la familia del coronel warner (relato)
Un estremecedor secreto ocultaba la cortina.
El amor del hombre hacia su familia toma a veces características extrañas, pero con referencia al horror puramente dicho, ninguna de las famosas tragedias de la Historia igualan al afecto desviado, que forma parte del incidente que voy a narrar.
Sucedió en el corazón de la vasta y deshabitada región situada en el Congo Superior, a unas doscientas millas del más cercano puesto civilizado.
Como miembro de la expedición geográfica Denckla, pasé casi un año en el interior salvaje, coleccionando y recogiendo una gran cantidad de datos científicos para la Sociedad que representábamos. Aunque el trabajo era fascinador, noté yo que iba decayendo física y moralmente bajo el tormento de los rayos del sol africano.
Mi cuaderno de notas cita la fecha del catorce de junio de mil ochocientos noventa, cuando salíamos de la isla infestada de pantanos y descansábamos los ojos en las umbrías del Congo dominador. El espectáculo fue saludado con alegría. Para nosotros significaba un viaje de solo cinco días para llegar al confort y las comodidades hogareñas de los blancos.
Montamos las tiendas de campaña en un ángulo de tierra, formado por un diminuto riachuelo y la creciente expansión del río. El sol se había ya ocultado tras los altos árboles, cuando terminamos de acampar. La relativa frescura del atardecer convidaba al descanso.
Fatigado por las arduas tareas del día, saboreé tranquilamente una pipa y me dispuse a acostarme. Al entrar en mi tienda descubrí, con extrañeza, una larga hendidura en la lona y hasta mis oídos llegó el rumor de pasos precipitados.
Salí por la abertura a tiempo de ver desaparecer una figura borrosa entre las malezas de la selva.
Mis investigaciones pusieron en claro que habían desaparecido un rifle, varias cajas de cartuchos y dos libros científicos que llevábamos para consultar.
Aquella noche se montó una guardia en el campamento, pero el misterioso merodeador no volvió.
Estirado en mi hamaca, medité algún tiempo sobre el desconcertante suceso. Sabía que el robo había sido cometido por un blanco. La forma cómo se zambulló en la maleza de la selva no fue la de un nativo. Ello era un enigma, pues los blancos que penetran en los lugares salvajes del mundo, son hombres de acción, que tienen una finalidad y no les queda tiempo para cometer raterías.
Mas la naturaleza del robo era tan extraordinaria como la raza del hombre. Al parecer, este no buscó provisiones. ¿Por qué se llevó aquellos libros? No acerté a formular una respuesta satisfactoria y me quedé dormido con esta pregunta zumbando monótonamente en mi cerebro.
Cerca de las dos de la tarde del tercer día de nuestra estancia en aquella localidad, me encontraba cazando a alguna distancia de la isla. Había decidido volver sobre mis pasos hacia el campamento, cuando me detuve boquiabierto.
Era increíble que en aquella parte del Continente se encontrasen habitantes civilizados; sin embargo, hacia la izquierda, hábilmente escondida tras el tupido follaje de unos árboles, había una choza.
No se veía la menor señal de vida humana en toro al lugar, ni siquiera nada parecido a un sendero; pero la existencia de una choza construida tan lejos de las colonias, era un misterio suficiente para enardecer la sangre de cualquier espíritu aventurero.
Avancé, poco a poco, con la vaga esperanza de descubrir algún extraño secreto de la selva africana. Con cautela salí, al poco rato, de un pequeño claro, desde donde examiné el lugar.
Se habían empleado escasas herramientas y poca habilidad para construir aquella cabaña. No tenía ventanas; los leños de la pared estaban sin pulir y eran toscos e irregulares. Algunos de ellos sobresalían en las esquinas.
Pero no fue tanto el aspecto del lugar como la intangible atmósfera de horror lo que me retuvo. Instintivamente, desconfiaba de aquel silencio que parecía llamarme, haciéndome señas.
Alguna cosa maligna se escondía allí, aguardando con astucia y paciencia para cerrar la trampa. Pero, como soy un estúpido aventurero, me acerqué y empujé con cautela la puerta.
Resistió ante mi sorpresa, y durante un momento medité sobre la prudencia de llevar más adelante mi curiosidad. Aquella puerta cerrada con barrotes indicaba la presencia de alguien. Titubeaba yo, cuando sonó en el interior la voz suave y lenta de un hombre, paralizándome de asombro.
—La semana próxima iré en bote a la colonia, queridita, y veré si puedo conseguirte algunos libros nuevos. Creo que la niña puede cuidarte satisfactoriamente hasta que regrese. Ahora procura dormir. Te sentirás mejor dentro de poco tiempo.
¡Vivían mujeres en aquel lugar abandonado de la mano de Dios! ¡Y también un hombre educado, si no me equivocaba! Todo aquello parecía inaudito, pero no podía dudar de lo que oía.
Pensando que, por mi profesión de médico, tal vez podría ser útil, llamé con la culata de mi rifle. Prodújose un profundo silencio. Durante un momento experimenté esa sensación desagradable de ser observado por unos ojos ocultos y, al fin, se abrió la puerta.
Involuntariamente retrocedí un paso. Apareció un hombre alto, de anchos hombros. Había en su porte una dignidad que no podían ocultar los harapos que vestía. El grisáceo cabello le caía en desorden sobre los hombros, encuadrando un rostro sellado por años de sufrimientos. Me miró un momento con ojos cansados y hundidos.
—Sea usted bienvenido, señor —dijo, al fin, suavemente, arrastrando las silabas, y se apartó para dejarme entrar.
Lo hice con la sensación vaga de que todo lo que sucedía era un fragmento de algún sueño sin sentido.
El interior estaba iluminado por la luz del día, que se filtraba entre los troncos de las paredes, revelando un cuadro de extraña aridez Exceptuando unos cuantos leños aserrados, que hacían las veces de sillas y taburetes y una gran mesa en el centro, la habitación estaba desprovista de muebles. En un extremo de la choza había un paño largo y negro, que sin duda, ocultaba a las mujeres.
Mi extraño anfitrión cerró la puerta sin echar el barrote y, al volverme, le vi escudriñándome con una expresión francamente desagradable.
—Perdone mi intromisión —empecé algo embarazado—. Descubrí su choza al regresar a mi campamento y pensé que, tal vez, podía serle útil en algo. Me llamo Brent.
—Me alegro de conocerle, señor —respondió—. Las visitas son un lujo raro para nosotros. Me llamo Warner, el coronel Warner, de Kentucky.
Estrechó mi mano con fuerza sorprendente.
—Por desgracia, las mujeres se encuentran algo indispuestas ahora; pero les diré que estuvo usted aquí, señor Brent —continuó—. ¿No quiere hacer el favor de sentarse?
Me senté perplejo en el leño más cercano. La formalidad de la recepción habría sido risible, a no ser por la seria dignidad del sorprendente coronel. En lo que a él concierne, podríamos habernos encontrado en el salón de alguna mandón señorial. En cuanto a mí, no pude desembarazarme de la sensación de tragedia, que parecía acechar bajo la superficie. Visiblemente, no había nada que temer; pero lo sucedido durante los últimos minutos había sido demasiado extraordinario para tranquilizarme.
De repente, me fijé en los perfiles familiares de un par de viejos libros, que había en la mesa cercana. Los miré con fijeza y el coronel, al observar mi insistente mirada, tomó uno de los volúmenes.
—Un libro excelente —dijo, ofreciéndomelo—, pero altamente técnico. ¿Lo ha leído?
Ojeé bien la conocida cubierta. En la guarda del libro, aparecía mi firma: «Jaime W. Brent».
—Uno de los mejores tratados sobre el tema —declaré.
—Sin duda. Lo adquirí hace unos días para mi esposa. Le gustan con delirio los libros; pero la lectura le resulta penosa. Tiene la vista débil. Yo le leo en voz alta. Lo encontramos muy interesante.
Con un suspiro que era casi un gemido, se sentó en un tronco junto a la pared opuesta. Le devolví el libro. Era, sin duda, el mío; pero me resultó difícil creer que aquel caballero bien educado, por muy raro que fuera, hubiese cometido el robo.
Le miré con curiosidad y le hablé mirando en el espacio, con la mandíbula inferior caída. Al fin, habló de una manera extraña y distraída.
—¡Coronel Warner!... Parece que hace una eternidad que he oído ese nombre... ¡El coronel loco!... Eso es lo que me llaman—. Luego, de repente me peguntó—: ¿Ha oído usted hablar del coronel loco?
No había oído hablar de él.
—¡No importa! —Agitó la mano como despidiendo el pensamiento—. No se sentiría tan seguro en mi presencia, si conociera esas fantásticas historias... ¡No estoy loco! —Había en su tono un rasgo de extrañeza—. Tan solo la víctima de una venganza... ¿Ve esos retratos, señor Brent?
No los había visto antes. Eran dos fotografías pequeñas en marco negro pendiendo de la pared.
Una de ellas era la de una señora de edad, bella sin duda; la otra, de una joven cautivadora.
—¡Mi familia, señor Brent!
Sus ojos brillaron de placer al decirlo, pero pronto recobraron su expresión de cansancio.
—En un tiempo éramos felices, en Kentucky. Una familia rica y bien conocida. Pero nos alcanzó un desastre personificado en un loco: Andrés Lang.
Permaneció un momento silencioso, contemplando el suelo, cabizbajo, el cabello gris cayéndole sobre el rostro.
Miré a mí alrededor, tratando de inventar alguna excusa para marcharme. No tenía el menor deseo de conocer sus secretos de familia; además aquella atmósfera tensa de horror, que se cernía sobre el lugar, no era tranquilizadora. Quería marcharme. Era preferible enfrentarse con las bestias salvajes de la selva que con... ¿Con qué? Lo ignoraba. Pero presentía algún horror oculto, e involuntariamente mis ojos giraron hacia el paño que dividía la choza.
Empecé a hablar para despedirme, pero me interrumpió su suave voz:
—Le hablaba de Andrés Lang, el loco. Confiaba en él como si fuese un hermano y le creía agradecido hasta que descubrí su perfidia. Era un hombre lleno de mentiras y suplicas suaves. Lo que pretendía era conquistar a mi esposa. Astutos y pérfidos, en verdad, eran sus métodos... ¡Le maté!
No pude reprimir un estremecimiento. La situación empezaba a ponerme nervioso. Pero no podía detener el torrente de sus palabras.
—Lo locura ha sido la maldición de la familia de Andrés Lang. Todos sus hijos estaban afectados de la misma dolencia. Durante años me persiguieron con saña cruel de lugar en lugar, jurando vengar con una espantosa tortura la muerte de su padre. Pero yo la creía justificada. El honor de nuestro nombre... mi felicidad... mi pequeña Elena...
Le temblaba la voz. Asomaron ardientes lágrimas a sus ojos. Luego se irguió con dignidad militar:
—Legalmente fui un asesino, señor, y la Ley no quiso protegerme de cuatro cerebros desequilibrados. Hui del país con mi familia y me recogí aquí, en el corazón de la selva, donde me imaginé que estaría a salvo. Pero aquellos cuatro cerebros astutos me encontraron... al fin.
Sus hombros se hundieron y se convirtió en la imagen de la desesperación. Cuando habló de nuevo, su voz era apagada y sin expresión.
—Primero vino uno... y luego otro, disfrazados. Pero los conocí... y en defensa propia... ¡los maté!
Pensé un momento que el hombre estaba loco. La historia era lo bastante fantástica. Pero una mirada a su figura, retrato del dolor, me tranquilizó. Iba a pronunciar unas palabras de condolencia, cuando; a puerta de la cabaña se abrió de pronto y una voz dura resonó.
Me erguí con el pulso acelerado.
En el umbral había un hombre vestido de kaki, un guarda fronterizo. Tenía una mano sobre la culata de la pistola que llevaba al cinto. Sus ojos ardían de triunfo, al posarse sobre la figura encorvada del coronel, que apenas se movió.
—¡De manera que, al fin, lo hemos atrapado! —exclamó, feroz.
—Al fin —repitió el coronel, con voz apagada.
—Y ha sido una persecución infernal. Los otros dos no tuvieron tanto éxito. ¿No tiene idea de lo que les sucedió?
Fue más una acusación que una pregunta.
—Los maté... como mataré a usted —fue la respuesta del coronel.
—¡Cómo! ¡Maldito sea su pellejo, loco! —exclamó el desconocido, iracundo.
—Yo... ¿loco? ¿loco?
El coronel estaba de pie, mirándole con ojos centelleantes, sus manos agitándose espasmódicamente.
—¡Me... llama... loco!
De repente, dio un salto y su brazo poderoso fue lanzado hacia adelante.
Retrocediendo un paso, el desconocido sacó su pistola automática.
Simultáneamente, le di con la culata de mi rifle un golpe en el brazo.
Crujió alguna cosa; de los labios del desconocido escapó un gemido y su arma rodó por el suelo.
Entonces, el coronel se lanzó sobre él. Sus poderosas manos hirieron presa mortal en la garganta de su adversario. Intenté separarlos. Fue inútil. El rostro del desconocido se volvió del color de la púrpura y su cuerpo se doblegó.
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Entonces menguó la ira del coronel y, conteniendo el aliento, dejó caer a su víctima, que rodó sin vida por el suelo.
Sentí un profundo mareo ante el horrible espectáculo y me alejé, estremeciéndome.
El coronel me tomó una mano. Observé que temblaba.
—Gracias, señor —cuchicheó—. Dios sabe lo que habría sido de mi familia... Ese era... ¡el tercero!
Su voz flaqueó y mi corazón voló a él, a pesar del asesinato cometido. Luego, con un movimiento súbito, volviéndose, se inclinó sobre el cadáver de su enemigo.
Tomándolo por debajo de los sobacos, empezó a arrastrarlo por los toscos tablones de la cabaña y, lanzando una mirada temerosa hacia mí, desapareció tras la misteriosa cortina.
Estudié, perplejo, aquel pedazo de trapo colgado, procurando comprender su secreto y, al momento, me di cuenta de un delgado hilillo rojo manando gota a gota de los pliegues.
Miré, con fijeza, inmóvil, presa de fantásticas suposiciones.
Seguramente aquella línea roja que avanzaba poco a poco era... ¡sangre! ¿Con qué cosa maligna había yo topado? ¿Qué horror ocultaba aquella cortina?
Crucé de puntillas él cuarto y, con suavidad, tiré del trapo hacia un lado. Ante mis ojos apareció un horrendo espectáculo.
El coronel estaba arrodillado delante de un viejo cajón. Tenía el cuerpo encorvado como rindiendo homenaje ante un altar. Al lado de donde estaba arrodillado, había tres cabezas humanas e hirsutas, todavía mojadas de sangre, mientras un cuerpo decapitado yacía encogido en un rincón.
Oí hablar al coronel, en un cuchicheo horriblemente triunfante:
—¡Estás a salvo, amor mío! No te conseguirá nunca. No puede. Nos burlaremos de todos ellos... ¡de todos!
Soltó una carcajada.
Contemplé, fascinado, el repulsivo espectáculo.
Se volvió, de pronto, presintiendo mi presencia.
—¡Entre, señor! —gritó—. ¡Entre y conocerá a mi familia... la señora Warner y la pequeña Elena!
Contemplé sus desorbitados ojos y su rostro presa de una emoción loca. Se puso en pie de un salto felino, descubriendo los ídolos de su culto: su familia, reposando como esfinges en la caja delante de él.
¡Dos calaveras con las cuenca vacías mostrando los dientes!
Me asaltó una terrible debilidad, al pasar, bamboleándome, de aquel lugar de locura a la luz del día.
Cinco días más tarde, al llegar a la colonia, supe que tres guardias fronterizos fueron enviados, río arriba, en busca del «coronel loco», y que ninguno había vuelto.
Guardé silencio.
El amor del hombre hacia su familia toma a veces características extrañas, pero con referencia al horror puramente dicho, ninguna de las famosas tragedias de la Historia igualan al afecto desviado, que forma parte del incidente que voy a narrar.
Sucedió en el corazón de la vasta y deshabitada región situada en el Congo Superior, a unas doscientas millas del más cercano puesto civilizado.
Como miembro de la expedición geográfica Denckla, pasé casi un año en el interior salvaje, coleccionando y recogiendo una gran cantidad de datos científicos para la Sociedad que representábamos. Aunque el trabajo era fascinador, noté yo que iba decayendo física y moralmente bajo el tormento de los rayos del sol africano.
Mi cuaderno de notas cita la fecha del catorce de junio de mil ochocientos noventa, cuando salíamos de la isla infestada de pantanos y descansábamos los ojos en las umbrías del Congo dominador. El espectáculo fue saludado con alegría. Para nosotros significaba un viaje de solo cinco días para llegar al confort y las comodidades hogareñas de los blancos.
Montamos las tiendas de campaña en un ángulo de tierra, formado por un diminuto riachuelo y la creciente expansión del río. El sol se había ya ocultado tras los altos árboles, cuando terminamos de acampar. La relativa frescura del atardecer convidaba al descanso.
Fatigado por las arduas tareas del día, saboreé tranquilamente una pipa y me dispuse a acostarme. Al entrar en mi tienda descubrí, con extrañeza, una larga hendidura en la lona y hasta mis oídos llegó el rumor de pasos precipitados.
Salí por la abertura a tiempo de ver desaparecer una figura borrosa entre las malezas de la selva.
Mis investigaciones pusieron en claro que habían desaparecido un rifle, varias cajas de cartuchos y dos libros científicos que llevábamos para consultar.
Aquella noche se montó una guardia en el campamento, pero el misterioso merodeador no volvió.
Estirado en mi hamaca, medité algún tiempo sobre el desconcertante suceso. Sabía que el robo había sido cometido por un blanco. La forma cómo se zambulló en la maleza de la selva no fue la de un nativo. Ello era un enigma, pues los blancos que penetran en los lugares salvajes del mundo, son hombres de acción, que tienen una finalidad y no les queda tiempo para cometer raterías.
Mas la naturaleza del robo era tan extraordinaria como la raza del hombre. Al parecer, este no buscó provisiones. ¿Por qué se llevó aquellos libros? No acerté a formular una respuesta satisfactoria y me quedé dormido con esta pregunta zumbando monótonamente en mi cerebro.
Cerca de las dos de la tarde del tercer día de nuestra estancia en aquella localidad, me encontraba cazando a alguna distancia de la isla. Había decidido volver sobre mis pasos hacia el campamento, cuando me detuve boquiabierto.
Era increíble que en aquella parte del Continente se encontrasen habitantes civilizados; sin embargo, hacia la izquierda, hábilmente escondida tras el tupido follaje de unos árboles, había una choza.
No se veía la menor señal de vida humana en toro al lugar, ni siquiera nada parecido a un sendero; pero la existencia de una choza construida tan lejos de las colonias, era un misterio suficiente para enardecer la sangre de cualquier espíritu aventurero.
Avancé, poco a poco, con la vaga esperanza de descubrir algún extraño secreto de la selva africana. Con cautela salí, al poco rato, de un pequeño claro, desde donde examiné el lugar.
Se habían empleado escasas herramientas y poca habilidad para construir aquella cabaña. No tenía ventanas; los leños de la pared estaban sin pulir y eran toscos e irregulares. Algunos de ellos sobresalían en las esquinas.
Pero no fue tanto el aspecto del lugar como la intangible atmósfera de horror lo que me retuvo. Instintivamente, desconfiaba de aquel silencio que parecía llamarme, haciéndome señas.
Alguna cosa maligna se escondía allí, aguardando con astucia y paciencia para cerrar la trampa. Pero, como soy un estúpido aventurero, me acerqué y empujé con cautela la puerta.
Resistió ante mi sorpresa, y durante un momento medité sobre la prudencia de llevar más adelante mi curiosidad. Aquella puerta cerrada con barrotes indicaba la presencia de alguien. Titubeaba yo, cuando sonó en el interior la voz suave y lenta de un hombre, paralizándome de asombro.
—La semana próxima iré en bote a la colonia, queridita, y veré si puedo conseguirte algunos libros nuevos. Creo que la niña puede cuidarte satisfactoriamente hasta que regrese. Ahora procura dormir. Te sentirás mejor dentro de poco tiempo.
¡Vivían mujeres en aquel lugar abandonado de la mano de Dios! ¡Y también un hombre educado, si no me equivocaba! Todo aquello parecía inaudito, pero no podía dudar de lo que oía.
Pensando que, por mi profesión de médico, tal vez podría ser útil, llamé con la culata de mi rifle. Prodújose un profundo silencio. Durante un momento experimenté esa sensación desagradable de ser observado por unos ojos ocultos y, al fin, se abrió la puerta.
Involuntariamente retrocedí un paso. Apareció un hombre alto, de anchos hombros. Había en su porte una dignidad que no podían ocultar los harapos que vestía. El grisáceo cabello le caía en desorden sobre los hombros, encuadrando un rostro sellado por años de sufrimientos. Me miró un momento con ojos cansados y hundidos.
—Sea usted bienvenido, señor —dijo, al fin, suavemente, arrastrando las silabas, y se apartó para dejarme entrar.
Lo hice con la sensación vaga de que todo lo que sucedía era un fragmento de algún sueño sin sentido.
El interior estaba iluminado por la luz del día, que se filtraba entre los troncos de las paredes, revelando un cuadro de extraña aridez Exceptuando unos cuantos leños aserrados, que hacían las veces de sillas y taburetes y una gran mesa en el centro, la habitación estaba desprovista de muebles. En un extremo de la choza había un paño largo y negro, que sin duda, ocultaba a las mujeres.
Mi extraño anfitrión cerró la puerta sin echar el barrote y, al volverme, le vi escudriñándome con una expresión francamente desagradable.
—Perdone mi intromisión —empecé algo embarazado—. Descubrí su choza al regresar a mi campamento y pensé que, tal vez, podía serle útil en algo. Me llamo Brent.
—Me alegro de conocerle, señor —respondió—. Las visitas son un lujo raro para nosotros. Me llamo Warner, el coronel Warner, de Kentucky.
Estrechó mi mano con fuerza sorprendente.
—Por desgracia, las mujeres se encuentran algo indispuestas ahora; pero les diré que estuvo usted aquí, señor Brent —continuó—. ¿No quiere hacer el favor de sentarse?
Me senté perplejo en el leño más cercano. La formalidad de la recepción habría sido risible, a no ser por la seria dignidad del sorprendente coronel. En lo que a él concierne, podríamos habernos encontrado en el salón de alguna mandón señorial. En cuanto a mí, no pude desembarazarme de la sensación de tragedia, que parecía acechar bajo la superficie. Visiblemente, no había nada que temer; pero lo sucedido durante los últimos minutos había sido demasiado extraordinario para tranquilizarme.
De repente, me fijé en los perfiles familiares de un par de viejos libros, que había en la mesa cercana. Los miré con fijeza y el coronel, al observar mi insistente mirada, tomó uno de los volúmenes.
—Un libro excelente —dijo, ofreciéndomelo—, pero altamente técnico. ¿Lo ha leído?
Ojeé bien la conocida cubierta. En la guarda del libro, aparecía mi firma: «Jaime W. Brent».
—Uno de los mejores tratados sobre el tema —declaré.
—Sin duda. Lo adquirí hace unos días para mi esposa. Le gustan con delirio los libros; pero la lectura le resulta penosa. Tiene la vista débil. Yo le leo en voz alta. Lo encontramos muy interesante.
Con un suspiro que era casi un gemido, se sentó en un tronco junto a la pared opuesta. Le devolví el libro. Era, sin duda, el mío; pero me resultó difícil creer que aquel caballero bien educado, por muy raro que fuera, hubiese cometido el robo.
Le miré con curiosidad y le hablé mirando en el espacio, con la mandíbula inferior caída. Al fin, habló de una manera extraña y distraída.
—¡Coronel Warner!... Parece que hace una eternidad que he oído ese nombre... ¡El coronel loco!... Eso es lo que me llaman—. Luego, de repente me peguntó—: ¿Ha oído usted hablar del coronel loco?
No había oído hablar de él.
—¡No importa! —Agitó la mano como despidiendo el pensamiento—. No se sentiría tan seguro en mi presencia, si conociera esas fantásticas historias... ¡No estoy loco! —Había en su tono un rasgo de extrañeza—. Tan solo la víctima de una venganza... ¿Ve esos retratos, señor Brent?
No los había visto antes. Eran dos fotografías pequeñas en marco negro pendiendo de la pared.
Una de ellas era la de una señora de edad, bella sin duda; la otra, de una joven cautivadora.
—¡Mi familia, señor Brent!
Sus ojos brillaron de placer al decirlo, pero pronto recobraron su expresión de cansancio.
—En un tiempo éramos felices, en Kentucky. Una familia rica y bien conocida. Pero nos alcanzó un desastre personificado en un loco: Andrés Lang.
Permaneció un momento silencioso, contemplando el suelo, cabizbajo, el cabello gris cayéndole sobre el rostro.
Miré a mí alrededor, tratando de inventar alguna excusa para marcharme. No tenía el menor deseo de conocer sus secretos de familia; además aquella atmósfera tensa de horror, que se cernía sobre el lugar, no era tranquilizadora. Quería marcharme. Era preferible enfrentarse con las bestias salvajes de la selva que con... ¿Con qué? Lo ignoraba. Pero presentía algún horror oculto, e involuntariamente mis ojos giraron hacia el paño que dividía la choza.
Empecé a hablar para despedirme, pero me interrumpió su suave voz:
—Le hablaba de Andrés Lang, el loco. Confiaba en él como si fuese un hermano y le creía agradecido hasta que descubrí su perfidia. Era un hombre lleno de mentiras y suplicas suaves. Lo que pretendía era conquistar a mi esposa. Astutos y pérfidos, en verdad, eran sus métodos... ¡Le maté!
No pude reprimir un estremecimiento. La situación empezaba a ponerme nervioso. Pero no podía detener el torrente de sus palabras.
—Lo locura ha sido la maldición de la familia de Andrés Lang. Todos sus hijos estaban afectados de la misma dolencia. Durante años me persiguieron con saña cruel de lugar en lugar, jurando vengar con una espantosa tortura la muerte de su padre. Pero yo la creía justificada. El honor de nuestro nombre... mi felicidad... mi pequeña Elena...
Le temblaba la voz. Asomaron ardientes lágrimas a sus ojos. Luego se irguió con dignidad militar:
—Legalmente fui un asesino, señor, y la Ley no quiso protegerme de cuatro cerebros desequilibrados. Hui del país con mi familia y me recogí aquí, en el corazón de la selva, donde me imaginé que estaría a salvo. Pero aquellos cuatro cerebros astutos me encontraron... al fin.
Sus hombros se hundieron y se convirtió en la imagen de la desesperación. Cuando habló de nuevo, su voz era apagada y sin expresión.
—Primero vino uno... y luego otro, disfrazados. Pero los conocí... y en defensa propia... ¡los maté!
Pensé un momento que el hombre estaba loco. La historia era lo bastante fantástica. Pero una mirada a su figura, retrato del dolor, me tranquilizó. Iba a pronunciar unas palabras de condolencia, cuando; a puerta de la cabaña se abrió de pronto y una voz dura resonó.
Me erguí con el pulso acelerado.
En el umbral había un hombre vestido de kaki, un guarda fronterizo. Tenía una mano sobre la culata de la pistola que llevaba al cinto. Sus ojos ardían de triunfo, al posarse sobre la figura encorvada del coronel, que apenas se movió.
—¡De manera que, al fin, lo hemos atrapado! —exclamó, feroz.
—Al fin —repitió el coronel, con voz apagada.
—Y ha sido una persecución infernal. Los otros dos no tuvieron tanto éxito. ¿No tiene idea de lo que les sucedió?
Fue más una acusación que una pregunta.
—Los maté... como mataré a usted —fue la respuesta del coronel.
—¡Cómo! ¡Maldito sea su pellejo, loco! —exclamó el desconocido, iracundo.
—Yo... ¿loco? ¿loco?
El coronel estaba de pie, mirándole con ojos centelleantes, sus manos agitándose espasmódicamente.
—¡Me... llama... loco!
De repente, dio un salto y su brazo poderoso fue lanzado hacia adelante.
Retrocediendo un paso, el desconocido sacó su pistola automática.
Simultáneamente, le di con la culata de mi rifle un golpe en el brazo.
Crujió alguna cosa; de los labios del desconocido escapó un gemido y su arma rodó por el suelo.
Entonces, el coronel se lanzó sobre él. Sus poderosas manos hirieron presa mortal en la garganta de su adversario. Intenté separarlos. Fue inútil. El rostro del desconocido se volvió del color de la púrpura y su cuerpo se doblegó.
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Entonces menguó la ira del coronel y, conteniendo el aliento, dejó caer a su víctima, que rodó sin vida por el suelo.
Sentí un profundo mareo ante el horrible espectáculo y me alejé, estremeciéndome.
El coronel me tomó una mano. Observé que temblaba.
—Gracias, señor —cuchicheó—. Dios sabe lo que habría sido de mi familia... Ese era... ¡el tercero!
Su voz flaqueó y mi corazón voló a él, a pesar del asesinato cometido. Luego, con un movimiento súbito, volviéndose, se inclinó sobre el cadáver de su enemigo.
Tomándolo por debajo de los sobacos, empezó a arrastrarlo por los toscos tablones de la cabaña y, lanzando una mirada temerosa hacia mí, desapareció tras la misteriosa cortina.
Estudié, perplejo, aquel pedazo de trapo colgado, procurando comprender su secreto y, al momento, me di cuenta de un delgado hilillo rojo manando gota a gota de los pliegues.
Miré, con fijeza, inmóvil, presa de fantásticas suposiciones.
Seguramente aquella línea roja que avanzaba poco a poco era... ¡sangre! ¿Con qué cosa maligna había yo topado? ¿Qué horror ocultaba aquella cortina?
Crucé de puntillas él cuarto y, con suavidad, tiré del trapo hacia un lado. Ante mis ojos apareció un horrendo espectáculo.
El coronel estaba arrodillado delante de un viejo cajón. Tenía el cuerpo encorvado como rindiendo homenaje ante un altar. Al lado de donde estaba arrodillado, había tres cabezas humanas e hirsutas, todavía mojadas de sangre, mientras un cuerpo decapitado yacía encogido en un rincón.
Oí hablar al coronel, en un cuchicheo horriblemente triunfante:
—¡Estás a salvo, amor mío! No te conseguirá nunca. No puede. Nos burlaremos de todos ellos... ¡de todos!
Soltó una carcajada.
Contemplé, fascinado, el repulsivo espectáculo.
Se volvió, de pronto, presintiendo mi presencia.
—¡Entre, señor! —gritó—. ¡Entre y conocerá a mi familia... la señora Warner y la pequeña Elena!
Contemplé sus desorbitados ojos y su rostro presa de una emoción loca. Se puso en pie de un salto felino, descubriendo los ídolos de su culto: su familia, reposando como esfinges en la caja delante de él.
¡Dos calaveras con las cuenca vacías mostrando los dientes!
Me asaltó una terrible debilidad, al pasar, bamboleándome, de aquel lugar de locura a la luz del día.
Cinco días más tarde, al llegar a la colonia, supe que tres guardias fronterizos fueron enviados, río arriba, en busca del «coronel loco», y que ninguno había vuelto.
Guardé silencio.