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edward phillips oppenheim
la venganza de rosa letchowiski (relato)
El muchachito asumió un aire de gran importancia. Se inclinó sobre el mostrador y con gestos misteriosos detuvo el avance de su prima por la tienda.
—Rosa, tengo que decirte algo muy importante —anunció—. Acércate.
Se detuvo ella y se volvió en redondo hacia él, con gesto de malhumor. Sus labios se hicieron más prominentes. Marchaba con la mano apoyada en la cadera, sin ocultar su deseo de deslumbrar incluso a aquel primito con todas las lúcidas prendas de su porte.
—Te aseguro, Rosa, que estás muy elegante —declaró el chico, con tono admirativo—. Escucha, ahora. Me dijiste que mantuviera los ojos bien alerta para ver si averiguaba algo de mister Levy, ¿verdad?
El rostro de la joven iluminóse de pronto y acercóse al mostrador.
—¿Supiste algo de él? —le preguntó, ansiosamente—. ¿Sabes dónde está?
El muchacho asintió reiteradamente; pero se llevó un dedo a los labios con expresión de avaricia.
—Me prometiste un chelín —le recordó—. No fue cosa fácil. Puedes verlo si quieres con tus propios ojos. Vale un chelín, Rosa.
La mano de la joven se perdió en el interior de la falda y extrajo un vulgar monedero, imitando la piel de Rusia, contando solemnemente los peniques.
—Supongo que me dices la verdad —le advirtió, separándose de los peniques a regañadientes.
—Puedes creerme —le prometió el joven, guardándose las monedas en el bolsillo—. Vino el martes por la noche y está trabajando ahora en el taller.
—¡Oh, cerdo indigno! —gritó su prima con indignación—. Eso lo podía averiguar yo sin tu ayuda, con sólo ir a ver al abuelo.
—Puede que sí y puede que no —repúsole.
La joven jadeaba de impaciencia. La pérdida del chelín, después de todo, era de escasa importancia.
—Escucha —le dijo—, no digas que he venido. Me voy a arreglar un poco y estoy aquí dentro de media hora. Supongo que no se habrá ido todavía.
—Seguro que no —repuso con certeza el muchacho—. Trajo la maleta. Parece que ha venido para quedarse.
Rosa salió velozmente de la tienda y desapareció. Algo más de media hora transcurrió antes de que su primo que estaba luchando para vender un broche de chelín y medio a una joven que sólo podía gastar un chelín, levantó la mirada y la vio entrar. Por un momento pareció olvidar el sortilegio de la venta.
—¡Pero Rosa, qué elegante estás! —exclamó—. Ese vestido te debe haber costado una fortuna.
Asintió ella orgullosa. Estaba envuelta en pieles baratas y lucía un sombrero negro adornado con una gran flor escarlata. En la mano llevaba un gran bolso de flamante metal y sus zapatos eran ostentosos. Mostraba, además, unas aparatosas medias y esparcía un perfume escogido por su penetrante calidad. La cliente, que la conocía de vista, no pudo reprimir una mirada de admiración.
—Es su prima Rosa, ¿verdad? —preguntó al muchacho.
El jovencito asintió sin apartar la mirada de su prima, mientras ésta entraba en el interior.
—Debe ser delicioso ganar lo suficiente para vestirse así —observó con envidia—. ¿Se fijó usted en las pieles? El primer adorno que me compró Rosa fue uno de estos broches —añadió, volviendo al negocio—. Pagó por él dos chelines y yo sólo le pido a usted ocho peniques, sólo porque me gusta hacer negocio cuando el viejo no está presente. Bien podría usted pagar los otros seis peniques el próximo sábado…
Rosa abrió la puerta del fondo y penetró en el gabinete. Sentado en una silla de alto respaldo, estaba su abuelo. Dormía. Avanzó de puntillas por la estancia, llegó al estrecho pasillo e hizo funcionar suavemente el picaporte de la puerta del taller. En el aire vibraba el rumor ligero de un escondido motor. Agachado sobre la mesa y provisto de magníficos lentes se hallaba mister Levy, atareado en la concienzuda operación de cambiar de forma un objeto brillante, cuidadosamente sostenido con el dedo pulgar y el índice de la mano izquierda. Algo impulsó a la joven a guardar silencio y se puso a observar lo que hacía hasta que se dio perfecta cuenta. Le vio retirar la herramienta y se volvió en redondo, tocando una pieza del motor, el cual fue perdiendo velocidad hasta pararse.
—¿Usted? —exclamó, quitándose los lentes.
Vio ella la piedra preciosa en la que había estado trabajando y que se acababa de meter en el bolsillo, sintiendo extraordinaria curiosidad. No obstante, predominó en la joven el factor personal.
—¡Qué bonito! —murmuró, en tono recriminatorio, y acercándosele—. ¿Y qué me dices de aquella cena que íbamos a tener juntos? Te largaste sin una palabra de despedida. No sé cómo mi abuelo te ha permitido volver.
—¡Pero mi estimada señorita! —balbuceó él.
—¡Señorita! Ya te has olvidado de tutearme y de llamarme Rosa —saltó ella.
—Bueno, pues Rosa —continuó—, el placer es grato; pero el negocio es más importante. Tuve que marcharme por asuntos mercantiles. Ya te insinué algo. Pero ya ves que he vuelto. No me gustaba el otro sitio donde trabajaba.
—¿Y mi abuelo te volvió a tomar, sin decirte nada?
—Ya lo ves.
—¿Y qué estás haciendo aquí? —preguntó curiosa—. No sabía que hubiera un motor o que se necesitara para trabajos de reparación de relojes.
—Es una idea mía —le dijo—. ¿Comprendes? No sólo son relojes lo que reparo, sino toda clase de joyería. Así se ahorra otro operario.
—¿Y en qué trabajabas cuando entré? —insistió.
—Un trozo de cristal para tallarlo y montar esos preciosos broches de brillantes que están en el escaparate —le replicó—. Pero no hablemos del trabajo. ¡Qué preciosa estás!
Sacudió ella la cabeza.
—¡Bastante te importa mi aspecto! —repuso— Marcharte y no volver.
—Hablando de otra cosa —le preguntó él, de pronto—. ¿Cómo entraste aquí? ¿Dónde estaba tu abuelo?
—Dormido en la silla. Vine de puntillas. Quería sorprenderte a ti.
—Pues no puedo trabajar si no estoy solo —replicó.
Replegóse la joven en su asiento y levantó un pie como si quisiera contemplar la punta del zapato, aunque su propósito era enseñar buena parte de la media de seda.
—¿Qué piensas hacer esta noche? —le preguntó.
Movió él la cabeza con un gesto de desconsuelo.
—Tu abuelo es un patrono muy exigente —replicó—. Generalmente, tengo que quedarme aquí hasta que estoy agotado.
—Eso ya lo veremos —comentó ella—. ¿Te gustaría…? Pero ¿qué digo? ¡Si prometí a Stolly Wykes ir con él al cine!
Su acompañante fingió un suspiro de desencanto.
—Ya iremos otra noche —sugirió él.
—Tienes unas costumbres demasiado tortuosas —continuó ella—. Hoy estás aquí y cualquiera sabe dónde estarás mañana. Me parece que puedo prescindir de Stolly —siguió meditando un instante, levantando la mirada y fijándose en él.
—Eso sí que no —protestó él—. Me hago cargo de cuál sería el desencanto de tu amigo.
—Te preocupas demasiado de los demás, ¿no te parece? —observó ella sarcásticamente—. Poco me importa ese Stolly. Siempre me está apremiando para que nos hagamos novios.
—No comprendo cómo no te has puesto en relaciones todavía —le dijo él, en tono confidencial—. ¿Qué edad tienes? ¿Veinte años?
—Veintidós —confesóle—, y si no tengo novio es porque no me he preocupado demasiado. Me interesan poco esos tipos que rondan por aquí. Me gustaría algo distinto.
Suspiró él, comprensivo, y luego, como si hiciera un esfuerzo, tornó a su banco de trabajo.
—Si se despierta el viejo y ve que no hago nada, se va a disgustar —comentó.
—Pues puedes seguir trabajando —replicóle—. Yo me voy a hablar con él un momento. Sé bueno.
Le dedicó un gestecillo enigmático y salió, cerrando la puerta tras ella, sin hacer ruido y dirigiéndose al saloncito donde estaba su abuelo, sacudiéndole por los hombros.
—¡Despierta, viejo! —gritó—. ¡Vaya una ocurrencia, ponerse a dormir junto al fuego a mitad de la tarde!
—¿Eh? ¿Qué? ¡Ah, eres tú, preciosa! —exclamó irguiéndose—. ¡Pero qué elegante vienes, Rosa! Esas pieles… Deben ser muy caras.
—Sí, un poco —admitió la joven, complacida—; pero he ganado dinero y quiero casarme.
—¿Casarte? —repitió el viejo, con cierta vaguedad—. Bueno, bueno; si encuentras un buen muchacho con dinero… con dinero contante y sonante…
—Ya he encontrado al muchacho con el que quiero casarme —le interrumpió Rosa—. Es tu ayudante…
Abraham Letchowiski extendió los brazos con un gesto de protesta e hizo un vigoroso movimiento negativo con la cabeza.
—¡No, eso sí que no! —gritó—. No te puedes casar con él. No es más que un pobre obrero y no ha ahorrado dinero. Gasta mucho en vestir.
—Es buen operario, ¿verdad?
—¡Oh, eso sí! —admitió el viejo—; pero hay muchas personas inteligentes que no tienen dinero.
—Mira —le dijo ella—, tú piensas dejarnos tu dinero a David y a mí, ¿verdad? No tienes más descendencia.
—¡Pero si no tengo mucho dinero! —protestó el viejo—. Y aún puedo vivir mucho.
—Te estás poniendo muy viejo para trabajar —declaró la joven—. ¿Por qué no le tomas como socio?
—¿Socio? ¿Pero es que no te das cuenta?
—Ya sé yo cómo tengo que arreglar estas cosas, —replico Rosa—. Espera un momento.
Avanzó hasta el final del pasillo y levantó la voz.
—Mister Levy, haga el favor de venir.
Escuchóse una respuesta eh voz baja y a poco apareció.
Ahora sí que se había despertado por completo Abraham Letchowiski y, sentado en su silla, se castigaba las manos, nervioso.
—Rosa —exclamó—, te lo suplico, Rosa. Escúchame…
Pero ella le cortó en seco. Parecía llenar toda la estancia con su vitalidad y determinación.
—Levy —anunció—, mi abuelo tiene que decirte algo; pero como cuando habla se hace un lío, hablaré en su nombre. David y yo somos sus herederos y ha ahorrado mucho.
—¡No, no! ¡Por lo que más quieras! —le interrumpió el viejo desesperadamente.
—Ha ahorrado mucho dinero —continuó ella plácidamente—, y no tiene más parientes. Siempre me está apremiando para que me case. Hoy le he dicho que voy a complacerle. Si tú quieres, Levy, mi abuelo te tomará de socio. El pequeño David promete y cuando tú envejezcas le harás socio, a tu vez. Ahora, abuelo, estése quietecito y escuche lo que va a decirle mister Levy.
Por primera vez en su vida, Harvey Grimm se vio situado en una posición de inferioridad. Quedóse inmóvil y sin palabras, desconcertado. Rosa se le había acercado y antes de que se diera cuenta, le cogió de la mano y sin percatarse de lo que hacía él la estrechó mecánicamente.
—Así es que todo está acordado —afirmó la joven, atrayéndole aún más hacia sí—. Ahora, mister Levy… bueno, ahora tendremos que llamarte Eduardo…, vas a dejar el trabajo por hoy. Hemos de cenar juntos y luego nos iremos al cine.
El viejo dio de pronto un puñetazo sobre la mesa y habló con curiosa solemnidad:
—¡No lo permitiré! —gritó con mirada furiosa—. Todo lo que acabas de decir es una locura, Rosa. No consentiré que este joven sea mi socio ni que se convierta en tu marido. No sería posible, aunque yo mismo lo quisiera.
—¿Por qué? —preguntó la joven.
—Porque no es de nuestra fe —declaró Abraham Letchowiski, solemnemente.
Rosa se inmutó y miró a su presunto adorador con incredulidad.
—¿Es eso verdad? —le preguntó—. Poco me importa que sea usted o no judío, ¿pero se llama verdaderamente Levy?
—No —confesó.
—¿Y por qué no usa su verdadero nombre?
Siguió un momento de silencio, brillando en los ojos de la joven una sospecha.
—¡Espera! —gritó— ahora me acuerdo… ¡el motor del taller!…; esos individuos que vinieron a registrar. ¿Qué estabas haciendo allí?
Siguió un breve silencio y ella le tomó del brazo.
—Sé un hombre sensible —le apremió—. Yo no soy una tonta. Sé perfectamente que mi abuelo ama el dinero y le gusta ganarlo. A mí también me pasa lo mismo. Si él te deja trabajar secretamente en el taller, es porque debe producir dinero. No me parece mal. No tienes que temer nada. Dime la verdad. Seré fiel. Poco me importa que no seas judío. Me casaré contigo lo mismo. Me agradas más que todos los judíos que conozco.
Harvey Grimm se enjugó el sudor de la frente. Era una situación imprevisible.
—¡Y yo juro ante el Dios de mis padres que no te casarás si no es con un judío! —prorrumpió Abraham Letchowiski.
La joven le hizo una mueca y le obligó a sentarse en su sillón.
—No seas un viejo cascarrabias —le amonestó—. Los tiempos han cambiado desde tu juventud. Una joven ha de escoger marido y no supongo que pretenderás que me case con uno de esos barrenderos que vienen por aquí.
Un acceso de tos impidió hablar al viejo. La joven se apartó de su lado.
—No te preocupes —dijo a Harvey Grimm, muy convencida—. Mañana será más razonable. Ahora vete a lavar y arreglar un poco.
Harvey Grimm dejó escapar un suspiro. No obstante, su ingenio le ofreció una tardía salida del trance.
—Rosa —dijo—, no tuve ocasión de decírtelo. Esta tarde me cogió de sorpresa. Acaso debería habértelo dicho desde el principio; pero la verdad es que estoy casado.
Se le quedó mirando un momento, con sus voluptuosos labios contraídos y frunciendo el ceño.
—¿Casado? —exclamó, casi con histerismo—. ¡Oh, qué bárbaro!
—Es la pura verdad —disculpóse—. Debería habértelo dicho, pero no se me ocurrió. Por eso he tenido que ausentarme.
—Comprendo —murmuró ella, con la expresión de quien ve alejarse la realización de sus deseos.
Abraham Letchowiski permanecía inmóvil en su asiento y se enjugaba los ojos con un pañuelo amarillo.
—Mira mis lágrimas —murmuró con fervor—. El joven es honesto y dice la verdad. Es algo irremediable.
—Sí, lo es —replicó la joven—. Pero de todos modos, esta noche vas a salir conmigo. Supongo que tu esposa no estará aquí, ¿verdad?
—No —replicóle—; está en América.
—Pues arréglate pronto.
Harvey Grimm asintió de mal talante y dedicó el resto del día a la joven. La actitud de ésta era un poco extraña. En el restaurante a donde la llevó —el mejor de los alrededores— aparecía estar muy animada saboreando la gran cena con que la agasajó, e incluso le tendió la mano en más de una ocasión para estrechársela suavemente sonriéndole a menudo. Luego, pasearon del brazo por las calles; pero en el teatro, que ella escogió en vez del cine, se mantuvo todo el tiempo silenciosa y abstraída. Volvieron también del brazo a la tienda y al llegar a la puerta, se detuvo ella.
—Permíteme que te acompañe —propuso él.
Hizo la joven un gesto negativo.
—No —repuso—; pero quiero recoger ahí dentro el pañuelo; me lo debí dejar en el gabinete. Abre la puerta.
Obedeció él y penetraron en la oscura tienda, bajando los peldaños hasta llegar a la pequeña estancia. Aún ardían en la chimenea los restos del fuego; pero la habitación estaba a oscuras. Abraham Letchowiski y el muchacho hacía rato que se habían ido a dormir. De pronto, la joven le echó los brazos al cuello.
—¡Bésame! —gritó con voz entrecortada.
Luchó Harvey Grimm contra el apasionado abrazo, logrando librarse y quedándose al otro lado de la mesa, aún jadeante. Los luminosos ojos de la joven le miraban en la oscuridad. De pronto, giró en redondo, remontó los peldaños y cerró la puerta suavemente; pero casi en seguida la volvió a abrir, destacándose su silueta a la tenue luz de la calle.
—¡Ah! ¡Muchas gracias por la velada, señor casado! —le dijo.
Nada contestó él. Hubo otro intervalo, un segundo de duda, la última oportunidad que él no quiso aprovechar y luego la puerta se cerró. Minutos más tarde hizo él funcionar el cerrojo y dirigióse hacia el taller, tomando de un aparador una botella de whisky y un sifón.
—¡Vaya una aventura! —murmuró, mientras mezclaba una copa de whisky con el sifón.
Mister Paul Brodie abandonó el puro y el periódico y giró en su asiento para recibir a su visitante, que presumió una cliente.
Mister Brodie reconoció en seguida a la joven y no pudo evitar un gesto de expectación.
—¡Pero si es miss Letchowiski! —exclamó, tendiéndole la mano—. ¡Cuánto me alegra volverla a ver! Tenga la bondad de sentarse.
Rosa hizo como si no hubiera oído la invitación. Se acercó a la mesa y se inclinó sobre ella.
—Oiga —le dijo—, ¿es usted el individuo que se presentó en la tienda de mi abuelo para registrarlo todo, hace unas semanas? Le interesaba a usted el operario de mi abuelo, Edward Levy, ¿verdad?
—Efectivamente —repuso Brodie, impaciente.
—Demostró ser Levy demasiado listo para ustedes —continuó Rosa—. He venido para decirle que ha vuelto al taller y tiene un motor allí y muchas herramientas. Pero no se llama Levy ni es judío.
—¿Y qué cree que está haciendo? —preguntóle Brodie.
—Oiga —le dijo—, si le revelo a usted lo que hace, ¿no mezclarán a mi abuelo en el asunto?
—Casi puedo asegurárselo —prometióle en seguida.
—Pues fraccionando brillantes… eso es lo que hace —le explicó la joven—. Ahora está trabajando.
Brodie no dio muestra alguna de excitación; pero se puso en el acto el abrigo.
—Creo que habrá un premio por esto —le dijo a Rosa—. No lo olvidaré.
—No me interesa el premio —replicó la joven—. Lo hago porque… bueno, poco importa por qué lo hago. Puede acudir allá y atraparlo…
Brodie no perdió el tiempo y se fue directamente a Scotland Yard, poniéndose nervioso por los cinco minutos que le hizo esperar el inspector Ditchwater.
—Inspector —le dijo, así que entró en su despacho—, necesito que me proporcione usted un agente y una orden de arresto, en seguida. Me parece que esta vez he dado con una pista que nos conducirá hasta Jerry Sands.
—¿Está seguro? —observó el inspector—. Recuerde que ya estuvimos allí.
—Mire, Ditchwater —continuó Brodie—, ha perdido la fe en mí, lo que no me sorprende; pero es que la nieta de Letchowiski ha venido a verme hoy y me ha dicho que el hombre que busco ha vuelto al taller; tiene oculto allí un motor y muchas herramientas, ocupándose en fraccionar brillantes. Confirma lo que sospechaba; pero que no podía probar. Esta vez daremos en el blanco.
El inspector escribió unas líneas en una hoja de papel.
—Puede contar con el agente —le dijo—; pero no me mezcle a mí en la gestión. No podemos estar molestando a las personas por simples sospechas.
—Esta vez no nos equivocamos —le prometió Brodie triunfalmente—. Ha terciado en la contienda una mujer celosa.
—Le deseo mucha suerte —replicóle—. Si realmente da usted con Jerry Sands, se trata de un asunto trascendental.
Tomó Brodie un taxi y en compañía de un agente de paisano dirigióse hacia Mile End Road. Entraron los dos en la tienda. Estaba David tras el mostrador.
—¿Qué desean los señores? —preguntóles, cortés.
—Necesitamos hablar con tu abuelo —le anunció Brodie—. No es preciso que dejes la tienda; conocemos el camino.
Cruzaron la estancia y bajaron por la breve escalerilla que comunicaba con el gabinete. Abraham Letchowiski estaba sentado en su sillón, contemplando el fuego y hablando a solas. Al ver a los visitantes, les miró con zozobra.
—¿Qué hacen aquí? —les preguntó—. No me encuentro bien hoy y no quiero hablar de negocios.
—Muy bien, mister Letchowiski —replicóle Brodie—. Lo que deseamos es cambiar unas palabras con su operario.
La inquietud del viejo mudóse en terror.
—¿Y qué quieren de él? —exclamó— Es un joven respetable y muy inteligente. Vino de Suiza y no ha hecho daño a nadie.
Brodie volvióse hacia el agente.
—Que no se mueva —le ordenó—. Oigo el motor perfectamente.
Corrió por el pasillo y abrió la otra puerta. El individuo que estaba trabajando volvió la cabeza. El motor dejó de funcionar, pero Harvey Grimm no tuvo tiempo de recoger las herramientas; entre ellas aparecían unas cuantas cuchillas de forma peculiar y asimismo veíanse las clásicas limas y cinceles. Brodie se fijó en todo ello y le brillaron los ojos.
—Edward Levy —le dijo—, queda usted arrestado, acusado de fraccionar brillantes robados. En la otra habitación hay un policía. Tendrá que acompañarnos a la comisaría para prestar declaración.
El joven se echó a reír.
Señaló algo que brillaba en el tornillete de latón y lo desprendió ágilmente con los dedos.
—¡Brillantes! —burlóse— ¡Naturalmente, como que soy experto en joyería!
Brodie dio un paso adelante, descuidado, y entonces Harvey Grimm le dio un golpe con el puño izquierdo. El detective se desplomó como un leño, dejando escapar un gemido. Entonces Harvey Grimm se arrojó sobre él, le introdujo un pañuelo en la boca, a modo de mordaza, y luego cerró con cerrojo la puerta de la estancia, poniéndose la chaqueta y el abrigo.
—Es usted listo, Brodie —dijo a la postrada figura humana que yacía a sus pies—. Siento no poder detenerme a discutir todo esto debidamente.
Abrió la ventana que comunicaba con el patio, saltó por ella y dirigióse hacia la puerta de salida, sumiéndose en la calle, a la vez que se enjugaba el sudor de la frente y buscaba un taxi.
—¡Santo Dios! —balbuceó—. Me parece que nos acercamos al final de todo.
Escuchando temeroso el rumor de posibles pasos tras él, que no llegaron, logró al fin un taxi que le llevó a Aldgate. Bajó en Mansión House y en otro taxi dirigióse hacia una calle del norte del Strand, entrando por un pasaje y remontando las escaleras de una casa hasta cruzar ante una tienda de trajes de segunda mano, y en el segundo piso abrió una puerta utilizando una llave que llevaba en el bolsillo. Suspiró aliviado, al ver que dentro estaba un joven con bata, acomodado en un sillón al lado de la chimenea, mientras leía una novela barata. El joven se parecía extraordinariamente a Harvey Grimm.
—Gracias a Dios que está usted aquí —exclamó el último, comenzando a despojarse en el acto de las prendas de vestir que llevaba—. Prepara el baño, Jim, tan rápido como puedas y lleva estas ropas a la tienda de abajo. Hazlas desaparecer de cualquier modo.
El joven se apresuró a cumplir tales instrucciones.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
—¡He pasado un rato terrible! —le dijo Harvey Grimm—. Esta vez he estado al borde del abismo. ¿Cómo pasé la mañana?
—Fuimos a ver al sastre —replicó el joven— y también a la camisería. Entramos en casa de Bendlebury, en Cork Street, y tomamos un combinado… bueno, me parece que fueron dos, en el bar Fitz.
—¡Magnífico! —murmuró Grimm— ¿Y qué hice anoche?
—Anoche estuvimos cenando en el Romano, con traje de etiqueta.
—Supongo que solos, ¿verdad? —objetó Grimm.
—Completamente solos —asintió el joven—, aunque charlamos un poco con dos jóvenes que estaban sentadas en la mesa contigua. Luigi nos dirigió la palabra dos veces.
Harvey Grimm entró en el cuarto de baño y a poco oyóse el chapoteo del agua. Cuando reapareció, instantes después, su tez parecía haber sufrido una metamorfosis maravillosa y la peluca más extraordinaria que cabe imaginar había desaparecido. El joven le ayudó a ponerse un traje de sarga azul. En breves minutos estuvo vestido.
—Jim —murmuró Grimm, con ojos centelleantes—, hay que ir de prisa. Sobre la mesa hay diez libras esterlinas. Guárdatelas. Volveré mañana o pasado. Dame los guantes nuevos y mi bastón de Malaca. No esperes ni un segundo, tan pronto como me haya ido. Deshazte de las ropas que acabo de quitarme. Ahí va la peluca —añadió, a la vez que la arrojaba al fuego de la chimenea—. Por ahora se acabó el disfraz. Adiós, Jim.
El joven le entregó una hoja de papel.
—Ahí están todos nuestros movimientos, desde el miércoles. Observará que hablamos cada día con una docena de personas conocidas.
Harvey Grimm se metió el papel en el bolsillo, descendió velozmente por la escalera, se detuvo un instante en el vestíbulo con cierta expresión de temor, y se lanzó luego audazmente a la calle. Ésta estaba casi vacía. Minutos más tarde se hallaba en el Strand. Se metió en un estanco, compró cigarrillos, encendiendo uno, y minutos después subía por las escaleras del despacho de Aaron Rodd. Nadie contestó a su primera llamada con los nudillos y abrió la puerta, entrando. Frente al espejo había la silueta de un hombre alto vestido de caqui. Grimm se le quedó mirando muy sorprendido.
—¡Pero si es Cresswell! —exclamó.
El poeta giró en redondo y saludó a Harvey Grimm de buen humor.
—Hola, Harvey —le dijo—. Como ve, me he metido en el jaleo.
—¡Magnífico! —murmuró Grimm—. ¿Y cómo ha sido eso?
—Precisamente venía a contárselo a Aaron —continuó el poeta—; pero por razón que desconozco, está ausente. La verdad es que nunca había pensado hacer cosa semejante. Sigo odiando la guerra en su aspecto externo y materialista, con sus fealdades, sus huellas de sangre, los montones de cadáveres, etcétera, etcétera. Pero hace unos días me encargó Harris que le escribiera un poema patriótico. Le aseguro que apenas me metí en el asunto poético, sentí arder en mis venas la fiebre bélica. Ya le leeré el poema. Creo que va a causar sensación. La primera persona a la que logró inducir a ponerse el traje militar fui yo.
—Pues pronto se decidió —observó Grimm.
—Me incorporé a un Cuerpo de entrenamiento de Oficiales, hace pocos días. Acudí a mi sastre para que me hiciera un uniforme y me encontré con que tenía confeccionado uno de mi misma talla destinado a un individuo que murió de pulmonía. Así es que me lo puse, y aquí me tiene. Había venido para decirle adiós a Aaron. Temo que ahora mis aventuras van a ser de índole muy diferente, aunque no espero pasarlo mal.
—Bueno, habremos de perderle a usted —suspiró Harvey—, aunque la verdad es que temo que nuestro grupo se va a deshacer. Acabo de atravesar el momento más crítico de mi vida y aún no creo haber salido de él. ¿Pero dónde está Aaron?
—Cuando llegué, estaba ausente —replicó el poeta—. Hace una hora que le espero.
Harvey Grimm consultó el reloj.
—Creo que es nuestro momento —decidió—. Hace varios días que no pruebo un combinado. Luego, podemos comer juntos.
El poeta asintió con alegría. Dejaron una nota para Aaron y se dirigieron hacia el Milán. El bar estaba más concurrido que de costumbre y buscaron una mesa apartada para sorber sus combinados.
—¿Cree usted en los presentimientos, Stephen? —le preguntó.
—Nací con ellos —replicó el poeta—. Llevo sangre irlandesa en mis venas. Casi Soy supersticioso…
—Esta mañana tuve una aventura excitante —continuó Harvey Grimm—. En lo que un ser humano puede prever, estoy fuera de todo peligro. He adoptado las precisas medidas para zafarme y, no obstante, recelo algo. Le aseguro que me gustaría ver al belga para deshacerme de algunas de sus bagatelas…
—Yo puedo guardarlas —le propuso su compañero—. Nadie va a sospechar de mí.
Harvey Grimm hizo un gesto negativo.
—No es cosa de que se comprometa, amigo mío —le dijo—. Además, en usted terriblemente descuidado.
Volvió el botones instantes después.
—El caballero dejó el hotel ayer, señor —anunció—. El portero del vestíbulo…
—¿Qué? —le apremió Grimm.
—El portero del vestíbulo —continuó el muchacho, un poco confuso— dijo algo sobre… bueno, como si se hubiera cambiado de nombre.
El rostro de Grimm ensombrecióse y se acentuaron en él las huellas de zozobra. Dio al botones un chelín y le despidió.
—Ocurre algo —murmuró—. Primero, desaparece Aaron y luego Brinnen se cambia de nombre. ¡Dios santo! ¡Si supieran cuál es su verdadero nombre!
—¡Extraordinario! ¡Y pensar que me he mezclado en todo ello! —murmuró el poeta—. ¡Qué hombre ese!
—Endiablada situación la mía —comentó Grimm—. Llevo encima en este momento cincuenta mil libras esterlinas de sus joyas robadas. Esta mañana escapé de una celada. La verdad es que estas cosas estimulan mis sentidos, Stephen, generalmente. Me impelen a erguir la cabeza, a mostrarme más optimista, aunque esté pisando en arenas movedizas. Pero hoy es diferente. No puedo moverme sin mirar hacia atrás. No puedo ver como se abre esa puerta sin sobresaltarme. ¡Maldita sea! Camarero, tráigame otro whisky.
—Ánimo, compañero. Usted nunca se amilana.
—Es la primera vez que me ocurre en mi vida —murmuró Grimm—. Presiento que estoy acorralado. Me deshice de Brodie esta mañana y lo dejé a las once amordazado y maniatado en el taller. Entonces era yo Edward Levy y sólo conocía mi identidad el viejo Abraham. Lo único que temo es que cante el viejo. ¡Gracias a Dios! ¡Aquí vienen los combinados!
—Esta tarde voy a escribir un poema épico sobre usted —le dijo el poeta—. La verdad es que sufre usted una tensión nerviosa, Harvey. Se nota cierto temblor en su voz y se trasluce en ella una significación misteriosa. ¡Eso sí que es sentir la vida en toda su intensidad, amigo!
—Lo que siento es miedo —confesó Grimm, levantando la copa—. Terció en el asunto una mujer, y aunque fui cauto, si esa joven judía coge a su abuelo del pescuezo es capaz de arrancarle la verdad.
Cresswell se levantó.
—Me parece que le sentaría muy bien comer algo, amigo mío —sugirió—. Está excitado, vibrante, lleno de estímulos, pero se está agotando.
Harvey Grimm permaneció sentado y con los puños cerrados.
—Tengo miedo de ir al restaurante —objetó—. ¿No se ha fijado cómo nos observa ese individuo del bar, Stephen? ¿Quién es?
—No sea usted infantil —exclamó su compañero—. Es Greaves, el corresponsal del New York Trombone. Si hubiera conocido nuestra historia, ya la habría voceado por los cuatro puntos cardinales. Vamos, hay que animarse, amigo.
Harvey Grimm hizo cuanto pudo y se dirigió hacia el restaurante casi con su habitual desenvoltura. Un conocido les detuvo.
—No quisiste ni mirarme en el Fitz, Grimm —lamentóse—. Veo que te estás volviendo orgulloso.
—Lo siento —disculpóse Grimm—. Te vi después de espaldas; pero es que antes estaba mirando a otra persona.
Se acomodaron los dos amigos en su habitual mesa y otro conocido se les acercó a saludarles.
—Creí que ya no iba a venir por aquí, Grimm. El jueves le vi en el Piccadilly…
—A veces me gusta cambiar un poco —le cortó él—. ¿Cómo va la nueva comedia?
—¡Espléndida!
El actor alejóse y Harvey se puso a ojear el periódico que llevaba en el bolsillo.
—Sí —murmuró—. El jueves estuve en el Piccadilly. Como ve, mi doble se porta.
—¿Quiere decir que ha encargado a un doble para que se presente en todas partes, mientras usted está escondido? —le preguntó el poeta maravillado.
—Exactamente —asintió Grimm.
Pidieron la comida y una botella de vino; pero se desvaneció en ellos el buen humor. Echaban en falta a Aaron Rodd y no acertaban a explicarse su desaparición. Hasta el propio Stephen parecía contagiado de cierta nerviosidad. Harvey no podía escapar de aquel presentimiento que le torturaba, acosándole en las últimas horas. Hacia el final de la comida, se les acercó un botones, lanzó una mirada a su alrededor y anunció:
—Dos señores quisieran hablar con usted, mister Grimm.
Harvey Grimm abandonó el cuchillo y el tenedor, haciendo al muchacho un signo de asentimiento; pero al volverse hacia su acompañante lo hizo con extraña expresión en el rostro.
—Stephen, viejo amigo —murmuró—, ha llegado mi hora.
El poeta apoyó su mano en el hombro de Grimm.
—Oiga, Harvey —le dijo—, ¿no quiere confiarse a mí? ¿No lleva encima algo que pudiera guardarle? Creo que me las arreglaría bien.
—No —repuso—, si es el final de todo, debo enfrentarme yo solo. Si Jerry no hubiera desaparecido, me hubiese desprendido de los brillantes. Adiós, Stephen, y que tenga mucha suerte. Mejor es que me acompañe hasta fuera, por si no volvemos a vernos.
Abrió la marcha sin apresuramiento, correspondiendo al saludo de unos cuantos conocidos y hasta deteniéndose ante la puerta para cambiar unas palabras con un amigo. Luego, cuando se halló en el pequeño vestíbulo, comprendió que no le había engañado su presentimiento. Allí estaba un conocido agente de Scotland Yard acompañado de otros dos policías vestidos de paisano, los tres con el sombrero en la mano. El inspector le saludó cortésmente, pero hablóle en voz baja.
—Mister Grimm —le dijo—, tengo que molestarle para rogarle que nos acompañe a Jefatura. Se trata sólo de formularle unas preguntas. Como ve, venimos casi de incógnito. Puede volver a la sala y despedirse de sus amistades, si lo desea.
—Es usted muy amable, inspector —replicóle agradecido.
El poeta atendió a su llamada en seguida. Harvey se le acercó y le cogió del brazo.
—Vienen a prenderme, Stephen —murmuró—. Lo están haciendo muy educadamente. Ha llegado la hora de sufrir lo más amargo; me hundo. Por última vez, le deseo mucha suerte.
Se estrecharon la mano. Volvió a acercárseles el botones y le dijo:
—Le llaman por teléfono, señor.
Grimm volvióse hacia el inspector.
—No se apresure, mister Grimm —le advirtió el policía, cortésmente—. No tenemos prisa.
Harvey Grimm entró en la cabina telefónica y tomó el auricular. La voz que repuso a su pregunta era ronca, como bajo una emoción tensa.
—¿Es Harvey Grimm?
—Sí.
—Soy Aaron Rodd… Aaron Rodd. ¿Dónde estás? ¿Puedes venir a ayudarme? ¡Estoy en un momento difícil!
—Y yo también —replicóle Harvey Grimm, con cierta amargura—. ¿Qué te ocurre?
—Esta mañana fui con Enriqueta a Tilbury, para ver a su hermano. Pero no pudimos encontrarle. Luego Enriqueta cayó en manos de aquella gente del barco y se la llevaron. ¡Fue una trampa! ¿Me escuchas, Harvey? ¡Se la llevaron…!
—¿Dónde te encuentras ahora?
—En Tilbury, telefoneando desde el muelle. Fue todo una añagaza. El barco en el que debía marcharse Brinnen era una fantasía. ¿Puedes venir?
Harvey se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada y casi susurró:
—¿Me oyes, Aaron?
—Sí.
—Jerry Sands ha desaparecido, también, y hace cinco minutos que me han arrestado. Me conducen a Scotland Yard y llevo encima brillantes por un valor de cincuenta mil libras esterlinas. Yo que tú, no me preocuparía demasiado de la muchacha. Temo que Jerry Sands y su hermana se han largado bonitamente.
—¿Dónde está Cresswell?
—Aquí, conmigo.
—¿Podría venir?
—Se ha incorporado al ejército y me parece que no podrá complacerte. Además, no lo olvides, Aaron. Se trata de la hermana de Jerry Sands y puedes estar seguro de que se ha escapado. ¿Qué dices?… ¿Qué…?
Escuchóse rumor inarticulado y luego la comunicación quedó cortada. Harvey Grimm pasó cinco minutos intentando conectar; pero en vano. Luego salió de la cabina.
—Otro golpe, Stephen —le dijo al poeta, que le esperaba afuera—. Era Aaron. La joven le dejó plantado en Tilbury. Está medio loco.
El inspector, que había encendido otro cigarrillo, se les acercó.
—Lamento decirle —le advirtió— que la gente comienza a identificarnos. ¿No cree que…?
—Tiene usted razón —asintió Grimm—. Ha sido usted muy considerado. Estoy a su disposición. Buena suerte, Cresswell. Vuelve al comedor y termina el refrigerio.
—¿Con qué preguntas, eh? —espetó Grimm al inspector en cuanto hubieron salido—. No sé qué tendrán que preguntar.
—Supongo que comenzarán por hacerle objeto de un registro —le dijo el inspector.
—¿Y qué esperan hallar?
El policía sonrió, a la vez que le tomaba del brazo con un gesto amistoso.
—Tenemos el presentimiento —replicó— de que esta vez vamos a encontrar algunas de las joyas de Jerry Sands.