Cómprame un café
Autores
edward phillips oppenheim
poesía a la fuerza (relato)
Paul Brodie se presentó, sin previo aviso, en el despacho de Aaron Rodd, pocos días después del episodio del brillante. Parecía haber perdido algo de su optimismo. No obstante, sus ojos no habían perdido su peculiar destello inquisitivo. Se dio cuenta en seguida de que Aaron Rodd llevaba traje nuevo, que el despacho aparecía pulcramente limpio, que la tabaquera de la mesa contenía cigarrillos de los más caros y que las violetas que ostentaba Harvey Grimm en el ojal procedían de Bond Street.
—Buenos días, amigos —dijo, a la vez que se dejaba caer sobre el asiento que se le había ofrecido—. ¡Vaya un trío de conspiradores que formamos!
Harvey Grimm se encogió de hombros.
—Hemos perdido el tiempo, de nada nos ha servido. Esos dos bribones no pensarían tratar de engañar a un experto con esos trozos de yeso.
El detective se rascó la barbilla.
—Pues esos trozos de yeso era lo único que llevaban encima. Para mí que vinieron a verles a título de ensayo. Son gente lista.
—Supongo que los registrarían cuidadosamente —preguntó el otro— para estar seguros de que no escondían las piedras legítimas.
—Claro que sí —repuso el detective con tono hosco—. Les aseguro que yo no puedo asomar las narices por Scotland Yard en unos días.
Harvey Grimm sonrió comprensivo.
—Pero habrán comprobado que esa pareja no es lo que pretenden aparentar —observó.
—Desde luego —asintió Brodie—; pero en este país todo el mundo va de guante blanco. Por eso precisamente me retiré yo del servicio y me marché a los Estados Unidos. Hasta un criminal, un conocido criminal, tiene que ser tratado como si fuera un dios, hasta que se comprueban las acusaciones que pesan sobre él. Anoche estuve con el inspector Ditchwater. Él sostiene que el joven no es otro que Jeremías Sands; pero prefiere que se le escurra de entre los dedos a dar un paso en falso.
—¿Y cómo puede ser que un famoso ladrón de brillantes luzca el uniforme del ejército belga y esté herido y condecorado? —preguntó Harvey Grimm, ingenuamente.
—No tiene nada de particular —explicó Brodie—. Ya sabíamos que Jeremías era belga. Liquidó sus negocios en Nueva York cuando estalló la guerra, y se embarcó para Europa, trayéndose el botín. Fue astuto. Nos jugó la vieja treta de enviar un doble suyo a Chicago, cuando, en realidad, se presentó él en Bélgica antes de que pudiéramos enterarnos. Desde allí, según colegimos, transfirió el botín a la joven y al viejo y siguió en su profesión militar. Lo peor de todo es que ha borrado tan bien sus huellas que resulta imposible atraparlo, a menos que logremos sorprenderle con las manos en la masa, a él o a la pareja del viejo y la joven. Y allí lo tenemos, a tan poca distancia de nosotros, con medio millón escondido. Se ha ofrecido una recompensa de veinticinco mil dólares por su detención, y aquí estamos tres hombres necesitados de dinero y completamente inútiles.
—Hombre, tanto como eso, no —dijo Harvey Grimm, tranquilamente—. No creo realmente que se sienta usted ya fracasado, Brodie.
El detective sacudió la ceniza de su cigarrillo y se levantó.
—Bueno —repuso—, la verdad es que aún no me he dado por vencido aunque este pequeño fracaso me crea una situación un poco difícil. Si asomo las narices por Scotland Yard y susurro el nombre de Jeremías Sands, son capaces de darme una paliza. Me he preocupado de averiguar qué opinan allí de ustedes dos —añadió—. Por ahora no tienen que temer nada. Adiós. ¿Nos veremos en el Milán, a tomar el combinado, Harvey?
Mister Brodie se marchó con rostro más cordial. Aaron Rodd cerró la puerta y volvió a su sitio. Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Harvey Grimm escogió minuciosamente un cigarrillo y lo encendió. Luego, se acercó a la puerta, la volvió a abrir y atisbó por la escalera.
—Demasiado amable —murmuró mientras se sentaba—. ¿Te fijaste cómo escudriñaba la habitación? Has mejorado todo esto demasiado, Aaron.
—Me limité a asearlo un poco —protestó el joven abogado—. Mi despacho era una pocilga.
Harvey Grimm soltó una carcajada y se sonó las narices con el pañuelo.
—Perfectamente, amigo —afirmó—. El viejo Brodie no ha logrado nada. Desde luego, que es lo bastante listo para sospechar que nos apoderamos del brillante; por eso ha venido. Poco importan sus sospechas. El brillante ha desaparecido. Ni nuestros amiguitos, que han quedado impunes, ni Paul Brodie volverán a verlo. Vamos a comer.
Aaron Rodd fue a buscar el sombrero y salieron a la calle. Al final de una callejuela, al dirigirse al Strand, Harvey Grimm se detuvo bruscamente frente a una tienda de libros de pobre aspecto. Sólo se veían unos pocos libros en el escaparate que, al parecer, formaban parte de una edición de lujo de cierta obra desconocida. Detrás aparecía un grabado y una acuarela de factura futurista. Harvey Grimm contempló embelesado aquellos tesoros.
—Esto me gusta —comentó—. Tiene personalidad. Dediquémosle unos minutos.
Entraron en el establecimiento y lanzaron una mirada a su alrededor, algo sorprendidos por lo que veían. Se hallaban en un gabinetito de femenino aspecto, cuyas paredes lucían acuarelas de temas y estilos audaces. Sobre una mesa veíase una pila de libros encuadernados en piel. Se les acercó una joven de aspecto sombrío y extraño, y Harvey Grimm apresuróse a quitarse el sombrero.
—Me parece que nos hemos equivocado —observó titubeando—. Por fuera esto parecía una librería y creíamos poder encontrar algún libro raro. En pequeña escala soy un bibliófilo.
—Vendemos objetos nuevos —replicó la joven—. Puedo enseñarles loza hecha a mano o acuarelas de jóvenes futuristas. También puedo ofrecerles libros de versos de algunos de nuestros poetas más modernos. No tratamos en libros u objetos de segunda mano. Nuestro lema es la modernidad.
Harvey Grimm se hizo un poco de aire con el sombrero. Su acompañante contemplaba ligeramente boquiabierto un cuadro de la pared que le pareció la explosión de un tomate maduro en medio de un paisaje de locos.
—Una impresión de guerra —explicó la joven, siguiendo su mirada—. Obra excelente de un joven pintor futurista.
Harvey Grimm la estudió un momento y tosió. Volvióse a la mesa, tomó uno de los libros que tenía cubierta de papel y murmuró:
—La poesía es lo que más me entretiene.
—¿Conoce la obra de Stephen Cresswell? —le preguntó la joven, casi con solemnidad.
Harvey Grimm repitió el nombre varias veces.
—Momentáneamente… —confesó.
—Vale cinco chelines —le interrumpió la joven, depositando en su mano uno de los volúmenes—. Acaso su amigo quiera otro. Estoy segura de que cuando hayan leído la lírica de Cresswell Spring les parecerá la poesía victoriana una paparrucha.
Harvey Grimm entregó a su amigo un ejemplar y buscó en el bolsillo el precio reclamado.
—Pueden examinar otras cosas —les animó la joven, a la vez que desaparecía en una estancia contigua.
Casi en el acto abrióse la puerta de la calle bruscamente y entró un joven de aspecto sorprendente. Tendría una estatura de unos seis pies, usaba camisa y cuello de franela blanca, mucho peor que la del equipo militar; chaqueta marrón carente de botones y a través de los zapatos surgía uno de los desnudos dedos del pie. Los dos clientes le contemplaron sorprendidos. Desde el instante en que el joven se presentó, no apartó la mirada del volumen que tenía Harvey Grimm en las manos.
—Caballero —preguntó—, ¿debo entender que ha adquirido usted el ejemplar de poemas que lleva en la mano?
—Efectivamente —admitió Harvey Grimm—, y también mi amigo.
El joven siguió su camino hacia la estancia contigua.
—Bertha —exclamó con voz sonora—, deme mi parte, haga el favor.
Hubo un breve silencio, y escuchóse el tintineo de las monedas. El joven reapareció y dirigióse hacia la puerta con aire decidido. Harvey Grimm le dio un golpecito en el hombro.
—Perdone si me tomo esta libertad —le dijo— pero creo adivinar que es usted el autor de este libro.
—Así es —replicó con presteza—, y voy a echar un trago.
—Espere un momento —persistió su interlocutor— acaso sea una pregunta impertinente, ¿no tiene usted también apetito? Son los tiempos modernos.
—¡A rabiar! —replicó Stephen Cresswell—. ¿Pero qué voy a hacer con unos peniques?
—Pues acompáñeme a mí y a mi amigo —le animó Harvey Grimm—. Vamos a comer un bocadillo.
La lengua del joven poeta pareció recrearse en un extremo de los labios.
—¡Un bocadillo! —repitió con arrobamiento.
—En un bar cercano —continuó Harvey Grimm—. Vamos; hemos comprado dos ejemplares de sus poemas y tengo cierto derecho a su estimación.
—¿Quiere insinuar que va a pagar usted los bocadillos?
—Eso será un privilegio para mí.
—Por lo visto está usted loco —comentó el joven— pero debe ser usted rico. Corramos.
Salieron del establecimiento y cruzaron la calle. Aaron Rodd no pronunciaba palabra y sus ojos parecían fascinados por las pintorescas deficiencias del vestido de su reciente amigo. Harvey Grimm, no obstante, se decidió a hacer una discreta alusión.
—Veo que su zapato derecho ha sufrido un pequeño accidente —observó.
El poeta bajó la mirada hacia la prenda aludida.
—Ocurrió esta mañana —suspiró—. Si he de decirle verdad, casi no me había dado cuenta.
Harvey Grimm se paró frente a una zapatería.
—Aquí podremos arreglarlo —afirmó.
—¡Hombre! ¡magnífico! —asintió el poeta, entrando en la zapatería con presteza y acomodándose en la primera silla que halló y tendiendo el pie—. Observará que tengo el pie delgado y largo.
El dependiente apartó los restos de los zapatos y miró atónito al cliente que lucía los pies completamente desnudos. El joven alargó la mano para recoger un cigarrillo y dio unos golpecitos con él en la propia pitillera de Harvey.
—Veo que salí sin calcetines —comentó contemplándose los pies—. No obstante, creo que no le sería difícil a usted subsanar también la deficiencia.
Escogió con desembarazo un par de zapatos y calcetines, y no objetó nada a la proposición de que seleccionara asimismo una corbata, en otra tiendecita cercana. Así que tales requisitos quedaron cubiertos, volvió al punto inicial.
—¿Y qué hay del bocadillo? —dijo.
—Ahora vamos —le tranquilizó Harvey Grimm, conduciéndole hacia el bar del hotel.
El joven se detuvo ante el amplio mostrador y señaló atentamente el bocadillo que juzgaba idóneo para su estado canino. Sentóse luego frente a sus dos protectores y dio muestras de aprobación respecto al aperitivo.
—Un encuentro encantador —afirmó sacando del bolsillo los peniques y contemplándolos, pensativo—. ¿Acaso conoce usted mis poemas?
—Todavía no —confesó Harvey Grimm.
—¿Adquirió el libro por casualidad?
—Absolutamente, por pura casualidad —le explicó—. Mi amigo y yo somos unos enamorados de la aventura y andamos siempre buscando lo anormal. Nos atrajo la tienda en que le conocimos y la joven nos ofreció sus versos.
El joven suspiró.
—Es vergonzoso que se vea uno publicado en libros con cubiertas de papel de estraza, al precio de cinco chelines, con dos chelines para el autor. ¿De modo que son ustedes aventureros? ¿Acaso ladrones?
—Joven —le interrumpió Aaron Rodd—, soy abogado.
—Mi ignorancia es supina —comentó el joven—, ¿pero la abogacía no es una forma elegante del robo? Soy una de las pocas personas que da valor al dinero que gana. Produzco, creo, y sólo con que diez mil ciudadanos pagaran cinco chelines por un ejemplar de mis poemas, sería tan opulento como ustedes. Comería aquí cotidianamente y bebería Burgundy.
—Pues muy pronto —le advirtió Harvey— cesaría usted de escribir versos.
Su protegido sacudió la cabeza.
—Un cuerpo bien alimentado está propicio para el pensamiento poético —repuso—. Después de comer bien, la imaginación se hace rica en imágenes. Después de comer sólo frutas y beber agua, se produce cierta anemia cerebral. ¿De modo que son ustedes aventureros? Es decir, gente con ideas. Dígame… bueno, deme una sugerencia práctica para lograr que, por ejemplo, adquieran diez mil personas un ejemplar de mis poemas.
—Pues es un problema interesante —afirmó Harvey Grimm—. Desde luego, si se hubiera de contestar a tal pregunta con una sola palabra, esta sería «publicidad».
—Si pudiera escribir mi nombre en el cielo o hacerlo cruzar por las nubes con mil flechas de luz, lo haría —dijo el joven—; pero eso sólo lo logra un milagro o el dinero y yo no tengo ninguna de las dos cosas.
—Su caso merece nuestro estudio, amigo —le prometió Harvey Grimm—. Mientras tanto, creo llegado el momento para que echemos una ojeada a sus poemas. Permítame.
El protector se cruzó de piernas, reclinó la silla y se ajustó los lentes, fijando la mirada en las páginas del libro. Aaron Rodd hizo lo mismo y el vate, con gran desembarazo, clavaba la mirada en todos los platos que veía pasar a su lado.
Al llegar la hora de la auténtica comida, Harvey Grimm siguió leyendo un momento; luego lanzó una ojeada a su invitado y abandonó el libro sobre la mesa.
—Veo que sus poemas no están escritos para la gente de la calle —observó Harvey Grimm, mientras se servía una ración de patatas.
—Los escribí para el que sea capaz de pagar cinco chelines por ellos —comentó el poeta, cayendo vorazmente sobre el yantar.
Decayó la conversación y sólo a la hora del café y puro, animóse un poco. El rostro del joven seguía pálido; pero sus ojos eran menos duros. Sacó el lapicero y jugueteó con la hoja del menú.
—¿Escribo algo para conmemorar nuestro encuentro? —sugirió el poeta.
—Preferiría algún plan de publicidad para su obra poética —replicó Harvey Grimm.
—Cualquier idea que se le ocurra me parecerá buena —comentó el joven con aire soñador—. Admito que he fracasado totalmente en lo que se refiere a la circulación de mi obra. Acaso hayan comprado mis poemas algunos selectos, pero la mayoría de las personas los ignoran, sin darse cuenta de cuanto necesitan asomarse a la poesía en general. Diez mil ejemplares de mis poemas, vendidos en Londres, lograrían una espiritualidad mejor, y pronto se observaría su influencia en los modales, en la forma de hablar, en el altruismo de las multitudes. ¡Con qué entusiasmo distribuiría mis diez mil ejemplares y me embolsaría mis tres chelines por volumen!
—Dos chelines sólo —le recordó Aaron Rodd—; el editor se queda con el resto.
—Si se lograse una gran difusión impondría mejores condiciones —razonó el poeta, con un aleteo de sus manos—. Usted, un hombre de leyes, lo comprenderá mejor que yo.
—Sólo se me ocurre una idea —terció Harvey Grimm—. Vamos a hacer un ensayo.
Salieron a la calle y dirigiéronse hacia Leicester Square. De pronto, Harvey Grimm se detuvo y acercóse a un hombrecito de cabello canoso que iba de prisa y llevaba una cartera.
—Perdone, caballero —comenzó.
—¿Dígame? —le interrogó el hombrecito.
Harvey Grimm le cogió suavemente por una de las solapas y el hombrecito quedóse demasiado sorprendido para protestar.
—Desearía el placer de cambiar unas palabras con usted —continuó Harvey Grimm—. Es usted uno de los diez mil ciudadanos deficientes con los que, en representación de mi amigo el gran poeta Stephen Cresswell, quisiera enfrentarme. ¿Ha leído usted los poemas de Cresswell?
—Tengo mucha prisa —repuso el hombrecito, mirando a su interlocutor con expresión desconcertada y tratando de escapar.
—Todo el mundo va de prisa —observó Harvey Grimm, sacando del bolsillo el libro de bastas cubiertas—. Este libro de poemas le costará cinco chelines, aliviará la situación de su empobrecido autor y usted logrará mayor amplitud espiritual…
—Le ruego que me deje marchar —protestó el hombrecito, iracundo—. No le conozco a usted y no me gusta pararme en medio de la calle para hablar con un desconocido. O me deja marchar o llamo a un policía.
—Un policía de nada va a servirle —le advirtió Harvey Grimm—. Me mantendré cortés, pero tenaz. O compra usted este libro de poemas por cinco chelines…
—¿O qué? —preguntó la víctima.
Harvey Grimm se le acercó más y le dijo algo al oído. El hombrecito se llevó la mano al bolsillo, sacó los cinco chelines, recogió el libro y huyó a toda velocidad.
El triunfador del encuentro volvióse hacia sus acompañantes con aire de triunfo y entregó el precio al poeta, quien se lo guardó prestamente.
—Ya tiene usted resuelto el problema —le dijo.
—Es usted grande, caballero —exclamó el poeta, estrechándole la mano—, ¿pero quiere explicarme lo que le dijo al oído?
—Sencillamente, le advertí que su flamante sombrero corría tanto peligro como su cultura y que un sombrero nuevo costaba veinte chelines, mientras que el bello libro de poemas valía cinco.
—Decididamente, es usted grande —repitió el poeta, con fervor—. Lean los periódicos de estos días.
Con un ramo de violetas en el ojal, impecable de pies a cabeza, mister Harvey Grimm salía, un par de semanas más tarde por la mañana, de la callejuela que llevaba al despacho de su amigo Aaron Rodd. Dio unos pasos más y se detuvo sorprendido. Frente a él se había formado un grupo de gente y se veía por lo menos media docena de taxis esperando junto a la acera. De un vehículo de transporte que ostentaba el nombre de un editor, descargábanse paquetes de libros y en la tiendecita que habían visitado recientemente entraba y salía una verdadera procesión de personas. Harvey Grimm hizo cola y cuando le tocó el turno entró. La mesa central estaba cubierta de pilas de libros de bastas cubiertas. En seguida reconoció las obras poéticas de Stephen Cresswell. Los clientes salían con uno o varios ejemplares en la mano y en los bolsillos. La señorita, con su desaliñada vestimenta, iba sirviendo los ejemplares con aire sorprendido y mecánico gesto. De vez en cuando, escuchábase su monótona respuesta:
—Aparecerá una edición de lujo de las obras de Cresswell dentro de pocos días. El impresor ha prometido que estará lista esta semana.
Dos individuos, con el típico aspecto del periodista, trataban en vano de hablar con la joven. Harvey Grimm se abrió paso a codazos, pagó sus cinco chelines y se retiró a un rincón. En aquel momento vio a un joven elegantemente vestido, acomodado en un sillón. Levantóse en el acto.
—¡Mi bienhechor! —exclamó.
Harvey Grimm blandió el libro en el aire.
—¡Paz! —gritó— ¡Ya lo tengo!
El poeta sonrió y llevóse a su protector a un rincón de la estancia.
—Escuche —explicó—, ha sido la cosa más graciosa y estupenda de nuestros tiempos. La primera noche abordé a un almacenista de ultramarinos que confesó que no había leído mis poemas y a la mañana siguiente se descolgó con una carta en The Times. A la noche siguiente hice lo mismo con otros siete ciudadanos y también formularon varios comentarios y quejas. Luego, paré. La descripción que hacían de mi persona resultaba algo embarazosa.
Mister Harvey Grimm pareció sorprendido.
—¡Pero si todo fue tan bien, hasta anoche! —comentó—. Leí los comentarios de los periódicos y me he divertido mucho.
—Después de las primeras noches —explicó el poeta— no tuve más remedio que contratar a sustitutos. Tengo muchos conocidos cuyas vidas son semejantes a la mía, los cuales me pusieron en relación con algunos individuos de East End, un barrio muy propicio, y mediante una razonable remuneración se encargaron de la gestión con verdadera avidez. Operaban en diversas zonas y ambientes, escogiendo sus víctimas con cierta discreción. Sólo tenían que hacer una pregunta: «¿Ha leído usted los poemas de Stephen Cresswell?» Generalmente obtenían una respuesta negativa, y entonces la agresión. La gente comenzó a preguntarse por todas partes dónde podían encontrar los poemas de Stephen Cresswell y muchos que apenas estaban iniciados en literatura, veíanse asediados a preguntas. La revista humorística Punch…
—Ya lo leí —le interrumpió Harvey Grimm—. Fue muy original.
—Entonces comenzó aquí la procesión de compradores —continuó el joven—. Puedo asegurarle que desde que se abre hasta que se cierra la librería esto está atestado. Hasta tuvimos un serio altercado, del que fue supuesta víctima un comprador demasiado impaciente. Escribió a un periódico burlándose, indignado, de la forma como logró escapar. Entonces aumentó aún más el ajetreo. Ya se han vendido once mil ejemplares, algunos a más de su precio. La mitad de esta cantidad se encajó en mis bolsillos y está a punto de aparecer una edición de lujo, encuadernada en piel. Sólo espera una cosa.
—¿Qué?
—El nombre de mi bienhechor. Quiero dedicarle a usted las sucesivas ediciones de estos poemas —declaró el joven con tono grandilocuente.
Harvey Grimm enmudeció un momento.
—Es una delicadeza inapreciable —murmuró.
—Mientras tanto —siguió el poeta—, ha comenzado la etapa de celos y plagios. Cierto joven de muchas ambiciones, pero muy ignorante en cosas artísticas, el que pintó esos mamarrachos que vio usted en las paredes de la librería, quedó atónito por mi éxito. El pasado jueves, un transeúnte fue abordado en pleno Hampstead, y se le preguntó si había visto los cuadros de Sidney Wentworth, que se exhibían en Adelphi, en Manchester Street. El desgraciado contestó que no, y le apalearon. ¿No le parece que es caso flagrante de competencia ilícita? Desde que se hizo público el caso, comenzó a cambiar la situación. Es curioso observar que fue mínimo el resentimiento de los interrogados en mi caso, incluso entre los que sufrieron ligeras coacciones por la causa del arte. Ahora, en cambio, noto cierta irascibilidad en las víctimas. En pocas palabras, me parece que esto está acabando.
—No hay nada eterno —comentó Harvey Grimm—. Pero al menos no le falta ahora dinero.
—Más aún que eso —admitió el poeta—. Estoy lanzado. Muchos de los más importantes periódicos, incluyendo el Tit-Bits y el London Mail, me han invitado a colaborar en sus páginas, y la Sociedad de Autores me instó a ingresar en sus filas. Puede considerarme como un hombre de porvenir asegurado.
—Estoy encantado de oírle —repuso Harvey Grimm con entusiasmo—. Ahora creo que debo marcharme.
El joven tomó el sombrero, un par de excelentes guantes y un bastón de puño de plata.
—Yo mismo le acompañaré por la puerta de atrás —le dijo.
—Voy al despacho de un amigo que está cerca de aquí —observó Harvey Grimm.
—¿El amigo que iba con usted la primera vez que nos vimos?
—Exacto.
—Me agradaría acompañarle —insinuó el joven, abriendo una puerta de escape y asomando la cabeza cautamente, para atisbar la calle—. Vamos.
Salieron y se hallaron en la calle. El joven cogió del brazo a su acompañante.
—En este momento, estoy un poco cansado de poesía. Me atrae la vida. Es usted un aventurero, según me dijo, y me gustaría unir mi suerte a la suya. Tiene usted inteligencia, espíritu de empresa, y presiento que no le atosigan los escrúpulos. A mí me pasa lo mismo. Por ahora, al menos, la poesía me asegura el sustento. ¿Por qué no ir un poco más lejos a su lado?
Harvey Grimm contempló a su acompañante de pies a cabeza. Era un joven corpulento y ya no aparecían hundidas sus mejillas. Evidentemente, a pesar de cierto amaneramiento, era un muchacho de aspecto resuelto.
—Veremos lo que dice Aaron Rodd —murmuró Harvey Grimm.
—Me gusta el nombre de su amigo —afirmó el joven solemnemente—. Estoy seguro de que me aceptará como compañero.
Recorrieron el breve espacio que mediaba hasta la casa, ascendieron por la escalera de piedra y luego de llamar con los nudillos, Harvey Grimm, ejerciendo el privilegio de la familiaridad, hizo funcionar el picaporte y penetró en la estancia seguido de su acompañante. Durante breves instantes no habló ninguno de los tres. El primer movimiento de Harvey Grimm fue cerrar la puerta. Luego quedaron de pie e inmóviles. A su alrededor reinaba un completo desorden. El linoleum había sido levantado violentamente y apartado a un rincón; varias baldosas estaban arrancadas del suelo, el armario estaba abierto y su contenido aparecía esparcido aquí y allá. Aaron Rodd se hallaba sentado ante la mesa, amordazado, maniatado y con los pies también sujetos con ligaduras. Estaba lívido y tenía los ojos cerrados, sin dar señal alguna de vida. El poeta sacó un cortaplumas.
—Hay que liberarlo —dijo.
Su acompañante asintió inconscientemente a tal sugerencia y ambos avanzaron hacia la silla. El poeta deshizo cuidadosamente la mordaza y cortó las ligaduras. Harvey Grimm sacó un frasquito de aguardiente y se lo acercó a los labios. El poeta abrió la ventana de par en par y aproximó la silla. Aaron Rodd murmuró algo incoherente.
—Ya vuelve en sí —exclamó Cresswell.
Tomó un periódico y comenzó a abanicarle. De pronto, se detuvo y Harvey Grimm siguió la dirección de su mirada. Sobre la mesa veíase una hoja de papel violeta.
—¡Qué perfume tan delicioso! —murmuró—, ¡y qué familiar!
Se acercaron ambos. La hoja de papel vibró un poco, movida por la brisa que penetraba por la ventana acentuando su perfume que parecía proceder de un plantel de violetas. Sólo se veían unas palabras escritas con delicada letra de mujer:
¿Es que acaso no cabe el honor entre ladrones?
El joven adoptó una actitud teatral.
—El destino me llevó hasta ustedes —declaró con un gesto olímpico de sus manos—. Conozco perfectamente este perfume y puedo decirles quien escribió esas palabras.