada. Podían oír los pasos de los secuaces de Potts a pocas yardas, ya en el muelle.
—Deben haber pasado —susurró Aaron Rodd—. Vamos.
Jacob Potts sacó una llave del bolsillo y abrió la verja.
—Como se hayan burlado de mí, se van a acordar —murmuró—; y como mis muchachos me hayan desobedecido, vamos a tener una escena infernal.
Aún no había acabado de hablar cuando oyeron un grito ahogado frente a ellos, seguido del juramento de un individuo. Divisaron el destello de una luz y escucharon el ruido de una maroma al caer en el río. Jacob Potts apresuró el paso.
—Apague la lamparilla, amigo —susurró—, y fíjense donde pisan. ¡Eh!, ¿quién anda por ahí?
Respondió un coro de voces entrecortadas.
—¡Es el patrón! —dijo alguien.
Entonces la lamparilla de Aaron Rodd volvió a lucir y reflejó su luz sobre la orilla del río, cayendo de pleno sobre media docena de individuos agrupados al pie de la orilla. Uno de ellos se fue hacia los recién llegados. Era el mismo que había amenazado a Aaron y al poeta.
—Patrón —dijo, muy serio—, este asunto no es de su incumbencia. Déjenos hacer y vuélvase a la taberna.
—¡Maldito traidor! —profirió Jacob Potts—. No es cosa tuya darme consejos a mí. Bien sabéis que hay algo que os tengo prohibido. Contéstame en seguida. ¿Ese bulto que lleváis es una mujer?
—Es una mujer —afirmó el interrogado—, y vamos a llevarla a bordo del Amsterdam.
—Muchachos —gritó Potts, por toda respuesta—, dejad eso. ¿Me escucháis?
Hubo un momento de duda. Luego, oyeron las voces del que les dirigía, ronca y amenazadora.
—¡Adelante, muchachos! Alguien va a ir esta noche a parar al río, si se mezcla en esto.
Estaba el grupo formado por seis hombres, además de Sid. Tres de ellos siguieron avanzando hacia las escalerillas del río, donde había un bote esperando, moviéndose con leve balanceo. Dentro veíase otro individuo, sujetando el bote al muelle por medio de un gancho. Los tres que estaban junto a la orilla llevaban un fardo. Sid y los otros se volvieron en redondo.
—Patrón… —comenzó Sid.
Se oyó un chasquido seco. El puño de Jacob Potts se había incrustado en las mandíbulas de Sid. Mientras tanto, Aaron Rodd brincó hasta la escalerilla y simultáneamente recibió tal golpe en la cabeza que casi cayó al río.
—¡A bordo con ella! —gritó Sid— Ya nos las entenderemos con éstos. Ninguno volverá sano.
Reinó un breve y tenso silencio; frente al río y con rostro de homicida, Aaron Rodd se puso a dar boleos a derecha e izquierda, sintiéndose de pronto transportado a un mundo nuevo, ardiéndole la sangre en las venas. Estaba peleando, cosa que no hacía desde su infancia, peleando de veras, con golpes amplios y fuertes, casi sin preocuparse de protegerse, en una atmósfera bélica indescriptible y un deseo destructor en su espíritu. Aaron Rodd no sentía ni el dolor de los golpes ni el temor de los riesgos, imponiéndose prestamente en la contienda. Tenía frente a él a un tipo de rostro diabólico, fornido, ojos sanguinolentos y las manos manchadas de grasa. Logró darle un golpe afortunado, salvaje, en plena mandíbula y el contrincante se abatió con un ruido sordo. Sid, que aún estaba contendiendo con Potts, se volvió un instante para gritar:
—¡Dejad a la muchacha en el bote y subid! ¡Bill ha caído! ¡Que los otros muchachos se la lleven! ¡Vamos a acabar con estos!
Uno de los que estaba ya saltando sobre el bote, se volvió y pronto sonó un grito desde abajo. Aaron Rodd no estaba soñando. Era la voz de Enriqueta.
—¡Auxilio! ¡auxilio! —gritaba la joven.
Su voz era débil; pero la oyó perfectamente en la noche.
—¡Aquí estamos, Enriqueta! ¡Vamos a librarte de esa gente! ¡Ánimo!
En aquel instante percibióse el chasquido de un golpe. El poeta que luchaba con su contrincante, le había empujado hasta el borde del río y uno de los dos había perdido el equilibrio. Cesó un momento la lucha y todos escucharon. A pocas yardas, sonaba el murmullo de alguien que nadaba; sólo uno… Fue Jacob Potts quien rompió el silencio con un grito.
—¡No puedo más! —gimió—. ¡Me han dado un mal golpe!
Aaron Rodd, que estaba esperando la presencia de los dos forajidos que subían por la escalerilla del río, se volvió en redondo. Toda su vida había sido un hombre pacífico y ahora le hervía en la sangre un espíritu destructor. Agarró fuertemente la lamparilla eléctrica y propinó un golpe terrible con ella en la cabeza del contrincante de Potts, quien se abatió a tierra sin un gemido. Jacob Potts tuvo un instante de espera para reponerse.
—Ha acabado con él, amigo —balbuceó—. ¿Puede mantener a raya a esos dos que vienen, mientras yo me repongo un poco? Ese bruto me pegó en el bajo vientre. Me olvidé de que siempre peleaba sucio.
Aaron Rodd se volvió hacia los nuevos agresores, casi con la sonrisa en el rostro, como si se tratase de un deporte. Blandió la lamparilla eléctrica y falló el golpe que quería propinar a uno de ellos en la cabeza, aunque le dio en la espalda, a la vez que recibía él del otro un boleo del que se recobró pronto. Siguió un torbellino. Se tapó la cara con las manos, pues le llovía un chaparrón de golpetazos; pero tornó a la ofensiva con algunas filigranas afortunadas. Los dos agresores le acosaban y al otro lado del muelle sonó un silbato. El individuo que estaba en el bote, gritó:
—¡Saltad por la verja, muchachos!
—¡Aquí vienen más! —balbuceó Jacob Potts—. ¡Aguante un poco, mister Rodd, que voy a ayudarle!
En aquel momento se produjo un cambio, en cierto modo misterioso. Escuchóse un sonido al que estaba poco acostumbrado Aaron Rodd; pero que reconocieron los demás prestamente. Era el rítmico golpeteo de unos remos. Sin dudar ni un instante, los dos que peleaban con Aaron Rodd dieron media vuelta y echaron a correr, desvaneciéndose en la oscuridad. Por la calle sonaron los pasos de los que huían. Jacob Potts casi sollozó.
—¡Es la policía! ¡la policía del río…! La primera vez que he de darle la bienvenida. Baje al bote, mister Rodd. ¡Dios santo! ¿Qué le pasa?
Aaron Rodd andaba como un beodo; parecíale que a su alrededor todo eran estrellas. Se agarró fuertemente a la cuerda y comenzó a descender por la escalerilla del río. La excitación terminó por darle fuerzas. Allí estaba Enriqueta, asomando la cabeza por entre una manta negra de la que había logrado desembarazarse; estaba atada de pies y manos y llevaba mordaza; tenía el rostro lívido y en los ojos reflejábase el horror. Le vio agacharse, coger los extremos de las cuerdas, con la cara cubierta de sangre e hizo un leve movimiento, tratando de alzar las manos, casi de sonreírle.
—¡Oh, gracias, Dios mío! ¡Gracias!
Ya no se escuchó el ruido de los remos y un bote largo, repleto de policías de uniforme, surgió en las tinieblas. El poeta, con el aspecto de un perro a punto de ahogarse, comenzó a gritar alborozado. Uno de los agentes, que parecía el inspector, dirigió la luz de su linterna hacia la escena.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.
Aaron Rodd señaló a la postrada joven. Uno de los agentes saltó al bote y cortó las ligaduras, transportándola al muelle. Los policías subieron alumbrando con sus linternas. Sid yacía inmóvil en tierra; el primer agresor de Aaron Rodd también estaba en el suelo y gemía. Jacob Potts comenzaba a reponerse del todo.
—¿De modo que está usted mezclado en esto, Potts? —le recriminó el inspector con acritud—. Por lo visto, los muchachos se han rebelado, ¿eh?
—Una travesura —gruñó el cantinero.
Entonces, Aaron Rodd tuvo una sensación nueva. Unas manos cálidas le rodearon el cuello. El poeta, que se había estado sacudiendo el agua como un perro de lanas, se irguió; pero parecía que el cielo se le viniera encima; que los pies se le hundieran y que un nudo le apretaba la garganta. Y aunque Aaron Rodd percibió la impresión de que el mundo se le evaporaba de su conciencia, sentíase feliz, muy feliz.