burla completa (relato)
Hugh Jenkins, el veterano director del «Coast Dispatch», visitaba siempre al capitán Enders de la New Hopo, en la primera noche de su llegada a Portland desde algún perdido rincón del mundo. Invierno o verano, se le veía aparecer siempre sobre el puente del barco con sus grises mechones de cabellos que pugnaban por salir de debajo de su viejo sombrero de fieltro, y su par de ojos azules que guiñaban placenteramente a los recién venidos.
Aquella noche el capitán Enders estaba sentado junto a la pequeña mesa de su camarote, frente a Jenkins. Ambos fumaban silenciosamente, sorbiendo a ratos el vino de los vasos que estaban sobre la mesilla al lado de la botella de Madeira.
Un hombrecillo tranquilo era el capitán Enders. Usaba un uniforme azul con cuatro bandas doradas sobre las mangas. Sus cabellos, lo suficientemente grises para ser clasificados como blancos, hacían juego con sus ojos serenos que miraban sin pestañear. Se acercaba ya al jalón de los setenta años y los movimientos de su cuerpo no eran tan ágiles como cuando se le había entregado el mando del barco, pero su inteligencia conservaba la misma claridad y perspicacia que tenía hacia cuarenta años. Había en sus facciones un matiz de amable blandura que le conquistaba todas las amistades y las simpatías. Se le llamaba Reverendo Enders debido a sus hábitos de no maldecir ni jurar y de leer diariamente su Biblia durante veinte minutos antes de acostarse.
El capitán y el director del periódico marítimo habían estado conversando durante un par de horas después de la cena, y luego, por un tácito acuerdo, callaban, mientras fumaban pensativamente gozando del calor desprendido por la estufa.
—Este es uno de los puertos más —maravillosos del mundo —interrumpió por fin el capitán el silencio reinante—. Pero hay una cosa que lo desacredita ante el mundo entero: el asunto ese de emborrachar a los marineros para enrolarlos en los barcos. Ninguna otra ciudad hubiera tolerado a ese Pug Conway ni a todo lo que está haciendo desde veinte años atrás. Es capaz de asesinar a un marinero con la misma facilidad con que se traga un vaso de gin. Su nombre es conocido por todos los capitanes del mundo, y no se puede conseguir ningún marinero aquí sin pedírselo a él, porque es dueño de todas las tabernas del puerto. Y a mí, como hombre decente, me repugna tener que tratar con ese pillo.
—Estoy completamente de acuerdo contigo —repuso Jenkins—. Pero, ¿qué se puede hacer? Toda la política y la administración del puerto están en sus manos. Los agentes de policía respetan más sus órdenes que las de su jefe. El redactor político de mi diario puede conseguir todo lo que quiera de la Legislatura, excepto una cosa: y ella es cualquier medida destinada a molestar a Conway y a su banda en la realización de sus fechorías. Tiene poder y dinero. El primero lo usa en el bajo fondo, y el segundo para los de frac y corbata blanca. Si se le pudiera, evitar el acceso a una sola de las sesiones de la Legislatura, esta sancionaría inmediatamente una ley de represión contra ese Conway y sus cómplices.
El capitán Enders calló por algunos segundos, y luego se inclinó hacia Jenkins.
—Escucha, Jenkins —dijo suavemente—, ¿cuándo tendrá lugar la próxima sesión de la Legislatura? Me interesa el dato.
—El primero de enero —contestó el director del «Coast Dispatch».
—¡Muy bien! Si me prometes arreglar las cosas en tierra y me aseguras que la ley será sancionada, me comprometo a que Pug Conway no esté presente durante la sesión.
El capitán se inclinó aún más hacia Jenkins y su voz se transformó en un susurro. Su ojos relampaguearon maliciosamente cuando agregó diciendo:
—¡Me llevaré a Shanghái a ese pillo!
Los ojos de Jenkins se agrandaron de sorpresa. Después, una amplia sonrisa iluminó sus facciones y miró alegremente al capitán.
—¡Enders, es una idea genial! No hay en el mundo otra persona como tú, capaz de llevar a cabo el plan. Pero ¿cómo te arreglarás para llevártelo a Shanghái?
El capitán sonrió.
—Puedo hacerlo. Tú sabes que soy una persona completamente pacífica en tierra y a bordo. No soy partidario de las maneras rudas. Pero tengo un segundo que es lo suficientemente joven y hábil para transformar en mansos corderitos a las fieras más terribles. Estoy seguro que le placerá sumamente tomar por su cuenta a Pug Conway. De cualquier manera será una buena y cristiana acción.
Tres semanas más tarde la New Hope se hallaba lista con su cargamento de rieles y durmientes para Shanghái. Dos remolcadores esperaban la orden de sacar el barco del puerto y conducirlo hasta el mar.
James Donnelly, segundo de a bordo, se acercó al castillo de proa y echó una mirada hacia dentro. Estirados en medio de sus paquetes y baúles roncaba la tripulación que Pug Conway habla traído del barco. Un penetrante olor a bebidas y licores salía de allí.
Donnelly rezongó disgustado:
—Los que no están completamente ebrios han sido narcotizados —dijo al contramaestre que le acompañaba—. Ya se arrepentirán de haber bebido whisky de Pug Conway. ¡Y ese arrepentimiento comenzará no bien salgamos de la barra del río!
El contramaestre sonrió. Había comprendido, porque sabía que Donnelly, aunque más bien bajo, era rápido como una tromba de acero, y que sus puños sabían golpear como las coces de una mula cuando era necesario. Una lección del primer oficial surtía siempre un efecto saludable y no necesitaba repetición alguna, porque distaba mucho de ser un fanfarrón indeciso. Era la persona que necesitaba justamente el reverendo Enders para dirigir sus marineros.
En el camarote del capitán, Pug Conway estaba garabateando diversas firmas sobre la larga plantilla de inscripción del barco. El capitán Enders, sentado en su sillón, le contemplaba calmosamente mientras tamborileaba pensativo sobre la mesilla.
—Ahí los tiene usted, a los dieciséis que contó cuando los subí a bordo —dijo Conway sonriendo insolentemente, terminando de escribir y dejando la estilográfica sin dar señales del más mínimo embarazo por haber falsificado las firmas de los que despertarían formando ya parte de la tripulación de la New Hope.
—Muy bien —repuso el capitán—. Me dijo usted que eran mil dólares, ¿no es así? Bastante caro, Conway; me parece que es bastante car».
Conway frunció el entrecejo, se pasó una mano por la barbilla y se encogió de hombros.
—Los marineros escasean aquí —dijo desvergonzadamente—. Tendría usted muchas dificultades para encontrarlos sin mi intervención.
—Así lo creo, Conway —contestó el capitán, sin perder su placidez.
El capitán sabía, sin embargo, que el puerto estaba atestado de marineros. Sabía también que ninguno de ellos se movía sin el consentimiento de Conway. Contó, no obstante, un fajo de billetes de veinte dólares, que constituía el precio que debía abonar a Conway por la tripulación que le había traído embriagada e inconsciente al barco.
—Bueno, Conway —dijo lentamente—, tengo ya setenta años, y los dueños del barco me han anunciado repetidas veces que me quitarían el mando del buque. Este puede ser mi último viaje y quisiera que bebiéramos juntos antes de separamos.
—Nunca rechazo una invitación semejante —gruñó la voz ronca del pillo, mientras colocaba su gran cigarro sobre el inmaculado hule de la mesa y escupía en el suelo.
—¿Qué quiere tomar? —preguntó solícitamente el capitán.
—Whisky es mi bebida —repuso Conway, embolsando el fajo de billetes.
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El capitán Enders sacó una botella de fuerte whisky escocés y una botella de Madeira. Colocó un gran vaso ante Conway.
—Usted dirá cuándo debo detenerme —indicó mientras vertía el líquido.
Conway esperó a que el líquido igualara a tres raciones normales.
—Eso basta —gruñó.
El capitán se sirvió un vaso de Madeira. Conway bebió su whisky de un trago, mientras Enders sorbía lentamente el vino. El pillastre contempló con despareció al anciano y canoso capitán.
—Le he preparado una excelente tripulación —dijo perversamente—. Todos son marineros de primera clase—. Calló durante unos segundos—. Hace mucho calor aquí dentro, capitán —dijo con voz pastosa—. Mucho calor—. Las palabras le salían trabajosamente de la boca—. Demasiado... calor. Necesito un poco... un poco de...
Se levantó para irse, pero cayó de rodillas y colocó una mano sobre la silla para sostenerse.
Se levantó para irse, pero cayó de rodillas. Después se desmoronó insensiblemente sobre el suelo.
El capitán Enders subió a cubierta.
—Míster Donnelly —llamó con su voz natural—, nos vamos. Diga al práctico que se ponga al timón. Luego pase por mi camarote. Tenemos que hablar.
Minutos después los dos remolcadores iniciaban la marcha llevando tras sí a la New Hope hacia el mar. Donnelly se dirigió hacía la cabina del capitán.
Sus ojos observaron primero al capitán, que fumaba contemplativamente su pipa. Después cayeron sobre la forma humana que respiraba pesadamente sobre el suelo y expresaron asombro. Se volvió hacia Enders, que sonreía misteriosamente.
—Míster Donnelly —dijo señalando a Conway—, este es uno de nuestros marineros. No se despertará hasta que estemos bien lejos, si es que mis ojos han medido bien la cantidad de whisky preparado que se bebió. Fue su propio narcótico —y ni se dio cuenta. Divertido, ¿no le parece? Póngale junto con los demás, cuando se aleje el remolcador.
—Pero, señor —comenzó Donnelly—, es una potencia en este puerto. ¡Esto le costará carísimo!
El capitán sonrió nuevamente.
—Míster Donnelly, hace diez años que viaja usted conmigo. No me ha visto usted nunca meterme en un lío del cual no pudiera salir. Deseo que no me plantee preguntas respecto a esta última «aventura». No es culpa suya, usted bien lo sabe, que Conway haga este viaje impensado. A propósito: me parece que este es mi último viaje y mi sucesor lógico es usted.
Donnelly olvidó instantáneamente el enigma de la presencia de Conway allí. Una alegre sonrisa brilló en su cara.
—Gracias, señor —contestó.
El capitán asintió. Luego señaló con el pie la forma que yacía sobre el piso.
—Una cosa le recomiendo que no se le olvide —dijo—. Y es pasar uno de esos borrachines que roncan en el cantillo a uno de los remolcadores. Saque a ese tipo que le falta media oreja derecha. Conway firmó por él como González O’Rourke. Será una humorada. No sé qué nombre hubiera colocado el marinero mismo a no haber estado inconsciente todo el tiempo. Usted sabe, no quiero hombres de más en mi barco.
El capitán miró enigmáticamente a su segundo y este sonrió ampliamente.
—Así se hará, señor —contestó.
La New Hope se balanceaba sobre las olas, lejos de la desembocadura del Columbia. La luz del día la había sorprendido cuando ya estaba más allá del faro, en medio del mar. Un remolcador hacía, su camino de vuelta hacia Portland, dejando un negro rastro de humo tras de sí.
Los puentes del barco no estaban silenciosos. El steward, el cocinero, el contramaestre y dos marineros se movían de un lado a otro, trabajando con las velas bajo la dirección de míster Wilson, el segundo oficial. James Donnelly, el segundo de a bordo, estaba parado junto a la puerta del castillo de proa.
—¡Vamos, dormilones! —tronaba—. ¡Arriba!
¡Arriba de una vez!
Una babel de gritos, gemidos y maldiciones le respondió:
Una abigarrada turba apareció sobre cubierta, caminando pesadamente.
Los dos marineros que ya estaban trabajando eran hombres sombríos que no habían bajado a Portland y que hacía dos años que pertenecían a la tripulación del barco.
Dieciséis hombres debía haber en el cuarto de los marineros. Salieron quince.
—¿Dónde está el que falta? —preguntó Donnelly secamente, sabiendo que era Conway el que faltaba.
—Está echado panza abajo como un cerdo y se resiste a levantarse —contestó uno.
—Sacadlo vosotros dos —dijo Donnelly señalando a dos suecos fornidos y musculosos.
Los otros trece esperaron formando grupitos sobre la cubierta. Los dos suecos no tardaron en aparecer, sosteniendo a Conway por brazos y piernas. Todas las cara se pusieron tensas al observar la de Conway. Los murmullos se transformaron en palabras.
—¡Que me aspen si no es este el bribón que estuvo conmigo en la taberna y que me emborrachó para traerme a este barco! —gruñó uno.
—¡El mismo que me limpió hasta el último centavo y me obligó a, subir a bordo! —dijo otro.
Otros identificaron sucesivamente a Conway como el origen de todas sus tribulaciones. Se acercaron formando círculo alrededor del pillastre, mientras este se sentaba.
—¡Démosle su merecido! —rugió uno—. ¡A él, muchachos!
Dos potentes puntapiés hicieron impacto en las costillas de Conway, antes de que Donnelly saltara al centro del círculo de coléricos marineros.
Dos certeros puñetazos correspondieron a los que habían golpeado a Conway. Los furiosos marineros retrocedieron con un respeto instantáneo ante la fuerza y habilidad del segundo.
—Si cualquiera de vosotros toca a este hombre cuando no sea él el provocador, tendrá que habérselas conmigo —dijo Donnelly—. Ahora se trabaja. El segundo oficial os indicará lo que debéis hacer.
Murmurando y gruñendo, los hombres obedecieron.
—¡Eh, Chips! llamó Donnelly—. Arroja unos cuantos baldes de agua salada sobre la cara de este tipo.
El carpintero obedeció sin ocultar su terror: él también sabía quién era Conway.
Conway escupió y maldijo al recibir el frío baño. Su mente pareció aclararse. Se puso inseguramente de pie, guiñó los ojos como un búho y examinó los puentes del barco. La realidad de su situación se reveló inmediatamente a su cerebro, y su memoria le llevó a lo sucedido la noche anterior en la cabina del capitán Enders.
Este le contemplaba a dos pasos de distancia y sonreía suavemente.
—¡Maldito viejo bobo! —gritó Conway—. ¡Esto le costará la vida!
Los grandes puños de Donnelly se cerraron firmemente, pero Enders le detuvo con un gesto.
—Eso sería algo muy interesante —dijo tranquilamente—. Pero ¿cómo lo va a hacer?
La mano de Conway se dirigió al bolsillo. La pistola no estaba allí. El capitán Enders había tenido en cuenta este pequeño detalle.
—Su revólver y su dinero están en mi caja de hierro —dijo plácidamente—. Se los devolveré cuando terminemos este viaje.
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La sonrisa de Enders hizo hervir diez veces la idea de asesinato en la mente de Conway, pero también le convenció de que sus amenazas no surtían efecto alguno sobre el canoso capitán. Cambió de táctica.
—Tal vez crea usted —dijo dominándose— que es esta una gran broma, pero le advierto que maldita la gracia que me hace. Es muy probable que no sepa usted que con un solo movimiento del dedo puedo mandarle a la cárcel por esto. Mientras no es aún demasiado tarde, le conviene enviarme de vuelta. En este caso, lo llamaré una broma y trataré de olvidar.
Hizo un esfuerzo por sonreír.
El capitán miró hacia la tripulación, que estaba desplegando las velas. Algunas caras se volvían para mirar llenas de odio a Conway.
—No estoy muy seguro de que vuelva usted vivo de este viaje —repuso señalándoles—. Algunos de sus compañeros no parecen quererle demasiado. Por supuesto que sí se porta bien y demuestra ser un buen marinero, haré todo lo posible para que la New Hope le resulte un lugar seguro.
Una rabia impotente cegó la razón de Conway. Hubiera sido para él una tarea sumamente agradable el arrancar la cabeza de aquel hombre sonriente de fijos ojos grises que no pestañeaban, ante sus amenazas.
Dominándose dificultosamente, contestó:
—Ha ganado usted esta vez.
El capitán se dio vuelta y se dirigió hacia su camarote.
—Muy bien —dijo Donnelly—. El contramaestre le dirá lo que tiene qué hacer.
De esta manera Pug Conway, pillo máximo y terror de los puertos de Columbia, se inició en los deberes y tareas de un marinero común, a bordo de la New Hope. Aunque en su vida anterior había mantenido estrechas relaciones con la vida de mar, no había hecho nunca vida de marinero. Así, que estos deberes y estas tareas no le eran nada familiares, y a causa de esto, el ex rey de los puertos de Columbia se veía obligado a efectuar los trabajos más sucios de a bordo. Sus compañeros, que días antes eran sus víctimas, se reían y burlaban de él No tenían más que deseos de matarlo con una paliza feroz y colectiva. Querían que viera, que sufriera intensamente de un dolor físico y moral, y sus deseos fueron satisfechos.
Una mañana la paciencia de Conway pareció agotarse por completo y estalló cuando Donnelly lo llamó mientras estaba lavando con otros la cubierta.
—Pondré un verdadero marinero para hacer este trabajo —le dijo con burlona seriedad—. Como ya sabrás, el fregado de la cubierta es un trabajo más bien técnico. Ayuda al cocinero a pelar patatas. Después trabajarás en la bomba de mano.
Conway se puso de pie furioso.
—¡Maldito sea si lo haré! ¡Y usted váyase al demonio! —rugió perdiendo todo el dominio de sí mismo.
El primer oficial salvó con dos brincos la distancia que le separaba de Conway y sus dos puños saltaron como dos pistones a alta presión.
Se decía que Conway había ganado su reputación peleando en los rings, en los cuales el vencedor se llevaba una ración de jamón y huevos como trofeo. Los dos primeros golpes de Donnelly lo doblaron, pero no lo derribaron. Respondió con un potente golpe dirigido al plexo solar. El primer oficial dio un paso hacia la izquierda y el puñetazo le alcanzó con fuerza sobre la parte derecha del pecho. Emitió un gruñido de dolor y saltó hacia atrás. Luego avanzó instantáneamente con una terrorífica derecha a la mandíbula de Conway. El impacto resonó nítidamente sobre el puente. Un tremendo puñetazo con la izquierda en el ojo derecho del pillo completó la obra, derribándolo sobre la cubierta.
El ex cabecilla del bajo fondo de Portland trató infructuosamente de levantarse y permaneció en el suelo gimiendo y escupiendo. Donnelly estaba inclinado sobre él con los puños listos. Tenía destrozados los nudillos de la mano derecha y de sus ojos habíase escapado una gotita de sangre.
La tripulación se había reunido a respetuosa distancia de ambos. Ahí estaba sobre el suelo, implorando clemencia, el que una semana antes les hacía temblar con una sola mirada. La reputación de Donnelly subió varios puntos en la opinión de aquellos rudos marineros.
—¿Pelarás las patatas, o no las pelarás? —preguntó Donnelly.
Los ojos de Conway brillaron asesinamente y su cara tomó la expresión de la de un tigre colérico a quién solo contiene el temor al látigo del amo. Asintió.
—Bien —dijo Donnelly—, pensé que no te negarías.
Conway peló patatas durante toda la tarde, mientras muchos ojos burlones se reían de él.
—¿Podéis creerlo? —preguntaba uno—. Es el mismo que hace apenas diez días embarcó a la fuerza treinta marineros en la Belly Williams. ¡Miradlo ahora! ¡Pelando patatas!
Los días se transformaron en semanas y estas en dos meses. La New Hope seguía ya la costa en busca de Shanghái.
Cuando la New Hope se aproximó a Shanghái, Conway combinó un plan para huir del barco, cablegrafiar pidiendo dinero, matar al primer oficial, desde los docks, con un revólver, y tomar el primer vapor hacia el otro lado del Pacífico.
Los marineros cantaban, gritaban y bromeaban, cuando levantaban las velas. Conway no se unió a esa exuberancia vocal, pero cantó para su coleto la dulce canción de la venganza. La alegría derivó en maldiciones cuando minutos más tarde pasó la lancha de sanidad a unos metros del barco.
—¡Capitán Enders! —llamó el médico militar—. La viruela está azotando a Shanghái. Ningún hombre que abandone el barco podrá volver a él ni a ningún otro: deberá quedarse aquí indefinidamente. No se permitirá que los trabajadores del puerto descarguen el barco.
—Muy bien —contestó el capitán.
Después reunió la tripulación y les repitió todas estas disposiciones innecesariamente porque todos ya las habían escuchado. Conway hervía interiormente de rabia.
—¡Derrotado nuevamente! —murmuró—. ¡Pero ya encontraré el remedio, ya lo encontraré!
Al día siguiente ideó un plan para desertar del barco, favorecido por la oscuridad nocturna, después de desembarazarse del vigía matándolo a traición.
Durante la mañana, Donnelly le ordenó pintar la barandilla de popa. Mientras pasaba el pincel, sus oídos sorprendieron una conversación en la toldilla.
—Es extraño —estaba diciendo el capitán Enders a Donnelly—. Leí que nos dirigiríamos de aquí directamente a Inglaterra por el canal de Suez, pero acabo de recibir orden cablegráfica de volver al río Columbia. Hasta ahora tuve esperanza de que ese Conway desertara aquí del barco. Puede ser que todavía lo haga. No lo necesito más a bordo.
Conway se permitió una amenazadora sonrisa.
—¡Ya verá ese viejo maldito si deserto o no! El día en que me deposite en Astoria, se abrirán para él las puertas de la cárcel.
Las últimas palabras de Enders, de que no le necesitaba más, intrigaron a Conway, que se devanó los sesos para interpretarlas.
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Algunas semanas más tarde, la New Hope se dirigía de vuelta hacia el Este. Nada digno de mención pasó durante la travesía del Pacífico, hasta que por fin el faro de la desembocadura del Columbia apareció sobre el horizonte.
Las anclas cayeron justamente al anochecer. Dentro del rio, las amigas luces de Ilwaco y Astoria brillaban lejanamente. La cabina norte de observaciones mandó pedir un remolcador y un práctico. Pronto aparecieron un par de luces rojas y verdes en medio de las dos filas de reflectores que bordeaban el canal. Minutos después, la lancha del práctico atracó junto a la New Hope y el piloto subió al puente, cargado con un montón de diarios y cartas para el capitán Enders y sus oficiales.
Detrás del práctico, trepó a la escala una sonriente figura, tocada con un viejo sombrero de fieltro, envuelta en un largo impermeable y calzado con chanclos de goma.
—¡Hola, capitán! —gritó alegremente el director del «Coast Dispatch», que él y no otro era.
—¡Que me aspen si no es Hugh Jenkins! —exclamó Enders alborozado—. Es esta una verdadera sorpresa, viejo amigo —agregó después que se hubieron abrazado—. No esperaba verte hasta Portland.
—Es que no llegas a Portland —explicó Jenkins—. Tus armadores han cablegrafiado ordenándote dirigirte inmediatamente a San Francisco. Como no quería dejar de verte me vine hasta aquí. Traigo algo que quiero que leas sin falta. Entremos en tu camarote.
Una vez cómodamente instaladas, Jenkins preguntó:
—¿Cómo te arreglaste para llevarte a Pug-Conway?
El capitán contó cómo había procedido y ambos rieron de buena gana.
—¿Hizo algo la Legislatura para acabar con sus manejos? —preguntó a su vez Enders.
—¿Qué si hizo algo? ¡Lee este suelto!
El capitán tomó el recorte y leyó:
«El gobernador tomó hoy las medidas necesarias para dar cumplimiento a la ley Wilson-Bennet, sobre la represión radical de las prácticas de embriagamiento y narcotización de marineros para enrolarlos en los buques. La oposición que en años pasados impidió la sanción de esta ley necesaria no hizo acto de presencia durante la sesión. Se constituye una oficina de informes gratuitos para marineros que deseen...»
El capitán Enders sonrió satisfecho al depositar el recorte sobre la mesa y mandó llamar a Conway. Momentos después entraba este sonriendo burlonamente.
—¿Qué quiere usted?
—Quiero advertirle que parto directamente para San Francisco —contestó suavemente el capitán—. Pensé que tal vez tuviera deseos de abandonar aquí mi barco.
—Deme una pluma para firmar la plantilla del registro —repuso Conway.
El capitán mojó la pluma en la tinta, extendió la plantilla sobre la mesa, pero retiró la pluma cuando el pillastre hacia ademán de tomarla.
—A propósito —dijo Enders—, no se olvide, de firmar con el mismo nombre que usó para engancharse. Era González O’Rourke, si mal no recuerdo.
Conway lanzó un rugido de rabia. Maldijo a la New Hope, a su tripulación, a su capitán, a todo el mundo.
—Le aseguro que su lenguaje es completamente indecente —dijo el capitán—. ¿No prefiere abandonar el barco ante que a míster Donnelly se le ocurra pasarse por aquí?
Hirviendo interiormente, Conway tragó saliva y con ella el anhelo de venganza por los seis largos meses de duros trabajos.
Se dio cuenta que desde el principio al fin había sido vencido en astucia por el anciano capitán. Su caso en los Tribunales hubiera tenido muy poca o ninguna probabilidad de éxito, ante aquella prueba aplastante de su propia escritura. No tenía a nadie que atestiguara la verdadera forma en que había llegado a formar parte de la tripulación de la New Hope.
Empuñó la pluma que se le volvía a ofrecer y garabateó una firma sobre el papel, mientras el capitán le contaba el salario que se le adeudaba como marinero. Después, Enders abrió un cajón de su escritorio, extrajo un revólver, lo examinó atentamente para cerciorarse de que la cámara estaba vacía, y se lo alargó a Conway junto con un fajo de billetes.
—En realidad no pensaba entregarle este dinero —observó—. Tenía intenciones de repartirlo entre la tripulación que usted engañó. Pero es dinero sucio y opto por devolvérselo. Tómelo. Puede usted dirigirse a tierra en la lancha del práctico. No quiero que su presencia siga infectando el aire de la New Hope.
Aquella noche el capitán Enders estaba sentado junto a la pequeña mesa de su camarote, frente a Jenkins. Ambos fumaban silenciosamente, sorbiendo a ratos el vino de los vasos que estaban sobre la mesilla al lado de la botella de Madeira.
Un hombrecillo tranquilo era el capitán Enders. Usaba un uniforme azul con cuatro bandas doradas sobre las mangas. Sus cabellos, lo suficientemente grises para ser clasificados como blancos, hacían juego con sus ojos serenos que miraban sin pestañear. Se acercaba ya al jalón de los setenta años y los movimientos de su cuerpo no eran tan ágiles como cuando se le había entregado el mando del barco, pero su inteligencia conservaba la misma claridad y perspicacia que tenía hacia cuarenta años. Había en sus facciones un matiz de amable blandura que le conquistaba todas las amistades y las simpatías. Se le llamaba Reverendo Enders debido a sus hábitos de no maldecir ni jurar y de leer diariamente su Biblia durante veinte minutos antes de acostarse.
El capitán y el director del periódico marítimo habían estado conversando durante un par de horas después de la cena, y luego, por un tácito acuerdo, callaban, mientras fumaban pensativamente gozando del calor desprendido por la estufa.
—Este es uno de los puertos más —maravillosos del mundo —interrumpió por fin el capitán el silencio reinante—. Pero hay una cosa que lo desacredita ante el mundo entero: el asunto ese de emborrachar a los marineros para enrolarlos en los barcos. Ninguna otra ciudad hubiera tolerado a ese Pug Conway ni a todo lo que está haciendo desde veinte años atrás. Es capaz de asesinar a un marinero con la misma facilidad con que se traga un vaso de gin. Su nombre es conocido por todos los capitanes del mundo, y no se puede conseguir ningún marinero aquí sin pedírselo a él, porque es dueño de todas las tabernas del puerto. Y a mí, como hombre decente, me repugna tener que tratar con ese pillo.
—Estoy completamente de acuerdo contigo —repuso Jenkins—. Pero, ¿qué se puede hacer? Toda la política y la administración del puerto están en sus manos. Los agentes de policía respetan más sus órdenes que las de su jefe. El redactor político de mi diario puede conseguir todo lo que quiera de la Legislatura, excepto una cosa: y ella es cualquier medida destinada a molestar a Conway y a su banda en la realización de sus fechorías. Tiene poder y dinero. El primero lo usa en el bajo fondo, y el segundo para los de frac y corbata blanca. Si se le pudiera, evitar el acceso a una sola de las sesiones de la Legislatura, esta sancionaría inmediatamente una ley de represión contra ese Conway y sus cómplices.
El capitán Enders calló por algunos segundos, y luego se inclinó hacia Jenkins.
—Escucha, Jenkins —dijo suavemente—, ¿cuándo tendrá lugar la próxima sesión de la Legislatura? Me interesa el dato.
—El primero de enero —contestó el director del «Coast Dispatch».
—¡Muy bien! Si me prometes arreglar las cosas en tierra y me aseguras que la ley será sancionada, me comprometo a que Pug Conway no esté presente durante la sesión.
El capitán se inclinó aún más hacia Jenkins y su voz se transformó en un susurro. Su ojos relampaguearon maliciosamente cuando agregó diciendo:
—¡Me llevaré a Shanghái a ese pillo!
Los ojos de Jenkins se agrandaron de sorpresa. Después, una amplia sonrisa iluminó sus facciones y miró alegremente al capitán.
—¡Enders, es una idea genial! No hay en el mundo otra persona como tú, capaz de llevar a cabo el plan. Pero ¿cómo te arreglarás para llevártelo a Shanghái?
El capitán sonrió.
—Puedo hacerlo. Tú sabes que soy una persona completamente pacífica en tierra y a bordo. No soy partidario de las maneras rudas. Pero tengo un segundo que es lo suficientemente joven y hábil para transformar en mansos corderitos a las fieras más terribles. Estoy seguro que le placerá sumamente tomar por su cuenta a Pug Conway. De cualquier manera será una buena y cristiana acción.
Tres semanas más tarde la New Hope se hallaba lista con su cargamento de rieles y durmientes para Shanghái. Dos remolcadores esperaban la orden de sacar el barco del puerto y conducirlo hasta el mar.
James Donnelly, segundo de a bordo, se acercó al castillo de proa y echó una mirada hacia dentro. Estirados en medio de sus paquetes y baúles roncaba la tripulación que Pug Conway habla traído del barco. Un penetrante olor a bebidas y licores salía de allí.
Donnelly rezongó disgustado:
—Los que no están completamente ebrios han sido narcotizados —dijo al contramaestre que le acompañaba—. Ya se arrepentirán de haber bebido whisky de Pug Conway. ¡Y ese arrepentimiento comenzará no bien salgamos de la barra del río!
El contramaestre sonrió. Había comprendido, porque sabía que Donnelly, aunque más bien bajo, era rápido como una tromba de acero, y que sus puños sabían golpear como las coces de una mula cuando era necesario. Una lección del primer oficial surtía siempre un efecto saludable y no necesitaba repetición alguna, porque distaba mucho de ser un fanfarrón indeciso. Era la persona que necesitaba justamente el reverendo Enders para dirigir sus marineros.
En el camarote del capitán, Pug Conway estaba garabateando diversas firmas sobre la larga plantilla de inscripción del barco. El capitán Enders, sentado en su sillón, le contemplaba calmosamente mientras tamborileaba pensativo sobre la mesilla.
—Ahí los tiene usted, a los dieciséis que contó cuando los subí a bordo —dijo Conway sonriendo insolentemente, terminando de escribir y dejando la estilográfica sin dar señales del más mínimo embarazo por haber falsificado las firmas de los que despertarían formando ya parte de la tripulación de la New Hope.
—Muy bien —repuso el capitán—. Me dijo usted que eran mil dólares, ¿no es así? Bastante caro, Conway; me parece que es bastante car».
Conway frunció el entrecejo, se pasó una mano por la barbilla y se encogió de hombros.
—Los marineros escasean aquí —dijo desvergonzadamente—. Tendría usted muchas dificultades para encontrarlos sin mi intervención.
—Así lo creo, Conway —contestó el capitán, sin perder su placidez.
El capitán sabía, sin embargo, que el puerto estaba atestado de marineros. Sabía también que ninguno de ellos se movía sin el consentimiento de Conway. Contó, no obstante, un fajo de billetes de veinte dólares, que constituía el precio que debía abonar a Conway por la tripulación que le había traído embriagada e inconsciente al barco.
—Bueno, Conway —dijo lentamente—, tengo ya setenta años, y los dueños del barco me han anunciado repetidas veces que me quitarían el mando del buque. Este puede ser mi último viaje y quisiera que bebiéramos juntos antes de separamos.
—Nunca rechazo una invitación semejante —gruñó la voz ronca del pillo, mientras colocaba su gran cigarro sobre el inmaculado hule de la mesa y escupía en el suelo.
—¿Qué quiere tomar? —preguntó solícitamente el capitán.
—Whisky es mi bebida —repuso Conway, embolsando el fajo de billetes.
Image
El capitán Enders sacó una botella de fuerte whisky escocés y una botella de Madeira. Colocó un gran vaso ante Conway.
—Usted dirá cuándo debo detenerme —indicó mientras vertía el líquido.
Conway esperó a que el líquido igualara a tres raciones normales.
—Eso basta —gruñó.
El capitán se sirvió un vaso de Madeira. Conway bebió su whisky de un trago, mientras Enders sorbía lentamente el vino. El pillastre contempló con despareció al anciano y canoso capitán.
—Le he preparado una excelente tripulación —dijo perversamente—. Todos son marineros de primera clase—. Calló durante unos segundos—. Hace mucho calor aquí dentro, capitán —dijo con voz pastosa—. Mucho calor—. Las palabras le salían trabajosamente de la boca—. Demasiado... calor. Necesito un poco... un poco de...
Se levantó para irse, pero cayó de rodillas y colocó una mano sobre la silla para sostenerse.
Se levantó para irse, pero cayó de rodillas. Después se desmoronó insensiblemente sobre el suelo.
El capitán Enders subió a cubierta.
—Míster Donnelly —llamó con su voz natural—, nos vamos. Diga al práctico que se ponga al timón. Luego pase por mi camarote. Tenemos que hablar.
Minutos después los dos remolcadores iniciaban la marcha llevando tras sí a la New Hope hacia el mar. Donnelly se dirigió hacía la cabina del capitán.
Sus ojos observaron primero al capitán, que fumaba contemplativamente su pipa. Después cayeron sobre la forma humana que respiraba pesadamente sobre el suelo y expresaron asombro. Se volvió hacia Enders, que sonreía misteriosamente.
—Míster Donnelly —dijo señalando a Conway—, este es uno de nuestros marineros. No se despertará hasta que estemos bien lejos, si es que mis ojos han medido bien la cantidad de whisky preparado que se bebió. Fue su propio narcótico —y ni se dio cuenta. Divertido, ¿no le parece? Póngale junto con los demás, cuando se aleje el remolcador.
—Pero, señor —comenzó Donnelly—, es una potencia en este puerto. ¡Esto le costará carísimo!
El capitán sonrió nuevamente.
—Míster Donnelly, hace diez años que viaja usted conmigo. No me ha visto usted nunca meterme en un lío del cual no pudiera salir. Deseo que no me plantee preguntas respecto a esta última «aventura». No es culpa suya, usted bien lo sabe, que Conway haga este viaje impensado. A propósito: me parece que este es mi último viaje y mi sucesor lógico es usted.
Donnelly olvidó instantáneamente el enigma de la presencia de Conway allí. Una alegre sonrisa brilló en su cara.
—Gracias, señor —contestó.
El capitán asintió. Luego señaló con el pie la forma que yacía sobre el piso.
—Una cosa le recomiendo que no se le olvide —dijo—. Y es pasar uno de esos borrachines que roncan en el cantillo a uno de los remolcadores. Saque a ese tipo que le falta media oreja derecha. Conway firmó por él como González O’Rourke. Será una humorada. No sé qué nombre hubiera colocado el marinero mismo a no haber estado inconsciente todo el tiempo. Usted sabe, no quiero hombres de más en mi barco.
El capitán miró enigmáticamente a su segundo y este sonrió ampliamente.
—Así se hará, señor —contestó.
La New Hope se balanceaba sobre las olas, lejos de la desembocadura del Columbia. La luz del día la había sorprendido cuando ya estaba más allá del faro, en medio del mar. Un remolcador hacía, su camino de vuelta hacia Portland, dejando un negro rastro de humo tras de sí.
Los puentes del barco no estaban silenciosos. El steward, el cocinero, el contramaestre y dos marineros se movían de un lado a otro, trabajando con las velas bajo la dirección de míster Wilson, el segundo oficial. James Donnelly, el segundo de a bordo, estaba parado junto a la puerta del castillo de proa.
—¡Vamos, dormilones! —tronaba—. ¡Arriba!
¡Arriba de una vez!
Una babel de gritos, gemidos y maldiciones le respondió:
Una abigarrada turba apareció sobre cubierta, caminando pesadamente.
Los dos marineros que ya estaban trabajando eran hombres sombríos que no habían bajado a Portland y que hacía dos años que pertenecían a la tripulación del barco.
Dieciséis hombres debía haber en el cuarto de los marineros. Salieron quince.
—¿Dónde está el que falta? —preguntó Donnelly secamente, sabiendo que era Conway el que faltaba.
—Está echado panza abajo como un cerdo y se resiste a levantarse —contestó uno.
—Sacadlo vosotros dos —dijo Donnelly señalando a dos suecos fornidos y musculosos.
Los otros trece esperaron formando grupitos sobre la cubierta. Los dos suecos no tardaron en aparecer, sosteniendo a Conway por brazos y piernas. Todas las cara se pusieron tensas al observar la de Conway. Los murmullos se transformaron en palabras.
—¡Que me aspen si no es este el bribón que estuvo conmigo en la taberna y que me emborrachó para traerme a este barco! —gruñó uno.
—¡El mismo que me limpió hasta el último centavo y me obligó a, subir a bordo! —dijo otro.
Otros identificaron sucesivamente a Conway como el origen de todas sus tribulaciones. Se acercaron formando círculo alrededor del pillastre, mientras este se sentaba.
—¡Démosle su merecido! —rugió uno—. ¡A él, muchachos!
Dos potentes puntapiés hicieron impacto en las costillas de Conway, antes de que Donnelly saltara al centro del círculo de coléricos marineros.
Dos certeros puñetazos correspondieron a los que habían golpeado a Conway. Los furiosos marineros retrocedieron con un respeto instantáneo ante la fuerza y habilidad del segundo.
—Si cualquiera de vosotros toca a este hombre cuando no sea él el provocador, tendrá que habérselas conmigo —dijo Donnelly—. Ahora se trabaja. El segundo oficial os indicará lo que debéis hacer.
Murmurando y gruñendo, los hombres obedecieron.
—¡Eh, Chips! llamó Donnelly—. Arroja unos cuantos baldes de agua salada sobre la cara de este tipo.
El carpintero obedeció sin ocultar su terror: él también sabía quién era Conway.
Conway escupió y maldijo al recibir el frío baño. Su mente pareció aclararse. Se puso inseguramente de pie, guiñó los ojos como un búho y examinó los puentes del barco. La realidad de su situación se reveló inmediatamente a su cerebro, y su memoria le llevó a lo sucedido la noche anterior en la cabina del capitán Enders.
Este le contemplaba a dos pasos de distancia y sonreía suavemente.
—¡Maldito viejo bobo! —gritó Conway—. ¡Esto le costará la vida!
Los grandes puños de Donnelly se cerraron firmemente, pero Enders le detuvo con un gesto.
—Eso sería algo muy interesante —dijo tranquilamente—. Pero ¿cómo lo va a hacer?
La mano de Conway se dirigió al bolsillo. La pistola no estaba allí. El capitán Enders había tenido en cuenta este pequeño detalle.
—Su revólver y su dinero están en mi caja de hierro —dijo plácidamente—. Se los devolveré cuando terminemos este viaje.
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La sonrisa de Enders hizo hervir diez veces la idea de asesinato en la mente de Conway, pero también le convenció de que sus amenazas no surtían efecto alguno sobre el canoso capitán. Cambió de táctica.
—Tal vez crea usted —dijo dominándose— que es esta una gran broma, pero le advierto que maldita la gracia que me hace. Es muy probable que no sepa usted que con un solo movimiento del dedo puedo mandarle a la cárcel por esto. Mientras no es aún demasiado tarde, le conviene enviarme de vuelta. En este caso, lo llamaré una broma y trataré de olvidar.
Hizo un esfuerzo por sonreír.
El capitán miró hacia la tripulación, que estaba desplegando las velas. Algunas caras se volvían para mirar llenas de odio a Conway.
—No estoy muy seguro de que vuelva usted vivo de este viaje —repuso señalándoles—. Algunos de sus compañeros no parecen quererle demasiado. Por supuesto que sí se porta bien y demuestra ser un buen marinero, haré todo lo posible para que la New Hope le resulte un lugar seguro.
Una rabia impotente cegó la razón de Conway. Hubiera sido para él una tarea sumamente agradable el arrancar la cabeza de aquel hombre sonriente de fijos ojos grises que no pestañeaban, ante sus amenazas.
Dominándose dificultosamente, contestó:
—Ha ganado usted esta vez.
El capitán se dio vuelta y se dirigió hacia su camarote.
—Muy bien —dijo Donnelly—. El contramaestre le dirá lo que tiene qué hacer.
De esta manera Pug Conway, pillo máximo y terror de los puertos de Columbia, se inició en los deberes y tareas de un marinero común, a bordo de la New Hope. Aunque en su vida anterior había mantenido estrechas relaciones con la vida de mar, no había hecho nunca vida de marinero. Así, que estos deberes y estas tareas no le eran nada familiares, y a causa de esto, el ex rey de los puertos de Columbia se veía obligado a efectuar los trabajos más sucios de a bordo. Sus compañeros, que días antes eran sus víctimas, se reían y burlaban de él No tenían más que deseos de matarlo con una paliza feroz y colectiva. Querían que viera, que sufriera intensamente de un dolor físico y moral, y sus deseos fueron satisfechos.
Una mañana la paciencia de Conway pareció agotarse por completo y estalló cuando Donnelly lo llamó mientras estaba lavando con otros la cubierta.
—Pondré un verdadero marinero para hacer este trabajo —le dijo con burlona seriedad—. Como ya sabrás, el fregado de la cubierta es un trabajo más bien técnico. Ayuda al cocinero a pelar patatas. Después trabajarás en la bomba de mano.
Conway se puso de pie furioso.
—¡Maldito sea si lo haré! ¡Y usted váyase al demonio! —rugió perdiendo todo el dominio de sí mismo.
El primer oficial salvó con dos brincos la distancia que le separaba de Conway y sus dos puños saltaron como dos pistones a alta presión.
Se decía que Conway había ganado su reputación peleando en los rings, en los cuales el vencedor se llevaba una ración de jamón y huevos como trofeo. Los dos primeros golpes de Donnelly lo doblaron, pero no lo derribaron. Respondió con un potente golpe dirigido al plexo solar. El primer oficial dio un paso hacia la izquierda y el puñetazo le alcanzó con fuerza sobre la parte derecha del pecho. Emitió un gruñido de dolor y saltó hacia atrás. Luego avanzó instantáneamente con una terrorífica derecha a la mandíbula de Conway. El impacto resonó nítidamente sobre el puente. Un tremendo puñetazo con la izquierda en el ojo derecho del pillo completó la obra, derribándolo sobre la cubierta.
El ex cabecilla del bajo fondo de Portland trató infructuosamente de levantarse y permaneció en el suelo gimiendo y escupiendo. Donnelly estaba inclinado sobre él con los puños listos. Tenía destrozados los nudillos de la mano derecha y de sus ojos habíase escapado una gotita de sangre.
La tripulación se había reunido a respetuosa distancia de ambos. Ahí estaba sobre el suelo, implorando clemencia, el que una semana antes les hacía temblar con una sola mirada. La reputación de Donnelly subió varios puntos en la opinión de aquellos rudos marineros.
—¿Pelarás las patatas, o no las pelarás? —preguntó Donnelly.
Los ojos de Conway brillaron asesinamente y su cara tomó la expresión de la de un tigre colérico a quién solo contiene el temor al látigo del amo. Asintió.
—Bien —dijo Donnelly—, pensé que no te negarías.
Conway peló patatas durante toda la tarde, mientras muchos ojos burlones se reían de él.
—¿Podéis creerlo? —preguntaba uno—. Es el mismo que hace apenas diez días embarcó a la fuerza treinta marineros en la Belly Williams. ¡Miradlo ahora! ¡Pelando patatas!
Los días se transformaron en semanas y estas en dos meses. La New Hope seguía ya la costa en busca de Shanghái.
Cuando la New Hope se aproximó a Shanghái, Conway combinó un plan para huir del barco, cablegrafiar pidiendo dinero, matar al primer oficial, desde los docks, con un revólver, y tomar el primer vapor hacia el otro lado del Pacífico.
Los marineros cantaban, gritaban y bromeaban, cuando levantaban las velas. Conway no se unió a esa exuberancia vocal, pero cantó para su coleto la dulce canción de la venganza. La alegría derivó en maldiciones cuando minutos más tarde pasó la lancha de sanidad a unos metros del barco.
—¡Capitán Enders! —llamó el médico militar—. La viruela está azotando a Shanghái. Ningún hombre que abandone el barco podrá volver a él ni a ningún otro: deberá quedarse aquí indefinidamente. No se permitirá que los trabajadores del puerto descarguen el barco.
—Muy bien —contestó el capitán.
Después reunió la tripulación y les repitió todas estas disposiciones innecesariamente porque todos ya las habían escuchado. Conway hervía interiormente de rabia.
—¡Derrotado nuevamente! —murmuró—. ¡Pero ya encontraré el remedio, ya lo encontraré!
Al día siguiente ideó un plan para desertar del barco, favorecido por la oscuridad nocturna, después de desembarazarse del vigía matándolo a traición.
Durante la mañana, Donnelly le ordenó pintar la barandilla de popa. Mientras pasaba el pincel, sus oídos sorprendieron una conversación en la toldilla.
—Es extraño —estaba diciendo el capitán Enders a Donnelly—. Leí que nos dirigiríamos de aquí directamente a Inglaterra por el canal de Suez, pero acabo de recibir orden cablegráfica de volver al río Columbia. Hasta ahora tuve esperanza de que ese Conway desertara aquí del barco. Puede ser que todavía lo haga. No lo necesito más a bordo.
Conway se permitió una amenazadora sonrisa.
—¡Ya verá ese viejo maldito si deserto o no! El día en que me deposite en Astoria, se abrirán para él las puertas de la cárcel.
Las últimas palabras de Enders, de que no le necesitaba más, intrigaron a Conway, que se devanó los sesos para interpretarlas.
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Algunas semanas más tarde, la New Hope se dirigía de vuelta hacia el Este. Nada digno de mención pasó durante la travesía del Pacífico, hasta que por fin el faro de la desembocadura del Columbia apareció sobre el horizonte.
Las anclas cayeron justamente al anochecer. Dentro del rio, las amigas luces de Ilwaco y Astoria brillaban lejanamente. La cabina norte de observaciones mandó pedir un remolcador y un práctico. Pronto aparecieron un par de luces rojas y verdes en medio de las dos filas de reflectores que bordeaban el canal. Minutos después, la lancha del práctico atracó junto a la New Hope y el piloto subió al puente, cargado con un montón de diarios y cartas para el capitán Enders y sus oficiales.
Detrás del práctico, trepó a la escala una sonriente figura, tocada con un viejo sombrero de fieltro, envuelta en un largo impermeable y calzado con chanclos de goma.
—¡Hola, capitán! —gritó alegremente el director del «Coast Dispatch», que él y no otro era.
—¡Que me aspen si no es Hugh Jenkins! —exclamó Enders alborozado—. Es esta una verdadera sorpresa, viejo amigo —agregó después que se hubieron abrazado—. No esperaba verte hasta Portland.
—Es que no llegas a Portland —explicó Jenkins—. Tus armadores han cablegrafiado ordenándote dirigirte inmediatamente a San Francisco. Como no quería dejar de verte me vine hasta aquí. Traigo algo que quiero que leas sin falta. Entremos en tu camarote.
Una vez cómodamente instaladas, Jenkins preguntó:
—¿Cómo te arreglaste para llevarte a Pug-Conway?
El capitán contó cómo había procedido y ambos rieron de buena gana.
—¿Hizo algo la Legislatura para acabar con sus manejos? —preguntó a su vez Enders.
—¿Qué si hizo algo? ¡Lee este suelto!
El capitán tomó el recorte y leyó:
«El gobernador tomó hoy las medidas necesarias para dar cumplimiento a la ley Wilson-Bennet, sobre la represión radical de las prácticas de embriagamiento y narcotización de marineros para enrolarlos en los buques. La oposición que en años pasados impidió la sanción de esta ley necesaria no hizo acto de presencia durante la sesión. Se constituye una oficina de informes gratuitos para marineros que deseen...»
El capitán Enders sonrió satisfecho al depositar el recorte sobre la mesa y mandó llamar a Conway. Momentos después entraba este sonriendo burlonamente.
—¿Qué quiere usted?
—Quiero advertirle que parto directamente para San Francisco —contestó suavemente el capitán—. Pensé que tal vez tuviera deseos de abandonar aquí mi barco.
—Deme una pluma para firmar la plantilla del registro —repuso Conway.
El capitán mojó la pluma en la tinta, extendió la plantilla sobre la mesa, pero retiró la pluma cuando el pillastre hacia ademán de tomarla.
—A propósito —dijo Enders—, no se olvide, de firmar con el mismo nombre que usó para engancharse. Era González O’Rourke, si mal no recuerdo.
Conway lanzó un rugido de rabia. Maldijo a la New Hope, a su tripulación, a su capitán, a todo el mundo.
—Le aseguro que su lenguaje es completamente indecente —dijo el capitán—. ¿No prefiere abandonar el barco ante que a míster Donnelly se le ocurra pasarse por aquí?
Hirviendo interiormente, Conway tragó saliva y con ella el anhelo de venganza por los seis largos meses de duros trabajos.
Se dio cuenta que desde el principio al fin había sido vencido en astucia por el anciano capitán. Su caso en los Tribunales hubiera tenido muy poca o ninguna probabilidad de éxito, ante aquella prueba aplastante de su propia escritura. No tenía a nadie que atestiguara la verdadera forma en que había llegado a formar parte de la tripulación de la New Hope.
Empuñó la pluma que se le volvía a ofrecer y garabateó una firma sobre el papel, mientras el capitán le contaba el salario que se le adeudaba como marinero. Después, Enders abrió un cajón de su escritorio, extrajo un revólver, lo examinó atentamente para cerciorarse de que la cámara estaba vacía, y se lo alargó a Conway junto con un fajo de billetes.
—En realidad no pensaba entregarle este dinero —observó—. Tenía intenciones de repartirlo entre la tripulación que usted engañó. Pero es dinero sucio y opto por devolvérselo. Tómelo. Puede usted dirigirse a tierra en la lancha del práctico. No quiero que su presencia siga infectando el aire de la New Hope.