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françois de nion
la azada (relato)
Hacía veinte días que los obreros realizaban una excavación debajo del altar de Venus, en el mismo sitio en que se había elevado la Cruz.
El bosque sagrado de cipreses, de cedros y de acacias, que plantara Adriano después de arrasar el Gólgota, para borrar los recuerdos de Jesús, estaba lleno de soldados.
Entre las columnas de su templo, Afrodita, con sus ojos marmóreos, miraba a aquellos hombres que habían ido a buscar allí un dios.
Elena, la emperatriz, madre de Constantino, estaba sentada cerca de allí, siguiendo con marcada atención el trabajo de los obreros. Para animarlos, y a pesar de su avanzada edad, entonaba cánticos, o, si no, rezaba en unión del arzobispo Macario.
De vez en cuando preguntaba algo a los judíos de familias más antiguas, instándoles a que hablasen y prometiéndoles tesoros o suplicios, según fuera la respuesta.
Los judíos, astutos, daban a entender que sabían mucho o no sabían nada.
Al dejar al descubierto la gruta en que José de Arimatea había dejado el cuerpo de Jesús, el hierro empezó a dar sones distintos y de golpe subió un olor a tierra; una galería misteriosa se abría allí, prolongándose hacia abajo como un abismo. Y mientras los obreros iban desapareciendo uno a uno por aquella entrada tenebrosa, la emperatriz se arrodilló y se puso a escuchar.
Quien mandaba a los trabajadores era un decurión llamado Ctesifonte, originario de Terinto, junto a Argos, y tan fiel a los antiguos dioses, que solo con gran trabajo saludaba a las insignias del César, entonces coronadas por la Cruz.
Era tan pobre, que se veía obligado a servir en las legiones; pero era de raza noble, y cuando había bebido mucho vino de Persia, hablaba con desprecio de los hombres de la Tróade, diciendo que aquellos asiáticos de sangre mezclada, de figura tosca y ademanes bruscos, no valían lo que un romano, respetuoso de la fuerza, de la belleza y de los elementos.
Nadie manejaba con más ardor la azada que él, y a la cabeza de los obreros se ufanaba en descubrir las cruces enterradas allí por los judíos.
Brillaba ante sus ojos la recompensa ofrecida por Elena, como una llama entre las sombras que lo guiaran. Y no porque su ambición fuese mayor que la de los demás, sino porque pensaba destinar los cien talentos prometidos a la compra de una casita en Atenas, sobre la pendiente de la Acrópolis, no lejos de la gruta de los Faunos, donde viviría con la bella Panychis, en la holganza, honrando a los dioses y hablando con sus amigos sobre la res publica.
Y mientras tarareaba, en el estribillo de una canción, el suave nombre de su amada, la punta de la azada chocó de pronto con un cuerpo, duro y sintió la impresión de que la madera retuviese al hierro. Inclinándose, removió los escombros y tocó una viga, cruzada por un travesaño... Y se, levantó lleno de alegría y gritó a Elena que acababa de encontrar la Cruz.
Una vez recibidos los cien talentos, Ctesifonte pidió al primipilar su licencia, y, sin quedarse a presenciar los trabajos que se hacían para distinguir la verdadera cruz de las otras dos, ni a divertirse con las fiestas, partió, llevándose la azada a la que debía su fortuna y a la que quería consagrar en el templo de Mercurio.
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Después de un día de camino en dirección al mar, se detuvo en busca de reposo, en Beth Horon. Pero apenas había descansadlo su cabeza sobre una piedra, cuando vio venir hacia él, como un vendaval, unos jinetes que le rodearon, gritándole que les diese todo el dinero que llevaba encima.
Ctesifonte echó de menos el arma que había devuelto, al armero de la cohorte antes de partir de Eolia Capitolina; pero se acordó de la azada, y tomándola con firme mano empezó a hacerla girar sobre su cabeza. Cada vez qué la azada daba un golpe, brillaba un relámpago y caían fulminados caballo y caballero.
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Después de cierto tiempo de lucha, todos los asaltantes yacían en tierra, con una marca de fuego en el rostro, como si hubieran sido heridos por un rayo. A Ctesifonte no le sorprendió el prodigio, y se durmió tranquilamente.
Al otro día sé puso en marcha hacia Jaffa y se embarcó en un buque que iba a recorrer la costa de la Hélade.
* * *
Al pisar el suelo de su patria, Ctesifonte creyó que los dioses se despertaban o volvían a la vida para recibirlo.
Entre los primeros rosales que halló a su paso, creyó ver a Pan; las violetas y las rosas, cuyo aroma le embriagaba, caían de los dedos de Flora; y entre las olas del mar surgía Venus con su cortejo de amorcillos.
Al penetrar en un bosque de encinas sintió el contacto de los rugosos troncos y las caricias de las dríades; en los arroyos y las fuentes creyó gustar las lágrimas de las ninfas.
Si la azada llegaba a golpear la rama de algún árbol, sé oía una especie de gemido y la visión, frágil, se quebraba; Flora se marchitaba; Pan enmudecía; Venus hundía en lo azul su traje mágico; Neptuno, con su tridente, se hundía en las profundidades del mar.
Y mientras recitaba su plegaria delante de un altar consagrado a Esculapio, el griego advirtió que el templo y la estatua se estremecían porque, al arrodillarse, había puesto sobre las losas la herramienta ofensiva para los inmortales.
Esto molestó tanto a Ctesifonte que decidió ir a pedir prestada una pala al portero del templo y con ella estuvo trabajando todo el día para enterrar la azada en el lugar más escondido de un sombrío valle. Y cuando terminó la operación, para romper el encanto y distraer a las Canydias, el griego inmoló un macho cabrío negro sobre la fosa e hizo libaciones con su espumosa sangre.
Rendido de fatiga y de alegría, se durmió después de esto junto al mismo sitio en que había estado trabajando.
Una gran claridad lo despertó; una claridad que llenaba todo el valle y se elevaba en el cielo hasta las estrellas.
Al levantarse, asustado, reconoció que el resplandor salía de la tierra, del sitio donde estaba enterrada la azada. Entonces, en un impulso de furor, corrió a pisotear la claridad para apagarla. Pero lo que vio le detuvo, tembloroso, espantado.
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En el rayo dorado que surgía de la tierra danzaban formas de indecible blancura y leves como nubes. Dichas formas subían y bajaban, se apartaban y se reunían, se estremecían al soplo de la ligera brisa o se extendían como azuladas cortinas transparentes. Ctesifonte vio pasar por allí grupos de robustos centauros, hidras de tortuosos repliegues, dragones alados, faunos, toda la caravana espantada de las bestias-dioses que emprendía enloquecida fuga.
Luego pasaron las ninfas, haciendo flotar sus túnicas de gasa, y pasaron también los héroes, junto con ellas, arrojando sus armas con expresión desesperada.
Ctesifonte alzó los ojos siguiendo el rayo de luz que formaba en medio del cielo un anfiteatro luminoso y reconoció a los grandes dioses del Olimpo, sentados en sus sitiales de oro, unos amenazadores, otros aterrorizados.
Y de pronto, la claridad se elevó, se condensó, formando una cruz deslumbradora y los dioses desaparecieron.
El griego sintió entonces que caía sobre él y a su alrededor una lluvia de cosas blancas y tibias, saturadas de un perfume inefable, y pudo retener entre sus dedos durante algún tiempo un jirón de la túnica de una diosa...
Luego, de lo profundo de los bosques y de los valles, de las cimas, de entre las rocas, de las fuentes, surgieron voces que sé respondían unas a otras, se unían y se dispersaban.
Y estas voces decían todas, formando un confuso y amplio murmullo que llenaba el espacio:
—¡Pan ha muerto!... ¡El gran Pan ha muerto...!
El griego comprendió entonces que los dioses acababan de desvanecerse en la Naturaleza, donde solo había un dios...
Se arrodilló y adoró la cruz luminosa que su azada había desenterrado.
Y he ahí por qué en ese mismo lugar donde, olvidando a Panychis, el decurión vivió y murió en oración, los griegos del Peloponeso reverencian hoy a Ctesifonte de la Azada.