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g. g. kerbonn
el faro de mendufa-braz (relato)
Ante todo es necesario decir que el faro conocido bajo el nombre de Mendufa-Braz es, o mejor dicho, era, porque la administración lo ha descalificado, uno de esos pequeños faros como se ven aún en muchos sitios de las costas ele Bretaña: una torre de granito cuadrada, no muy alta, y de muy buen aspecto, con su linterna en la cabeza y su casita al pie.
Esos faros no están, como otros, aislados en el mar, porque se hallan sobre el continente o algún gran islote que toca la costa, pero es lo mismo que si se hallasen aislados, porque están lejos de todo, y en parajes donde nadie va a arrastrar sus zuecos desde que el mar empieza a gruñir. En los grandes faros se turnan generalmente tres hombres que se relevan cada seis semanas, cuando el balizador de Puentes y Caminos va a llevar las provisiones.
En cambio, en los otros faros se pone como guardián a un matrimonio, a menudo con hijos pequeños. Viven en la casita y cultivan la tierra que hay alrededor, en donde, a pesar del viento y de las lluvias, crecen mal que bien patatas, coles y zanahorias. Además, el hombre puede dedicarse a la pesca, que vende a buen precio en los pueblos de los alrededores.
Cuando yo era niño, el Mendufa-Braz tenía por guardián a un bretón que se llamaba Pedro Cornee, antiguo marinero que había hecho las campañas del Tonkín con Riviére, y que pudo escapar a la matanza de Pont-de-Papier. En resumen, un verdadero lobo de mar. Vivía en Mendufa-Braz con su mujer,
Mac’haridik, y sus siete hijos, el mayor de los cuales era una niña de doce años, Gaid. Venían luego María Angela, de diez; Yan, un chico de nueve, y después una serie de criaturas que solo servían para comer, dormir y llorar. Los tres mayores ayudaban a cavar la tierra y a pescar, y andaban por el acantilado como por el más amplio de los caminos. Nadie como ellos trepaba, saltaba, metiéndose en los recovecos de las rocas y burlándose de las olas y de las mareas.
Y como la administración daba casa, luz, combustible y con qué comprar pan y ropas, y, además, la tierra rendía patatas y coks y el mar peces y mariscos, los nueve seres vivían felices tanto en invierno como en verano.
Cada noche la pupila roja del faro de Men-dufa-Braz se encendía, y, hasta el amanecer, decía a los que se hallaban en el mar:
«¡Atención! Dad la vuelta; aquí no hay sino escollos y corrientes».
De vez en cuando un Cornec iba hasta Per-ven, rara vez el padre, más a menudo la madre, pero sobre todo Gaid, Yan y María Angela, que se hacían los doce kilómetros con los pies descalzos para no gastar los zuecos inútilmente. Algunas veces los del semáforo les ahorraban la mitad del camino y preparaban las provisiones del faro al mismo tiempo que las suyas. Entonces los niños no tenían más que ir hasta allí a buscar los paquetes, evitándose el viaje a Perven.
Pero ya fueran hasta el semáforo o hasta la aldea, siempre había que atravesar el angosto ribazo, y muchas veces aquello no resultaba un juego, ¡ah, no! El viento y las olas que lo barrían eran un peligro constante.
Un día de gran marea, una de las más fuertes del año, de aquellas gracias a las cuales puede uno avanzar más dentro de las grutas del acantilado y, por lo tanto, hallar más cangrejos y almejas, el agua se presentaba serena, lo que no era común. El tiempo era pesado y el barómetro no anunciaba nada bueno. Alrededor de Mendufa-Braz el mar se retiraba como pocas veces lo hacía. Gran júbilo para los Cornec, que desde por la mañana abandonaran el nido descalzos, con su ropa de trabajo y provistos de cuchillos, canastas y garfios se prepararon para la tarea.
Y os aseguro que trabajaron: langostinos, cangrejos, almejas, ostras... Nunca el mar había ofrecido una provisión semejante.
Pero después de cierto tiempo las cosas cambiaron. Una ráfaga sopló sobre el mar, en el cielo se amontonaron grandes nubes grises y el agua empezó a agitarse.
Pedro Cornec, que conocía aquello, dijo:
—¡Buena se nos viene encima!... Habrá que apresurarse a volver.
El regreso se hizo casi paso a paso: las olas rabiosas empezaban ya a hacer su obra y no era el caso de desafiarlas.
Las rocas desaparecían una a una, pero felizmente, a las dos horas, toda la familia se hallaba reunida al pie del acantilado, bajo Mendufa-Braz.
—Los chicos, y tú, Mac’haridik, arriba —dijo Pedro—. Como hay muchas canastas, yo me quedo aquí y Gaid me ayudará a subirlas.
Los chicos y la mujer treparon como gatos, agarrándose con manos y pies a las rocas en donde el continuo roce había marcado ya una especie de camino. Una vez arriba, Mac’haridik encendió el fuego para poner a cocer la sopa que se habían ganado tan bien, mientras Yan y María Angela se ocupaban en atender a sus hermanitos. Gaid, una vez que dejó arriba su carga, volvió a bajar para ayudar a su padre.
Pedro Cornec, fumando su pipa y mirando al mar, que llegaba ya casi hasta tocar sus pies, pensaba:
—¡Diablo!... ¡Qué feo se está poniendo...!
¡Y a estas horas!
Y volviéndose a Gaid, dijo:
—Vamos, arriba pronto. Tú llevas estas dos canastas y yo las demás. Estaremos mucho mejor allí que aquí.
La hija primero, el padre después, empezaron su ascensión por entre las rocas, muy contentos por la buena pesca que les aseguraba, no solo ganancia, sino sabrosa pitanza.
De pronto, Gaid, que estaba ya arriba, oyó un grito, un choque y una maldición.
Dióse vuelta y vio que su padre había resbalado cayendo en una cavidad llena de agua.
Esto ocurre muchas veces a la gente del oficio y entonces se piensa más en la canasta que se vuelca y la pesca que se pierde que en sí mismo.
Uno se levanta, busca los cangrejos o los langostinos y sigue adelante.
Pero Pedro Cornec no se levantó: tenía una pierna rota.
Gaid trató de sacar de allí a su padre, pero no pudo; le faltaban las fuerzas...
¡Y el mar avanzaba sobre ellos rugiendo y salpicándoles de espuma!
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Sin perder la cabeza, la niña trepó basta el faro y enseguida bajaron Mac’haridik con Yan y María Angela para ayudar a Gaid.
Entre todos pudieron al fin sacar al padre de aquel agujero. El guardián tenía la pierna ensangrentada e inerte. Después de una hora de trabajo, lograron arrastrar al herido hasta una roca muy ancha un poco elevada y al ras del acantilado.
Si el tiempo hubiera sido bueno, allí estaban a salvo porque el mar no hacía más que juguetear alrededor de la roca; pero la marea estaba alta y soplaba un vendaval de todos los diablos.
Anochecía ya y el camino que unía a la tierra ya estaba cubierto por las aguas furiosas.
Cornee gruñía entre dientes:
—¡Por vida de...! Pensar que he escapado a los «Banderas Negras», cuando se comían a mis compañeros, y ahora voy a dejarme devorar por el mar...
Se incorporó y pudo arrastrarse hasta la muralla de granito del acantilado, extendiendo su pierna rota.
Como si no le preocupara el peligro inminente, empezó a preparar su pipa con toda tranquilidad.
Mac’haridik estaba a su lado y los tres chicos algo más allá. El mar, furioso, levantaba olas enormes que iban a estrellarse contra las rocas o se hundían en las grutas de las que volvían a salir con fragor de trueno, rechazadas por la pared de granito.
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Y a lo lejos se veían venir otras olas más altas, más furiosas, como para vengar a aquellas que se deshacían sobre la tierra y las rocas.
El mar, ebrio de su propio furor, sostenido por las iras del viento, se arrojaba como una fiera sobre la costa.
Pedro, después de un largo momento de silencio, dijo:
—Habrá que ir a encender allá arriba; ya cae la noche.
La mujer y los chicos se miraron, pero ninguno se movió.
El guardián arrojó varias bocanadas de humo y prosiguió:
—¿Habéis oído?... ¡Arriba...!
Mac’haridik objetó:
—Pero, Pedro...
—¿Qué hay? —repuso brutalmente Cornec.
—Es imposible —balbuceó su mujer—. ¿Y tú?
—Ante todo la consigna. Arriba he dicho.
—Yo me quedo aquí —afirmó Mac’haridik.
El hombre sonrió.
—Si quieres... —dijo—. Siempre fuiste para mí una buena mujer. Los chicos podrán hacerlo perfectamente. ¡Gaid, María Angela!... Subid; ya conocéis el mecanismo de la linterna. Ya vendréis a decirme sí hay algo que no marcha.
E hizo un gesto vago; un gesto que podía ser a la vez una orden, una bendición o un adiós.
Mientras Mac’haridik se sentaba al lado de su marido, los tres chicos subían ya por el acantilado.
—¡Buenos muchachos! —murmuró Pedro.
Y siguió fumando y mirando al mar, mientras, apoyada contra él, su mujer oraba en voz baja.
Pasó un cuarto de hora.
—¿Qué demonios hacen que no encienden? —dijo Pedro.
Todo estaba envuelto en una tonalidad gris: gris de anochecer y gris de tempestad. Entre los diversos rumores que enviaba el mar el guardián advirtió uno muy distinto.
—¡Una sirena al Oeste! —exclamó—. Va a pasar un barco: ya es hora de que enciendan allá arriba.
Una exclamación le interrumpió.
—¿Qué hay?
Mac’haridik, temblando, señalaba una enorme ola que venía hacia ellos y que se rompió en un escollo antes de llegar, llenándolos de espuma.
Cornec sonrió.
—Sí —dijo—. Ya sé que vienen. Si sigue subiendo el mar no resistiremos aquí ni una hora. Por eso prefiero ver a los chicos allá arriba.
En aquel momento oyóse una llamada entre las sombras.
—¡Es Yan! —dijo la madre.
Detrás de ella el niño bajaba por el acantilado.
—Pero ¿por qué no encendéis? —volvió a repetir Pedro.
—Gaid no encuentra los fósforos —gritó el niño anhelante —y el fuego se ha apagado.
El guardián se echó a reír.
—¡Torpes! —dijo—. Toma: aquí va una caja. Llévala en el bolsillo y ten cuidado de no dejarla caer por el camino. No vuelvas a traérmela: ya no la necesito.
Al oír estas palabras la mujer se estremeció.
—Date prisa, Yan. Hay un barco a la vista que busca la ruta.
Oyóse de nuevo la sirena mientras el chico-volvía a subir las rocas.
Ya cada ola llenaba de espuma la roca.
—¡Estamos perdidos! —gimió Mac’haridik, aferrándose al cuello de su marido.
Pedro la estrechó contra su pecho y dijo:
—Yo sí, pero tú puedes salvarte.
—¡No! —repuso firmemente la bretona.
—Piensa en los chicos...
—La Administración se ocupará de ellos.
—Mejor es que lo hicieras tú... Y, además, hay que encender el faro. Ya ves que Gaid no puede; vete a ayudarla. Hay que encender la linterna; si no, sería la perdición de mucha gente que busca a estas horas el camino seguro... Vamos, vete, Mac’harídik.
—¡No!
—¡Te lo mando! —gritó Cornec—. Es la consigna.
—¡Pero tú vas a morir!... Y yo quiero que muramos juntos...
—Ante todo la consigna, te digo. Tal vez el mar no llegue hasta aquí. Si pasa una hora sin que haya novedad, estoy salvado. Los del semáforo me sacarán de aquí al alba, en cuanto quede libre el camino. Vamos, Mac’haridik. El faro, primero... Después, Dios dirá.
En la sombra, la mujer no vio el gesto desesperado del guardián. A lo lejos seguía sonando la sirena.
—Bueno —replicó Mac’haridik—. Voy y vuelvo.
Y dando un salto empezó a trepar por el acantilado.
Pedro sonrió tristemente.
—¡Vaya! —murmuró—. Ya puedo empezar a preparar el equipaje... Sin embargo, antes de irme, me gustaría ver la linterna prendida... Di: ¿no puedes esperar un poco? —agregó al recibir en el pecho un golpe terrible de una de las olas.
La sirena sonó una, dos veces...
—¡La linterna! —exclamó—. ¡La linterna!... Pero ¿por qué no la encienden?
Hubo una especie de tregua. La tempestad y el viento aullaban juntos, pero las olas parecían ceder.
El hombre respiró a plenos pulmones. Con un supremo esfuerzo se puso en pie y pudo mantenerse firme contra la muralla de granito, temblando, transido de frío y de emoción.
A poco oyóse una voz: era Mac’haridik que bajaba y en breve estuvo junto a él.
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—Aquí estoy, Pedro mío... Mantente firme: traigo una cuerda... Los chicos ya encienden la linterna...
—¡Al fin! —exclamó Cornec con voz que nada tenía de humano.
A sesenta metros de altura la luz surgía de golpe, roja como un enorme rubí, y empezaba a girar lenta, regularmente, de acuerdo con la consigna, barriendo con su pincel purpúreo primero el acantilado, luego el mar, que con aquellos reflejos parecía de sangre.
La sirena tocó tres veces para indicar que el faro había sido visto.
—¡Salvado! —exclamó Pedro Cornec, que se refería al navío.
—¡Salvado! —respondió la voz de Mac’haridik, que pensaba en su marido.
Pero en aquel instante surgió del mar una mole enorme, una de esas olas inmensas que llegan de los misteriosos abismos del océano y rompen los barcos como si fueran una caña. Elevóse rugiendo y de un solo golpe llegó hasta más de la mitad del acantilado...
Cuando el pincel de luz volvió a teñir el agua, la roca estaba vacía.