el tercer intento (relato)
El doctor Alexis Garshin se sirvió un vaso de vino, hundióse en su sillón de cuero y contempló las llamas de la chimenea a través del humo de un buen cigarro. Fuera, el viento rugía de un modo terrible. Una ventisca formidable soplaba sobre la tundra, salpicando las ventanas de copos de nieve. Realmente, la prisión de Yarmolinsk, cerca del Círculo Ártico, era la más desolada que el menudo inspector del Gobierno había visitado hasta entonces. Cualquier hombre hubiera enloquecido en aquella soledad. Pero a su jefe, el doctor Melchor Pashew, le pareció un cielo: nadie que le turbara, todo el tiempo necesario para llevar a cabo sus investigaciones biológicas, un sueldo bastante elevado y muy pocos deberes, pues la cárcel, y el hospital adjunto a ella rara vez albergaban más de doce seres humanos. Garshin, también neurólogo, le admiraba mucho.
Pashew acababa de salir a visitar un trampero moribundo. Se excusó por dejar solo a su huésped, pero le prometió estar de regreso antes de —una hora. La noche era gélida, y Garshin estremecíase ante la idea de tener que afrontar el huracán y la nieve. El prefería mucho más la comodidad. Una hora de descanso le sentaría muy bien. Además, en aquella ala de la cárcel no había nadie.
En aquel instante se abrió la puerta. Un joven pálido entró en la estancia. Llevaba el cabello muy corto y tenía unos ardientes ojos de fanático. Garshin supuso que se trataba de un estudiante de Teología.
—Buenas noches, señor —saludó Garshin—. El doctor Pashew ha salido; no volverá hasta dentro de una hora.
—Se ha marchado para siempre —replicó el joven, cerrando la puerta—. No volverá jamás.
—¿De veras? —inquirió Garshin—. Me extraña mucho que diga usted eso.
—Esta es mi oportunidad de hacer conocer al mundo exterior a los seres que me han mantenido preso durante dos años, la verdad de todo. Escúcheme con la mayor atención.
Y clavando la mirada en Garshin, el joven empezó:
—Soy el tercer interno. Éramos dos hombres y una mujer, Katerina Ivanovna. Vinimos aquí desde la Universidad de Astracán, donde un grupo de alumnos nos habíamos entregado al estudio del cerebro y del sistema nervioso. Nuestro dios era el gran Pavlov. Nos recibió una vez y pasamos un mes a su lado. Luego le dejamos porque descubrimos un sabio más grande: Melchor Pashew, el magnífico trabajador de la neurología.
»Seguramente no debe de saber nada de él, pues será usted un ingeniero. Lo noto en que su expresión no es dura. Señor, con todos los respetos debidos a su inteligencia, debo decirle que es usted un niño sin conocimientos, si se le compara con Pashew. Es tan grande cómo el más alto pico de los Alpes; domina el reino de la razón pura; los seres humanos no son, para él, otra cosa que material de estudio. Inmolaría a su propia madre en el altar de la ciencia. Pero es un maestro. Pavlov, Sinstein, Metchuikoff... ninguno de ellos es digno de hacerle el nudo de los zapatos o calentarle el agua para afeitarse.
»En Astracán leímos sus estudios sobre el nervio dorsal accesorio, demostrando que no solo controla las fibras motrices de la laringe, sino también las del corazón. Y esto es una minúscula parte de los descubrimientos de ese hombre genial y asombroso.
»Los experimentos de Pavlov sobre perros fueron un juego de niños, señor. Pashew empezó donde Pavlov terminó, y llegó a una altura astronómica. Cortó la cabeza de un mastín y la conservó viva, funcionando maravillosamente durante tres años. La cabeza ladraba, bebía agua, parpadeaba y mostraba todas las reacciones normales de un perro.
»Al leer esto, nuestro entusiasmo no conoció límites. Delirábamos de admiración. Aquel hombre era un genio cuyas huellas había que seguir, pues llegaría a una altura increíble en sus descubrimientos. Decidimos acudir a él para que nos nombrara sus aprendices. Éramos cuatro, Benno y Nicolai Suvorin, mi novia, que era Katerina Ivanovna, y yo.
»Reunimos cuánto dinero poseíamos, pedimos prestados a unos y a otros y al fin llegamos a Yarmolinsk hambrientos, débiles y más muertos que vivos. Pashew nos tomó enseguida. Una epidemia de peste bubónica acababa de diezmar la población de la provincia y todas las enfermeras e internos del hospital habían muerto.
También había muerto el doctor Plotkin, el ayudante de Pashew. Falleció en el mismo sillón que ocupa usted. No se sobresalte, señor. Eso ocurrió hace tres años.
Empezamos a trabajar. Cuidábamos a los enfermos, enterrábamos a los muertos, hacíamos todo lo que se nos presentaba, y de noche estudiábamos en la sala de disección, junto al gran hombre, Katerina y yo estábamos bajo las órdenes del maestro, y estudiábamos la teoría del famoso médico bengalí, profesor Gobind Lal, de que el ganglio emite sus propios impulsos.
»Ya sé que lo que le digo no es muy claro. Jamás se imaginará usted cómo trabajábamos. Éramos verdaderos esclavos, ansiosos de hacer todo cuanto nos ordenase el hombre a quién idolatrábamos, considerándonos bastante pagados con tal de que nos tolerase junto a él.
»Pero Katerina y yo teníamos nuestros planes. Después de dos años deberíamos ir a Moscú a establecernos como especialistas en enfermedades cerebrales. La fama y la fortuna serían nuestras. Yo sería profesor de la Universidad de Moscú; Katerina sería mi ayudante y solo pensaríamos en la ciencia y en la música. Mi novia era una gran pianista. Cada día, antes de empezar a trabajar, dedicaba media hora a hacer práctica.
«Dominamos pronto el experimento de la cabeza del perro. Pashew había ido ya más lejos y su experimento de conservar viva la cabeza de un chimpancé fue coronado por el éxito. Su idea era muy ingeniosa. La cabeza estaba montada sobre una base de cristal. Todos los nervios del oído, la vista, etc., eran alimentados artificialmente. El sistema circulatorio fue substituido por una pequeña y delicada bomba. Y, para completar la maravilla, la obra maestra de Pashew: una espina dorsal hecha de goma y platino.
«Aquella cabeza de chimpancé rugía, abría la boca, hacía muecas a un espejo. Estaba tan viva como todos nosotros.
»Nicolai y Benno, que no tenían ningún interés en el mundo excepto su ciencia, veneraban a Pashew. Era una verdadera idolatría.
«Un día fueron a pedirle una cosa. Le dijeron: «La cabeza de un antropoide no puede decirle lo que hace el cerebro consciente. Si se tratase de un hombre podría hablar. Piense en el servicio que semejante experimento haría a la ciencia pura.
»—Bien —dijo Pashew.
»—Nosotros nos ofrecemos para que haga la prueba.
»Hablaban en serio. Incluso Pashew se sintió conmovido hasta el extremo de derramar lágrimas de alegría. Intentó disuadirles, les habló durante cinco minutos. Pero ellos insistieron. No tenían parientes, ni les unía al mundo ningún lazo de amor o de otra clase. Solo vivían para la ciencia. Por ello, al fin, el sabio accedió. La decapitación tuvo lugar en la sala de operaciones. Las cabezas fueron colocadas enseguida sobre unas bases de cristal, los bordes cauterizados y los músculos y arterias artificiales, ya preparados, fueron unidos.
»No pude resistir aquel horror. Caí enfermo y pasé tres semanas en el hospital. Cuando estuve sano apenas me atreví a enfrentarme con Katerina, que me miraba despectivamente como a un renegado de la ciencia, un cobarde, un ser despreciable, indigno de ser amado. Para mí fue un golpe muy duro. Pero el corazón de una mujer tiene amplia cabida para la bondad y al cabo de algún tiempo mi prometida volvió a amarme.
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»Vivimos una vida feliz, sobre todo durante el invierno, cuando las noches son largas. Ella se sentaba al piano y tocaba para mí alguna composición de Schubert o canciones populares de nuestro Astracán. Pashew tenía un punto vulnerable en su armadura: era susceptible al encanto de la música y hubiera pasado horas enteras oyendo tocar el piano y cantar. Creo, señor, que todos los hombres de ciencia deberían cultivar algún arte, pues de lo contrario su imaginación se atrofia. Poco antes de morir, Darwin lamentaba haber perdido el gusto a la poesía. Siempre he admirado a Einstein por su devoción al violín. Y al profesor Gobind Lal por lo mucho que le gusta pintar acuarelas.
»A veces, tanto era el arrobamiento con que Pashew escuchaba a Katerina y tan ardientes sus miradas, que sospeché que los dos se amaban. Era una simple idea mía; pero ensombreció mi espíritu bastante a menudo, a pesar de que se esfumaba con rapidez. Pashew, mi ídolo, estaba por encima de tales debilidades; y Katerina me era fiel y sumisa.
»Era mi deber cuidar las dos cabezas, haciendo que las bombas y las células funcionaran bien. Usted, como ingeniero, señor, apreciará la importancia de mi tarea. Pashew era quien tomaba las notas, quien conversaba con Nicolai y Benno, colocando ante sus labios un micrófono que llevaba atado al brazo. Le decían lo que experimentaban, cuáles eran sus reacciones al frío y al calor, al pinchazo de una aguja y al reflejo de un espejo. Hablaban solo de asuntos de interés científico; para ellos el resto del mundo no existía. ¿Me pregunta usted si eran felices? Creo que sí.
»—Nunca he tenido imaginación —dijo un día Pashew, como si estuviera decepcionado—. Una mujer... ¡Oh, cuánta ayuda encontraría en una mujer!
»Katerina contestó enseguida. Con la expresión de un fanático se ofreció al profesor, insistiendo en que la decapitase y añadiera un capítulo más a su trabajo acerca de las reacciones sensitivas de la cabeza sin cuerpo. Me heló el espanto y enloquecí de nuevo. El profesor sentía piedad y alegría a la vez. Experimentaba el orgullo del maestro cuyo alumno ha llegado hasta donde él esperaba.
»Pasaron varias semanas durante las cuales permanecí lejos de este mundo. Cuando volví a vivir y a entregarme a mis tareas, Katerina había desaparecido. Mejor dicho: había desaparecido su cuerpo; su cabeza estaba junto a la de Nicolai, sobre un soporte de cristal.
»Me mira usted horrorizado, señor, y comprendo perfectamente lo que siente. Encienda su cigarro. Fíjese, le tiembla la mano. Tal vez ahora se dé cuenta un poco del infierno en que he vivido, y de la amarga desilusión de mi vida cuando descubrí que mi ídolo era un canalla, un demonio del más profundo infiera:
»Todas las noches me despedía de las cabezas de los únicos seres humanos a quienes había amado. ¿Desea usted saber por qué mi corazón se volvió contra Pashew? Ahora se lo explicaré. Pero no me mire así, me asusta. Una noche estaba solo en el laboratorio, buscando algo a la luz de una vela, cuando oí la voz de Katerina.
»—¡Cobarde! —me decía—. ¡Cobarde! Todos estamos aquí menos tú. ¡Qué loco y qué ciego has sido! Yo solo amaba al doctor Pashew, y él me amó desde la primera noche que llegamos.
»Hui del laboratorio con la vela temblándome en la mano y la cabeza vuelta a otro lado para no ver la piedad en los ojos de Benno y Nicolai, que desde el primer día sabían la verdad. Y una vez fuera me pregunté qué estarían diciendo unos a otros. ¡Les oí reír! ¡Les oí reír despectivamente!
—¡Ya estoy aquí, amigo mío!
En el umbral de la puerta hallábase el doctor Pashew, alto, de aspecto benévolo y sonriente. Su abrigo de pieles estaba cubierto de nieve.
—Me complace decirle que el trampero se salvará.
El pálido joven levantóse y enseguida cayó al suelo presa de una convulsión. Garshin observó que era un ataque de histeoepilepsia. Un caso muy interesante. Pashew se apresuró a llevarse al muchacho fuera de la estancia.
Cuando regresó, el agente del Gobierno le dijo con firmeza.
—Doctor Pashew, necesito examinar enseguida su laboratorio.
—Cuando usted quiera. A la izquierda está la puerta.
Garshin entró y dirigióse a un amplio estante de cristal. En él solo había tres calaveras que levantó curiosamente—. No se veía la menor señal de alambres, tubos, ni nada por el estilo. Eran viejas y estaban cubiertas de polvo y manchas de tinta, como si hiciera numerosos años que estuviesen allí. El inspector abandonó pensativo el laboratorio. El relato del interno no había sido más que una fantasía.
Pashew encendió un cigarrillo y dijo:
—Supongo que ese infeliz le habrá contado alguna terrible historia acerca de cabezas y de una mujer a quién amaba, ¿verdad?
—Sí, me ha tenido durante una hora con todos los nervios en tensión. No creo haber pasado tanto miedo en mi vida. Me recordó que al fin y al cabo tengo también nervios.
—Es un maestro relatando su historia; porque la ha contado infinidad de veces. No deja de hacerlo a ninguna de las personas que vienen a visitarme. Es un caso muy triste. Llegó aquí hace tres años con dos jóvenes amigos suyos y una muchacha de quien estaba enamorado Venían a asistir para combatir la epidemia. Sus dos amigos y su novia murieron en una semana. La conmoción alteró su cerebro para siempre. Pero es completamente inofensivo y me presta una gran ayuda en el laboratorio.
Un criado entró con una bandeja.
—Aquí llega nuestra cena —dijo Pashew—. No hay nada como un paseo en trineo para abrirle a uno el apetito. Pichones y clarete. Aquí nos cuidamos, muy bien, amigo mío. ¡A su salud!
Pashew acababa de salir a visitar un trampero moribundo. Se excusó por dejar solo a su huésped, pero le prometió estar de regreso antes de —una hora. La noche era gélida, y Garshin estremecíase ante la idea de tener que afrontar el huracán y la nieve. El prefería mucho más la comodidad. Una hora de descanso le sentaría muy bien. Además, en aquella ala de la cárcel no había nadie.
En aquel instante se abrió la puerta. Un joven pálido entró en la estancia. Llevaba el cabello muy corto y tenía unos ardientes ojos de fanático. Garshin supuso que se trataba de un estudiante de Teología.
—Buenas noches, señor —saludó Garshin—. El doctor Pashew ha salido; no volverá hasta dentro de una hora.
—Se ha marchado para siempre —replicó el joven, cerrando la puerta—. No volverá jamás.
—¿De veras? —inquirió Garshin—. Me extraña mucho que diga usted eso.
—Esta es mi oportunidad de hacer conocer al mundo exterior a los seres que me han mantenido preso durante dos años, la verdad de todo. Escúcheme con la mayor atención.
Y clavando la mirada en Garshin, el joven empezó:
—Soy el tercer interno. Éramos dos hombres y una mujer, Katerina Ivanovna. Vinimos aquí desde la Universidad de Astracán, donde un grupo de alumnos nos habíamos entregado al estudio del cerebro y del sistema nervioso. Nuestro dios era el gran Pavlov. Nos recibió una vez y pasamos un mes a su lado. Luego le dejamos porque descubrimos un sabio más grande: Melchor Pashew, el magnífico trabajador de la neurología.
»Seguramente no debe de saber nada de él, pues será usted un ingeniero. Lo noto en que su expresión no es dura. Señor, con todos los respetos debidos a su inteligencia, debo decirle que es usted un niño sin conocimientos, si se le compara con Pashew. Es tan grande cómo el más alto pico de los Alpes; domina el reino de la razón pura; los seres humanos no son, para él, otra cosa que material de estudio. Inmolaría a su propia madre en el altar de la ciencia. Pero es un maestro. Pavlov, Sinstein, Metchuikoff... ninguno de ellos es digno de hacerle el nudo de los zapatos o calentarle el agua para afeitarse.
»En Astracán leímos sus estudios sobre el nervio dorsal accesorio, demostrando que no solo controla las fibras motrices de la laringe, sino también las del corazón. Y esto es una minúscula parte de los descubrimientos de ese hombre genial y asombroso.
»Los experimentos de Pavlov sobre perros fueron un juego de niños, señor. Pashew empezó donde Pavlov terminó, y llegó a una altura astronómica. Cortó la cabeza de un mastín y la conservó viva, funcionando maravillosamente durante tres años. La cabeza ladraba, bebía agua, parpadeaba y mostraba todas las reacciones normales de un perro.
»Al leer esto, nuestro entusiasmo no conoció límites. Delirábamos de admiración. Aquel hombre era un genio cuyas huellas había que seguir, pues llegaría a una altura increíble en sus descubrimientos. Decidimos acudir a él para que nos nombrara sus aprendices. Éramos cuatro, Benno y Nicolai Suvorin, mi novia, que era Katerina Ivanovna, y yo.
»Reunimos cuánto dinero poseíamos, pedimos prestados a unos y a otros y al fin llegamos a Yarmolinsk hambrientos, débiles y más muertos que vivos. Pashew nos tomó enseguida. Una epidemia de peste bubónica acababa de diezmar la población de la provincia y todas las enfermeras e internos del hospital habían muerto.
También había muerto el doctor Plotkin, el ayudante de Pashew. Falleció en el mismo sillón que ocupa usted. No se sobresalte, señor. Eso ocurrió hace tres años.
Empezamos a trabajar. Cuidábamos a los enfermos, enterrábamos a los muertos, hacíamos todo lo que se nos presentaba, y de noche estudiábamos en la sala de disección, junto al gran hombre, Katerina y yo estábamos bajo las órdenes del maestro, y estudiábamos la teoría del famoso médico bengalí, profesor Gobind Lal, de que el ganglio emite sus propios impulsos.
»Ya sé que lo que le digo no es muy claro. Jamás se imaginará usted cómo trabajábamos. Éramos verdaderos esclavos, ansiosos de hacer todo cuanto nos ordenase el hombre a quién idolatrábamos, considerándonos bastante pagados con tal de que nos tolerase junto a él.
»Pero Katerina y yo teníamos nuestros planes. Después de dos años deberíamos ir a Moscú a establecernos como especialistas en enfermedades cerebrales. La fama y la fortuna serían nuestras. Yo sería profesor de la Universidad de Moscú; Katerina sería mi ayudante y solo pensaríamos en la ciencia y en la música. Mi novia era una gran pianista. Cada día, antes de empezar a trabajar, dedicaba media hora a hacer práctica.
«Dominamos pronto el experimento de la cabeza del perro. Pashew había ido ya más lejos y su experimento de conservar viva la cabeza de un chimpancé fue coronado por el éxito. Su idea era muy ingeniosa. La cabeza estaba montada sobre una base de cristal. Todos los nervios del oído, la vista, etc., eran alimentados artificialmente. El sistema circulatorio fue substituido por una pequeña y delicada bomba. Y, para completar la maravilla, la obra maestra de Pashew: una espina dorsal hecha de goma y platino.
«Aquella cabeza de chimpancé rugía, abría la boca, hacía muecas a un espejo. Estaba tan viva como todos nosotros.
»Nicolai y Benno, que no tenían ningún interés en el mundo excepto su ciencia, veneraban a Pashew. Era una verdadera idolatría.
«Un día fueron a pedirle una cosa. Le dijeron: «La cabeza de un antropoide no puede decirle lo que hace el cerebro consciente. Si se tratase de un hombre podría hablar. Piense en el servicio que semejante experimento haría a la ciencia pura.
»—Bien —dijo Pashew.
»—Nosotros nos ofrecemos para que haga la prueba.
»Hablaban en serio. Incluso Pashew se sintió conmovido hasta el extremo de derramar lágrimas de alegría. Intentó disuadirles, les habló durante cinco minutos. Pero ellos insistieron. No tenían parientes, ni les unía al mundo ningún lazo de amor o de otra clase. Solo vivían para la ciencia. Por ello, al fin, el sabio accedió. La decapitación tuvo lugar en la sala de operaciones. Las cabezas fueron colocadas enseguida sobre unas bases de cristal, los bordes cauterizados y los músculos y arterias artificiales, ya preparados, fueron unidos.
»No pude resistir aquel horror. Caí enfermo y pasé tres semanas en el hospital. Cuando estuve sano apenas me atreví a enfrentarme con Katerina, que me miraba despectivamente como a un renegado de la ciencia, un cobarde, un ser despreciable, indigno de ser amado. Para mí fue un golpe muy duro. Pero el corazón de una mujer tiene amplia cabida para la bondad y al cabo de algún tiempo mi prometida volvió a amarme.
Image
»Vivimos una vida feliz, sobre todo durante el invierno, cuando las noches son largas. Ella se sentaba al piano y tocaba para mí alguna composición de Schubert o canciones populares de nuestro Astracán. Pashew tenía un punto vulnerable en su armadura: era susceptible al encanto de la música y hubiera pasado horas enteras oyendo tocar el piano y cantar. Creo, señor, que todos los hombres de ciencia deberían cultivar algún arte, pues de lo contrario su imaginación se atrofia. Poco antes de morir, Darwin lamentaba haber perdido el gusto a la poesía. Siempre he admirado a Einstein por su devoción al violín. Y al profesor Gobind Lal por lo mucho que le gusta pintar acuarelas.
»A veces, tanto era el arrobamiento con que Pashew escuchaba a Katerina y tan ardientes sus miradas, que sospeché que los dos se amaban. Era una simple idea mía; pero ensombreció mi espíritu bastante a menudo, a pesar de que se esfumaba con rapidez. Pashew, mi ídolo, estaba por encima de tales debilidades; y Katerina me era fiel y sumisa.
»Era mi deber cuidar las dos cabezas, haciendo que las bombas y las células funcionaran bien. Usted, como ingeniero, señor, apreciará la importancia de mi tarea. Pashew era quien tomaba las notas, quien conversaba con Nicolai y Benno, colocando ante sus labios un micrófono que llevaba atado al brazo. Le decían lo que experimentaban, cuáles eran sus reacciones al frío y al calor, al pinchazo de una aguja y al reflejo de un espejo. Hablaban solo de asuntos de interés científico; para ellos el resto del mundo no existía. ¿Me pregunta usted si eran felices? Creo que sí.
»—Nunca he tenido imaginación —dijo un día Pashew, como si estuviera decepcionado—. Una mujer... ¡Oh, cuánta ayuda encontraría en una mujer!
»Katerina contestó enseguida. Con la expresión de un fanático se ofreció al profesor, insistiendo en que la decapitase y añadiera un capítulo más a su trabajo acerca de las reacciones sensitivas de la cabeza sin cuerpo. Me heló el espanto y enloquecí de nuevo. El profesor sentía piedad y alegría a la vez. Experimentaba el orgullo del maestro cuyo alumno ha llegado hasta donde él esperaba.
»Pasaron varias semanas durante las cuales permanecí lejos de este mundo. Cuando volví a vivir y a entregarme a mis tareas, Katerina había desaparecido. Mejor dicho: había desaparecido su cuerpo; su cabeza estaba junto a la de Nicolai, sobre un soporte de cristal.
»Me mira usted horrorizado, señor, y comprendo perfectamente lo que siente. Encienda su cigarro. Fíjese, le tiembla la mano. Tal vez ahora se dé cuenta un poco del infierno en que he vivido, y de la amarga desilusión de mi vida cuando descubrí que mi ídolo era un canalla, un demonio del más profundo infiera:
»Todas las noches me despedía de las cabezas de los únicos seres humanos a quienes había amado. ¿Desea usted saber por qué mi corazón se volvió contra Pashew? Ahora se lo explicaré. Pero no me mire así, me asusta. Una noche estaba solo en el laboratorio, buscando algo a la luz de una vela, cuando oí la voz de Katerina.
»—¡Cobarde! —me decía—. ¡Cobarde! Todos estamos aquí menos tú. ¡Qué loco y qué ciego has sido! Yo solo amaba al doctor Pashew, y él me amó desde la primera noche que llegamos.
»Hui del laboratorio con la vela temblándome en la mano y la cabeza vuelta a otro lado para no ver la piedad en los ojos de Benno y Nicolai, que desde el primer día sabían la verdad. Y una vez fuera me pregunté qué estarían diciendo unos a otros. ¡Les oí reír! ¡Les oí reír despectivamente!
—¡Ya estoy aquí, amigo mío!
En el umbral de la puerta hallábase el doctor Pashew, alto, de aspecto benévolo y sonriente. Su abrigo de pieles estaba cubierto de nieve.
—Me complace decirle que el trampero se salvará.
El pálido joven levantóse y enseguida cayó al suelo presa de una convulsión. Garshin observó que era un ataque de histeoepilepsia. Un caso muy interesante. Pashew se apresuró a llevarse al muchacho fuera de la estancia.
Cuando regresó, el agente del Gobierno le dijo con firmeza.
—Doctor Pashew, necesito examinar enseguida su laboratorio.
—Cuando usted quiera. A la izquierda está la puerta.
Garshin entró y dirigióse a un amplio estante de cristal. En él solo había tres calaveras que levantó curiosamente—. No se veía la menor señal de alambres, tubos, ni nada por el estilo. Eran viejas y estaban cubiertas de polvo y manchas de tinta, como si hiciera numerosos años que estuviesen allí. El inspector abandonó pensativo el laboratorio. El relato del interno no había sido más que una fantasía.
Pashew encendió un cigarrillo y dijo:
—Supongo que ese infeliz le habrá contado alguna terrible historia acerca de cabezas y de una mujer a quién amaba, ¿verdad?
—Sí, me ha tenido durante una hora con todos los nervios en tensión. No creo haber pasado tanto miedo en mi vida. Me recordó que al fin y al cabo tengo también nervios.
—Es un maestro relatando su historia; porque la ha contado infinidad de veces. No deja de hacerlo a ninguna de las personas que vienen a visitarme. Es un caso muy triste. Llegó aquí hace tres años con dos jóvenes amigos suyos y una muchacha de quien estaba enamorado Venían a asistir para combatir la epidemia. Sus dos amigos y su novia murieron en una semana. La conmoción alteró su cerebro para siempre. Pero es completamente inofensivo y me presta una gran ayuda en el laboratorio.
Un criado entró con una bandeja.
—Aquí llega nuestra cena —dijo Pashew—. No hay nada como un paseo en trineo para abrirle a uno el apetito. Pichones y clarete. Aquí nos cuidamos, muy bien, amigo mío. ¡A su salud!