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gilbert keith chesterton
el extraño crimen de john boulnois (relato)
Míster Calhoun Kidd era un señor muy joven con cara de viejo, una cara áspera, enmarcada de pelo negro como ala de cuervo y con una chalina que parecía una enorme mariposa negra. Era el corresponsal en Inglaterra del colosal diario americano titulado The Western Sun (El Sol de Poniente), apodado humorísticamente el «Rising Sunset» o sea, la Aurora de Poniente. Era una alusión a las declaraciones de un gran periodista, que se atribuían al mismo Kidd, según las cuales el sol saldría por occidente si los americanos se movían un poco más. Pero los que se mofan del periodismo americano desde un punto de vista de más sazonadas tradiciones olvidan cierta paradoja que en parte lo redime. Pues aunque el periodismo de los Estados Unidos se permite alguna que otra vulgaridad en que ya no caen los periódicos ingleses, siente un verdadero interés por los problemas espirituales más vivos, que ya no recoge la Prensa inglesa por desidia o incapacidad. El Sun estaba lleno de los asuntos más serios tratados de una manera burlesca. Williams James figuraba allí como el «Pesado Willie» y los filósofos alternaban con los púgiles en una galería surtida de retratos.
Así, pues, cuando un miembro discretísimo de Oxford, llamado John Boulnois, escribió en una revista titulada L Física Trimestral una serie de artículos sobre ciertos puntos, considerados flojos, de la evolución darwinista, no hizo que un solo ángulo de un periódico inglés se agitase y eso que la teoría de Boulnois (que no era otra que la de un universo relativamente estacionario y afectado de vez en cuando por convulsiones de cambios) logró ponerse siquiera frívolamente de moda en Oxford, hasta el punto de ser bautizada con el nombre de Catastrofismo». Pero muchos periódicos americanos aceptaron el reto como un gran acontecimiento, y el Sun proyectó la sombra gigantesca de míster Boulnois sobre sus páginas. Por esa paradoja a que hemos aludido se escribieron artículos de tanto valor científico como llenos de entusiasmo presentados con encabezamientos que parecían redactados por un chiflado analfabeto. Se leían títulos como estos: «Darwin muerde el polvo»; «El crítico Boulnois dice que Darwin prescinde de las conmociones» o «Me atengo a las catástrofes, dice el pensador Boulnois». Y míster Calhoun Kidd recibió aviso de ir con su chalina de mariposa y su cara lúgubre a visitar la casita de las afueras de Oxford, donde el Pensador Boulnois vivía en feliz, ignorancia de este titulo.
El predestinado filósofo había accedido con cierto aturdimiento a la entrevista y señalado para ella las nueve de la noche. Los últimos rayos del sol rasaban las verdes colinas de Cumnor, cuando el romántico yanqui caminaba dudando sobre el camino que seguía e ignorante de cuanto le rodeaba, y viendo abierta la puerta de un mesón de aspecto genuinamente feudal, llamado nada menos que «El Adalid», entró a preguntar.
En la sala de bebidas tocó la campana, a cuya llamada tardaron buen rato en acudir. La única persona allí presente era un hombre flaco, de pelambrera rubia y con traje de montar, que bebía un detestable aguardiente, pero fumaba un estupendo cigarro. El aguardiente, desde luego, era de la honrosa marca de «El Adalid»; el cigarro, probablemente lo habría traído de Londres. Nada más opuesto al rígido aseo del apuesto joven americano que el cínico descuido en el porte exterior de aquel hombre; pero el lápiz y el cuaderno de notas que manejaba y una expresión de alerta en sus azules ojos hizo sospechar al avisado Kidd que tal vez se hallaba ante un colega.
—¿Quiere usted hacer el favor —preguntó Kidd con la cortesía que se usa en su país— de indicarme la dirección de la Torre Verde, donde vive míster Boulnois, según tengo entendido?
—Está a pocos metros de la carretera —«dijo el hombre rubio, quitándose de la boca el cigarro—. Yo pasaré por allí dentro de un momento, pero voy al Pendragon Park a ver si veo esa farsa.
—¿Qué es el Pendragon Park? —preguntó Calhoun Kidd.
—La finca de sir Claude Champion. ¿No ha venido usted también por eso? —preguntó el periodista, levantando la cabeza—. Usted es periodista, ¿verdad?
—He venido a ver a míster Boulnois —replicó Kidd.
—Yo he venido a ver a la señora Boulnois —replicó el otro—. Pero no la encontré en casa—. Y se echó a reír sin ganas.
—¿Le interesa a usted el Catastrofismo? —preguntó admirado el yanqui.
—Me interesan las catástrofes, y va a haber algunas. El mío es un cochino oficio y nunca he dicho lo contrario.
A pesar de que, al decir esto, escupió a tierra, fácilmente se echaba de ver que aquel hombre había sido educado como corresponde a un caballero.
El americano lo examinó detenidamente. Su rostro pálido y de disposición era reflejo de formidables pasiones ya enfriadas, pero indicaba también inteligencia y sensibilidad, y aunque sus ropas eran ordinarias, llevaba en su mano un anillo enorme con escudo de armas. Su nombre, que salió en el curso de la conversación, era el de James Dalroy. Era hijo de un propietario irlandés venido a menos, y formaba parte de la redacción de un periódico que odiaba de todo corazón, titulado El Mundo Elegante, en calidad de reportero y un si es no es con carácter de espía.
El Mundo Elegante, siento decirlo, no sentía el menor interés por Boulnois como enmendador de la teoría de Darwin, que tanto apasionaba a los del The Western Sun. Dalroy acudía al olor de un escándalo que podía acabar en una causa de divorcio y que en aquel entonces se cernía sobre Torre Verde y Pendragon Park.
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Sir Claude Champion era conocido de todos los lectores de El Sol Poniente, como míster Boulnois. También lo eran el Papa y el vencedor del Derby; pero la idea de que se tratasen aquellos dos señores íntimamente no podía menos que sorprender a Kidd. Conocía a sir Claude Champion y en realidad escribía de él más de lo que sabía, presentándolo como uno de los más brillantes y opulentos ingleses, como un deportista incomparable que cruzaba los mares con su yate, como un viajero denodado que escribía libros sobre los Himalayas, como un político que arrebataba los distritos electorales con sus brillantes campañas democráticas y como un entendido en arte, en música, en literatura y especialmente en teatro. Sir Claude era personaje magnífico a los ojos de los americanos, solo comparable a los príncipes del Renacimiento por su culta voracidad y sus ansias de celebridad. No había en él nada de la frivolidad antigua que tan bien se lleva con la palabra «dilettante».
Su irreprochable perfil aguileño, que tantas veces había sido captado por la cámara fotográfica para El Mundo Elegante y El Sol de Poniente, daba la impresión de un hombre devorado por la ambición como por un fuego o una enfermedad. Pero aunque Kidd sabia muchas cosas de sir Claude y en realidad muchas más de las que podían saberse, jamás se le hubiera ocurrido pensar que el celebrado aristócrata tuviera la menor relación con el recién desenterrado fundador del Catastrofismo, ni sospechar que sir Claude Champion y John Boulnois fuesen amigos íntimos. Pero, según Dalroy, tal era la verdad. Los dos habían ido juntos a cazar en sus tiempos de estudiantes, y aunque sus destinos dentro de la sociedad fueron muy diferentes, ya que el primero era un gran terrateniente y casi millonario y Boulnois no era más que un pobre profesor universitario hasta entonces poco menos que olvidado, aun seguían viviendo juntos. En efecto, la residencia de Boulnois estaba contigua a las verjas del Pendragon Park.
Pero la amistad de los dos hombres se iba poniendo muy oscura y muy fea para prever si sería duradera. Aún no hacia dos años que Boulnois se había casado con una hermosa artista a quién quería según su carácter encogido y ponderado y la proximidad del palacio de Champion dio a este célebre personaje la oportunidad de conducirse de una manera que no podía dejar de despertar penosos recelos y una fundada inquietud. Sir Claude había llevado a la perfección el arte de la publicidad, y parecía experimentar un loco placer en desplegar ostentosamente una intriga que no podía redundar, por cierto, en su honor. Los lacayos de Pendragon no cesaban de llevar ramos de flores a la señora Boulnois; carrozas y automóviles se paraban de continuo a las puertas de la torre para recoger a la señora Boulnois; cada día se celebraban bailes y fiestas en que el propietario se mostraba rendido ante la señora Boulnois, como ante la Reina del Amor y la Belleza en un torneo. Aquella misma noche, señalada por míster Kidd pera, una brillante exposición del Catastrofismo, había sido elegida por sir Claude Champion para una representación al aire libre de Romeo y Julieta, en que él haría de Romeo, y de Julieta huelga decir quién.
—No sé si podrá usted terminar la fiesta en paz —dijo el hombre rubio, levantándose y sacudiéndose—. Boulnois puede quedar bien o mal parado en este asunto, pero si es un hombre digno sabrá a qué atenerse.
—Es un hombre de una gran inteligencia —dijo Calhoun Kidd con voz profunda.
—Sí —contestó Dalroy—, pero por inteligente que sea, no querrá pasar por cobarde. ¿Se marcha usted? Dentro de un momento voy yo también.
Después de apurar un vaso de café con leche, el elegante Calhoun Kidd salió en dirección a la Torre Verde, dejando a su cínico informador con su aguardiente y su tabaco. Había anochecido y el cielo era de un gris pizarroso, salpicado de algunas estrellas, y el horizonte se teñía con la promesa de una próxima luna.
La Torre Verde estaba atrincherada entre una cerca de altas plantas trepadoras, tan cerca de los pinos y de las verjas de Pendragon Park, que Kidd la confundió al principio, con el pabellón del portero del Parque. Pero al ver el nombre en la estrecha puerta de madera y en su reloj la hora en punto señalada por el «Pensador» para la entrevista, entró y llamó a la puerta del edificio. Desde el interior del jardín pudo ver que la casa, aunque sin pretensiones, era más grande y suntuosa de lo que le pareció a primera vista, y que no se podía confundir con el pabellón del portero. Casi junto a la puerta había una perrera y una colmena como símbolos de la vieja vida campesina inglesa. La luna asomó por encima de un bosque de perales cargados de fruto. El perro, que salió de su alojamiento, adoptó una actitud reverente y se negó a ladrar, y el criado, sencillo y de edad madura, que salió a abrir la puerta, se mostró lacónico, pero digno.
—Míster Boulnois me ha rogado que le presente sus excusas —dijo—, pero se ha visto obligado a salir precipitadamente.
—¿Pero cómo? ¡Si me ha señalado hora! —dijo el periodista, levantando la voz—. ¿Sabe usted dónde ha ido?
—Al Pendragon Park, señor —contestó el criado, con sombrío aspecto y empezando a cerrar la puerta.
Kidd se impacientó.
—¿Ha salido con la señora... con los demás? —preguntó de una manera vaga.
—No, señor —dijo secamente el criado—; se quedó en casa y luego salió solo.
Y cerró la puerta con adustez, pero con aire del deber cumplido.
El americano, esa mescolanza de impudor y de sensibilidad, se sintió molestado. Estuvo tentado de patear, de armar un escándalo dándoles a todos una lección para que aprendieran a respetar a los hombres de negocios, y se quedó echando pestes contra el perro que ya no podía ladrar de viejo, contra el mayordomo que sentía el orgullo de la prehistórica pechera almidonada, contra la luna, y especialmente, contra aquel sabio lunático que no sentía el menor respeto por una cita.
—Si se conduce así, merecido se tiene el despego de su mujer. Pero quizá haya ido a promover un escándalo. Y en tal caso, no puede faltar allí un representante, del Sol de Poniente.
Y pasando por la puerta de las verjas que estaba abierta, se dirigió por la avenida del oscuro pinar que conducía a los jardines interiores del Pendragon Park. Tan espesos eran los pinos, que se imaginaba andaba por una profunda zanja sobre la cual lucían algunas estrellas. El paraje le impresionaba como si oliese algo que murió en el siglo dieciocho, olor de jardín húmedo y de jarrones rotos, de algún mal que no tenía remedio, de algo que causa una tristeza incurable precisamente porque nada tiene de real.
Más de una vez, mientras avanzaba por aquel camino trágicamente artificial, se detuvo sobresaltado, creyendo oír pasos frente a él. Pero no veía nada, sino las paredes de negrura que ponían los pinos a cada lado y las estrellas que brillaban en el camino del cielo que pasaba sobre su cabeza. Pensó al principio que aquello era cosa de su imaginación o eco de sus propios pasos; pero a medida que avanzaba llegó a la conclusión, con el escaso juicio que aún le quedaba, de que realmente alguien andaba también por aquel camino. Acabó pensando en duendes y le sorprendió lo fácilmente que podía imaginarse a un duende local de cara enharinada como Pierrot, con unos lunares negros. El vértice del triángulo de azul oscuro que formaba el cielo recortado por los árboles, se hizo más azul y más brillante; pero no atinaba, a pensar que estaba aproximándose al jardín y al edificio. Únicamente sentía que la atmósfera se hacía más intensa, que en el triste ambiente había más violencia y más misterio, más... dudaba en la palabra, y luego pensó riendo: más Catastrofismo.
Más pinos, más senda recorrida, y de pronto se detuvo clavado en el suelo como por arte de magia. Huelga decir que hasta entonces le parecía estar soñando, pero desde aquel punto se sintió en plena leyenda viva. Los seres humanos estamos acostumbrados a las cosas inapropiadas, al martilleo de lo incongruente, que nos duerme como una música suave. Si sucede algo apropiado nos despierta con el dolor de una música perfecta. Sucedió lo que podía suceder en aquel paraje en un cuento olvidado.
Por encima del negro pinar pasó volando y refulgiendo a la luz de la luna la hoja de una espada, tan fina y puntiaguda como muchas de las que debieron cruzarse en injusto duelo en aquel viejo bosque. Cayó en la senda, frente a él, y se quedó brillando en la oscuridad cual una inmensa aguja. El americano corrió como una liebre y se bajó a mirarla. Vista de cerca parecía un arma de lujo. Los rubíes incrustados en el puño y en la guarda eran algo dudosos. Pero había en la hoja otras gotas rojas que no ofrecían la menor duda.
Miró con cara sombría en la dirección por dónde había venido el arma arrojadiza y vio que por allí se interrumpía la senda enarenada formando ángulo recto con un camino más estrecho, al fondo del cual aparecía con todo su esplendor la casa señorial, con un lago y una fuente delante. No se entretuvo en mirar aquello, porque algo más interesante atraía su atención.
En un ángulo de la terraza del jardín había una de esas pintorescas sorpresas, frecuentes en los antiguos jardines: un promontorio de vegetación con tres círculos o cercas concéntricas de rosas, y en la parte más alta un reloj de sol. Kidd estaba al pie de este raro monumento que se elevaba por encima de su cabeza, de modo que podía ver destacada contra el cielo la aguja del cuadrante, como la aleta dorsal de un tiburón y la vaga luz de la luna reflejándose en el reloj. Pero vio otra cosa que se agarraba al reloj: vio una forma humana que lo llenó de horror.
Aunque la visión no duró más que un instante, y el objeto de la misma vestía de pies a cabeza de un modo desusado e inverosímil, un traje de color carmesí con adornos de oro, conoció quién era, al débil resplandor de la luna. Aquella cara cuidadosamente afeitada y pálida que se volvía al cielo le era muy conocida por haber visto más de cien retratos publicados de sir Claude Champion. Aquella figura roja se apoyó un momento en el zócalo del reloj, perdió el equilibrio y cayó rodando por la colina artificial a los pies del americano, donde se quedó moviendo penosamente un brazo Un adorno de la bocamanga recordó de pronto a Kidd Romeo y Julieta, y en efecto, el traje encarnado formaba parte de la comedia. Pero bajo el banco de donde había caído el hombre se vera un charco de sangre que no formaba parte de la comedia, sino que había salido de las venas del hombre.
Míster Kidd se puso a gritar como un loco. De nuevo le pareció oír pasos de fantasma, y se estremeció al ver a otro a su lado. Lo conocía y, no obstante, lo llenó de horror. El joven que decía llamarse Dalroy le había seguido de cerca. La luna, que decoloraba las cosas, ponía en la cara de Dalroy un aspecto siniestro.
Esta serie de impresiones desconcertantes podrían haber servido de excusa a Kidd cuando gritó sin motivo justificado:
—¿Ha hecho usted esto, demonio?
James Dalroy le dirigió una sonrisa burlona, pero antes de que pudiera hablar, la figura yacente movió otra vez el brazo, indicando vagamente el lugar de donde había caído la espada, lanzó un gruñido y por fin pudo decir:
—Boulnois... Boulnois —dijo—. Boulnois lo hizo... celoso de mí... estaba celoso, estaba... estaba...
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Kidd se agachó para oír mejor, y solo pudo recoger estas palabras:
—Boulnois... con mi propia espada... la tiró...
Él brazo se movió de nuevo hacia la espada y después de un ligero estremecimiento se quedó rígido. En Kidd se despertó el agrio humor que es la extraña sal de la seriedad de su raza, y dijo con aspereza y en tono imperioso:
—Escuche, vaya usted a buscar a un médico. Este hombre se está muriendo.
—Y a un sacerdote también, supongo —dijo Dalroy, en un tono indescriptible—. Todos estos Champion son papistas.
El americano se arrodilló junto al cadáver, le auscultó el corazón le levantó la cabeza y trató de salvarlo; pero antes que el periodista reapareciese con el doctor y el sacerdote, estaba dispuesto a afirmar que llegaban demasiado tarde.
—¿También usted llegó demasiado tarde? —preguntó el doctor, que era un hombre de peso y respetable de aspecto con sus bigotes y patillas, dirigiendo a Kidd una mirada de sospecha.
—En cierto modo también —murmuró el representante de El Sol—. Llegué demasiado tarde para salvarlo, pero a tiempo para oír algunas palabras de importancia. Oí cómo denunciaba al asesino, poco antes de expirar.
—¿Y quién es el asesino? —preguntó el doctor, juntando las cejas.
—Boulnois —dijo Calhoun Kidd.
El doctor se lo quedó mirando de una manera extraña, pero no le contradijo. El sacerdote, que era un señor bajito, intervino humildemente:
—Me habían dicho que míster Boulnois no vendría esta noche al Pendragon Park.
—También estoy dispuesto a prestar declaración sobre ese particular— se apresuró a explicar el yanqui—. Sí, señor. John Boulnois tenía la intención de quedarse esta noche en casa, donde había de celebrar conmigo una entrevista, para la cual me señaló hora. Pero cambió de propósito. John Boulnois salió precipitadamente de “casa y se vino solo a este maldito parque hace cosa de una hora. Así me lo dijo un mayordomo. Creo que estamos en posesión de una buena pista para la policía. ¿Ya la han avisado ustedes?
—Sí —contestó el doctor—. Pero todavía no hemos causado la menor alarma.
—¿Ya lo sabe la señora Boulnois? —preguntó James Dalroy. Y de nuevo sintió el americano un vivo impulso de meterle un directo en la boca.
—Yo no se lo he dicho —contestó el doctor de mal talante—. Pero aquí está la policía.
El sacerdote se había apartado un poco hasta el camino principal y volvió con la espada, que en sus manos parecía excesivamente larga y teatral, comparada con su desmedrado tipo clerical y vulgar a un tiempo.
—Antes de que se acerque la policía —dijo en tono de excusa—, ¿lleva alguno de ustedes una luz?
El periodista americano sacó una linterna eléctrica y el sacerdote proyectó la luz a la mitad de la hoja, que examinó minuciosamente. Luego, sin mirar la punta ni el puño de la espada, la entregó al doctor.
—Mi presencia es inútil aquí —dijo, lanzando un ligero suspiro—. Buenas noches, señores.
Y se alejó por la oscura avenida en dirección a la casa, con las manos a la espalda y la cabeza agobiada de pensamientos.
El resto del grupo se dirigió corriendo al pabellón de la puerta del jardín, donde un inspector y dos agentes estaban preguntando ya a un portero. El sacerdote no detuvo sus pasos hasta las escalinatas de la casa, porque percibió, de pronto, los que se acercaban de una persona que hubiera satisfecho las exigencias del mismo Calhoun al desear la aparición de un fantasma hermoso y aristocrático. Era una señora joven, que vestía un traje de seda de estilo Renacimiento y ostentaba dos largas trenzas rubias, entre las cuales la palidez de su rostro le daba un aire de estatua griega tallada en marfil y oro. Pero sus ojos brillaban, y su voz, aunque débil, sonaba confiadamente.
—¿El padre Brown? —dijo.
—¿La señora Boulnois? —contestó el otro con triste acento. Y después de mirarla, añadió—: Ya veo que sabe lo de sir Claude.
—¿Cómo puede decir usted que yo lo sé? —preguntó ella, alarmada.
El sacerdote, en vez dé contestar, le hizo otra pregunta:
—¿Ha visto usted a su marido?
—Mi marido está en casa. Nada tiene que ver con eso.
Tampoco contestó el sacerdote, y la mujer se le acercó con una expresión de curiosa intensidad.
—¿Quiere que le diga algo más? —preguntó, con una sonrisa miedosa—. No creo que él haya hecho eso, y usted tampoco lo cree.
El padre Brown le correspondió con una mirada grave, y luego movió la cabeza con más gravedad aun.
—Padre Brown —dijo la señora—, quiero decirle todo lo que sé; pero ha de hacerme usted antes un favor. ¿Quiere decirme por qué no ha sacado usted la conclusión de que el pobre John es culpable, como han hecho los demás? No me importa lo que diga. Ya sé que todas las murmuraciones y todas las apariencias están contra él.
El padre Brown parecía sinceramente esperanzado y se pasó la mano por la frente.
—Por dos sencillas razones —dijo—. Al menos una de ellas es verdaderamente trivial, y la otra muy vaga. Pero, con todo, me inducen a creer que Boulnois no es el asesino.
Levantó la vista a las estrellas y siguió hablando, como distraído:
—En cuanto a la idea vaga, he de confesar que doy gran importancia a las ideas vagas. Todas esas circunstancias que no llegan a ser pruebas son las que me convencen. Para mí una imposibilidad moral es la mayor de las imposibilidades. Conozco a su marido muy superficialmente, pero este crimen, como realizado por él, lo considero moralmente imposible. No quiero decir que Boulnois no pueda ser tan malvado. Todos los hombres pueden ser unos malvados, tan malvados como quieran. Podemos dirigir nuestra voluntad moral; pero generalmente, no podemos cambiar nuestros gustos instintivos o nuestro modo de hacer las cosas. Boulnois puede cometer un crimen, pero no este crimen. No puede haber cogido la espada de Romeo, desnudándola de la romántica vaina, para atravesar a su enemigo contra el reloj de sol como sobre un altar, ni abandonar su muerto entre las rosas, ni arrojar la espada entre los pinos. Si Boulnois matase a alguien, lo haría sin ruido ni ostentación, como hace cualquier otra cosa dudosa, como beberse la décima copa de Oporto o leer un pesado poema griego. Pero una acción romántica no es propia de Boulnois, es más propia de Champion.
—¡Ah! —exclamó ella, mirándolo con ojos como dos estrellas.
—Y la razón trivial es la siguiente —dijo el padre Brown—. En la espada hay impresiones digitales. Las impresiones digitales pueden verse a simple vista si han quedado en superficie pulimentada. Y estaban en mitad de la hoja de la espada. No sé de quién son ni puede saberse sin tener la clave. ¿Pero a quién se le ocurrirá coger la espada por la hoja? Era una espada larga, lo que es una ventaja para herir a un enemigo, al menos a muchos enemigos; a todos los enemigos; a todos excepto a uno.
—¡Excepto a uno! —repitió la mujer.
—Solo hay un enemigo a quién sea más fácil herir con un puñal que con una espada.
—Ya lo sé —dijo la señora—. ¡A sí mismo!
Hubo un largo silencio, y luego el sacerdote preguntó, de súbito:
—¿Tengo, pues, razón? ¿Sir Claude se mató a sí mismo?
—Si —contestó ella, blanca como el mármol—. Yo lo vi.
—¿Murió por amor a usted?
La cara de la mujer expresó un sentimiento extraordinario, muy diferente de la piedad, la modestia, el remordimiento o cualquier otra cosa que él pudiera esperar. Y su voz se hizo de pronto fuerte y llena, al decir:
—No creo que yo le importase un comino. Odiaba a mi marido.
—¿Por qué? —preguntó el otro, apartando la vista del cielo para fijarla en la señora.
—Odiaba a mi marido porque... Es tan raro, que no sé cómo decirlo... Porque...
—Diga —la animó el padre Brown con paciencia.
—Porque mi marido no quería odiarlo a él.
El padre Brown se limitó a mover la cabeza como si siguiera escuchando. Se distinguía de muchos detectives de la vida real y de las novelas en un ligero por menor, consistente en que nunca fingía entender una cosa cuando la entendía bien.
La señora Boulnois se volvió a acercar con la refrenada alegría que le daba aquella seguridad.
—Mi marido —dijo—, es un gran hombre—. Sir Claude Champion no era un gran hombre. Mi marido nunca ha sido célebre ni hombre de grandes éxitos, y la vendad es que nunca ha soñado en serlo. Nunca pensó alcanzar más fama pensando que fumando cigarros. En cuanto a esto no ha pasado de ser un solemne estúpido. No ha sabido medrar ni le ha importado. Quería a Champion con la misma sinceridad que cuando eran estudiantes. Lo admiraba como podría admirar un juego de manos realizado de sobremesa. Pero nunca le pasó por la cabeza envidiar a Champion. Y Champion deseaba que se le envidiase. Se volvió loco y se mató por eso.
—Sí —dijo el padre Brown—. Creo que empiezo a comprender.
—¡Oh! ¿No lo ve usted? —exclamó ella—. Todo respondía al mismo propósito. Champion puso a John en una casita situada a la misma puerta de la suya, como a un dependiente, para hacerle sentir su fracaso. Pero John no lo sintió nunca. No piensa en estas cosas más... de lo que pensaría un león distraído. Champion se presentaba en casa a las horas más intempestivas o durante las comidas con algún regalo deslumbrante o propuesta de excursión, como un Haroun Alraschid, pero John aceptaba o rehusaba amistosamente, mirando distraídamente como un colegial que se muestra de acuerdo o disconforme con otro. Al cabo de cinco años, John no había cambiado en su actitud, y sir Claude Champion era un místico.
—Y Amán empezó a contarles —dijo el padre Brown— todos las cosas con que el rey le había honrado; y él dijo: «Todas estas cosas no me aprovechan de na da mientras vea el judío Mardoqueo sentado en la puerta».
—Vino la crisis —continuó la señora Boulnois— cuando persuadí a John que me dejase copiar algunas de sus investigaciones para mandarlas a una revista. Empezaron a llamar la atención especialmente en América, y un periódico deseaba publicar una entrevista con él. Cuando Champion, que cada día era interviuado, se enteró de que a su inocente rival se le echaba este mendrugo de fama, rompió el último eslabón de la cadena que sujetaba su diabólico odio. Luego empezó a poner asedio a mi propio amor y a mi honradez, dando que hablar a todo el condado. Me preguntará usted por qué le permtía yo tan insidiosas atenciones, pero yo no podía rehuirlas sin dar una explicación a mi marido, y hay ciertas cosas que el alma no puede hacer, como el cuerpo no puede volar. No pedía explicarle nada a mi marido, ni yo ni nadie. Si le dice usted, lisa y llanamente: «Champion te roba a la mujer», lo consideraría una broma de mal gusto. Pero nadie podrá persuadirle que pueda haber en ello algo más que una broma. Bien; John había de venir a vernos representar la comedia, pero a última hora dijo que no iría, porque había abierto un libro interesante y encendido un cigarro. Se lo anunció a sir Claude y aquello fue para él un golpe mortal. El maniático se mostró desesperado. Se hirió a sí mismo gritando como un energúmeno que Boulnois lo mataba; y allí está muerto, en el jardín, muerto por sus propios celos para producirlos en otro, mientras John está sentado en el comedor leyendo un libro.
Se produjo un violento silencio, que rompió el sacerdote, diciendo:
—Solo hay un punto flojo, señora Boulnois, en todo lo que me ha contado. Su marido no está sentado en el comedor leyendo un libro. El periodista americano me ha dicho que fue a su casa, su mayordomo le anunció que míster Boulnois había ido al Pendragon Park después de todo.
Ella abrió desorbitadamente los ojos, expresando más aturdimiento que confusión o miedo.
—¿Pero qué quiere usted decir? —preguntó—. ¡Si todos los criados están fuera de casa para asistir a la función de teatro! ¡Además, no tenemos mayordomo, gracias a Dios!
El padre Brown dio un brinco y giró sobre sus talones como una peonza grotesca. Diríase que le habían infiltrado nueva vida.
—¿Cómo? ¿Cómo? Oiga, oiga: ¿Me recibirá su marido si voy a verle a casa?
—Ahora ya habrán llegado las criadas —contestó ella, pensativa.
—¡Bueno, bueno! —gritaba, entusiasmado, el clérigo, iniciando su marcha hacia la puerta del parque. Y al momento volvió para decir—: Convendría disuadir a ese yanqui. Si no queremos que «El crimen de John Boulnois» se lea en toda la República en grandes caracteres.
—No se ha hecho usted cargo de lo que le he dicho —observó la señora Boulnois—. A él no le importaría eso. No cree que se imagine siquiera que América exista.
Al llegar el padre Brown a la casa guardada por un perro mudo y una colmena, salió a abrirle una doncella jovencita y limpia, que lo condujo al comedor, donde Boulnois permanecía aún sentado, leyendo a la luz de una lámpara, tal como lo había descrito su mujer. A su espalda había una botella de Oporto y una copa de vino, y apenas entró el sacerdote, observó este que el cigarro quemaba muy cerca de la faja, que el otro no se había preocupado de arrancar.
—Hace por lo menos media hora que está aquí —pensó el padre Brown. Y en realidad ofrecía el aire de estar allí sentado desde que acabó de comer.
—No se levante—. Boulnois —dijo el sacerdote, ron su peculiar sencillez—. No le interrumpiré más que un momento. Temo haber venido a estorbarle en alguno de sus estudios científicos.
—No —dijo Boulnois—. Estaba leyendo «El dedo de sangre».
Lo dijo sin fruncir el ceño ni sonreír, y su visitante tuvo la impresión de una profunda y viril indiferencia por parte del hombre a quién su mujer llamaba grande. Dejó a un lado un novelucho del género policíaco, sin ni siquiera sentir la conveniencia de comentar de una manera humorística el hecho de estar leyéndolo. John Boulnois era un hombre grueso, tardo de movimientos, de cabeza maciza, calva y gris, facciones ásperas y nudosas. Vestía un traje de etiqueta, pasado de moda, con una estrecha y triangular abertura que descubría la pechera planchada de la camisa; se había vestido con el propósito de ir a ver actuar a su mujer en el papel de Julieta.
—No le distraeré mucho tiempo de la lectura de «El dedo de sangre» o cualquier otro asunto catastrófico —dijo el padre Brown, sonriendo—. Solo he venido a preguntarle algo sobre el crimen que ha cometido usted esta noche.
Boulnois lo miró muy serio, con un frunce rojo entre sus anchas cejas, produciendo el efecto de que tropezaba con un obstáculo por primera vez en la vida.
—Sé que ha sido un crimen extraño —afirmó Brown, en voz baja—. Más extraño que un asesinato... para usted. Las pequeñas faltas son con frecuencia de más difícil confesar que las grandes; mas por eso es tan importante que se confiesen. Delitos como el suyo los cometen todas las personas de importancia seis veces por semana; y, no obstante, siente usted que le quema la lengua como una atrocidad que no tiene nombre.
—Hay cosas —dijo el filósofo lentamente— que le hacen a uno sentirse tonto.
—Ya lo sé, pero a veces es mejor hacer el tonto que serlo.
—No puedo analizarme bien de momento —continuó Boulnois—, pero sentado aquí, con esta novela, me sentía feliz como un colegial en día de fiesta. Estaba en paz y tranquilidad, en uno de esos estados de que ya no nos moveríamos. No puedo explicarlo... Tenía los cigarros y las cerillas al alcance de mi mano... el Dedo presentaba cuatro aspectos más para... Y no solo era la paz, sino una plenitud. Entonces tocaron el timbre, y durante un minuto angustioso pensé que no podría levantarme de la silla, que material, física y mentalmente no podría. Lo hice luego como un hombre que levanta el mundo, porque sabía que la servidumbre estaba fuera de casa. Abrí la puerta y vi a un hombre con la boca abierta para hablar y el cuaderno de notas abierto para escribir. Me acordé del yanqui que había venido a interviuarme y de quien me había olvidado. Llevaba el peinado partido en dos bandas por la mitad, y he de decirle que ese asesinato...
—Comprendo —dijo el padre Brown—. Ya lo he visto.
—Yo no lo cometí —continuó el pacífico catastrofista—. No hice más que mentir. Le dije que me había marchado al Pendragon Park, y le cerré la puerta en las narices. Este es mi crimen, padre Brown, y no sé qué castigo me impondría usted por él.
—Yo no le impondría ningún castigo —dijo el señor clérigo, recogiendo su sombrero y su paraguas, con aire de jovialidad—. Al contrario. He venido especialmente para evitarle la pequeña pena que, de otra manera, sería consecuencia de su pequeña falta.
—¿Y cuál es esa pequeña pena —preguntó Boulois, sonriendo— que tan afortunadamente he podido evitar?
—La horca —dijo el padre Brown.