mister brodie vuelve a equivocarse (relato)
Mister Jacob Potts, después de lanzar un hondo suspiro y sacando acentuadamente la lengua al escribir, elaboró concienzudamente su firma y luego se dio un golpecito en el bolsillo del chaleco, donde acababa de depositar un cheque; abandonó la pluma y reclinóse en su asiento, cruzándose de piernas, con la cómoda posición del único cliente de Aaron Rodd.
—Nunca me imaginé que podía hacer esto —declaró—; jamás se me había pasado por la cabeza la idea de desprenderme de «Los Marineros», estando como estoy, por así decirlo, en la flor de la vida. Pero los muchachos se han vuelto contra mí y no tuve más remedio. Ya ve lo que puede el dinero —añadió solemnemente.
—En cambio, económicamente queda usted muy independizado —le recordó Aaron Rodd.
—Ya lo sé, ¿pero qué va a hacer uno ahora? —replicó mister Potts, dejando escapar un suspiro—. Allí estaba yo siempre muy ocupado. Y luego esos muchachos… Hubiera jurado por su fidelidad, hasta que se presentó ese dichoso holandés. Mire, mister Rodd —continuó—, he tenido muchos negocios en mi vida y siempre estuve contra todo lo que no me produjera dinero y a mis muchachos nunca les dejé a la luna de Valencia; pero en mi vida he visto a un hombre dispuesto a derrochar el dinero como ese holandés. Según me ha revelado mi barman, Tim —y es hombre que sabe fisgonear—, cada uno de los muchachos atraparían doscientas libras, si lograban llevar a la muchacha a bordo. No es extraño que los chicos estuvieran encandilados.
—¿Y qué quiere decir eso de llevarla a bordo? —le preguntó Aaron Rodd.
Mister Potts hizo una mueca.
—Juraría que ella lo sabe perfectamente —replicó—. En fin, para ser un amateur, lo hizo usted muy bien, mister Rodd. Nunca vi genialidad semejante, y en cuanto a ese joven escritor de versos, bueno, en seis meses me comprometía a hacerle profesional. No parece muy resentido por la pelea… Y ahora que hablamos de ello, mister Rodd —dijo Jacob Potts muy serio—, me gustaría avisarle. Hay en el país tres o cuatro parientes de esa joven que, si no me equivoco, dejan bastante que desear.
—No creo que debemos juzgarla mal —replicó Aaron Rodd, fríamente—, aunque reconozco que ciertas relaciones suyas son un poco misteriosas.
—Aléjese de ellos y siga el consejo de un zorro viejo. Tengo ciertos indicios sobre ellos que no me atrevo a expresar en palabras…
Aaron Rodd acompañó a su cliente hasta la puerta, a la vez que subía por la escalera uno de sus amigos. Era Harvey Grimm. Venía silbando suavemente y con el sombrero ladeado, como de costumbre; lucía sus violetas tan frescas y su vestido aparecía tan nítido como era habitual en él. En cambio su rostro presentaba una expresión distinta. Casi estaba serio y apenas llegó junto a Aaron, le tomó del brazo.
—Ponte el sombrero —le dijo—. Vamos a dar una vuelta.
Obedeció Aaron y se dirigieron hacia los jardines del Embankment.
—Escucha —comenzó Harvey Grimm, lanzando a su alrededor una mirada, para asegurarse de que no podían oírles—, me parece que juego demasiado con mi buena estrella y que ha llegado el momento de esfumarnos.
—Explícate —le animó, impaciente, su compañero.
—En las últimas semanas —continuó Harvey Grimm—, he fraccionado y tallado en diferentes tipos cerca de cien mil libras esterlinas de brillantes. Recientemente he vendido cerca de ochenta mil. A ti y a mí nos corresponden quince mil a cada uno. Nuestros amigos quieren que continuemos; pero, francamente, a mí me gustaría descansar una temporada.
—Pero eso es impropio de ti —observó Aaron.
—Acaso sea cierto; pero no me hace gracia meterme en la boca del lobo. Brodie ni se ha enterado; pero hemos estado a punto de quemarnos la última vez. No sé cómo; pero logró descubrir mi escondrijo. Estuvimos juntos hasta en la misma habitación y practicaron un registro. Una vez le vi pestañear de un modo inquietante y creí que estaba todo perdido; pero se desvanecieron sus sospechas sólo porque la hija del judío aceptó mis amoríos. Eso le hizo caer en el lazo. Y luego los brillantes; confieso que yo mismo admiro mi rasgo genial, aunque no podía hacer otra cosa. ¿Dónde crees que los escondí?
—No tengo la menor idea.
—Claro que no. Escucha. Hice que los pusieran burdamente en monturas de vulgar latón, como unos de los tantos broches que se vendían, mezclándolos con la bisutería, dejándolos sobre el mismo mostrador de la tienda del joyero en la que había estado trabajando en la transformación de las piedras preciosas. Brodie tomó algunas de las joyas, las tuvo entre los dedos y las volvió a dejar. Te aseguro que fue el trance más apurado de toda mi vida.
—Opino como tú —dijo Aaron muy serio—. Es hora de acabar. Debemos contentarnos con lo ganado.
—Eso es lo que creo —asintió su compañero—; pero queda este dichoso collar. Como no nos deshagamos de él, va a ser mucho más peligroso que lo demás.
—¿Por qué? —le preguntó Aaron.
—¿Pero no te das cuenta? Frente a nosotros está el hotel de donde fue robado y aquí me tienes con el collar, a cien metros de distancia. Allí está también Brinnen en el mismo piso y madame de Borria. ¡Vaya un lío en el que me he metido!
—¿Supongo que no pretenderás insinuar que el collar de madame de Borria es el que llevas encima? —gruñó Aaron Rodd.
—Pues claro que lo es —repuso Harvey Grimm, con cierto énfasis—. Ya lo viste ayer, ¿te acuerdas? Ahora lo llevo en el bolsillo del abrigo, en el que está junto a ti en este momento.
Aaron Rodd se detuvo bruscamente junto a un banco y sentóse. Estaba muy cerca del banco en el que conoció a Enriqueta.
—Mira —le dijo—, por lo que más quieras; salta a un taxi de Charing Cross y desembarázate de eso como sea.
—¿Desembarazarme? —replicó con tristeza—. No sé lo que daría para lograrlo ahora mismo. Lo malo es que apenas intente dirigirme a alguno de mis escondites, se descubrirá todo.
—¿Quieres decir que nos siguen?
—Brodie no se ha separado más de cincuenta yardas de mí, desde las nueve —murmuró Harvey Grimm—. Madame de Borria estuvo hablando con él ayer, casi en seguida de cometido el robo y la persuadió para que pusiera el asunto en sus manos. ¿Ves aquella ventana, la número cuatro del penúltimo piso?
Aaron Rodd levantó la mirada hacia la fachada blanca del Milán que resplandecía a través de las ramas.
—Sí —repuso.
—Pues esa es la ventana de madame de Borria. Ahora cuenta cinco ventanas a la izquierda y una hacia abajo: esa es mi habitación. Luego, hacia arriba otra vez, dos a la derecha y darás con la habitación del capitán Brinnen, a quien conoce Paul Brodie como el doble de Jeremías Sands. Cuando añadas a esa serie de coincidencias el hecho de que el collar se halla en estos momentos en mi bolsillo y que no puedo moverme un metro sin que me sigan, comprenderás que ha de recurrir uno a todos los recursos inimaginables de la astucia esta mañana. Me parece que estamos al borde del caos.
—Más de lo que imaginas, acaso —susurró Aaron Rodd—. Aquí viene Brodie.
En el primer momento, Harvey Grimm permaneció curiosamente inmutable. Parecía que toda su inteligencia se concentrase con extraña rigidez, como si trabajase con fuerza concentrada. Ni siquiera se movió ni miró en la dirección que le indicara su amigo. Por el contrario, arrellanóse más aún en el banco y encendió un cigarrillo.
—La verdad es que hace algún tiempo que no nos poníamos en contacto directo con este viejo amigo —murmuró.
Brodie avanzaba tranquilamente sobre el paseo asfaltado, hinchando ligeramente los carrillos y mirando distraído a su alrededor, como si contemplara solamente el espectáculo del río. Pareció como si su mirada tropezara al azar con los dos al cruzar ante ellos. Entonces se detuvo en seco y les saludó tan afectuosamente como de costumbre.
—Es un rincón muy agradable éste para pasar un rato —comentó—. Precisamente estaba pensando en usted, Grimm, mientras paseaba.
—Lo cual me enorgullece —replicó él con calma—. Creí que concentraba usted ahora toda su perspicacia en ese asuntillo del hotel. Creo que madame de Borria le ha encargado a usted la recuperación de su collar. Si logra triunfar, vaya un galardón, amigo.
Brodie dirigió una mirada distraída hacia la fachada del edificio.
—Sí —asintió—, también pensaba en eso. Por cierto, ¿iba usted ahora a sus habitaciones?
—Pues sí, me disponía a ir hacia allí.
—¡Qué coincidencia! Si no le parece mal, iremos juntos.
Se levantaron los dos amigos y los tres se dirigieron hacia el hotel.
—Precisamente, el inspector Ditchwater y yo deseamos oír su opinión sobre ese asuntillo de anoche. Supongo que conocerá los detalles.
—Nos hallábamos en el salón de fumar cuando entró madame de Borria con la bata de estar en sus habitaciones. Naturalmente, oímos repetir varias veces el relato de lo ocurrido.
—Exacto. Madame, por lo visto —continuó el detective—, no oyó nada ni se informó de nada hasta que por la mañana acudió la doncella para decirle que en el cuarto de su marido no contestaba nadie. Entró ella por la puerta interior y lo encontró desvanecido. Faltaba el collar.
—¿Y ya lo hallaron? —preguntó Harvey Grimm—. ¿No puede arrojar el marido alguna luz?
—Anoche hablé un momento con él. Parecía aún muy confuso y atolondrado; pero se expresó con coherencia —replicó Brodie—. Su versión es sencillísima y no nos sirve de nada. Se durmió profundamente, sin poder concretar a qué hora, y se despertó sintiendo el sofoco de una mordaza, a la vez que le vendaban los ojos. Al principio creyó que se trataba de una pesadilla y trató de saltar de la cama; pero le sujetaron fuertemente y le aplicaron algo a las narices que, repitiendo sus palabras, le hizo sentir como si volviera a dormirse. Luego, ya no se acuerda de más. A la mañana siguiente lo encontró su esposa en tal estado. Cuando le desembarazaron de la mordaza, parecía maltrecho y la estancia olía a éter.
—¿Y el collar?
—Pues el collar lo guardaban en una cajita metálica que se hallaba en la habitación. Estaba cerrada, desde luego, pero la llave se hallaba debajo de la almohada, hecho que debía conocer el ladrón. Abrieron tranquilamente la caja y se lo llevaron.
—Por lo visto el ladrón debe haber sido alguien que habita en el hotel —observó Aaron Rodd.
El detective sonrió beatíficamente. Ya habían salido del jardín y se dirigían hacia la puerta trasera del Milán.
—Un punto de vista muy profesional, mister Rodd —observó—. Sí, es posible que también hayamos llegado a esa conclusión Ditchwater y yo. Creemos que debe tratarse de alguien que habita en el hotel.
Cruzaron por la puerta de caoba y Brodie hizo funcionar el timbre del ascensor.
—Por cierto, Grimm —sugirió—; ¿tendría usted algo que objetar, si echáramos una ojeada por sus habitaciones? Me gustaría ver cómo está usted instalado.
—Encantado, desde luego —repuso con naturalidad—. Mejor hubiera sido ir por la puerta del restaurante y tomar el ascensor del otro lado del café. Temo que no va a encontrarlo todo con demasiado orden. Llegué ayer mismo después de una semana de ausencia.
—Es igual —murmuró Brodie—. Esos viajecitos, alejándose de la ciudad son siempre muy agradables. Yo no puedo prescindir de mi trabajo demasiado a menudo. La verdad es que no hemos logrado grandes éxitos en las últimas semanas. Las cosas se me han puesto un poco en contra, Grimm. Después de tanto trabajo, el resultado no fue el que esperaba.
—¡Qué lástima! —lamentóse Grimm—. Es que lucha usted contra un genio, Brodie. De eso no cabe duda.
Paul Brodie asintió muy serio.
—Puedo asegurarles que Jeremías Sands es más que un genio. Por otra parte, tiene una suerte endiablada y he llegado a la conclusión —añadió, bajando la voz hasta el tono confidencial—, de que la muchacha es casi tan lista como él. No me importa reconocer —continuó, mientras cruzaban por el café y se paraban en espera del ascensor— que hubo un momento en que sospeché, Grimm, que se habían burlado ustedes de mí, con ocasión de aquel brillante falso que nos indujo a asomarnos al despacho de mister Rodd. Ahora he cambiado de opinión. Jerry Sands es demasiado listo para caer en una trampa tan vulgar. Creo que entonces estuve injusto con ustedes dos. Últimamente, las cosas les fueron a ustedes mejor, ¿eh? —comentó con cierta brusquedad.
Aaron Rodd se encogió de hombros con el aire de quien juzga la pregunta un poco impertinente.
—¿Cree usted? —dijo fríamente.
—Claro que me meto en lo que no me importa —continuó Brodie—. ¿Es ésta su habitación, Grimm?
El ascensor se había detenido y salieron.
—Por aquí, sígame —le dijo.
El grupito atravesó el pasillo, al extremo del cual abrió Grimm una puerta, que daba a un pequeño vestíbulo y de éste a un gabinete octogonal, con vistas al Támesis. En el interior había un individuo de pie, de espaldas a ellos y mirando por la ventana. Al entrar los tres, volvióse bruscamente.
—¡Ah, nuestro amigo Ditchwater! —murmuró Brodie—. Conoce usted al inspector Ditchwater, ¿verdad, Grimm?
—Claro —replicó Harvey, frunciendo el entrecejo—; pero no acierto a adivinar qué está haciendo en mis habitaciones.
—Acaso debía habérselo advertido —dijo el detective, en tono de disculpa—. Grimm, nos hemos tomado la libertad de practicar un ligero registro en su cuarto.
—¡Qué ocurrencia! —exclamó Grimm— Ahora comprendo por qué está todo tan revuelto.
—Desde luego, desde luego —comentó el detective—. Ya comprenderá; en cierto modo es usted mi amigo y persona que interesa bastante a la policía de este país, ya que creo que perteneció usted en otro tiempo a la policía de Nueva York. Como ha ocurrido un incidente tan cerca de sus habitaciones, era natural que sintiéramos curiosidad de echar una ojeada por aquí.
—¿Tienen algo que alegar contra mí? —le preguntó Harvey Grimm, tranquilamente.
—Desearíamos hacerle algunas preguntas —murmuró el otro—. Mire, Grimm, ha estado usted ausente de la ciudad exactamente nueve días y volvió ayer. ¿Dónde ha estado usted todo este tiempo?
Harvey Grimm se acercó al aparador y tomó un cigarrillo de una tabaquera.
—Verá —repuso—, me parece que mis asuntos no le importan a nadie más que a mí.
—Desde luego —terció Brodie—, opino que por el momento no está usted obligado a contestar a tal pregunta, ya que sólo tiene remota analogía con el verdadero motivo de nuestra visita esta mañana; pero me gustaría que la contestara espontáneamente, ya que le sería beneficioso. ¿No cree que es hora de poner las cartas boca arriba conmigo y con las autoridades locales? Tengo mi teoría sobre el móvil de sus desapariciones.
—Creo que el inspector Ditchwater habrá llegado a una conclusión también, ya que se ha permitido tan liberalmente irrumpir en mis habitaciones —observó Grimm, luego de una breve pausa—. En fin, tengan la bondad de seguirme.
Les condujo a su alcoba. En una percha colgaba un maletín.
—Mi maletín —dijo—. Como ya habrán averiguado por el portero del hotel, lo traje conmigo del viaje, anteanoche. Aquí está la etiqueta de la estación.
Mister Brodie lo examinó.
—Exford —murmuró.
—Exacto —asintió Grimm—. Luego, contemplen esos dos aparejos de pesca.
El detective examinó también el membrete.
—Desde luego, esto no es una prueba evidente, ya que el nombre está escrito de mi puño y letra —continuó Harvey Grimm fríamente—; pero observará usted que el saco ostenta el auténtico membrete del ferrocarril.
El detective dio una vuelta al saco de los deportivos utensilios y asintió.
—Muy interesante —admitió—, pero Exford… en esta época del año.
—Veo que no es usted un verdadero deportista, Brodie —le recriminó Grimm—, o estaría informado del concurso del mes de marzo. Ahora vengan al gabinete.
Abrió la marcha, buscó en una estantería y tomó un ejemplar del Daily Mirror, colocándolo sobre la mesa. Brodie se ajustó los lentes y leyó. En un extremo del periódico, a la izquierda, se veía la fotografía de un individuo pescando, y debajo leíase:
Buena pesca de mister Harvey Grimm, un deportista londinense
en el río Ex, el pasado lunes.
—Gran parecido —observó el detective, mientras dejaba el periódico—. Muy interesante, de veras, y desbarata parte de mi teoría. No sabía que tenía usted esas aficiones. Yo también soy un poco amante de la pesca. Pero llegó usted a tiempo para hacerse anoche con el collar de madame de Borria. ¡Ojo, Ditchwater!
Fue cuestión de segundos. Ditchwater sujetó de pronto a Grimm por ambos brazos, de espaldas, mientras la mano de Brodie se deslizaba en el bolsillo de su abrigo. El collar resplandeció a poco sobre la mesa. Hubo un momento de silencio. Brodie respiraba jadeante y le brillaban los ojos por el triunfo.
—¡Dios mío! —exclamó Harvey Grimm—. ¡Vaya un hallazgo!
El detective se inclinó sobre su presa.
—No cabe duda que es un brillante rosa, con una luz muy peculiar. Ditchwater, vaya a las habitaciones de madame de Borria y pregúntele si puede venir un momento.
El inspector desapareció. Harvey Grimm encendió de nuevo su cigarrillo, se quitó el abrigo con indiferencia, arrojándolo sobre una silla y colgó el sombrero.
—Temo —le dijo el detective— que habré de rogarle que nos haga una visitita, Grimm. Le juzgo con el suficiente sentido común y le advierto que en el pasillo hay un par de agentes apostados.
—No se me ha ocurrido la menor idea de hacer tonterías —replicó Harvey Grimm—; pero supongo que no le importará que me sirva una copa de whisky, ¿verdad? Tiene usted unos métodos que le ponen a uno un poco nervioso.
—La verdad es que no me desagrada que echemos un trago en un momento como éste, Grimm —le dijo.
—Pues sírvame usted mismo —le sugirió.
Dudó el detective un momento y luego hízolo así, aunque manteniéndose de cara y tomando primero el whisky y después el sifón.
—Usted dirá —le invitó con el dedo en el sifón.
—Basta, muchas gracias, Brodie. ¡A su salud!
Harvey Grimm bebió el contenido y dejó el vaso sobre la mesa. Casi simultáneamente llamaron a la puerta con los nudillos; escuchóse la voz de madame de Borria y ésta entró en la estancia.
—¿Me ha mandado llamar? —preguntó a Brodie—. ¿Hay noticias del collar?
—¿Tendría usted inconveniente en hacernos otra vez una descripción de la joya, señora? —rogóle Brodie.
Esbozó ella un mohín.
—Ya lo hice por escrito a Scotland Yard —recordóle, con paciencia—. Las piedras son muy finas; pero no tienen nada distintivo. Consta de sesenta y tres, casi del mismo tamaño, hasta que se llega a la mitad. Es el brillante de en medio el que es maravilloso; es rosa y brilla en forma de cruz; el único del mundo que tiene ese brillo sonrosado. Los de al lado son ligeramente sonrosados y también hay uno un poco amarillento. Pero repito que es el de en medio el que vale por todos los demás. Es el más maravilloso del mundo. Por lo que más quiera, no me mantenga en esta tensión.
El detective levantó el periódico de la mesa. No quería dejar traslucir la emoción; pero no podía ocultar cierta expresión de triunfo, al volverse hacia la señora. Ésta brincó materialmente sobre el collar, lo observó un instante con expresión vacía y lo volvió a arrojar sobre la mesa.
—¿Y para esto me ha hecho venir —exclamó despectivamente—, luego de haberle hecho la descripción? ¿Pero si mi collar tiene doble número de brillantes y el rosa brilla en forma de cruz?
Tanto Brodie como el inspector quedaron estupefactos, incapaces de hablar. Harvey Grimm arrojó el cigarrillo en la chimenea.
—Madame de Borria —le dijo—, me parece que debo añadir mis disculpas a las que evidentemente le deben nuestros dos amigos. El collar es mío, o, más bien, se me ha confiado su venta. Confieso que no se parece en nada al de usted, que he visto y admirado a menudo. Lo que ocurre es que mister Brodie es muy celoso de su profesión y no me dio tiempo de explicarme. Se presentó en mis habitaciones, cogió el collar de mi bolsillo, por cierto, un escondrijo poco propicio para un objeto robado, y mandó a buscarla en seguida.
La dama volvióse casi con expresión salvaje, hacia el detective.
—¿De modo que eso es lo ocurrido? —le dijo—. ¿Ése es su modo de trabajar, mister Brodie? Insulta usted a un caballero inofensivo al que nadie más que un estúpido podría tomar por un ladrón, me arranca usted de mis habitaciones y todo para enseñarme un collar que no se parece al mío ni un ápice, mientras el ladrón estará corriendo a estas horas a sus anchas. ¡Oh, es usted muy listo! Me parece que se acerca a las dos mil libras, a pasos agigantados.
Con aire indignado, bruscamente, le volvió la espalda. Brodie le abrió la puerta, en actitud de humillada disculpa.
—Madame de Borria —murmuró—, lo lamento. Pero… dos collares… ¿Quién iba a sospechar tal coincidencia? Esté usted segura de que esto no acabará así.
No replicó ella nada y salió. Volvió entonces al centro de la estancia, en actitud pensativa.
—¿Es que tiene usted la costumbre de llevar collares valiosos en un bolsillo del abrigo, Grimm? —le preguntó.
—Pues sí —repuso—, y a veces, si se me ocurre, me pongo una corona ducal en la cabeza, en vez de sombrero y una armadura medieval en vez del pijama. Y lo hago porque me place y porque a nadie le importa un comino.
—¿De modo que adopta usted ese tono, eh?
—Entre nosotros, me parece que ya era hora de que lo hiciese —replicó prestamente—. Cuanto antes se convenza de que soy una persona inofensiva, mejor. Le advertí a las veinticuatro horas de haberle conocido en el barco, que mi profesión era la de experto en piedras preciosas. De eso vivo y me parece que es una profesión tan respetable como la de usted. El collar con el que ha tenido la impertinencia de acusarme de robo me fue confiado para su venta, y cuando lo crea oportuno, si juzgo pertinente revelar el nombre de su dueño, lo haré. No obstante, por el momento, opino que ya le he dado bastante motivo para divertirse a mi costa y me hará usted un señalado favor saliendo de mis habitaciones, llevándose al inspector Ditchwater.
—De manera, que esa es su actitud, ¿eh?
—Esa es mi actitud —asintió Harvey Grimm—. ¿Qué tiene que objetar?
—Personalmente —terció el inspector Ditchwater—, me limito a darle a ustedes los buenos días y presentarle mis excusas, mister Grimm. Por lo visto, estamos condenados a dar pasos en falso siempre que obramos bajo la inspiración de mister Brodie, y lo que voy a decir en la Comisaría acaso le libre a usted de futuras molestias.
El rostro de Brodie estaba imperturbable. Aceptó resignadamente la situación y salió de la estancia tras Ditchwater. Los dos amigos quedaron solos, oyendo como se alejaban los pasos. Harvey Grimm desplomóse entonces en un sillón.
—¡Vaya un cuartito de hora! ¿eh, Aaron? —murmuró.
—Estoy totalmente desconcertado —confesó su compañero—. No acabo de comprender. ¿Dónde está entonces el collar de madame de Borria?
—No era éste.
—¿No pretenderás decir que te has hecho con dos collares?
—Palpa en el otro bolsillo —le dijo Harvey Grimm.
Lo hizo así Aaron y del bolsillo derecho del abrigo que estaba sobre la silla extrajo un segundo y más bello collar. Al sostenerlo en el aire, brilló con el destello de una cruz el brillante de en medio.
—¡Santo Dios! —exclamó— ¿Y lo tenías ahí todo el tiempo?
—Naturalmente. Ya te dije que estaba entre la espada y la pared. No tuve ocasión de esconderlo. Sabía que vendría a registrar estas habitaciones. Por fortuna, escogió el bolsillo de la izquierda en vez del de la derecha.
—¿Y ahora qué vas a hacer con él? —preguntó Aaron con ansiedad.
Harvey Grimm consultó su reloj. Era la una menos cuarto.
—Pronto lo verás —repuso—. ¿Quieres abrir la puerta? Me parece que alguien ha llamado con el timbre. Mientras tanto, pongamos el collar en este cajón.
Lo hicieron así y a poco se presentó un individuo bajo, moreno y escrupulosamente vestido. Era el marido de madame de Borria.
—He venido, mister Grimm, para ver qué noticias hay esta mañana —anunció.
—Pues que el detective que trabaja para su esposa ha estado registrando las habitaciones, en busca del collar.
—¡Maravilloso! —comentó el hombrecito, encendiendo un cigarrillo— ¡Qué sagacidad! ¡Qué previsión! ¿Y respecto al resultado…?
Harvey dejó escapar un suspiro, metió la mano en el cajón, sacó el collar y se lo entregó al sudamericano.
El rostro de mister Borria iluminóse de satisfacción.
—He tenido un disgustillo con madame, pero ya pasó —dijo—. Por fin, dio su conformidad en lo del anuncio. ¿Lo vio usted?
—Dos mil libras de premio y nada de preguntas —murmuró.
Mister de Borria sacó del bolsillo una ajada caja de cartón y colocó dentro el collar.
—Lo voy a empaquetar aquí —explicó—. He recibido un anónimo en el que se me hace prometer bajo palabra de honor que si accedo a las condiciones que se me hacen, debo destruir la misiva. Ya está destruida.
—¿La carta…? —comenzó Harvey Grimm.
Mister de Borria se dio un golpecito en la frente.
—En el aire… en mi cabeza —exclamó—. ¿Qué importa eso? Ya está destruida. Voy al lugar indicado, saco las dos mil libras, y el collar es mío.
Depositó la cartera sobre la mesa y sacó un fajo de billetes que contó, haciendo dos montoncitos. Uno de ellos se lo entregó a Harvey Grimm y el otro se lo volvió a meter en el bolsillo. Luego sonrió con la sonrisa de un infante.
—Así todos contentos y felices —comentó—. Madame, mi esposa, volverá a lucir su collar esta noche y se sentirá complacida. Yo tendré en el bolsillo estas mil libras, que son tan necesarias para un hombre como yo, en esta gran ciudad de la galantería. Y usted, mi estimado Harvey Grimm, que hizo el papel de ladrón y me ayudó a desarrollar mi pequeño plan, también tiene mil libras. Así es que, ahora que todo ha salido bien, ¿no podríamos hacer una visitita a esa joven del American Bar? Luego tomaré un taxi para un lugar indefinido y volveré de lo indefinido en otro taxi. Entraré en la habitación de mi esposa y me echará los brazos encima; tendrá el collar y yo las mil libras. En fin. Vamos abajo.
Harvey Grimm tomó el sombrero y Aaron Rodd le imitó.
—Me parece —observó Aaron Rodd, mientras les seguía— que el único que no ha sacado nada de todo esto es mister Brodie.
—Nunca me imaginé que podía hacer esto —declaró—; jamás se me había pasado por la cabeza la idea de desprenderme de «Los Marineros», estando como estoy, por así decirlo, en la flor de la vida. Pero los muchachos se han vuelto contra mí y no tuve más remedio. Ya ve lo que puede el dinero —añadió solemnemente.
—En cambio, económicamente queda usted muy independizado —le recordó Aaron Rodd.
—Ya lo sé, ¿pero qué va a hacer uno ahora? —replicó mister Potts, dejando escapar un suspiro—. Allí estaba yo siempre muy ocupado. Y luego esos muchachos… Hubiera jurado por su fidelidad, hasta que se presentó ese dichoso holandés. Mire, mister Rodd —continuó—, he tenido muchos negocios en mi vida y siempre estuve contra todo lo que no me produjera dinero y a mis muchachos nunca les dejé a la luna de Valencia; pero en mi vida he visto a un hombre dispuesto a derrochar el dinero como ese holandés. Según me ha revelado mi barman, Tim —y es hombre que sabe fisgonear—, cada uno de los muchachos atraparían doscientas libras, si lograban llevar a la muchacha a bordo. No es extraño que los chicos estuvieran encandilados.
—¿Y qué quiere decir eso de llevarla a bordo? —le preguntó Aaron Rodd.
Mister Potts hizo una mueca.
—Juraría que ella lo sabe perfectamente —replicó—. En fin, para ser un amateur, lo hizo usted muy bien, mister Rodd. Nunca vi genialidad semejante, y en cuanto a ese joven escritor de versos, bueno, en seis meses me comprometía a hacerle profesional. No parece muy resentido por la pelea… Y ahora que hablamos de ello, mister Rodd —dijo Jacob Potts muy serio—, me gustaría avisarle. Hay en el país tres o cuatro parientes de esa joven que, si no me equivoco, dejan bastante que desear.
—No creo que debemos juzgarla mal —replicó Aaron Rodd, fríamente—, aunque reconozco que ciertas relaciones suyas son un poco misteriosas.
—Aléjese de ellos y siga el consejo de un zorro viejo. Tengo ciertos indicios sobre ellos que no me atrevo a expresar en palabras…
Aaron Rodd acompañó a su cliente hasta la puerta, a la vez que subía por la escalera uno de sus amigos. Era Harvey Grimm. Venía silbando suavemente y con el sombrero ladeado, como de costumbre; lucía sus violetas tan frescas y su vestido aparecía tan nítido como era habitual en él. En cambio su rostro presentaba una expresión distinta. Casi estaba serio y apenas llegó junto a Aaron, le tomó del brazo.
—Ponte el sombrero —le dijo—. Vamos a dar una vuelta.
Obedeció Aaron y se dirigieron hacia los jardines del Embankment.
—Escucha —comenzó Harvey Grimm, lanzando a su alrededor una mirada, para asegurarse de que no podían oírles—, me parece que juego demasiado con mi buena estrella y que ha llegado el momento de esfumarnos.
—Explícate —le animó, impaciente, su compañero.
—En las últimas semanas —continuó Harvey Grimm—, he fraccionado y tallado en diferentes tipos cerca de cien mil libras esterlinas de brillantes. Recientemente he vendido cerca de ochenta mil. A ti y a mí nos corresponden quince mil a cada uno. Nuestros amigos quieren que continuemos; pero, francamente, a mí me gustaría descansar una temporada.
—Pero eso es impropio de ti —observó Aaron.
—Acaso sea cierto; pero no me hace gracia meterme en la boca del lobo. Brodie ni se ha enterado; pero hemos estado a punto de quemarnos la última vez. No sé cómo; pero logró descubrir mi escondrijo. Estuvimos juntos hasta en la misma habitación y practicaron un registro. Una vez le vi pestañear de un modo inquietante y creí que estaba todo perdido; pero se desvanecieron sus sospechas sólo porque la hija del judío aceptó mis amoríos. Eso le hizo caer en el lazo. Y luego los brillantes; confieso que yo mismo admiro mi rasgo genial, aunque no podía hacer otra cosa. ¿Dónde crees que los escondí?
—No tengo la menor idea.
—Claro que no. Escucha. Hice que los pusieran burdamente en monturas de vulgar latón, como unos de los tantos broches que se vendían, mezclándolos con la bisutería, dejándolos sobre el mismo mostrador de la tienda del joyero en la que había estado trabajando en la transformación de las piedras preciosas. Brodie tomó algunas de las joyas, las tuvo entre los dedos y las volvió a dejar. Te aseguro que fue el trance más apurado de toda mi vida.
—Opino como tú —dijo Aaron muy serio—. Es hora de acabar. Debemos contentarnos con lo ganado.
—Eso es lo que creo —asintió su compañero—; pero queda este dichoso collar. Como no nos deshagamos de él, va a ser mucho más peligroso que lo demás.
—¿Por qué? —le preguntó Aaron.
—¿Pero no te das cuenta? Frente a nosotros está el hotel de donde fue robado y aquí me tienes con el collar, a cien metros de distancia. Allí está también Brinnen en el mismo piso y madame de Borria. ¡Vaya un lío en el que me he metido!
—¿Supongo que no pretenderás insinuar que el collar de madame de Borria es el que llevas encima? —gruñó Aaron Rodd.
—Pues claro que lo es —repuso Harvey Grimm, con cierto énfasis—. Ya lo viste ayer, ¿te acuerdas? Ahora lo llevo en el bolsillo del abrigo, en el que está junto a ti en este momento.
Aaron Rodd se detuvo bruscamente junto a un banco y sentóse. Estaba muy cerca del banco en el que conoció a Enriqueta.
—Mira —le dijo—, por lo que más quieras; salta a un taxi de Charing Cross y desembarázate de eso como sea.
—¿Desembarazarme? —replicó con tristeza—. No sé lo que daría para lograrlo ahora mismo. Lo malo es que apenas intente dirigirme a alguno de mis escondites, se descubrirá todo.
—¿Quieres decir que nos siguen?
—Brodie no se ha separado más de cincuenta yardas de mí, desde las nueve —murmuró Harvey Grimm—. Madame de Borria estuvo hablando con él ayer, casi en seguida de cometido el robo y la persuadió para que pusiera el asunto en sus manos. ¿Ves aquella ventana, la número cuatro del penúltimo piso?
Aaron Rodd levantó la mirada hacia la fachada blanca del Milán que resplandecía a través de las ramas.
—Sí —repuso.
—Pues esa es la ventana de madame de Borria. Ahora cuenta cinco ventanas a la izquierda y una hacia abajo: esa es mi habitación. Luego, hacia arriba otra vez, dos a la derecha y darás con la habitación del capitán Brinnen, a quien conoce Paul Brodie como el doble de Jeremías Sands. Cuando añadas a esa serie de coincidencias el hecho de que el collar se halla en estos momentos en mi bolsillo y que no puedo moverme un metro sin que me sigan, comprenderás que ha de recurrir uno a todos los recursos inimaginables de la astucia esta mañana. Me parece que estamos al borde del caos.
—Más de lo que imaginas, acaso —susurró Aaron Rodd—. Aquí viene Brodie.
En el primer momento, Harvey Grimm permaneció curiosamente inmutable. Parecía que toda su inteligencia se concentrase con extraña rigidez, como si trabajase con fuerza concentrada. Ni siquiera se movió ni miró en la dirección que le indicara su amigo. Por el contrario, arrellanóse más aún en el banco y encendió un cigarrillo.
—La verdad es que hace algún tiempo que no nos poníamos en contacto directo con este viejo amigo —murmuró.
Brodie avanzaba tranquilamente sobre el paseo asfaltado, hinchando ligeramente los carrillos y mirando distraído a su alrededor, como si contemplara solamente el espectáculo del río. Pareció como si su mirada tropezara al azar con los dos al cruzar ante ellos. Entonces se detuvo en seco y les saludó tan afectuosamente como de costumbre.
—Es un rincón muy agradable éste para pasar un rato —comentó—. Precisamente estaba pensando en usted, Grimm, mientras paseaba.
—Lo cual me enorgullece —replicó él con calma—. Creí que concentraba usted ahora toda su perspicacia en ese asuntillo del hotel. Creo que madame de Borria le ha encargado a usted la recuperación de su collar. Si logra triunfar, vaya un galardón, amigo.
Brodie dirigió una mirada distraída hacia la fachada del edificio.
—Sí —asintió—, también pensaba en eso. Por cierto, ¿iba usted ahora a sus habitaciones?
—Pues sí, me disponía a ir hacia allí.
—¡Qué coincidencia! Si no le parece mal, iremos juntos.
Se levantaron los dos amigos y los tres se dirigieron hacia el hotel.
—Precisamente, el inspector Ditchwater y yo deseamos oír su opinión sobre ese asuntillo de anoche. Supongo que conocerá los detalles.
—Nos hallábamos en el salón de fumar cuando entró madame de Borria con la bata de estar en sus habitaciones. Naturalmente, oímos repetir varias veces el relato de lo ocurrido.
—Exacto. Madame, por lo visto —continuó el detective—, no oyó nada ni se informó de nada hasta que por la mañana acudió la doncella para decirle que en el cuarto de su marido no contestaba nadie. Entró ella por la puerta interior y lo encontró desvanecido. Faltaba el collar.
—¿Y ya lo hallaron? —preguntó Harvey Grimm—. ¿No puede arrojar el marido alguna luz?
—Anoche hablé un momento con él. Parecía aún muy confuso y atolondrado; pero se expresó con coherencia —replicó Brodie—. Su versión es sencillísima y no nos sirve de nada. Se durmió profundamente, sin poder concretar a qué hora, y se despertó sintiendo el sofoco de una mordaza, a la vez que le vendaban los ojos. Al principio creyó que se trataba de una pesadilla y trató de saltar de la cama; pero le sujetaron fuertemente y le aplicaron algo a las narices que, repitiendo sus palabras, le hizo sentir como si volviera a dormirse. Luego, ya no se acuerda de más. A la mañana siguiente lo encontró su esposa en tal estado. Cuando le desembarazaron de la mordaza, parecía maltrecho y la estancia olía a éter.
—¿Y el collar?
—Pues el collar lo guardaban en una cajita metálica que se hallaba en la habitación. Estaba cerrada, desde luego, pero la llave se hallaba debajo de la almohada, hecho que debía conocer el ladrón. Abrieron tranquilamente la caja y se lo llevaron.
—Por lo visto el ladrón debe haber sido alguien que habita en el hotel —observó Aaron Rodd.
El detective sonrió beatíficamente. Ya habían salido del jardín y se dirigían hacia la puerta trasera del Milán.
—Un punto de vista muy profesional, mister Rodd —observó—. Sí, es posible que también hayamos llegado a esa conclusión Ditchwater y yo. Creemos que debe tratarse de alguien que habita en el hotel.
Cruzaron por la puerta de caoba y Brodie hizo funcionar el timbre del ascensor.
—Por cierto, Grimm —sugirió—; ¿tendría usted algo que objetar, si echáramos una ojeada por sus habitaciones? Me gustaría ver cómo está usted instalado.
—Encantado, desde luego —repuso con naturalidad—. Mejor hubiera sido ir por la puerta del restaurante y tomar el ascensor del otro lado del café. Temo que no va a encontrarlo todo con demasiado orden. Llegué ayer mismo después de una semana de ausencia.
—Es igual —murmuró Brodie—. Esos viajecitos, alejándose de la ciudad son siempre muy agradables. Yo no puedo prescindir de mi trabajo demasiado a menudo. La verdad es que no hemos logrado grandes éxitos en las últimas semanas. Las cosas se me han puesto un poco en contra, Grimm. Después de tanto trabajo, el resultado no fue el que esperaba.
—¡Qué lástima! —lamentóse Grimm—. Es que lucha usted contra un genio, Brodie. De eso no cabe duda.
Paul Brodie asintió muy serio.
—Puedo asegurarles que Jeremías Sands es más que un genio. Por otra parte, tiene una suerte endiablada y he llegado a la conclusión —añadió, bajando la voz hasta el tono confidencial—, de que la muchacha es casi tan lista como él. No me importa reconocer —continuó, mientras cruzaban por el café y se paraban en espera del ascensor— que hubo un momento en que sospeché, Grimm, que se habían burlado ustedes de mí, con ocasión de aquel brillante falso que nos indujo a asomarnos al despacho de mister Rodd. Ahora he cambiado de opinión. Jerry Sands es demasiado listo para caer en una trampa tan vulgar. Creo que entonces estuve injusto con ustedes dos. Últimamente, las cosas les fueron a ustedes mejor, ¿eh? —comentó con cierta brusquedad.
Aaron Rodd se encogió de hombros con el aire de quien juzga la pregunta un poco impertinente.
—¿Cree usted? —dijo fríamente.
—Claro que me meto en lo que no me importa —continuó Brodie—. ¿Es ésta su habitación, Grimm?
El ascensor se había detenido y salieron.
—Por aquí, sígame —le dijo.
El grupito atravesó el pasillo, al extremo del cual abrió Grimm una puerta, que daba a un pequeño vestíbulo y de éste a un gabinete octogonal, con vistas al Támesis. En el interior había un individuo de pie, de espaldas a ellos y mirando por la ventana. Al entrar los tres, volvióse bruscamente.
—¡Ah, nuestro amigo Ditchwater! —murmuró Brodie—. Conoce usted al inspector Ditchwater, ¿verdad, Grimm?
—Claro —replicó Harvey, frunciendo el entrecejo—; pero no acierto a adivinar qué está haciendo en mis habitaciones.
—Acaso debía habérselo advertido —dijo el detective, en tono de disculpa—. Grimm, nos hemos tomado la libertad de practicar un ligero registro en su cuarto.
—¡Qué ocurrencia! —exclamó Grimm— Ahora comprendo por qué está todo tan revuelto.
—Desde luego, desde luego —comentó el detective—. Ya comprenderá; en cierto modo es usted mi amigo y persona que interesa bastante a la policía de este país, ya que creo que perteneció usted en otro tiempo a la policía de Nueva York. Como ha ocurrido un incidente tan cerca de sus habitaciones, era natural que sintiéramos curiosidad de echar una ojeada por aquí.
—¿Tienen algo que alegar contra mí? —le preguntó Harvey Grimm, tranquilamente.
—Desearíamos hacerle algunas preguntas —murmuró el otro—. Mire, Grimm, ha estado usted ausente de la ciudad exactamente nueve días y volvió ayer. ¿Dónde ha estado usted todo este tiempo?
Harvey Grimm se acercó al aparador y tomó un cigarrillo de una tabaquera.
—Verá —repuso—, me parece que mis asuntos no le importan a nadie más que a mí.
—Desde luego —terció Brodie—, opino que por el momento no está usted obligado a contestar a tal pregunta, ya que sólo tiene remota analogía con el verdadero motivo de nuestra visita esta mañana; pero me gustaría que la contestara espontáneamente, ya que le sería beneficioso. ¿No cree que es hora de poner las cartas boca arriba conmigo y con las autoridades locales? Tengo mi teoría sobre el móvil de sus desapariciones.
—Creo que el inspector Ditchwater habrá llegado a una conclusión también, ya que se ha permitido tan liberalmente irrumpir en mis habitaciones —observó Grimm, luego de una breve pausa—. En fin, tengan la bondad de seguirme.
Les condujo a su alcoba. En una percha colgaba un maletín.
—Mi maletín —dijo—. Como ya habrán averiguado por el portero del hotel, lo traje conmigo del viaje, anteanoche. Aquí está la etiqueta de la estación.
Mister Brodie lo examinó.
—Exford —murmuró.
—Exacto —asintió Grimm—. Luego, contemplen esos dos aparejos de pesca.
El detective examinó también el membrete.
—Desde luego, esto no es una prueba evidente, ya que el nombre está escrito de mi puño y letra —continuó Harvey Grimm fríamente—; pero observará usted que el saco ostenta el auténtico membrete del ferrocarril.
El detective dio una vuelta al saco de los deportivos utensilios y asintió.
—Muy interesante —admitió—, pero Exford… en esta época del año.
—Veo que no es usted un verdadero deportista, Brodie —le recriminó Grimm—, o estaría informado del concurso del mes de marzo. Ahora vengan al gabinete.
Abrió la marcha, buscó en una estantería y tomó un ejemplar del Daily Mirror, colocándolo sobre la mesa. Brodie se ajustó los lentes y leyó. En un extremo del periódico, a la izquierda, se veía la fotografía de un individuo pescando, y debajo leíase:
Buena pesca de mister Harvey Grimm, un deportista londinense
en el río Ex, el pasado lunes.
—Gran parecido —observó el detective, mientras dejaba el periódico—. Muy interesante, de veras, y desbarata parte de mi teoría. No sabía que tenía usted esas aficiones. Yo también soy un poco amante de la pesca. Pero llegó usted a tiempo para hacerse anoche con el collar de madame de Borria. ¡Ojo, Ditchwater!
Fue cuestión de segundos. Ditchwater sujetó de pronto a Grimm por ambos brazos, de espaldas, mientras la mano de Brodie se deslizaba en el bolsillo de su abrigo. El collar resplandeció a poco sobre la mesa. Hubo un momento de silencio. Brodie respiraba jadeante y le brillaban los ojos por el triunfo.
—¡Dios mío! —exclamó Harvey Grimm—. ¡Vaya un hallazgo!
El detective se inclinó sobre su presa.
—No cabe duda que es un brillante rosa, con una luz muy peculiar. Ditchwater, vaya a las habitaciones de madame de Borria y pregúntele si puede venir un momento.
El inspector desapareció. Harvey Grimm encendió de nuevo su cigarrillo, se quitó el abrigo con indiferencia, arrojándolo sobre una silla y colgó el sombrero.
—Temo —le dijo el detective— que habré de rogarle que nos haga una visitita, Grimm. Le juzgo con el suficiente sentido común y le advierto que en el pasillo hay un par de agentes apostados.
—No se me ha ocurrido la menor idea de hacer tonterías —replicó Harvey Grimm—; pero supongo que no le importará que me sirva una copa de whisky, ¿verdad? Tiene usted unos métodos que le ponen a uno un poco nervioso.
—La verdad es que no me desagrada que echemos un trago en un momento como éste, Grimm —le dijo.
—Pues sírvame usted mismo —le sugirió.
Dudó el detective un momento y luego hízolo así, aunque manteniéndose de cara y tomando primero el whisky y después el sifón.
—Usted dirá —le invitó con el dedo en el sifón.
—Basta, muchas gracias, Brodie. ¡A su salud!
Harvey Grimm bebió el contenido y dejó el vaso sobre la mesa. Casi simultáneamente llamaron a la puerta con los nudillos; escuchóse la voz de madame de Borria y ésta entró en la estancia.
—¿Me ha mandado llamar? —preguntó a Brodie—. ¿Hay noticias del collar?
—¿Tendría usted inconveniente en hacernos otra vez una descripción de la joya, señora? —rogóle Brodie.
Esbozó ella un mohín.
—Ya lo hice por escrito a Scotland Yard —recordóle, con paciencia—. Las piedras son muy finas; pero no tienen nada distintivo. Consta de sesenta y tres, casi del mismo tamaño, hasta que se llega a la mitad. Es el brillante de en medio el que es maravilloso; es rosa y brilla en forma de cruz; el único del mundo que tiene ese brillo sonrosado. Los de al lado son ligeramente sonrosados y también hay uno un poco amarillento. Pero repito que es el de en medio el que vale por todos los demás. Es el más maravilloso del mundo. Por lo que más quiera, no me mantenga en esta tensión.
El detective levantó el periódico de la mesa. No quería dejar traslucir la emoción; pero no podía ocultar cierta expresión de triunfo, al volverse hacia la señora. Ésta brincó materialmente sobre el collar, lo observó un instante con expresión vacía y lo volvió a arrojar sobre la mesa.
—¿Y para esto me ha hecho venir —exclamó despectivamente—, luego de haberle hecho la descripción? ¿Pero si mi collar tiene doble número de brillantes y el rosa brilla en forma de cruz?
Tanto Brodie como el inspector quedaron estupefactos, incapaces de hablar. Harvey Grimm arrojó el cigarrillo en la chimenea.
—Madame de Borria —le dijo—, me parece que debo añadir mis disculpas a las que evidentemente le deben nuestros dos amigos. El collar es mío, o, más bien, se me ha confiado su venta. Confieso que no se parece en nada al de usted, que he visto y admirado a menudo. Lo que ocurre es que mister Brodie es muy celoso de su profesión y no me dio tiempo de explicarme. Se presentó en mis habitaciones, cogió el collar de mi bolsillo, por cierto, un escondrijo poco propicio para un objeto robado, y mandó a buscarla en seguida.
La dama volvióse casi con expresión salvaje, hacia el detective.
—¿De modo que eso es lo ocurrido? —le dijo—. ¿Ése es su modo de trabajar, mister Brodie? Insulta usted a un caballero inofensivo al que nadie más que un estúpido podría tomar por un ladrón, me arranca usted de mis habitaciones y todo para enseñarme un collar que no se parece al mío ni un ápice, mientras el ladrón estará corriendo a estas horas a sus anchas. ¡Oh, es usted muy listo! Me parece que se acerca a las dos mil libras, a pasos agigantados.
Con aire indignado, bruscamente, le volvió la espalda. Brodie le abrió la puerta, en actitud de humillada disculpa.
—Madame de Borria —murmuró—, lo lamento. Pero… dos collares… ¿Quién iba a sospechar tal coincidencia? Esté usted segura de que esto no acabará así.
No replicó ella nada y salió. Volvió entonces al centro de la estancia, en actitud pensativa.
—¿Es que tiene usted la costumbre de llevar collares valiosos en un bolsillo del abrigo, Grimm? —le preguntó.
—Pues sí —repuso—, y a veces, si se me ocurre, me pongo una corona ducal en la cabeza, en vez de sombrero y una armadura medieval en vez del pijama. Y lo hago porque me place y porque a nadie le importa un comino.
—¿De modo que adopta usted ese tono, eh?
—Entre nosotros, me parece que ya era hora de que lo hiciese —replicó prestamente—. Cuanto antes se convenza de que soy una persona inofensiva, mejor. Le advertí a las veinticuatro horas de haberle conocido en el barco, que mi profesión era la de experto en piedras preciosas. De eso vivo y me parece que es una profesión tan respetable como la de usted. El collar con el que ha tenido la impertinencia de acusarme de robo me fue confiado para su venta, y cuando lo crea oportuno, si juzgo pertinente revelar el nombre de su dueño, lo haré. No obstante, por el momento, opino que ya le he dado bastante motivo para divertirse a mi costa y me hará usted un señalado favor saliendo de mis habitaciones, llevándose al inspector Ditchwater.
—De manera, que esa es su actitud, ¿eh?
—Esa es mi actitud —asintió Harvey Grimm—. ¿Qué tiene que objetar?
—Personalmente —terció el inspector Ditchwater—, me limito a darle a ustedes los buenos días y presentarle mis excusas, mister Grimm. Por lo visto, estamos condenados a dar pasos en falso siempre que obramos bajo la inspiración de mister Brodie, y lo que voy a decir en la Comisaría acaso le libre a usted de futuras molestias.
El rostro de Brodie estaba imperturbable. Aceptó resignadamente la situación y salió de la estancia tras Ditchwater. Los dos amigos quedaron solos, oyendo como se alejaban los pasos. Harvey Grimm desplomóse entonces en un sillón.
—¡Vaya un cuartito de hora! ¿eh, Aaron? —murmuró.
—Estoy totalmente desconcertado —confesó su compañero—. No acabo de comprender. ¿Dónde está entonces el collar de madame de Borria?
—No era éste.
—¿No pretenderás decir que te has hecho con dos collares?
—Palpa en el otro bolsillo —le dijo Harvey Grimm.
Lo hizo así Aaron y del bolsillo derecho del abrigo que estaba sobre la silla extrajo un segundo y más bello collar. Al sostenerlo en el aire, brilló con el destello de una cruz el brillante de en medio.
—¡Santo Dios! —exclamó— ¿Y lo tenías ahí todo el tiempo?
—Naturalmente. Ya te dije que estaba entre la espada y la pared. No tuve ocasión de esconderlo. Sabía que vendría a registrar estas habitaciones. Por fortuna, escogió el bolsillo de la izquierda en vez del de la derecha.
—¿Y ahora qué vas a hacer con él? —preguntó Aaron con ansiedad.
Harvey Grimm consultó su reloj. Era la una menos cuarto.
—Pronto lo verás —repuso—. ¿Quieres abrir la puerta? Me parece que alguien ha llamado con el timbre. Mientras tanto, pongamos el collar en este cajón.
Lo hicieron así y a poco se presentó un individuo bajo, moreno y escrupulosamente vestido. Era el marido de madame de Borria.
—He venido, mister Grimm, para ver qué noticias hay esta mañana —anunció.
—Pues que el detective que trabaja para su esposa ha estado registrando las habitaciones, en busca del collar.
—¡Maravilloso! —comentó el hombrecito, encendiendo un cigarrillo— ¡Qué sagacidad! ¡Qué previsión! ¿Y respecto al resultado…?
Harvey dejó escapar un suspiro, metió la mano en el cajón, sacó el collar y se lo entregó al sudamericano.
El rostro de mister Borria iluminóse de satisfacción.
—He tenido un disgustillo con madame, pero ya pasó —dijo—. Por fin, dio su conformidad en lo del anuncio. ¿Lo vio usted?
—Dos mil libras de premio y nada de preguntas —murmuró.
Mister de Borria sacó del bolsillo una ajada caja de cartón y colocó dentro el collar.
—Lo voy a empaquetar aquí —explicó—. He recibido un anónimo en el que se me hace prometer bajo palabra de honor que si accedo a las condiciones que se me hacen, debo destruir la misiva. Ya está destruida.
—¿La carta…? —comenzó Harvey Grimm.
Mister de Borria se dio un golpecito en la frente.
—En el aire… en mi cabeza —exclamó—. ¿Qué importa eso? Ya está destruida. Voy al lugar indicado, saco las dos mil libras, y el collar es mío.
Depositó la cartera sobre la mesa y sacó un fajo de billetes que contó, haciendo dos montoncitos. Uno de ellos se lo entregó a Harvey Grimm y el otro se lo volvió a meter en el bolsillo. Luego sonrió con la sonrisa de un infante.
—Así todos contentos y felices —comentó—. Madame, mi esposa, volverá a lucir su collar esta noche y se sentirá complacida. Yo tendré en el bolsillo estas mil libras, que son tan necesarias para un hombre como yo, en esta gran ciudad de la galantería. Y usted, mi estimado Harvey Grimm, que hizo el papel de ladrón y me ayudó a desarrollar mi pequeño plan, también tiene mil libras. Así es que, ahora que todo ha salido bien, ¿no podríamos hacer una visitita a esa joven del American Bar? Luego tomaré un taxi para un lugar indefinido y volveré de lo indefinido en otro taxi. Entraré en la habitación de mi esposa y me echará los brazos encima; tendrá el collar y yo las mil libras. En fin. Vamos abajo.
Harvey Grimm tomó el sombrero y Aaron Rodd le imitó.
—Me parece —observó Aaron Rodd, mientras les seguía— que el único que no ha sacado nada de todo esto es mister Brodie.