el misterioso operario (relato)
Abraham Letchowiski estaba de pie, a la puerta de su pequeña pero bien iluminada tienda, situada en una de las anchas calles que convergen en Mile End Road, mirando distraídamente a los transeúntes en aquel atardecer de fin de semana. A su modo, era un tipo pintoresco, de aire patriarcal, casi bíblico. Llevaba una gastada y larga levita que había perdido hacía tiempo los botones, pero que se mantenía en su primitiva elegancia. Su desgreñada barba gris llegábale al tercer botón del chaleco; las gafas ribeteadas de concha aparecían colgadas en la frente. De vez en cuando lanzaba una pequeña arenga a alguna pareja propicia, con acento persuasivo y suave:
—Joven caballero, deténgase un momento. Invite a entrar a la señorita. Esta tarde vendo barato, muy barato. Joven caballero, ¿no necesita una sortija de auténticos brillantes? Tengo los anillos de brillantes más baratos del mundo. Soy Letchowiski, comerciante en joyas. Confíeme su dinero y comprará lo mejor en Whitechapel o West End. Entren, por lo que más quieran.
Algunos transeúntes le contestaban con puyas. Alguna jovencita de buen humor le lanzaba un beso con los dedos. El viejo Padre Letchowiski, en las noches del sábado, era una silueta familiar en el comercio humilde del distrito. Pero especialmente aquella noche ofrecía un aspecto particularísimo. De pronto, metióse en la tienda, acarició amorosamente algunas mercancías, chucherías de relumbrón aspecto, y volvióse hacia un muchachito que estaba tras el mostrador. Era un chiquillo menudo y bisojo, cuya estatura apenas sobresalía del mostrador, de cabello negro, enjuto rostro y tez cetrina.
—David, llámame si alguien asoma la cabeza por la tienda. ¿Me oyes? Llama fuerte.
—Muy bien, abuelo —repuso el muchacho—. ¿Quieres que me ponga a la puerta para atraer?
—Si quieres —asintió el viejo, tolerante—. Si me vendes algo, puede que te dé una comisioncita.
El rostro del jovencito se iluminó con una sonrisa. Abraham Letchowiski abrió la puerta que comunicaba con las habitaciones interiores, apartó la cortina y atisbó hacia atrás, un momento, en dirección a la calle y luego dejó caer la cortina, descendió por unos peldaños, cruzó una reducida estancia, mal ventilada, en la que veíase una mesa lista para la cena, se metió por otra puerta y fue a parar a un largo y oscuro pasillo. Al final de éste había una puerta, por cuyos intersticios se deslizaba brillante luz. Llamó dos veces con los nudillos, suavemente, y entró. Dentro había un individuo de ajado y lívido rostro, con gruesas gafas que desfiguraban sus facciones y cubierto el vestido con una larga blusa de obrero. En aquel momento se inclinaba sobre un pequeño torno. Oíase el blando y persistente murmullo de un motorcito. Sobre el banco de trabajo caía una luz brillante de pantalla, colgada desde el techo. Entre las manos del operario relucía algo cuando volvió el busto con cierto sobresalto.
—¿Qué hay, Letchowiski? —murmuró.
—¡Basta por esta noche! —susurró Letchowiski, implorante—. Todo el día he estado muy inquieto. Mientras me ponía a la puerta para atraer a los clientes, no cesaba de escudriñar a mi alrededor. Vi a un sujeto en la sastrería de enfrente. Parecía que hablaba con Hyan sobre un traje; pero observé que miraba varias veces hacia aquí. Se parece a ese Brodie de quien me habló.
El artífice no dudó ni un momento. Se volvió hacia el espejo que estaba enfrente y se arregló ligeramente el cabello negro; paró el motorcito con el pie; sacó luego media docena de relojes baratos y los esparció; por último, comenzó a desmontar uno de ellos.
—Mejor es tomar precauciones, Abraham Letchowiski —asintió—. Vuelva a la tienda. ¿Estará lista pronto la cena?
—Hay un poco de pescado frío en la mesa —repuso Letchowiski—. No hay necesidad de esperar a Rosa. Nos sentaremos los dos cuando quiera.
Una sensación de disgusto apareció en el rostro de su interlocutor, mientras miraba al anciano. Casi cerró los ojos.
—Afortunadamente esto ya se acaba —se dijo a sí mismo.
Harvey Grimm se quitó la blusa de trabajo y se examinó al espejo. Lucía un traje de sarga azul, bien ajado, camisa de franela con cuello de lo mismo. Llevaba el peinado sobre la frente y aparecía rizado en uno de los lados, según la moda de por allí. Aquel hombre sabía caracterizarse tan bien que ahora tenía todo el aspecto de un verdadero semita. Se ajustó las gafas, trabajó un poquito en el banco, tapó el motor y, por último, dirigióse hacia la tienda. Detúvose un instante ante el mostrador, oyendo las arengas del viejo que había vuelto a la puerta de la calle. Jugueteó un momento con unas cuantas joyas ornamentadas con vulgarísimas gemas de cristal, montadas en latón, y, de pronto, aprovechó Abraham una pausa para respirar y al dirigir la mirada al interior, vio a su seudo operario.
—¿Acabó ya? —le preguntó con ansiedad.
—Acabé —replicó tranquilamente—. Vamos a cenar.
El joyero abandonó la puerta y su puesto fue ocupado inmediatamente por el muchachito.
—Vaya a cenar, abuelo —le animó—. Yo me quedo aquí para vender algo.
—¿No tienes apetito? —le preguntó el viejo afectuosamente.
El muchachito sacudió la cabeza.
—Prefiero quedarme para hacer algún negocio —afirmó—. Hace poco vino un joven que quería un anillo con brillantes para una señorita y prometió volver.
Le dejaron en su puesto de vigilancia, ansioso de expectación, y pasaron al cuartito para sentarse ante los fragmentos de pescado frío, sobre el que lanzó Harvey Grimm una mirada de desagrado.
Apenas se habían acomodado, cuando la puerta abrióse bruscamente y se presentó una joven alta, morena, ataviada con la elegancia peculiar en el barrio. Ofreció sus mejillas a su abuelo; pero sin apartar la mirada de Harvey Grimm.
—¡Vaya una cena! —exclamó burlona— Después de haber estado ausente diez días, supongo que no irás a suponer que voy a cenar esto.
—Siéntate, querida, siéntate, y toma un poquito —la animó el anciano, un poco nervioso—. Si hubiera estado seguro de que venías…; pero contigo nunca se puede estar seguro, Rosa. Te esperábamos el sábado; pero no viniste.
—Ya, ya; eso es una disculpa —protestó la joven—. Tienes dinero a montones, abuelo, y vives como un pobre de solemnidad. No comprendo cómo se queda aquí este joven —añadió, mostrando una hilera de blanquísimos dientes, al sonreír a Harvey Grimm—. Yo no me quedaría si no me trataras mejor.
—Si quieres, querida —sugirió Abraham Letchowiski—, saldré a comprar un poco de fruta.
Le obligó a quedarse sentado.
—No te muevas —le dijo—, cenaré lo que haya. Después, ya veremos.
Tomaron el frugal refrigerio. La joven no cesaba de hablar en voz muy alta sobre su empleo en el gran establecimiento de confecciones, en el que acababa de ser ascendida a encargada de uno de los departamentos y reclamaba la atención de los dos para que se fijasen en el excelente corte de la falda que llevaba, a cuyo efecto se puso de pie e irguió el busto audazmente, a fin de que lucieran mejor las líneas de su cuerpo de provocativa manera. Harvey Grimm que al principio se había mantenido en una actitud indiferente, pareció quedar prendido, de pronto, en las redes de sus encantos y correspondió a sus coqueteos. Se sentaron muy juntos, hablando en voz baja, con los labios de él muy cerca de las encendidas mejillas de la joven, y fue entonces cuando, inopinadamente, se abrió la puerta, presentándose Paul Brodie acompañado de otro individuo. El primero se los quedó mirando.
Hubo un breve y singular silencio, mientras los dos recién llegados escudriñaban a su gusto la humilde estancia. Fue Abraham Letchowiski el que habló primero, levantándose y apoyándose en la mesa. Las gafas le temblaban.
—¿Qué buscan aquí? —preguntó.
—Siento molestarles —disculpóse Brodie, inclinándose galante ante Rosa—. Tenemos que registrar su casa. No se alarme. Al menos que oculte usted algo, no le molestaremos mucho y desde luego puede estar tranquilo con todos sus tesoros.
—Pero ¿quiénes son ustedes? —persistió el viejo—. ¿Por qué han de registrar mi casa? Yo no he hecho nada malo. Vivo honestamente.
—Muy bien, muy bien —asintió Brodie, tranquilizándole—. No pensamos hacerle daño, créame.
—Ya me conoce, mister Letchowiski —terció el que acompañaba a Brodie—. Soy Bone, John Bone, detective de la comisaría de la esquina. No vamos a molestarle mucho; pero por una información de este señor, nos vemos obligados a echar una ojeada por aquí.
—¡Pero esto es la ruina de mi negocio! —lamentóse Abraham Letchowiski, retorciéndose las manos—. Si se enteran mis clientes, no creerán ya que soy un hombre honrado. ¡Es mi ruina, mi ruina! ¡Ya no visitarán mi tienda!
—No se preocupe —tranquilizóle el detective—. He dejado sólo un agente a la puerta y va de paisano. Podemos registrar este cuarto y el dormitorio y el taller, sin llamar la atención de nadie. Vamos, mister Letchowiski, ya nos conocemos.
El anciano aún vociferaba y gemía.
—Cuento setenta y tres años —sollozó— y nunca he tenido disgustos con la policía.
—Entonces, no mueva las manos —le dijo Brodie—. Así.
Con la destreza del experto recorrieron sus dedos el traje del viejo, registrándole de pies a cabeza.
—¡Qué vergüenza! —protestó Rosa, con enfurecida mirada—. ¡Tratar a un anciano de este modo! ¿Es que se va a atrever alguien a hacer lo mismo conmigo? Pues me parece que van a probar mis uñas.
—No es necesario —repuso Brodie—; la vimos entrar.
—¿Y qué es lo que buscan? —preguntó la joven, predominando la curiosidad a la ira.
—¡Oh, oh! —repuso vagamente el detective— ¿Es éste su ayudante, mister Letchowiski? —continuó.
Harvey Grimm se incorporó con lentitud y levantó los brazos.
—Yo no soy ayudante de nadie —declaró, con voz totalmente cambiada—. Me llamo Levy y soy maestro relojero.
John Bone le registró rápidamente de pies a cabeza. Mientras, Brodie recorría toda la estancia escudriñando dentro de los aparadores, levantando los objetos de adorno, golpeando en las paredes y maderas y deteniéndose en cualquier resquicio que pudiera servir de escondrijo. John Bone desapareció un instante, escaleras arriba, y escucharon como manipulaba por las habitaciones. Así que estuvo de vuelta, los dos individuos se adentraron hacia el fondo de la casa.
—Acompáñenos al taller, mister Letchowiski —le invitó el detective.
—¿Y para qué me necesitan? —preguntó el viejo receloso.
—Eso no le importa. Vamos. Acaso tengamos que preguntarle algo.
Desaparecieron, mientras gemía el anciano. Cuando estaban a punto de abandonar la estancia, Paul Brodie volvió la cabeza un instante. El joven que había dicho llamarse Levy estaba abrazando de nuevo a Rosa y sus rostros se hallaban muy juntos. Como en un delirio amoroso parecía estar susurrando a la joven algo al oído. Brodie sonrió, desechando la vaga sospecha que poco antes cruzara por su mente. Rosa y el ayudante de su abuelo quedaron solos.
—¿Qué te parece todo esto? —le preguntó ella—. ¿Es que se ha metido el abuelo en algún lío?
—No, Abraham Letchowiski es demasiado viejo y demasiado listo para correr riesgos. Además, tiene mucho dinero.
Asintió Rosa.
—Es verdad —repuso—, y a nadie se lo puede dejar salvo a mí y a David. Una bonita dote para mí, ¿eh?
—Eres una muchacha afortunada —suspiró Harvey Grimm.
—Hay por aquí jóvenes que lo saben —continuó ella—; por ejemplo Hyam, ahí enfrente, y los dos Salomón. Pero no me gustan. Son demasiado sórdidos. Me gustan los hombres como tú.
La abrazó él más estrechamente y ella lució sus uñitas, para que se fijara en una sortija con un grueso brillante y un brazalete de oro macizo.
—Me encantan las joyas —confesó—. ¿Verdad que son muy bonitas? Algún día me regalarás una sortija y la luciré… ¿En qué dedo te gustaría más que la lleve?
—Cuando haya ahorrado un poco más —le prometió—, te daré una joya que va a despertar la envidia de todas las jóvenes del barrio.
—Si quieres ganar dinero —le preguntó—, ¿por qué trabajas con mi abuelo? Todos dicen que no paga ni la mitad de lo que debe.
Harvey Grimm sonrió misteriosamente.
—Espera —le dijo—. Nunca paro mucho en un sitio. Soy un poco trotamundos; pero así gano más. Ya terminé aquí casi mi trabajo.
—Esta noche me llevas al cine —susurró—. Hay uno muy bonito en la esquina. Si quieres —añadió, suspirando—, pagaré yo mi entrada.
Dudó él un momento, para responder sonriendo:
—Nos iremos en seguida que se hayan marchado esos individuos —le prometió— y pagaré yo las dos entradas.
—¡Magnífico! —asintió ella, más satisfecha—. Los caballeros deben pagar siempre. Dime —añadió luego, bruscamente—, ¿pero qué andan buscando esos tipos? Pasan mucho tiempo en el taller.
—Es muy corriente. Por todas partes me encuentro lo mismo. Roban todos los días por West End y creen que no hay otro sitio para ocultar joyas que no sea este barrio. Todas las joyerías desde aquí hasta el final de Mile End Road serán registradas. Esta es la segunda vez que nos visitan.
—Pues aquí se equivocan —dijo Rosa—. Mi abuelo no compraría nada robado. Es demasiado nervioso y no tiene valor. De todos modos —añadió pensativa—, si es tan rico como dicen, ¿cómo habrá hecho tanto dinero con un tenducho como éste?
Harvey Grimm movió la cabeza, comprensivo.
—Es muy listo Abraham Letchowiski —afirmó—. Yo sé muchas cosas de él. Esos broches que vende a cientos al precio de un chelín, le cuestan a penique y medio. Esos anillos de alianza con rubíes o zafiros, a elegir, le cuestan diez peniques y medio y los vende a nueve chelines. El dinero llueve cuando se logra convencer a la gente. Luego se dedica a prestar a todo el mundo, cuando hay garantías. Muchos de los comerciantes de esta calle le deben dinero. Bueno. Ya vuelven esos. Luego del cine cenaremos un poco, ¿eh?
Se apretó ella a él, precisamente lo que deseaba Harvey Grimm y cuando entraron los tres los hallaron en íntimo y amoroso coloquio. Apenas si les miró Brodie. Parecía muy compungido.
—Ahora unos minutos en la tienda, mister Letchowiski —dijo el detective—, y le dejamos en paz.
Penetraron en la tiendecita, cerrando la puerta tras ellos. Harvey Grimm pareció perder por un momento su aplomo.
Se levantó y se acercó a la ventana provista de cortinas, atisbando la tienda a través de un intersticio. Le resultaba difícil ahora conservar su maravilloso aplomo. La mano que se había deslizado en el bolsillo del pantalón apretaba fuertemente un objeto pequeño y duro.
—¿Qué hace ahí? —preguntóle Rosa, petulante—. Acérquese, el abuelo va a venir en seguida.
Su nuevo cortejador no contestó nada. Sus ojos estaban fijos en la figura de Brodie, que tenía entre sus manos la bandejita cargada de joyas falsas. Por fin, la volvió a dejar sobre el mostrador. Harvey Grimm se mordió los labios hasta casi hacerlos sangrar.
—¿Para qué se preocupa de esos estúpidos? —protestó ella—. Acérquese o voy yo a su lado.
Antes que él pudiera pensarlo Rosa se había incorporado, y estaba junto a Grimm con su perfume penetrante de pacholí. Rosa estaba junto a él en el momento en que se abría la puerta y marchaban los dos individuos. Entonces, Harvey volvióse hacia la joven y la besó en los labios. Ella se echó a reír histéricamente, ya que en aquel preciso momento se había presentado también el abuelo y contemplaba el cuadro, golpeando el suelo con el pie, sacudiendo la cabeza desesperadamente y alzando los brazos.
—¡Besó usted a mi nieta…! ¡Usted! —exclamó.
Harvey Grimm levantó un dedo y entonces el anciano enmudeció, cruzando la estancia hacia su sillón y dejándose caer en él, con un suspiro de alivio.
—Soy demasiado viejo para sufrir estas excitaciones —balbuceó—, envejezco por momentos.
Rosa volvióse hacia él.
—Mister Levy me va a llevar hoy al cine, abuelo —anunció—. ¿No le importaría avisar a mister Hyam para que le acompañe a usted?
El viejo protestó.
—¡No! ¡No! —repuso— Tendría que preparar café y no tengo dinero. Vete al cine con mister Levy y diviértete, preciosa. Esta gente me ha aterrado. Soy viejo, demasiado viejo. Me iré al bar de Deucher y tomaré café solo. Ven a cenar —gritó desde la puerta abierta al muchacho que estaba ante el mostrador—. Yo atenderé la tienda un rato.
El muchacho vino de mala gana. Rosa habló un momento con él y Harvey Grimm, que ya estaba en la tienda, se quedó un instante solo. Deslizó una mano hacia la bandeja de las baratijas y se metió en el bolsillo unas cuantas joyas. Rosa reapareció pronto, luciendo los guantes.
—Vámonos —dijo—. Saldremos despacio. Me gustará que nos vea mister Hyam, desde enfrente. Siempre me está acosando para que salga a paseo con él; pero me gusta más usted.
Marcharon con lentitud por la animada calle, hasta llegar al cinematógrafo. Harvey Grimm compró asientos de un chelín y acomodóse junto a Rosa en una atmósfera que parecía rezumar olor a cocina y tabaco barato. Estaban cogidos del brazo y al terminar la sesión salieron a la calle del mismo modo.
—Rosa —le dijo—, esta noche te he invitado y quiero además decirte un secreto. Voy a dejar de trabajar con tu abuelo. He encontrado una colocación mucho mejor y, además, he ahorrado dinero.
La muchacha le apretó el brazo con aumentado afecto.
—¿Cuánto? —susurró.
—Unas trescientas libras o acaso algo más —contestó él—. Esta noche voy a tirar la casa por la ventana. Tomaremos un taxi y te llevaré a cenar al Mónico.
Dejó escapar ella un suspiro de placer; pero de pronto se puso seria.
—Mejor será que cojamos el metro —susurró—. Así ahorraremos tres chelines y me podrás comprar un poco de perfume.
Se echó él a reír y la invitó a subir a un taxi que se había detenido ante ella, ordenando al chófer que le condujera al Mónico.
—No te preocupes, que podré comprarte también el perfume. Mira —continuó—, después de cenar llamaremos otro taxi y pagaré para que te lleven a casa. Tengo que ver a un individuo a las once y media para hablar de negocios. Es mi nuevo patrón.
Ella se apartó un poco con expresión recelosa.
—¿Negocios a las once y media? —repitió—. ¿Y qué negocios van a ser? ¿Levy, eres de verdad un hombre honrado?
—Tan honrado como tu abuelo —replicóle—. Soy listo y puedo ganar dinero pronto.
Se le volvió a acercar y le ayudó a abrazarla.
—¿Nos casaremos pronto? —susurró Rosa—. El abuelo puede morir inesperadamente y cualquiera sabe el dinero que habrá ahorrado. David y yo somos los únicos herederos.
—¿Casarnos? Ya hablaremos de eso.
Minutos después de las doce del día siguiente, pasaba Harvey Grimm con su peculiar donaire por la puerta giratoria que daba al salón de fumar del Milán; cruzó la estancia hacia el bar contiguo y fue recibido por un coro de voces congregadas en un rincón de la derecha. Estaban allí cuatro amigos sentados, a los cuales casi no logró identificar al principio. Eran Aaron Rodd con el brazo en cabestrillo y una tira de tafetán en la frente y al lado un sólido bastón; el poeta, con la cabeza vendada y un ojo morado; Enriqueta, con aspecto algo más frágil, pero muy animada, y su hermano de uniforme, reclinado en un sillón.
—¿Pero es que ha habido un terremoto? —preguntó Harvey Grimm sorprendido, mientras estrechaba la mano de todos—. ¿O es que gracias a estar metido en mi escondrijo me he librado de una paliza?
—Se perdió usted un torneo pugilístico inenarrable.
—Cuéntenme, cuéntenme —les invitó, mientras se sentaba.
—Lo difícil es hallar palabras —comentó el poeta—. Fue una escena homérica, una batalla que ha de pasar a la historia. En las tinieblas, junto al muelle del Támesis, con las negras aguas del río muy cerca y una nube de asesinos asediándonos. Y ahora quiero decirle una cosa; para tratarse de un abogado sin experiencia deportiva, nunca vi un hombre que pegara tan fuerte y tan rápido como nuestro héroe Aaron Rodd, que se ha ganado la inmortalidad. Pienso dedicarle un poema que estoy componiendo.
—¿Pero me puedes explicar de una vez lo ocurrido? —persistió Grimm.
—Yo fui la causa —susurró Enriqueta.
Le contaron en colaboración lo ocurrido, interviniendo todos menos Brinnen, aunque al final, el poeta cogió el hilo y acabó él solo.
—Su cara —explicó el vate, tomando a Aaron Rodd del brazo—, tenía un aspecto fantasmal en las tinieblas y le brillaban los ojos con luz divina; los boleos de su brazo derecho parecían los de un péndulo del destino.
—¡Oh! ¿no podía guardarse todo eso para el poema? —le interrumpió Aaron Rodd—. ¿Y qué me dice de la escenita en la Comisaría de policía?
—¡Oh, sí! Fue un conjunto de episodios homéricos —asintió el poeta—. Yo los inmortalizaré con mi pluma y jamás me olvidaré del papel que desempeñé en ese drama entre las tinieblas. Por cierto que el agua estaba muy fría —añadió, mientras acababa su combinado.
—¿Y cómo le han ido las cosas a nuestro amigo en el campo? —preguntó Brinnen con tono reposado.
Siguió un breve silencio. Harvey Grimm hizo con la cabeza un ligero gesto de asentimiento. Lanzó una mirada a su alrededor y cercioróse de que eran los únicos ocupantes del salón. Ambas puertas estaban cerradas.
—Todo ha ido bien —dijo en voz baja—. Volví anoche. El negocio está acabado.
—¿Cuánto? —preguntó Brinnen, con ansiedad.
—Cuarenta y cinco mil libras. No pude cobrarlo todo anoche; pero lo pagarán en esta semana. Traigo nueve mil libras, seis mil de las cuales le entregaré cuando quiera.
—No hay nadie en el salón —murmuró Brinnen con tono insinuante.
Harvey Grimm sacó la cartera, tomó unos billetes y se los entregó a Brinnen. Éste volvió a lanzar otra mirada a su alrededor y sacó del bolsillo del abrigo un collar de brillantes; uno de éstos, el central, parecía brillar con leve luz rosada.
—A ver lo que puede hacer con esto —murmuró.
Harvey Grimm retuvo un instante el collar entre los dedos, antes de guardarlo en el bolsillo. Durante tan breve espacio de tiempo observó en la mirada de Enriqueta una expresión de asombro al fijarse en la joya. La joven volvióse hacia su hermano.
—¡Leopoldo! —exclamó— ¡No recordaba…!
Pero él la interrumpió.
—No las has visto todas —le dijo.
—Le advierto —observó Harvey Grimm—, que habrán de transcurrir unos cuantos días antes de que abandone el bullicio urbano otra vez.
—Es un trabajo éste —observó Brinnen, removiéndose inquieto en su asiento— que requiere especial rapidez. Recuerde que lo que produzca es suficiente para pasar lo que nos reste de vida.
—Muy cierto —admitió Grimm— y también implica mucho riesgo. En las últimas veinticuatro horas he estado al borde de la catástrofe.
Hizo sonar el timbre y en seguida se presentó un camarero, a quien le pidió que trajera combinados.
—Éste es —murmuró— uno de los lujos que no he podido permitirme en las horas de mi reclusión. Como muchas otras cosas de la vida, puede renunciarse a él cuando se hace por…
No pudo continuar. Todos se revolvieron en su asiento. De pronto, apareció por una puerta del fondo de la estancia que comunicaba con habitaciones privadas del hotel, uno de los encargados del ascensor, seguido de un camarero. Cruzaron el salón a toda velocidad, en actitud de manifiesto trastorno. A poco cruzó también otro muchachito intensamente pálido. Comenzó a oírse murmullo de voces al otro lado de la puerta de cristales que comunicaba con el resto del hotel y por último todos ellos reaparecieron acompañados del director, dando muestras de gran excitación: Volvióse a abrir la puerta e irrumpió en la estancia una mujer alta y morena, con una larga bata de seda verde.
—¡Avise a la policía! —exclamó la recién llegada, tendiendo las manos hacia el director—. ¡Han asesinado a mi esposo…! ¡Han robado todas mis joyas! ¡La policía! ¡la policía!
Desaparecieron todos por la puerta del fondo, acosando la señora al director del establecimiento con su excitada verborrea. Los cuatro amigos se miraron unos a otros.
—Es madame de Borria, la esposa de un millonario sudamericano —explicó Harvey Grimm.
—¿La señora que lucía el collar con un diamante rosa? —exclamó Enriqueta.
Siguió un intenso silencio. El capitán Brinnen levantó su copa hacia los labios y acabó el combinado.
—Hay en el mundo más de un diamante rosa —observó fríamente.
—Joven caballero, deténgase un momento. Invite a entrar a la señorita. Esta tarde vendo barato, muy barato. Joven caballero, ¿no necesita una sortija de auténticos brillantes? Tengo los anillos de brillantes más baratos del mundo. Soy Letchowiski, comerciante en joyas. Confíeme su dinero y comprará lo mejor en Whitechapel o West End. Entren, por lo que más quieran.
Algunos transeúntes le contestaban con puyas. Alguna jovencita de buen humor le lanzaba un beso con los dedos. El viejo Padre Letchowiski, en las noches del sábado, era una silueta familiar en el comercio humilde del distrito. Pero especialmente aquella noche ofrecía un aspecto particularísimo. De pronto, metióse en la tienda, acarició amorosamente algunas mercancías, chucherías de relumbrón aspecto, y volvióse hacia un muchachito que estaba tras el mostrador. Era un chiquillo menudo y bisojo, cuya estatura apenas sobresalía del mostrador, de cabello negro, enjuto rostro y tez cetrina.
—David, llámame si alguien asoma la cabeza por la tienda. ¿Me oyes? Llama fuerte.
—Muy bien, abuelo —repuso el muchacho—. ¿Quieres que me ponga a la puerta para atraer?
—Si quieres —asintió el viejo, tolerante—. Si me vendes algo, puede que te dé una comisioncita.
El rostro del jovencito se iluminó con una sonrisa. Abraham Letchowiski abrió la puerta que comunicaba con las habitaciones interiores, apartó la cortina y atisbó hacia atrás, un momento, en dirección a la calle y luego dejó caer la cortina, descendió por unos peldaños, cruzó una reducida estancia, mal ventilada, en la que veíase una mesa lista para la cena, se metió por otra puerta y fue a parar a un largo y oscuro pasillo. Al final de éste había una puerta, por cuyos intersticios se deslizaba brillante luz. Llamó dos veces con los nudillos, suavemente, y entró. Dentro había un individuo de ajado y lívido rostro, con gruesas gafas que desfiguraban sus facciones y cubierto el vestido con una larga blusa de obrero. En aquel momento se inclinaba sobre un pequeño torno. Oíase el blando y persistente murmullo de un motorcito. Sobre el banco de trabajo caía una luz brillante de pantalla, colgada desde el techo. Entre las manos del operario relucía algo cuando volvió el busto con cierto sobresalto.
—¿Qué hay, Letchowiski? —murmuró.
—¡Basta por esta noche! —susurró Letchowiski, implorante—. Todo el día he estado muy inquieto. Mientras me ponía a la puerta para atraer a los clientes, no cesaba de escudriñar a mi alrededor. Vi a un sujeto en la sastrería de enfrente. Parecía que hablaba con Hyan sobre un traje; pero observé que miraba varias veces hacia aquí. Se parece a ese Brodie de quien me habló.
El artífice no dudó ni un momento. Se volvió hacia el espejo que estaba enfrente y se arregló ligeramente el cabello negro; paró el motorcito con el pie; sacó luego media docena de relojes baratos y los esparció; por último, comenzó a desmontar uno de ellos.
—Mejor es tomar precauciones, Abraham Letchowiski —asintió—. Vuelva a la tienda. ¿Estará lista pronto la cena?
—Hay un poco de pescado frío en la mesa —repuso Letchowiski—. No hay necesidad de esperar a Rosa. Nos sentaremos los dos cuando quiera.
Una sensación de disgusto apareció en el rostro de su interlocutor, mientras miraba al anciano. Casi cerró los ojos.
—Afortunadamente esto ya se acaba —se dijo a sí mismo.
Harvey Grimm se quitó la blusa de trabajo y se examinó al espejo. Lucía un traje de sarga azul, bien ajado, camisa de franela con cuello de lo mismo. Llevaba el peinado sobre la frente y aparecía rizado en uno de los lados, según la moda de por allí. Aquel hombre sabía caracterizarse tan bien que ahora tenía todo el aspecto de un verdadero semita. Se ajustó las gafas, trabajó un poquito en el banco, tapó el motor y, por último, dirigióse hacia la tienda. Detúvose un instante ante el mostrador, oyendo las arengas del viejo que había vuelto a la puerta de la calle. Jugueteó un momento con unas cuantas joyas ornamentadas con vulgarísimas gemas de cristal, montadas en latón, y, de pronto, aprovechó Abraham una pausa para respirar y al dirigir la mirada al interior, vio a su seudo operario.
—¿Acabó ya? —le preguntó con ansiedad.
—Acabé —replicó tranquilamente—. Vamos a cenar.
El joyero abandonó la puerta y su puesto fue ocupado inmediatamente por el muchachito.
—Vaya a cenar, abuelo —le animó—. Yo me quedo aquí para vender algo.
—¿No tienes apetito? —le preguntó el viejo afectuosamente.
El muchachito sacudió la cabeza.
—Prefiero quedarme para hacer algún negocio —afirmó—. Hace poco vino un joven que quería un anillo con brillantes para una señorita y prometió volver.
Le dejaron en su puesto de vigilancia, ansioso de expectación, y pasaron al cuartito para sentarse ante los fragmentos de pescado frío, sobre el que lanzó Harvey Grimm una mirada de desagrado.
Apenas se habían acomodado, cuando la puerta abrióse bruscamente y se presentó una joven alta, morena, ataviada con la elegancia peculiar en el barrio. Ofreció sus mejillas a su abuelo; pero sin apartar la mirada de Harvey Grimm.
—¡Vaya una cena! —exclamó burlona— Después de haber estado ausente diez días, supongo que no irás a suponer que voy a cenar esto.
—Siéntate, querida, siéntate, y toma un poquito —la animó el anciano, un poco nervioso—. Si hubiera estado seguro de que venías…; pero contigo nunca se puede estar seguro, Rosa. Te esperábamos el sábado; pero no viniste.
—Ya, ya; eso es una disculpa —protestó la joven—. Tienes dinero a montones, abuelo, y vives como un pobre de solemnidad. No comprendo cómo se queda aquí este joven —añadió, mostrando una hilera de blanquísimos dientes, al sonreír a Harvey Grimm—. Yo no me quedaría si no me trataras mejor.
—Si quieres, querida —sugirió Abraham Letchowiski—, saldré a comprar un poco de fruta.
Le obligó a quedarse sentado.
—No te muevas —le dijo—, cenaré lo que haya. Después, ya veremos.
Tomaron el frugal refrigerio. La joven no cesaba de hablar en voz muy alta sobre su empleo en el gran establecimiento de confecciones, en el que acababa de ser ascendida a encargada de uno de los departamentos y reclamaba la atención de los dos para que se fijasen en el excelente corte de la falda que llevaba, a cuyo efecto se puso de pie e irguió el busto audazmente, a fin de que lucieran mejor las líneas de su cuerpo de provocativa manera. Harvey Grimm que al principio se había mantenido en una actitud indiferente, pareció quedar prendido, de pronto, en las redes de sus encantos y correspondió a sus coqueteos. Se sentaron muy juntos, hablando en voz baja, con los labios de él muy cerca de las encendidas mejillas de la joven, y fue entonces cuando, inopinadamente, se abrió la puerta, presentándose Paul Brodie acompañado de otro individuo. El primero se los quedó mirando.
Hubo un breve y singular silencio, mientras los dos recién llegados escudriñaban a su gusto la humilde estancia. Fue Abraham Letchowiski el que habló primero, levantándose y apoyándose en la mesa. Las gafas le temblaban.
—¿Qué buscan aquí? —preguntó.
—Siento molestarles —disculpóse Brodie, inclinándose galante ante Rosa—. Tenemos que registrar su casa. No se alarme. Al menos que oculte usted algo, no le molestaremos mucho y desde luego puede estar tranquilo con todos sus tesoros.
—Pero ¿quiénes son ustedes? —persistió el viejo—. ¿Por qué han de registrar mi casa? Yo no he hecho nada malo. Vivo honestamente.
—Muy bien, muy bien —asintió Brodie, tranquilizándole—. No pensamos hacerle daño, créame.
—Ya me conoce, mister Letchowiski —terció el que acompañaba a Brodie—. Soy Bone, John Bone, detective de la comisaría de la esquina. No vamos a molestarle mucho; pero por una información de este señor, nos vemos obligados a echar una ojeada por aquí.
—¡Pero esto es la ruina de mi negocio! —lamentóse Abraham Letchowiski, retorciéndose las manos—. Si se enteran mis clientes, no creerán ya que soy un hombre honrado. ¡Es mi ruina, mi ruina! ¡Ya no visitarán mi tienda!
—No se preocupe —tranquilizóle el detective—. He dejado sólo un agente a la puerta y va de paisano. Podemos registrar este cuarto y el dormitorio y el taller, sin llamar la atención de nadie. Vamos, mister Letchowiski, ya nos conocemos.
El anciano aún vociferaba y gemía.
—Cuento setenta y tres años —sollozó— y nunca he tenido disgustos con la policía.
—Entonces, no mueva las manos —le dijo Brodie—. Así.
Con la destreza del experto recorrieron sus dedos el traje del viejo, registrándole de pies a cabeza.
—¡Qué vergüenza! —protestó Rosa, con enfurecida mirada—. ¡Tratar a un anciano de este modo! ¿Es que se va a atrever alguien a hacer lo mismo conmigo? Pues me parece que van a probar mis uñas.
—No es necesario —repuso Brodie—; la vimos entrar.
—¿Y qué es lo que buscan? —preguntó la joven, predominando la curiosidad a la ira.
—¡Oh, oh! —repuso vagamente el detective— ¿Es éste su ayudante, mister Letchowiski? —continuó.
Harvey Grimm se incorporó con lentitud y levantó los brazos.
—Yo no soy ayudante de nadie —declaró, con voz totalmente cambiada—. Me llamo Levy y soy maestro relojero.
John Bone le registró rápidamente de pies a cabeza. Mientras, Brodie recorría toda la estancia escudriñando dentro de los aparadores, levantando los objetos de adorno, golpeando en las paredes y maderas y deteniéndose en cualquier resquicio que pudiera servir de escondrijo. John Bone desapareció un instante, escaleras arriba, y escucharon como manipulaba por las habitaciones. Así que estuvo de vuelta, los dos individuos se adentraron hacia el fondo de la casa.
—Acompáñenos al taller, mister Letchowiski —le invitó el detective.
—¿Y para qué me necesitan? —preguntó el viejo receloso.
—Eso no le importa. Vamos. Acaso tengamos que preguntarle algo.
Desaparecieron, mientras gemía el anciano. Cuando estaban a punto de abandonar la estancia, Paul Brodie volvió la cabeza un instante. El joven que había dicho llamarse Levy estaba abrazando de nuevo a Rosa y sus rostros se hallaban muy juntos. Como en un delirio amoroso parecía estar susurrando a la joven algo al oído. Brodie sonrió, desechando la vaga sospecha que poco antes cruzara por su mente. Rosa y el ayudante de su abuelo quedaron solos.
—¿Qué te parece todo esto? —le preguntó ella—. ¿Es que se ha metido el abuelo en algún lío?
—No, Abraham Letchowiski es demasiado viejo y demasiado listo para correr riesgos. Además, tiene mucho dinero.
Asintió Rosa.
—Es verdad —repuso—, y a nadie se lo puede dejar salvo a mí y a David. Una bonita dote para mí, ¿eh?
—Eres una muchacha afortunada —suspiró Harvey Grimm.
—Hay por aquí jóvenes que lo saben —continuó ella—; por ejemplo Hyam, ahí enfrente, y los dos Salomón. Pero no me gustan. Son demasiado sórdidos. Me gustan los hombres como tú.
La abrazó él más estrechamente y ella lució sus uñitas, para que se fijara en una sortija con un grueso brillante y un brazalete de oro macizo.
—Me encantan las joyas —confesó—. ¿Verdad que son muy bonitas? Algún día me regalarás una sortija y la luciré… ¿En qué dedo te gustaría más que la lleve?
—Cuando haya ahorrado un poco más —le prometió—, te daré una joya que va a despertar la envidia de todas las jóvenes del barrio.
—Si quieres ganar dinero —le preguntó—, ¿por qué trabajas con mi abuelo? Todos dicen que no paga ni la mitad de lo que debe.
Harvey Grimm sonrió misteriosamente.
—Espera —le dijo—. Nunca paro mucho en un sitio. Soy un poco trotamundos; pero así gano más. Ya terminé aquí casi mi trabajo.
—Esta noche me llevas al cine —susurró—. Hay uno muy bonito en la esquina. Si quieres —añadió, suspirando—, pagaré yo mi entrada.
Dudó él un momento, para responder sonriendo:
—Nos iremos en seguida que se hayan marchado esos individuos —le prometió— y pagaré yo las dos entradas.
—¡Magnífico! —asintió ella, más satisfecha—. Los caballeros deben pagar siempre. Dime —añadió luego, bruscamente—, ¿pero qué andan buscando esos tipos? Pasan mucho tiempo en el taller.
—Es muy corriente. Por todas partes me encuentro lo mismo. Roban todos los días por West End y creen que no hay otro sitio para ocultar joyas que no sea este barrio. Todas las joyerías desde aquí hasta el final de Mile End Road serán registradas. Esta es la segunda vez que nos visitan.
—Pues aquí se equivocan —dijo Rosa—. Mi abuelo no compraría nada robado. Es demasiado nervioso y no tiene valor. De todos modos —añadió pensativa—, si es tan rico como dicen, ¿cómo habrá hecho tanto dinero con un tenducho como éste?
Harvey Grimm movió la cabeza, comprensivo.
—Es muy listo Abraham Letchowiski —afirmó—. Yo sé muchas cosas de él. Esos broches que vende a cientos al precio de un chelín, le cuestan a penique y medio. Esos anillos de alianza con rubíes o zafiros, a elegir, le cuestan diez peniques y medio y los vende a nueve chelines. El dinero llueve cuando se logra convencer a la gente. Luego se dedica a prestar a todo el mundo, cuando hay garantías. Muchos de los comerciantes de esta calle le deben dinero. Bueno. Ya vuelven esos. Luego del cine cenaremos un poco, ¿eh?
Se apretó ella a él, precisamente lo que deseaba Harvey Grimm y cuando entraron los tres los hallaron en íntimo y amoroso coloquio. Apenas si les miró Brodie. Parecía muy compungido.
—Ahora unos minutos en la tienda, mister Letchowiski —dijo el detective—, y le dejamos en paz.
Penetraron en la tiendecita, cerrando la puerta tras ellos. Harvey Grimm pareció perder por un momento su aplomo.
Se levantó y se acercó a la ventana provista de cortinas, atisbando la tienda a través de un intersticio. Le resultaba difícil ahora conservar su maravilloso aplomo. La mano que se había deslizado en el bolsillo del pantalón apretaba fuertemente un objeto pequeño y duro.
—¿Qué hace ahí? —preguntóle Rosa, petulante—. Acérquese, el abuelo va a venir en seguida.
Su nuevo cortejador no contestó nada. Sus ojos estaban fijos en la figura de Brodie, que tenía entre sus manos la bandejita cargada de joyas falsas. Por fin, la volvió a dejar sobre el mostrador. Harvey Grimm se mordió los labios hasta casi hacerlos sangrar.
—¿Para qué se preocupa de esos estúpidos? —protestó ella—. Acérquese o voy yo a su lado.
Antes que él pudiera pensarlo Rosa se había incorporado, y estaba junto a Grimm con su perfume penetrante de pacholí. Rosa estaba junto a él en el momento en que se abría la puerta y marchaban los dos individuos. Entonces, Harvey volvióse hacia la joven y la besó en los labios. Ella se echó a reír histéricamente, ya que en aquel preciso momento se había presentado también el abuelo y contemplaba el cuadro, golpeando el suelo con el pie, sacudiendo la cabeza desesperadamente y alzando los brazos.
—¡Besó usted a mi nieta…! ¡Usted! —exclamó.
Harvey Grimm levantó un dedo y entonces el anciano enmudeció, cruzando la estancia hacia su sillón y dejándose caer en él, con un suspiro de alivio.
—Soy demasiado viejo para sufrir estas excitaciones —balbuceó—, envejezco por momentos.
Rosa volvióse hacia él.
—Mister Levy me va a llevar hoy al cine, abuelo —anunció—. ¿No le importaría avisar a mister Hyam para que le acompañe a usted?
El viejo protestó.
—¡No! ¡No! —repuso— Tendría que preparar café y no tengo dinero. Vete al cine con mister Levy y diviértete, preciosa. Esta gente me ha aterrado. Soy viejo, demasiado viejo. Me iré al bar de Deucher y tomaré café solo. Ven a cenar —gritó desde la puerta abierta al muchacho que estaba ante el mostrador—. Yo atenderé la tienda un rato.
El muchacho vino de mala gana. Rosa habló un momento con él y Harvey Grimm, que ya estaba en la tienda, se quedó un instante solo. Deslizó una mano hacia la bandeja de las baratijas y se metió en el bolsillo unas cuantas joyas. Rosa reapareció pronto, luciendo los guantes.
—Vámonos —dijo—. Saldremos despacio. Me gustará que nos vea mister Hyam, desde enfrente. Siempre me está acosando para que salga a paseo con él; pero me gusta más usted.
Marcharon con lentitud por la animada calle, hasta llegar al cinematógrafo. Harvey Grimm compró asientos de un chelín y acomodóse junto a Rosa en una atmósfera que parecía rezumar olor a cocina y tabaco barato. Estaban cogidos del brazo y al terminar la sesión salieron a la calle del mismo modo.
—Rosa —le dijo—, esta noche te he invitado y quiero además decirte un secreto. Voy a dejar de trabajar con tu abuelo. He encontrado una colocación mucho mejor y, además, he ahorrado dinero.
La muchacha le apretó el brazo con aumentado afecto.
—¿Cuánto? —susurró.
—Unas trescientas libras o acaso algo más —contestó él—. Esta noche voy a tirar la casa por la ventana. Tomaremos un taxi y te llevaré a cenar al Mónico.
Dejó escapar ella un suspiro de placer; pero de pronto se puso seria.
—Mejor será que cojamos el metro —susurró—. Así ahorraremos tres chelines y me podrás comprar un poco de perfume.
Se echó él a reír y la invitó a subir a un taxi que se había detenido ante ella, ordenando al chófer que le condujera al Mónico.
—No te preocupes, que podré comprarte también el perfume. Mira —continuó—, después de cenar llamaremos otro taxi y pagaré para que te lleven a casa. Tengo que ver a un individuo a las once y media para hablar de negocios. Es mi nuevo patrón.
Ella se apartó un poco con expresión recelosa.
—¿Negocios a las once y media? —repitió—. ¿Y qué negocios van a ser? ¿Levy, eres de verdad un hombre honrado?
—Tan honrado como tu abuelo —replicóle—. Soy listo y puedo ganar dinero pronto.
Se le volvió a acercar y le ayudó a abrazarla.
—¿Nos casaremos pronto? —susurró Rosa—. El abuelo puede morir inesperadamente y cualquiera sabe el dinero que habrá ahorrado. David y yo somos los únicos herederos.
—¿Casarnos? Ya hablaremos de eso.
Minutos después de las doce del día siguiente, pasaba Harvey Grimm con su peculiar donaire por la puerta giratoria que daba al salón de fumar del Milán; cruzó la estancia hacia el bar contiguo y fue recibido por un coro de voces congregadas en un rincón de la derecha. Estaban allí cuatro amigos sentados, a los cuales casi no logró identificar al principio. Eran Aaron Rodd con el brazo en cabestrillo y una tira de tafetán en la frente y al lado un sólido bastón; el poeta, con la cabeza vendada y un ojo morado; Enriqueta, con aspecto algo más frágil, pero muy animada, y su hermano de uniforme, reclinado en un sillón.
—¿Pero es que ha habido un terremoto? —preguntó Harvey Grimm sorprendido, mientras estrechaba la mano de todos—. ¿O es que gracias a estar metido en mi escondrijo me he librado de una paliza?
—Se perdió usted un torneo pugilístico inenarrable.
—Cuéntenme, cuéntenme —les invitó, mientras se sentaba.
—Lo difícil es hallar palabras —comentó el poeta—. Fue una escena homérica, una batalla que ha de pasar a la historia. En las tinieblas, junto al muelle del Támesis, con las negras aguas del río muy cerca y una nube de asesinos asediándonos. Y ahora quiero decirle una cosa; para tratarse de un abogado sin experiencia deportiva, nunca vi un hombre que pegara tan fuerte y tan rápido como nuestro héroe Aaron Rodd, que se ha ganado la inmortalidad. Pienso dedicarle un poema que estoy componiendo.
—¿Pero me puedes explicar de una vez lo ocurrido? —persistió Grimm.
—Yo fui la causa —susurró Enriqueta.
Le contaron en colaboración lo ocurrido, interviniendo todos menos Brinnen, aunque al final, el poeta cogió el hilo y acabó él solo.
—Su cara —explicó el vate, tomando a Aaron Rodd del brazo—, tenía un aspecto fantasmal en las tinieblas y le brillaban los ojos con luz divina; los boleos de su brazo derecho parecían los de un péndulo del destino.
—¡Oh! ¿no podía guardarse todo eso para el poema? —le interrumpió Aaron Rodd—. ¿Y qué me dice de la escenita en la Comisaría de policía?
—¡Oh, sí! Fue un conjunto de episodios homéricos —asintió el poeta—. Yo los inmortalizaré con mi pluma y jamás me olvidaré del papel que desempeñé en ese drama entre las tinieblas. Por cierto que el agua estaba muy fría —añadió, mientras acababa su combinado.
—¿Y cómo le han ido las cosas a nuestro amigo en el campo? —preguntó Brinnen con tono reposado.
Siguió un breve silencio. Harvey Grimm hizo con la cabeza un ligero gesto de asentimiento. Lanzó una mirada a su alrededor y cercioróse de que eran los únicos ocupantes del salón. Ambas puertas estaban cerradas.
—Todo ha ido bien —dijo en voz baja—. Volví anoche. El negocio está acabado.
—¿Cuánto? —preguntó Brinnen, con ansiedad.
—Cuarenta y cinco mil libras. No pude cobrarlo todo anoche; pero lo pagarán en esta semana. Traigo nueve mil libras, seis mil de las cuales le entregaré cuando quiera.
—No hay nadie en el salón —murmuró Brinnen con tono insinuante.
Harvey Grimm sacó la cartera, tomó unos billetes y se los entregó a Brinnen. Éste volvió a lanzar otra mirada a su alrededor y sacó del bolsillo del abrigo un collar de brillantes; uno de éstos, el central, parecía brillar con leve luz rosada.
—A ver lo que puede hacer con esto —murmuró.
Harvey Grimm retuvo un instante el collar entre los dedos, antes de guardarlo en el bolsillo. Durante tan breve espacio de tiempo observó en la mirada de Enriqueta una expresión de asombro al fijarse en la joya. La joven volvióse hacia su hermano.
—¡Leopoldo! —exclamó— ¡No recordaba…!
Pero él la interrumpió.
—No las has visto todas —le dijo.
—Le advierto —observó Harvey Grimm—, que habrán de transcurrir unos cuantos días antes de que abandone el bullicio urbano otra vez.
—Es un trabajo éste —observó Brinnen, removiéndose inquieto en su asiento— que requiere especial rapidez. Recuerde que lo que produzca es suficiente para pasar lo que nos reste de vida.
—Muy cierto —admitió Grimm— y también implica mucho riesgo. En las últimas veinticuatro horas he estado al borde de la catástrofe.
Hizo sonar el timbre y en seguida se presentó un camarero, a quien le pidió que trajera combinados.
—Éste es —murmuró— uno de los lujos que no he podido permitirme en las horas de mi reclusión. Como muchas otras cosas de la vida, puede renunciarse a él cuando se hace por…
No pudo continuar. Todos se revolvieron en su asiento. De pronto, apareció por una puerta del fondo de la estancia que comunicaba con habitaciones privadas del hotel, uno de los encargados del ascensor, seguido de un camarero. Cruzaron el salón a toda velocidad, en actitud de manifiesto trastorno. A poco cruzó también otro muchachito intensamente pálido. Comenzó a oírse murmullo de voces al otro lado de la puerta de cristales que comunicaba con el resto del hotel y por último todos ellos reaparecieron acompañados del director, dando muestras de gran excitación: Volvióse a abrir la puerta e irrumpió en la estancia una mujer alta y morena, con una larga bata de seda verde.
—¡Avise a la policía! —exclamó la recién llegada, tendiendo las manos hacia el director—. ¡Han asesinado a mi esposo…! ¡Han robado todas mis joyas! ¡La policía! ¡la policía!
Desaparecieron todos por la puerta del fondo, acosando la señora al director del establecimiento con su excitada verborrea. Los cuatro amigos se miraron unos a otros.
—Es madame de Borria, la esposa de un millonario sudamericano —explicó Harvey Grimm.
—¿La señora que lucía el collar con un diamante rosa? —exclamó Enriqueta.
Siguió un intenso silencio. El capitán Brinnen levantó su copa hacia los labios y acabó el combinado.
—Hay en el mundo más de un diamante rosa —observó fríamente.