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Autores
edward phillips oppenheim
la astucia de harvey grimm (relato)
Una extraña e inusitada ráfaga de sol, filtrándose entre unos cúmulos de nubes y neblina, cayó, de pronto, débilmente, sobre el asfalto del pavimento de Embankment Gardens. Un joven alto que había permanecido sentado, cruzado de brazos, en uno de los bancos, pareció sorprendido. Tropezaron sus ojos con los de una joven, vestida de negro, que le miraba con expresión estupefacta. Casi en el acto, espontáneamente, se puso a sonreír.
—¡Qué extraordinario! —exclamó—. Sol en Londres en el mes de enero.
El joven pareció un poco confuso. Tenía aspecto tímido, y tal falta de convencionalismo de parte de una persona desconocida le sorprendió.
—Sí, es demasiado —admitió.
—Nunca vi cosa igual —continuó ella, bajando un poco la voz y volviendo la cabeza hacia un silloncito de ruedas que se hallaba junto a ella y en el que estaba un anciano, de aspecto delicado, cubierto de ropa y al parecer dormido—; algo que jamás me pude imaginar. Nos sentimos aquí tan lejos de todo lo que puede brillar o ser bello…
Aaron Rodd, que era de carácter poco comunicativo, sintióse de pronto a sus anchas y casi propicio a seguir conversando. Tenía rostro pálido, algo alargado; ojos hundidos y facciones arrugadas. Iba vestido con un ajado traje negro, que le daba un aspecto casi tétrico y tenía todo el aspecto de un recluso. Acaso fue por eso por lo que la joven le sonrió con tal confianza.
—No es usted inglesa, ¿verdad? —aventuróse.
Negó ella con la cabeza.
—¿De dónde podemos ser en estos tiempos? —suspiró, volviendo la cabeza hacia la contigua silla—. Casi no sé si tengo patria. Muchos como nosotros acudimos a Inglaterra.
—¿Es su padre ese señor que duerme?
—Mi abuelo —repuso la joven—. Los tres: él, mi hermano y yo hemos atravesado tiempos terribles. Mi abuelo no puede conciliar el sueño por la noche y durante el día, cuando no llueve, lo traemos aquí y, si no hace demasiado frío, se duerme como ahora y yo le vigilo.
—Es usted muy joven para tener que encargarse de él.
Sonrió ella con expresión triste.
—¡En estos terribles días se envejece tan pronto! Ya tengo veintiún años —añadió—. Ya perdonará mi curiosidad. Le vi a usted ayer de lejos, sentado. Por aquí suelen pasar niñeras y gentes parecidas que pasean y otras que cruzan camino de sus quehaceres; pero usted, ¿qué hace usted sentado ahí? ¿Acaso es escritor?
Rió él con cierta amargura. Su voz no era del todo desagradable.
—Soy abogado sin mucha práctica —repuso—. A veces la soledad de mi despacho me enerva y escapo aquí para huir.
—¿Abogado? —repitió la joven en voz baja, como si hablara consigo misma.
Evidentemente existía en la noticia algo que le interesaba. Lanzó una mirada al anciano dormido. Luego, se acercó un poco más al desconocido y éste notó un perfume delicioso, totalmente extranjero; se dio cuenta, de pronto, de que los ojos de la joven eran de color violeta, circundados de profundas ojeras; la línea de sus labios era de una curva que le resultó extraña.
—Dicen que se puede confiar en los ingleses —murmuró ella—, y también en los abogados.
—Soy americano de nacimiento —le interrumpió él—, aunque he vivido aquí toda mi vida.
—Es lo mismo. ¡Necesitamos tanto un asesoramiento! Quiero preguntarle una cosa. ¿No es el primer principio de un abogado mantener en sagrado secreto lo que le confía un cliente?
—Ciertísimo.
—¿Incluso si la confidencia —persistió— puede colocar a la persona que lo hace fuera de la ley?
—Un abogado puede rechazar a un cliente —repuso— pero nunca traicionar su confianza.
—¿Quiere darme su nombre y dirección? —le rogó ella con ansiedad.
—Me llamo Aaron Rodd —repuso—, y mi dirección es calle de Manchester, número 17. Tengo el despacho en el tercer piso.
—Mister Aaron Rodd —repitió ella, con extraña entonación extranjera—. Es un nombre poco corriente y no me olvidaré. ¿Cuándo se le puede visitar? ¿A las tres de esta tarde?
—Estaré allí todo el día.
—Entonces, au revoir —exclamó la joven con repentina brusquedad.
El anciano acababa de abrir los ojos y miró con temor a su alrededor. Ella se le acercó en seguida. Un asistente que se había quedado dormido al lado del cochecito, tomó las varillas del sillón con ruedas. La joven rodeó el cuello del anciano con el brazo y murmuró algo al que había de llevar el silloncito. Pronto se alejaron los tres. El hilillo de sol había desaparecido. Aaron Rodd metióse las manos sin guantes en los bolsillos del abrigo y marchó en dirección contraria.
Una hora después, un hombrecito de rostro sonrosado y cabello ya grisáceo, pero cuyos ojos brillaban con viveza, se detuvo frente a la placa de la puerta de un edificio de despachos, situado en la parte trasera de Adelphi. Iba vestido con marcada pulcritud, desde los zapatos al gris sombrero, y presentaba todo él aspecto de optimismo. Mientras silbaba y jugueteaba con el bastón, se puso a observar la lista de nombres. De pronto, se detuvo. El bastón cesó de hacer molinetes y se quedó parado, señalando un nombre, a mitad de la lista. Era el de mister Aaron Rodd, abogado, con la indicación de que el despacho estaba en el tercer piso. El presunto visitante lanzó una mirada a su alrededor y comprobó que no había ascensor, iniciando la subida de la escalera de piedra. En el primer descansillo encontró a un muchachito que bajaba con un fajo de documentos bajo el brazo.
—Caballerito —díjole afectuosamente—, por el aspecto de esos papeles que lleva, colijo que tiene alguna relación con asuntos judiciales. Acaso sea usted la persona de confianza del caballero a quien voy a visitar. ¿Querría decirme, antes de remontar estas escaleras tan sucias y poco agradables, si mister Aaron Rodd está en el despacho?
El jovencito lanzó al desconocido una mirada recelosa.
—No estoy empleado en el despacho de mister Aaron Rodd —repuso—, sino en el de Steel y Agnett, segundo piso.
—¡Qué lástima! —lamentóse mister Harvey Grimm—. Una buena firma es esa. No quiero robarle su precioso tiempo.
El presunto visitante de Aaron Rodd dejó escapar un suspiro y continuó su ascensión por la escalera. El joven se le quedó mirando un instante y luego siguió su camino. Así que mister Harvey Grimm llegó al tercer piso, descubrió en el extremo del pasillo la puerta en la que aparecía el nombre de mister Aaron Rodd. Llamó con los nudillos y le invitaron a entrar, penetrando en una estancia de aspecto poco atractivo.
—Buenos días, Aaron —saludó alegremente, cerrando la puerta y avanzando por el polvoriento pavimento.
Aaron Rodd, que estaba sentado ante una mesa, aparentemente sumido en el estudio de un documento judicial, levantó primero la cabeza y terminó luego por incorporarse lentamente.
Su primera impresión expectante transformóse en curiosidad, asombro y, en cierto modo, zozobra. Con la mano izquierda agarró fuertemente el borde de la mesa.
—¡Santo Dios! —exclamó—. ¡Pero si es Ned…!
Su visitante le contuvo con un movimiento de la mano.
—No, no, mi querido Aaron, te equivocas, debido a algún ligero parecido. Acaso te refieres a aquel pobre Ned Stiles. Ya no volverás a ver a Ned, Aaron. Me llamo Harvey Grimm, de Chicago. ¿Verdad que te acuerdas ahora?
Le tendió la mano. Su sonrisa era atractiva y su expresión la de un ingenioso niño, deseoso de un buen recibimiento. Aaron Rodd alargó sus dedos manchados de tinta.
—Te recuerdo perfectamente —admitió.
Así que el visitante hubo declarado su identidad, lanzó una mirada a su alrededor y fijóse en una silla con asiento de paja, sobre la que estaban apilados bastantes documentos judiciales, cubiertos de polvo; los apartó tranquilamente, acercó la silla y se sentó, luego de poner un pañuelo de seda sobre el asiento.
—Siéntate, hombre —le invitó, poniendo el sombrero sobre el suelo, estirándose las rodilleras del pantalón y esbozando una sonrisa, al comprobar el brillo de sus zapatos—. Supongo que ésta será la silla destinada a los clientes, ¿verdad? ¿Me equivoco al presumir que no se ha usado hace bastante tiempo?
—Exacto —repitió Aaron amargamente.
—Duros han sido estos tiempos —dijo Harvey Grimm, con placidez—. Supongo que esta mañana no vendrá ningún cliente.
—No ocurrirá tal milagro.
—Entonces, comencemos por fumar —añadió el recién llegado sacando una pitillera de oro y escogiendo un cigarrillo y encendiéndolo—. Prueba uno.
Aaron Rodd dudó un momento; pero terminó por aceptar, poniéndose a fumar con el aire del poco habituado.
—Mister Harvey Grimm, de Chicago —repitió, estudiando detenidamente el aspecto de su visitante—. ¿No he oído yo ese nombre en alguna parte? Acaso lo leí en los periódicos.
—Posiblemente —replicó suavemente—. Creo que mi llegada a Londres ha despertado cierto interés. Hasta la prensa de aquí cae en la tentación de ocuparse de los pasos de un millonario.
—¿Un qué?
—Un millonario —repitió Harvey Grimm, tranquilamente—. Con un nombre como el mío y procedente de Chicago, me extraña que no lo hayas comprendido.
—Hace siete años —observó Aaron Rodd— nos repartimos diecisiete libras, cuatro chelines y ocho peniques, que, si no recuerdo mal, era nuestro capital.
—Y a juzgar por lo que te rodea —suspiró su acompañante—, temo, amigo mío, que estés malversando tu talento. Yo, en cambio…
—Te has cambiado el nombre y eres un capitalista —le interrumpió fríamente Aaron Rodd.
—Eso mismo.
Siguió un breve silencio. Mister Harvey Grimm, con la beatífica sonrisa de su opulencia, se puso a silbar suavemente. Los pensamientos de su interlocutor se habían retrotraído al pasado.
—Bueno —dijo al fin el abogado—, voy a serte sincero. El documento que estaba estudiando con tanta atención, cuando entraste, era un simple contrato de arrendamiento, cancelado hace mucho tiempo. Los archivadores como puedes ver están vacíos. Me siento en este cuarto horas y horas sin que entre un cliente. Me aburro de veras.
—¡Vamos, hombre, vamos! —murmuró su visitante.
—Girando un poco en mi asiento —continuó Aaron Rodd— atisbo el río y los jardines de ahí enfrente. Permanezco sentado, haciendo cábalas sobre si un remolcador va a adelantar o no a otro; contemplo a los paseantes del jardín y me pregunto adónde irán, por qué haraganean y la razón de su prisa. En ocasiones, cavilo sobre las andanzas de los paseantes de la calle; otras veces cierro los ojos y me creo en Lincoln’s Inn, sentado en un sillón de cuero, sintiendo la rica alfombra bajo mis pies e hileras de archivadores con nombres maravillosos escritos en letras blancas, que llegan hasta el techo, y mi secretaria abrumada por el trabajo de anotar la lista de los clientes que solicitan mi consulta.
—Eres bastante soñador —comentó Harvey Grimm—; acaso sea a causa de la falta de trabajo. Yo no serviría para sentarme ahí y esperar a que llegaran los clientes.
—Es la tragedia de mi vida —asintió el otro con cierta amargura—. ¡Si yo pudiera ir a buscar trabajo para mi despacho aunque no me produjera ni un penique!
—¿Y financieramente cómo vas? —le preguntó Harvey Grimm, con una tosecita apologética.
—Al borde de la ruina —repuso amargamente—. Ya podrás comprender lo maravilloso que es recibir a un capitalista como tú en mi mísera oficina.
—Y también a un viejo amigo —le recordó—. ¡Vamos, vamos, Aaron! Hemos de hablar un poco de todo esto. Pienso poner en tus manos algunos de mis asuntos.
Los labios de Aaron Rodd se torcieron en una mueca de amarga incredulidad.
—¡Algunos de tus negocios! Tengo un recuerdo detestable de ellos, en nuestros viejos días, Ned… bueno, quiero decir Harvey. Casi me pusiste al borde de Sing-Sing y supongo que vendrás aquí para comenzar de nuevo.
Harvey Grimm hizo un movimiento negativo con la mano, como si tales reminiscencias constituyeran una indelicadeza.
—Mi excelente amigo —protestó—, quiero que me contestes a unas preguntas. Los negocios que hayan caído en tus manos en esta última etapa, ¿fueron desenvueltos con… digamos discreción?
—Si quieres decir si he conservado una buena reputación, puedo contestarte afirmativamente.
—¡Magnífico! Eso nos ayudará mucho. Y ahora, me parece que no nos vendría mal una comida —continuó, consultando su excelente reloj de pulsera.
El primer impulso de Aaron Rodd fue casi de ansiedad; pero se contuvo prestamente. Luego una mirada a la inmaculada vestimenta y al opulento aspecto de su visitante le tranquilizó.
—Supongo que… no tendremos algún disgusto para saldar la cuenta del menú, ¿eh? —descaróse al fin—. Te advierto, antes de salir, que no llevo encima más que unos pocos chelines.
Harvey Grimm tendió la mano casi cariñosamente, y la apoyó en el hombro de su amigo.
—Mi buen Aaron —le advirtió—, veo que estás un poco equivocado. No te das cuenta de lo que ocurre. Desde luego la palabra capitalista es un poco equívoca y no pretendo insistir mucho en ella; pero puedo asegurarte que ocupo excelentes habitaciones en el Milán y tengo crédito amplio para todas las comidas que se me ocurran hacer allí, y, desde luego, dinero suficiente para pagarlas.
—No voy vestido para ir al Milán —murmuró Aaron, cepillándose el vestido con energía.
—Estás equivocado —replicó su amigo, levantándose y encendiendo otro cigarrillo—. Un razonable abandono es hoy en día nota de excelente excentricidad. Con tu rostro de asceta, mi querido Aaron, esa corbatilla negra, tu usado pero limpio cuello blando, tu traje respetablemente ajado, te han de tomar por un respetable letrado, por un rentista sin preocupaciones o por un poeta modernista, al que todos admiran, aunque no lean. Tranquilízate, Aaron. Estoy seguro de que tu compañía no perjudicará mi crédito.
Por primera vez esbozóse en los labios de Aaron Rodd una leve sonrisa.
—Lo que creo que parezco es el típico aventurero, en plena necesidad.
—¿Y eso qué importa? —protestó Harvey Grimm, mientras descendían por la escalera—. Todos necesitamos una cosa u otra, y, en último extremo, la aventura es agradable. Hasta en pleno éxito —quiero ser franco contigo, Aaron—, yo no cambié en eso. Puedo asegurarte que me sigue atrayendo toda aventura que pueda producirme provecho o pasatiempo.
Su amigo hizo un chasquido con la lengua.
—Te creo, te creo —murmuró.
Salieron a la calle formando una curiosa pareja. El lujoso sombrero gris, el pulcro aire de su persona, daba a mister Harvey Grimm el aspecto de un jockey entrado en años, disfrutando de una desahogada posición. Aaron Rodd aparentaba precisamente lo que era: el intelectual hambriento que pasa una mala racha.
—Has escogido un barrio extraño para instalar tu despacho, Aaron —observó su amigo, deteniéndose al llegar a una esquina—. ¿Qué clase de gentes concurren por aquí?
—Esto es un desierto. A pocas yardas pulula el Londres próspero y boyante. Si escuchas un momento, podrás oír el clamor. Estas calles sórdidas son como ramas parásitas que aún sobreviven, aunque sólo para vegetar. Todos los negocios furtivos del mundo pueden ser desenvueltos tras esas silenciosas y sucias ventanas, o tras las negruzcas puertas: tortuosas agencias teatrales, publicaciones morbosas, rifas humildes. Hay gentes que acuden aquí para esconderse o para pasar inadvertidas. El año pasado se cometió un crimen al final de la calle, junto a la baranda.
—Evidentemente, el reino de la melancolía y la tragedia —observó Harvey Grimm, alegremente—. Veremos cómo nos van las cosas, Aaron; pero creo que pronto tendrás que mudarte a un distrito más atractivo. Por el momento, mejor será que continúes aquí.
El joven letrado miró a su compañero, entre temeroso e impaciente. Le conocía demasiado bien para formularle preguntas importunas, aunque no dejaba de sospechar los posibles peligros a que podía conducirle aquella comida. Pero hacía pocas noches que cruzó por su mente la idea del Támesis como única solución. Era preferible almorzar con Harvey Grimm en el Milán, a sentir las aguas del río arrebatarle el oxígeno.
—¿Te sientes mejor, Aaron? —interrogó Harvey Grimm a su amigo, media hora después.
Aaron Rodd sentíase de veras mejor y hubo de reconocerlo así. Su actitud con su anfitrión había cambiado un poco. Indudablemente era persona grata en el restaurante. Su mesa, aunque un poco apartada, estaba en un sitio escogido y habíasele dedicado toda clase de atenciones. No obstante, percibió una sensación de alivio cuando vióle firmar la cuenta con desenvoltura y la respetuosa reverencia del camarero. Harvey Grimm arrellanóse en su asiento y se quitó el puro de los labios.
—No tienes fe en mí, Aaron —le dijo, con una sonrisa alentadora—. Eso es lo que siempre te faltó, incluso en nuestros viejos tiempos: fe. Estás perdiendo todo contacto con el mundo, sumiéndote en la sordidez de tu despacho. ¿Es que esperas algo allí?
—Hasta la fecha nada logré que valga la pena —confesó Aaron Rodd.
—No quiero decir que todo sea culpa tuya —continuó su amigo, tolerantemente—. Eres de carácter contemplativo y apartado, y has tenido mucha suerte en que yo no olvide a los amigos.
—¿Tienes algo que proponerme? —preguntóle Aaron Rodd con vehemencia.
Su amigo avanzó un poco el cuerpo.
—Siempre tan impetuoso, querido Aaron —murmuró—, tan prosaico… No obstante, ya que me lo preguntas, debo responder. Pienso quedarme en Londres algún tiempo. Han surgido algunos planes que pueden aumentar rápidamente mis ingresos, para los cuales necesito, querido Aaron, un compañero, sólo uno, en quien pueda confiar. Por eso acudí a ti. Te propongo que formemos sociedad, una sociedad que puede llamarse Harvey Grimm y Rodd, traficantes con el destino y tratantes de aventuras. ¡Pero cómo te tiemblan las manos! Hasta se te desprendió la ceniza del puro.
Los finos labios de Aaron Rodd estaban temblando y a sus ojos se asomaban ideas inconfesables.
—Es que lucho como un desesperado —balbuceó—; pero me venciste. Puedes darte cuenta de lo que significa agotarse la última migaja de pan. Mañana mismo hubiera tenido que vender los muebles del despacho para poder comer.
Su amigo movió la cabeza con aire comprensivo.
—Querido Aaron —le dijo—, esa confesión, en labios de un hombre de talento y pensando cuantos necios triunfan, es algo terrible.
—Algunos tenemos conciencia —suspiró Rodd—, y mi profesión no es de las que debe llevar al deshonor.
Harvey Grimm sonrió con tolerancia, como si estuviera escuchando a un niño.
—También los lobos del mundo tienen su corazoncito —dijo—, y respecto al deshonor, es el éxito lo que lo determina o no… ¡Mi buen amigo! —se interrumpió, volviéndose hacia un individuo que acababa de acercarse a su mesa, apoyándole una mano en el hombro—. Llega usted muy oportunamente, mister Brodie. Le presento a mi amigo mister Aaron Rodd. Aaron, te presento a mister Brodie, que en el lenguaje cinematográfico —añadió bajando un poco la voz y agachándose ligeramente— es el sabueso número uno de Europa, el mejor detective de todos los tiempos.
Aaron Rodd se quedó petrificado y el puro se le escapó de los dedos, cayéndole en el plato. Sus anteriores esperanzas se esfumaron de repente y no apartaba los ojos de la mano apoyada en el hombro de su amigo. Harvey Grimm echóse a reír.
—No pongas esa cara compungida —exclamó—. No es la garra de la ley la que se apoya en mi hombro; mister Brodie y yo somos buenos amigos, y hasta podría decir aliados.
Aaron Rodd recobró el aplomo y murmuró unas palabras de mecánica salutación. El recién llegado acomodóse en el asiento que le acababa de ofrecer el camarero. Era un sujeto alto, grueso, de ojos acerados y cabello gris peinado hacia atrás. Sus ademanes y tono eran, en efecto, protectoramente afectuosos.
—De modo que ésta es nuestra tercera mano, ¿eh?
—Lo adivinó usted con su peculiar clarividencia —asintió Harvey Grimm, de buen humor—. Un abogado de impecable conducta profesional; no muy próspero en la actualidad.
—¿Y cómo anda de nervios? —preguntó mister Brodie—. Si estamos en la pista de lo que buscamos, no caben los titubeos.
—Aaron Rodd va muy bien en eso —afirmó su amigo, muy seguro—. Puede confiar usted. Respondo de él.
—¿He de colegir que nuestro asunto roza en algún aspecto con la ley? —preguntó el joven letrado.
Harvey Grimm esbozó una sonrisa.
—La de ahora, sí, Aaron. Puedo anticiparte que mister Brodie no pertenece oficialmente a Scotland Yard ni al Servicio Policíaco de Nueva York. Estuvo algún tiempo en Scotland Yard, y como le cupo la suerte de heredar cierta fortunita, decidió operar por su cuenta, algo decepcionado de los métodos oficiales. Algún día nos contará algunas de sus aventuras.
Mister Brodie se había cruzado de brazos en actitud impasible.
—He perseguido a criminales en todas las tierras del Globo. Tengo métodos propios y sé como tratarlos.
—Mira, Aaron —observó Harvey Grimm—, mister Brodie y yo somos excelentes amigos. Él sabe que yo soy lo que llama injustamente la gente un aventurero y que acaso llegue el día en que estemos el uno frente al otro; pero hoy por hoy tengo el privilegio de poder serle útil.
Y entonces ocurrió algo bastante corriente en tales casos. Mister Brodie era hombre corpulento; pero pareció fundirse por obra de encantamiento, quedando su silla vacía, y pudo atisbarse una silueta que se alejaba. Aaron pareció descubrir una mirada de aviso entre los dos hombres; pero lo que más le desconcertó fue la presteza con que se esfumó mister Brodie. Harvey Grimm avanzó ligeramente el cuerpo sobre la mesa, con la copa de licor en la mano.
—Ese Brodie es hombre muy útil —murmuró—. No es conveniente que se le vea hablar con nosotros demasiado. Buen coñac, ¿verdad, Aaron? Un poco demasiado seco, acaso; pero de excelente bouquet.
Aaron Rodd comprendió que no debía hacer preguntas y se puso a hablar del coñac, con tono natural, aunque al cabo de breves instantes tuvo que dar pruebas de aplomo. A pocas yardas vio a un joven con un brazo en cabestrillo y luciendo un uniforme extranjero; estaba charlando con un maître sobre la mesa más conveniente. A su lado iba la señorita con la que había estado hablando por la mañana en el Embankment Gardens y tras ellos una silueta patética: la del anciano de rostro apergaminado, con la barbilla blanca bien alisada y apoyándose en un bastón. Apenas descubrieron su presencia, se alejaron hacia otra mesa, escoltados por el maître, Aaron Rodd dejó escapar un profundo suspiro así que desaparecieron. Su compañero le miró con curiosidad.
—¿Son esas las personas por las que actúa Brodie? —preguntó el abogado ansiosamente.
Harvey Grimm esperó a que se hubieran acomodado ante la mesa.
—Sí —admitió—. Un trío de aspecto patético, ¿verdad? Ahora, mi buen Aaron, llegó el momento de que hablemos de tu aventurilla en los jardines del Embankment. Comprenderás que es un instante muy oportuno.
—¿Mi aventurilla? —repitió Aaron Rodd, atónito—. ¿Pero es que estabas por allí? ¿Viste cómo me hablaba?
—Sí, estaba sentado muy cerca, charlando con mi amigo mister Brodie y sin apartar la mirada de esa señorita.
Aaron Rodd no sintió deseo alguno de hacer alusión a aquel rayito de sol.
—Me dirigió la palabra por casualidad —explicó—, y me preguntó cuál era mi profesión. Le dije que era abogado. Acaso lo habría sospechado ya. Creo que lo llevo escrito en la cara.
—Tienes razón en eso. ¿Y luego qué ocurrió?
Aaron Rodd titubeó; pero el benévolo rostro de su compañero se endureció un poco.
—Aaron —recordóle—, trabajamos juntos. Has de decirme la verdad sin reservas.
—Me preguntó si a los de mi profesión les puede confiar un cliente su situación, con entera confianza de fidelidad.
—¿Y qué contestaste?
—Naturalmente, que en mi caso así era.
—Mi estimado Aaron —le dijo—, la buena suerte comienza a acompañarte en nuestra sociedad. ¿Y piensa hacerte una visita esa joven?
—Esta tarde a las tres, si cumple su palabra.
—Pues acábate el coñac y ven a mis habitaciones —le ordenó Harvey—. Antes de que recibas esa visita, tenemos que acordar algunas cosas.
Una hora más tarde, Aaron Rodd se hallaba sentado de nuevo ante su pobre mesa de despacho. Las sombras de la invernal tarde apenas si quedaban aliviadas por la lucecilla que ardía sobre su cabeza. Aaron tenía el aire expectante de quien aguarda un negocio. Había permanecido en tal actitud durante media hora, con los ojos fijos alternativamente en la puerta de entrada, abierta a propósito, y la otra puerta interior que comunicaba con una humilde casita.
Al fin llegó el murmullo que estaba esperando. En el último descansillo de la escalera de piedra sonaron pasos vacilantes, el golpeteo continuo de un bastón, la tosecilla y lamentos del fatigado anciano, y junto a aquellos pasos oscilantes, otros más firmes y maravillosamente ligeros, el sedoso susurro de prendas de vestir y, al fin, el sonido de una voz dulce y juvenil.
—Ya ve que hemos venido —iba diciendo la joven—. Ya vi su nombre en la puerta. En seguida se podrá sentar. Recuerde que es por el bien de Leopoldo.
Luego siguió una leve llamada a la puerta con los nudillos y aparecieron los dos con cierta timidez. La joven miró al letrado, cuyo rostro ofrecía un aspecto casi melodramático sumido en la penumbra. Cuando la joven se acercó más, le reconoció y entonces esbozóse una sonrisa en sus labios.
—¡Ah! Es usted, efectivamente, mister Aaron, el caballero con quien hablé en el jardín esta mañana; el abogado…
Aaron Rodd dedicóle una inclinación de cabeza y la ansiedad puso en su tono una nota casi bronca al responder. Desde la mañana habían ocurrido muchas cosas.
—Veo que cumplió su promesa —observó—. Viene a consultarme. Estoy a su disposición. Un momento.
Acercó dos sillas que estaban alineadas junto a la pared y las colocó al lado de la mesa. El anciano sentóse aliviado. Al parecer, el ascenso de la escalera le había dejado exhausto.
—Somos unos clientes de carácter azaroso, mister Rodd —dijo el anciano con temblorosa voz—. Este es uno de los días más desdichados de mi vida. Dejaré que mi nieta explique la razón de nuestra visita y de qué manera podrá sernos usted útil.
—Si lo hago yo, abuelo —terció la joven, volviéndose ligeramente hacia él— le contaré toda la verdad.
—Sí, no hay más remedio… —murmuró el anciano con cierta zozobra.
La joven comenzó en seguida a explicarse.
—Mi abuelo, mi hermano y yo —dijo— nos hospedamos en el hotel Milán. Utilizamos allí el apellido Brinnen, al que, en cierto modo, tenemos derecho, aunque lo empleamos para desvirtuar nuestra personalidad. Somos belgas de nacimiento, cosa que en las actuales circunstancias nos ayuda un poco. Pero si he de serle sincera, le diré que mi hermano acaba de llegar de Estados Unidos, donde estuvo mezclado en azarosas empresas, aunque sin dejar de defender a su patria contra los alemanes.
El anciano le interrumpió impaciente:
—Esas explicaciones sólo sirven para perder tiempo. Dile pronto a este caballero lo que deseamos.
Dio ella unos golpecitos cariñosos en la mano del abuelo y dirigió a Aaron Rodd una mirada de disculpa. El último había vuelto a sentarse ante la mesa y tenía el rostro medio oculto por la mano. Al escuchar a la joven, se renovó en él un sentimiento tiempo ha oscurecido. A pesar de que la muchacha parecía encargada de una misión delicada, sus explicaciones, su modo de hablar y modales poseían manifiesta delicadeza.
—No tiene necesidad de contarme más de lo que desee —le dijo, con tono sobrio—, y me agradará serles útil. Puede prescindir de los detalles que le resulten penosos.
Se encogió ella de hombros.
—Usted y mi abuelo tienen los mismos puntos de vista, al parecer —observó—. Entonces, me limitará a hacer una confesión que le parecerá un poco ruda, pero que responde a la verdad. Ni yo ni mi abuelo ni mi hermano nos merecemos la simpatía con que se nos trata. En cierto modo, somos unos impostores. ¿Es usted de moral muy estricta, mister Rodd?
—Realmente no lo sé —balbuceó—. Por mi condición de abogado, me veo obligado a ponerme en contacto con gentes de todas clases y lo mismo he tenido que ayudar a los delincuentes que a los honrados.
—Resulta tranquilizador —comentó la joven—. Escuche entonces mi confesión. En este caso tiene que tratar con delincuentes o, acaso mejor, con aventureros. Los tres disponemos secretamente de una buena partida de piedras preciosas y he venido para que nos aconseje usted. A nosotros nos está vedado todo medio normal de venderlas. ¿Cómo podíamos ponernos en relación con alguien que estuviera dispuesto a adquirirlas sin hacer preguntas?
Aaron Rodd sufrió un sobresalto. Hasta aquel momento su actitud había sido de duda; pero la confesión que acababa de oír le hizo cambiar.
—No es cosa fácil —admitió—; pero si hay alguien que pueda ayudarles en eso, soy yo precisamente.
La joven asintió.
—Debe mantenerse todo en el mayor secreto —le volvió a advertir—. ¿Comprende? Mi hermano es bastante conocido; es muy simpático y logró muchos éxitos. En beneficio de los que compren las piedras preciosas y en el nuestro, las joyas no deben poderse reconocer luego.
—Tengo un amigo que puede arreglar eso —anunció Aaron Rodd—; pero le advierto a usted que al vender esas joyas, no podrá recibir su verdadero precio.
—Ni lo pretendemos —terció el anciano—. Lo que necesitamos es dinero, dinero y pronto.
—Mi amigo podrá facilitárselo —dijo el letrado.
—¿Y cuándo podremos verle? —preguntó la joven con ansiedad.
—En seguida —replicóle con presteza—. Estaba, conmigo cuando vinieron ustedes y le hice pasar a habitaciones contiguas. Si quieren, le mandaré llamar.
—Desde luego —asintió el anciano, con vehemencia.
—Sí, sí —confirmó como un eco la joven.
Aaron Rodd levantóse y cruzó la estancia que comunicaba con la otra habitación. Abrió ésta y se puso a hablar con el que la ocupaba.
—Tengo aquí unos clientes que quieren hablar con usted, Grimm —anunció—. Acaso pueda lograrse un negocio.
Prestamente apareció Harvey Grimm, dirigiendo a los visitantes una mirada de curiosidad, de excelente estilo.
—¿Negocio? —repitió.
—Este caballero y esta señorita —explicó Aaron Rodd— son clientes míos. Poco importan sus nombres. Me han consultado para colocar ciertas joyas valiosas.
Harvey Grimm, arrojó a la chimenea el puro que fumaba.
—Ya —murmuró—. Lo mejor es que me den algunos detalles.
La joven repitió la historia, con algunos datos más. El anciano escuchó con plácido sopor, interrumpiendo sólo una vez.
—No sé para qué recurrir a esto. Tengo en Amsterdam un conocido…
—Deme su opinión, caballero —rogó ella a Harvey Grimm—. Necesitamos dinero; pero los brillantes deben quedar inidentificables.
Harvey Grimm sacó del bolsillo una magnífica lupa y se preparó.
—Probablemente habrán traído algunos brillantes, ¿verdad? —preguntó bruscamente.
La joven dudó y volvióse hacia el anciano, como para pedirle consejo; pero seguía hablando solo, murmurando algo sobre Amsterdam que resultaba ininteligible.
—Es preciso que conozca yo algo concreto respecto a las piedras preciosas que me ofrecen, si desean que trate con ustedes del asunto —observó Harvey Grimm.
Siguió un breve silencio. Luego la joven se incorporó y se apartó un poco de los tres. Cuando reapareció llevaba en la mano una bolsita de piel. La abrió cuidadosamente y vertió el contenido en la mano tendida de Harvey Grimm.
—El grande —dijo con sencillez— perteneció a un millonario americano. Mi hermano dice que vale veinte mil libras, y él es un perito extraordinario.
El anciano pareció despertar de su arrobamiento.
—Vale un reino esa piedra —balbuceó.
Los tres se inclinaron sobre el pequeño lote de brillantes. La expresión de Aaron Rodd fue de simple curiosidad. No entendía ni palabra en asuntos de piedras preciosas. En cambio, la actitud de su compañero fue totalmente distinta y en sus ojos apareció un resplandor, a la vez que se torcían sus labios en un gestecillo. La atmósfera de la estancia parecía cargada con una vitalidad extraña. El rostro de la joven aparecía tenso de excitación; el viejo semejaba haber cambiado de actitud repentinamente.
—No pierdas tiempo —murmuró, un poco febrilmente—. No es prudente sacar a la luz del día esas joyas, ni siquiera aquí. Si quieren ustedes comprar, digan pronto un precio, dennos una idea de lo que pueden pagar y ya nos volveremos a ver.
Harvey Grimm volvióse hacia él.
—Las piedras pequeñas son insignificantes —dijo—. La grande vale lo que ustedes dicen. Cortarla en fragmentos y venderla así implica una seria desvalorización. Lo más que pueden ustedes esperar son unas cinco mil libras.
El rostro de la joven reflejó cierta desorientación.
—Dígame —pronto—, ¿y cuánto interés anual produciría ese dinero?
—Doscientas cincuenta libras.
—De modo que si hubiera diez piedras como esa —continuó— ¿representaría una renta de dos mil quinientas libras? Se podría ocultar una persona en algún país apartado y vivir plácidamente.
—Evidentemente —aseguró Harvey Grimm.
Volvióse con cierto aire de duda hacia su acompañante.
—Me parece —suspiró— que el abuelo no tiene la menor idea del valor del dinero. Será mejor consultar con mi hermano.
Al llegar a tal punto se produjo, sin previo aviso, una interrupción tan inesperada para unos como para otros. La puerta de la oficina abrióse de par en par y el detective Brodie, seguido de un agente de paisano, pero de inconfundible catadura, penetraron en la estancia. El último de los citados cerró la puerta tras él y Brodie se acercó al grupito. En los ojos de la joven reflejóse el terror. Harvey Grimm dejó caer el pañuelo sobre las joyas, mientras su socio daba un paso adelante. El tono de Aaron Rodd tembló ligeramente.
—¿Qué buscan aquí? —preguntó.
Mister Brodie sonrió, tolerante, sin desviar la mirada de la mesa. Apartó al que le preguntaba y levantó el pañuelo que Harvey Grimm puso sobre los brillantes. Luego, volvióse hacia su acompañante con una pequeña exclamación de triunfo.
—Éste —dijo—, es uno de los brillantes Van Hutten.
—No comprendo —murmuró la joven, bastante serena en apariencia, aunque temblaba de pies a cabeza—. Es de nuestra pertenencia. Es propiedad de…
—No siga —la interrumpió Brodie, bruscamente—. Ya hablaremos con usted, amiguita, en la comisaría de policía.
La joven volvióse hacia Aaron Rodd.
—¿Quién es este individuo? ¿Qué pretende? —exclamó—. ¿Es una trampa que nos ha preparado usted? ¿Acaso es delito en Inglaterra ofrecer joyas en venta?
—Repito que ya hablaremos de eso en la comisaría —confirmó Brodie, rudamente—. ¡Inspector!
El aludido avanzó y se impuso.
—Tengo instrucciones de conducir a ustedes a la comisaría —afirmó cortésmente.
El anciano pareció sólo desconcertado. Levantóse, obediente, y volvióse hacia la joven. Ella le dio unos golpecitos tranquilizadores en el hombro, pero miró a Aaron Rodd con tal aire que éste casi sintió un nudo en la garganta, maldiciendo el momento que le llevó a los jardines del Embankment y la aparición de Harvey Grimm en su vida.
La simple mirada que le clavó la joven dióle la impresión de una daga que se incrustase en su corazón.
Brodie volvió a colocar los brillantes unos tras otros en la bolsita, se la entregó a su compañero e impelió a todos hacia la puerta. El anciano avanzó tembloroso, apoyándose en el brazo de su nieta. Aaron Rodd corrió hacia la puerta. Trató de decir algo a la joven; pero ésta le volvió la espalda despectivamente. Quedóse él ante la puerta, escuchando el rumor de sus pasos por la escalera. Luego volvió a entrar en la estancia y dejóse caer en la silla, frente a la mesa. Era como si hubiera salido de una terrible pesadilla. ¿Había ocurrido realmente todo aquello? De pronto, percibió un ligero y desconocido perfume. Un pañuelito blanco de encaje, estaba en el suelo, junto a la silla que ocupara la joven. Agachóse y lo recogió, acariciándolo con los dedos. Sí, era todo cierto. Había estado allí, sentada en aquella silla, acudiendo a su despacho confiada en él para caer en la artera trampa de Harvey Grimm y Brodie.
Transcurrió más de una hora antes de que volviese Harvey Grimm.
—Bueno, gran amigo —exclamó—, no dirás que te haga perder el tiempo.
—Mejor hubiera sido que no te acordaras de mí —contestóle amargamente—. ¿Qué le ha ocurrido a esa joven?
—¿Que qué le ha ocurrido? —repitió Harvey Grimm, con la luz de una sonrisa—. Pues absolutamente nada. A estas horas ya está en el Milán.
—¿No lograron identificar los diamantes? —insistió Aaron con ansiedad.
—Como si fuera un trozo de piedra —replicó—. El brillante que se llevó Brodie a Scotland Yard era…
—¿Qué?
—Un pedazo de cristal —declaró Harvey Grimm, encendiendo un cigarrillo—. Buen negocio, ¿eh?
—¿Entonces, no se les acusa de nada ni a la joven ni al anciano? —volvió a preguntar Aaron Rodd, atónito.
—De nada en absoluto. ¿Por qué no te fumas un pitillo, Aaron? Estás muy nervioso.
El abogado rechazó la pitillera.
—A ti te parecerá todo esto graciosísimo —declaró, tétrico—; pero yo no opino igual. No podremos repartirnos beneficio alguno y creo que nos hemos captado una enemistad…
Sacó Harvey el pañuelo del bolsillo.
—No podremos repartirnos beneficios —asintió—; pero contamos con esto.
Un brillante casi tan grande como una avellana, rodó por la mesa. Aaron Rodd se lo quedó mirando hipnotizado.
—¿Qué es eso?
—Uno de los brillantes Van Hutten —contestó triunfalmente.
Aaron Rodd estaba estupefacto. Miraba de hito en hito a la piedra preciosa y a su compañero, y casi no le quedaron palabras para pedir una explicación.
—Tenía preparada una falsificación —explicó—. Fue un juego. Lo cambié debajo del pañuelo. Ahora tienen en la comisaría de policía la piedra falsificada y no creo que estén muy contentos. Ese Brodie es el detective más inepto que ha cruzado el Atlántico.
Aaron Rodd estaba petrificado en su asiento; sus dedos repiqueteaban sobre la mesa, temblorosos.
—¡Santo Dios! —exclamó—. ¡Somos unos ladrones!
—No hables como un niño —le amonestó su compañero—. Entre bribones, esto es muy corriente. Hemos robado una joya robada, y al hacerlo, hemos salvado a esa joven, a su abuelo y hermano de la cárcel. ¿No te parece bien? Cuando se acabe este asunto, habrá tres o cuatro mil libras para cada uno. ¿Qué opinas?
Volvió a guardarse la joya en el bolsillo. Los dedos de Aaron seguían repiqueteando sobre la mesa. Las paredes de su polvoriento y desnudo despacho parecieron esfumarse, los garfios de su sórdida pobreza dejaron de aprisionar su espíritu. ¡Cuatro mil libras para los dos!
—Lo que te está haciendo falta ahora —le animó Harvey Grimm, alargándole el sombrero— es echar un trago. Vámonos.