la infidelidad de jack lovejoy (relato)
Cresswell y Aaron Rodd cenaban con el capitán Brinnen y su hermana en una mesa situada en un rincón del restaurante Milán. De nuevo les había dejado Harvey Grimm en uno de sus viajes de rumbo desconocido y todos se hallaban convencidos de que en esta ocasión la ausencia había de ser más larga. Como si se hubieran puesto de acuerdo, la conversación no versaba sobre temas personales. Hablaban mucho de la guerra. Brinnen se había engolfado en amargas reflexiones, cayendo en la característica irritación de sus compatriotas, a pesar de su sentimiento de gratitud.
—Ustedes los ingleses —declaraba— no poseen suficiente ingenio para combatir un sistema perfecto de espionaje; la actitud de ustedes es ingenua y acomodaticia, y la gente que más les odia anda libremente por todas partes. Incluso cuando se les señala con el dedo, la policía se encoge de hombros y sonríe con aire de superioridad. «No pueden perjudicarnos —aseguran—. Tenemos nuestras razones para dejarlos hacer». ¡Y están ustedes en guerra! ¿Por qué no se darán cuenta de la realidad?
—Tiene mucha razón —admitía Aaron Rodd—. Estamos demasiado acostumbrados a juzgar el espionaje como un juego de novelistas; pero temo que la realidad es muy distinta.
—No sólo lo es —continuó Brinnen— sino que está ejerciendo una influencia seria en el desarrollo de la guerra. Eche una ojeada por esta sala. ¿Ha observado usted nunca un conglomerado tan cosmopolita? Hay belgas, rusos, americanos; los dos jóvenes que acaban de entrar pon rumanos y nadie los conoce. Y puedo afirmar esto: si Inglaterra prescinde de su presencia, no hace lo mismo Alemania. Serán vigilados por los alemanes hasta que se marchen y sabrán al día lo que hacen. Aún más, podría dar yo buenos consejos al Servicio Secreto de aquí, al referirme a ese joven que está sentado tres mesas más allá de la nuestra, acompañado de una señora elegantísima.
Aaron Rodd y el poeta miraron furtivamente hacia donde indicaba y vieron a un joven moreno, de grandes ojos negros, muy bien peinado, mofletudo y de buen aspecto, desde el punto de vista teatral. Le acompañaba una muchacha bellísima que vestía de manera impecable, perteneciente al mundo de las tablas.
—¿Le conocen ustedes? —preguntó Brinnen.
—Siempre está por aquí —observó Cresswell—; generalmente en el bar.
—Es un actor americano —continuó Brinnen—. Su nombre de escena es Jack Lovejoy; pero el verdadero es Karl Festonheim y nació en Colonia. Sus padres y sus abuelos eran alemanes; se casó con una alemana. Como muchos de sus compatriotas, se llama americano, porque vivieron allí desde niños y continuaron residiendo en América. Pero todos sus parientes viven en Alemania, todos sus sentimientos son perfectamente germanos, come como un alemán, vive como un alemán y hasta habla como un alemán. Y a pesar de todo, no tiene dificultad alguna en lograr pasaportes. Puede vivir en Londres, escuchar las palpitaciones secretas de este país y desplazarse siempre que le plazca a Alemania.
—Existen muchas dificultades técnicas para tratar a estos americanos naturalizados —observó Aaron Rodd—, procedan de la nacionalidad que procedan.
—Aquí son ustedes demasiado formulistas —objetó el capitán Brinnen con fino sarcasmo—. No obstante, le cito este ejemplo porque me consta que ciertas informaciones sobre las andanzas de tres cruceros ingleses, al comenzar la guerra, fueron comunicadas por él al Almirantazgo alemán. Claro que no puedo probarlo, pero estoy seguro. Y también sé que así como, si le habla, le dirá que ya no trabaja para el teatro porque la guerra ha mandado a paseo a las revistas musicales, la verdad es que rehusó tres contratos en el pasado mes, bajo uno u otro pretexto, porque, en realidad, tiene otra ocupación.
Stephen Cresswell se revolvió en su asiento.
—Un aventurero —comentó.
—Si pudiera usted desarrollar la sagacidad de un agente secreto francés o alemán y profundizar en la vida de ese joven, probablemente lograría la aventura que tanto ansía.
—Pues me siento capaz de eso —afirmó el poeta, con decisión—. Me he pegado como una lapa a mi amigo Aaron Rodd con la esperanza de poderme adentrar un poco en el mundo en que las aventuras nacen como las setas. Desde luego, la única en que me ha mezclado resultó altamente satisfactoria, a su modo —afirmó, dedicando una reverencia a Enriqueta—, y su recuerdo me será imperecedero; pero no se puede vivir con una sola aventura. Necesito más. Reclamo a ese joven misterioso, Rodd, ¿me escucha?
—Pues por mí ya es suyo —asintió el otro—. ¡Pobrecillo! Casi empiezo a tenerle lástima.
Cresswell sonrió de modo especial.
—Amigo mío —le dijo—, sin duda es usted hombre de energía e inteligencia; pero lo que le falta es iniciativa. La iniciativa es el don de los genios. Yo tengo genio, por eso tengo iniciativa. Para usted, los asuntos que conciernen a ese joven le resultan tan impenetrables como una muralla negra y no sabría por donde empezar. Verá; le voy a explicar mi método.
—Mientras tanto —susurró Enriqueta, mirando intensamente hacia la puerta—, admire a madame de Borria y a su collar.
Aaron Rodd se inclinó ligeramente en su asiento.
—Pronto se lo ha puesto de nuevo —observó.
Brinnen se encogió de hombros.
—¿Y por qué no? Sólo había desaparecido por unas horas. Madame tuvo el suficiente sentido común para seguir el consejo de su marido, ofreciendo un premio al ladrón educado, con la promesa de no preguntar nada. Madame merece haber recobrado la joya y… bueno, ¿no podríamos tomar el café afuera?
Se levantaron a una y salieron juntos del restaurante. El poeta tomó del brazo a Brinnen y le apartó un poco, hablándole muy serio.
Aaron quedó momentáneamente algo alejado de ellos, en compañía de Enriqueta. Se fueron a un extremo lo más alejado de la orquesta.
—Hace hoy tres meses —recordó a la joven— que la vi por primera vez en el jardín del Embankment.
—¡Vaya una memoria! —murmuró ella— Y yo por entonces no trataba, pobre de mí, más que de averiguar si era usted un abogado poco escrupuloso.
El rostro de Aaron endurecióse ligeramente.
—¿Se van a acabar pronto las joyas de su hermano?
—¿Por qué lo dice? —susurró ella, mirándole con cejas ligeramente contraídas.
—Porque comienzo a cansarme —dijo con franqueza—; es decir, comienzo a cansarme en lo que se refiere a asociar el nombre de usted a estos asuntos. Me paso los días en una tensión de verdadero miedo. El lujo en nada es comparable al sentimiento de libertad en la vida. Ahora ya deben haber logrado cuarenta mil libras esterlinas. ¿Por qué no se va con su abuelo a cualquier rincón campestre? Aunque hubiera de contentarse con la mitad de esa suma, podría vivir perfectamente tranquila y a salvo. Deje que su hermano siga su vida.
Se contempló ella en silencio las puntas de sus zapatos. Lucía un trajecito negro, muy sencillo, y sólo le colgaba una perla de un ribetito de terciopelo negro alrededor de la garganta. No ostentaba brillantes en los dedos y hasta el cabello lo llevaba recogido con sencillez hacia la nuca. Y, no obstante, nadie podía comparársele en la sala.
—Enriqueta —continuó, inclinándose hacia ella—, si no me contesta no sé lo que voy a hacer.
Enriqueta le miró con cierta timidez. Pero pronto cambió de expresión y semejó interesarse por la orquesta.
—¿Cómo decía? —murmuró.
—Bien lo sabe usted. Tengo cerca de cuarenta años y no poseo más dinero que las diez o quince mil libras que he logrado colaborando en dar salida a las joyas robadas; pero estoy cansado de todo esto, y estoy cansado porque he encontrado en la vida otra cosa más digna de vivir. Sígame con su abuelo a cualquier parte, Enriqueta, y cásese conmigo. Le parecerá absurda mi proposición; pero me atrevo a formulársela porque, en cierto modo, se ha mostrado usted siempre tan amable… Debía haber esperado estas palabras.
De pronto apoyó ella la mano sobre la de él. Fue un gesto delicioso.
—Ahora, no diga nada —le imploró—. Me acordaré siempre de estas palabras y creo que no hubiera sentido nunca placer mayor en…
—¿Qué?
—En poder acceder a la proposición —continuó ella con tono furtivo—. Pero por ahora, por un poco de tiempo, tenemos que pensar en otras cosas. Mire, aquí viene mi hermano y mister Cresswell. ¿Qué va a hacer, mister Cresswell? ¡Mire!
El actor americano y su acompañante se habían sentado casi frente a ellos. De pronto, Cresswell se separó de su compañero y cruzó la sala marchando hacia allí; dedicó una inclinación de cabeza, a modo de preámbulo, y se puso a hablar con Lovejoy. Brinnen, que se había acercado a donde estaban sentados su hermana y Aaron Rodd, sonrió con ligero cinismo.
—Lo que se llama aquí, en su expresivo lenguaje, la conducta de un toro en una tienda de loza fina —comentó—. Me parece que pronto veremos como vuelve su amigo mohíno.
—No conoce bien a Stephen Cresswell —le advirtió Aaron—. Tiene más confianza que nadie en sí mismo. Mire.
Acababan de llamar a un camarero para que acercase una silla. Ahora se acababa de sentar el joven poeta junto a la joven artista, a quien evidentemente había sido presentado, y se habían engolfado en animada charla. A poco llamaron a otro camarero para que les trajera café y licores.
—Eso es lo que se llama iniciativa —susurró Enriqueta.
—Los primeros pasos son siempre fáciles —observó Brinnen—; pero, después de todo, recuerden que Lovejoy no es precisamente un lince. En fin, deseemos a nuestro amigo Cresswell buena suerte.
—Estaba precisamente preguntando a su hermana —dijo bruscamente Aaron Rodd— si nos acercamos ya al final de sus ocultas joyas.
El joven belga lanzó a su alrededor una mirada y sacudió la ceniza de su cigarrillo.
—¿Por qué?
—Porque comienzo a sentir serios temores por la suerte de su hermana —repuso Aaron, con firmeza—. Nuestro amigo Brodie habrá cometido muchas torpezas; pero no es totalmente imbécil. El mismo Grimm me confesó el otro día que había logrado descubrir el sitio donde ocultaba los brillantes y que éstos estuvieron… a escasa distancia de él.
—Pero al fin y al cabo, nada ocurrió —observó Brinnen, frunciendo el ceño.
—Pero acaso no ocurra siempre lo mismo —replicó Aaron Rodd—. He estado tratando de persuadir a su hermana de que se contente con los pequeños triunfos. Su abuelo es ya muy viejo. Piense el golpe que sería para él que le ocurriera algo o a cualquiera de ustedes. Pongan a buen recaudo lo que aún les queda por liquidar y aguarden una temporada para continuar.
Ambos hermanos cambiaron miradas que le resultaron incomprensibles a Aaron.
—¿Y qué dice a eso mister Grimm?
—¡Oh!, Grimm, continuará hasta el final —afirmó Aaron—. La aventura, el peligro, a costa de lo que sea, es la salsa de su vida. Pero él es un hombre soltero. Es distinto cuando interviene una joven como su hermana de usted. Precisamente por ella es por quien quisiera que cesara esto.
Brinnen enjugó sus lentes un momento con el pañuelo.
—Por lo visto muestra usted mucho interés por mi hermana, mister Rodd —le dijo con calma.
—Acabo de rogarle que se case conmigo —replicó simplemente Aaron.
Brinnen se volvió lentamente. De pronto su silueta recordó la de su abuelo. Tenía las pestañas caídas y la expresión de quien está escuchando algo inverosímil.
—Eso es absurdo —murmuró.
—No opino lo mismo —rectificó Aaron con la misma sencillez—. Si en lo que se refiere a sus mutuas andanzas su hermana es culpable, también lo soy yo con mi participación en la transferencia de las joyas robadas. Navegamos en el mismo barco, pero yo quiero sacarla de él. Le he pedido que se case conmigo y que nos vayamos a América. Allí podemos recomenzar una nueva vida.
De pronto ella se inclinó hacia su hermano y le dijo algo en voz baja en un lenguaje que no entendió Aaron. La expresión del belga cambió un poco. Luego, se presentó el camarero con el café y licores. Cuando les sirvió, marchóse y el capitán Brinnen reanudó el tema:
—Veo, mister Rodd —observó—, que se va adentrando usted por el sendero de la vida honesta, virtuosa y demás…
—Hace muchos años que trato de llevar una vida honrada —replicó Aaron con cierta brusquedad—. La última vez que no respondí a tal propósito fue hace tiempo, cuando Harvey Grimm y yo nos encontrábamos en América. No fue cosa seria. Nuestras actuales actividades son, en el fondo, otro ensayo. Pertenezco a una familia de Nueva Inglaterra, del viejo estilo, y aunque su mentalidad y sus puntos de vista nos hagan sonreír, la verdad es que llevo sus principios en la sangre, y, francamente, detesto esta vida. Para mí es mala; pero para su hermana es odiosa y me gustaría terminar.
—Pensaré en lo que me acaba de decir, mister Rodd —replicóle—; pero, por el momento, mejor será que abandonemos el tema, si no tiene inconveniente.
Un gestecillo de aviso de Enriqueta hizo enmudecer a Aaron y se pusieron a hablar de generalidades. Luego, el capitán Brinnen se levantó.
—Siento llevarme a mi hermana, mister Rodd —anunció—. Esta noche tiene un compromiso; pero antes de despedirnos —añadió tendiéndole la mano—, sea cual sea mi opinión sobre lo que me dijo antes, debo expresarle otra vez mi agradecimiento por su valerosa intervención en lo de la otra noche. Es cosa que no podremos pagar nunca ni mi hermana ni yo.
—Pues su hermana —repuso Aaron, con audacia— puede saldar esa cuenta, si quiere.
Le miró ella entonces a los ojos y le parecieron mayores y más dulces. Observó ligero temblor en sus labios, al decirle:
—Se está usted convirtiendo en un auténtico cortejador. Hasta la vista.
Alejáronse y Aaron dejóse caer en su asiento. Percibía cierta sensación placentera mezclada con desengaño; pero al menos había hablado con claridad. Entonces, el pequeño grupo de enfrente se levantó y el poeta le llamó, con amistoso signo.
—Les presento —dijo el poeta, así que estuvo con ellos— a mi amigo Aaron Rodd. Aaron, permítame que le presente a una artista que usted ha admirado de lejos: miss Pamela Keane.
Aaron, que no tenía la menor idea de quien era miss Pamela Keane, inclinóse sobre su mano, maldiciendo al poeta en su interior. Cresswell, que se estaba divirtiendo, apoyó la mano en el hombro de Lovejoy.
—Y también a mi amigo mister Jack Lovejoy —continuó—. Lovejoy es el único artista de Londres que ha llegado a convencerme de que tengo condiciones para escribir revistas.
Siguió un rato de charla intrascendente y luego miss Pamela Keane recogió un nutrido surtido de chucherías de oro y dirigióse hacia la puerta.
—Nos volveremos a ver, mister Cresswell —le dijo, dedicándole una sonrisa, antes de marcharse—, y no olvide de traerse a mister Rodd, si le agrada. Hasta la vista.
—¿Verdad que no conocía a esa señorita? —preguntó a Aaron, mientras se hacía traer más bebida.
—Desde luego que no —replicóle—; pero ya le he dicho muchas veces que soy un nativo aventurero y sé adaptarme a todas las situaciones. ¿Le dije alguna vez a usted que tengo algo de snob?
—La verdad, no recuerdo.
—Pues es así. Tengo una tía que está casada con un barón y de vez en cuando utilizo su nombre. En los tiempos de mi auténtica pobreza, solía acudir a comer a su casa, si disponía de smoking. Es una especie de mecenas de artistas y en su casa se reúnen gentes muy diversas. Con toda probabilidad, Lovejoy había sido invitado a alguna de tales tertulias o deseaba serlo. De aquí mi auto-presentación. «Mister Lovejoy —le dije con mis más corteses modales—, creo que le he visto a usted alguna vez en casa de mi tía lady Sittingley.» Dudó un momento y comprendí que había dado en el blanco. Aunque le era yo tan desconocido como el propio Adán, no iba a confesarlo. Y luego todo filé como la seda. Ya ve que no soy un mal buscador de la aventura.
—¿Pero y eso de ir allá esta noche? —le preguntó Aaron.
—Pues que vamos a acudir los dos —contestóle alegremente—. Miss Pamela Keane reúne en su casa de Buckingham Gate a algunos amigos, para jugar al chemin-de-fer. Yo le dije que no sabía jugar; pero les veremos, mientras echamos un traguito y charlamos un poco. En realidad lo que busco es echar una ojeada a los amigos de Lovejoy, ¿comprende?
—Opino que yo no tengo necesidad de asistir —protestó Aaron.
—Por el contrario, es necesario que asista —objetó el poeta, recibiendo de buen grado la aparición de la bebida—. En primer lugar, me agrada la compañía y luego me interesa cambiar impresiones de la visita. A lo mejor, usted observa algo que se me escapa a mí.
Aaron frunció el ceño, de mal talante.
—El capitán Brinnen debió hablar en broma probablemente —objetó—. Ese Lovejoy parece el tipo que no se interesa en nada que no sea su propio placer.
—Exacto; pero acaso ponga interés en lo que precisamente puede proporcionarle ingresos. Y en cuanto a nuestro amigo, el coleccionista de joyas, no creo que hablara de broma. Un tipo como él no bromea al referirse a estas cosas.
Pasaron ambos las dos horas siguientes de modo bien distinto. Stephan Cresswell trabó nuevas amistades en casa de Pamela Keane con extraordinaria soltura, flirteando con diversas y desconocidas damiselas; comió emparedados de pâté de foie gras, bebió champaña y se comportó como si aquél fuera su primer refrigerio del día. Por otra parte, Aaron se mantuvo en su acostumbrada rigidez, aumentada por el espíritu bohemio de los contertulios. Las risas de las mujeres, sus miradas insinuantes, sus palabras de coqueteo, su aire de camaradería y carencia de reserva sólo servían para hacerle intolerable la situación. No se le apartaba del pensamiento el recuerdo de Enriqueta, y ello acentuaba lo odioso del ambiente y su deseo de buscar la soledad, lo que, a pesar de sus esfuerzos, sólo lograba muy parcialmente. Para escapar de las personas que el poeta le presentaba incesantemente, hasta llegó a ponerse a jugar durante una hora a los naipes. Luego, cuando las salas se fueron llenando a rebosar, terminó por apartarse en un rincón, sentándose en silencio. Era la clase de gente que esperaba hallar, allí; muchas actrices de teatro, escoltadas por sus protectores; una buena representación de jugadores de carreras de caballos, uno o dos agentes teatrales y una brillante comparsa de esas figuras indefinibles, siempre bien vestidas, siempre misteriosas, que parecen deslizarse por la vida, sin trabajar. Estaba ya llegando a la conclusión de que aquella era una velada perdida, cuando Pamela Keane vino de pronto, cruzando la sala, y se sentó a su lado.
—Quisiera hablar con usted, mister Rodd —le dijo, arrellanándose en un sillón y luciendo sus bien torneadas piernas.
—Es usted muy amable —murmuró él.
—Mister Cresswell me ha dicho que es usted abogado, ¿verdad?
—Efectivamente —admitió Aaron, algo sorprendido.
—¿Dónde tiene el despacho?
—En Manchester Street, edificio Adelphi, tercer piso. —¿Podría visitarle mañana, a las once de la mañana?— Con mucho gusto.
—Magnífico. Allí estaré; pero ni una palabra a Jack. Ahora, venga a tomar una copa de champaña conmigo.
Bebió él efectivamente su copa, mientras ingería ella tres. Luego echó a volar la actriz en busca de otros invitados, ocasión que aprovechó Aaron para desaparecer. Cuando estaba en el vestíbulo, le alcanzó el poeta.
—No está mal la concurrencia; gente alegre, como de costumbre —comentó, mientras salían de la casa—; pero no he visto ni a una sola persona sospechosa. ¿Y usted?
—Lo sabré mañana, a las once de la mañana —fue todo lo que el poeta pudo sacar de su amigo aquella noche…
Miss Pamela Keane fue puntual, penetrando en el despacho de Aaron Rodd a la mañana siguiente, a las once. Lucía un traje de sarga azul, modelo de París, un sombrero que era una maravilla de sencillez y toda ella venía envuelta en perfumes.
—¡Vaya una subidita! —exclamó mientras se dejaba caer en un sillón, casi sin aliento— ¿Pero es que no tienen ustedes ascensor en esta parte del edificio?
—Claro que sí; es que ha subido usted por un camino equivocado.
Quitóse el velo. Llevaba el rostro saturado de crema y le brillaban los ojos artificialmente. Su expresión era dura en aquellos momentos y habló con tono áspero.
—Mire, mister Rodd —comenzó—, he venido a hablarle de Jack Lovejoy. ¿Sabe usted algo de mí?
—Absolutamente nada —confesóle.
—Supongo que ni siquiera me habrá visto en escena.
—Nunca.
—Mejor así. No me interesa uno de esos abogados que conocen a toda la gente de teatro. Verá, me casé en Estados Unidos con un millonario y lo arreglamos todo de tal manera que en cualquier momento podría prescindir de mí, sin que le costara un céntimo. Me han asignado una pensión de cinco mil libras anuales y, aunque no es mucho, no está de más.
—Naturalmente.
—He hecho por Jack Lovejoy mucho más de lo que usted pueda imaginarse —continuó—. Desde luego, vivimos juntos como marido y mujer y nos sentimos tan casados como si hubiera intervenido la ley. Cuando nos unimos, él no tenía más que lo que ganaba y no era mucho, ciertamente. No soy una mujer voluble y desde luego tengo más años que él; pero apenas he cumplido los cuarenta y lo único que deseaba era que me fuera fiel. No lo está siendo, mister Rodd.
Aaron se encogió ligeramente de hombros; por lo visto, las infidelidades de Lovejoy le parecían de escasa importancia.
—Le explicaré como lo he averiguado —continuó ella—. Hace un mes tuvimos una pequeña disputa, y yo, en lugar de darle mi cheque mensual para sus gastos, esperé que me lo pidiera; pero no lo hizo, y en cambio parece disponer de todo el dinero que quiere. Lo logra no sé donde, y eso es lo que quiero averiguar.
Aaron Rodd pareció un poco más interesado.
—¿Hace apuestas? ¿Juega a los naipes? —insinuó. Esbozó ella un gesto burlón.
—Conozco sus éxitos en las apuestas; ya lleva perdido bastante. Y en cuanto a los naipes, cualquiera le dejaría sin blanca. Interviene una mujer. La ve todos los días a las seis de la tarde. Por eso acudo a usted.
—¿A mí? —exclamó Aaron, un poco sorprendido.
—Sí. Es parte de su profesión, ¿no es cierto? Suponiendo que deseara divorciarme, tendría que acudir a un abogado, ¿verdad? Comprendo que ustedes no se van a poner a hacer pesquisas por las esquinas; pero tendrán alguien que se ocupe de tales gestiones y deberían comenzar esta misma tarde. Me acompañará él a cualquier parte; por ejemplo al grill-room del Milán, a cosa de las dos. Probablemente saldremos de allí a las tres y media y me llevará a casa. Desde tal momento debe ser vigilado. Precisamente lo que quiero averiguar es donde va a esa hora. ¿Puede encargarse de ello, mister Rodd?
—Con mucho gusto —repuso—. Está un poco al margen de mi profesión, pero creo que podremos arreglarlo.
—Perfectamente —díjole, levantándose—. Tengo que estar en casa de mi modista dentro de un rato. Telefonéeme cuando tenga alguna noticia que darme.
Aaron Rodd acompañó a su cliente hasta la escalera, volvió a la oficina y abrió la ventana. Luego tomó el teléfono para llamar al poeta.
—Voy a hacer algo desagradable —le dijo—; traicionar a un cliente.
—¿Y no podría explicarme eso, yéndonos a beber algo? —sugirió el poeta— Tengo la garganta más seca que un papel de lija.
Aaron hizo un gesto negativo y le contó todo rápidamente.
—Ahora, amigo mío, al ataque —le animó—. Es asunto suyo y no mío, y, además, tengo que escribir una carta.
Algunos días más tarde hizo el poeta cierta visita. Llamó a la puerta de una habitación de Nottingham Court, preguntó por la señora de Abrahams y, luego de cierto titubeo, fue conducido a un gabinetito en el que había media docena de personas sentadas. La dama era evidentemente la dueña de la casa; mujer alta, de aspecto manifiestamente semita y al verle entrar, levantóse y le observó con cierto desagrado y alguna curiosidad. El poeta vio en seguida a Jack Lovejoy entre los concurrentes y no dio muestras de sorpresa.
—Supongo que no se habrá olvidado de mí, señora Abrahams —le dijo inclinándose galantemente sobre su indecisa mano—. La conocí en casa de mi tía, lady Sittingley, y tuvo usted la bondad de invitarme a visitarla. Me he atrevido a cumplir la promesa que le hice, trayéndole mis poemas, encuadernados ahora más decorosamente que cuando nos vimos.
La faz de la señora Abrahams aclaróse ligeramente; pero aún semejó seguir conturbada.
—Desde luego, desde luego. ¡Ah, es usted mister Cresswell, el poeta! Recuerdo la curiosa historia de su inicial popularidad. ¿De veras me ha traído el libro? Es usted muy amable.
—Hace tiempo que quería proporcionarme este placer —murmuró Cresswell.
—Veamos —añadió ella, mientras acomodaba a su invitado—, ¿cuándo nos vimos en casa de su tía?
—Confieso que tengo mala memoria para recordar fechas —disculpóse ingenuamente—; pero creo que fue hace cosa de tres meses.
Dejó escapar ella un leve suspiro.
—Esta guerra nos hace difícil recordar algo —comentó—. ¿Quiere usted un poco de té, mister Cresswell? Permítame que le presente al profesor David.
El poeta dedicó al aludido una inclinación de cabeza y dirigió una mirada a su alrededor, saludando con un gesto a Lovejoy, que aparentaba estar algo descentrado. En su mayor parte, los reunidos eran personas serias.
—Temo haber interrumpido una conversación interesante —disculpóse el poeta—. ¿No podrían continuar ustedes?
Siguió un momento de desorientación y la señora Abrahams volvió a dejar escapar un suspiro.
—¡Oh! —dijo— creo que no estábamos tratando de nada trascendental esta tarde. Hablábamos de la guerra… siempre de la guerra.
Cresswell asentó el plato en sus rodillas, sorbió el té y se mezcló durante un cuarto de hora en una conversación banal. Luego, se levantó y despidióse.
—¿Me acompaña usted, Lovejoy? —le invitó.
El joven actor dudó un momento y por fin accedió. La señora Abrahams despidió a ambos cortésmente, aunque sin reiterar a ninguno de los dos una invitación para volver.
—Una tertulia un poco gris para usted, ¿eh? —comentó Cresswell mientras bajaban en el ascensor.
—La señora de Abrahams se mostró muy amable la primera vez que la conocí y le había prometido visitarla. Por eso aproveché la ocasión al encontrarme cerca esta tarde.
—Muy bien —murmuró el poeta, al llegar a la esquina de la calle—. Hasta la vista, amigo.
Jack Lovejoy subió a un taxi y alejóse.
Cresswell cruzó la calle, torció hacia Whitehall y se dirigió hacia un gran edificio de carácter oficial, en el que, luego de esperar media hora, le condujeron a presencia de un caballero de aire importante que le invitó a sentarse y le observó a través de sus lentes con expresión de duda.
—Sir Lionel —comenzó el visitante—, acudo a usted porque tengo cierta información que podría ser extraordinariamente valiosa para el departamento interior del Servicio Secreto.
—Joven —le dijo—, es usted el número quince que me ha visitado durante las últimas veinticuatro horas, trayéndome informaciones que podrían salvar al Imperio.
—Pues fueron los quince muy afortunados —replicó el joven, animado—. ¿Por casualidad, conoce usted a la señora de Abrahams, que se hospeda en Nottingham Court?
—La conozco algo —admitió sir Lionel—. Es amiga de algunos diputados del Parlamento.
—¿Por qué no se la interna? —preguntó Cresswell—. Es alemana.
—Su marido nació en Inglaterra.
—Pero ella es germana pura —persistió el joven—. He hecho averiguaciones personales y he descubierto que durante muchos años no hizo otra cosa que desprestigiar la cultura y costumbres de este país, comparándolas con las de Alemania.
El personaje se encogió de hombros.
—No poseo ninguna información que substancialmente condene a la señora de Abrahams —replicó—, y ya le dije que es amiga de varios diputados del Parlamento y a éstos no les agradaría que se hablara mal de ella.
—¡Pero qué país! —suspiró el poeta— ¡Cuánta oficiosidad! ¡Qué métodos tan originales de hacer la guerra!
—¿Tiene usted que decir algo concreto contra esa señora?
—¡Claro que sí! —replicó con presteza—. No tengo pruebas porque no ostento cargo oficial que me permita dar los pasos precisos para lograrlas; pero puedo afirmar que todas las tardes, de cuatro a seis, las habitaciones de la señora de Abrahams, en Nottingham Court, son un centro de reunión de personas enemigas de este país.
—¿De veras? —exclamó el otro blandamente—. ¿Y qué hacen?
—No puedo decirlo exactamente; pero me parece que se llevan allí informaciones de distinto tipo, que transmite la señora de Abrahams a Alemania.
—¿No será eso una mera suposición?
—Una suposición con muchos visos de verosimilitud —insistió el poeta—. Por ejemplo, esta tarde entre los visitantes de la señora de Abrahams se hallaba el Profesor David que se ha pasado la mitad de su vida en Alemania y ha inundado a Inglaterra de propaganda idealista de aquel país, habiendo guardado desde que estalló la guerra imperturbable silencio. También estaba presente mister Halston, que se casó con una alemana y tuvo que renunciar a su puesto en el Parlamento por sus ambiguas simpatías; Jack Lovejoy, el actor germano-americano; dos sujetos que, según colegí de la conversación, deben ostentar cargos de censores; el ministro de un país cuya poca simpatía hacia nosotros es sobradamente conocida. Esos sujetos se reúnen todas las tardes y supongo que no lo harán para divertirse. ¿No resulta un poco extraño que todos ellos sustenten el mismo punto de vista en la cuestión internacional?
Sir Lionel esbozó algo parecido a un bostezo.
—Ya me perdonará usted si no me conmuevo —comentó—; pero escuchamos aquí tantas historias parecidas… Estudiaremos el asunto, mister Cresswell, pero vuelvo a advertirle que la señora de Abrahams cuenta con algunos amigos en el Gobierno y no les creo propicios a hacer nada contra ella.
El poeta se levantó.
—Muchas gracias, sir Lionel —dijo de mal talante—. Comienzo a comprender…
—¿Qué?
—Que una amiga de un ministro del Gobierno no puede hacer nada malo —terminó el joven, recogiendo el sombrero.
Al día siguiente merendaron Aaron Rodd y el poeta en el Milán, Miss Pamela Keane les vio desde el otro extremo del comedor, donde estaba hablando con el maître sobre la elección de mesa, y en seguida acudió hacia ellos.
—¿Alguna novedad? —preguntó a Aaron.
—Ya dispongo de alguna información —replicóle—. Aún no estoy en condiciones de hacer un informe definitivo; pero por si le interesa saberlo, le diré que las andanzas de mister Lovejoy por las tardes no tienen un carácter amatorio.
—¿De veras? —exclamó, aclarándosele de pronto el rostro—. ¡Vaya si me interesa! Precisamente eso era lo que quería saber. ¿Puede usted darme una idea de qué se trata?
—Ahora no —disculpóse Aaron—; pero podría usted facilitarme un dato valioso.
—Diga en seguida —le animó ella—. Está para llegar de un momento a otro.
—¿Puede decirme cuáles son sus simpatías respecto a la guerra?
Miss Pamela Keane se puso repentinamente seria. Luego, se encogió de hombros.
—Verá, entre nosotros hay muchos americanos que sostienen que Inglaterra hace años que ha estado buscando gresca. Demasiado Almirantazgo, ¿comprende? La verdad es que no me atrevería a afirmar que Jack sienta grandes simpatías por los ingleses.
—Ese indicio nos será útil —afirmó Aaron—. Espero que todo lo más dentro de dos días podré darle un informe completo. Por lo que colijo, espero que no la decepcionará.
—Vamos, veo que es usted mucho más eficaz de lo que parecía al principio —comentó, mientras se marchaba—. Venga a verme pronto.
Los dos amigos acabaron sus refrigerios y dirigiéronse hacia Scotland Yard. El inspector Ditchwater les recibió en seguida con cierta sorpresa.
—¡Qué visita tan inesperada! —les dijo.
—Hemos venido a comunicarle cosas que he averiguado profesionalmente —comenzó Aaron Rodd—. Cierta señora Abrahams, que es alemana de nacimiento, pero casada con un judío nacionalizado en Inglaterra hace quince años, acostumbra a reunir en sus habitaciones a un grupo de amigos, por las tardes. Todos ellos sienten simpatías por Alemania, aunque algunos ocupan cargos oficiales en el país. Tengo razones para poder afirmar que reciben dinero continuamente de manos de la señora Abrahams. No tengo pruebas ni estoy en condiciones de continuar mis investigaciones eficazmente para lograrlas. Precisa la autoridad de la Ley. Mi amigo Cresswell estuvo a visitar a sir Lionel Rastall; pero se negó a intervenir, alegando que la señora Abrahams, mujer de vasta cultura superficial, cuenta con muchos amigos entre los ministros del Gabinete.
—Pues si sir Lionel se niega a intervenir, ¿qué puedo hacer yo?
—Seguir la pista y lograr pruebas —sugirió Aaron Rodd—. Nadie puede impedirle a usted que proceda debidamente en este asunto.
—Y exponerme a una repulsa y perder la ocasión de un ascenso —observó el policía—. No me interesa el asunto, mister Rodd, aunque le doy las gracias. No me importa decirles que la señora Abrahams estaba en la lista de los sospechosos; pero la hemos tenido que borrar de ella por inspiración de altas esferas.
Los dos visitantes se despidieron un poco perplejos; pero el poeta no cejó.
—Amigo mío —le dijo—, ésta va a ser mi primera aventura y le aseguro que aún no me doy por vencido. Vamos.
Hicieron otra visita en un gran edificio situado bastante lejos. Luego de esperar cerca de una hora, les avisaron.
—El jefe les recibirá ahora mismo —anunció—. Procuren ser lo más breves que puedan.
El poeta, que conocía el valor de las palabras, sabía también usarlas. A poco, estrechaba la mano de un individuo de mirada ambigua y aire marcial.
—Le presento a mi amigo mister Rodd —le dijo—. Sir Horace, por casualidad he topado con una conspiración. Ni la policía ni el Ministerio del Interior quieren terciar porque la mujer que interviene es persona grata al Gabinete. ¿Puede usted hacer algo?
—Desde luego —le prometió sir Horace—, si el asunto es serio. Dígame de qué se trata.
—Es la señora Abrahams, que ocupa habitaciones en Nottingham Court —explicó el poeta—. El otro día seguí a un joven que nació en Alemania, pero que se dice americano. La señora Abrahams había congregado en su casa a un grupo de amigos simpatizantes con Alemania, aunque dos de ellos ocupan cargos oficiales en el Gobierno de Su Majestad. Ese joven obtiene dinero en abundancia y se pasa la mayor parte del tiempo recorriendo Londres en auto, acompañado de un comandante de la defensa aérea.
—¿Eso es todo?
—Estoy seguro de que se esconde detrás una trama de espionaje —afirmó el poeta.
—Es muy probable —asintió el otro—; ¿pero qué quiere que haga yo? No puedo registrar la casa, sin más información.
—Proporcióneme dos agentes y yo correré el riesgo de todo —le rogó el poeta.
Sir Horace escribió unas líneas en una hoja de papel.
—Pues adelante —le dijo—. Y muchos recuerdos a su tía. Lleve esta orden a la Sala C y le proporcionarán un par de agentes de paisano.
El poeta estrechó el brazo de Aaron triunfalmente, mientras descendían por la escalera.
—¡Al fin, hemos encontrado un hombre! —exclamó.
Transcurrieron dos días antes de que ocurriera nada nuevo. Por fin, a las cinco de la tarde del tercero, Aaron Rodd y el poeta que había haraganeado por los alrededores de Nottingham Court para asegurarse de que los dos agentes ocupaban su sitio, casi se toparon con un individuo corpulento, vestido descuidadamente y de espesa barba negra. Tenía un aspecto rudo y parecía moverse embarazosamente en el traje que llevaba.
—¡Santo Dios! —murmuró el poeta— ¡Pero si es el holandés! ¡Vamos, Aaron!
Volvieron en redondo y se pusieron a seguirle a corta distancia. Penetró en Nottingham Court. Instantes después, Cresswell hablaba con el portero, al que conocía algo.
—Me llamo Cresswell —le dijo—. Trabajo por el Gobierno. ¿Quiere decirme a qué habitaciones se dirigía ese individuo gordo?
—Al número sesenta y siete, señor —replicóle—. Lo ocupa la señora de Abrahams.
—¿Ha venido alguna otra vez?
—Viene una vez a la semana, generalmente los sábados.
—Yo no me moveré de aquí —dijo Cresswell, volviéndose hacia su amigo—. Han de acudir los dos agentes. Aaron, ¿quiere apresurarse a buscarlos? Uno está en la esquina de Parliament Street.
—Y el otro aquí —susurró una voz contigua—. Todo está en orden, mister Cresswell. Ya he mandado llamar a Jimmy. Vi entrar a ese individuo. ¿Sabe quién es?
—Sí —repuso el poeta.
—Se ha registrado su barco dos veces —continuó el inspector—. La última vez metimos a un agente a bordo; pero no se descubrió nada. No obstante, está vigilado. Cuando le vi venir por aquí, recelé que las cosas se nos ponían de cara.
—Inspector —le preguntó Cresswell—, ¿tiene usted autoridad para detenerle?
—Desde luego —replicó—. Le esperaremos a que salga. Mejor será que diga usted que venga otro portero más. Se trata de un sujeto muy corpulento.
El portero, entre nervioso y curioso, marchó a cumplir tal deseo y el grupo se esparció un poco. Aaron y el poeta parecieron muy atareados en encender un cigarrillo. Un botones de la residencia les observaba con curiosa ansiedad. Arriba pasaba algo. La noticia corrió como la pólvora y se la comunicó al muchacho del ascensor que había salido a la calle, para tomar un poco el fresco. El portero volvió a poco acompañado de otro empleado que venía a regañadientes.
—¿Qué ocurre? —preguntó a uno de los dos agentes de paisano— No puedo dejar mi puesto, salvo urgente necesidad.
El agente le mostró su placa y el empleado saludó.
—Esperen afuera —les dijo entonces.
El anterior portero se presentó de pronto, saliendo de la puerta giratoria.
—La persona que buscan acaba de salir por otra puerta —les dijo—, y se ha metido en un taxi.
Corrieron hacia allí. El taxi se alejaba y doblaba en aquel momento la esquina. El portero de aquella puerta, aun con el silbato en la boca, les vio venir asombrado.
—¿Qué dirección indicó al taxista? —preguntóle el inspector prestamente.
—El Mónico, en Shaftesbury Avenue.
—¡Otro taxi! ¡de prisa!
El empleado hizo funcionar el silbato y un taxi de la esquina acudió prestamente.
—Nuestro hombre si va al Mónico no sospechará que le seguimos —observó el inspector.
Saltaron todos al interior del vehículo y en breves minutos estaban en el café. El poeta dejó escapar un suspiro.
Ante una mesa se hallaba sentado el holandés con una gran copa, que parecía de whisky, al alcance de la mano. Estaba a punto de encender un cigarrillo y de pronto sus ojos cayeron sobre el poeta con leve impresión de reconocerle, acompañado de cierta noción de temor. Pareció como si creciera en corpulencia y que sus músculos se endurecieran bajo la ropa. Aguardó a que se acercaran los cuatro hombres. El ambiente semejó electrificarse. El inspector se hallaba ya junto a su mesa. Aunque no llevaba uniforme, delataba su profesión.
—Deseo hablar con usted —le dijo—. Debe acompañarme a la Comisaría.
—¿Por qué?
—Sigo instrucciones especiales —le advirtió el inspector—, y no puedo decírselo. Lo que interesa es que me siga.
El inspector no era hombre flojo y estaba apercibido; pero la agresión del holandés fue irresistible, yendo a parar contra una mesa contigua, mientras el puño izquierdo del perseguido abatió al otro agente. No obstante, el inspector no estaba fuera de combate y terciaron en la contienda Aaron Rodd y Cresswell. Hombres y mujeres brincaron de sus asientos; se oyeron gritos y ruido de copas rotas. El agente que había sido abatido, quedó de rodillas en el suelo y comenzó a hacer funcionar furiosamente el silbato, mientras el holandés se defendía a puntapiés y trataba de desasirse de los dedos del poeta que atenazaban su garganta. Todo quedó revuelto. De pronto, las puertas giratorias funcionaron y se abrieron, penetrando los dos porteros de uniforme. A pesar de ello, el holandés no abandonó la lucha, logrando desasirse transitoriamente de los tres que le acosaban y propinando a uno de los porteros un terrible puñetazo que le aplastó la gorra de plato. Pero fue el final. El otro portero era fornido y al cabo de breves segundos el holandés estaba maniatado. Entonces se agrupó la gente. El holandés, con la cara cubierta de sangre y brillándole los ojos como los de una bestia salvaje, fue metido en un taxi. Aaron y el poeta quedaron detrás. Ninguno de los dos habían salido muy mal parados; pero Aaron llevaba el cuello de la camisa roto y la chaqueta del poeta aparecía rasgada en varios sitios. Un camarero les contemplaba admirado.
—¿Traigo algo de beber, caballeros? —sugirió.
Bebieron whisky y soda. Luego el poeta se levantó. Tenía el cuerpo algo magullado, pero se sentía feliz.
—Habrán de hospitalizarnos, amigo —dijo de buen humor a su compañero—; ¡pero qué magnífico fue todo!
Bien avanzada la noche, se acercó en el club al poeta un joven inmaculadamente vestido. Estaba aguardando la llegada de los periodistas y actores. El joven le presentó su tarjeta.
—Verá usted mi nombre en mi tarjeta, caballero —le dijo—, y también el Servicio en cuyo nombre le hago esta visita.
Cresswell examinó la tarjeta y acomodóse en su asiento. —¿Quiere beber algo?— sugirió.
—Mi jefe me ordenó que le viera a usted cuanto antes —le comunicó— a fin de darle las más expresivas gracias de nuestro Departamento por su valioso servicio.
—¿Recibió el holandés su merecido? —preguntó el poeta con presteza.
—Desde luego. Llevaba encima documentos de extrema importancia, evidentemente destinados a nuestros enemigos —le dijo el joven—. Su contenido tiene cierto carácter secreto y debo rogarle que añada usted a su valioso servicio el de olvidar lo ocurrido, borrándolo de su memoria.
—¿Y la señora Abrahams?
—Recibimos esta noche una sugerencia indirecta del Departamento de Estado para que se la trate con cierta consideración —replicó el joven—; pero le agradará a usted saber que mi jefe no es hombre que se allana fácilmente. Esa señora será internada, cuente con las amistades que cuente. Dos de los individuos que ostentaban cargo de censor, temo que serán fusilados. Por lo visto ha descubierto usted una oficina cuya misión era la de recoger y despachar semanalmente informaciones de extraordinario interés para nuestros enemigos.
—¿Y el holandés?
El joven dudó.
—Creo que me he excedido un poco en mis expansiones —añadió gravemente—. ¿Puedo tener confianza de que lo que acabo de revelarle confidencialmente se le borrará de la memoria y no volverá a ocuparse del tal holandés?
—Desde luego, se lo prometo. Por cierto, ¿qué ha sido de Lovejoy?
—Se le ha invitado a salir del país dentro de veinticuatro horas.
Despidióse el joven y poco después se presentaba Aaron Rodd. Lucía una perla de singular belleza montada en un alfiler de corbata.
—Un pequeño regalo de despedida de miss Pamela Keane —le dijo su amigo mientras se sentaba a su lado.
—Ustedes los ingleses —declaraba— no poseen suficiente ingenio para combatir un sistema perfecto de espionaje; la actitud de ustedes es ingenua y acomodaticia, y la gente que más les odia anda libremente por todas partes. Incluso cuando se les señala con el dedo, la policía se encoge de hombros y sonríe con aire de superioridad. «No pueden perjudicarnos —aseguran—. Tenemos nuestras razones para dejarlos hacer». ¡Y están ustedes en guerra! ¿Por qué no se darán cuenta de la realidad?
—Tiene mucha razón —admitía Aaron Rodd—. Estamos demasiado acostumbrados a juzgar el espionaje como un juego de novelistas; pero temo que la realidad es muy distinta.
—No sólo lo es —continuó Brinnen— sino que está ejerciendo una influencia seria en el desarrollo de la guerra. Eche una ojeada por esta sala. ¿Ha observado usted nunca un conglomerado tan cosmopolita? Hay belgas, rusos, americanos; los dos jóvenes que acaban de entrar pon rumanos y nadie los conoce. Y puedo afirmar esto: si Inglaterra prescinde de su presencia, no hace lo mismo Alemania. Serán vigilados por los alemanes hasta que se marchen y sabrán al día lo que hacen. Aún más, podría dar yo buenos consejos al Servicio Secreto de aquí, al referirme a ese joven que está sentado tres mesas más allá de la nuestra, acompañado de una señora elegantísima.
Aaron Rodd y el poeta miraron furtivamente hacia donde indicaba y vieron a un joven moreno, de grandes ojos negros, muy bien peinado, mofletudo y de buen aspecto, desde el punto de vista teatral. Le acompañaba una muchacha bellísima que vestía de manera impecable, perteneciente al mundo de las tablas.
—¿Le conocen ustedes? —preguntó Brinnen.
—Siempre está por aquí —observó Cresswell—; generalmente en el bar.
—Es un actor americano —continuó Brinnen—. Su nombre de escena es Jack Lovejoy; pero el verdadero es Karl Festonheim y nació en Colonia. Sus padres y sus abuelos eran alemanes; se casó con una alemana. Como muchos de sus compatriotas, se llama americano, porque vivieron allí desde niños y continuaron residiendo en América. Pero todos sus parientes viven en Alemania, todos sus sentimientos son perfectamente germanos, come como un alemán, vive como un alemán y hasta habla como un alemán. Y a pesar de todo, no tiene dificultad alguna en lograr pasaportes. Puede vivir en Londres, escuchar las palpitaciones secretas de este país y desplazarse siempre que le plazca a Alemania.
—Existen muchas dificultades técnicas para tratar a estos americanos naturalizados —observó Aaron Rodd—, procedan de la nacionalidad que procedan.
—Aquí son ustedes demasiado formulistas —objetó el capitán Brinnen con fino sarcasmo—. No obstante, le cito este ejemplo porque me consta que ciertas informaciones sobre las andanzas de tres cruceros ingleses, al comenzar la guerra, fueron comunicadas por él al Almirantazgo alemán. Claro que no puedo probarlo, pero estoy seguro. Y también sé que así como, si le habla, le dirá que ya no trabaja para el teatro porque la guerra ha mandado a paseo a las revistas musicales, la verdad es que rehusó tres contratos en el pasado mes, bajo uno u otro pretexto, porque, en realidad, tiene otra ocupación.
Stephen Cresswell se revolvió en su asiento.
—Un aventurero —comentó.
—Si pudiera usted desarrollar la sagacidad de un agente secreto francés o alemán y profundizar en la vida de ese joven, probablemente lograría la aventura que tanto ansía.
—Pues me siento capaz de eso —afirmó el poeta, con decisión—. Me he pegado como una lapa a mi amigo Aaron Rodd con la esperanza de poderme adentrar un poco en el mundo en que las aventuras nacen como las setas. Desde luego, la única en que me ha mezclado resultó altamente satisfactoria, a su modo —afirmó, dedicando una reverencia a Enriqueta—, y su recuerdo me será imperecedero; pero no se puede vivir con una sola aventura. Necesito más. Reclamo a ese joven misterioso, Rodd, ¿me escucha?
—Pues por mí ya es suyo —asintió el otro—. ¡Pobrecillo! Casi empiezo a tenerle lástima.
Cresswell sonrió de modo especial.
—Amigo mío —le dijo—, sin duda es usted hombre de energía e inteligencia; pero lo que le falta es iniciativa. La iniciativa es el don de los genios. Yo tengo genio, por eso tengo iniciativa. Para usted, los asuntos que conciernen a ese joven le resultan tan impenetrables como una muralla negra y no sabría por donde empezar. Verá; le voy a explicar mi método.
—Mientras tanto —susurró Enriqueta, mirando intensamente hacia la puerta—, admire a madame de Borria y a su collar.
Aaron Rodd se inclinó ligeramente en su asiento.
—Pronto se lo ha puesto de nuevo —observó.
Brinnen se encogió de hombros.
—¿Y por qué no? Sólo había desaparecido por unas horas. Madame tuvo el suficiente sentido común para seguir el consejo de su marido, ofreciendo un premio al ladrón educado, con la promesa de no preguntar nada. Madame merece haber recobrado la joya y… bueno, ¿no podríamos tomar el café afuera?
Se levantaron a una y salieron juntos del restaurante. El poeta tomó del brazo a Brinnen y le apartó un poco, hablándole muy serio.
Aaron quedó momentáneamente algo alejado de ellos, en compañía de Enriqueta. Se fueron a un extremo lo más alejado de la orquesta.
—Hace hoy tres meses —recordó a la joven— que la vi por primera vez en el jardín del Embankment.
—¡Vaya una memoria! —murmuró ella— Y yo por entonces no trataba, pobre de mí, más que de averiguar si era usted un abogado poco escrupuloso.
El rostro de Aaron endurecióse ligeramente.
—¿Se van a acabar pronto las joyas de su hermano?
—¿Por qué lo dice? —susurró ella, mirándole con cejas ligeramente contraídas.
—Porque comienzo a cansarme —dijo con franqueza—; es decir, comienzo a cansarme en lo que se refiere a asociar el nombre de usted a estos asuntos. Me paso los días en una tensión de verdadero miedo. El lujo en nada es comparable al sentimiento de libertad en la vida. Ahora ya deben haber logrado cuarenta mil libras esterlinas. ¿Por qué no se va con su abuelo a cualquier rincón campestre? Aunque hubiera de contentarse con la mitad de esa suma, podría vivir perfectamente tranquila y a salvo. Deje que su hermano siga su vida.
Se contempló ella en silencio las puntas de sus zapatos. Lucía un trajecito negro, muy sencillo, y sólo le colgaba una perla de un ribetito de terciopelo negro alrededor de la garganta. No ostentaba brillantes en los dedos y hasta el cabello lo llevaba recogido con sencillez hacia la nuca. Y, no obstante, nadie podía comparársele en la sala.
—Enriqueta —continuó, inclinándose hacia ella—, si no me contesta no sé lo que voy a hacer.
Enriqueta le miró con cierta timidez. Pero pronto cambió de expresión y semejó interesarse por la orquesta.
—¿Cómo decía? —murmuró.
—Bien lo sabe usted. Tengo cerca de cuarenta años y no poseo más dinero que las diez o quince mil libras que he logrado colaborando en dar salida a las joyas robadas; pero estoy cansado de todo esto, y estoy cansado porque he encontrado en la vida otra cosa más digna de vivir. Sígame con su abuelo a cualquier parte, Enriqueta, y cásese conmigo. Le parecerá absurda mi proposición; pero me atrevo a formulársela porque, en cierto modo, se ha mostrado usted siempre tan amable… Debía haber esperado estas palabras.
De pronto apoyó ella la mano sobre la de él. Fue un gesto delicioso.
—Ahora, no diga nada —le imploró—. Me acordaré siempre de estas palabras y creo que no hubiera sentido nunca placer mayor en…
—¿Qué?
—En poder acceder a la proposición —continuó ella con tono furtivo—. Pero por ahora, por un poco de tiempo, tenemos que pensar en otras cosas. Mire, aquí viene mi hermano y mister Cresswell. ¿Qué va a hacer, mister Cresswell? ¡Mire!
El actor americano y su acompañante se habían sentado casi frente a ellos. De pronto, Cresswell se separó de su compañero y cruzó la sala marchando hacia allí; dedicó una inclinación de cabeza, a modo de preámbulo, y se puso a hablar con Lovejoy. Brinnen, que se había acercado a donde estaban sentados su hermana y Aaron Rodd, sonrió con ligero cinismo.
—Lo que se llama aquí, en su expresivo lenguaje, la conducta de un toro en una tienda de loza fina —comentó—. Me parece que pronto veremos como vuelve su amigo mohíno.
—No conoce bien a Stephen Cresswell —le advirtió Aaron—. Tiene más confianza que nadie en sí mismo. Mire.
Acababan de llamar a un camarero para que acercase una silla. Ahora se acababa de sentar el joven poeta junto a la joven artista, a quien evidentemente había sido presentado, y se habían engolfado en animada charla. A poco llamaron a otro camarero para que les trajera café y licores.
—Eso es lo que se llama iniciativa —susurró Enriqueta.
—Los primeros pasos son siempre fáciles —observó Brinnen—; pero, después de todo, recuerden que Lovejoy no es precisamente un lince. En fin, deseemos a nuestro amigo Cresswell buena suerte.
—Estaba precisamente preguntando a su hermana —dijo bruscamente Aaron Rodd— si nos acercamos ya al final de sus ocultas joyas.
El joven belga lanzó a su alrededor una mirada y sacudió la ceniza de su cigarrillo.
—¿Por qué?
—Porque comienzo a sentir serios temores por la suerte de su hermana —repuso Aaron, con firmeza—. Nuestro amigo Brodie habrá cometido muchas torpezas; pero no es totalmente imbécil. El mismo Grimm me confesó el otro día que había logrado descubrir el sitio donde ocultaba los brillantes y que éstos estuvieron… a escasa distancia de él.
—Pero al fin y al cabo, nada ocurrió —observó Brinnen, frunciendo el ceño.
—Pero acaso no ocurra siempre lo mismo —replicó Aaron Rodd—. He estado tratando de persuadir a su hermana de que se contente con los pequeños triunfos. Su abuelo es ya muy viejo. Piense el golpe que sería para él que le ocurriera algo o a cualquiera de ustedes. Pongan a buen recaudo lo que aún les queda por liquidar y aguarden una temporada para continuar.
Ambos hermanos cambiaron miradas que le resultaron incomprensibles a Aaron.
—¿Y qué dice a eso mister Grimm?
—¡Oh!, Grimm, continuará hasta el final —afirmó Aaron—. La aventura, el peligro, a costa de lo que sea, es la salsa de su vida. Pero él es un hombre soltero. Es distinto cuando interviene una joven como su hermana de usted. Precisamente por ella es por quien quisiera que cesara esto.
Brinnen enjugó sus lentes un momento con el pañuelo.
—Por lo visto muestra usted mucho interés por mi hermana, mister Rodd —le dijo con calma.
—Acabo de rogarle que se case conmigo —replicó simplemente Aaron.
Brinnen se volvió lentamente. De pronto su silueta recordó la de su abuelo. Tenía las pestañas caídas y la expresión de quien está escuchando algo inverosímil.
—Eso es absurdo —murmuró.
—No opino lo mismo —rectificó Aaron con la misma sencillez—. Si en lo que se refiere a sus mutuas andanzas su hermana es culpable, también lo soy yo con mi participación en la transferencia de las joyas robadas. Navegamos en el mismo barco, pero yo quiero sacarla de él. Le he pedido que se case conmigo y que nos vayamos a América. Allí podemos recomenzar una nueva vida.
De pronto ella se inclinó hacia su hermano y le dijo algo en voz baja en un lenguaje que no entendió Aaron. La expresión del belga cambió un poco. Luego, se presentó el camarero con el café y licores. Cuando les sirvió, marchóse y el capitán Brinnen reanudó el tema:
—Veo, mister Rodd —observó—, que se va adentrando usted por el sendero de la vida honesta, virtuosa y demás…
—Hace muchos años que trato de llevar una vida honrada —replicó Aaron con cierta brusquedad—. La última vez que no respondí a tal propósito fue hace tiempo, cuando Harvey Grimm y yo nos encontrábamos en América. No fue cosa seria. Nuestras actuales actividades son, en el fondo, otro ensayo. Pertenezco a una familia de Nueva Inglaterra, del viejo estilo, y aunque su mentalidad y sus puntos de vista nos hagan sonreír, la verdad es que llevo sus principios en la sangre, y, francamente, detesto esta vida. Para mí es mala; pero para su hermana es odiosa y me gustaría terminar.
—Pensaré en lo que me acaba de decir, mister Rodd —replicóle—; pero, por el momento, mejor será que abandonemos el tema, si no tiene inconveniente.
Un gestecillo de aviso de Enriqueta hizo enmudecer a Aaron y se pusieron a hablar de generalidades. Luego, el capitán Brinnen se levantó.
—Siento llevarme a mi hermana, mister Rodd —anunció—. Esta noche tiene un compromiso; pero antes de despedirnos —añadió tendiéndole la mano—, sea cual sea mi opinión sobre lo que me dijo antes, debo expresarle otra vez mi agradecimiento por su valerosa intervención en lo de la otra noche. Es cosa que no podremos pagar nunca ni mi hermana ni yo.
—Pues su hermana —repuso Aaron, con audacia— puede saldar esa cuenta, si quiere.
Le miró ella entonces a los ojos y le parecieron mayores y más dulces. Observó ligero temblor en sus labios, al decirle:
—Se está usted convirtiendo en un auténtico cortejador. Hasta la vista.
Alejáronse y Aaron dejóse caer en su asiento. Percibía cierta sensación placentera mezclada con desengaño; pero al menos había hablado con claridad. Entonces, el pequeño grupo de enfrente se levantó y el poeta le llamó, con amistoso signo.
—Les presento —dijo el poeta, así que estuvo con ellos— a mi amigo Aaron Rodd. Aaron, permítame que le presente a una artista que usted ha admirado de lejos: miss Pamela Keane.
Aaron, que no tenía la menor idea de quien era miss Pamela Keane, inclinóse sobre su mano, maldiciendo al poeta en su interior. Cresswell, que se estaba divirtiendo, apoyó la mano en el hombro de Lovejoy.
—Y también a mi amigo mister Jack Lovejoy —continuó—. Lovejoy es el único artista de Londres que ha llegado a convencerme de que tengo condiciones para escribir revistas.
Siguió un rato de charla intrascendente y luego miss Pamela Keane recogió un nutrido surtido de chucherías de oro y dirigióse hacia la puerta.
—Nos volveremos a ver, mister Cresswell —le dijo, dedicándole una sonrisa, antes de marcharse—, y no olvide de traerse a mister Rodd, si le agrada. Hasta la vista.
—¿Verdad que no conocía a esa señorita? —preguntó a Aaron, mientras se hacía traer más bebida.
—Desde luego que no —replicóle—; pero ya le he dicho muchas veces que soy un nativo aventurero y sé adaptarme a todas las situaciones. ¿Le dije alguna vez a usted que tengo algo de snob?
—La verdad, no recuerdo.
—Pues es así. Tengo una tía que está casada con un barón y de vez en cuando utilizo su nombre. En los tiempos de mi auténtica pobreza, solía acudir a comer a su casa, si disponía de smoking. Es una especie de mecenas de artistas y en su casa se reúnen gentes muy diversas. Con toda probabilidad, Lovejoy había sido invitado a alguna de tales tertulias o deseaba serlo. De aquí mi auto-presentación. «Mister Lovejoy —le dije con mis más corteses modales—, creo que le he visto a usted alguna vez en casa de mi tía lady Sittingley.» Dudó un momento y comprendí que había dado en el blanco. Aunque le era yo tan desconocido como el propio Adán, no iba a confesarlo. Y luego todo filé como la seda. Ya ve que no soy un mal buscador de la aventura.
—¿Pero y eso de ir allá esta noche? —le preguntó Aaron.
—Pues que vamos a acudir los dos —contestóle alegremente—. Miss Pamela Keane reúne en su casa de Buckingham Gate a algunos amigos, para jugar al chemin-de-fer. Yo le dije que no sabía jugar; pero les veremos, mientras echamos un traguito y charlamos un poco. En realidad lo que busco es echar una ojeada a los amigos de Lovejoy, ¿comprende?
—Opino que yo no tengo necesidad de asistir —protestó Aaron.
—Por el contrario, es necesario que asista —objetó el poeta, recibiendo de buen grado la aparición de la bebida—. En primer lugar, me agrada la compañía y luego me interesa cambiar impresiones de la visita. A lo mejor, usted observa algo que se me escapa a mí.
Aaron frunció el ceño, de mal talante.
—El capitán Brinnen debió hablar en broma probablemente —objetó—. Ese Lovejoy parece el tipo que no se interesa en nada que no sea su propio placer.
—Exacto; pero acaso ponga interés en lo que precisamente puede proporcionarle ingresos. Y en cuanto a nuestro amigo, el coleccionista de joyas, no creo que hablara de broma. Un tipo como él no bromea al referirse a estas cosas.
Pasaron ambos las dos horas siguientes de modo bien distinto. Stephan Cresswell trabó nuevas amistades en casa de Pamela Keane con extraordinaria soltura, flirteando con diversas y desconocidas damiselas; comió emparedados de pâté de foie gras, bebió champaña y se comportó como si aquél fuera su primer refrigerio del día. Por otra parte, Aaron se mantuvo en su acostumbrada rigidez, aumentada por el espíritu bohemio de los contertulios. Las risas de las mujeres, sus miradas insinuantes, sus palabras de coqueteo, su aire de camaradería y carencia de reserva sólo servían para hacerle intolerable la situación. No se le apartaba del pensamiento el recuerdo de Enriqueta, y ello acentuaba lo odioso del ambiente y su deseo de buscar la soledad, lo que, a pesar de sus esfuerzos, sólo lograba muy parcialmente. Para escapar de las personas que el poeta le presentaba incesantemente, hasta llegó a ponerse a jugar durante una hora a los naipes. Luego, cuando las salas se fueron llenando a rebosar, terminó por apartarse en un rincón, sentándose en silencio. Era la clase de gente que esperaba hallar, allí; muchas actrices de teatro, escoltadas por sus protectores; una buena representación de jugadores de carreras de caballos, uno o dos agentes teatrales y una brillante comparsa de esas figuras indefinibles, siempre bien vestidas, siempre misteriosas, que parecen deslizarse por la vida, sin trabajar. Estaba ya llegando a la conclusión de que aquella era una velada perdida, cuando Pamela Keane vino de pronto, cruzando la sala, y se sentó a su lado.
—Quisiera hablar con usted, mister Rodd —le dijo, arrellanándose en un sillón y luciendo sus bien torneadas piernas.
—Es usted muy amable —murmuró él.
—Mister Cresswell me ha dicho que es usted abogado, ¿verdad?
—Efectivamente —admitió Aaron, algo sorprendido.
—¿Dónde tiene el despacho?
—En Manchester Street, edificio Adelphi, tercer piso. —¿Podría visitarle mañana, a las once de la mañana?— Con mucho gusto.
—Magnífico. Allí estaré; pero ni una palabra a Jack. Ahora, venga a tomar una copa de champaña conmigo.
Bebió él efectivamente su copa, mientras ingería ella tres. Luego echó a volar la actriz en busca de otros invitados, ocasión que aprovechó Aaron para desaparecer. Cuando estaba en el vestíbulo, le alcanzó el poeta.
—No está mal la concurrencia; gente alegre, como de costumbre —comentó, mientras salían de la casa—; pero no he visto ni a una sola persona sospechosa. ¿Y usted?
—Lo sabré mañana, a las once de la mañana —fue todo lo que el poeta pudo sacar de su amigo aquella noche…
Miss Pamela Keane fue puntual, penetrando en el despacho de Aaron Rodd a la mañana siguiente, a las once. Lucía un traje de sarga azul, modelo de París, un sombrero que era una maravilla de sencillez y toda ella venía envuelta en perfumes.
—¡Vaya una subidita! —exclamó mientras se dejaba caer en un sillón, casi sin aliento— ¿Pero es que no tienen ustedes ascensor en esta parte del edificio?
—Claro que sí; es que ha subido usted por un camino equivocado.
Quitóse el velo. Llevaba el rostro saturado de crema y le brillaban los ojos artificialmente. Su expresión era dura en aquellos momentos y habló con tono áspero.
—Mire, mister Rodd —comenzó—, he venido a hablarle de Jack Lovejoy. ¿Sabe usted algo de mí?
—Absolutamente nada —confesóle.
—Supongo que ni siquiera me habrá visto en escena.
—Nunca.
—Mejor así. No me interesa uno de esos abogados que conocen a toda la gente de teatro. Verá, me casé en Estados Unidos con un millonario y lo arreglamos todo de tal manera que en cualquier momento podría prescindir de mí, sin que le costara un céntimo. Me han asignado una pensión de cinco mil libras anuales y, aunque no es mucho, no está de más.
—Naturalmente.
—He hecho por Jack Lovejoy mucho más de lo que usted pueda imaginarse —continuó—. Desde luego, vivimos juntos como marido y mujer y nos sentimos tan casados como si hubiera intervenido la ley. Cuando nos unimos, él no tenía más que lo que ganaba y no era mucho, ciertamente. No soy una mujer voluble y desde luego tengo más años que él; pero apenas he cumplido los cuarenta y lo único que deseaba era que me fuera fiel. No lo está siendo, mister Rodd.
Aaron se encogió ligeramente de hombros; por lo visto, las infidelidades de Lovejoy le parecían de escasa importancia.
—Le explicaré como lo he averiguado —continuó ella—. Hace un mes tuvimos una pequeña disputa, y yo, en lugar de darle mi cheque mensual para sus gastos, esperé que me lo pidiera; pero no lo hizo, y en cambio parece disponer de todo el dinero que quiere. Lo logra no sé donde, y eso es lo que quiero averiguar.
Aaron Rodd pareció un poco más interesado.
—¿Hace apuestas? ¿Juega a los naipes? —insinuó. Esbozó ella un gesto burlón.
—Conozco sus éxitos en las apuestas; ya lleva perdido bastante. Y en cuanto a los naipes, cualquiera le dejaría sin blanca. Interviene una mujer. La ve todos los días a las seis de la tarde. Por eso acudo a usted.
—¿A mí? —exclamó Aaron, un poco sorprendido.
—Sí. Es parte de su profesión, ¿no es cierto? Suponiendo que deseara divorciarme, tendría que acudir a un abogado, ¿verdad? Comprendo que ustedes no se van a poner a hacer pesquisas por las esquinas; pero tendrán alguien que se ocupe de tales gestiones y deberían comenzar esta misma tarde. Me acompañará él a cualquier parte; por ejemplo al grill-room del Milán, a cosa de las dos. Probablemente saldremos de allí a las tres y media y me llevará a casa. Desde tal momento debe ser vigilado. Precisamente lo que quiero averiguar es donde va a esa hora. ¿Puede encargarse de ello, mister Rodd?
—Con mucho gusto —repuso—. Está un poco al margen de mi profesión, pero creo que podremos arreglarlo.
—Perfectamente —díjole, levantándose—. Tengo que estar en casa de mi modista dentro de un rato. Telefonéeme cuando tenga alguna noticia que darme.
Aaron Rodd acompañó a su cliente hasta la escalera, volvió a la oficina y abrió la ventana. Luego tomó el teléfono para llamar al poeta.
—Voy a hacer algo desagradable —le dijo—; traicionar a un cliente.
—¿Y no podría explicarme eso, yéndonos a beber algo? —sugirió el poeta— Tengo la garganta más seca que un papel de lija.
Aaron hizo un gesto negativo y le contó todo rápidamente.
—Ahora, amigo mío, al ataque —le animó—. Es asunto suyo y no mío, y, además, tengo que escribir una carta.
Algunos días más tarde hizo el poeta cierta visita. Llamó a la puerta de una habitación de Nottingham Court, preguntó por la señora de Abrahams y, luego de cierto titubeo, fue conducido a un gabinetito en el que había media docena de personas sentadas. La dama era evidentemente la dueña de la casa; mujer alta, de aspecto manifiestamente semita y al verle entrar, levantóse y le observó con cierto desagrado y alguna curiosidad. El poeta vio en seguida a Jack Lovejoy entre los concurrentes y no dio muestras de sorpresa.
—Supongo que no se habrá olvidado de mí, señora Abrahams —le dijo inclinándose galantemente sobre su indecisa mano—. La conocí en casa de mi tía, lady Sittingley, y tuvo usted la bondad de invitarme a visitarla. Me he atrevido a cumplir la promesa que le hice, trayéndole mis poemas, encuadernados ahora más decorosamente que cuando nos vimos.
La faz de la señora Abrahams aclaróse ligeramente; pero aún semejó seguir conturbada.
—Desde luego, desde luego. ¡Ah, es usted mister Cresswell, el poeta! Recuerdo la curiosa historia de su inicial popularidad. ¿De veras me ha traído el libro? Es usted muy amable.
—Hace tiempo que quería proporcionarme este placer —murmuró Cresswell.
—Veamos —añadió ella, mientras acomodaba a su invitado—, ¿cuándo nos vimos en casa de su tía?
—Confieso que tengo mala memoria para recordar fechas —disculpóse ingenuamente—; pero creo que fue hace cosa de tres meses.
Dejó escapar ella un leve suspiro.
—Esta guerra nos hace difícil recordar algo —comentó—. ¿Quiere usted un poco de té, mister Cresswell? Permítame que le presente al profesor David.
El poeta dedicó al aludido una inclinación de cabeza y dirigió una mirada a su alrededor, saludando con un gesto a Lovejoy, que aparentaba estar algo descentrado. En su mayor parte, los reunidos eran personas serias.
—Temo haber interrumpido una conversación interesante —disculpóse el poeta—. ¿No podrían continuar ustedes?
Siguió un momento de desorientación y la señora Abrahams volvió a dejar escapar un suspiro.
—¡Oh! —dijo— creo que no estábamos tratando de nada trascendental esta tarde. Hablábamos de la guerra… siempre de la guerra.
Cresswell asentó el plato en sus rodillas, sorbió el té y se mezcló durante un cuarto de hora en una conversación banal. Luego, se levantó y despidióse.
—¿Me acompaña usted, Lovejoy? —le invitó.
El joven actor dudó un momento y por fin accedió. La señora Abrahams despidió a ambos cortésmente, aunque sin reiterar a ninguno de los dos una invitación para volver.
—Una tertulia un poco gris para usted, ¿eh? —comentó Cresswell mientras bajaban en el ascensor.
—La señora de Abrahams se mostró muy amable la primera vez que la conocí y le había prometido visitarla. Por eso aproveché la ocasión al encontrarme cerca esta tarde.
—Muy bien —murmuró el poeta, al llegar a la esquina de la calle—. Hasta la vista, amigo.
Jack Lovejoy subió a un taxi y alejóse.
Cresswell cruzó la calle, torció hacia Whitehall y se dirigió hacia un gran edificio de carácter oficial, en el que, luego de esperar media hora, le condujeron a presencia de un caballero de aire importante que le invitó a sentarse y le observó a través de sus lentes con expresión de duda.
—Sir Lionel —comenzó el visitante—, acudo a usted porque tengo cierta información que podría ser extraordinariamente valiosa para el departamento interior del Servicio Secreto.
—Joven —le dijo—, es usted el número quince que me ha visitado durante las últimas veinticuatro horas, trayéndome informaciones que podrían salvar al Imperio.
—Pues fueron los quince muy afortunados —replicó el joven, animado—. ¿Por casualidad, conoce usted a la señora de Abrahams, que se hospeda en Nottingham Court?
—La conozco algo —admitió sir Lionel—. Es amiga de algunos diputados del Parlamento.
—¿Por qué no se la interna? —preguntó Cresswell—. Es alemana.
—Su marido nació en Inglaterra.
—Pero ella es germana pura —persistió el joven—. He hecho averiguaciones personales y he descubierto que durante muchos años no hizo otra cosa que desprestigiar la cultura y costumbres de este país, comparándolas con las de Alemania.
El personaje se encogió de hombros.
—No poseo ninguna información que substancialmente condene a la señora de Abrahams —replicó—, y ya le dije que es amiga de varios diputados del Parlamento y a éstos no les agradaría que se hablara mal de ella.
—¡Pero qué país! —suspiró el poeta— ¡Cuánta oficiosidad! ¡Qué métodos tan originales de hacer la guerra!
—¿Tiene usted que decir algo concreto contra esa señora?
—¡Claro que sí! —replicó con presteza—. No tengo pruebas porque no ostento cargo oficial que me permita dar los pasos precisos para lograrlas; pero puedo afirmar que todas las tardes, de cuatro a seis, las habitaciones de la señora de Abrahams, en Nottingham Court, son un centro de reunión de personas enemigas de este país.
—¿De veras? —exclamó el otro blandamente—. ¿Y qué hacen?
—No puedo decirlo exactamente; pero me parece que se llevan allí informaciones de distinto tipo, que transmite la señora de Abrahams a Alemania.
—¿No será eso una mera suposición?
—Una suposición con muchos visos de verosimilitud —insistió el poeta—. Por ejemplo, esta tarde entre los visitantes de la señora de Abrahams se hallaba el Profesor David que se ha pasado la mitad de su vida en Alemania y ha inundado a Inglaterra de propaganda idealista de aquel país, habiendo guardado desde que estalló la guerra imperturbable silencio. También estaba presente mister Halston, que se casó con una alemana y tuvo que renunciar a su puesto en el Parlamento por sus ambiguas simpatías; Jack Lovejoy, el actor germano-americano; dos sujetos que, según colegí de la conversación, deben ostentar cargos de censores; el ministro de un país cuya poca simpatía hacia nosotros es sobradamente conocida. Esos sujetos se reúnen todas las tardes y supongo que no lo harán para divertirse. ¿No resulta un poco extraño que todos ellos sustenten el mismo punto de vista en la cuestión internacional?
Sir Lionel esbozó algo parecido a un bostezo.
—Ya me perdonará usted si no me conmuevo —comentó—; pero escuchamos aquí tantas historias parecidas… Estudiaremos el asunto, mister Cresswell, pero vuelvo a advertirle que la señora de Abrahams cuenta con algunos amigos en el Gobierno y no les creo propicios a hacer nada contra ella.
El poeta se levantó.
—Muchas gracias, sir Lionel —dijo de mal talante—. Comienzo a comprender…
—¿Qué?
—Que una amiga de un ministro del Gobierno no puede hacer nada malo —terminó el joven, recogiendo el sombrero.
Al día siguiente merendaron Aaron Rodd y el poeta en el Milán, Miss Pamela Keane les vio desde el otro extremo del comedor, donde estaba hablando con el maître sobre la elección de mesa, y en seguida acudió hacia ellos.
—¿Alguna novedad? —preguntó a Aaron.
—Ya dispongo de alguna información —replicóle—. Aún no estoy en condiciones de hacer un informe definitivo; pero por si le interesa saberlo, le diré que las andanzas de mister Lovejoy por las tardes no tienen un carácter amatorio.
—¿De veras? —exclamó, aclarándosele de pronto el rostro—. ¡Vaya si me interesa! Precisamente eso era lo que quería saber. ¿Puede usted darme una idea de qué se trata?
—Ahora no —disculpóse Aaron—; pero podría usted facilitarme un dato valioso.
—Diga en seguida —le animó ella—. Está para llegar de un momento a otro.
—¿Puede decirme cuáles son sus simpatías respecto a la guerra?
Miss Pamela Keane se puso repentinamente seria. Luego, se encogió de hombros.
—Verá, entre nosotros hay muchos americanos que sostienen que Inglaterra hace años que ha estado buscando gresca. Demasiado Almirantazgo, ¿comprende? La verdad es que no me atrevería a afirmar que Jack sienta grandes simpatías por los ingleses.
—Ese indicio nos será útil —afirmó Aaron—. Espero que todo lo más dentro de dos días podré darle un informe completo. Por lo que colijo, espero que no la decepcionará.
—Vamos, veo que es usted mucho más eficaz de lo que parecía al principio —comentó, mientras se marchaba—. Venga a verme pronto.
Los dos amigos acabaron sus refrigerios y dirigiéronse hacia Scotland Yard. El inspector Ditchwater les recibió en seguida con cierta sorpresa.
—¡Qué visita tan inesperada! —les dijo.
—Hemos venido a comunicarle cosas que he averiguado profesionalmente —comenzó Aaron Rodd—. Cierta señora Abrahams, que es alemana de nacimiento, pero casada con un judío nacionalizado en Inglaterra hace quince años, acostumbra a reunir en sus habitaciones a un grupo de amigos, por las tardes. Todos ellos sienten simpatías por Alemania, aunque algunos ocupan cargos oficiales en el país. Tengo razones para poder afirmar que reciben dinero continuamente de manos de la señora Abrahams. No tengo pruebas ni estoy en condiciones de continuar mis investigaciones eficazmente para lograrlas. Precisa la autoridad de la Ley. Mi amigo Cresswell estuvo a visitar a sir Lionel Rastall; pero se negó a intervenir, alegando que la señora Abrahams, mujer de vasta cultura superficial, cuenta con muchos amigos entre los ministros del Gabinete.
—Pues si sir Lionel se niega a intervenir, ¿qué puedo hacer yo?
—Seguir la pista y lograr pruebas —sugirió Aaron Rodd—. Nadie puede impedirle a usted que proceda debidamente en este asunto.
—Y exponerme a una repulsa y perder la ocasión de un ascenso —observó el policía—. No me interesa el asunto, mister Rodd, aunque le doy las gracias. No me importa decirles que la señora Abrahams estaba en la lista de los sospechosos; pero la hemos tenido que borrar de ella por inspiración de altas esferas.
Los dos visitantes se despidieron un poco perplejos; pero el poeta no cejó.
—Amigo mío —le dijo—, ésta va a ser mi primera aventura y le aseguro que aún no me doy por vencido. Vamos.
Hicieron otra visita en un gran edificio situado bastante lejos. Luego de esperar cerca de una hora, les avisaron.
—El jefe les recibirá ahora mismo —anunció—. Procuren ser lo más breves que puedan.
El poeta, que conocía el valor de las palabras, sabía también usarlas. A poco, estrechaba la mano de un individuo de mirada ambigua y aire marcial.
—Le presento a mi amigo mister Rodd —le dijo—. Sir Horace, por casualidad he topado con una conspiración. Ni la policía ni el Ministerio del Interior quieren terciar porque la mujer que interviene es persona grata al Gabinete. ¿Puede usted hacer algo?
—Desde luego —le prometió sir Horace—, si el asunto es serio. Dígame de qué se trata.
—Es la señora Abrahams, que ocupa habitaciones en Nottingham Court —explicó el poeta—. El otro día seguí a un joven que nació en Alemania, pero que se dice americano. La señora Abrahams había congregado en su casa a un grupo de amigos simpatizantes con Alemania, aunque dos de ellos ocupan cargos oficiales en el Gobierno de Su Majestad. Ese joven obtiene dinero en abundancia y se pasa la mayor parte del tiempo recorriendo Londres en auto, acompañado de un comandante de la defensa aérea.
—¿Eso es todo?
—Estoy seguro de que se esconde detrás una trama de espionaje —afirmó el poeta.
—Es muy probable —asintió el otro—; ¿pero qué quiere que haga yo? No puedo registrar la casa, sin más información.
—Proporcióneme dos agentes y yo correré el riesgo de todo —le rogó el poeta.
Sir Horace escribió unas líneas en una hoja de papel.
—Pues adelante —le dijo—. Y muchos recuerdos a su tía. Lleve esta orden a la Sala C y le proporcionarán un par de agentes de paisano.
El poeta estrechó el brazo de Aaron triunfalmente, mientras descendían por la escalera.
—¡Al fin, hemos encontrado un hombre! —exclamó.
Transcurrieron dos días antes de que ocurriera nada nuevo. Por fin, a las cinco de la tarde del tercero, Aaron Rodd y el poeta que había haraganeado por los alrededores de Nottingham Court para asegurarse de que los dos agentes ocupaban su sitio, casi se toparon con un individuo corpulento, vestido descuidadamente y de espesa barba negra. Tenía un aspecto rudo y parecía moverse embarazosamente en el traje que llevaba.
—¡Santo Dios! —murmuró el poeta— ¡Pero si es el holandés! ¡Vamos, Aaron!
Volvieron en redondo y se pusieron a seguirle a corta distancia. Penetró en Nottingham Court. Instantes después, Cresswell hablaba con el portero, al que conocía algo.
—Me llamo Cresswell —le dijo—. Trabajo por el Gobierno. ¿Quiere decirme a qué habitaciones se dirigía ese individuo gordo?
—Al número sesenta y siete, señor —replicóle—. Lo ocupa la señora de Abrahams.
—¿Ha venido alguna otra vez?
—Viene una vez a la semana, generalmente los sábados.
—Yo no me moveré de aquí —dijo Cresswell, volviéndose hacia su amigo—. Han de acudir los dos agentes. Aaron, ¿quiere apresurarse a buscarlos? Uno está en la esquina de Parliament Street.
—Y el otro aquí —susurró una voz contigua—. Todo está en orden, mister Cresswell. Ya he mandado llamar a Jimmy. Vi entrar a ese individuo. ¿Sabe quién es?
—Sí —repuso el poeta.
—Se ha registrado su barco dos veces —continuó el inspector—. La última vez metimos a un agente a bordo; pero no se descubrió nada. No obstante, está vigilado. Cuando le vi venir por aquí, recelé que las cosas se nos ponían de cara.
—Inspector —le preguntó Cresswell—, ¿tiene usted autoridad para detenerle?
—Desde luego —replicó—. Le esperaremos a que salga. Mejor será que diga usted que venga otro portero más. Se trata de un sujeto muy corpulento.
El portero, entre nervioso y curioso, marchó a cumplir tal deseo y el grupo se esparció un poco. Aaron y el poeta parecieron muy atareados en encender un cigarrillo. Un botones de la residencia les observaba con curiosa ansiedad. Arriba pasaba algo. La noticia corrió como la pólvora y se la comunicó al muchacho del ascensor que había salido a la calle, para tomar un poco el fresco. El portero volvió a poco acompañado de otro empleado que venía a regañadientes.
—¿Qué ocurre? —preguntó a uno de los dos agentes de paisano— No puedo dejar mi puesto, salvo urgente necesidad.
El agente le mostró su placa y el empleado saludó.
—Esperen afuera —les dijo entonces.
El anterior portero se presentó de pronto, saliendo de la puerta giratoria.
—La persona que buscan acaba de salir por otra puerta —les dijo—, y se ha metido en un taxi.
Corrieron hacia allí. El taxi se alejaba y doblaba en aquel momento la esquina. El portero de aquella puerta, aun con el silbato en la boca, les vio venir asombrado.
—¿Qué dirección indicó al taxista? —preguntóle el inspector prestamente.
—El Mónico, en Shaftesbury Avenue.
—¡Otro taxi! ¡de prisa!
El empleado hizo funcionar el silbato y un taxi de la esquina acudió prestamente.
—Nuestro hombre si va al Mónico no sospechará que le seguimos —observó el inspector.
Saltaron todos al interior del vehículo y en breves minutos estaban en el café. El poeta dejó escapar un suspiro.
Ante una mesa se hallaba sentado el holandés con una gran copa, que parecía de whisky, al alcance de la mano. Estaba a punto de encender un cigarrillo y de pronto sus ojos cayeron sobre el poeta con leve impresión de reconocerle, acompañado de cierta noción de temor. Pareció como si creciera en corpulencia y que sus músculos se endurecieran bajo la ropa. Aguardó a que se acercaran los cuatro hombres. El ambiente semejó electrificarse. El inspector se hallaba ya junto a su mesa. Aunque no llevaba uniforme, delataba su profesión.
—Deseo hablar con usted —le dijo—. Debe acompañarme a la Comisaría.
—¿Por qué?
—Sigo instrucciones especiales —le advirtió el inspector—, y no puedo decírselo. Lo que interesa es que me siga.
El inspector no era hombre flojo y estaba apercibido; pero la agresión del holandés fue irresistible, yendo a parar contra una mesa contigua, mientras el puño izquierdo del perseguido abatió al otro agente. No obstante, el inspector no estaba fuera de combate y terciaron en la contienda Aaron Rodd y Cresswell. Hombres y mujeres brincaron de sus asientos; se oyeron gritos y ruido de copas rotas. El agente que había sido abatido, quedó de rodillas en el suelo y comenzó a hacer funcionar furiosamente el silbato, mientras el holandés se defendía a puntapiés y trataba de desasirse de los dedos del poeta que atenazaban su garganta. Todo quedó revuelto. De pronto, las puertas giratorias funcionaron y se abrieron, penetrando los dos porteros de uniforme. A pesar de ello, el holandés no abandonó la lucha, logrando desasirse transitoriamente de los tres que le acosaban y propinando a uno de los porteros un terrible puñetazo que le aplastó la gorra de plato. Pero fue el final. El otro portero era fornido y al cabo de breves segundos el holandés estaba maniatado. Entonces se agrupó la gente. El holandés, con la cara cubierta de sangre y brillándole los ojos como los de una bestia salvaje, fue metido en un taxi. Aaron y el poeta quedaron detrás. Ninguno de los dos habían salido muy mal parados; pero Aaron llevaba el cuello de la camisa roto y la chaqueta del poeta aparecía rasgada en varios sitios. Un camarero les contemplaba admirado.
—¿Traigo algo de beber, caballeros? —sugirió.
Bebieron whisky y soda. Luego el poeta se levantó. Tenía el cuerpo algo magullado, pero se sentía feliz.
—Habrán de hospitalizarnos, amigo —dijo de buen humor a su compañero—; ¡pero qué magnífico fue todo!
Bien avanzada la noche, se acercó en el club al poeta un joven inmaculadamente vestido. Estaba aguardando la llegada de los periodistas y actores. El joven le presentó su tarjeta.
—Verá usted mi nombre en mi tarjeta, caballero —le dijo—, y también el Servicio en cuyo nombre le hago esta visita.
Cresswell examinó la tarjeta y acomodóse en su asiento. —¿Quiere beber algo?— sugirió.
—Mi jefe me ordenó que le viera a usted cuanto antes —le comunicó— a fin de darle las más expresivas gracias de nuestro Departamento por su valioso servicio.
—¿Recibió el holandés su merecido? —preguntó el poeta con presteza.
—Desde luego. Llevaba encima documentos de extrema importancia, evidentemente destinados a nuestros enemigos —le dijo el joven—. Su contenido tiene cierto carácter secreto y debo rogarle que añada usted a su valioso servicio el de olvidar lo ocurrido, borrándolo de su memoria.
—¿Y la señora Abrahams?
—Recibimos esta noche una sugerencia indirecta del Departamento de Estado para que se la trate con cierta consideración —replicó el joven—; pero le agradará a usted saber que mi jefe no es hombre que se allana fácilmente. Esa señora será internada, cuente con las amistades que cuente. Dos de los individuos que ostentaban cargo de censor, temo que serán fusilados. Por lo visto ha descubierto usted una oficina cuya misión era la de recoger y despachar semanalmente informaciones de extraordinario interés para nuestros enemigos.
—¿Y el holandés?
El joven dudó.
—Creo que me he excedido un poco en mis expansiones —añadió gravemente—. ¿Puedo tener confianza de que lo que acabo de revelarle confidencialmente se le borrará de la memoria y no volverá a ocuparse del tal holandés?
—Desde luego, se lo prometo. Por cierto, ¿qué ha sido de Lovejoy?
—Se le ha invitado a salir del país dentro de veinticuatro horas.
Despidióse el joven y poco después se presentaba Aaron Rodd. Lucía una perla de singular belleza montada en un alfiler de corbata.
—Un pequeño regalo de despedida de miss Pamela Keane —le dijo su amigo mientras se sentaba a su lado.