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gilbert keith chesterton
el hombre del pasaje (relato)
Dos hombres aparecieron simultáneamente en los extremos opuestos del pasaje que se abre a lo largo del Teatro Apolo, en el Adelphi. En la calle, la luz de la tarde era copiosa y opalescente. El pasaje era relativamente largo y oscuro, de modo que los hombres podían verse como negras siluetas recortadas en la luz de los extremos. Pero entrambos se reconocieron en aquel dibujo de tinta, pues los dos eran de acentuado contorno y se odiaban mutuamente.
El pasaje cubierto se abría por un extremo a las empinadas calles del Adelphi, y por otro, a un terraplén que dominaba el río, colorado de sol poniente. Un lado del pasaje era una superficie negra, perteneciente al restaurante de un teatro que tuvo que cerrar tras una serie de fracasos. El otro lado del pasaje tenía dos puertas, una a cada extremo. Ni una ni otra era lo que se llama una entrada al escenario; eran puertas privadas, utilizadas exclusivamente por los más distinguidos artistas de la compañía, y, en el presente caso, por un actor y una actriz que representaban obras de Shakespeare. Artistas tan eminentes siempre desean tener esas puertas privadas para recibir amigos o evitarlos.
Aquellos dos señores del caso eran dos amigos que, evidentemente, conocían las puertas y daban por supuesto que se les abrirían, pues los dos se acercaron a la de más arriba con la misma serenidad y confianza, aunque no con la misma velocidad, porque andaba más aprisa el que venía del pasaje, de modo que entrambos llegaron casi al mismo tiempo a la puerta secreta. Se saludaron cortésmente y aguardaron un poco hasta que uno de los dos, el que había llegado más veloz y que parecía más impaciente, llamó.
En esto, y en todo lo demás, los dos eran distintos, sin que al uno pudiera conceptuársele inferior al otro. Como individuos, los dos eran guapos, capacitados y populares. Como personas representantes, entrambos ocupaban primeras filas. Pero todo en ellos, desde su prestigio a su buen aspecto, ofrecía una diferencia inconfundible. E] señor Wilson Seymour era de esa clase de hombres importantes a quienes conoce todo aquel que no vive en Babia. Cuanto más se inmiscuía uno en asuntos políticos o profesionales, con más frecuencia se encontraba— con el señor Wilson Seymour. Era el miembro inteligente de veinte comités faltos de inteligencia para estudiar los diversos asuntos, desde la reforma de la Real Academia hasta el proyecto de bimetalismo para la Gran Bretaña. En las artes era de un modo especial omnisciente. Tan extraordinario era, que nadie podía decidir si se trataba de un gran aristócrata conquistado por el arte o de un gran artista conquistado para la aristocracia. Pero nadie podía hablar con él cinco minutos sin recibir la impresión de haber sido dirigido por él toda la vida.
En su aspecto exterior se distinguía con la misma fuerza de caso excepcional. La moda no hubiera podido hallar tilde en su chistera, pero esta no era como cualquier otra chistera; acaso un poco más— alta para añadir algo a su estatura natural. Su esbelta talla adolecía de una ligera inclinación, más parecía todo lo contrario de flaqueza. Su cabello gris no daba idea de vejez; lo llevaba más largo de lo corriente, pero no le daba aspecto de afemínado; lo tenía rizado y no lo parecía. Su barba, cuidada y puntiaguda, le daba un aire varonil y belicoso, como la de aquellos militares de Velázquez, cuyos cuadros colgaban en las paredes de su casa. Sus guantes grises tiraban más a azul, y su bastón, de puño de plata, era un poco más largo, destacándose de cuantos guantes y bastones se ven por teatros y restaurantes.
El otro no era tan alto, pero nadie hubiera dicho que era bajo, sino que era fuerte y bien parecido. También tenía el pelo rizado, pero casi cortado al rape, y una cabeza maciza y grande, una de esas cabezas con las que se derriba una puerta, como cuenta Chaucer de la de Miller. Su bigote y sus cargadas espaldas proclamaban su profesión militar, pero tenía esos ojos de un azul peculiar y de una mirada franca, que son más frecuentes en los marinos. Su rostro era recio, sus carrillos recios, sus espaldas recias y hasta su chaqueta era recia. En la extremada escuela de la caricatura que estaba en uso, el señor Max Beerbhom lo hubiera representado como una proposición en el cuarto libro de Euclides.
También era un hombre representativo, pero con diferente éxito. No era preciso haber entrado en la más alta sociedad para haber oído hablar del capitán Cutler, del sitio de Hong-Kong y la gran marcha a través de China. No hubierais podido dejar de saber de él doquiera que os hallaseis; su retrato estaba en las postales que recibíais por correo; sus mapas y sus batallas, en cualquier revista ilustrada; las coplas en su honor, en todos los organillos. Su fama, aunque probablemente más transitoria, era diez veces más extensa, popular y espontánea que la del otro. En miles de casas inglesas se le tenía como una figura enorme, como un Nelson. Y, no obstante, tenía en Inglaterra muchísimo menos in— fluencia que el señor Wilson Seymour.
Les abrió la puerta un criado de edad o «ayuda le cámara», cuyo decadente aspecto y traje oscuro y raído contrastaba vivamente con el resplandor del cuarto de la gran actriz. Todo lleno de espejos, con grandes ángulos de refractación, parecía un enorme diamante de cien facetas, dentro del cual se hallase uno metido. Añadid a esto unas cuantas flores, unos cojines de variados colores, unas cuantas prendas de escena y tendréis un cuadro de las Noches Arábicas, en que al moverse uno se producía un movimiento de multitud, capaz de enloquecer a cualquiera.
Los dos se dirigieron al ayuda de cámara por su nombre, llamándole Parkinson, y preguntando por la señora, llamándola señorita Aurora Romo. Parkinson dijo que estaba en el otro cuarto, pero que iba a avisarla. Una sombra cruzó la frente de los dos visitantes, pues el otro cuarto era el del gran actor con quien trabajaba la señorita Aurora y era esta de las mujeres que no despiertan la admiración sin inflamarla en celos. Pero no había transcurrido medio segundo cuando se abrió la puerta interior y apareció ella como siempre aparecía, aun en la vida privada, de modo que hasta el silencio parecía acogerla con una salva de aplausos, que por cierto eran bien merecidos. Vestía un traje extraño de satín gris y azul de pavo real, que tenía relumbres metálicos tan apreciados por los chicos y los admiradores del arte, y su copiosa cabellera castaña adornaba uno de esos rostros más encantadores de mujer, que tan peligrosos son para todos los hombres, especialmente para los jóvenes y para los que ya pintan canas.
En compañía de su colega, el gran actor americano, Isidoro Bruno, estaba representando una interpretación fantástica y muy poética de «Sueño de una noche de Verano», donde hacían papeles preeminentes Obeton y Titania, o sea Bruno y ella. Ejecutando danzas místicas ante la exquisita decoración del escenario, sus ropas grises, con vislumbres de alas de abejas, daban la ilusión de estar viendo a la reina de las hadas. Pero cuando se presentaba vestida de calle, los hombres no tenían ojos más que para su rostro.
Saludó a los dos señores con aquella sonrisa alegre y desconcertante que retenía a tantos hombres a una distancia no menos peligrosa de ella. Aceptó unas flores de Gutler, que eran tan exóticas y costosas como sus batallas; y otro obsequio que el señor Wilson Seymour le ofreció con más indiferencia, porque ni su educación le permitía manifestarse vehemente, ni su extraordinaria corrección ofrecer una cosa tan corriente y vistosa como las flores. Dijo que había cogido una bagatela, un objeto bastante raro; era un antiguo puñal griego de la época de Micenas, y que bien podía pertenecer al tiempo de Teseo e Hipólita. Era de bronce, como todas las armas de los tiempos heroicos, pero bastante afilado para dejar a cualquiera en el sitio. Lo había adquirido, atraído por la forma de hoja que tenía, y era tan perfecto como un vaso helénico. Si le interesaba a la señorita Romo o podía lucirlo en alguna obra de teatro, esperaba que...
La puerta interior se abrió y apareció una enorme figura que contrastaba más con el remilgado Seymour que con el capitán Cutler. De más de seis pies y de una musculatura más de circo que de teatro, Isidoro Bruno, con su piel de leopardo y sus dorados atavíos, parecía un dios bárbaro. Se apoyaba en una especie de lanza de caza, que en el teatro semejaba una vara de plata y en aquel cuarto reducido y relativamente lleno parecía una amenaza.
En sus ojos negros y vivarachos brillaba un fuego volcánico; su rostro bronceado, de regulares facciones, ofrecía en aquel momento una combinación de pómulos salientes y dentadura blanca que evocaba, acaso, su origen americano de las plantaciones del Sur.
—Aurora —dijo con aquella voz de sonoridades de tambor, que emocionaba a los públicos—: querrás...
Se calló indeciso, porque en aquel preciso instante se presentó un sexto personaje en el umbral, un tipo tan raro en aquel ambiente, que casi resultaba cómico. Era un hombre bajito que llevaba el negro hábito del clero secular romano, y que al lado de Bruno y de Aurora parecía un tosco Noé salido de un arca. Sin percatarse, al parecer, del contraste que ofrecía, dijo con torpe cortesía:
—Creo que la señorita Romo me ha mandado llamar.
Un observador perspicaz hubiera observado que la agitación que reinaba en aquellos corazones crecía con una interrupción tan fría. La presencia de un célibe profesional parecía descubrir a los otros el hecho de que rodeaban a la dama como un anillo de rivalidades amorosas, como al entrar una persona con el abrigo nevado en una estancia despierta la conciencia de la comodidad de su calefacción. La presencia del único hombre a quién rio interesaba la belleza corporal de la señorita Romo acrecentó en los otros el sentimiento de su amor a ella, en un sentido más o menos peligroso: el actor amaba con todo el apetito de un salvaje y de un niño mal criado; el militar con el sencillo egoísmo de un hombre en quien la voluntad supera a la inteligencia; el señor Wilson con esa solidez y concentrada firmeza que ponen los hedonistas en sus chifladuras; hasta el infeliz Parkinson, que la conocía desde antes de sus triunfos y que la seguía, andando o con los ojos, de un puesto a otro, la quería con la callada fascinación de un perro.
Una persona sagaz hubiera observado otra circunstancia no menos curiosa, que recogió con intensa y contenida satisfacción el hombrecillo de hábito talar. Era evidente que la gran Aurora, aunque no se mostraba indiferente a la admiración del otro sexo, deseaba en aquel momento librarse de sus admiradores y quedarse a solas con quien no la admiraba, al menos en el mismo sentido, ya que al sacerdote le causaba gozosa admiración la diplomacia femenina que la artista desplegó con gran firmeza para lograr su propósito. Acaso era aquella la única cualidad en que se revelaba la inteligencia de Aurora Romo. El curita pudo apreciar la rápida precisión de aquella estrategia, solo comparable a la de Napoleón, con que alejó a todos sin ahuyentar a nadie. Bruno, el corpulento actor, era tan infantil, que resultaba fácil apartarlo, dándole con la puerta en la nariz. Cutler, el oficial británico, era un paquidermo para las ideas, pero muy puntilloso en el proceder. No descubría nunca la intención, pero antes moriría que dejar de cumplir un determinado encargo de una dama. En cuanto al viejo Seymour, requería un trato diferente, y había dejarlo para después. El único medio de desprenderse de él era apelar de un modo confidencial, describiéndole el secreto de aquella limpieza. El sacerdote no pudo menos de admirar a la señorita Romo cuando alcanzó los tres objetivos en una sola y brillante acción.
Se acercó al capitán Cutler y le dijo con toda su dulzura:
—Aprecio en su valor estas flores, porque deben de ser sus flores preferidas. Pero no estarían completas sin mi flor predilecta. Vaya a la tienda que está al volver la esquina y tráigame algunos lirios de los valles; entonces será un ramo perfecto.
El primer objetivo de su diplomacia, la salida a enojado Bruño, lo alcanzó en un momento. Había él entregado la lanza con estilo señorial, como si alargase un cetro, al infeliz Parkinson, y se disponía a sentarse en uno de los cojines como en un trono. Pero ante aquel ruego dirigido a su rivaI brilló en sus ojos toda la insolencia de un meridional, apretó su enorme puño un momento, y luego abriendo de un empujón la puerta, desapareció en su cuarto. Pero, entretanto, el éxito de la señorita Romo al movilizar el ejército británico no había sido tan rotundo como era de esperar. Cierto que Cutler se había levantado al instante, dirigiéndose a la puerta tiesamente y sin sombrero, como si obedeciese a una voz de mando. Pero acaso notó cierta elegante ostentación en la lánguida actitud de Seymour, apoyándose contra uno de los espejos, que le hizo detenerse un segundo a la entrada para volver la cabeza con el aturdimiento de un perro de presa.
—He de indicar a ese imbécil dónde ha de ir —dijo Aurora con voz de susurro a Seymour, y corrió a la puerta para dar prisa al que se marchaba.
Seymour parecía estar escuchando, sin alterar su postura de elegante indiferencia, y pareció aliviado al oír que la dama gritaba ciertas instrucciones al capitán, y luego se volvía y echaba a correr, riendo, por el pasaje, hacia el otro extremo, es decir, hacia el terraplén que dominaba el Támesis. Pero inmediatamente se fruncieron las cejas de Seymour. Una persona de su posición tiene muchos rivales, y recordaba que al otro lado del pasaje estaba la puerta correspondiente al cuarto de Bruno. No perdió su dignidad, dijo algunas frases al Padre Brown sobre la restauración de la arquitectura bizantina en la Catedral de Westminster y luego, con la mayor naturalidad, salió andando hacia la parte superior del pasaje. El Padre Brown y Parkinson quedaron solos, y ni uno ni otro estaban de humor para mantener una conversación superficial. El ayuda de cámara se agitó por el cuarto moviendo espejos, y su traje negro le daba un aspecto más fúnebre con la festiva lanza del Rey Oberon, que aún empuñaba. Cada vez que movía el marco de un espejo, aparecía una nueva imagen negra del Padre Brown. La habitación, tan ridículamente llena de espejos, estaba sembrada de Padres Browns, que revoloteaban por el aire como ángeles y daban saltos mortales tomo acróbatas, volviendo la espalda a todas partes como personas mal educadas.
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El Padre Brown parecía no percatarse de aquella nube de testigos, pero siguió a Parkinson con mirada de perezosa atención hasta que el hombre y la lanza desaparecieron en el cuarto contiguo de Bruno. Entonces se abandonó a una de aquellas meditaciones abstractas que siempre le gustaban, calculando los ángulos de los espejos, los ángulos de cada refracción, el ángulo en que cada espejo había de disponerse en la pared... cuando se oyó un grito fuerte, pero sofocado.
Se levantó de un brinco y permaneció escuchando, rígido. Al mismo tiempo entró precipitadamente el señor Wilson Seymour, pálido como el marfil.
—¿Quién es ese hombre del pasaje? —gritó—. ¿Dónde está mi puñal?
Antes que el Padre Brown pudiera girar sobre sus pesadas botas, Seymour estaba buscando e, arma por el cuarto, y antes que pudiera encontrar lo que buscaba, se oyeron pasos precipitados en el pavimento del pasaje y asomó en la entrada la recta cabezota de Cutler, quien aún llevaba grotescamente el manojo de lirios del valle.
—¿Qué es esto? —exclamó—. ¿Quién es ese que está en el pasaje? ¿Es una de sus chanzas?
—¿De mis chanzas? —repitió su pálido rival, avanzando contra él.
Mientras esto sucedía, el Padre Brown salió al pasaje, miró, y se alejó corriendo hacia algo que veía.
Los dos caballeros abandonaron su contienda y corrieron tras él, mientras Cutler lo llamaba a gritos:
—¿Qué hace usted? ¿Quién es usted?
—Me llamo Brown —dijo el sacerdote, que estaba inclinado sobre un objeto y se incorporó al llegar los otros a su lado—. La señorita Romo mandó a buscarme y acudí a toda prisa, pero llegué demasiado tarde.
Los tres hombres contemplaron aquello, y para uno de los tres al menos la vida acabó allí como acaba la luz de la tarde, que entraba en el pasaje como un chorro de oro, en medio del cual Aurora Romo yacía con el esplendor de sus atavíos teatrales y con la cabeza vuelta hacia el techo. El vestido se le había rasgado de un tirón, dejándole al descubierto el lado derecho de la espalda, pero la herida de la que manaba la sangre en abundancia estaba al otro lado. El puñal de bronce brillaba a pocos pasos.
El primer momento fue de un trágico silencio, durante el cual se oyó la risa de una florista al otro lado de Charing Cross y el silbido de alguien que pedía insistentemente un taxi, en una de las calles adyacentes a la ribera. Entonces, el capitán, en un movimiento rápido que más parecía un acto de comedia que de pasión, agarró al señor Wilson Seymour de la garganta.
Seymour le dirigió una mirada severa, que ni indicaba temor ni deseos de lucha, mientras le decía con voz de la mayor frialdad:
—No se tome la molestia de matarme, ya lo haré por mi cuenta y riesgo.
El capitán vaciló un momento y lo soltó antes que el otro añadiese con la misma flema:
—Si no tengo valor para hacerlo con ese puñal, lo haré en un mes bebiendo.
—A mí no me basta con beber —replicó Cutler—. Pero antes de matarme necesito sangre. No la suya... pero ya sé la de quién.
Y antes que los otros pudieran sospechar su intención, cogió el puñal, corrió hacia la puerta del extremo inferior del pasaje, la abrió de un empujón, haciendo saltar la cerradura, y se enfrentó con Bruno en el cuarto del artista. Entretanto, el viejo Parkinson salió tambaleándose a la puerta, y al ver el cadáver en el pasaje, se acercó agitada— mente, lo contempló con cara desencajada, y con paso tembloroso se volvió al cuarto de la artista y se dejó caer en uno se los sillones almohadonados. El Padre Brown se acercó al instante a él, sin hacer caso de Cutler y del coloso actor, aunque la habitación de este retemblaba ya de golpes y había empezado la lucha por la posesión del puñal. Seymour, que aún conservaba cierto sentido práctico, lanzaba silbidos de alarma al extremo del pasaje para atraer a la policía.
Cuando esta llegó, tuvo que separar a los dos hombres, que estaban aferrados como monos en una lucha cuerpo a cuerpo, y después de algunas preguntas de rigor, quedó detenido Isidoro Bruno bajo la acusación de asesinato lanzada contra él por su enfurecido adversario. El hecho de que el héroe nacional de moda hubiese detenido a un criminal por su propia mano, sin duda había de tener fuerza probatoria para la policía, que a veces es tan impresionable como un periodista. Trató a Cutler con atención algo solemne y descubrió que tenía un rasguño en la mano. Y es que mientras Cutler acorralaba a Bruno entre la silla y la mesa, el actor consiguió arrancarle el arma infiriéndole un herida en la muñeca. El daño no tenía importancia, pero el detenido no cesó de mirar con fría sonrisa, hasta que se lo llevaron, la sangre que al otro le salía.
—¿Pero es un cafre ese hombre? —dijo en tono confidente a Cutler el agente de la autoridad.
Cutler no contestó, más un momento después dijo con firme resolución:
—Hemos de atender a la... muerta... —y se le ahogó la voz en la garganta.
—A los muertos —se oyó decir a una voz que llegaba del otro lado de la habitación—. Este desgraciado acababa de expirar cuando yo me he acercado—. Y se quedó contemplando al viejo Parkirson que parecía un fardo negro entre los vivos colores de los cojines. También él había pagado su tributo, no sin elocuencia, a la muerta.
El silencio que siguió quedó roto por Cutler, que probó no estar desposeído de una ruda terneza al declarar secamente:
—Le tengo envidia. Recuerdo que la seguía con los ojos dondequiera que ella se volviese. Ella su aire y al faltarle se ha asfixiado. Ya está muerto.
—Todos estamos muertos —dijo Seymour con voz extraña, mirando a la calle.
Se despidieron del Padre Brown en una esquina con algunas excusas por la rudeza que hubieran podido manifestar. Los dos ponían una cara trágica y enigmática.
La cabeza del sacerdote era un torbellino de idea que no podía fijar; aunque estaba seguro de pena que sentían aquellos señores, no lo estaba de que fuesen inocentes.
—Ha sido preferible que nos marchemos —observó Seymour cansadamente— después de hacer cuanto hemos podido para ayudar.
—No me interpreten ustedes mal —replicó con calma el Padre Brown —si les digo que han hecho todo lo posible para perjudicar.
Los dos se sobresaltaron como si fueran culpables, y Cutler preguntó vehementemente:
—¿Para perjudicar? ¿A quién?
—A ustedes mismos —contestó el sacerdote—. No aumentaría sus desazones con nuevas inquietudes si no considerase de justicia advertirles. Han hecho ustedes cuanto han podido para que los ahorquen, si ese actor resulta inocente. Sin duda me citarán y me veré obligado a declarar que, después de oírse el grito, ustedes dos volvieron al cuarto de la artista en un estado de viva agitación y se pusieron a reñir a causa de un puñal. A juzgar por más declaraciones bajo juramento, cualquiera de ustedes dos puede ser el autor de esa muerte. Esto les perjudica, para no hablar del grave daño que se ha causado el capitán Cutler con el puñal.
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—¿Yo? —exclamó el capitán con desprecio—. ¡Un simple rasguño!
—Que ha hecho salir sangre —replicó el sacerdote—. Ahora sabemos que el bronce está ensangrentado y nadie sabrá ya si lo estaba antes.
Guardaron silencio y luego Seymour, con énfasis que contrastaba con su acento ordinario, dijo:
—Pero yo vi a un hombre en el pasaje.
—Ya sé que lo vio —contestó el clérigo con cara inexpresiva —y también lo vio el capitán Cutler. Por eso resulta tan inverosímil.
Antes que los otros pudieran comprender el significado de sus palabras, el Padre Brown se excusó cortésmente y se alejó taconeando y agitando su curioso paraguas.
Tal como hoy día están dirigidos los periódicos, las noticias que se dan más a conciencia y con más importancia son las de la policía. Si es cierto que en el siglo Veinte llenan más espacio los asesinatos que la política se debe a la sencilla razón de que un asesinato es un asunto más serio. Pero ni aun esto explica la enorme preponderancia que dio la Prensa de Londres y de provincias al «Caso de Bruce o «El Misterio del Pasaje». Tan excitados estaban los ánimos, que, durante algunas semanas, la Prensa dijo realmente la verdad, y los informes de las investigaciones e interrogatorios, aunque interminables y casi intolerables, eran veraces. Claro que la verdadera razón de aquellos estaba en la coincidencia de las personas. La víctima era una actriz popular, el acusado, un actor popular, y el acusado había sido detenido con las manos ensangrentadas por el soldado más popular de la temporada patriótica. En circunstancias tan extraordinarias, la Prensa vivió en un lapso de honradez y precisión, y la historia de este extraño asunto quedó resumida en las reseñas del juicio de Bruno.
El presidente del tribunal en este procese el señor Justice Monkhouse, uno de esos jueces escarnecidos por su caprichoso proceder, pero que generalmente son mucho más serios que los jueces serios, ya que su veleidad proviene de una viva impaciencia producida por la solemnidad profesional, mientras que el juez serio está lleno de frivolidad, porque no pasa de ser vanidoso. Como los principales actores eran de fama mundial, los abogados no podían ser menos. El fiscal era Walter Cowdray, un abogado de peso, que sabía ser inglés y aceptar de mala gana la retórica. El preso estaba defendido por el señor Patrik Butler, a quién consideraban un mero charlatán aquellos que no comprenden el carácter irlandés o no habían sido defendidos por él. En los informes médicos no había contradicción, estando de acuerdo el doctor a quién Seymour llamó en el acto, con el eminente cirujano que luego examinó el cadáver. Aurora Romo había sido herida con un instrumento punzante como un cuchillo o un puñal; pero, en todo caso, con un arma de hoja corta. La herida llegaba al corazón y la muerte fue instantánea. Cuando la vio el primer doctor haría escasamente veinte minutos que había muerto. Por tanto, cuando la encontró el Padre Brown, apenas hacía tres que estaba muerta.
Siguieron las declaraciones de detectives oficiales, concernientes principalmente a la prueba de si hubo o no lucha. El único elemento de juicio era el vestido negro rasgado por la espalda, que estaba en desacuerdo con la dirección y finalidad del golpe. Cuando se hubieron expuesto, que no explicado, estos pormenores, se llamó al primero de los testigos de verdadera importancia.
El señor Wilson Seymour prestó declaración como solía hacer todas las cosas: no solo bien, sino perfectamente. Aunque era más popular que el mismo juez, supo borrarse con un exquisito tacto para presentarse como un simple ciudadano ante la Justicia del Rey, y aunque todo el mundo lo miraba como podía mirarse al Primer Ministro o al Arzobispo de Canterbury, no hubieran podido decir de su intervención en el caso más que si se hubiera tratado de un caballero particular. Fue también de una claridad transparente, como en los comités que presidía. Había ido a visitar a la señorita Romo al teatro, allí encontró al capitán Cutler, estuvieron un rato juntos con el acusado, que luego volvió a su cuarto; se les unió un sacerdote católico, que preguntó por la artista y dijo llamarse Brown. La señorita Romo salió del teatro por la puerta del pasaje para indicar al capitán Cutler la tienda donde había de comprarle algunas flores más. Distintamente oyó a la interfecta, después de dar el encargo al capitán, reír mientras se alejaba por el pasaje hacia el otro extremo, donde estaba la puerta del cuarto del preso. Movido a curiosidad por aquellos movimientos rápidos de sus amigos, salió cachazudamente y avanzó por el pasaje mirando a la puerta del acusado. ¿Vio algo en el pasaje? Sí, vio algo en el pasaje.
El señor Walter Cowdray abrió una pausa impresionante, durante la cual el testigo se volvió al auditorio, resaltándole, en lo irreprochable de su porte externo, la palidez de su cara. Luego el abogado preguntó en voz baja, entre piadosa e insinuante:
—¿Lo apreció usted bien?
El señor Wilson Seymour, aunque conmovido, tenía serena la cabeza al contestar:
—Perfectamente en cuanto al contorno de la figura, pero muy mal en cuanto a los detalles dentro del contorno. El pasaje es tan largo, que cualquiera que esté en medio aparece negro como una silueta recortada en la luz del extremo—. El testigo bajó los ojos y añadió—: Ya había notado este fenómeno cuando entró en el pasaje el capitán Cutler.
Se hizo un silencio durante el cual se inclinó el juez a tomar una nota.
—Bien —prosiguió preguntando el señor Walter ¿cómo era esa silueta? ¿Era, por ejemplo, como la figura de la mujer asesinada?
—De ningún modo —contestó Seymour con toda calma.
—¿Qué le pareció a usted?
—Me pareció un hombre alto.
Todos los de la sala fijaron la vista en su pluma o en el puño de su paraguas o en su libro o en sus botas o en cualquiera otra cosa que estuviesen mirando. Parecía que les costaba un gran esfuerzo mantener apartados los ojos del acusado, cuya enorme estatura se imaginaban en el pasaje; y cuando todas las miradas se apartaron de él, pareció agigantarse su figura más todavía.
Cowdray volvió a sentarse con toda solemnidad, recogiendo su toga de seda negra y atusándose sus bigotes plateados. El señor Wilson bajaba de la tarima de los testigos después de añadir algunos pormenores a su declaración, cuando el abogado defensor se levantó y lo detuvo.
—No le molestaré más que un momento —dijo el señor Butler, que a más de tener un vulgar aspecto, con sus cejas rubias, parecía estar siempre durmiendo—. ¿Tiene la bondad de decir al señor Presidente cómo conoció usted que se trataba de un hombre?
Una leve sonrisa floreció un momento en los labios de Seymour al contestar:
—Por el único y vulgar testimonio de los pantalones. Cuando vi la luz del día entre sus piernas me convencí de que, después de todo, era un hombre.
Los soñolientos ojos de Butler se abrieron de súbito como si hubiera oído estallar una bomba.
—¡Después de todo! —repitió cachazudamente—. ¿De modo que pensó al principio que era una mujer?
Seymour pareció turbarse por vez primera.
—Es algo curioso —dijo—. Pero si su señoría permite que conteste según la impresión que me produjo, lo haré con mucho gusto. Había algo en aquella silueta que no era exactamente de una mujer, pero que tampoco era por completo de un hombre; las curvas eran algo diferentes y tenía algo que parecía cabello largo.
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—Gracias —dijo el señor Butler, sentándose como si ya tuviese lo que deseaba.
El capitán Cutler no estuvo en su declaración tan taxativo y ecuánime como el señor Wilson, pero el relato de los hechos originarios fue el mismo. Describió la vuelta de Bruno a su cuarto, el encargo que recibió él mismo de comprar unos lirios del valle, su regreso por el extremo superior del pasaje, lo que vio en este, sus sospechas de Seymour y su lucha con Bruno. Pero añadió muy poco a la figura negra que él y Seymour habían visto. Preguntado por esta silueta, contestó que no era crítico de arte, con un dejo de ironía contra Seymour. Preguntado si le pareció hombre o mujer, dijo que más parecía un monstruo, con evidente alusión al acusado. Pero el capitán estaba sinceramente apenado y lleno de rencor, y Cowdray le excusó de confirmar hechos que estaban harto claros.
El abogado defensor también fue breve en su interrogatorio, aunque, según costumbre, en su misma brevedad era lento.
—Se ha valido usted de una palabra ambigua —dijo mirando a Cutler, como quien despierta de un sueño—. ¿Qué quiere decir con eso de que más parecía un monstruo que un hombre o una mujer?
Cutler pareció turbarse seriamente.
—Tal vez hice mal en usar esa expresión —dijo— —Cuando una bestia tiene hombros extraordinariamente subidos como un chimpancé y cerdas que le salen erizadas de la cabeza como a un puerco...
El señor Butler le atajó, impaciente:
—No nos importa si sus cabellos parecían cerdas. ¿Se parecía a una mujer?
—¿A una mujer? —exclamó el militar—. ¡Voto a bríos, no!
—El último testigo dijo que lo era —comentó el abogado defensor con inconsiderada rapidez—. ¿Tenía la figura esas curvas más o menos femeninas a que se ha aludido tan concretamente? ¿No? ¿No había tales curvas femeninas? ¿La silueta, según he comprendido por lo que usted ha dicho, era más pesada y recia que otra cosa?
—Es posible que estuviese inclinada adelante —dijo Cutler con voz empañada.
—O es posible que no —dijo el señor Butler, volviéndose a sentar.
El tercer testigo llamado por el señor Walter Cowdray era el desmedrado clérigo católico, tan bajito, comparado con los que le precedieron, que su cabeza apenas salía de la barandilla, de modo que parecía que interrogaban a un chiquillo. Más, por desgracia, diríase que al señor Walter se le había metido en la cabeza que, principalmente por afinidad religiosa, el Padre Brown estaba de parte del acusado, porque este era impío y extranjero y entreverado de negro. Por tanto, procuraba acosar al Padre Brown siempre que este orgulloso papista trataba de explicar algo, y le mandó que contestase por sí o por no y que contase los hechos sin jesuitismo. Cuando el Padre Brown empezó a decir sencillamente quién pensaba que era el hombre del pasaje, el fiscal le atajó diciendo que no le interesaban sus opiniones.
—Se vio en el pasaje una silueta negra. Y dice usted que vio también la silueta negra. Bien, ¿qué forma tenía?
El Padre Brown pestañeó bajo aquel chaparrón adusto, pero estaba acostumbrado a la obediencia.
—La forma —contestó— era baja y gruesa, pero le salían de cada lado de la cabeza dos cosas negras que parecían cuernos y que...
—¡Bah! El diablo con cuernos, sin duda —exclamó Cowdray, hundiéndose en su asiento, muy divertido—. Era el diablo que venía a comerse a los protestantes.
—No —dijo el sacerdote, sin alterarse—: yo sé quién era.
Todos los que escuchaban tuvieron la impresión de una monstruosidad fuera del alcance de la razón. Olvidaron la figura relacionada con quien se sentaba en el banquillo de los acusados para pensar únicamente en la aparición del pasaje, y esta figura descrita por tres personas tan capacitadas como respetables adquirió la forma solo concebible en una pesadilla: uno creía haber visto a una mujer; otro, a un monstruo; el tercero, a un diablo...
El juez contemplaba al Padre Brown con mirada recta y penetrante.
—Es usted un testigo extraordinario —dijo—. Pero no sé qué le noto que me induce a pensar que trata usted de decir la verdad. Bien, ¿quién era el hombre que vio usted en el pasaje?
—Era yo mismo —dijo el Padre Brown.
Butler se levantó del asiento con extraordinaria pereza y preguntó con calma:
—¿Su Excelencia me permitirá interrogar al testigo? —y sin preámbulos, hizo a Brown una pregunta que parecía incoherente—: Ha oído usted hablar de este puñal. ¿Sabe que los expertos han dicho que el crimen se cometió con un arma de hoja corta?
—De hoja corta —asintió el Padre Brown —pero de muy larga empuñadura.
Antes que la audiencia pudiera desechar la idea de que el sacerdote se había visto a sí mismo cometiendo un asesinato con un puñal de hoja corta pero de puño largo, circunstancia que hacía más horrible el crimen, se apresuró a dar una explicación.
—Quiero decir que los puñales no son las únicas armas de hoja corta. Las lanzas también tienen hojas cortas y las lanzas también se pueden manejar como puñales, y más si son de esas lanzas de fantasía que suelen usarse en los teatros, como la lanza con la que el pobre Parkinson mató a su mujer, poco después de haberme mandado llamar para arreglar sus conflictos de familia... Y yo llegué demasiado tarde. ¡Dios me perdone! Pero murió penitente. El remordimiento lo mató. No pudo sobrevivir a lo que había hecho.
La impresión general fue que el rechoncho sacerdote no estaba bien de la cabeza y se había vuelto loco de remate ante el tribunal. Pero el juez seguía mirándole con gran interés, y el abogado defensor procedió a interrogarle de un modo imperturbable:
—Si Parkinson se sirvió de una lanza de teatro, se la debió de arrojar de una distancia de cuatro yardas. ¿Cómo se explica usted las señales de lucha, tal como el vestido rasgado por la espalda?
Nadie se fijó en que formulaba una pregunta que podía haber contestado un técnico, más no un mero testigo.
—El vestido de la desgraciada —contestó este— se rasgó al cogerse en el entrepaño que se abrió tras ella. Ella forcejeó por librarse, y mientras esto hacía, salió Parkinson del cuarto del preso y le clavó la lanzada.
—¿Un entrepaño? —repitió el abogado con acento de curiosidad.
—Había un espejo en el lado anterior —exclamó el Padre Brown—. Mientras yo estaba en el cuarto de la artista noté que algunos de aquellos espejos probablemente podían abrirse hacia el pasaje.
Se produjo un largo silencio que rompió el mismo juez.
—¿Así, usted quiere decir realmente que cuando miró a lo largo del pasaje, el hombre a quién vio no era otro que usted mismo reflejado en el espejo?
—Sí, señor; eso es lo que quería decir —contestó Brown—. Pero me preguntaban por la forma, y nuestros sombreros son de alas que parecen cuernos, y por eso yo...
El juez se inclinó hacia adelante con un brillo extraordinario en sus cansados ojos, y dijo en muy diferente tono:
—¿Quería usted decir que, cuando el señor Wilson Seymour vio aquella figura de curvas, con cabellera de mujer y pantalones de hombre, no vio a otro que al señor Wilson Seymour?
—Sí, señor —dijo el Padre Brown.
—¿Y quería usted decir que, cuando el capitán Cutler vio aquel chimpancé encogido de hombros con pelos de cerdo en la cabeza, no vio a otro que a sí mismo?
—Sí, señor.
El juez se recostó en el respaldo de su sillón con un abandono entre cínico y admirativo.
—¿Y puede decirnos —preguntó— cómo conoció usted su imagen en el espejo cuando dos personas tan distinguidas no se conocieron?
El Padre Brown pestañeó más violentamente que antes y declaró:
—Realmente, señor, no lo sé... como no sea por la sencilla razón de que yo no me miro con tanta frecuencia.