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j. mallorquí figuerolas
venganza (relato)
I
Juan Vargas no hubiera podido decir, exactamerte, por qué estaba allí. En Buenos Aires estaba su hogar, allí estaba también su negocio, ahora abandonado, y su mujer, también abandonada, a pesar de que no transcurría día sin que le escribiera un carta. Acaso fue el ansia de aventura, su sangre, que era la misma que circuló por las venas de un conquistador, de los que acompañaron a Ojeda, de un capitán de la Real Armada Española que, como bandera, llevaba siempre en su nave, balanceándose de la última verga, a un pirata ahorcado. Al fin también a él le ahorcaron unos piratas a quienes no pudo vencer, pero subió a la muerte con la misma indiferencia que cuando subía a otear el mar Caribe en busca de alguna nave corsaria.
La última sangre aventurera, cuya herencia llevaba, era la de un antepasado que en las guerras de la Independencia Americana empezó como simple soldado y acabó como general, aunque dicho sea de paso, sus propios compatriotas le fusilaron a fin de poner coto a sus desmedidas ambiciones. Los restantes antepasados de Juan Vargas tuvieron todos la sangre muy caliente, pero las circunstancias les impidieron lucirse como los tres más famosos.
Sí, indudablemente a esa endiablada sangre le debía Juan Vargas estar en la Legión Extranjera, en una sección de carros de combate, marchando a toda velocidad hacia la frontera belga. Aún no se oían los cañonazos, pero ya algunos aviones de reconocimiento habían bajado lo suficiente sobre la larga columna para contar el número y calidad de los vehículos que avanzaban por la carretera, e informar al estado mayor germánico de lo que se acercaba.
Los tanques iban en camiones, y sus tripulantes no tenían otra cosa que hacer que fijarse en el panorama, saludar a las mujeres que les vitoreaban desde las cunetas y fumar.
Aquella calma que precedía al combate que no tardaría en reñir el vehículo de acero fue aprovechada por Juan Vargas para recordar. Quizá la muerte le aguardaba antes de que el día declinase, y cuando se espera la muerte, a todos nos gusta recordar la vida. Por ello, Vargas recordó. Su juventud, libre de toda preocupación material, su adolescencia, algo más inquieta, el negocio de exportación de carnes, su asociación con Tomás Meléndez, su viaje a Alemania a mediados del treinta y nueve, su marcha precipitada ante el anuncio de la guerra, su estancia en París, su entusiasmo bélico, su alistamiento en la legión extranjera, el pase a los carros de combate, y luego el prolongado aburrimiento del invierno anterior, detrás de líneas fortificadas impasables, que prometían una guerra larga y sin interés.
Por fortuna se había encontrado campo de batalla y hacia allí se dirigían todas las fuerzas a marchas forzadas, yendo en primer lugar los tanques para ayudar a la infantería belga.
Empezaron a sonar disparos de antiaéreo. Un avión de caza picó sobre el convoy. Ametralladoras y antiaéreos ligeros llenaron el aire de balas trazadoras. El caza alemán bajaba, con un prolongado silbido, a seiscientos o setecientos por hora. También él disparaba con el cañoncito encajado en el motor, pero antes de que pudiera afinar la puntería, su silueta se amplió, envolviéndose en humo negro, el silbido cambió de tono y el aparato fue a estrellarse contra el suelo. Hubo gritos de júbilo, como si acabara de ganarse una batalla, y los camiones cargados con los tanques siguieron su marcha.
¿Qué estaría haciendo Margarita? La carta de aquel día seria más breve. Y tal vez la última. ¡Pobre Margarita! Las mujeres no debieran casarse con hombres de sangre tan complicada. En fin, todo se arreglaría. Las balas nada podrían contra él. Y menos yendo dentro de una fortaleza de acero como aquella.
La retirada era continua. De cuando en cuando los tanques intervenían para proteger la evacuación de algún punto peligroso. A veces se lanzaban breves contraataques. El número de tanques había ido reduciéndose. Unos quedaron reventados por los antitanques, envueltos en espesas y negras columnas de humo. Otros quedaron detenidos en medio del campo de batalla, con las cadenas saltadas por el desgaste de la marcha. Parecía imposible que un monstruo que hasta poco antes le pareciera a Vargas poco menos que indestructible, resultara tan débil. El barro lo inmovilizaba, el acero de las cadenas saltaba a las pocas horas de avanzar por terreno malo, descubríanse puntos débiles que las granadas antitanques perforaban como papel, y que hasta poco antes se consideraron a prueba de todo proyectil.
Él había tenido suerte. De todas los malos pasos salió con bien. Su tanque, sus dos compañeros y él ostentaban un par de condecoraciones. Pero todo eso no era nada, no había servido para nada, pues el repliegue proseguía incesante.
La noticia de que ni el repliegue podía seguir, pues el camino a Francia había sido cortado en Abbeville, produjo hondo estupor en todos los tanquistas. Al principio dieron la noticia como un imposible, pero las órdenes que llegaron poco después les hicieron comprender que estaban ante una realidad trágica y desagradable, pero realidad al fin.
Se reunieron los tanques que quedaban. Era preciso abrirse camino. Y el ataque se lanzó fulminante, arrollador. Arras fue reconquistado. Filas de prisioneros alemanes pasaron junto al tanque, mientras este seguía adelante, a ensanchar la brecha abierta.
Una batería de antitanques disparaba con rabiosa intensidad sobre los tanques aliados. Se avanzaba, pero atrás iban quedando tanques destruidos por los impactos. Juan Vargas, con la mirada fija en el lugar que ocupaban los cuatro cañoncitos, estudiaba atento sus disparos y maniobraba lo suficiente para no presentar ningún punto vital. Su tanque era de los más pesados y podía reírse de aquellas piezas ligeras. Pronto llegaría sobre ellas...
Dos antiaéreos pesados entraron en acción, reforzando la batería que iba a ser rebasada. La primera granada dirigida contra el carro de Vargas estalló a unos metros, como un surtidor de llamas y tierra. La segunda arañó con terrible chirrido la coraza y arrancó una de las cadenas. En el preciso instante en que Vargas se daba cuenta de esto, el tercer proyectil se abrió paso a través del blindaje y con horrible estallar de metralla, hierros y gasolina, la vida del tanque acabó. Juan Vargas se dio muy en breve cuenta de todo esto, pues el sentido huyó de él sumiéndole en las negruras del olvido.
* * *
Poco a poco volvió la luz a sus ojos. No era la misma luz de antes. Solo un ojo conservaba la vista. El otro debía de estar tapado por el vendaje que envolvía la cabeza del herido. Vargas parpadeó con el ojo derecho y trató de hacer lo mismo con el izquierdo. Notó una tirantez en los párpados. El vendaje le molestaba en las orejas. Al principio la molestia fue ligera, pero al prolongarse se hizo insoportable. Deseando arreglarlo, movió el brazo derecho. Le obedeció con increíble facilidad. Más a pesar de sus esfuerzos, la mano no llegó al sitio a que iba destinada. Extrañado, hizo la prueba con la otra mano. ¡Idéntico resultado!
Juan Vargas sintióse el cuerpo bañado en frío sudor. Durante unos segundos quiso cerrar su cerebro a toda sospecha. Porque la sospecha era terrible para dejarla penetrar hasta allí. Fue inútil. La realidad se abrió paso, y el cerebro la admitió. ¡Juan Vargas no tenía ya brazos! ¡Y sin embargo, hasta un momento antes había notado la presencia de unos dedos y de unas manos que habían desaparecido mucho tiempo antes!
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Un súbito temor encendióse como una lucecilla ante sus ojos. El instinto le hizo tocarse las piernas. Un amargo sollozo estalló en su garganta. ¡Tocarse las piernas! ¿Con qué mano? ¿Con qué dedos? Tardaría mucho en que sus manos eran solo un recuerdo.
Volvió el temor. ¿Y las piernas? ¡No advertía ninguna molestia en ellas, ni el peso de las ropas de la cama, ni dolor...! ¡ni roce con el colchón sobre el que descansaba!
No quiso seguir pensando. Quiso olvidarse de todo. Cerró el único ojo libre. Enseguida lo abrió. Repitióse la tirantez del otro. ¿A qué se debía?
Mordióse los labios y lanzó un gemido largo y prolongado, que provocó multitud de murmullos en la habitación. Alguien se acercó a la cama. Era una mujer. Le habló en francés, con pronunciado acento alemán. El mismo acento de algunos prisioneros que había visto pasar a su tanque.
La mujer le arregló el vendaje, le arregló también las sábanas y le aconsejó calma.
Juan Vargas no podía tenerla. Necesitaba saber la verdad, arrancarse la incógnita aquella. Descubrir qué había de cierto en sus sospechas.
Aumentó sus gritos. Un zumbido llenó la sala. Los demás heridos unían sus voces a la suya.
La enfermera abandonó su sonrisa. Se convirtió en una mujer eficiente, acostumbrada a vivir entre el dolor. Llamó a alguien. Oyéronse pasos y un joven delgado, muy moreno, de cabellos rizados y ojos con lentes de celuloide, se acercó. La enfermera y él hablaron guturalmente. Juan Vargas se calmó en un esfuerzo por comprender lo que decían. Inútil esfuerzo. Oyó choques de cristal contra metal. Por un momento vio en manos del hombre una jeringuilla de inyecciones. Sintió que le destapaban. Luego se notó girar como una pelota, o mejor, como un pedazo de tronco. El frío del alcohol penetró en la piel de su nalga derecha. Luego, otra vez el frío, y un sopor suave le fue invadiendo. Su último pensamiento fue casi cómico. ¡Qué difícil debe ser poner inyecciones cuando no se tienen brazos ni piernas!
II
El hospital de convalecientes estaba en Biarritz, cerca de la frontera española. Lo que quedaba de Juan Vargas estaba hábilmente colocado en un sillón de mimbres. ¡Lo que quedaba! ¡Un tronco y una cabeza! Le faltaban las piernas, los brazos, el ojo izquierdo, un trozo de oreja y dos costillas. Día tras día acudían varios médicos a examinarle. Sus heridas estaban ya cicatrizadas. A pesar de ello, en cada visita médica eran descubiertas y examinadas. Cada vez que esto ocurría se lanzaban exclamaciones de asombro. Unas veces eran médicos militares franceses, algún inglés prisionero, llevado allí para que pudiera estudiar la maravilla de la cirugía germánica sobre aquel trozo de cuerpo. Acudieron también famosos operadores españoles y portugueses. Y un médico yanqui hizo la travesía en el Clipper para estudiar durante tres días aquel monumento de la ciencia en su lucha contra la muerte.
Juan Vargas se había ido enterando de todo por el cirujano en cuyas manos cayó al ser conducido al hospital.
—No comprendo por qué se tomaron la molestia de traerle —le decía el cirujano en un español algo difícil, y sonriendo con toda su amplia cara de burgués cincuentón—. Yo no le hubiese recogido.
Al reventar su tanque, Juan Vargas quedó completamente destrozado. Sus compañeros habían desaparecido entre el humo y las llamas de la explosión. Le recogieron bastante después del ataque, y al advertir en él unas leves señales de vida lo metieron en una ambulancia y fue enviado al hospital. El cirujano que lo recibió quedó aterrado ante aquel espectáculo, llamando al director del hospital. Había que cortar tanto de aquel cuerpo, qué al final apenas quedaría lo suficiente para conservarle cierto aspecto humano.
El cirujano que dirigía el establecimiento había contemplado aquello con ojo de apasionado en la materia. Su mucha práctica le hizo ver que aun pareciendo imposible, existía una probabilidad de conservar con vida aquel trozo de martirizada humanidad. Y operó enseguida. Toda la noche duró aquella operación. Fueron necesarias varias transfusiones de sangre, hubo que sostener el corazón con repetidas inyecciones. Por dos veces pareció que el fracaso iba a coronar la lucha por la vida. Al fin esta triunfó.
—Es usted mi máxima gloria —declaraba el médico—. Todas las revistas científicas del mundo han reproducido los detalles de su caso. Hasta en Inglaterra se ha hablado de él—. La mirada del cirujano se iluminaba—. Usted me ha hecho famoso. No tiene used idea de los esfuerzos que me costó salvarle el ojo derecho.
Juan Vargas sonreía tristemente cuando oía hablar de aquella forma al alemán. Para él había sido una gloria el salvarle, pero Vargas habría preferido mil veces más morir, quedar entre el hierro de su tanque, o enterrado por la explosión. ¡Si al menos esta hubiera sido un poquitín más fuerte! Solo lo necesario para acabar de desperdigar sus miembros por dónde ningún cirujano pudiese encontrarlos.
Un día le trajeron una noticia. Fue el mismo director del hospital quien la trajo.
—Estará usted muy contento, amigo mío —dijo—. Le vamos a poner en libertad. Volverá usted a su patria. Por sus documentos militares supe que es usted argentino. Le enviaremos allí. Pasado mañana le llevaremos hasta la frontera española. Allí se hará cargo de usted el embajador de su país y él cuidará de enviarle a su patria. Volverá usted a ver a su esposa...
Juan Vargas sintió más que nunca no haber muerto. La idea de verse frente a su esposa le aterraba más que la misma muerte. Ella era joven, hermosa, llena de ilusión por la vida. Y él... solo un esfuerzo tremendo de voluntad le impidió desmayarse el día en que en un espejo vio el monstruo en que la habilidad de aquel cirujano le había convertido.
Pero en su terrible impotencia le estaba negado hasta el poderse suicidar. Además, se le vigilaba estrechamente. Era preciso que su vida fuera conservada, pues ella era un exponente perfecto de la capacidad médica alemana. Ni el morirse de hambre le estaba permitido, pues si se negaba a tomar alimentos se los introducían en el cuerpo por medio de inyecciones.
* * *
Se hizo el traslado de Juan Vargas a España. El embajador argentino era un hombre, y se horrorizó ante aquello que le era entregado. Pero a su lado había dos médicos. Y ellos se extasiaron ante aquella obra de arte salida de los bisturíes y de las mesas de operaciones.
Jugaron con como con un muñeco. Unos médicos lo presentaron a otros, se le hicieron radiografías, análisis de sangre y jugos de todas clases. Al fin remitieron a América, entre enfermeras, algodones, aparatos de toda clase y un cortejo de médicos que seguía declarando que él era, simplemente, la excepción que justifica la regla.
—Es un muerto que vive porque alguna casualidad lo quiso —declaró un eminente cirujano portugués.
Y uno español añadió:
—La sangre que corre por sus venas no es suya.
Rieron todos y dejando al monstruo salieron a fumar unos cigarrillos a cubierta.
Juan Vargas rogó con toda su alma a Dios que el barco en que navegaba tropezase con alguna mina o fuera torpedeado. ¡Todo, con tal de no ver a Margarita! ¡No, eso no! Él deseaba con toda su alma ver otra vez, aunque fuera solo por un momento a su esposa. ¡Pero no que ella le viese!
En La Habana subió una comisión de médicos cubanos a examinar aquel prodigio.
En Río una comisión de médicos brasileños se extasió durante varias horas de aquella maravilla. Se proyectaron fotografías de las distintas fases de la operación. Las radiografías fueron examinadas como si en ellas tuviera que encontrarse algo perdido. Y las exclamaciones eran siempre las mismas. ¡Un imposible hecho realidad! ¡La ciencia médica es omnipotente!
Juan Vargas maldecía aquella omnipotencia. Y la maldecía, aún más cuando Margarita llegó ante él. Venía prevenida. Imaginaba lo que iba a encontrar. Y, a pesar de ello, tuvieron que sostenerla para que no rodase por el suelo, desmayada.
Tomás Meléndez, el socio y el amigo, tuvo más fortaleza, y le habló sonriente, animador, le explicó las mejoras introducidas en el negocio, los pedidos que eran casi imposible servir. Las compras de ganado.
—No te preocupes, viejo —le dijo—. Empezamos, juntos, y aunque ahora tenga yo que cargar con todo, tú sigues siendo mi socio. La Ley te ampara y yo soy tu amigo.
III
Recordando estas palabras, Juan Vargas apretaba furioso los dientes. Casi dos años habían transcurrido desde su llegada a Buenos Aires. Margarita ya no le tenía miedo. Al volver de su desmayo le abrazó, mojando su rostro con las lágrimas que resbalaban de sus ojos. Le pidió perdón por haber sido tan cobarde. Le juró que nunca le había amado tanto. Y Vargas comprendió que decía verdad.
¡Qué distintos los cuidados de Margarita! No se podían comparar a los de aquellas enfermeras alemanas, más parecidas a soldados que a mujeres. Las españolas fueron mejores, sobre todo más lindas, pero ¡se distraían tanto! Además, casi todas expresaban la repugnancia que las invadía al tener que ayudarle en ciertas cosas. Margarita, no. Ella siempre reía, siempre estaba a su lado. Jamás expresó su rostro repugnancia ni angustia.
Pero Margarita era joven. La juventud tiene sus exigencias que un marido como él no podía calmar. Ninguna palabra ni ningún gesto reveló a Juan Vargas esta realidad. Sin embargo, la notaba palpable desde hacía tiempo.
Meléndez se la hizo ver.
—Tienes demasiado encerrada a Margarita —le dijo un día—. Oblígala a ir al teatro, al cine, a alguna diversión. Ella no querrá, porque está loca por ti; pero es una crueldad permitirle que lleve esta vida. Haz que alguna amiga la venga a buscar.
Costó muchos esfuerzos convencerla. Al fin, Margarita, accedió a ir una noche al teatro. No fue una amiga, sino Meléndez quien la acompañó.
Al cabo de algún tiempo, Vargas insistió en que volviesen a salir. A la tercera vez no tuvo ya que esforzarse tanto en convencerla. Y ahora era ya corriente que cada semana Margarita saliese un par de veces.
Vargas estaba amargado. Le dolía que Margarita deseara apartarse de él, dejándole al cuidado de una enfermera que se pasaba las horas leyendo novelas de amor. Pero se daba cuenta de que no podía protestar. No podía expresar su egoísmo pidiendo que ella compartiera su encierro.
Meléndez era el compañero constante. Meléndez era joven, atractivo, de fácil palabra. ¡Muy distinto del monstruo en que estaba convertido Juan Vargas!
Hasta pasado mucho tiempo la sospecha no entró en el cerebro del mutilado. Fue un día en que Margarita, al ser interrogada por su marido acerca del lugar, adonde había ido, replicó:
—A comprar unas telas.
Era el día del estreno de una película que venía prologada por la fama del éxito en su país de origen. Aquella noche se incendió el cine donde se proyectaba. Pasó un mes antes de que pudiese exhibirse de nuevo, pero mucho antes, Tomás Meléndez y Margarita, hablando delante de Vargas, comentaron algunos pasajes de aquella película ¡que vieron juntos el mismo día en que Margarita declaró haber ido a comprar telas!
A partir de ese momento, se acumularon las pruebas. Meléndez ya casi no se recataba en sus pruebas de amor a Margarita. Por la expresión de esta, Juan Vargas comprendió que lo definitivo aún no había ocurrido.
«Pero ocurrirá», le decía su razón. «Ella es joven, necesita un hombre joven, necesita un hombre joven».
«No haría nada si no tuviese al lado quien le hiciera ver la soledad en que se encuentra. Pero día tras día ve el ejemplo del hombre lleno de vida y vigor, que la asedia y contra el cual solo está la ruina de un marido que la tiene atada por lazos inquebrantables y al mismo tiempo no puede darle lo que toda mujer tiene derecho a exigir».
Siguieron pasando las semanas. A veces, Meléndez se quedaba solo con Vargas y le miraba con cierta burla. La plaza que él sitiaba no tardaría en rendirse. Lo decían sus ojos y lo decían también los de Margarita.
En ella se notaba aún un esfuerzo por resistir, y en algunos momentos, las lágrimas volvían a llenar sus ojos y se abrazaba a Vargas, besándole y murmurando frases ininteligibles.
Y Juan Vargas comprendía que era necesario callar, pues quizá una sola palabra suya podría arruinarlo todo, precipitando los acontecimientos.
Dominado por el odio, Juan Vargas miraba a Meléndez y le veía tan seguro de sí mismo, tan dispuesto a esperar, que comprendió que solo una cosa podía impedir lo irremediable: tenía que matar a Meléndez.
La primera vez que se le ocurrió esta idea. Vargas contuvo con un sollozo una histérica carcajada que pugnaba por brotar de su garganta.
Si era incapaz de matarse a sí mismo ¿cómo iba a poder acabar con un hombres fuerte y joven?
Su mirada se posó en el fuerte cuello de su socio. ¡Poderlo estrangular, hasta cortar para siempre el aliento vital, era el deseo máximo de Vargas!
Pero estos deseos solo podían ser deseos.
A cada día que pasaba, Vargas notaba con más intensidad la cercanía del peligro inminente. En Margarita parecía haberse realizado un violento cambio, como si no mirase ya con tanto temor lo que Meléndez anhelaba. Pero la duda y la vacilación se advertían aún en sus ojos, y Juan Vargas temía verlas desaparecer de las pupilas de su esposa, porque ello sería indicio de que ya todo estaba perdido.
IV
Meléndez tuvo que quedarse aquella noche en casa de Vargas. Un violento temporal azotaba la ciudad del Plata. No se podía transitar con seguridad por las calles. Vargas fue quien más insistió en que Meléndez tendría algún compromiso... podía ir en el auto grande...
El socio de Vargas negó todo compromiso y, con una cínica sonrisa que un espejo transmitió a Vargas, declaró que prefería quedarse a hacerles compañía.
Vargas también sonrió. Desde tres días antes su aspecto era muy distinto. Notaba en su poder una última fuerza terrible. Ya no temía a nada ni a nadie. Solo necesitaba que Meléndez permaneciese unas horas en su casa. Lo suficiente para...
La cena transcurrió poco animada. Solo la risa de Meléndez y sus comentarios quebraban la tensión nerviosa en que todos se encontraban. En los ojos de Margarita se estaban ya borrando la vacilación y el temor.
Meléndez se paseaba por su cuarto. Llevaba una bata de seda que perteneció a Vargas, y un pijama que también había sido de él. Esperaba. Margarita acudiría a él. Se lo prometió en el último beso que se dieron.
El socio de Vagas no era un hombre malo, era simplemente un amoral. Su razonamiento había sido: «Si Juan no puede dar a Margarita lo que ella necesita, ¿por qué no he de dárselo yo? Sería muy distinto si nos encontráramos en igualdad de condiciones. Pero así...»
Sonrió satisfecho, recordando las vacilaciones de Margarita. Le había costado mucho, muchísimo, pero, al fin... Unos minutos más y el triunfo sería completo.
En el pasillo sonaron los pasos de una mujer calzada con zapatos de alto tacón. Una llamada a la puerta.
—La señorita me ha encargado que le entregue esta nota.
La criadita se alejó, dejando en manos de Meléndez un sobre cerrado. Era un sobre de Margarita. Y la letra de ella se veía sobre él. ¿Qué significaba aquello? ¿Un retraso? ¿Nuevas dudas?
Iba a abrirlo, cuando notó que silenciosamente se estaba abriendo la puerta del cuarto.
Meléndez dejó la carta sobre una mesíta y se volvió.
La alegre sonrisa que tenía en los labios se convirtió en una mueca de horror.
—¡No puede ser! —dijo con voz ronca, pues ni fuerzas para gritar le quedaban—. ¡No es posible!
—Lo es, Tomás —replicó la voz de Juan Vargas.
Era la misma voz de ahora, tan distinta de la de antes. Pero su cuerpo no era el mismo. Era un cuerpo completo. Las piernas, los brazos, y hasta el ojo vacío tenía en su cuenca una pupila viva.
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Meléndez quiso lanzar un alarido de terror, y solo un entrecortado gemido brotó de sus labios.
Aquellos brazos y aquellas piernas... parecían irreales, y daban la impresión de que era posible ver a través de ellos a medida que avanzaban hacia él.
—¿Qué quieres? —preguntó, al fin, en un susurro.
—Vengo a matarte —replicó Vargas—. Quiero arrancarte la vida para que dejes en paz a mi mujer.
—¡No, no! ¡Vete!
La voz de Meléndez se apagó en su garganta. La sustituyó un violento estertor. Luego un cuerpo sin vida cayó al suelo. La carta que había quedado sin abrir encima de la mesita desapareció.
V
La policía se presentó veinte minutos después. Margarita bajó a recibirles, y expresó su profunda extrañeza cuando fue informada que se acudía allí en respuesta a una llamada telefónica del señor Vargas, en la cual este se confesaba culpable de un asesinato.
—¡Imposible! —casi rio Margarita—. Alguien ha querido gastar una broma. Aquí no se ha matado a nadie. Además... mi esposo está mutilado...
El inspector de policía recordó:
—¡Ya sé! Ahora recuerdo por qué me parecía conocido el nombre. Su esposo es...
—El mismo —se apresuró a replicar Margarita—. Un hombre sin brazos ni piernas no puede ser un asesino. Además, repito que no se ha matado a nadie. ¿Les dijeron quién era la víctima?
—El señor Tomás Meléndez —explicó el inspector.
—Ese señor está en casa, pero no ha sido asesinado. ¿Quieren ustedes verle?
—Será mejor, señora. Así podremos marcharnos antes. Creo que ha sido una broma de muy mal gusto.
Pero el cadáver de Tomás Meléndez hizo comprender a todos que no se trataba de ninguna broma. Era demasiado horripilante la expresión del muerto para creer que se trataba de una farsa.
—No comprendo —musitó Margarita—. ¿Quién puede haberle matado?
Entraron en el cuarto de Juan Vargas y le encontraron tendido en su lecho. Al ver a los policías, se acentuó más su sonrisa.
—Veo que al fin han venido —murmuró—. Siento no poderles ofrecer mis muñecas para que me esposen.
—¿Estás loco, Juan? —gimió Margarita.
Y, de pronto, se desorbitaron sus ojos, porque encima de la mesita de noche, sin abrir, se encontraba el sobre con la nota que ella había escrito a Meléndez. La nota en que le decía que era inútil, que jamás se decidiría a ser infiel a su marido; que todo había sido un juego que debía terminar.
—Yo le maté, señores —estaba diciendo Vargas—. Los motivos no los diré, pero sí puedo asegurarles que merecía mil muertes.
—Pero usted no puede haber cometido ese crimen —indicó el inspector—. Le faltan...
—Me faltan los brazos para matar, y los pies que me lleven adonde me convenga ir, ¿verdad? Se equivoca usted, señor inspector. En los años que llevo así, he aprendido que el hombre posee fuerzas muy superiores a las físicas. El deseo puede poner manos y brazos donde no los hay. Esta noche, después de muchas pruebas, he conseguido ir hasta el cuarto de mi socio. Le he estrangulado. Luego he vuelto aquí y me he despedido para siempre de mis brazos y de mis piernas, pues jamás volveré a recobrarlos, porque nunca más sentiré los deseos que me han permitido lo que todos consideran un milagro.
* * *
Una hora después, un inspector de policía confrontaba, asombrado, las huellas dactilares sacadas del cuello del muerto, y las que aparecían en el carnet militar de Juan Vargas. Y, después de un último examen, murmuró, dirigiéndose a su compañero:
—Es imposible, lo sé; y, sin embargo, las huellas son las mismas: idénticas.
—No puede ser, inspector —replicó el otro.
—Tal vez en el mundo existan dos huellas dactilares exactas, pero es imposible por completo encontrar diez que coincidan. Y las únicas manos que podían haber dejado en el cuello del muerto estas huellas fueron quemadas en un hospital alemán, hace dos años y medio.
—Entonces, ¿cree usted que fue Vargas el asesino?
El inspector se encogió de hombros.
—No creo nada —dijo—. Pero tampoco dejo de creer. Lo mejor será que se diga que ese hombre murió de un ataque al corazón.