luz verde (relato)
¡Súbita locura a ciento cinco kilómetros por hora! Yo, solo con un demente en una locomotora. Will Bryant, el maquinista de Fire Flyer, había perdido la razón. Pero, ¿por qué?
¿Qué había convertido a aquel hombre bueno y sereno, con quien trabajé durante seis años, en el loco furioso que tenía delante?
Con los ojos llameantes de ira y el rostro contraído por el terror, se acurrucaba contra su puesto, murmurando a una presencia invisible. Por un instante noté dicha presencia. Pero no había tiempo que perder. Como fogonero del Fire Flyer, debía asumir la responsabilidad de Will. No había tiempo para hacer preguntas. Era preciso que me apoderase de los mandos de la locomotora.
En el momento en que me dirigía hacia él, le vi coger una de las palas. Levantándola en alto me golpeó la cabeza. Perdí la noción de las cosas y me derrumbé, llevándose mi cerebro un último recuerdo de la expresión del rostro de Will Bryant, el loco.
Lo que ocurrió después en aquella locomotora que arrastraba a ciento cinco kilómetros por hora un sinfín de vagones cargados de pasajeros, me aterra constantemente.
Cuando recobré el sentido vi a Will mirando las válvulas de vapor y sollozando como un idiota. Los frenos estaban echados y el Flyer encontrábase en una vía lateral y esperando el paso del Número 93.
Debí de permanecer sin conocimiento durante un cuarto de hora. Todo ese tiempo el Flyer voló sobre los rieles sin nadie que lo dirigiese, a menos que, como jura Will Bryant, fuese el espíritu de Nat Carson quien condujera el tren. ¡Nat Carson, muerto hacía diez años!
No podía hacerse otra cosa que entregar a Will a las autoridades, que lo confinaron en un manicomio.
A pesar de ser yo su íntimo amigo, había cosas en su vida que jamás me refirió. Los médicos, después de largas deliberaciones, decidieron que el remordimiento, unido a un profundo sentido de culpabilidad, provocaron en Will la intensa creencia en la vuelta de Nat. Seguí con interés sus teorías, y esperé algún tiempo, seguro de que al fin Bryant se daría cuenta de que todo lo que creyó ver fue producto de su exaltado cerebro.
Pero ahora sé que Will no recobrará jamás la razón. La última visita que le hice me demostró aún cuán desesperada era su dolencia. Aun le veo tal como estaba el último día que hablé con él en el manicomio de Terrington: los ojos turbios, y la voz preñada de tristeza mientras me decía:
—Steve, no estoy loco; estoy tan cuerdo como el que más; pero nunca podré volver a ocupar mi puesto en la sociedad normal. ¿Crees que no he tratado una y mil veces de convencerme de que no había nada fantástico en lo de aquella noche? He repasado todos los detalles de aquel suceso; pero el resultado es siempre el mismo: Por muy muerto que esté, Nat Carson se sentó ante los mandos de la locomotora y dirigió todo el tren. Y sé lo que intentaba hacer. Estaba allí. Le vi. Te lo aseguro. ¡Le vi! ¡Le vi!
—Por favor —supliqué, cogiendo entre las mías sus temblorosas manos—. No pienses más en ello si te trastorna. Solo deseo ayudarte, a fin de que te cures y puedas salir de aquí.
Will movió tristemente la cabeza.
—No quiero salir, Steve. Me siento mucho más seguro, sabiéndome vigilado noche y día. La habitación que ocupo jamás es turbada por los silbidos de las locomotoras.
«Te lo voy a contar todo, tal como lo veo. Me llaman loco; pero eso se debe a que no tienen otro calificativo apropiado. No es locura, es encantamiento.
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»¿Recuerdas el choque de trenes en que me encontré hace diez años?... Nat Carson era el maquinista que pasó una señal roja confundiéndola con una verde. Entonces era yo fogonero suyo. ¿Ves estas cicatrices en mis brazos? Todas provienen de aquel choque. Nos empotramos en los últimos vagones de un tren de carga, destrozándolos como si hubieran sido cajas de cigarros. Ninguno de nosotros dos murió porque no nos había llegado la hora.
»En la investigación subsiguiente y en el juicio, yo dije lo que creí mi deber decir. Expliqué que Nat bebió un poco. Lo hacía bastante a menudo. Yo le advertí varias veces que aquello podía costarle muy caro. Pero él era de esos que están borrachos perdidos y que, sin embargo, exteriormente no lo demuestran. Desde luego, el hecho de que yo estuviera enamorado de su novia y el que jamás me hubiera sido muy simpático, tenía algo que ver con mi testimonio.
»En el juicio, Nat afirmó que la señal que debía ser roja era verde y que yo era un mentiroso.
»—¡Me mandas al infierno!» —gritó.
»Pero yo me mantuve firme en mi primera declaración.
»Lo demás ya lo sabes; dos semanas más tardé Nat se suicidó. Yo intenté creer, como los demás, que se quitó la vida porque se daba cuenta del crimen cometido al arriesgar las vidas de todos los pasajeros.
»Pasaron los años. Se me nombró maquinista. Se me dio un tren para que lo dirigiese. Apenas volví a acordarme de Nat. Solo le recordaba cuando oía hablar de aquel choque. Era natural.
»Hasta mucho más tarde, una noche en el depósito de máquinas, no me enfrenté con el castigo que me esperaba. Después de dejar mi máquina en su puesto, me dirigía hacia la oficina. El humo y el vapor de los trenes estaba mezclado con la niebla. Las linternas de los encargados de revisar frenos brillaban de un lado a otro, entre los vagones. Ya sabes lo que son las noches de niebla en los depósitos. Yo no prestaba gran atención a nada, cuando de pronto, entre las nieblas apareció un rostro que clavó en mí su mirada, desapareciendo enseguida. Fue tan rápido, que a pesar del terror que me invadió, no pude creer lo que había visto. Por fuerza debía de haber imaginado contemplar la cara de Nat Carson.
»Me dije que estaba viendo visiones y, riendo, entré en la oficina.
»No volví a pensar en ello. Al fin y al cabo son muchas las personas que creen ver a los que han muerto. Son como relámpagos rápidos, cuadros formados en la subconsciencia...
»Dos noches más en el otro extremo del recorrido, vi una figura. Me fijé en ella porque parecía como si deseara tropezar conmigo. Era bajo el farol próximo a mi casa. Entonces no desapareció, ya que no me cupo la menor duda acerca de quién era. ¡Carson permaneció ante mí, mirándome burlón! No pude moverme mientras él me miró, para alejarse luego calle abajo.
»Durante aquella noche traté de convencerme de que todo fue imaginación.
»Durante varias semanas seguí viendo a Nat Carson; siempre de noche; en los depósitos o cerca de mi casa. Fue entonces cuando empecé a pensar en lo que declaré ante el tribunal.
»La única conclusión a que podía llegar era que Nat Carson deseaba comunicarse conmigo desde más allá de las fronteras de la vida. Tampoco me cabía la menor duda de que me acusaba de su muerte.
»La noche anterior al suceso que tú conoces, estaba yo mirando una linterna y una voz susurró a mi oído:
»—Es verde. Verde como la noche aquella en que chocamos con el tren de carga. ¡Te digo que es verde!
»Me volví, descubriendo a mi lado a Nat Carson. Le llamé; pero él se volvió y echó a correr. Desde aquel instante noté su presencia junto a mí.
»¿Recuerdas cómo me miraste aquella noche, cuando subí a la locomotora? Entonces tenía yo la certeza de que en algún sitio se ocultaba Nat Carson, dispuesto a enfrentarse conmigo. Estuve a punto de saltar de la máquina y huir lejos.
»Me dieron la orden de partida y, sin darme cuenta de lo que hacía, solté los frenos y puse en marcha el tren. Al principio, despacio, pues nunca dejo que el Flyer arranque de golpe. Además, aquella noche me daba miedo abandonar las luces de la estación. La velocidad de la máquina fue aumentando; crucé numerosos postes de señales, todos con las luces verdes, y al fin llegué a la vía libre.
»El faro de la locomotora enviaba un rayo de luz que disipaba las tinieblas sobre los rieles. Antes de llegar al poste de señales grité: «Verde», y tú me contestaste: «Verde». Y de no sé dónde llegó hasta mí la maldita voz que me decía: «¡Verde, como aquella noche que chocamos con el tren de carga!
»Intenté dominarme, alejar los pensamientos que se agolpaban a mi cerebro. Más no pude hacerlo. Una y otra vez me asaltaba este pensamiento:
»¡Es igual que la noche que chocamos con los vagones del tren de carga!
»De nuevo sentí un soplo helado sobre la nuca y tuve la impresión de que unos ojos me miraban. Me volví. A mi espalda no había nadie. Solo tú cogiendo carbón del ténder.
»Me serené un poco y dirigí toda mi atención a la vía. Otra señal verde. Y el traqueteo de las ruedas parecía repetir una y otra vez:
»¡Nat, Nat! ¡Nat, Nat!
»De nuevo aquella voz y la impresión de que alguien estaba detrás de mí. Sentí irresistibles deseos de gritar, de detener el tren y buscar por todo él. ¿La conciencia? Intenté convencerme de que aquello no tenía importancia. Mis nervios estallaban. Es horrible conducir una locomotora de gran potencia oyendo voces y notando presencias extrañas.
¿Por qué Nat no me dejaba trabajar tranquilamente?
»Con verdadera alegría percibí las luces de la primera estación. Deseaba descender de la máquina y quedarme allí. Me daba cuenta de algo horrible me esperaba en el curso del viaje. Es imposible explicar mis sentimientos. No encuentro palabras a propósito.
»Ante mí extendíanse centenares de kilómetros de viaje nocturno. ¿No llegaría jamás el día? Tal vez la luz del sol alejara aquel miedo irresistible.
»De nuevo marchamos a través de los campos. Cada siete kilómetros y medio estaban marcados por los postes de señales. La oscuridad que nos rodeaba era quebrada solo por alguna que otra luz. Sombras por doquier, sombras que avanzaban amenazadoras hacia la máquina, y una voz que repetía: «Verde; era verde».
»Esta vez la voz sonaba con mayor fuerza, como si fuese más real. Solo haciendo una esfuerzo enorme de voluntad pude contenerme y no volver la cabeza.
»Pero la voz continuaba sonando. No podía ya más. Era preciso que volviera el rostro. Una cara horrible me miraba desde el ténder. ¡Juro que era Nat Carson, y que me habló!
—¿De dónde vienes, Nat? —logré al fin balbucear.
—De los vagones, quizá —me contestó—. Tal vez he estado allí toda la noche esperando que llegásemos a este trozo del recorrido. Hace diez años que no vamos juntos en una misma locomotora, ¿verdad? Hoy hace diez años, tú y yo recorríamos este mismo trozo le vía. La única diferencia estaba en que entonces era yo el maquinista y tú el fogonero. Conduces un hermoso tren. ¿Qué efecto produce estar sentado tan cómodamente, viendo cómo pasan los otros trenes?
»Avanzó hacia mí. No pude contener un grito. Deseaba apartar de mi vista aquel rostro. Debió de ser entonces cuando te golpeé con la pala, Steve, aunque no recuerdo nada de esto. Lo único que sé es que Nat Carson, que estaba muerto, que lo había estado durante todos aquellos años, ocupaba mi puesto en el sitio del conductor. Nada de cuanto pudiera yo hacer le habría hecho salir de allí.
»Le vi llevar las manos a las válvulas.
»—Esta noche guío yo —me dijo—. Vuelvo a mi puesto.
»Traté de arrancarle de allí, diciéndole que estaba loco.
»—¡Loco! —, se echó a reír, a la vez que aumentaba la velocidad de la locomotora—. Sí, he estado loco desde aquella noche en que vi la señal verde. Luego aquellos vagones... ¿Recuerdas cómo nos incrustamos en ellos? ¿Recuerdas cómo la vieja locomotora 789 se metió entre las astilladas maderas, mientras el guardafrenos caía al terraplén? ¡Recuérdalo!
»—¡Nat, ten cuidado con esas señales! —supliqué—. ¡Nat, déjame ocupar mi puesto! Véngate de mí en otro sitio; pero no arriesgues las vidas de los pasajeros.
»El Flyer tomó a toda marcha una curva, se tambaleó como si fuera a saltar de la vía, y enseguida prosiguió su loca carrera.
—Hace diez años —empezó Nat—, los dos vimos aquella señal verde. Pero tú mentiste. Mentiste para hacerme perder el empleo; para hacerme perder a Lucille, porque tú la querías y me odiabas a mí. Le dijiste que me emborrachaba. Hiciste todo lo posible por acumular sobre mí la mayor cantidad posible de deshonra. Traté de huir de mi desesperación matándome; mas no pude. Y ahora vas a pagarme todos los momentos de angustia y tortura pasados. ¡Esta noche celebraremos el décimo aniversario de aquel choque!
»—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
»—¿Qué voy a hacer? —Aumentó más la marcha—. Voy a hacer que el Flyer dé de si todo lo posible. En algún punto del recorrido habrá una señal roja. Y la cruzaremos a más de cien kilómetros por hora.
»—¡No, Nat, no puedes hacer eso!
»—Hemos alcanzado ya los ciento veinte kilómetros, y aumentaré quizá aún la marcha. Luego, si sales con vida, puedes decir al tribunal que un hombre que murió hace diez años te obligó a pasar de largo junto a aquella señal. Ya verás como se ríen. Contempla tú la duda en sus rostros, como la vi al asegurarles que la señal era verde.
»Dándole una última vuelta al volante envió la locomotora, rugiendo como un monstruo herido, a su propia destrucción.
»—¡El Flyer al infierno! —cantó—. Ninguna señal... vía libre. Rojo significa verde, y verde no significa nada.
»Un muerto dirigiendo el tren más veloz que jamás pulió acero. Seguimos nuestro camino, cantando, hacia el infierno.
»Volábamos sobre la vía, mientras en los Pullman dormían o charlaban los confiados pasajeros. Todos ellos sin saber que la máquina les conducía a la muerte, guiada por la muerte misma.
»Cerré los ojos e intenté rezar. No sé cuánto tiempo permanecí así, ni lo que ocurrió. Lo primero que acude a mi memoria es un estridente silbido, y el ruido de los frenos. Luego, gimiendo y chirriando, la locomotora se detuvo.
»Cuando abrió los ojos estábamos en una vía lateral del Elba. A lo lejos, por la otra vía, acercábase un tren a toda marcha. Era el número 93. Antes de que saliéramos de la otra estación no había orden de dejar paso al 93...
»Durante todo aquel tiempo, Steve, nuestro tren estuvo fuera de nuestras manos. Tú habías perdido el sentido y yo no podía hacer nada. ¡Alguien condujo el tren a aquella vía lateral! ¿Quién, Steve, quién?
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* * *
Will estaba temblando. El terror, liberado de su cárcel, habíase apoderado de él, convirtiéndole en un pobre ser sollozante.
—Pero Will, si el espíritu de Nat Carson intentó destruir aquel tren, ¿cómo fue que lo encontramos detenido, a salvo, en aquella vía lateral, para que otro tren pasara junto a nosotros?
—Solo hay una contestación —replicó Will con voz quebrada—. Nat Carson se detuvo en la estación anterior a Elba y recibió órdenes de dejar paso al 93. Cualquiera que fuese la venganza proyectada contra mí, algo en él no le permitió matar a los otros. Detuvo la máquina y se alejó. Su venganza estaba realizada. Lo mismo que yo le hice perder para siempre su puesto, él me echó a mí. Nat Carson guio el tren. Nat está muerto; pero, no obstante, él fue quien lo guio. Aun sigue viniendo todas las noches a recordarme que le envié al infierno. Vendrá esta noche, y mañana, y todas las noches de mi vida. ¡Oh, Dios, ayúdame!
Will rompió en convulsivos sollozos. Los enfermeros corrieron hacia él. Nada de cuanto yo pudiera decir le calmaría.
Cuando empezaba a bajar la escalera me asaltó un pensamiento. Un brillante pensamiento, me pareció entonces. Aquellas órdenes recibidas en la estación anterior a Elba debían ser firmadas por el maquinista. Will debió de firmarlas. Sin duda, algo le aterró enormemente; tal vez la imaginación se le desbocó y luego creyó haber vivido lo que solo era producto de su mente. Si aquellas órdenes estaban firmadas con el nombre de Will, este se convencería de que todo fue un sueño. Podría reconocer su firma, por muy torpemente que hubiera sido estampada.
Aquella noche revisé los volantes de las órdenes a los maquinistas, archivados en la estación central. Al cabo de varias horas encontré el correspondiente al último viajé de Will.
Mi corazón se detuvo y luego volvió a latir aceleradamente.
¡La firma al pie de aquella orden era la de Nat Carson!
¿Qué había convertido a aquel hombre bueno y sereno, con quien trabajé durante seis años, en el loco furioso que tenía delante?
Con los ojos llameantes de ira y el rostro contraído por el terror, se acurrucaba contra su puesto, murmurando a una presencia invisible. Por un instante noté dicha presencia. Pero no había tiempo que perder. Como fogonero del Fire Flyer, debía asumir la responsabilidad de Will. No había tiempo para hacer preguntas. Era preciso que me apoderase de los mandos de la locomotora.
En el momento en que me dirigía hacia él, le vi coger una de las palas. Levantándola en alto me golpeó la cabeza. Perdí la noción de las cosas y me derrumbé, llevándose mi cerebro un último recuerdo de la expresión del rostro de Will Bryant, el loco.
Lo que ocurrió después en aquella locomotora que arrastraba a ciento cinco kilómetros por hora un sinfín de vagones cargados de pasajeros, me aterra constantemente.
Cuando recobré el sentido vi a Will mirando las válvulas de vapor y sollozando como un idiota. Los frenos estaban echados y el Flyer encontrábase en una vía lateral y esperando el paso del Número 93.
Debí de permanecer sin conocimiento durante un cuarto de hora. Todo ese tiempo el Flyer voló sobre los rieles sin nadie que lo dirigiese, a menos que, como jura Will Bryant, fuese el espíritu de Nat Carson quien condujera el tren. ¡Nat Carson, muerto hacía diez años!
No podía hacerse otra cosa que entregar a Will a las autoridades, que lo confinaron en un manicomio.
A pesar de ser yo su íntimo amigo, había cosas en su vida que jamás me refirió. Los médicos, después de largas deliberaciones, decidieron que el remordimiento, unido a un profundo sentido de culpabilidad, provocaron en Will la intensa creencia en la vuelta de Nat. Seguí con interés sus teorías, y esperé algún tiempo, seguro de que al fin Bryant se daría cuenta de que todo lo que creyó ver fue producto de su exaltado cerebro.
Pero ahora sé que Will no recobrará jamás la razón. La última visita que le hice me demostró aún cuán desesperada era su dolencia. Aun le veo tal como estaba el último día que hablé con él en el manicomio de Terrington: los ojos turbios, y la voz preñada de tristeza mientras me decía:
—Steve, no estoy loco; estoy tan cuerdo como el que más; pero nunca podré volver a ocupar mi puesto en la sociedad normal. ¿Crees que no he tratado una y mil veces de convencerme de que no había nada fantástico en lo de aquella noche? He repasado todos los detalles de aquel suceso; pero el resultado es siempre el mismo: Por muy muerto que esté, Nat Carson se sentó ante los mandos de la locomotora y dirigió todo el tren. Y sé lo que intentaba hacer. Estaba allí. Le vi. Te lo aseguro. ¡Le vi! ¡Le vi!
—Por favor —supliqué, cogiendo entre las mías sus temblorosas manos—. No pienses más en ello si te trastorna. Solo deseo ayudarte, a fin de que te cures y puedas salir de aquí.
Will movió tristemente la cabeza.
—No quiero salir, Steve. Me siento mucho más seguro, sabiéndome vigilado noche y día. La habitación que ocupo jamás es turbada por los silbidos de las locomotoras.
«Te lo voy a contar todo, tal como lo veo. Me llaman loco; pero eso se debe a que no tienen otro calificativo apropiado. No es locura, es encantamiento.
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»¿Recuerdas el choque de trenes en que me encontré hace diez años?... Nat Carson era el maquinista que pasó una señal roja confundiéndola con una verde. Entonces era yo fogonero suyo. ¿Ves estas cicatrices en mis brazos? Todas provienen de aquel choque. Nos empotramos en los últimos vagones de un tren de carga, destrozándolos como si hubieran sido cajas de cigarros. Ninguno de nosotros dos murió porque no nos había llegado la hora.
»En la investigación subsiguiente y en el juicio, yo dije lo que creí mi deber decir. Expliqué que Nat bebió un poco. Lo hacía bastante a menudo. Yo le advertí varias veces que aquello podía costarle muy caro. Pero él era de esos que están borrachos perdidos y que, sin embargo, exteriormente no lo demuestran. Desde luego, el hecho de que yo estuviera enamorado de su novia y el que jamás me hubiera sido muy simpático, tenía algo que ver con mi testimonio.
»En el juicio, Nat afirmó que la señal que debía ser roja era verde y que yo era un mentiroso.
»—¡Me mandas al infierno!» —gritó.
»Pero yo me mantuve firme en mi primera declaración.
»Lo demás ya lo sabes; dos semanas más tardé Nat se suicidó. Yo intenté creer, como los demás, que se quitó la vida porque se daba cuenta del crimen cometido al arriesgar las vidas de todos los pasajeros.
»Pasaron los años. Se me nombró maquinista. Se me dio un tren para que lo dirigiese. Apenas volví a acordarme de Nat. Solo le recordaba cuando oía hablar de aquel choque. Era natural.
»Hasta mucho más tarde, una noche en el depósito de máquinas, no me enfrenté con el castigo que me esperaba. Después de dejar mi máquina en su puesto, me dirigía hacia la oficina. El humo y el vapor de los trenes estaba mezclado con la niebla. Las linternas de los encargados de revisar frenos brillaban de un lado a otro, entre los vagones. Ya sabes lo que son las noches de niebla en los depósitos. Yo no prestaba gran atención a nada, cuando de pronto, entre las nieblas apareció un rostro que clavó en mí su mirada, desapareciendo enseguida. Fue tan rápido, que a pesar del terror que me invadió, no pude creer lo que había visto. Por fuerza debía de haber imaginado contemplar la cara de Nat Carson.
»Me dije que estaba viendo visiones y, riendo, entré en la oficina.
»No volví a pensar en ello. Al fin y al cabo son muchas las personas que creen ver a los que han muerto. Son como relámpagos rápidos, cuadros formados en la subconsciencia...
»Dos noches más en el otro extremo del recorrido, vi una figura. Me fijé en ella porque parecía como si deseara tropezar conmigo. Era bajo el farol próximo a mi casa. Entonces no desapareció, ya que no me cupo la menor duda acerca de quién era. ¡Carson permaneció ante mí, mirándome burlón! No pude moverme mientras él me miró, para alejarse luego calle abajo.
»Durante aquella noche traté de convencerme de que todo fue imaginación.
»Durante varias semanas seguí viendo a Nat Carson; siempre de noche; en los depósitos o cerca de mi casa. Fue entonces cuando empecé a pensar en lo que declaré ante el tribunal.
»La única conclusión a que podía llegar era que Nat Carson deseaba comunicarse conmigo desde más allá de las fronteras de la vida. Tampoco me cabía la menor duda de que me acusaba de su muerte.
»La noche anterior al suceso que tú conoces, estaba yo mirando una linterna y una voz susurró a mi oído:
»—Es verde. Verde como la noche aquella en que chocamos con el tren de carga. ¡Te digo que es verde!
»Me volví, descubriendo a mi lado a Nat Carson. Le llamé; pero él se volvió y echó a correr. Desde aquel instante noté su presencia junto a mí.
»¿Recuerdas cómo me miraste aquella noche, cuando subí a la locomotora? Entonces tenía yo la certeza de que en algún sitio se ocultaba Nat Carson, dispuesto a enfrentarse conmigo. Estuve a punto de saltar de la máquina y huir lejos.
»Me dieron la orden de partida y, sin darme cuenta de lo que hacía, solté los frenos y puse en marcha el tren. Al principio, despacio, pues nunca dejo que el Flyer arranque de golpe. Además, aquella noche me daba miedo abandonar las luces de la estación. La velocidad de la máquina fue aumentando; crucé numerosos postes de señales, todos con las luces verdes, y al fin llegué a la vía libre.
»El faro de la locomotora enviaba un rayo de luz que disipaba las tinieblas sobre los rieles. Antes de llegar al poste de señales grité: «Verde», y tú me contestaste: «Verde». Y de no sé dónde llegó hasta mí la maldita voz que me decía: «¡Verde, como aquella noche que chocamos con el tren de carga!
»Intenté dominarme, alejar los pensamientos que se agolpaban a mi cerebro. Más no pude hacerlo. Una y otra vez me asaltaba este pensamiento:
»¡Es igual que la noche que chocamos con los vagones del tren de carga!
»De nuevo sentí un soplo helado sobre la nuca y tuve la impresión de que unos ojos me miraban. Me volví. A mi espalda no había nadie. Solo tú cogiendo carbón del ténder.
»Me serené un poco y dirigí toda mi atención a la vía. Otra señal verde. Y el traqueteo de las ruedas parecía repetir una y otra vez:
»¡Nat, Nat! ¡Nat, Nat!
»De nuevo aquella voz y la impresión de que alguien estaba detrás de mí. Sentí irresistibles deseos de gritar, de detener el tren y buscar por todo él. ¿La conciencia? Intenté convencerme de que aquello no tenía importancia. Mis nervios estallaban. Es horrible conducir una locomotora de gran potencia oyendo voces y notando presencias extrañas.
¿Por qué Nat no me dejaba trabajar tranquilamente?
»Con verdadera alegría percibí las luces de la primera estación. Deseaba descender de la máquina y quedarme allí. Me daba cuenta de algo horrible me esperaba en el curso del viaje. Es imposible explicar mis sentimientos. No encuentro palabras a propósito.
»Ante mí extendíanse centenares de kilómetros de viaje nocturno. ¿No llegaría jamás el día? Tal vez la luz del sol alejara aquel miedo irresistible.
»De nuevo marchamos a través de los campos. Cada siete kilómetros y medio estaban marcados por los postes de señales. La oscuridad que nos rodeaba era quebrada solo por alguna que otra luz. Sombras por doquier, sombras que avanzaban amenazadoras hacia la máquina, y una voz que repetía: «Verde; era verde».
»Esta vez la voz sonaba con mayor fuerza, como si fuese más real. Solo haciendo una esfuerzo enorme de voluntad pude contenerme y no volver la cabeza.
»Pero la voz continuaba sonando. No podía ya más. Era preciso que volviera el rostro. Una cara horrible me miraba desde el ténder. ¡Juro que era Nat Carson, y que me habló!
—¿De dónde vienes, Nat? —logré al fin balbucear.
—De los vagones, quizá —me contestó—. Tal vez he estado allí toda la noche esperando que llegásemos a este trozo del recorrido. Hace diez años que no vamos juntos en una misma locomotora, ¿verdad? Hoy hace diez años, tú y yo recorríamos este mismo trozo le vía. La única diferencia estaba en que entonces era yo el maquinista y tú el fogonero. Conduces un hermoso tren. ¿Qué efecto produce estar sentado tan cómodamente, viendo cómo pasan los otros trenes?
»Avanzó hacia mí. No pude contener un grito. Deseaba apartar de mi vista aquel rostro. Debió de ser entonces cuando te golpeé con la pala, Steve, aunque no recuerdo nada de esto. Lo único que sé es que Nat Carson, que estaba muerto, que lo había estado durante todos aquellos años, ocupaba mi puesto en el sitio del conductor. Nada de cuanto pudiera yo hacer le habría hecho salir de allí.
»Le vi llevar las manos a las válvulas.
»—Esta noche guío yo —me dijo—. Vuelvo a mi puesto.
»Traté de arrancarle de allí, diciéndole que estaba loco.
»—¡Loco! —, se echó a reír, a la vez que aumentaba la velocidad de la locomotora—. Sí, he estado loco desde aquella noche en que vi la señal verde. Luego aquellos vagones... ¿Recuerdas cómo nos incrustamos en ellos? ¿Recuerdas cómo la vieja locomotora 789 se metió entre las astilladas maderas, mientras el guardafrenos caía al terraplén? ¡Recuérdalo!
»—¡Nat, ten cuidado con esas señales! —supliqué—. ¡Nat, déjame ocupar mi puesto! Véngate de mí en otro sitio; pero no arriesgues las vidas de los pasajeros.
»El Flyer tomó a toda marcha una curva, se tambaleó como si fuera a saltar de la vía, y enseguida prosiguió su loca carrera.
—Hace diez años —empezó Nat—, los dos vimos aquella señal verde. Pero tú mentiste. Mentiste para hacerme perder el empleo; para hacerme perder a Lucille, porque tú la querías y me odiabas a mí. Le dijiste que me emborrachaba. Hiciste todo lo posible por acumular sobre mí la mayor cantidad posible de deshonra. Traté de huir de mi desesperación matándome; mas no pude. Y ahora vas a pagarme todos los momentos de angustia y tortura pasados. ¡Esta noche celebraremos el décimo aniversario de aquel choque!
»—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
»—¿Qué voy a hacer? —Aumentó más la marcha—. Voy a hacer que el Flyer dé de si todo lo posible. En algún punto del recorrido habrá una señal roja. Y la cruzaremos a más de cien kilómetros por hora.
»—¡No, Nat, no puedes hacer eso!
»—Hemos alcanzado ya los ciento veinte kilómetros, y aumentaré quizá aún la marcha. Luego, si sales con vida, puedes decir al tribunal que un hombre que murió hace diez años te obligó a pasar de largo junto a aquella señal. Ya verás como se ríen. Contempla tú la duda en sus rostros, como la vi al asegurarles que la señal era verde.
»Dándole una última vuelta al volante envió la locomotora, rugiendo como un monstruo herido, a su propia destrucción.
»—¡El Flyer al infierno! —cantó—. Ninguna señal... vía libre. Rojo significa verde, y verde no significa nada.
»Un muerto dirigiendo el tren más veloz que jamás pulió acero. Seguimos nuestro camino, cantando, hacia el infierno.
»Volábamos sobre la vía, mientras en los Pullman dormían o charlaban los confiados pasajeros. Todos ellos sin saber que la máquina les conducía a la muerte, guiada por la muerte misma.
»Cerré los ojos e intenté rezar. No sé cuánto tiempo permanecí así, ni lo que ocurrió. Lo primero que acude a mi memoria es un estridente silbido, y el ruido de los frenos. Luego, gimiendo y chirriando, la locomotora se detuvo.
»Cuando abrió los ojos estábamos en una vía lateral del Elba. A lo lejos, por la otra vía, acercábase un tren a toda marcha. Era el número 93. Antes de que saliéramos de la otra estación no había orden de dejar paso al 93...
»Durante todo aquel tiempo, Steve, nuestro tren estuvo fuera de nuestras manos. Tú habías perdido el sentido y yo no podía hacer nada. ¡Alguien condujo el tren a aquella vía lateral! ¿Quién, Steve, quién?
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Will estaba temblando. El terror, liberado de su cárcel, habíase apoderado de él, convirtiéndole en un pobre ser sollozante.
—Pero Will, si el espíritu de Nat Carson intentó destruir aquel tren, ¿cómo fue que lo encontramos detenido, a salvo, en aquella vía lateral, para que otro tren pasara junto a nosotros?
—Solo hay una contestación —replicó Will con voz quebrada—. Nat Carson se detuvo en la estación anterior a Elba y recibió órdenes de dejar paso al 93. Cualquiera que fuese la venganza proyectada contra mí, algo en él no le permitió matar a los otros. Detuvo la máquina y se alejó. Su venganza estaba realizada. Lo mismo que yo le hice perder para siempre su puesto, él me echó a mí. Nat Carson guio el tren. Nat está muerto; pero, no obstante, él fue quien lo guio. Aun sigue viniendo todas las noches a recordarme que le envié al infierno. Vendrá esta noche, y mañana, y todas las noches de mi vida. ¡Oh, Dios, ayúdame!
Will rompió en convulsivos sollozos. Los enfermeros corrieron hacia él. Nada de cuanto yo pudiera decir le calmaría.
Cuando empezaba a bajar la escalera me asaltó un pensamiento. Un brillante pensamiento, me pareció entonces. Aquellas órdenes recibidas en la estación anterior a Elba debían ser firmadas por el maquinista. Will debió de firmarlas. Sin duda, algo le aterró enormemente; tal vez la imaginación se le desbocó y luego creyó haber vivido lo que solo era producto de su mente. Si aquellas órdenes estaban firmadas con el nombre de Will, este se convencería de que todo fue un sueño. Podría reconocer su firma, por muy torpemente que hubiera sido estampada.
Aquella noche revisé los volantes de las órdenes a los maquinistas, archivados en la estación central. Al cabo de varias horas encontré el correspondiente al último viajé de Will.
Mi corazón se detuvo y luego volvió a latir aceleradamente.
¡La firma al pie de aquella orden era la de Nat Carson!