la goleta maldita (relato)
—¡Cuerpo de un tiburón!... Esta vez habéis perdido... ¡Pago una pinta de aguardiente por otra historia mejor! ¡Amigo Climb, os ha derrotado Red! ¡Lo siento por nuestra antigua amistad...!
El que así había hablado, al mismo tiempo que pegaba un fuerte golpe sobre la mesa, era un hombre alto, de tez curtida por el sol y la brisa marina. Todos le conocían por Snap, segundo piloto del Fish, un fino velero de tres palos que, libre ahora de su ruda tripulación, se mecía dulcemente en la bahía de Halifax, en Nueva Escocia.
—¡Va por la pinta de Red y la mía! —gritó un segundo marino—. ¡Por la cola de Moby Dick que ha sido la historia más original que oí contar desde Vancouver al Canal de la Mancha...!
—¡Alto, amigos!... —terció el llamado Red—. ¡Yo no aseguraría nada! ¡Nuestro primer piloto, maese Climb, ha navegado más que un cachalote y a buen seguro que, como desembuche, me gana, querido Snap!
—¡Voto a un tifón! —respondió el aludido—. ¡Mantengo mi apuesta! ¡Esta vez no me gana maese Climb! ¡Habría de ser la mejor historia de los siete mares...!
Los que así se expresaban tan ruidosamente, se hallaban sentados alrededor de una mesa sobre la que se veían unos jarros de cerveza y unas copas de gin, todo ello propiedad de la taberna «Las Tres Morsas». El pequeño local se hallaba casi vacío en estos momentos. El dueño, un hombre gordo, conocido por Fatt, reía complacido echado sobre el mostrador. Conocía bien a estos clientes que cada tres meses más o menos, anclaban delante de su puerta con la misma sed y camaradería. Siempre se divertían de igual manera: barajas o interminables discusiones, que terminaban en apuestas peregrinas.
De pie ante la cercana chimenea, atentos a la disputa de los tripulantes del Fish, había tres jóvenes marineros. Fuera soplaba un viento frío que se colaba por rendijas y agujeros silbando rabiosamente. En el lar ardía un buen fuego.
Maese Climb sonrió. Luego, cachazudamente, vació su pipa de cerezo y la volvió a llenar de aquel fuerte tabaco de Virginia que compraba en Jacksonville. El obeso Fatt hizo un ademán reclamando silencio apoyó su gran barbilla en la mano, se acodó de nuevo sobre el mostrador y quedó expectante. Hecho un brazo de mar, Red esperaba. Snap dio un codazo a su camarada y luego le guiñó con picardía. No se oía más que el viento y el alegre crepitar del fuego en la chimenea.
—Amigos —comenzó diciendo el viejo.
Climb—, no esperéis nada de amores. Nuestro compañero Red, más joven que yo, recuerda sus aventuras en los mares del Sur con gran facilidad por el vuelo de las faldas... Hace muchos años que me retiré en ese aspecto. Además, ¡voto a una ballena! esas historias las guardo en mi corazón y nadie más que yo las sabe...
—¡Bien dicho! —chilló Snap—. ¡Sigue, vieja carpa, mi aguardiente está seguro...!
Climb frotó su roja nariz y continuó:
—No pretendo ganar la apuesta; en buena hora pago el aguardiente para todos. Sin embargo, ya juzgaréis... ¡Cuerpo de Belcebú, Fatt, ya podéis poner ese licor del diablo sobre esta mesa...!
—¡Así se habla! —dijo Fatt apresurándose a cumplir lo mandado.
—¡Me aplaste un mastelero! —gritó Red—. ¡Qué el viejo Climb nos está ganando antes de desembuchar!... ¡Que Fatt nos sirva de juez...!
—¡No por todos mis antepasados! —respondió el aludido—. ¡Por Júpiter, que yo no entiendo de historias ni de amores!... Creo que servirán mejor estos mozos que nos escuchan... —añadió señalando a los tres jóvenes marineros.
—¡Vengan acá esos grumetes! —chilló Red—. ¡Que el Fish entre en los Sargazos y de él no salga, pero que empiece ya esa historia...!
Los mozos, pues, se acercaron y tomaron asiento entre los amigos. De nuevo se hizo el silencio. Fuera, comenzó a llover. La muestra de la taberna empujada por el viento, oscilaba como un péndulo dejando oír chirridos y quejas.
—¡Por los dientes de un tiburón, viejo Fatt! ¡Echad un mástil a esa chimenea, se me hielan los huesos! —dijo Snap.
Corrió Fatt con un brazado de leña, atizó el fuego y ocupó su puesto.
Climb dio una larga chupada a la pipa y comenzó diciendo:
—Lo que os voy a contar ocurrió allá por el año mil ochocientos noventa y tantos... Servía yo por entonces en el buque de S. M. Horace, un viejo crucero de segunda clase. Nos hallábamos por cierto aquella memorable noche, a unas ciento cincuenta millas de Colombo, en Ceilán. Teníamos órdenes expresas de vigilar un gran sector de las rutas holandesas a cuenta de no sé qué piratas que trabajaban como condenados por aquellas aguas. Esa noche, sexta de mi viaje, noche de noviembre, algo fría y brumosa, me encontraba de guardia en el puente. Eran las tres de la madrugada y esperaba con impaciencia la hora del relevo para tomarme una taza de té. Teníamos ligera brisa. Íbamos despacio, cuatro nudos por hora. Las máquinas zumbaban reposadamente y mi cuarto de guardia prometía ser bueno. Sin embargo...
El tabernero se cambió de manos la barbilla. Uno de los jóvenes marinos arrimó más su silla para no perder una sílaba y el rudo Snap entornó sus ojillos.
—No me separaba un solo momento de mi anteojo —continuó maese Climb tras la pequeña pausa—. Cada dos minutos, como era mi deber, asestaba el tubo al horizonte por si veía alguna luz que nos señalara el paso de algún buque. Todo fue bien hasta las cuatro de la madrugada. Entonces, en una de aquellas ocasiones en que miraba, algo se interpuso ante mi vista. Era, bien lo recuerdo una masa grande, como si una gigantesca nube se cernía delante de nuestro barco colgándose del cielo, poco antes despejado y limpio... Como no quería dar crédito a mis ojos, limpié cuidadosamente el instrumento y lo dirigí otra vez hacia lo que tanto llamaba mi atención... Amigos, era cierto: allí estaba, pero esta vez más cerca, más encima del crucero. Yo era por entonces un joven valiente y animoso y ante el temor de un fracaso, no quise dar la voz de alarma, por lo menos hasta haberme cerciorado bien de lo que era «aquello»... Así, pues, esperé unos minutos, pero lo que yo creía sombra no se disipó, antes al contrario, aun se acercaba más y más al buque. A mi mente, lo confieso, acudieron entonces viejas narraciones de monstruos marinos, de nieblas traicioneras que hundían buques entre golpes siniestros... Más no tuve tiempo de fantasear largo rato. Ante mis atónitos ojos, sin aviso, se había echado encima la gran mole. Aun podía remediar el mal si andaba deprisa pero no pude... Escasamente a un cable de distancia, con las velas desplegadas, se alzaba, amenazadora, una hermosa goleta que nos abordaba...
—¡Por la gran ballena blanca! —chilló Red—. ¿Era un abordaje?...
—¡Callad todos! —gritó Snap—. ¡Silencio, u os arrojo por la borda...!
—No era más que una goleta sin mando, amigos —continuó Climb—. Cogí la bocina y grité con todas mis fuerzas: «¡Goleta al pairo! ¡Orza a estribor!» La voz del timonel me contestó. El barco describió una amplia curva. Luego moví el mando y señalé: «¡Avante a toda máquina!» Y segundos después percibí el trepidar de las calderas en su gran esfuerzo. Oí pasos que se acercaban. Más tarde, un chirrido y un gran estrépito. Todo como un relámpago. La goleta había pasado rozándonos no sin llevarse un bote arrancado de cuajo de su pescante. Ante el capitán conté lo sucedido. Él me escuchó atentamente. Era hombre ecuánime, ponderado. Al cabo dio órdenes y fueron transmitidas a la marinería.
—¿Dice usted que no llevaba luces de posición?... —me preguntó el capitán.
—Ninguna, señor —le contesté.
Nos acercamos a popa. La goleta, tras la colisión, no se veía por parte alguna.
El capitán me miró desconfiado.
—Le juro a usted, señor —le dije—, que era una goleta, la vi con mis propios ojos.
—¡Paren las máquinas! —dijo él.
Dimos marcha atrás y buscamos entre la niebla. Yo temblaba de emoción. Pero, efectivamente, dos cables más allá contemplamos la extraña embarcación que quieta, giraba lentamente sobre sí como una peonza. Nos acercamos lentamente a ella y cuando estuvimos a poca distancia, el primer oficial, tomando un megáfono, gritó: «¡Ohé, ohé! ¡Ah, del buque!...» Pero solo el eco de su voz contestó a la llamada...
—¡Por Belcebú! —dijo Red—. ¡Fatt, echa aguardiente queme quedo frío!... ¡Berrr...!
—¡A callar! —dijo Snap, imperioso.
—La goleta quedó en facha —siguió Climb—. Entre la tripulación del Horace, lo juro por todos mis antepasados, había marinos ya barbados. Sin embargo, podía verse el terror en sus rostros. Aquella terrible aparición, aquel buque con las velas desplegadas sin un tripulante, sin una luz ni nada que lo identificara, ponía la carne de gallina a cualquiera. Nada más justo que pensar en la verdad de tantas y tantas historias como se narran en los puertos. Ya sabéis lo que supone para la navegación el peligro de una nave sin gobierno en medio de las aguas. Había que indagar lo ocurrido y ello se propuso nuestro capitán, el cual inmediatamente que se dispuso todo, ordenó se destacase hasta la goleta uno de nuestros botes ocupado por dos hombres y un oficial. En honor a la verdad todos nos ofrecimos. El capitán los escogió y embarcaron. Los vimos marchar no sin cierto temor. A fuerza de remo llegaron a la nave. Ya se recortaba sobre el horizonte tenuemente. La luz del nuevo día asomaba por oriente y esto nos animaba...
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Maese Climb bebió un sorbo de licor, se limpió con el dorso de la mano, y siguió diciendo:
—Tan pronto trincaron a un costado, los vimos subir. Fue, lo recuerdo muy bien, por el moco del bauprés, Primero entró el oficial y luego le siguieron los dos hombres. Pasaron dos minutos, tres, cinco... La muda expectación de mis compañeros, agolpados sobre la borda, era signo más que suficiente de nuestra ansiedad. Pasaron más minutos... Media hora... Con el megáfono llamamos repetidas veces... pero nada...
—¡Por los bigotes de una morsa! ¿Qué ocurría en la goleta? —preguntó Red.
—Ahora lo sabréis —continuó Climb—. Efectivamente, nuestro capitán estaba estupefacto. ¿Qué hacer?... Mas aquella terrible aventura no podía terminar así. Nos miró a todos y ordenó que saliera otro bote. Esta vez embarcaron cuatro hombres y otro oficial. Las órdenes fueron concisas, tajantes. Armados hasta los dientes deberían rescatar a nuestros camaradas del peligro que fuera. El oficial llevaba una linterna. Con ella debería hacernos señales Morse para decirnos lo ocurrido. No se podía esperar. Y así fue. Embarcaron, llegó la nueva expedición y, como la anterior, subió a la nave y desapareció en su inferior... Pasaron diez minutos, quince. Nadie daba señales de vida... Y cuando ya desesperados íbamos a abordar, vimos la linterna no sin acoger sus destellos con un gran «¡hurra!»... Se movía lentamente. El que la empuñaba parecía oscilar, caer, levantarse... ¿Quién lo atacaba?... ¿Qué maligno espíritu lo acometía?... Estas eran nuestras preguntas... Poco a poco fuimos deletreando el mensaje. Decía así: «¡Nos morimos!... ¡Sálvennos!...»
Maese Climb calló breves momentos. Tomó otro trago recreando la vista entre el mudo auditorio y continuó:
—El mensaje llegado a nuestro buque, como es de suponer, nos llenó de asombro y coraje. El comandante parecía un poseso. Chillaba como un condenado. Arriamos el último bote que nos quedaba y en él embarcamos el capitán, el médico de a bordo y cuatro marineros, entre los que me contaba yo. Remamos con ardor y pronto estuvimos bajo la popa de la goleta. Entonces pude leer con claridad: Dora, Génova. Subimos a cubierta. Los primeros rayos del sol nos saludaron alegremente. Ojo avizor recorrimos la desierta nave y, de pronto, uno de mis camaradas dio un grito. Medio oculto entre un rollo de cuerda, encontramos a uno de nuestros compañeros. En su mano ardía aún la lámpara. Lo levantamos. Aun vivía. El médico lo auxilió. Poco a poco abrió los ojos y al vernos gritó como un loco: «¡Ahí, ahí abajo; es horrible!...» Como movidos por el mismo resorte, nos asomamos al entrepuente. Un espectáculo terrible se ofreció a nuestras miradas. Allí, justamente a unos quince pies de profundidad, se hallaban los cuerpos inertes de nuestros compañeros. Todos nos quedamos petrificados. El capitán fue el primero en reaccionar. «¡Abajo! —gritó—. ¡Hay que hacer algo por esos desgraciados!...» Seguidamente nos pusimos manos a la obra. Tres forzudos compañeros se prestaron voluntariamente. El primero fue amarrado y arrojado lentamente al interior. «¡Subidme! —fue su primer grito—. ¡Tirad o me muero!...» Lo izamos aprisa. Cuando se encontró a nuestro lado respiraba con mucha dificultad. El médico le movió los brazos durante unos momentos y luego habló: «¡Mi capitán: muertos, muchos muertos!...»
—¡Por lo que más quieras, viejo Climb! —cortó Red—. ¿Quieres decirnos dé una vez lo que había en aquella maldita goleta?...
—Si me interrumpes, no lo sabrás —dijo Climb—. Decía, pues —continuó—, que todos nos habíamos quedado como mudos. Entonces fue cuando nuestro médico, después de quedar pensativo unos instantes, dio las más extrañas órdenes, tras consultar con el capitán. El bote volvió al crucero y traje una escafandra. El mismo se la puso y luego bajó mientras nosotros dábamos aire. Recuerdo perfectamente que parecía un fantasma del otro mundo en aquella semioscuridad. La gran cabeza de bronce lanzaba destellos verdosos y azulados, parecía fosforescente. Diez minutos después, uno a uno, fueron izados nuestros camaradas. Desgraciadamente, nada se podía hacer por ellos. El doctor tardó algo más en subir y al fin lo vimos aparecer con el libro de a bordo entre sus manos... Cuando, recogidos nuestros muertos volvimos al crucero, el capitán explicó la catástrofe ocurrida a la Dora. Según se desprendía del libro de bitácora, había salido de Génova con un cargamento de ácido y mármol de Carrara. Por las trazas del asunto, un tornado o tifón la había cogido en su centro zarandeándola de tal guisa que la estiba se vino abajo. Uno de los muchos garrafones de ácido se habría roto sin que la tripulación se diese cuenta y el líquido, al corroer el mármol, había generado bióxido de carbono... Este gas, según nos dijo el médico, quedó flotando en la bodega, comenzó luego a subir hasta el entrepuente y saliendo por las escotillas y filtrándose por los mamparos, asfixió poco a poco a la tripulación, atareada en las maniobras o cansada de la brega al tratar de salvar la nave. Quince cadáveres contó el doctor. El misterio de la Dora, había sido descubierto... Cuando, después de las oraciones de ritual echamos nuestros camaradas al mar, tiramos contra la Dora, que se hundió lentamente. En la línea de flotación descubrimos un gran boquete por el que hacía agua sin remedio... No podía ser salvada. Nada mejor que sirviera de gigantesco ataúd a aquellos desgraciados mozos que tan traidoramente hallaron la muerte... Señores, esa es mi historia.
—¡Hurra por maese Climb! —gritaron los oyentes.
—Ha ganado usted la apuesta, señor —dijo uno de los jóvenes marinos.
Y maese Climb, con rostro satisfecho, se rascó la nariz y dio una gran chupada a su pipa en medio de atronadores aplausos y de hurras de sus compañeros.
El que así había hablado, al mismo tiempo que pegaba un fuerte golpe sobre la mesa, era un hombre alto, de tez curtida por el sol y la brisa marina. Todos le conocían por Snap, segundo piloto del Fish, un fino velero de tres palos que, libre ahora de su ruda tripulación, se mecía dulcemente en la bahía de Halifax, en Nueva Escocia.
—¡Va por la pinta de Red y la mía! —gritó un segundo marino—. ¡Por la cola de Moby Dick que ha sido la historia más original que oí contar desde Vancouver al Canal de la Mancha...!
—¡Alto, amigos!... —terció el llamado Red—. ¡Yo no aseguraría nada! ¡Nuestro primer piloto, maese Climb, ha navegado más que un cachalote y a buen seguro que, como desembuche, me gana, querido Snap!
—¡Voto a un tifón! —respondió el aludido—. ¡Mantengo mi apuesta! ¡Esta vez no me gana maese Climb! ¡Habría de ser la mejor historia de los siete mares...!
Los que así se expresaban tan ruidosamente, se hallaban sentados alrededor de una mesa sobre la que se veían unos jarros de cerveza y unas copas de gin, todo ello propiedad de la taberna «Las Tres Morsas». El pequeño local se hallaba casi vacío en estos momentos. El dueño, un hombre gordo, conocido por Fatt, reía complacido echado sobre el mostrador. Conocía bien a estos clientes que cada tres meses más o menos, anclaban delante de su puerta con la misma sed y camaradería. Siempre se divertían de igual manera: barajas o interminables discusiones, que terminaban en apuestas peregrinas.
De pie ante la cercana chimenea, atentos a la disputa de los tripulantes del Fish, había tres jóvenes marineros. Fuera soplaba un viento frío que se colaba por rendijas y agujeros silbando rabiosamente. En el lar ardía un buen fuego.
Maese Climb sonrió. Luego, cachazudamente, vació su pipa de cerezo y la volvió a llenar de aquel fuerte tabaco de Virginia que compraba en Jacksonville. El obeso Fatt hizo un ademán reclamando silencio apoyó su gran barbilla en la mano, se acodó de nuevo sobre el mostrador y quedó expectante. Hecho un brazo de mar, Red esperaba. Snap dio un codazo a su camarada y luego le guiñó con picardía. No se oía más que el viento y el alegre crepitar del fuego en la chimenea.
—Amigos —comenzó diciendo el viejo.
Climb—, no esperéis nada de amores. Nuestro compañero Red, más joven que yo, recuerda sus aventuras en los mares del Sur con gran facilidad por el vuelo de las faldas... Hace muchos años que me retiré en ese aspecto. Además, ¡voto a una ballena! esas historias las guardo en mi corazón y nadie más que yo las sabe...
—¡Bien dicho! —chilló Snap—. ¡Sigue, vieja carpa, mi aguardiente está seguro...!
Climb frotó su roja nariz y continuó:
—No pretendo ganar la apuesta; en buena hora pago el aguardiente para todos. Sin embargo, ya juzgaréis... ¡Cuerpo de Belcebú, Fatt, ya podéis poner ese licor del diablo sobre esta mesa...!
—¡Así se habla! —dijo Fatt apresurándose a cumplir lo mandado.
—¡Me aplaste un mastelero! —gritó Red—. ¡Qué el viejo Climb nos está ganando antes de desembuchar!... ¡Que Fatt nos sirva de juez...!
—¡No por todos mis antepasados! —respondió el aludido—. ¡Por Júpiter, que yo no entiendo de historias ni de amores!... Creo que servirán mejor estos mozos que nos escuchan... —añadió señalando a los tres jóvenes marineros.
—¡Vengan acá esos grumetes! —chilló Red—. ¡Que el Fish entre en los Sargazos y de él no salga, pero que empiece ya esa historia...!
Los mozos, pues, se acercaron y tomaron asiento entre los amigos. De nuevo se hizo el silencio. Fuera, comenzó a llover. La muestra de la taberna empujada por el viento, oscilaba como un péndulo dejando oír chirridos y quejas.
—¡Por los dientes de un tiburón, viejo Fatt! ¡Echad un mástil a esa chimenea, se me hielan los huesos! —dijo Snap.
Corrió Fatt con un brazado de leña, atizó el fuego y ocupó su puesto.
Climb dio una larga chupada a la pipa y comenzó diciendo:
—Lo que os voy a contar ocurrió allá por el año mil ochocientos noventa y tantos... Servía yo por entonces en el buque de S. M. Horace, un viejo crucero de segunda clase. Nos hallábamos por cierto aquella memorable noche, a unas ciento cincuenta millas de Colombo, en Ceilán. Teníamos órdenes expresas de vigilar un gran sector de las rutas holandesas a cuenta de no sé qué piratas que trabajaban como condenados por aquellas aguas. Esa noche, sexta de mi viaje, noche de noviembre, algo fría y brumosa, me encontraba de guardia en el puente. Eran las tres de la madrugada y esperaba con impaciencia la hora del relevo para tomarme una taza de té. Teníamos ligera brisa. Íbamos despacio, cuatro nudos por hora. Las máquinas zumbaban reposadamente y mi cuarto de guardia prometía ser bueno. Sin embargo...
El tabernero se cambió de manos la barbilla. Uno de los jóvenes marinos arrimó más su silla para no perder una sílaba y el rudo Snap entornó sus ojillos.
—No me separaba un solo momento de mi anteojo —continuó maese Climb tras la pequeña pausa—. Cada dos minutos, como era mi deber, asestaba el tubo al horizonte por si veía alguna luz que nos señalara el paso de algún buque. Todo fue bien hasta las cuatro de la madrugada. Entonces, en una de aquellas ocasiones en que miraba, algo se interpuso ante mi vista. Era, bien lo recuerdo una masa grande, como si una gigantesca nube se cernía delante de nuestro barco colgándose del cielo, poco antes despejado y limpio... Como no quería dar crédito a mis ojos, limpié cuidadosamente el instrumento y lo dirigí otra vez hacia lo que tanto llamaba mi atención... Amigos, era cierto: allí estaba, pero esta vez más cerca, más encima del crucero. Yo era por entonces un joven valiente y animoso y ante el temor de un fracaso, no quise dar la voz de alarma, por lo menos hasta haberme cerciorado bien de lo que era «aquello»... Así, pues, esperé unos minutos, pero lo que yo creía sombra no se disipó, antes al contrario, aun se acercaba más y más al buque. A mi mente, lo confieso, acudieron entonces viejas narraciones de monstruos marinos, de nieblas traicioneras que hundían buques entre golpes siniestros... Más no tuve tiempo de fantasear largo rato. Ante mis atónitos ojos, sin aviso, se había echado encima la gran mole. Aun podía remediar el mal si andaba deprisa pero no pude... Escasamente a un cable de distancia, con las velas desplegadas, se alzaba, amenazadora, una hermosa goleta que nos abordaba...
—¡Por la gran ballena blanca! —chilló Red—. ¿Era un abordaje?...
—¡Callad todos! —gritó Snap—. ¡Silencio, u os arrojo por la borda...!
—No era más que una goleta sin mando, amigos —continuó Climb—. Cogí la bocina y grité con todas mis fuerzas: «¡Goleta al pairo! ¡Orza a estribor!» La voz del timonel me contestó. El barco describió una amplia curva. Luego moví el mando y señalé: «¡Avante a toda máquina!» Y segundos después percibí el trepidar de las calderas en su gran esfuerzo. Oí pasos que se acercaban. Más tarde, un chirrido y un gran estrépito. Todo como un relámpago. La goleta había pasado rozándonos no sin llevarse un bote arrancado de cuajo de su pescante. Ante el capitán conté lo sucedido. Él me escuchó atentamente. Era hombre ecuánime, ponderado. Al cabo dio órdenes y fueron transmitidas a la marinería.
—¿Dice usted que no llevaba luces de posición?... —me preguntó el capitán.
—Ninguna, señor —le contesté.
Nos acercamos a popa. La goleta, tras la colisión, no se veía por parte alguna.
El capitán me miró desconfiado.
—Le juro a usted, señor —le dije—, que era una goleta, la vi con mis propios ojos.
—¡Paren las máquinas! —dijo él.
Dimos marcha atrás y buscamos entre la niebla. Yo temblaba de emoción. Pero, efectivamente, dos cables más allá contemplamos la extraña embarcación que quieta, giraba lentamente sobre sí como una peonza. Nos acercamos lentamente a ella y cuando estuvimos a poca distancia, el primer oficial, tomando un megáfono, gritó: «¡Ohé, ohé! ¡Ah, del buque!...» Pero solo el eco de su voz contestó a la llamada...
—¡Por Belcebú! —dijo Red—. ¡Fatt, echa aguardiente queme quedo frío!... ¡Berrr...!
—¡A callar! —dijo Snap, imperioso.
—La goleta quedó en facha —siguió Climb—. Entre la tripulación del Horace, lo juro por todos mis antepasados, había marinos ya barbados. Sin embargo, podía verse el terror en sus rostros. Aquella terrible aparición, aquel buque con las velas desplegadas sin un tripulante, sin una luz ni nada que lo identificara, ponía la carne de gallina a cualquiera. Nada más justo que pensar en la verdad de tantas y tantas historias como se narran en los puertos. Ya sabéis lo que supone para la navegación el peligro de una nave sin gobierno en medio de las aguas. Había que indagar lo ocurrido y ello se propuso nuestro capitán, el cual inmediatamente que se dispuso todo, ordenó se destacase hasta la goleta uno de nuestros botes ocupado por dos hombres y un oficial. En honor a la verdad todos nos ofrecimos. El capitán los escogió y embarcaron. Los vimos marchar no sin cierto temor. A fuerza de remo llegaron a la nave. Ya se recortaba sobre el horizonte tenuemente. La luz del nuevo día asomaba por oriente y esto nos animaba...
Image
Maese Climb bebió un sorbo de licor, se limpió con el dorso de la mano, y siguió diciendo:
—Tan pronto trincaron a un costado, los vimos subir. Fue, lo recuerdo muy bien, por el moco del bauprés, Primero entró el oficial y luego le siguieron los dos hombres. Pasaron dos minutos, tres, cinco... La muda expectación de mis compañeros, agolpados sobre la borda, era signo más que suficiente de nuestra ansiedad. Pasaron más minutos... Media hora... Con el megáfono llamamos repetidas veces... pero nada...
—¡Por los bigotes de una morsa! ¿Qué ocurría en la goleta? —preguntó Red.
—Ahora lo sabréis —continuó Climb—. Efectivamente, nuestro capitán estaba estupefacto. ¿Qué hacer?... Mas aquella terrible aventura no podía terminar así. Nos miró a todos y ordenó que saliera otro bote. Esta vez embarcaron cuatro hombres y otro oficial. Las órdenes fueron concisas, tajantes. Armados hasta los dientes deberían rescatar a nuestros camaradas del peligro que fuera. El oficial llevaba una linterna. Con ella debería hacernos señales Morse para decirnos lo ocurrido. No se podía esperar. Y así fue. Embarcaron, llegó la nueva expedición y, como la anterior, subió a la nave y desapareció en su inferior... Pasaron diez minutos, quince. Nadie daba señales de vida... Y cuando ya desesperados íbamos a abordar, vimos la linterna no sin acoger sus destellos con un gran «¡hurra!»... Se movía lentamente. El que la empuñaba parecía oscilar, caer, levantarse... ¿Quién lo atacaba?... ¿Qué maligno espíritu lo acometía?... Estas eran nuestras preguntas... Poco a poco fuimos deletreando el mensaje. Decía así: «¡Nos morimos!... ¡Sálvennos!...»
Maese Climb calló breves momentos. Tomó otro trago recreando la vista entre el mudo auditorio y continuó:
—El mensaje llegado a nuestro buque, como es de suponer, nos llenó de asombro y coraje. El comandante parecía un poseso. Chillaba como un condenado. Arriamos el último bote que nos quedaba y en él embarcamos el capitán, el médico de a bordo y cuatro marineros, entre los que me contaba yo. Remamos con ardor y pronto estuvimos bajo la popa de la goleta. Entonces pude leer con claridad: Dora, Génova. Subimos a cubierta. Los primeros rayos del sol nos saludaron alegremente. Ojo avizor recorrimos la desierta nave y, de pronto, uno de mis camaradas dio un grito. Medio oculto entre un rollo de cuerda, encontramos a uno de nuestros compañeros. En su mano ardía aún la lámpara. Lo levantamos. Aun vivía. El médico lo auxilió. Poco a poco abrió los ojos y al vernos gritó como un loco: «¡Ahí, ahí abajo; es horrible!...» Como movidos por el mismo resorte, nos asomamos al entrepuente. Un espectáculo terrible se ofreció a nuestras miradas. Allí, justamente a unos quince pies de profundidad, se hallaban los cuerpos inertes de nuestros compañeros. Todos nos quedamos petrificados. El capitán fue el primero en reaccionar. «¡Abajo! —gritó—. ¡Hay que hacer algo por esos desgraciados!...» Seguidamente nos pusimos manos a la obra. Tres forzudos compañeros se prestaron voluntariamente. El primero fue amarrado y arrojado lentamente al interior. «¡Subidme! —fue su primer grito—. ¡Tirad o me muero!...» Lo izamos aprisa. Cuando se encontró a nuestro lado respiraba con mucha dificultad. El médico le movió los brazos durante unos momentos y luego habló: «¡Mi capitán: muertos, muchos muertos!...»
—¡Por lo que más quieras, viejo Climb! —cortó Red—. ¿Quieres decirnos dé una vez lo que había en aquella maldita goleta?...
—Si me interrumpes, no lo sabrás —dijo Climb—. Decía, pues —continuó—, que todos nos habíamos quedado como mudos. Entonces fue cuando nuestro médico, después de quedar pensativo unos instantes, dio las más extrañas órdenes, tras consultar con el capitán. El bote volvió al crucero y traje una escafandra. El mismo se la puso y luego bajó mientras nosotros dábamos aire. Recuerdo perfectamente que parecía un fantasma del otro mundo en aquella semioscuridad. La gran cabeza de bronce lanzaba destellos verdosos y azulados, parecía fosforescente. Diez minutos después, uno a uno, fueron izados nuestros camaradas. Desgraciadamente, nada se podía hacer por ellos. El doctor tardó algo más en subir y al fin lo vimos aparecer con el libro de a bordo entre sus manos... Cuando, recogidos nuestros muertos volvimos al crucero, el capitán explicó la catástrofe ocurrida a la Dora. Según se desprendía del libro de bitácora, había salido de Génova con un cargamento de ácido y mármol de Carrara. Por las trazas del asunto, un tornado o tifón la había cogido en su centro zarandeándola de tal guisa que la estiba se vino abajo. Uno de los muchos garrafones de ácido se habría roto sin que la tripulación se diese cuenta y el líquido, al corroer el mármol, había generado bióxido de carbono... Este gas, según nos dijo el médico, quedó flotando en la bodega, comenzó luego a subir hasta el entrepuente y saliendo por las escotillas y filtrándose por los mamparos, asfixió poco a poco a la tripulación, atareada en las maniobras o cansada de la brega al tratar de salvar la nave. Quince cadáveres contó el doctor. El misterio de la Dora, había sido descubierto... Cuando, después de las oraciones de ritual echamos nuestros camaradas al mar, tiramos contra la Dora, que se hundió lentamente. En la línea de flotación descubrimos un gran boquete por el que hacía agua sin remedio... No podía ser salvada. Nada mejor que sirviera de gigantesco ataúd a aquellos desgraciados mozos que tan traidoramente hallaron la muerte... Señores, esa es mi historia.
—¡Hurra por maese Climb! —gritaron los oyentes.
—Ha ganado usted la apuesta, señor —dijo uno de los jóvenes marinos.
Y maese Climb, con rostro satisfecho, se rascó la nariz y dio una gran chupada a su pipa en medio de atronadores aplausos y de hurras de sus compañeros.