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edward phillips oppenheim
el final de jeremías sands (relato)
Aaron Rodd apretó un poco más, abrazando estrechamente el barril en el que se sostenía, y golpeó el agua con los pies. Presentía la muerte. Una cortinilla de niebla le rodeaba; nada podía ver, salvo el mar frío y gris, unas veces a mucha altura de su cabeza y otras en las profundidades de una depresión del agua. A su alrededor escuchaba el zumbido de los vapores, lanzando sus voces de aviso en las tinieblas. A pocos pasos de él, también aferrado a un barril, veíase otro individuo de espesa cabellera y tez bronceada, ataviado a la marinera y empleando el más inverosímil de los lenguajes.
—No pierda el tiempo inútilmente —balbuceó Aaron—. Lo que tiene que hacer es gritar otra vez.
Lo hizo así el otro, sin obtener respuesta, por lo que comenzó de nuevo a manifestar su opinión sobre los malditos extranjeros que embarcan a los honestos marinos en empresas ambiguas. De pronto, se detuvo.
—¡Atención! ¡Hay algo cerca de nosotros! —exclamó—. ¡Gritemos, patrón! ¡A ver si nos oyen!
Aaron Rodd tornó a lanzar un grito agudo que sonó con tono falsete e infantil, mezclándose con las estentóreas voces de su compañero, en demanda de ayuda. Repentinamente, las tinieblas se rasgaron y una vasta masa negruzca surgió cerca de ellos. De las misteriosas alturas respondió una voz. El compañero de Aaron Rodd hizo un supremo esfuerzo para gritar. Entonces escucharon instrucciones claras y concretas.
—¡Echamos amarras! ¡Agárrense fuerte! ¡Dentro de unos minutos bajamos el bote!
Cayeron media docena de gruesas cuerdas como retorcidas serpientes. Una de ellas golpeó el agua a un pie de distancia de Aaron y la agarró fuertemente.
—¡Enróllesela al cuerpo! —le gritó su compañero—, ¡y agárrese bien! ¡Le va la vida!
Los minutos que siguieron resultaron casi incomprensibles para él. Aaron vióse alzado como un corcho sobre la cresta de una ola para caer de nuevo sintiendo en sus oídos el bramido del mar. Siguió un momento de paz, para luego verse arrastrado sobre las aguas a tal velocidad que no dudó que se le iban a arrancar los brazos del cuerpo. Le dolían terriblemente los brazos y el cuerpo, y estaba casi sin sentido.
—¡Ya se acaba, patrón! —le animó su compañero—. ¡Agárrese fuerte! ¡Se acerca un bote!
Aaron Rodd no perdió el conocimiento por completo. Escuchó el batir de los remos en el agua y la clara voz del oficial que estaba de pie en la popa. Vio surgir el bote en la bruma, oyó las rápidas órdenes, sintióse izado por los hombros, percibió la caricia de algo sólido bajo los pies. El oficial del bote contempló a ambos náufragos con curiosidad.
—¿Pero qué les ha ocurrido? —les preguntó—: ¿Algún choque?
El compañero de Aaron Rodd respiró fuerte y trató de explicar lo acontecido. El oficial le escuchaba atónito y los marinos casi cesaron de remar.
—Por lo visto, alguien les ha gastado una mala treta, ¿eh? —les dijo—. En fin, ya se lo contarán al comandante, cuando lleguemos a bordo.
Aaron Rodd fue recobrando el pleno conocimiento y cuando subieron a bordo, casi caminó por su propio pie sobre cubierta y descendió por la escalerilla que conducía a la cabina en la que se hallaba un individuo sentado ante una mesa, con una carta de navegar ante él. Cuando entraron los dos, apartó el papel.
—¿Vamos a ver, qué les ha ocurrido? —les preguntó.
El oficial que les condujo le hizo un breve resumen y el comandante asintió.
—Que les sirvan whisky caliente —le dijo—. Y ahora, cuéntenme su aventura.
El primero que se puso a hablar fue el dueño de la remolcadora; pero a las pocas palabras le hizo enmudecer el comandante.
—Me parece que será mejor que hable usted —decidió, dirigiéndose a Aaron.
Aaron bebió un buen trago de whisky que les habían traído y se estiró un poco.
—¿Puedo preguntarle si estoy en un barco de guerra inglés? —interrogó, mientras dejaba la copa.
—Es el destroyer de Su Majestad Flying Fox —replicóle con presteza—. ¿Quieren explicarme ustedes lo que hacían los dos en el mar del Norte, montados en barriles?
—A primeras horas de la mañana —repuso Aaron— acompañé a una señorita a Tilbury. Íbamos allí a causa de un telegrama que nos informaba de que su hermano, un oficial belga, salía a mediodía, a bordo de un barco de municiones, con rumbo al Havre. Nos esperaba un bote junto al muelle; pero se negaron a que acompañase a bordo a la señorita. A mí no me extrañó, tratándose de un barco del gobierno, y me quedé esperándola, pero apenas subió a bordo; el barco izó la bandera noruega y partió.
El comandante dio muestras de asombro.
—Es bastante extraño —observó.
—Pero es la pura verdad —le aseguró Aaron—. Desde luego, existe una razón para tal rapto. La joven, hace unos meses…
—No me interesan las intimidades del asunto —le interrumpió el comandante—. Lo que me interesa es saber cómo llegaron ustedes hasta el mar del Norte.
—A eso iba, precisamente —respondió Aaron Rodd—. Alquilé la remolcadora de mi compañero con el propósito de seguir al barco hasta el puerto que fuese, caso de que no me permitieran subir a bordo; pero maniobró el barco un poco, hizo aparecer un cañón y nos desmanteló. El capitán y yo fuimos los únicos que nos salvamos de la tripulación de la remolcadora.
El comandante lanzó una mirada al oficial que se había quedado en la cabina; pero no se dijeron nada.
—¿Quién es usted? —volvió a preguntar el comandante.
—Me llamo Aaron Rodd —replicóle en seguida—. Soy americano, pero ejerzo la abogacía en Inglaterra hace bastantes años. Comprendo que mi relato resultará extraño: pero el patrón de la remolcadora puede aseverar su veracidad.
El patrón se puso entonces a hablar a su modo y el comandante le escuchó unos instantes, terminando por interrumpirle.
—¿Cómo se llamaba el barco? —le preguntó.
—Llevaba pintado en la popa S. S. Christiania —le dijo— y ostentaba bandera noruega; pero el nombre del barco estaba recién pintado. Ayer mismo pasé cerca de él y observé en cubierta gentes muy extrañas.
Los dos oficiales volvieron a cambiar otra mirada.
—El Christiania —murmuró el comandante.
Se apartó un momento y observó la carta de navegación. Luego levantó la mirada.
—Lleve a mister Rodd y al patrón de la remolcadora al guardarropa y que les proporcionen las prendas que necesiten.
Aaron Rodd se había olvidado del lamentable estado de su vestimenta. Sólo pensaba en una cosa.
—Señor —dijo al comandante—, comprendo que nada de lo que pueda decirle le desviará del cumplimiento de su deber. En América puedo disponer de dinero y prometo regalar un destroyer a la marina británica, si usted logra apresar al Christiania, rescatando a la joven.
Sonrió el comandante.
—La Armada Británica no necesita sobornos —repuso—. Tengo mis ideas sobre ese Christiania y ya veremos lo que puede hacerse. Ahora vayan a secarse.
Los dos huéspedes inesperados fueron debidamente atendidos en el guardarropa y Aaron Rodd reapareció luciendo un respetable uniforme naval. Subieron a la cubierta; pero permitiéndoseles sólo recorrer parte de ella. A la vista había media docena de barcos y en aquel momento el destroyer estaba girando en su dirección. De pronto, se oyeron altas voces de mando y el trajín de la maquinaria amainó. La nave deslizóse suavemente sobre las aguas, perdiendo velocidad por momentos. Desde la cubierta pudieron ver una escena que les llenó de excitación.
El patrón de la remolcadora comprendió lo que ocurría mejor que Aaron.
—Van a entrar en acción —exclamó—. Los cañones están listos. ¡Santo Dios! ¡Ahí está el Christiania!
Señaló hacia el barco alrededor del cual formaban un anillo.
—Deben haberle hecho señales para que se pare —continuó—. ¡Si pudiera agarrar al capitán por el pescuezo…! ¡Fíjese en las señales! Es la última advertencia. O se para o…
—¿O qué? —preguntó Aaron Rodd.
El patrón de la remolcadora apretó los labios.
—O hablarán esos amigos de seis pulgadas —replicó, satisfecho—. Podíamos hundir al Christiania en menos de treinta segundos. Fíjese en el aspecto de esos cañones y en la cara del oficial que da las órdenes… ¡Santo Dios!
El Christiania había seguido su rumbo. De pronto se escuchó un rugido y tuvo efecto una vibración que sacudió a la nave. A cincuenta yardas, frente al Christiania, el mar se alzó en espuma.
—Es un aviso —exclamó, encantado, el patrón de la remolcadora—. Un disparo sin apuntar. Mire como corren por la cubierta.
Observáronse signos de gran emoción a bordo del Christiania. Otro disparo fue a parar junto a la popa. El patrón de la remolcadora volvió a exclamar:
—¡Ya se entregan! Han parado las máquinas. ¡Oh, si me dejaran ir a cubierta!
El oficial se acercó apresuradamente a Aaron.
—Vamos a enviar fuerzas a bordo del Christiania —anunció—. Es mejor que vaya usted también, para ver si encuentra a la señorita. Por la otra borda están bajando un bote.
—¿Podía ir yo también, señor? —preguntó el patrón de la remolcadora con ansiedad.
El oficial hizo un signo negativo con la cabeza.
—Usted se queda aquí —le ordenó—. Se le indemnizará por el valor de la remolcadora si se demuestra la verdad de lo que nos ha dicho.
El patrón suspiró.
—Pero es que hay dos clases de compensaciones —murmuró mientras se escupía un poco en las manos.
Aaron Rodd sentóse al lado del oficial y aunque no había hecho nunca nada parecido, subió confiado por la escalerilla de cuerda hasta llegar a bordo del Christiania. El capitán les estaba esperando. Era un hombrecillo muy rubio, que hablaba inglés con acento áspero y gutural, dando muestras de turbación.
—¿A santo de qué se me hace víctima de este acto de piratería? —preguntó, respondiendo al saludo del oficial—. Mi documentación quedó legalizada en Londres y mi cargamento…
—Quisiera cambiar unas palabras con usted, abajo, capitán —le interrumpió el oficial—. Mejor será que se quede usted en cubierta, mister Rodd —añadió dirigiéndose a éste.
Aaron se puso a pasear por la cubierta, tratando de trabar conversación con algunos individuos de la tripulación. El barco tenía todo el aspecto de ser una pequeña nave de carga; pero le pareció descubrir algo siniestro en el aspecto de la marinería y el aire de su conversación al señalar aquel destructor largo, gris y de temible estampa que se mecía sobre las olas a escasa distancia. De pronto, un individuo, que podía muy bien ser el sobrestante, surgió por una escalera y acercándosele le tocó en el hombro.
—Haga el favor de seguirme —le indicó.
Condujeron a Aaron a un salón de la parte de abajo de la nave. El capitán y el oficial inglés se hallaban sentados ante una larga mesa y el último invitó a Aaron Rodd a acercárseles.
—El capitán niega que lleve a bordo pasajero alguno —observó.
—Presencié como subían a bordo a una señorita, en Tilbury —aseguró Aaron con firmeza—. Se la atrajo con una falsedad y se encuentra aquí.
—Eso no es verdad —declaró el capitán, furioso—. A bordo no hay ninguna señorita.
—¿Qué tiene usted que decir, mister Rodd? —preguntó el oficial.
Aaron avanzó el cuerpo y tendió las manos con tal actitud que el capitán se echó atrás.
—Ese hombre miente —dijo con calma—. La señorita fue traída aquí bajo el pretexto de entrevistarse con su hermano. Si se permite a este barco que prosiga su rumbo a Noruega, en algún punto determinado surgirá una nave alemana y la señorita será hecha prisionera. Eso es seguro.
—Este caballero se equivoca —insistió el capitán—. Ayer por la mañana había muchos barcos anclados en el Támesis. Nosotros no llevamos pasajeros.
El contramaestre del destructor que les había acompañado a bordo entró en el salón y acercándose al oficial, le saludó.
El oficial se levantó y se apartó un momento al otro extremo de la estancia. Al volver, su aspecto había cambiado.
—Capitán Hooge —le dijo—, confirmando la versión de este caballero, se ha descubierto que lleva usted dos cañones escondidos a bordo y además ciertos indicios sospechosos que ha observado mi contramaestre confirman la impresión que tengo personalmente de usted. Denuncio a esta nave y la declaro presa de guerra, debiendo conducirla a Harwich.
El capitán dio un brinco y pareció que los ojos se le iban a saltar de las órbitas.
—¡Ingleses del demonio! —gritó—. Si me detiene usted un rato más aquí, va a saber algo de mí. Mi gobierno protestará. Su conducta es contraria a los principios del derecho marítimo.
—Lo que sí me parece contrario a las leyes del mar es que haya destrozado usted —observó fríamente el oficial—, con un cañón camuflado, a una pobre embarcación en la que iba este señor, que sólo pretendía formularle algunas preguntas. Vamos, capitán Hooge, sea usted razonable. Voy a practicar un minucioso registro en el barco, y si aparece la señorita temo que tendrá usted que comparecer ante un tribunal inglés para responder de una seria acusación.
—Si va a bordo alguna señorita, será sin mi aquiescencia —repuso el capitán, sórdidamente—. Voy a informarme.
—Nosotros le acompañaremos —añadió el oficial fríamente.
Descendieron por la escalera de cámara y el capitán abrió la puerta de un gabinetito, hablando un momento en noruego con un individuo que usaba gafas, el cual, luego, volvióse hacia ellos y les habló en inglés.
—Efectivamente, va en el barco una señorita; pero debió subir accidentalmente. Como estábamos a punto de zarpar, no tuvimos tiempo de desembarcarla. Síganme.
Lo hicieron así a través de un oscuro pasillo y el individuo de las gafas llamó con los nudillos ante una puerta, a cuya llamada replicó una voz débil, abriéndose la estancia y apareciendo Enriqueta, pálida y excitada. Se notaba la humedad del recinto.
—¡Aaron! —exclamó atónita— ¡Aaron Rodd!
A ambos les faltaron las palabras. Era todo demasiado maravilloso.
Ella le escudriñaba el rostro, como si no creyese la verdad, le sacudió por los brazos y por último, casi se desmayó entre ellos.
—Cálmate, Enriqueta —tranquilizóla él, con voz temblorosa—. Estás a salvo.
—Pero ¿cómo viniste? ¿Cómo lograste llegar? —balbuceó.
—Seguí al barco en una remolcadora —le explicó—. Estos caballeritos nos hundieron a cañonazos.
—Oí los estampidos —gimió—; vi la remolcadora y cómo se hundía y presencié la escena de los marinos luchando entre las olas. ¡Fue horrible!
—Pues yo era uno de los náufragos —continuó Aaron—. El patrón y yo fuimos recogidos por un destructor inglés. Este oficial pertenece a su tripulación. Logré convencerle de la verdad de mi relato y hemos abordado a este barco, al que se va a llevar a Harwich. ¡Estás a salvo, Enriqueta!
Ella comenzó a sollozar. A Aaron también se le saltaban las lágrimas al fijarse que a través del ventanillo abierto aparecía su sombrilla con trozos de tela atados a un extremo.
—He estado agitando eso por el ventano, por si alguien podía ver mis señales —explicó histéricamente—. Estuve encerrada hasta hace un momento.
—Será mejor que suba la señorita a cubierta —sugirió el oficial—. Ahora puede considerarse a salvo. No podemos instalarla en el Flying Fox; pero, juzgando a esta nave presa de guerra, tanto su capitán como la tripulación quedarán en condición de arrestados. Así es que los dos pueden juzgarse seguros aquí. Estaremos en Harwich dentro de cinco horas y habrá fuerzas nuestras a bordo.
—¿Verdad que no me dejarás, Aaron? —sollozó la joven.
—¡Claro que no! —replicóle fervoroso.
—Le aseguro que está usted aquí bien a salvo, señorita —observó el oficial—. Yo que usted, subiría a cubierta en seguida para respirar aire fresco.
Colgóse ella del brazo de Aaron y salieron. Encontraron en el pasillo al capitán y al sobrestante, quienes la saludaron con cierta timidez.
—Lamento el error, señorita —le dijo el capitán—. Estábamos esperando la llegada al barco de la hija del armador y la confundimos con usted. ¿Sabe? Es una señorita que ha dado algunos disgustos a la familia.
Enriqueta se limitó a lanzar una mirada inexpresiva al capitán.
—Quiero subir a cubierta —susurró al oído de Aaron—, escapar de esta atmósfera odiosa. Vamos pronto… ¡Oh, mira, mira…!
Media docena de marinos ingleses descendían por la escalerilla. Iban ataviados bélicamente y al lado de los anémicos y pálidos marinos de la nave apresada, parecían Goliats. Enriqueta dejó escapar un suspiro.
—¡Sí, me siento a salvo! —exclamó— ¡A salvo al fin… Aaron!
—Sí, preciosa.
Lo miró con su carita pálida y dolorida. En sus labios tembló la sombra de una de sus peculiares y provocativas sonrisas.
—Ni el propio Leopoldo —murmuró— podrá decir «no», en adelante. ¿Sabes que eres una persona maravillosa? Eres como un héroe de novela.
Le apretó él el brazo.
—Nuestra última aventura —susurró— va a ser la mayor de nuestra vida.
La sala de la Audiencia estaba llena a rebosar, cuando por tercera vez fue Harvey Grimm acusado de complicidad en el delito de retención de varias joyas robadas que fueron halladas en su poder. El fiscal se levantó y cortés, pero con firmeza, explanó su alegato, recordando al juez que el encartado había sido sorprendido, gracias a mister Brodie, en el furtivo trabajo de fragmentar y cambiar de forma diversos diamantes valiosos. No cabía duda alguna de que tales piedras preciosas habían sido robadas. El contratiempo era que los diamantes fueron robados en los Estados Unidos y muchos de ellos habían sufrido tales transformaciones que resultaban casi inidentificables. De Nueva York había partido en dirección a Londres una comisión policíaca, no sólo para identificar los brillantes, sino al encartado como cómplice de uno de los más destacados ladrones de joyas de la actual generación. Por todo ello mantuvo el fiscal su acusación.
Sentóse y entonces se levantó un individuo de aspecto bondadoso, dirigiéndose al magistrado.
—Excelencia —le dijo—, como defensor del acusado y ante la imposibilidad en que se encuentra la parte acusadora de aportar testigos, ¿se me permitiría aportar uno?
El magistrado tosió un poquito.
—Está usted en su derecho, mister Ransome —admitió, avanzando el cuerpo y mirándole a través de los lentes— pero no creo tener que recordarle que la aportación de testigos en este período del juicio probablemente perjudicará a su cliente.
El abogado asintió.
—Por ser mi cliente completamente inocente, creo que usía será el primer interesado en evidenciarlo.
—Como usted guste, mister Ransome —accedió el magistrado.
Siguió un leve susurro de palabras. Sonó un nombre apenas audible y por toda la sala cundió el interés al entrar el capitán Brinnen vestido de uniforme belga, yéndose a sentar en el banco de los testigos. El abogado de la acusación pareció algo desconcertado y el defensor levantóse.
—¿Tiene la bondad de decir su nombre al señor magistrado? —le rogó.
El testigo hizo una leve reverencia.
—Leopoldo de Malaison, Barón d’Asche, Caballero di Scolo, Vizconde de Floge.
En la sala cundió la sensación. Harvey Grimm avanzó el cuerpo, agarrándose a la barra.
—Según creo —continuó el defensor—, es usted nieto del fallecido Rey de los belgas, ¿no es eso?
—Exacto —repuso el testigo.
—¿Sabe usted algo del encartado?
El testigo miró a Harvey Grimm que le contemplaba atónito y le dedicó un saludo amistoso.
—Naturalmente —repuso—. Mister Harvey Grimm es un excelente conocido mío y le contraté para que me ayudase a rescatar y, si fuera posible, a presentarme, completamente cambiadas de formas, diversas piedras preciosas.
—¿Y tendría inconveniente en decirme qué razón le impulsaba a obrar así? —preguntó el acusador.
—Es un asunto que entra casi en el terreno de la historia política contemporánea —repuso el testigo, volviéndose hacia el magistrado—. La colección de diamantes De Floge es famosa en el mundo y dio ocasión, al estallar la guerra, a un pleito entre la rama alemana de la familia De Floge y mi familia. Mientras tanto las joyas fueron depositadas de mutuo acuerdo en un museo de Amberes, donde cualquiera que entienda de estas cosas le dirá que fueron visitadas por los peritos en joyas de todo el mundo. Con la invasión de nuestro país, tanto mi abuelo como yo determinamos hacer lo posible para que tales joyas, que valían una fortuna inmensa, no cayeran en manos de nuestros enemigos. Los fideicomisarios de Amberes, en el Museo, accedieron, en semejantes circunstancias, a entregarlas a nuestra rama familiar y fueron transportadas al castillo de mi abuelo que se halla muy cerca de la frontera francesa, poco antes del saqueo de Amberes. Después, mi abuelo y mi hermana, la Condesa de Floge, luego de una serie de aventuras, lograron escapar a Inglaterra con la mayoría de las joyas. No obstante, mi primo, que representa la rama alemana de la familia, se ha apoderado de nuestras posesiones y casas y realizó desesperados esfuerzos para incautarse de las joyas. Por eso juzgué pertinente, instigado por mi propio abuelo, deshacerme de la mayor cantidad de las piedras preciosas secretamente.
La sensación de la sala era inconmensurable. Mister Harvey Grimm pidió una silla y se sentó.
—¿Y exigió usted —preguntó el abogado defensor— a mister Harvey Grimm el secreto absoluto?
—Dadas las circunstancias del caso, así lo hice —replicó con presteza.
El abogado defensor volvióse hacia el magistrado.
—No me resta otra cosa que solicitar de usía —le dijo— la inmediata libertad de mi defendido.
Volvió a sentarse. El fiscal se levantó a su vez.
—¿Puedo preguntarle si tiene pruebas que aseveren lo que acaba de decir? —interrogó al testigo.
—Ciertamente —asintió—. El Embajador de Bélgica, que era gran amigo de mi abuelo y pariente, y la princesa Augusta, mi abuela, creo que están presentes en la sala.
El fiscal volvióse hacia el magistrado.
—Excelencia, si comparecen esos testigos y confirman lo que se ha dicho —afirmó—, creo que procederá el sobreseimiento de la causa.
Leopoldo de Floge abandonó el puesto de los testigos y al pasar junto a Harvey Grimm, le estrechó la mano.
—Le presento mis excusas —murmuró—. Espero aquí y luego nos iremos a almorzar juntos.
La tensión de la sala no decrecía. Llamóse al Embajador belga que ocupó su puesto en el destinado a los testigos. Preguntósele si conocía al último testigo y su réplica fue terminante.
—El Vizconde de Floge —dijo— es la primera figura de la nobleza belga. Es nieto del fallecido Rey y siempre le tuvo en gran aprecio.
—¿Sabe usted algo de los brillantes de De Floge?
—Naturalmente —asintió—. Son de incalculable valor histórico y material, habiéndose hecho lo imposible para sacarlos del Museo de Amberes. Mi amigo, el Vizconde de Floge, logró apoderarse de ellos a tiempo. Puedo añadir que en tan crítica situación me consultó a mí y yo le aconsejé que vendiera la mayor cantidad posible de las piedras preciosas, secretamente. Se estaban haciendo esfuerzos inauditos, a través de una nación neutral, para volverse a apoderar de las joyas.
El magistrado asintió y el testigo abandonó su puesto. Siguió un momento de cuchicheos y consultas entre los abogados y uno de ellos se levantó.
—Esta parte propone el sobreseimiento de la causa. Excelencia —anunció.
Harvey Grimm y Leopoldo de Floge, previa la venia del magistrado, abandonaron la sala del brazo, por una puerta de escape. El primero parecía algo desconcertado por los seis días de arresto y apenas si presentaba rastro de su peculiar optimismo. Además, estaba un poco desconcertado. Recostado en el lujoso automóvil, trataba de analizar lo acontecido.
—¿Quieren explicarme —preguntó de pronto— la razón que les indujo a su abuelo, a usted y a su hermana a hacerse pasar por el ladrón internacional Jeremías Sands?
—Se me ocurrió a mí —le dijo De Floge—. Teníamos especial interés en que nadie pudiera sospechar de quien eran las joyas y la única forma de lograrlo era hacerlas pasar por robadas. En tales circunstancias, debo confesar que su silencio ha resultado admirable, mister Grimm. Mi abuelo temía siempre que el gobierno británico le obligara a devolverlas. Su muerte ha cambiado las cosas por completo. Esta misma mañana he confiado la mayoría del tesoro al joyero Christie para que las ofrezca en venta a los compradores sudamericanos que le parezca oportuno. Ha sido una suerte que hayamos pasado la crisis, ya que acabo de leer en los periódicos de la mañana que Jeremías Sands fue arrestado en Chicago, ayer.
Harvey Grimm tosió un poquito.
—¿Tiene un cigarrillo?
De Floge sacó su pitillera en seguida.
—Perdóneme —disculpóse—. Debía haberme dado cuenta de lo que necesita usted más que nada, luego de su arresto.
—¡Y pensar que me ocultaba en el taller de Letchowiski, viviendo en continuo terror, acosado por Brodie y que podía haber montado en mi casa un tallercito y realizar mi faena tranquilamente! —murmuró Harvey Grimm.
—Hubiera sido imposible —objetó De Floge—. De acuerdo con la declaración del Gobierno belga, bajo inspiración germana; pero, al fin y al cabo, de acuerdo con las leyes del país, las joyas constan como si fueran robadas.
Harvey Grimm lanzó una mirada por la ventana del vehículo, reflejándose en su rostro manifiesta placidez.
—Otra vez Londres —murmuró—, el Strand… Nunca pensé volverlo a ver, incluso aunque llegara a viejo. ¿Adónde vamos?
—Al Milán, a comer —repuso De Floge—, donde podrá usted encontrar viejos amigos. Aún tengo que contarle cosas maravillosas. ¿Quiere oírlas en seguida o esperar a que tomemos un combinado?
—¿Cosas maravillosas? —murmuró Grimm— Y luego dirán que ésta es una población carente de espiritualidad y aventuras. Me parece —añadió, mientras se detenían y bajaban del vehículo para entrar en la sala de fumar— que éste me corresponde a mí. Quiero escoger un par de Coleys. ¡Qué cigarros! ¡Y pensar que durante seis días…!
—De veras lo siento —le interrumpió De Floge—. Ya nos tomaremos el desquite.
Bebieron un combinado y comenzó a disiparse el sentimiento de irrealidad. De nuevo, pisaba Grimm tierra firme.
—¡El dinero que he desperdiciado! —gruñó—. Tuve a un individuo contratado para hacer mi doble, mientras yo estaba ausente. ¿Dónde está Aaron?
—Acaba de volver del mar del Norte con mi hermana —replicó De Floge—. Le contará una historia que le va a poner los pelos de punta.
—¿Y el poeta?
—Incorporado a las fuerzas militares de entrenamiento; pero si puede vendrá a la comida.
Harvey Grimm lanzó una mirada al reloj y su acompañante interpretó su pensamiento.
—Aún dispone usted de una hora —le dijo.
—Voy a afeitarme y tomar un baño —murmuró el otro con éxtasis.
—Nos veremos en el grill-room, en la mesa del rincón —le recordó De Floge—. Allí, a la una y media.
Poco antes de tal hora, se presentó Harvey Grimm ya con su porte habitual, afeitado y lavado, luciendo uno de sus favoritos trajes de sarga azul, impecables zapatos y botines, con una flor en el ojal e irradiando una impresión de placer inconmensurable. Acomodóse en la mesita redonda, entre Aaron Rodd y Enriqueta, y levantó la copa de ambarino líquido que le estaba esperando, llevándosela a los labios. No obstante, De Floge le interrumpió.
—Espere un momento, amigo mío —le dijo—. Aquí llega mister Cresswell.
Efectivamente, el poeta se presentó y fue hacia ellos con los brazos tendidos.
—Mi más cordial enhorabuena —exclamó, dirigiéndose hacia Harvey Grimm—. Ahora podría usted escribir una balada a las celdas de Bow Street y acaso colabore yo. ¿Quién sabe si no sería su inmortalidad? ¿Dónde me siento?
Se le señaló su puesto y él también levantó la copa que se hallaba ante él; pero asimismo fue interrumpido por De Floge.
—Permítanme que brindemos —propúsoles el último— por la felicidad de mi hermana Enriqueta y su amigo de usted y mío, también, naturalmente —añadió con una leve reverencia—. Me refiero a mister Aaron Rodd. Se van a casar este mes y, si quieren entretenerse durante nuestra comida, ellos les contarán la maravillosa aventura de sus seis últimos días. Le aseguro, mister Harvey Grimm, que la suya va a resultar monótona.
Escucharon el relato que contó el uno, con aditamentos del otro, y realmente resultó sorprendente. El poeta no podía ocultar su leal envidia.
—Por lo que veo —gruñó—, me parece que voy a ser yo el único que seguirá sumido en el sórdido ambiente de la vulgaridad.
De Floge se inclinó hacia él.
—Mire —le dijo—, eso no es absolutamente cierto, ya que tanto usted como yo seguimos rumbos, aunque separados, llenos del vívido espíritu de la aventura. Hemos bebido por la dicha de mister Aaron Rodd y mi hermana. Poco antes, mister Harvey Grimm, alcé mi copa en honor del ejemplar sentido de caballerosidad que le hizo guardar silencio durante su cautiverio. Ahora vamos a beber todos por la causa común, por la gran aventura de la vida y la muerte, que se está escribiendo en letras de sangre en los devastados campos de Europa. ¡Por el desquite y la victoria!