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gilbert keith chesterton
el fin de los pendragon (relato)
El padre Brown no estaba de humor para aventuras. Había caído enfermo por exceso de trabajo, y cuando empezó a restablecerse, su amigo Flambeau se lo había llevado a un viaje por mar, en un pequeño yate, con sir Cecilio Fanshaw, joven señor de Cornualles y entusiasta de las costas de su país. Pero Brown todavía estaba débil y no tenía la menor afición al mar; sin embargo, procuraba sobreponerse basta el punto de que no sufriera su educación y el afecto que sentía por sus amigos. Cuando estos alababan el color de la puesta del sol y de los riscos volcánicos, se mostraba de acuerdo. Cuando Flambeau señalaba una roca que tenía figura de dragón, la miraba y le encontraba gran semejanza. Cuando Fanshaw, con su peculiar exaltación, indicaba una roca que recordaba a Merlin, se volvía a contemplarla y asentía moviendo la cabeza. Cuando Flambeau preguntaba si no se parecía una angostura del río a la entrada del país de las hadas, contestaba que sí. Escuchaba las más triviales observaciones con la misma distracción de desaliento. Oyó que aquella costa estaba abandonada de todos menos de los marineros que se preciaban de serlo, que el gato del bajel dormía, que Fanshaw no encontraba su boquilla por ninguna parte, que el piloto pronunciaba el oráculo: «Dos ojos abiertos, marchan bien; un ojo cerrado, se hunde». Y Flambeau decía a Fanshaw que, sin duda, quería significarse con esto que el piloto debía mantenerse con los ojos muy abiertos y vigilantes, y que Fanshaw replicaba que, aunque le pareciese raro, no quería decir esto, que quería decir que mientras viesen dos de las luces de la costa, una cerca y otra más distante, estarían en el centro de la madre del río, pero que si una luz se ocultase tras la otra, navegarían sobre rocas. Oyó decir a Fanshaw que en su condado abundaban las leyendas y los dichos por el estilo, y que aquella parte de Cornualles se disputaba con Devonshire los lauros que merecieron los marinos de Isabel. Según él, de aquellas calas e islotes habían salido navegantes al lado de los cuales Drake sería un marino de agua dulce, que Cornualles no solo había tenido héroes, sino que aún los tenía; que no lejos de allí vivía un viejo almirante retirado que había hecho incontables viajes a cuál más lleno de aventuras y que en su juventud descubrió el último grupo de ocho islas del Pacífico, que se añadió al mapa del mundo. El tal Cecilio Fanshaw era una de esas personas que se desviven por contagiar a los demás de su entusiasmo, muy joven, rubio y encarnado, con un perfil enérgico y un carácter vehemente, aunque de un tipo delicado y poco viril, que contrastaba grandemente con el Flambeau, de anchas espaldas, cejas negras y aire bravucón, de mosquetero.
Brown lo escuchaba y lo miraba todo como el cansado viajero cree oír una música en el ruido de las ruedas del tren o un enfermo ve los dibujos de la pared de su alcoba empapelada. Es difícil adivinar a qué responde el estado de ánimo de un convaleciente, pero en el de Brown tal vez influía lo poco familiarizado que estaba con el mar, ya que apenas el lío se estrechó como el cuello de una botella, pareció despertar para fijarse en todo como un niño. Acababa de ponerse el sol y era la hora en que el aire y el agua brillan de un modo especial, volviendo lo demás negro por contraste. Pero aquella tarde había una atmósfera tan transparente, que hubiérase dicho que entre los hombres y la Naturaleza desaparecía ese cristal ahumado que suele haber de ordinario, y las orillas del río, los bosques, las rocas aparecían con una claridad tan intensa de colorea, que el padre Brown no pudo menos de avivar los sentidos en un fervor romántico ante la belleza del paisaje.
El río era todavía bastante ancho y profundo para que por él deslizarse pudiera embarcación de recreo, tan pequeña como la suya; pero a cada curva parecía encajonada, y los árboles de la orilla producían el efecto de abrirse y de cerrarse en puentes pintorescos, pasando la nave de la delicia de un valle a la romántica sombra de una umbría o de un túnel. Fuera de esto, nada más se ofrecía a la vista que pudiera dar pábulo a la fantasía de Brown. En las orillas no vio otras personas que un grupo de gitanos cargados con haces de leña y de mimbres cortados en el bosque, y aun vio otra cosa que, si nada tenía de particular, no era frecuente en un paraje tan distante: una señora de pelo negro y sin sombrero guiando a remo su propia canoa. Si el padre Brown dio a unos y a otra alguna importancia, los olvidó en la próxima curva del río, que puso a la vista un objeto singular.
El agua parecía ensancharse y rajarse dejando en el centro una isla que semejaba un barco que se deslizaba acercándose a ellos, un barco con la proa muy elevada, o para más exactitud, con una gran chimenea, pues en el extremo más próximo se levantaba una construcción de forma extraña que nadie podía relacionar a primera vista con ningún estilo o finalidad. No tenía una altura exagerada, más era lo suficiente alta para que por su anchura se pudiera llamar una torre. Estaba construida por completo de madera, y con la mayor irregularidad y extravagancia. Algunas tablas y vigas eran de roble viejo, otras de la misma madera cortada recientemente; las había también de pino blanco y aun de pino pintado de alquitrán. Eran tronces negros que estaban en posición oblicua o entrecruzados en todos los ángulos, dando al conjunto un aire de remiendo chapucero. Se veían una o dos ventanas pintadas y construidas según estilo antiguo, pero con mucho más arte. Los excursionistas contemplaban aquello con la impresión que habremos experimentado cuando algo nos recuerda algo, pero estamos ciertos de que es una cosa diferente.
El padre Brown, aun cuando dudaba, demostraba un claro juicio en el análisis de sus dudas. Se sorprendió reflexionando que aquella rareza consistía en la forma especial que le daba un material inapropiado, como si viéramos una chistera de plomo o una casaca de tartán. Recordaba haber visto maderas de diversas clases entrelazadas así en alguna parte, pero nunca en aquella forma arquitectural. Momentos después una brecha abierta entre los espesos árboles le permitió ver lo que buscaba, y se echó a reír, porque apareció una casa de madera como algunas de las que todavía se encuentran en Inglaterra, y especialmente en el antiguo Londres de Shakespeare. El sacerdote llegó pronto a la conclusión de que estaban ante una casa de campo y de antigua construcción, con todas las comodidades interiores y un jardín delante.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó Flambeau que aun miraba la torre.
Fanshaw, a quién le brillaban los ojos, habló con aire de triunfo:
—¡Ah! Ya me parecía que no había visto nunca algo semejante; por eso lo he traído aquí amigo. Ahora verá si exageraba sobre los marinos de Cornualles. Esta es la casa del viejo Pendragón, a quién llamamos el Almirante, aunque se retiró antes de obtener el grado. La vida de Raleigh y de Hawkins no es más que un recuerdo para la gente de Devon; mientras la de Pendragón es un hecho moderno. Si la reina Isabel se levantara de la tumba y entrara por este río en una barca dorada, sería recibida por el Almirante en una casa igual que aquellas en que solían recibirla, y oiría a un capitán inglés hablándole con el mismo calor de los suyos, de tierras recién descubiertas con navíos pequeños, y aun le parecería estar comiendo con Drake.
—En el jardín —repuso el padre Brown— hallaría una cosa extraña que no sería grata a sus ojos de renacentista. La arquitectura doméstica de su tiempo era encantadora a su modo; pero esas torres están reñidas con el estilo.
—Pero, no obstante —replicó Fanshaw—, constituyen la parte más romántica e isabelina del asunto. Los Pendragón construyeron esa torre en los días de las guerras españolas, y aunque ha sido remendada y aun reconstruida por otra razón, se le ha dado siempre el estilo antiguo. Dice la historia que la esposa de sir Pedro Pendragón la erigió aquí y tan alta porque desde arriba podía divisar el ángulo por dónde los bajeles llegan a la desembocadura del río, y quería ser la primera en ver el d, e su marido, cuando volvía de batir a los españoles.
—¿Por qué otra razón cree usted que ha sido reconstruida? —preguntó el padre Brown.
—¡Oh! También acerca de eso hay una historia muy curiosa —dijo el joven caballero con desenfado—. Están ustedes en una tierra de historias extraordinarias; por aquí pasaron el rey Arturo y Merlin, y antes que ellos, las hadas. Cuenta la historia que sir Pedro Pendragón, que sospecho tendría algún defecto de pirata como tenía las virtudes de marinero, traía cautivos a tres españoles con intención de llevarles luego a la corte de Isabel. Pero como era de arrebatado e inflamable temperamento, se trabó de palabras con uno de ellos, lo cogió por el cuello y lo tiró al mar. Otro de los españoles, que era el hermano del primero, sacó inmediatamente la espada y después de recibir tres heridas, atravesó a su adversario con la espada. Mientras esto sucedía, la embarcación había entrado en la desembocadura del río, donde había relativamente poca agua, y el tercer español se arrojó por la borda y empezó a nadar hacia la orilla, deteniéndose al tocar fondo, de modo que el agua le llegaba solo a la cintura. Entonces se volvió hacia el barco y con voz de trueno y agitando los brazos como un profeta que pide al cielo que castigue a una ciudad malvada, gritó a Pendragón que él aún vivía y seguiría viviendo, que viviría siempre, y que generación tras generación nadie de la casa de los Pendragón volvería a verlo ni a saber de él, pero que tendrían señales inequívocas de que él y su venganza se mantenían vivos. Y esto dicho, se zambulló bajo una ola y se ahogó o nadó tanto rato bajo el agua, que nunca más se le volvió a ver.
—Ya vuelve a estar ahí esa joven de la canoa —dijo Flambeau, a quién una mujer hermosa interesaba más que una leyenda—. Parece que está tan intrigada como nosotros por esa torre extraña.
La señorita de cabellos negros, en efecto, dejaba que su lancha se deslizase lentamente y en silencio, mientras contemplaba ella la torre con una curiosidad que se revelaba en la expresión de su cara ovalada y cetrina.
—Déjese de muchachas —dijo Fanshaw, con impaciencia—. Hay muchas en el mundo, pero acaso no hay otra torre parecida a la de Pendragón. Cómo pueden suponer, la maldición del español precedió a una serie de supersticiones y escándalos, y sin duda, como comprenderán ustedes, toda desgracia que luego afectaba a esta familia de Cornualles se atribuía a ella por la credulidad campesina. Pero lo que no puede negarse es que esta torre se ha quemado dos o tres veces y que la familia no ha sido muy dichosa, pues más de dos veces han perecido en naufragio parientes cercanos del Almirante, y uno al menos, según mis noticias, en el mismo punto en que sir Pedro arrojó por la borda al español.
—¡Qué lástima! —exclamó Flambeau—. Ya se marcha.
—¿Cuándo le contó su amigo el Almirante esta historia de familia? —preguntó el padre Brown, mientras la muchacha remaba, sin la menor intención de extender el interés puesto en la torre al yate que Fanshaw había hecho acercar al lado de la isla.
—Hace muchos años —contestó Fanshaw—. Ahora ya hace mucho tiempo que no ha vuelto al mar, aunque habla de él con el mismo entusiasmo. Creo que existe un pacto o algo así. Bien; ya estamos en el muelle. Vamos a ver al viejo lobo de mar.
Pasaron por debajo de la torre y el padre Brown, ya porque se sentía mejor en tierra firme, ya porque le había interesado algo que vio en la orilla opuesta, pareció reanimarse. Entraron en una avenida que se alargaba entre dos cercas de madera delgada y de color pardo, como las que se ven en algunos parqués o jardines, por encima de las cuales desbordaban de trecho en trecho las ramas de los árboles. Hubiera parecido la entrada de una finca Señorial, si la hubiesen flanqueado dos torres en vez de una y sin la circunstancia de que el camino daba tantas vueltas, que se perdía de vista el edificio entre el bosque, cuya extensión era excesiva para una isla como aquella. Hacía rato que caminaban, cuando Fanshaw se detuvo de pronto, señalando un objeto que salía de la empalizada, produciendo el efecto dé un cuerno, aunque mirándole de más cerca, vieron que se trataba de una hoja ligeramente corva, de acero, que brillaba en la escasa luz de la tarde.
Flambeau, que, como todos los franceses, había sido soldado, exclamó impresionado:
—¡Pero si es un sable! Y creo reconocer su clase. Pesado y curvo, pero más corto que el de caballería; suelen usarlo en artillería y en...
La hoja desapareció de un tirón por el resquicio que había abierto y penetró con más fuerza, rajando la cerca hasta abajo con un ruido estridente. Luego se retiró y volvió a descargarse hendiéndola algunos pies más allá, y después de algunas sacudidas acompañadas de juramentos que salían de la oscuridad interior, el trozo de valla se vino abajo e inmediatamente un puntapié enérgico mandó el trozo de cerca a mitad del camino, dejando un portillo abierto en la maleza.
Fanshaw miró adentro y lanzó una exclamación de sorpresa:
—¡Mi querido Almirante! ¿Se abre usted a machetazos una puerta, siempre que quiere salir de paseo?
Salió de la oscuridad una maldición, seguida de una carcajada y de estas palabras:
—No. De todos modos he de tirar esta valla, que no sirve más que para estropearme las plantas y nadie más que yo lo puedo hacer. Pero me limitaré a derribar otro trozo y saldré a saludarles.
Y de dos tajos, abrió otra rendija y tumbó la parte de cerca que quedaba suelta, con lo que se hizo una entrada de catorce pies de ancho, por la que salió al camino abriéndose paso entre los abrojos.
A primera vista, corroboraba cuanto dijo Fanshaw acerca de sus cualidades de pirata; llevaba un sombrero de paja como los que usan los segadores contra el sol, con el ala delantera vuelta hacia arriba y los ángulos hundidos por debajo de las orejas, orlando su frente en forma de media luna como el sombrero de Nelson. Llevaba también una blusa azul ordinaria, que, combinada con los pantalones blancos, le daba aspecto de marinó. Era alto y flojo y su cansado andar no era propio de un marino, pero lo recordaba y empuñaba un sable corto que parecía un chafarote, pero mucho más pesado. Su rostro parecía el de un hombre enérgico no solo porque estaba rasurado, sino porque no tenía cejas, como si los elementos se lo hubieran arrancado todo. Sus ojos eran saltones y de mirada penetrante, y su color llamaba la atención porque, sin ser del todo tropical, recordaba el de la naranja de sangre, es decir, que aunque era sanguíneo, tenía algo de amarillento, y el padre Brown se dijo que nunca había visto una cara que mejor evocase todas las novelas que se han escrito sobre las tierras tropicales.
Cuando Fanshaw hubo presentado al huésped a sus dos amigos, volvió a referirse a la destrucción de la cerca. El Almirante no le dio al principio importancia, hablando de aquello como de una providencia de jardinería, pero luego rio con todas sus fuerzas y gritó en una mezcla de impaciencia y buen humor:
—Bien, acaso pongo, en esto un poco de ferocidad y me complazco en la destrucción de algo. Eso le pasaría a cualquiera que pusiera su única complacencia en descubrir alguna nueva isla salvaje y tuviera que abrirse paso por la selva a machetazos. Cuando recuerdo que he tenido que cortar milla y media de maleza espinosa con un viejo machete que no cortaba ni mucho menos como este, y luego pienso que me veo reducido a este bosque de juguete por un compromiso garrapateado en una Biblia de familia, vaya, que...
Y levantando el acero, de un formidable tajo partió la cerca de arriba abajo.
—Me gusta hacer esto —dijo riendo, al tiempo que arrojaba el arma—. Pero vamos a casa, que ustedes han de comer algo.
Ante la casa había un prado con tres jardinillos circulares, uno de tulipanes encarnados, otro de tulipanes amarillos y otro de flores blancas, que los visitantes no conocían y pensaron que eran exóticas. Un jardinero rollizo, peludo y de mala catadura estaba colgando el rollo de una manguera. Los últimos rayos del sol daban en los ángulos de la casa, sacando aquí y allá reflejos que recordaban los colores de las flores del jardín, y en un espacio limpio de árboles, mirando hacia el río sobre un trípode de metal, había un telescopio. Al pie de las gradas del portal había una mesa verde de jardín, como anunciando que alguien acababa de tomar el té allí. La entrada estaba flanqueada por dos enormes mascarones de piedra, con los ojos vacíos, como dicen que son los ídolos de los mares del Sur, y en la viga del dintel de la puerta había algunas contusas tallas de un dibujo casi tan bárbaro como de las piedras.
Mientras entraban los otros, el desmedrado clérigo se subió a la mesa, y después de calarse las gafas, estuvo examinando con toda naturalidad las molduras de la viga de roble. El Almirante Pendragón se detuvo sorprendido, aunque sin manifestar molestia; pero a Fanshaw le divirtió tanto ver al curita como un muñeco en su pedestal, que se echó a reír. El padre Brown no hizo caso ni de la sorpresa del uno ni de la risa del otro.
Estaba examinando las tres tallas, que aunque muy borrosas y oscuras, tenían para él cierto sentido. La primera parecía el esquema de alguna torre u otra construcción, coronada por algo que semejaba unas rayas onduladas. La segunda estaba ya más clara: una galera de los tiempos isabelinos con olas decorativas debajo, pero interrumpidas por una curiosa roca mellada, que era un defecto de la madera o una representación convencional del agua que entraba. La tercera representaba la mitad superior de una forma humana, terminada en una línea rizada como las olas; la cara estaba borrosa y sin facciones, y los dos brazos, tiernamente se levantaban al aire.
—Bueno —murmuró el padre Brown pestañeando—, aquí tenemos la leyenda del español bastante clara. Aquí está, en el mar, lanzando maldiciones; y aquí están también las maldiciones: la nave naufragando y la torre de Pendragón ardiendo.
Pendragón movió la cabeza con aire de condescendiente alegría.
—¿Y cuántas otras cosas puede significar eso? —dijo—. ¿No sabe usted qué esa mitad de hombre, como medio león o medio ciervo, es algo muy común en heráldica? Esa línea bajo el barco puede ser una casa de esas líneas partiperpales, dentadas, creo que las llaman. Y aunque la tercera figura no es muy heráldica, lo sería suponiendo que la torre está coronada de laurel y no de fuego.
—Pero es muy raro —dijo Flambeau— que eso confirme tan exactamente la leyenda.
—¡Ah! —replicó el viajero escéptico—. Pero no sabe usted cuántas leyendas se habrán forjado con esas viejas figuras. Además, no es esa la única leyenda antigua. Fanshaw, que es aficionado a estas cosas, podría contarles otras versiones del cuento, y mucho más horribles. Una de ellas atribuye a mi desgraciado antepasado el haber cortado al español en dos pedazos, y también está conforme con el grabado. Otra quiere que mi familia poseyera una torre de serpientes, y también se confirma ahí. Según otra versión, la línea rota bajo el barco significaría una señal convencional del rayo. De manera que tenemos interpretaciones para todos los gustes, pero esta precisamente demuestra lo errónea que son todas las otras.
—¿Pero cómo lo sabe usted? —preguntó Fanshaw.
—Porque resulta —contestó el huésped con frialdad— que no hubo truenos ni relámpagos en ninguno de los dos naufragios que conozco, de mi familia.
—¡Oh! —dijo el padre Brown, saltando de la mesa.
Siguió un silencio, solo roto por el monótono murmullo del río. Luego Fanshaw preguntó en tono de duda y tal vez de decepción:
—¿Así cree usted que no hay nada de real en el cuento de la torre en llamas?
—Los cuentos corren, desde luego —dijo el Almirante, encogiéndose de hombros—, y algunos tienen un fondo de verdad mal aplicada a la realidad de las cosas. Alguien vería una llama por aquí, vaya usted a saber, al regresar a casa por el bosque; tal vez algún pastor al recoger su ganado vio una claridad por encima de la torre Pendragón. ¡Bah! Un cenagal como este no es el lugar más apropiado para que uno pueda pensar en fuegos.
—¿Qué es aquel fuego de allá? —preguntó el padre Brown, señalando, sin precipitarse al bosque del otro lado del río. Todos quedaron algo desconcertados, y el mismo Fanshaw tardó en reponerse al ver una larga y delgada cinta de humo azul, que subía silenciosa en la oscuridad de la tarde.
Entonces Pendragón prorrumpió en una burlesca carcajada.
—¡Son los gitanos! —dijo—. Hace una semana que están acampados por aquí. Señores, vamos a comer—. Y se volvió para entrar.
—Almirante, ¿qué es ese ruido seseante que se oye tan cerca de la isla? Parece de fuego.
—Aun parece más de lo que es en realidad —explicó el Almirante, riendo y reanudando la marcha—... No es más que una canoa que pasa.
Aun hablaba cuando el mayordomo, hombre flaco, vestido de negro, de pelo también negro y cara muy larga y amarilla, apareció anunciando que la comida estaba servida.
El comedor tenía un aire tan náutico como la cámara de un barco, pero más moderno que las del tiempo isabelino. Había una panoplia con tres machetes antiguos sobre la chimenea, y un mapa del siglo decimosexto, con tritones y barquillos como un mar rizado. Pero aun llamaban más la atención algunas vitrinas con pájaros de los más sorprendentes plumajes, muy bien disecados, procedentes de la América del Sur, con fantásticas conchas del Pacífico, y varios instrumentes de tan ruda fabricación y tan raras formas, que los salvajes podían haberlos usado así para matar a sus enemigos como para asarlos. Pero la nota que colmaba el interés era el hecho de que, a más del mayordomo, los únicos criados del Almirante eran dos negros con uniforme amarillo. Esté color, y los cortos faldellines de aquellos bípedos, sugirieron al sacerdote la idea de compararlos a los «Canarios». Cuando acabaron de servir la comida no volvieron a aparecer por las sala aquellas caras negras y uniformes amarillos, moviéndose únicamente de un lado a otro la negrura y amarillez del mayordomo.
—Siento mucho que se lo tome tan a la ligera —dijo Fanshaw al huésped—, pues la verdad es que le he traído estos amigos con la idea de que le ayuden, pues saben mucho de estas cosas. ¿No cree usted, realmente en la historia de la familia?
—Yo no creo en nada —contestó Pendragón vivamente, sin quitar la vista de un pájaro rojo—. Soy un hombre de ciencia.
Con gran sorpresa de Flambeau, su amigo el clérigo, que parecía haberse despertado por completo, cogió esta digresión por los cabellos y se puso a hablar de Historia natural con inesperada erudición, hasta que, servidos los vinos, desapareció el mayordomo. Luego dijo sin variar de tono:
—No me crea usted impertinente, Almirante Pendragón. No se lo pregunto por curiosidad, sino para mi gobierno y su conveniencia. ¿Me equivoco al pensar que no quiere usted que estas cosas se discutan ante su mayordomo?
El Almirante levantó sus despobladas cejas y exclamó:
—No sé cómo ha podido usted adivinar... pero lo cierto es que no puedo soportar a ese tipo, aunque no me atrevo a despedir a un criado de la familia. Fanshaw, con su afición a los cuentos de hadas, dirá que sangre se revuelve contra el cabello negro, que recuerda al de los españoles.
Flambeau dio un puñetazo sobre la mesa exclamando:
—¡Por Júpiter! ¡También es negro el de la muchacha!
—Espero que todo acabará esta noche —prosiguió el Almirante— cuando vuelva mi sobrino de su barco. ¿Se sorprenden ustedes? No lo comprenderían si no les contase la historia. Verán, mi padre tuvo dos hijos. Yo permanecí soltero, pero mi hermano mayor se casó y tuvo un hijo que se hizo marino, como todos nosotros, y heredará la hacienda. Mi padre era un hombre raro; mezclaba la superstición de Fanshaw con una buena dosis de mi escepticismo, dos fuerzas que siempre estaban luchando en él y después de mis primeros viajes se le ocurrió una idea que quiso llevar a la práctica, seguro de que con ella se pondría en claro la verdad o la mentira de la maldición. Pensaba que si todos los Pendragón navegábamos de un modo u otro, ofrecíamos demasiadas oportunidades para una catástrofe natural, y así nada podría probarse; pero si solo se daba uno a la mar por turno riguroso de sucesión a la propiedad, podría descubrirse si realmente el mal hado perseguía a la familia como a tal familia. Era una idea descabellada, a mi modo de ver, y se la discutí a mi padre acaloradamente, pues yo era ambicioso y, por ley de sucesión, quedaba pospuesto a mi propio sobrino.
—Y su padre y, su hermano —dijo el sacerdote afablemente— murieron en el mar, según creo.
—Sí —gruñó el Almirante—, por uno de esos fatales accidentes en que se basa la mitología de la humanidad, los dos murieron en naufragio. Mi padre, acercándose a estas costas de un viaje por el Atlántico, se estrelló en las rocas de Cornualles. El barco de mi hermano se hundió, nadie sabe dónde, cuando regresaba de Tasmania. No se encontró su cadáver. Ya les digo que fue por un contratiempo natural. Muchos otros hombres que no eran Pendragón se ahogaron, y los dos desastres se discutieron de una manera normal en los centros de navegación. Pero claro, esto prendió el fuego en esta selva de supersticiones y la gente veía la torre en llamas por todas partes. Por eso digo que todo se arreglará cuando regrese Walter. Su novia había de venir hoy, pero temía yo tanto que cualquier tardanza la asustase que le mandé un telegrama, diciéndole que no se moviese hasta mi nuevo aviso. Pero casi estoy seguro de que él se presentará esta misma noche, a una hora u otra, y entonces todo se acabará en humo, en humo de tabaco. La leyenda quedará rota cuando rompamos el gollete de una botella de este vino.
—¡Riquísimo vino! —dijo el padre Brown, levantando con gravedad la copa—; pero como usted puede ver, pésimo bebedor. Le pido con toda el alma que me perdone.
Había vertido un poco de vino en el mantel. Bebió y dejó la copa con rostro sereno, pero su mano había temblado al percatarse de unos ojos que miraban por la ventana del jardín, detrás del Almirante. Era una cara de mujer morena, con ojos y cabellos septentrionales, pero que parecía la máscara de la tragedia.
Tras una pausa, el sacerdote volvió a decir con sus maneras suaves:
—Almirante, ¿quiere hacer un favor? Permítame que yo y mis amigos, si quieren, permanezcamos en esa torre esta noche. ¿No sabe que para lo que represento es usted un exorcista más que otra cosa?
Pendragón se levantó de la mesa y se puso a dar zancadas por delante de la ventana, de donde súbitamente había desaparecido la cara, mientras gritaba en tono, violento:
—Le digo que no hay nada que temer. Yo sé lo que hay en este asunto. Puede usted llamarme ateo. Lo soy—. Y volviéndose, arrebatado, al padre Brown, añadió con cara de concentración espantosa—: Este asunto es perfectamente natural. No hay maldición que valga.
—En tal caso —replicó el padre Brown sonriendo— no puede haber inconveniente en que yo duerma en su deliciosa cama de campo.
—Es una cosa ridícula —se obstinó el Almirante, tamborileando en el respaldo dé la silla.
—Perdone usted por todo —dijo Brown, afable—, hasta por haber derramado el vino. Pero me parece que no está usted tan tranquilo respecto a la torre en llamas como pretende fingir.
El Almirante volvió a sentarse con la misma rapidez con que se había levantado, permaneció sentado en silencio y cuando habló lo hizo en voz baja:
—Lo hará usted por su cuenta y riesgo, pero ¿no sería usted un ateo si saliese sano y salvo de tanta diablura?
Tres horas después, Fanshaw, Flambeau y el sacerdote estaban aún charlando en la oscuridad del jardín, y dos horas más tardé empezaba a clarear cuando el padre Brown manifestó su propósito de no irse a dormir ni a la casa ni a la torre.
—Este prado necesita que lo limpien de malas hierbas —dijo con voz de sueño—. Si tuviera un escardillo o algo, lo haría yo mismo.
Lo siguieron, riendo y protestando a medias; pero él les dirigió un sermón, afirmando que siempre puede encontrarse alguna pequeña ocupación con que ser útil a nuestros semejantes. No hallaron un escardillo, pero sí una escoba de mimbre, con la que él sacerdote empezó a barrer enérgicamente la hojarasca caída sobre la hierba.
—Siempre hay que hacer alguna cosa —dijo con alegría de idiota—. Como dice Jorge Herbert: «Quien barre el jardín de un Almirante en Cornualles, según sus leyes, no solo hace eso, sino una buena acción». Y ahora —añadió tirando la escoba—, vamos a regar las plantas.
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Y sintiendo una vaga emoción, vieron los otros como cogía y desenrollaba una manguera de jardín, mientras decía con aire de cómica reflexión:
—Los tulipanes encarnados antes que los amarillos. Parecen un poco secos, ¿no creen ustedes?
Abrió la espita y el agua salió impetuosa y dura como un chorro de acero.
—Cuidado, Sansón —gritó Flambeau—, que has descabezado un tulipán.
El padre Brown se quedó contrariado, contemplando la planta decapitada.
—Mis procedimientos hidroterápicos parece que curan o matan —comentó moviendo con tristeza la cabeza—. Es una lástima que no haya encontrado un escardillo, porque hubieran ustedes visto de lo que soy capaz, y ya que hablamos de herramientas, ¿no ha traído ese bastón que siempre lleva, Flambran? Está bien. Sir Cecil puede coger el machete que el Almirante tiró por aquí, no lejos de la cerca. ¡Qué gris parece todo!
—Es la niebla que sube del río —dijo Flambeau.
En aquel momento, la borrosa figura del hirsuto jardinero apareció en un balate que formaba el prado, blandiendo un rastrillo y chillando como un demonio:
—¡Deje esa manguera! Deje esa manguera y váyase a su...
—Estoy muy torpe —replicó el reverendo cachazudamente—. ¿Sabe usted? He empinado un poco el codo durante la comida.
Y diciendo esto, se ladeó, para presentar mejor sus excusas al jardinero, haciendo una grotesca reverencia, sujetando la manguera con ambas manos, y el jardinero recibió en pleno rostro el frío chorro con la fuerza de un cañonazo, perdió el equilibrio y cayó patas al aire.
—¡Pero es espantoso! —se lamentó el cura, mirando en torno con cara de pasmo—. ¡He tumbado a un hombre!
Se quedó un momento con el cuello alargado, como si estuviese mirando o escuchando algo, y luego, arrastrando la manguera, se dirigió a toda prisa hacia la torre. Estaba muy cerca, pero su silueta se escondía en una oscuridad extraña.
—La niebla de ese río —le dijo a Flambeau— tiene un especial olor.
—¡Vive Dios, que sí! —exclamó Fanshaw.
—Pero no querrá usted decir...
—Quiero decir que una de las predicciones científicas del Almirante se cumplirá esta noche. Esta historia va a terminar en humo.
Aun hablaba cuando una hermosa luz encarnada pareció florecer repentinamente como una rosa gigantesca, entre crepitaciones y ruidos estridentes, como carcajadas de demonios.
—¡Dios mío! ¿Qué es eso? —exclamó sir Cecilio Fanshaw.
—La señal de la torre en llamas —dijo el padre Brown, dirigiendo el chorro de agua al centro mismo del foco encarnado.
—¡Suerte que no nos hayamos ido a dormir! —gritó Fanshaw—. Supongo que el fuego no se extenderá hasta la casa.
—Recuerde usted —contestó el sacerdote con voz inalterable— que la cerca que podía haberlo propagado, ha sido previamente cortada.
Flambeau volvió los ojos a su amigo, como a efectos de una sacudida eléctrica, pero solo Fanshaw dijo como distraído:
—Menos mal que no peligra nadie.
—Es una torre muy curiosa —observó el padre Brown—. Cuando habría de matar a alguien, mata a los que se hallan en otra parte.
Al mismo tiempo, la monstruosa figura del jardinero, con su barba torrencial, se destacó en el balate contra el cielo; pero no empuñaba un rastrillo, sino un machete. Detrás de él se mostraron los dos negros, armados también con los viejos machetes de la panoplia, pero a la luz roja y vestidos de amarillo, parecían diablos con instrumentos de tortura. En lo hondo del jardín, recogido en la sombra, retumbó una voz imperiosa dando instrucciones. Al oír esta voz, el semblante del sacerdote experimentó un cambio terrible.
Pero él permaneció en su puesto, sin apartar la vista del foco de llamas, que había tomado cierto incremento, pero que cedió luego seseante bajo la presión de la poderosa manga de agua. Mantenía el dedo en la boca del caño para mejor asegurar la puntería, sin atender a otra cosa, enteramente sordo por el ruido, y por el rabillo del ojo observaba los incidentes que se desarrollaban en el jardín aislado. No dio más que dos instrucciones lacónicas a sus amigos.
—Derribad a esos hombres como podáis y atadlos con las cuerdas de estos haces. Quieren quitarme la manguera—. Y la otra—: En cuanto podáis hacerlo, llamad a esa muchacha de la canoa, que está en la orilla del río con los gitanos. Preguntadle si puede cruzarlo con algunos cubos y acarrear agua del río.
Luego cerró la boca y continuó regando la rosa de fuego con la misma rudeza con que regó antes el rojo tulipán. No se volvió siquiera a mirar la extraña lucha que sé entabló entre los enemigos y los amigos del misterioso fuego. Casi oyó temblar la isla cuando Flambleau entró en combate con el feo jardinero, y se imaginaba dando vueltas en torno a ellos mientras movían los puños. Percibió el cheque de la caída y oyó el rugido de triunfo de su amigo al tumbar al primer negro, y los gritos de los dos cuando Flambeau y Fanshaw los ataron. La prodigiosa fuerza de Flambeau contrarrestaba la desigualdad de la lucha, especialmente porqué el cuarto hombre aun permanecía junto a la casa, ocultándose en la sombra y gritando. También le llegó el ruido del agua golpeada por los remos de la muchacha, la voz de esta dando órdenes, la de los gitanos contestando y acercándose por momentos, el ruido de cubos llenándose en un río de agua y vaciándose, y por fin, el de muchos pasos alrededor del fuego; pero nada tenía para él tanta importancia como el hecho de que la roja grieta que antes había tomado incremento disminuía otra vez poco a poco.
Entonces le llegó un grito que le hizo volver la cabeza. Flambeau y Fanshaw, con el refuerzo de algunos gitanos, se lanzaron a la persecución del hombre misterioso que hasta entonces había permanecido junto a la casa y desde el otro extremo del jardín le llegó el grito de horror y de sorpresa que lanzaba el francés, seguido de un aullido que nada tenía de humano, al desasirse el perseguido de su zarpa para emprender la huida por el prado. Tres vueltas dieron a toda la isla en una carrera espantosa, porque parecía la persecución de un loco, tanto por los gritos que lanzaba el fugitivo como por las cuerdas que llevaban para atarlo sus perseguidores; pero aun era más terrible porque, en cierta manera, daba la impresión de unos niños que jugaban a cazar en el jardín. Por fin, viéndose acorralado, el fugitivo dio un brinco sobre el precipicio más elevado, arrojándose al río y se hundió con un chasquido seco en la impetuosa corriente.
—Ya no pueden hacer ustedes más —dijo el padre Brown en tono helado de pena—. Ya la corriente lo habrá arrastrado hacia las rocas, adonde había él mandado a tantos otros. Sabía utilizar la leyenda de la familia.
—No me hable usted en parábolas —gritó Flambeau impaciente—. ¿No puede decir las cosas con palabras sencillas?
—Sí —contestó Brown con la vista en la manguera—. «Dos ojos abiertos, marcha bien; un ojo cerrado, se hunde».
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El fuego siseaba y chillaba cada vez más, como una fiera estrangulada, perdiendo fuerza y reduciéndose bajo el caudal de la manguera y de los cubos; pero el padre Brown aún no apartaba de allí la vista, seguía hablando:
—Si se viera bastante, rogaría a esa muchacha que mirase con el telescopio la desembocadura del río y la costa. Podría descubrir algo que tiene interés para ella: el barco, o míster Walter Pendragón que viene a casa; y quién sabe si descubriría la mitad del hombre, pues aunque seguramente el joven está ya fuera de peligro, no sería de admirar que estuviese ganando la orilla a nado. Ha estado en inminente peligro de naufragio, y no se hubiera salvado si ella no hubiese tenido el buen sentido de sospechar del telegrama del Almirante y venir a visitarlo. No hablemos del viejo Almirante. No hablemos de nada. Baste decir que siempre qué esta torre se incendia de veras, con sus maderos secos y sus vigas alquitranadas, produce en el horizonte la impresión de una luz de aurora a los que se hallan en la costa.
—Y así —dijo Flambeau— es como murieron el padre y el hermano. El malvado tío ha estado a punto de apoderarse de la hacienda, después de todo.
El padre Brown no contestó. En realidad, ya no volvió a hablar más que por cortesía, hasta que se hallaron los tres reunidos en la cámara del yate, en torno a una caja de cigarros. Vio que el incendio estaba extinguido y no quiso demorarse, aunque ya se oía al joven Pendragón, acompañado por un grupo de entusiastas, subiendo por la ribera, y si se hubiera dejado llevar de romántica curiosidad, hubiera podido recibir las gracias combinadas del novio desde barco y de la novia desde la lancha. Pero había vuelto a apoderarse de él la fatiga, y solo se reanimó cuando Flambeau le dijo de súbito que había dejado caer ceniza del cigarro en sus pantalones.
—No es ceniza del cigarro —dijo cansadamente—, es del fuego; pero usted es lo creen así, porque siempre están fumando, Así es como empecé a concebir las primeras sospechas sobre aquel extraño mapa.
—¿Quiere decir que el mapa del Almirante Pendragón no es la carta de las islas del Pacífico? —preguntó Fanshaw.
—¡Créaselo usted! —contestó Brown—. Ponga una pluma con un fósil y un trozo de coral y todos pensarán que es una muestra. Ponga la misma pluma con una cinta y una flor artificial y todos pensarán que es para el sombrero de una señora. Ponga la misma pluma con un tintero, un libro y unas cuartillas, y muchos estarán dispuestos a jurar que la pluma es para escribir. Así vio usted ese mapa entre pájaros del trópico y conchas y pensó que era el mapa del Pacífico. Era el mapa de este río.
—¿Pero cómo lo sabe? —preguntó Fanshaw.
—Vi la roca que, según usted, se parecía a un dragón y la que se parecía a Merlin, y...
—Por lo visto se fijó usted en muchas cosas cuando entramos en el río —gritó Fanshaw—. Pensábamos que estaba distraído.
—Sufría las molestias del mar —dijo simplemente el padre Brown—. Me sentía mal.
Pero el sentirme mal nada tiene que ver con no ver cosas.
Y cerró los ojos.
—¿Cree usted que muchos hombres lo hubieran visto? —preguntó Flambeau.
No recibió respuesta. El padre Brown dormía ya.