el ojo amarillo (relato)
Minutos antes de la popular hora de la cena, Aaron Rodd, luego de haber escogido mesa, seleccionó, previa consulta con el maître, una cenita y recogió una pequeña guía teatral, acomodándose en el salón de recepciones del bar del Carlton, en espera de la llegada de Enriqueta. Exactamente enfrente de donde se hallaba había un reloj y mientras sorbía un combinado lanzó una mirada al espejo para examinarse el rostro. Se quitó los lentes un poco sorprendido, como si de pronto se viera retrotraído a los años de su juventud. Levantóse y se acercó al espejo bajo el pretexto de ojear unas revistas ilustradas. A intervalos examinaba furtivamente su silueta en el mismo, tratando de dilucidar la razón de tal cambio. A instancias del poeta, había acudido a un buen sastre, escogiendo el cuello oportuno, aprendiendo a hacerse debidamente la corbata. Luego, otra visita oportuna a un elegante peluquero dejó fino y lustroso su cabello peinado hacia atrás, despejando un rostro que, hasta a su dueño, parecíale haber sufrido un cambio maravilloso. Sin duda alguna, estaba más joven. Observábase en sus labios una nueva expresión, huyendo de ellos toda dureza y, lo que era más curioso, parecía como si la vida hubiera prestado a toda su persona un viraje de simpatía, a pesar de su evidente ansiedad. Desde que apareció Harvey Grimm, vióse salir del ambiente depresivo y sórdido; pero desde que surgió Enriqueta vióse transportado al mundo en el que vivía, donde las flores poseen distinto perfume y brilla siempre el sol, incluso tras las nubes.
—¡Pero ahora resulta que eres vanidoso! —murmuró una voz, con cierta nota de dulce sorpresa—. ¡Pero si me parece estar viendo a mister Cresswell contemplándose al espejo!
Por un momento, casi se sintió avergonzado. Luego sonrió, a la vez que se inclinaba sobre los dedos de Enriqueta.
—Estaba pensando que se ha operado un cambio tan esencial en mi vida y… luego te presentas tú —repuso, ya tuteándola.
Los ojos de ella se hicieron más dulces al mirarle; entreabriéronse sus labios y le estudió un instante.
—Sí que has cambiado, de veras —decidió, al fin—. Pareces más joven, como si hubieras salido de un mundo para entrar en otro. La primera vez que nos conocimos en el jardín, parecías muy melancólico. Por lo visto la vida de aventuras no te ha probado mal.
—¡Si pudiéramos acabar con ellas! —exclamó él, con ansiedad.
Le tapó ella los labios con un dedo. En aquel momento, el maître se les acercó, dedicándoles una reverencia.
—¿Quiere seguirme la señorita?
Enriqueta dio su aprobación a la elección de mesa y menú, al igual que lo había hecho con su acompañante. Respecto a Aaron Rodd se desvanecieron en él las sombras de zozobra que a veces le envolvían. Estaba ciego y sordo a las miradas de los otros comensales y a sus palabras, subyugado por la inigualable elegancia de la mujer que le acompañaba, por su aristocrática fisonomía de marfileña tez, por su airecillo de extranjera, acaso, que la hacía aún más atractiva, con una individualidad distinta. No lucía joyas, excepto las perlas que colgaban de su garganta. Su cabello debía haber sido arreglado por sus propias manos. Vestía, como siempre, un traje negro de chiffon y lo juzgaba en su sencillez la última nota de la elegancia. Sencillamente, la juzgaba adorable y la cena acabó sin que ella exclamara:
—¡Pero si aún no hemos escogido el teatro!
Hizo venir él a un botones.
—A ver si podemos ir al Casino —rogóle ella—. Tengo ganas de ver revista.
El botones les trajo un plano del teatro y Aaron encargó un pequeño palco abandonando la mesa, poco después, a regañadientes.
—He saboreado la comida —le dijo ella mientras se acomodaban en el taxi—. ¡Era todo tan bueno! Casi sospecho que me voy volviendo glotona.
—Yo también recelo que me voy volviendo glotón —susurróle él al oído— porque ambiciono tanto… lo mejor que podía ofrecerme la vida.
De pronto, ella le atrajo hacia sí dulcemente.
—Conténtate con mis dedos, estréchalos —susurró—. Quietecito, como estás.
Acercósele él más, con ojos suplicantes.
—Sí, me contentaré, sí… —prometióle él.
Apartóse ella instintivamente.
—Pero besarme no, ¿eh?
—Eso es lo quiero hacer, si puedo.
Rióse ella, nerviosa.
—Bueno, bueno, arrepintámonos, como dos niños traviesos que han estado hablando de cosas que no debían —le dijo—. Un pequeño desliz…
—Sí, un desliz —repitió él.
—Pero un desliz delicioso —murmuró ella—. Pero ya hemos llegado.
Rióse ella, nerviosa.
A poco, hallábanse en el palquito del teatro, en el que apenas cabían cuatro personas. Enriqueta acomodóse a sus anchas, dispuesta, desde el principio, a saborear la función. Aplaudió las salidas del gracioso actor francés y de la versátil estrella que tan deliciosamente representaba su papel. Y de pronto, Aaron Rodd sintió que se helaban los dedos que estaba acariciando bajo el programa. Miró a Enriqueta y, con gran asombro suyo, comprobó que había huido de su rostro todo el gozo y optimismo de antes. Ahora parecía esculpido en marfil y en sus ojos reflejábase el temor. Miraba con extraña fijeza a la joven que, saludada con una salva de aplausos, acababa de salir a las tablas. Aaron se acercó un poco a Enriqueta.
—¿Te ocurre algo? —le preguntó.
Pareció recobrarse un poco.
—Sí —susurró—. Esa joven… ¿Ves lo que está luciendo? Me refiero al brillante.
Dirigió Aaron la mirada hacia allí, un poco sorprendido. La joven aludida, que era francesa y nueva en el teatro, y que estaba cantando una cancioncilla de bulevar con hábil destreza, no lucía joya alguna, excepto una curiosa piedra preciosa amarillenta que le colgaba del cuello, pendiente de un hilo de platino.
—¿Te refieres a esa piedra amarillenta?
Miróle ella sorprendida.
—¿Pero es que no lo sabes? —exclamó— Es un célebre brillante, llamado Ojo Amarillo. Pertenece a…
—¿A quién?
—A Leopoldo, es de la colección de mi hermano —le explicó, titubeando.
Quedó él un momento desconcertado. Luego, el auténtico sentido de aquellas palabras cobró todo su valor.
—¿Quieres decir que esa piedra preciosa es de las que… tu hermano adquirió y de las que aún no se ha desprendido?
—Sí —murmuró.
Siguió un breve y embarazoso silencio. Evidentemente, Enriqueta estaba conturbada y seguía la figura de la joven en la escena con magnética fijeza.
—No puedo creer que Leopoldo pretenda divertirse de este modo —continuó, volviéndose bruscamente hacia su acompañante—. Probablemente se lo habrá prestado a esa joven, para su primera aparición en este teatro. Por lo visto, debuta hoy. No me preocupa eso, sino la temeridad que implica. Conocen ese brillante por todas partes, su historia, y se ha publicado su descripción copiosamente. Si hay alguien en el teatro que lo identifique, será una pista… una pista contra Leopoldo. ¡Oh, qué locura! Tengo que ir a ver a esa mujer en seguida.
Se levantó y se apartaron un poco al fondo del palco.
—Temo que sea un poco difícil —le advirtió Aaron.
—Pues hemos de conseguirlo —persistió ella—. Iremos juntos y hablaremos con alguien de la administración para que le pase recado.
Transcurrieron diez minutos bastante desagradables en la administración del teatro, donde les dijeron que, debido a lo reducido de los departamentos interiores, no se permitían las visitas a los artistas; pero por fin apareció el gerente y comenzó a excusarse con el mismo argumento. Enriqueta le cortó.
—Monsieur —rogóle—, se trata de algo excepcional, algo que debe saber esa señorita, y soy yo la única persona que puede decírselo. ¿Verdad que hará usted una excepción?
Les condujo a través de pasillos tortuosos y llegaron ante la puerta de un camerino, llamando con los nudillos.
—Entrez —replicó una voz aguda.
Su guía les hizo entrar en un pequeño departamento, bien amueblado; pero desprovisto de alfombra. Mademoiselle Larilly se hallaba de pie, frente a un espejo, en muda y admirativa contemplación. Al verles entrar se volvió en redondo.
—¿Qué pasa? —preguntó sorprendida.
El gerente le habló de prisa en francés, explicándole lo que ocurría y desapareció. Enriqueta esperó a que la puerta se hubiera cerrado. Luego, habló a la artista:
—Mademoiselle, antes que todo debo pedirle mil perdones por nuestra inoportuna visita; pero vengo tanto por su bien como por el mío. ¿Tendría usted la bondad de decirme quién le prestó ese brillante que lleva?
La joven lo apretó fuertemente contra su pecho.
—No me lo han prestado —repuso—: me lo dieron.
—Eso es imposible —protestó Enriqueta—. ¿Sabe usted que esa joya vale una fortuna?
La joven pareció sorprendida; pero se limitó a encogerse de hombros.
—¡Oh, la, la! —exclamó—. Eso a mí no me importa. Me lo dio un caballero que no era inglés, y nadie tiene derecho a formularme preguntas sobre el regalo. No recibo a nadie aquí, señorita, y sólo dispongo de unos minutos antes de ir a escena. Tengan la bondad de salir.
Enriqueta hizo un esfuerzo para suavizar la acritud de su tono.
—Mademoiselle Larilly —le dijo—, supongo que no querrá ocasionar serios disgustos al caballero que le prestó o dio la joya; pero le advierto, créame, que le va a hacer mucho daño si la luce públicamente. Va a ocasionarle una gran desgracia.
La joven abrió un poquito la boca y contempló el brillante, sacudiendo la cabeza.
—Pues no puedo remediarlo —decidió—. Eso es cosa suya; lo debe saber mejor que usted. Le prometí que me lo pondría. Probablemente estará él entre el público esta noche. Tengo que cumplir mi promesa.
—Pero mademoiselle… —comenzó Enriqueta.
No pudo continuar. La puerta se acababa de abrir, cerrándose en seguida sin previa llamada y surgió la figura de mister Paul Brodie, suave y con una leve sonrisa en los labios. Dedicó una inclinación de cabeza. Mademoiselle Larilly le dirigió una mirada enojada.
—¿Quién le ha permitido entrar? —le preguntó—. No recibo aquí a nadie. Voy a mandar llamar al gerente. Es una impertinencia que la gente se presente en mi camerino sin mi autorización.
Mister Brodie extendió la mano con ademán de disculpa.
—Miss Larilly —rogóle— no se enfade usted. Soy una de esas personas que pueden entrar en todas partes en cualquier momento.
—¿De veras? —protestó ella, indignada—. Supongo que no será usted el dueño del teatro o el autor de la obra. No le conozco y le ruego que se marche en seguida.
—Señorita —continuó mister Brodie con los ojos fijos en la gema que colgaba de su garganta—. No tengo el honor de ser ninguna de las personas que acaba usted de mencionar; pero represento un poder al que todo el mundo debe acatar. Soy de la policía.
Quedóse ella inmóvil y llevó de nuevo las manos instintivamente a su garganta.
—¡De la policía! —repitió— No le comprendo. ¿Qué busca usted…? ¿Qué tiene que hacer aquí la policía?
—No se preocupe, miss Larilly —continuó cortésmente Brodie—. Sencillamente le ruego que me permita examinar la joya que está usted luciendo.
—¡No! —protestó ella acremente—. Nadie tiene derecho a eso. La joya me ha sido prestada con la condición de que nadie la pueda tocar.
—Mire, señorita —persistió Brodie, con persuasiva energía—. No deseo molestarla, sino resolver este asunto amistosamente, aunque puedo ocasionarle disgustos si se empeña. Vamos, tenga la amabilidad de descolgarse eso.
La joven comenzó a dar muestras de zozobra. Miró a Enriqueta como si buscara su consejo; pero ésta parecía estar a punto de desmayarse y sentóse en la silla que le acercara Aaron.
—Valor —murmuró Aaron en su oído—. Ese bruto la está espiando.
Brodie se había acercado más a mademoiselle Larilly, la cual apretaba fuertemente su garganta.
—Si da un paso más —gritó— chillaré y llamaré a mis compañeros para que me defiendan. Debe venir a verme, cuando haya acabado la representación, si desea interrogarme.
—Señorita —persistió el detective, con más severidad—, puede usted llamar al gerente si gusta; pero le repetiré a él lo que acabo de decirle. Si usted no se allana a que examine esa joya, haré que se interrumpa la representación y que penetre la policía.
Ahora dio muestras la joven de verdadero terror y sus mejillas cubriéronse de rubor.
—Este es un país intolerable —protestó, apretando los dientes—. En Francia esto no podría ocurrir. Examine la joya y márchese; pero no olvide que no pienso entregársela a nadie. Si la quiere tendrá que arrancármela de la garganta y soy capaz de seguirle fuera del teatro a gritos. No quiero que nadie me robe. ¿Cómo sé yo que es usted un policía? La joya… vale una fortuna.
—No lo dudo —asintió Brodie—. Espere un momento.
Le mostró la placa de su oficio en la palma de la mano, y se aplicó a un ojo una magnífica lupa. Siguió un breve silencio. Enriqueta apretó el brazo de su acompañante, mientras mademoiselle Larilly permanecía inmóvil jadeante de emoción y con una expresión homicida en la mirada. De pronto, Brodie dejó caer el brillante y se metió la lupa en el bolsillo, permaneciendo un instante en actitud pensativa. Luego, dio media vuelta hacia la puerta.
—Miss Larilly —le dijo— le pido mil perdones. La joya que luce usted es un trozo de vidrio, que apenas si vale unas libras. He sido engañado, como… lo fue probablemente la joven que está ahí sentada —añadió con una leve e irónica inclinación de cabeza—. Se trata de un gran parecido…
Cerró la puerta suavemente y reinó en la estancia un curioso silencio. Enriqueta estaba intensamente pálida; pero en su rostro se reflejaba el desconcierto combinado con el alivio.
El rostro de la actriz se había transfigurado y respondiendo a un impulso instinto, avanzó hacia la puerta cerrada, resplandeciente el rostro de furor.
—De modo que vale unas libras, ¿eh? —se burló—. ¿Y cree que voy a presentarme en escena con una piedra vulgar…?
Abrióse de pronto la puerta de escape y apareció Leopoldo Brinnen y tras él la alta y desgarbada silueta de monsieur Larkson, la principal figura masculina de la revista.
—Con su permiso —comenzó Brinnen, inclinándose ante la actriz.
Pero se cortó en seco. Acababa de descubrir la presencia de su hermana. Enriqueta se levantó y fue hacia él.
—¡Leopoldo! —le dijo en voz baja, en francés— ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo te atreviste a correr este riesgo tan terrible? ¿Si Brodie no fuera tan estúpido, crees que iba a dejar de averiguar por boca de esa señorita quién le había entregado el Ojo Amarillo? ¡Quítaselo en seguida, por lo que más quieras!
Leopoldo escuchó sus palabras sin inmutarse.
—¿Quieres decirme, hermana, qué haces aquí? —le preguntó.
—He cenado con mister Aaron Rodd y pasamos la velada juntos —explicóle—. Estábamos sentados en un palco, cuando reconocí el Ojo Amarillo. Por eso vine corriendo. La señorita me recibió y le rogué que se quitara la joya y no la exhibiera, advirtiéndole el peligro que corría. Se echó a reír y fue entonces cuando se presentó Brodie. Pero ese hombre debe ser un idiota para no reconocer el brillante. ¡Si lo tuvo entre sus dedos!
El joven sonrió reposadamente. Luego, escuchó tras la puerta que comunicaba con el pasillo y cerró con llave, volviéndose hacia la actriz.
—Ahora miren —exclamó.
Desapareció su mano por la espalda y arrojó sobre la mesa la cadenilla de platino y el brillante que lucía, quedando casi en el acto sustituido por otro.
—Ya ven que sencillo —continuó—. Obedecí. En escena lucí el auténtico y antes de que hubiera llegado a mi camerino, en el mismo pasillo, el otro estaba en su lugar.
Leopoldo Brinnen sonrió beatíficamente, aunque se dirigió a su hermana en tono de disculpa.
—¡Ese Brodie —suspiró— es tan testarudo y tiene tan poca suerte! Me acosa con sus estupideces y esto ha sido una buena lección.
—Una buena lección —repitió Enriqueta, con tono de reproche y un sollozo entrecortado— que pudo habernos costado…
La contuvo él con un gesto de la mano.
—¡Ah, no, hermanita! —protestó— Tomas las cosas demasiado en serio. Paul Brodie —continuó, bajando la voz hasta hacerla inaudible a los demás— no es capaz de descubrir la relación que existe entre Jeremías Sands y el capitán Brinnen de la Artillería belga. Ahora me permitirá usted, señora —continuó volviéndose hacia los otros—, que le presente a mi hermana y a mister Aaron Rodd. Mademoiselle Larilly es esposa de monsieur Larkson, al que también tengo el gusto de presentar. ¿Qué brillante desea que luzca nuestra actriz en la próxima canción?
—Se puede jugar con fuego una vez —observó Aaron Rodd.
—¡Pero Leopoldo! —imploró su hermana, cruzando las manos en gesto de súplica.
El joven se resignó.
—Sea como gusten —prometió, tendiendo la mano para recoger el brillante que mademoiselle Larilly le ofrecía con vehemencia—. Pues lo meteremos en el bolsillo y madame bailará por primera vez en su vida luciendo un trozo de cristal sin valor alguno; pero no faltará la recompensa. Por lo pronto, nos iremos a cenar juntos al Ciro. ¿De acuerdo? ¿También usted, Aaron? Mi hermana estará encantada de volverles a ver a todos ustedes.
—Ya lo creo —confirmó Enriqueta.
—Pues en el Ciro, a las once y media —les recordó Brinnen.
—Hasta pronto, pues, madame —se despidió Enriqueta, mientras salía por la puerta que había abierto Aaron.
Enriqueta reclinóse en su asiento del palco, muy reconfortada. Estaban en el fondo del mismo y la joven cerró los ojos. No obstante, ya se había desvanecido la atmósfera deliciosa que les envolviera al comenzar la velada, aunque siguió con interés el resto de la representación, charlando con Aaron de vez en cuando. A pesar de sus esfuerzos, no podían mostrarse locuaces.
—Perdóneme si trato de reposar —le dijo ella, apoyando su mano sobre la de él—. Estoy aún aterrada y me estremezco cuando pienso…
—Ahora todo ha pasado —tranquilizóle él—. Procura reponerte.
De pronto, ella se levantó.
—Escucha —le dijo—, aún falta media hora antes de que puedan llegar al Ciro. Madame tiene que cambiarse de traje.
Como el último vestido de la francesa había sido un atavío de seda encarnada, con más medias que faldas, la sugerencia resultaba probable.
—¿Qué quieres hacer? —le preguntó Aaron.
—Me gustaría volver al Milán —le rogó—. Tengo la costumbre de ver a mi abuelo un momento, antes de que se vaya a dormir y de paso, me lavaré un poco los ojos. No te molestará, ¿verdad?
—Claro que no.
Dio instrucciones al conductor del auto y a poco estaban ante el Milán. Descendieron, cruzaron el vestíbulo y se dirigieron en seguida al ascensor.
—No te invito a subir —le dijo—; estaré aquí dentro de diez minutos.
Asintió él y compró un periódico de la tarde. En menos del tiempo indicado descendió el ascensor y se presentó Enriqueta. Vino en seguida hacia él con extraña expresión en el rostro. Aaron vio que sus ojos estaban cubiertos de lágrimas.
—Compadéceme —le dijo—. He sufrido un golpe terrible. Mi abuelo murió esta noche, mientras estábamos fuera, hace sólo una hora.
Murmuró Aaron unas palabras de condolencia.
—¿Quieres ir en seguida al Ciro —le rogó— y decírselo a Leopoldo? Procura prevenirle. ¡Pueden ocurrir ahora tantas cosas! —continuó— ¡Ve sin demora!
Ofrecióle ella los dedos y él llevóselos a los labios y los besó. Luego, salió a toda velocidad, saltó a un taxi y dirigióse al Ciro.
En el vestíbulo estaba Leopoldo Brinnen y un grupo de amigos. El belga frunció el ceño al verle llegar solo.
—¿Dónde está mi hermana? —le preguntó.
Aaron le tomó del brazo.
—Capitán Brinnen —le dijo—, siento traerle malas noticias. Su abuelo acaba de morir.
El joven quedóse un momento inmóvil y silencioso.
—¡Muerto! —balbuceó— ¡Pobrecito! ¡Muerto…!
Dentro, la música seguía y las conversaciones habíanse convertido en una algarabía. Brinnen volvióse hacia sus amigos:
—Lo siento —les dijo—. Mister Rodd me ha traído malas noticias. Una persona allegada de mi familia acaba de fallecer; ya me perdonarán que no me quede con ustedes. Luigi les servirá la cena.
Siguió un breve murmullo de condolencia entre sus invitados y uno tras otro le estrecharon la mano… Luego, salió con Aaron y quedaron un momento inmóviles en Ja calle.
—Mister Rodd —le dijo—, el fallecimiento de mi abuelo va a cambiar las cosas por completo.
Aaron Rodd le miró sorprendido. Nunca estaba seguro de las reacciones de aquel joven aventurero, que parecía tomar a broma todas las cosas de la vida.
—¿En qué aspecto? —le preguntó.
Brinnen le contestó con otra pregunta.
—¿Puede usted comunicarme con mister Harvey Grimm?
Aaron hizo con la cabeza un signo negativo.
—No sé ni siquiera donde trabaja. Permítame que le recuerde —añadió— que su hermana está consternada.
El joven hizo parar a un taxi.
—Es preciso que vea a Harvey Grimm tan pronto como sea posible —persistió el capitán.
—Harvey Grimm no quiere que le apremien en su trabajo —repuso Aaron—. Por la propia seguridad de usted, es preferible que esté oculto hasta que acabe su trabajo. ¿Digo al conductor que le lleve al Milán?
Brinnen asintió; pero antes de partir el vehículo, se asomó un momento a la ventanilla.
—Mister Aaron Rodd —le dijo—, ¿no le importa que le hable con entera franqueza?
—Claro que no.
—En muchos aspectos —continuó Brinnen confidencialmente—, me inclino a tenerle simpatía; pero en conjunto, he llegado a la conclusión de que es usted bastante ingenuo. Eso es todo.
—¡Pero ahora resulta que eres vanidoso! —murmuró una voz, con cierta nota de dulce sorpresa—. ¡Pero si me parece estar viendo a mister Cresswell contemplándose al espejo!
Por un momento, casi se sintió avergonzado. Luego sonrió, a la vez que se inclinaba sobre los dedos de Enriqueta.
—Estaba pensando que se ha operado un cambio tan esencial en mi vida y… luego te presentas tú —repuso, ya tuteándola.
Los ojos de ella se hicieron más dulces al mirarle; entreabriéronse sus labios y le estudió un instante.
—Sí que has cambiado, de veras —decidió, al fin—. Pareces más joven, como si hubieras salido de un mundo para entrar en otro. La primera vez que nos conocimos en el jardín, parecías muy melancólico. Por lo visto la vida de aventuras no te ha probado mal.
—¡Si pudiéramos acabar con ellas! —exclamó él, con ansiedad.
Le tapó ella los labios con un dedo. En aquel momento, el maître se les acercó, dedicándoles una reverencia.
—¿Quiere seguirme la señorita?
Enriqueta dio su aprobación a la elección de mesa y menú, al igual que lo había hecho con su acompañante. Respecto a Aaron Rodd se desvanecieron en él las sombras de zozobra que a veces le envolvían. Estaba ciego y sordo a las miradas de los otros comensales y a sus palabras, subyugado por la inigualable elegancia de la mujer que le acompañaba, por su aristocrática fisonomía de marfileña tez, por su airecillo de extranjera, acaso, que la hacía aún más atractiva, con una individualidad distinta. No lucía joyas, excepto las perlas que colgaban de su garganta. Su cabello debía haber sido arreglado por sus propias manos. Vestía, como siempre, un traje negro de chiffon y lo juzgaba en su sencillez la última nota de la elegancia. Sencillamente, la juzgaba adorable y la cena acabó sin que ella exclamara:
—¡Pero si aún no hemos escogido el teatro!
Hizo venir él a un botones.
—A ver si podemos ir al Casino —rogóle ella—. Tengo ganas de ver revista.
El botones les trajo un plano del teatro y Aaron encargó un pequeño palco abandonando la mesa, poco después, a regañadientes.
—He saboreado la comida —le dijo ella mientras se acomodaban en el taxi—. ¡Era todo tan bueno! Casi sospecho que me voy volviendo glotona.
—Yo también recelo que me voy volviendo glotón —susurróle él al oído— porque ambiciono tanto… lo mejor que podía ofrecerme la vida.
De pronto, ella le atrajo hacia sí dulcemente.
—Conténtate con mis dedos, estréchalos —susurró—. Quietecito, como estás.
Acercósele él más, con ojos suplicantes.
—Sí, me contentaré, sí… —prometióle él.
Apartóse ella instintivamente.
—Pero besarme no, ¿eh?
—Eso es lo quiero hacer, si puedo.
Rióse ella, nerviosa.
—Bueno, bueno, arrepintámonos, como dos niños traviesos que han estado hablando de cosas que no debían —le dijo—. Un pequeño desliz…
—Sí, un desliz —repitió él.
—Pero un desliz delicioso —murmuró ella—. Pero ya hemos llegado.
Rióse ella, nerviosa.
A poco, hallábanse en el palquito del teatro, en el que apenas cabían cuatro personas. Enriqueta acomodóse a sus anchas, dispuesta, desde el principio, a saborear la función. Aplaudió las salidas del gracioso actor francés y de la versátil estrella que tan deliciosamente representaba su papel. Y de pronto, Aaron Rodd sintió que se helaban los dedos que estaba acariciando bajo el programa. Miró a Enriqueta y, con gran asombro suyo, comprobó que había huido de su rostro todo el gozo y optimismo de antes. Ahora parecía esculpido en marfil y en sus ojos reflejábase el temor. Miraba con extraña fijeza a la joven que, saludada con una salva de aplausos, acababa de salir a las tablas. Aaron se acercó un poco a Enriqueta.
—¿Te ocurre algo? —le preguntó.
Pareció recobrarse un poco.
—Sí —susurró—. Esa joven… ¿Ves lo que está luciendo? Me refiero al brillante.
Dirigió Aaron la mirada hacia allí, un poco sorprendido. La joven aludida, que era francesa y nueva en el teatro, y que estaba cantando una cancioncilla de bulevar con hábil destreza, no lucía joya alguna, excepto una curiosa piedra preciosa amarillenta que le colgaba del cuello, pendiente de un hilo de platino.
—¿Te refieres a esa piedra amarillenta?
Miróle ella sorprendida.
—¿Pero es que no lo sabes? —exclamó— Es un célebre brillante, llamado Ojo Amarillo. Pertenece a…
—¿A quién?
—A Leopoldo, es de la colección de mi hermano —le explicó, titubeando.
Quedó él un momento desconcertado. Luego, el auténtico sentido de aquellas palabras cobró todo su valor.
—¿Quieres decir que esa piedra preciosa es de las que… tu hermano adquirió y de las que aún no se ha desprendido?
—Sí —murmuró.
Siguió un breve y embarazoso silencio. Evidentemente, Enriqueta estaba conturbada y seguía la figura de la joven en la escena con magnética fijeza.
—No puedo creer que Leopoldo pretenda divertirse de este modo —continuó, volviéndose bruscamente hacia su acompañante—. Probablemente se lo habrá prestado a esa joven, para su primera aparición en este teatro. Por lo visto, debuta hoy. No me preocupa eso, sino la temeridad que implica. Conocen ese brillante por todas partes, su historia, y se ha publicado su descripción copiosamente. Si hay alguien en el teatro que lo identifique, será una pista… una pista contra Leopoldo. ¡Oh, qué locura! Tengo que ir a ver a esa mujer en seguida.
Se levantó y se apartaron un poco al fondo del palco.
—Temo que sea un poco difícil —le advirtió Aaron.
—Pues hemos de conseguirlo —persistió ella—. Iremos juntos y hablaremos con alguien de la administración para que le pase recado.
Transcurrieron diez minutos bastante desagradables en la administración del teatro, donde les dijeron que, debido a lo reducido de los departamentos interiores, no se permitían las visitas a los artistas; pero por fin apareció el gerente y comenzó a excusarse con el mismo argumento. Enriqueta le cortó.
—Monsieur —rogóle—, se trata de algo excepcional, algo que debe saber esa señorita, y soy yo la única persona que puede decírselo. ¿Verdad que hará usted una excepción?
Les condujo a través de pasillos tortuosos y llegaron ante la puerta de un camerino, llamando con los nudillos.
—Entrez —replicó una voz aguda.
Su guía les hizo entrar en un pequeño departamento, bien amueblado; pero desprovisto de alfombra. Mademoiselle Larilly se hallaba de pie, frente a un espejo, en muda y admirativa contemplación. Al verles entrar se volvió en redondo.
—¿Qué pasa? —preguntó sorprendida.
El gerente le habló de prisa en francés, explicándole lo que ocurría y desapareció. Enriqueta esperó a que la puerta se hubiera cerrado. Luego, habló a la artista:
—Mademoiselle, antes que todo debo pedirle mil perdones por nuestra inoportuna visita; pero vengo tanto por su bien como por el mío. ¿Tendría usted la bondad de decirme quién le prestó ese brillante que lleva?
La joven lo apretó fuertemente contra su pecho.
—No me lo han prestado —repuso—: me lo dieron.
—Eso es imposible —protestó Enriqueta—. ¿Sabe usted que esa joya vale una fortuna?
La joven pareció sorprendida; pero se limitó a encogerse de hombros.
—¡Oh, la, la! —exclamó—. Eso a mí no me importa. Me lo dio un caballero que no era inglés, y nadie tiene derecho a formularme preguntas sobre el regalo. No recibo a nadie aquí, señorita, y sólo dispongo de unos minutos antes de ir a escena. Tengan la bondad de salir.
Enriqueta hizo un esfuerzo para suavizar la acritud de su tono.
—Mademoiselle Larilly —le dijo—, supongo que no querrá ocasionar serios disgustos al caballero que le prestó o dio la joya; pero le advierto, créame, que le va a hacer mucho daño si la luce públicamente. Va a ocasionarle una gran desgracia.
La joven abrió un poquito la boca y contempló el brillante, sacudiendo la cabeza.
—Pues no puedo remediarlo —decidió—. Eso es cosa suya; lo debe saber mejor que usted. Le prometí que me lo pondría. Probablemente estará él entre el público esta noche. Tengo que cumplir mi promesa.
—Pero mademoiselle… —comenzó Enriqueta.
No pudo continuar. La puerta se acababa de abrir, cerrándose en seguida sin previa llamada y surgió la figura de mister Paul Brodie, suave y con una leve sonrisa en los labios. Dedicó una inclinación de cabeza. Mademoiselle Larilly le dirigió una mirada enojada.
—¿Quién le ha permitido entrar? —le preguntó—. No recibo aquí a nadie. Voy a mandar llamar al gerente. Es una impertinencia que la gente se presente en mi camerino sin mi autorización.
Mister Brodie extendió la mano con ademán de disculpa.
—Miss Larilly —rogóle— no se enfade usted. Soy una de esas personas que pueden entrar en todas partes en cualquier momento.
—¿De veras? —protestó ella, indignada—. Supongo que no será usted el dueño del teatro o el autor de la obra. No le conozco y le ruego que se marche en seguida.
—Señorita —continuó mister Brodie con los ojos fijos en la gema que colgaba de su garganta—. No tengo el honor de ser ninguna de las personas que acaba usted de mencionar; pero represento un poder al que todo el mundo debe acatar. Soy de la policía.
Quedóse ella inmóvil y llevó de nuevo las manos instintivamente a su garganta.
—¡De la policía! —repitió— No le comprendo. ¿Qué busca usted…? ¿Qué tiene que hacer aquí la policía?
—No se preocupe, miss Larilly —continuó cortésmente Brodie—. Sencillamente le ruego que me permita examinar la joya que está usted luciendo.
—¡No! —protestó ella acremente—. Nadie tiene derecho a eso. La joya me ha sido prestada con la condición de que nadie la pueda tocar.
—Mire, señorita —persistió Brodie, con persuasiva energía—. No deseo molestarla, sino resolver este asunto amistosamente, aunque puedo ocasionarle disgustos si se empeña. Vamos, tenga la amabilidad de descolgarse eso.
La joven comenzó a dar muestras de zozobra. Miró a Enriqueta como si buscara su consejo; pero ésta parecía estar a punto de desmayarse y sentóse en la silla que le acercara Aaron.
—Valor —murmuró Aaron en su oído—. Ese bruto la está espiando.
Brodie se había acercado más a mademoiselle Larilly, la cual apretaba fuertemente su garganta.
—Si da un paso más —gritó— chillaré y llamaré a mis compañeros para que me defiendan. Debe venir a verme, cuando haya acabado la representación, si desea interrogarme.
—Señorita —persistió el detective, con más severidad—, puede usted llamar al gerente si gusta; pero le repetiré a él lo que acabo de decirle. Si usted no se allana a que examine esa joya, haré que se interrumpa la representación y que penetre la policía.
Ahora dio muestras la joven de verdadero terror y sus mejillas cubriéronse de rubor.
—Este es un país intolerable —protestó, apretando los dientes—. En Francia esto no podría ocurrir. Examine la joya y márchese; pero no olvide que no pienso entregársela a nadie. Si la quiere tendrá que arrancármela de la garganta y soy capaz de seguirle fuera del teatro a gritos. No quiero que nadie me robe. ¿Cómo sé yo que es usted un policía? La joya… vale una fortuna.
—No lo dudo —asintió Brodie—. Espere un momento.
Le mostró la placa de su oficio en la palma de la mano, y se aplicó a un ojo una magnífica lupa. Siguió un breve silencio. Enriqueta apretó el brazo de su acompañante, mientras mademoiselle Larilly permanecía inmóvil jadeante de emoción y con una expresión homicida en la mirada. De pronto, Brodie dejó caer el brillante y se metió la lupa en el bolsillo, permaneciendo un instante en actitud pensativa. Luego, dio media vuelta hacia la puerta.
—Miss Larilly —le dijo— le pido mil perdones. La joya que luce usted es un trozo de vidrio, que apenas si vale unas libras. He sido engañado, como… lo fue probablemente la joven que está ahí sentada —añadió con una leve e irónica inclinación de cabeza—. Se trata de un gran parecido…
Cerró la puerta suavemente y reinó en la estancia un curioso silencio. Enriqueta estaba intensamente pálida; pero en su rostro se reflejaba el desconcierto combinado con el alivio.
El rostro de la actriz se había transfigurado y respondiendo a un impulso instinto, avanzó hacia la puerta cerrada, resplandeciente el rostro de furor.
—De modo que vale unas libras, ¿eh? —se burló—. ¿Y cree que voy a presentarme en escena con una piedra vulgar…?
Abrióse de pronto la puerta de escape y apareció Leopoldo Brinnen y tras él la alta y desgarbada silueta de monsieur Larkson, la principal figura masculina de la revista.
—Con su permiso —comenzó Brinnen, inclinándose ante la actriz.
Pero se cortó en seco. Acababa de descubrir la presencia de su hermana. Enriqueta se levantó y fue hacia él.
—¡Leopoldo! —le dijo en voz baja, en francés— ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo te atreviste a correr este riesgo tan terrible? ¿Si Brodie no fuera tan estúpido, crees que iba a dejar de averiguar por boca de esa señorita quién le había entregado el Ojo Amarillo? ¡Quítaselo en seguida, por lo que más quieras!
Leopoldo escuchó sus palabras sin inmutarse.
—¿Quieres decirme, hermana, qué haces aquí? —le preguntó.
—He cenado con mister Aaron Rodd y pasamos la velada juntos —explicóle—. Estábamos sentados en un palco, cuando reconocí el Ojo Amarillo. Por eso vine corriendo. La señorita me recibió y le rogué que se quitara la joya y no la exhibiera, advirtiéndole el peligro que corría. Se echó a reír y fue entonces cuando se presentó Brodie. Pero ese hombre debe ser un idiota para no reconocer el brillante. ¡Si lo tuvo entre sus dedos!
El joven sonrió reposadamente. Luego, escuchó tras la puerta que comunicaba con el pasillo y cerró con llave, volviéndose hacia la actriz.
—Ahora miren —exclamó.
Desapareció su mano por la espalda y arrojó sobre la mesa la cadenilla de platino y el brillante que lucía, quedando casi en el acto sustituido por otro.
—Ya ven que sencillo —continuó—. Obedecí. En escena lucí el auténtico y antes de que hubiera llegado a mi camerino, en el mismo pasillo, el otro estaba en su lugar.
Leopoldo Brinnen sonrió beatíficamente, aunque se dirigió a su hermana en tono de disculpa.
—¡Ese Brodie —suspiró— es tan testarudo y tiene tan poca suerte! Me acosa con sus estupideces y esto ha sido una buena lección.
—Una buena lección —repitió Enriqueta, con tono de reproche y un sollozo entrecortado— que pudo habernos costado…
La contuvo él con un gesto de la mano.
—¡Ah, no, hermanita! —protestó— Tomas las cosas demasiado en serio. Paul Brodie —continuó, bajando la voz hasta hacerla inaudible a los demás— no es capaz de descubrir la relación que existe entre Jeremías Sands y el capitán Brinnen de la Artillería belga. Ahora me permitirá usted, señora —continuó volviéndose hacia los otros—, que le presente a mi hermana y a mister Aaron Rodd. Mademoiselle Larilly es esposa de monsieur Larkson, al que también tengo el gusto de presentar. ¿Qué brillante desea que luzca nuestra actriz en la próxima canción?
—Se puede jugar con fuego una vez —observó Aaron Rodd.
—¡Pero Leopoldo! —imploró su hermana, cruzando las manos en gesto de súplica.
El joven se resignó.
—Sea como gusten —prometió, tendiendo la mano para recoger el brillante que mademoiselle Larilly le ofrecía con vehemencia—. Pues lo meteremos en el bolsillo y madame bailará por primera vez en su vida luciendo un trozo de cristal sin valor alguno; pero no faltará la recompensa. Por lo pronto, nos iremos a cenar juntos al Ciro. ¿De acuerdo? ¿También usted, Aaron? Mi hermana estará encantada de volverles a ver a todos ustedes.
—Ya lo creo —confirmó Enriqueta.
—Pues en el Ciro, a las once y media —les recordó Brinnen.
—Hasta pronto, pues, madame —se despidió Enriqueta, mientras salía por la puerta que había abierto Aaron.
Enriqueta reclinóse en su asiento del palco, muy reconfortada. Estaban en el fondo del mismo y la joven cerró los ojos. No obstante, ya se había desvanecido la atmósfera deliciosa que les envolviera al comenzar la velada, aunque siguió con interés el resto de la representación, charlando con Aaron de vez en cuando. A pesar de sus esfuerzos, no podían mostrarse locuaces.
—Perdóneme si trato de reposar —le dijo ella, apoyando su mano sobre la de él—. Estoy aún aterrada y me estremezco cuando pienso…
—Ahora todo ha pasado —tranquilizóle él—. Procura reponerte.
De pronto, ella se levantó.
—Escucha —le dijo—, aún falta media hora antes de que puedan llegar al Ciro. Madame tiene que cambiarse de traje.
Como el último vestido de la francesa había sido un atavío de seda encarnada, con más medias que faldas, la sugerencia resultaba probable.
—¿Qué quieres hacer? —le preguntó Aaron.
—Me gustaría volver al Milán —le rogó—. Tengo la costumbre de ver a mi abuelo un momento, antes de que se vaya a dormir y de paso, me lavaré un poco los ojos. No te molestará, ¿verdad?
—Claro que no.
Dio instrucciones al conductor del auto y a poco estaban ante el Milán. Descendieron, cruzaron el vestíbulo y se dirigieron en seguida al ascensor.
—No te invito a subir —le dijo—; estaré aquí dentro de diez minutos.
Asintió él y compró un periódico de la tarde. En menos del tiempo indicado descendió el ascensor y se presentó Enriqueta. Vino en seguida hacia él con extraña expresión en el rostro. Aaron vio que sus ojos estaban cubiertos de lágrimas.
—Compadéceme —le dijo—. He sufrido un golpe terrible. Mi abuelo murió esta noche, mientras estábamos fuera, hace sólo una hora.
Murmuró Aaron unas palabras de condolencia.
—¿Quieres ir en seguida al Ciro —le rogó— y decírselo a Leopoldo? Procura prevenirle. ¡Pueden ocurrir ahora tantas cosas! —continuó— ¡Ve sin demora!
Ofrecióle ella los dedos y él llevóselos a los labios y los besó. Luego, salió a toda velocidad, saltó a un taxi y dirigióse al Ciro.
En el vestíbulo estaba Leopoldo Brinnen y un grupo de amigos. El belga frunció el ceño al verle llegar solo.
—¿Dónde está mi hermana? —le preguntó.
Aaron le tomó del brazo.
—Capitán Brinnen —le dijo—, siento traerle malas noticias. Su abuelo acaba de morir.
El joven quedóse un momento inmóvil y silencioso.
—¡Muerto! —balbuceó— ¡Pobrecito! ¡Muerto…!
Dentro, la música seguía y las conversaciones habíanse convertido en una algarabía. Brinnen volvióse hacia sus amigos:
—Lo siento —les dijo—. Mister Rodd me ha traído malas noticias. Una persona allegada de mi familia acaba de fallecer; ya me perdonarán que no me quede con ustedes. Luigi les servirá la cena.
Siguió un breve murmullo de condolencia entre sus invitados y uno tras otro le estrecharon la mano… Luego, salió con Aaron y quedaron un momento inmóviles en Ja calle.
—Mister Rodd —le dijo—, el fallecimiento de mi abuelo va a cambiar las cosas por completo.
Aaron Rodd le miró sorprendido. Nunca estaba seguro de las reacciones de aquel joven aventurero, que parecía tomar a broma todas las cosas de la vida.
—¿En qué aspecto? —le preguntó.
Brinnen le contestó con otra pregunta.
—¿Puede usted comunicarme con mister Harvey Grimm?
Aaron hizo con la cabeza un signo negativo.
—No sé ni siquiera donde trabaja. Permítame que le recuerde —añadió— que su hermana está consternada.
El joven hizo parar a un taxi.
—Es preciso que vea a Harvey Grimm tan pronto como sea posible —persistió el capitán.
—Harvey Grimm no quiere que le apremien en su trabajo —repuso Aaron—. Por la propia seguridad de usted, es preferible que esté oculto hasta que acabe su trabajo. ¿Digo al conductor que le lleve al Milán?
Brinnen asintió; pero antes de partir el vehículo, se asomó un momento a la ventanilla.
—Mister Aaron Rodd —le dijo—, ¿no le importa que le hable con entera franqueza?
—Claro que no.
—En muchos aspectos —continuó Brinnen confidencialmente—, me inclino a tenerle simpatía; pero en conjunto, he llegado a la conclusión de que es usted bastante ingenuo. Eso es todo.