enigma marítimo sin solución (relato)
¿Cuál es el enigma marítimo más extraño? Pregúnteselo a cualquier marino y, sin duda, le contestará:
—La suerte de la goleta «María Celeste».
Hay documentos oficiales que atestiguan las circunstancias en que fue hallada la goleta, pero nadie puede jactarse de haber encontrado huellas aunque fueran de uno solo de los trece seres humanos que la tripulaban.
Los hechos son los siguientes:
* * *
Al principio del mes de septiembre de 1872, el capitán Griggs, natural de Nueva Inglaterra, estaba de pie en el embarcadero de Nueva York vigilando el acarreo a la cubierta de la «María Celeste», goleta de quinientas toneladas, del último objeto destinado para su camarote, que era una máquina de coser para su esposa. La señora de Griggs tenía el propósito de embarcarse en el buque capitaneado por su marido, que se dirigía a Génova.
Una vez colocada en su lugar la máquina, subió a la cubierta la esposa del capitán con su hija de siete años de edad. En este momento apareció en el puerto el hijo de los Griggs, de doce años, acompañado por el propietario de la goleta. El chico se precipitó hacia su padre exclamando:
—¡Oh, papá, por favor! Llévame a mí también.
—No te apures, hijo mío —replicó Griggs—. Acuérdate de que ya has hecho conmigo dos viajes y ahora tienes que quedarte en casa para estudiar.
—Me sentiré muy triste sin mamá y sin mi hermanita —pronunció el chico con voz temblorosa.
—Es cierto —dijo el capitán con aire pensativo.
Luego agregó, dirigiéndose al propietario del buque:
—¿Cuál es su opinión a este respecto, señor?
—Me parece —contestó este— que al muchacho le conviene más quedarse en Nueva York y frecuentar la escuela.
Griggs se despidió de su hijo y subió a la goleta, que inmediatamente levó el ancla.
El chico quedó en el embarcadero, llorando de un modo tan desesperado que parecía que se le partía el corazón. El patrón de la nave lo condujo a su casa, comprándole por el camino juguetes y golosinas, sin lograr consolarlo.
Pasaron dos meses, poco más o menos. Un día el propietario de la goleta recibió del cónsul de los Estados Unidos en Gibraltar el siguiente mensaje:
«La goleta norteamericana «María Celeste», procedente de Nueva York, fue traída a este puerto por el barco, británico «Dei Gratia», que la encontró el cinco de diciembre en alta mar sin tripulación. El buque se halla en un estado perfecto; pero el Almirantazgo lo aceptó en calidad de averiado. Se ignora en absoluto el destino de la tripulación que lo abandonó...»
El dueño de la nave se dirigió inmediatamente a Gibraltar, después de haber mandado al hijo de Griggs la copia de la carta del cónsul.
El pobre chico prorrumpió en sollozos, diciendo:
—Si papá me hubiera llevado, no le pasaría ninguna desgracia, pues la cantidad de los tripulantes hubiera sido catorce y todos hubiéramos quedado sanos y salvos.
* * *
Al mediodía del 5 de diciembre de 1872, las aguas del Océano Atlántico, en las orillas del Estrecho de Gibraltar, y a distancia de trescientas millas de este, estaban tranquilas como las de un estanque. En aquellos parajes se encontraban tres naves, separadas por una distancia que permitía a sus respectivas tripulaciones verse las unas a las otras.
El buque alemán que se dirigía a West-India, pasó frente a la goleta desconocida, de la que lo separaban tres millas aproximadamente, y le dio una señal, sin obtener ninguna respuesta. Entonces el buque prosiguió su camino después de haber «dicho» a la goleta en código marítimo:
—Si no quieren contestar o darse a conocer, a mí no me importa.
La tercera nave era un, barco inglés, dirigido por el capitán Boys, que llevaba rumbo a Gibraltar. El capitán, que estaba escudriñando el océano con su anteojo de larga vista, notó las señales del buque alemán y esperó en vano la aparición de la bandera en el mástil de la goleta.
—¡Qué mal educado! —exclamó Boys. Y tomó la decisión de averiguar el nombre del capitán que así violaba las leyes de la cortesía marítima.
Aprovechando el viento dirigió su barco «Dei Gratia» hacia la goleta.
El capitán y su segundo, acompañados por dos remeros, se dirigieron a la misteriosa goleta. Al acercarse pudieron leer en su popa: «María Celeste—. Nueva York».
—¡Ah, de la goleta! —volvió a gritar Boys en cuanto su chalupa se detuvo junto a la nave.
Por fin, Boys y Adams, el segundo, subieron a la cubierta de la goleta. Entonces se cercioraron de que no había en ella alma viviente ni aun junto al timón... Los marineros se dirigieron a la popa y pudieron comprobar que la nave se encontraba en un estado perfecto. Todo se hallaba en su lugar correspondiente; pero en todas partes reinaba un silencio lúgubre. Al capitán y a su segundo se les antojó que «María Celeste» era un cementerio flotante o un buque fantasma. Lo registraron minuciosamente, sin encontrar un solo hombre, ni vivo ni muerto.
—No hubo tormenta —prorrumpió Boys—, y los hombres no fueron llevados por una ola enorme, pues en el libro de, a bordo no hay indicio alguno que atestigüe haber ocurrido tal fenómeno.
El capitán quedó meditando durante un rato y luego dijo:
—Mire la máquina de coser. Es evidente que un minuto antes del acontecimiento una señora ha estado trabajando en ella. Fíjese en que el dedal está puesto en el borde de la máquina. No pudo haber ninguna tormenta cuando se alejó la dama, pues de lo contrario los hilos se hubieran enredado.
—Había un niño a bordo —observó el segundo—. La señora estaba cosiendo un trajecito de chica e interrumpió su trabajo para abandonar el buque.
—No, para ir a tomar el desayuno —corrigió el capitán señalando la mesa puesta.
Evidentemente, cuatro personas que estaban sentadas en el camarote se levantaron de sus asientos sin haber terminado de desayunar. Más tarde se supuso que en la mesa estaban sentados: el capitán, su esposa, su hija y el primer oficial. La sopa de avena, café, carne fría de cerdo y huevos cocidos, probaban que las personas mencionadas estaban tomando el desayuno. Junto al asiento del capitán, encima de la mesa, se encontraba un huevo duro partido por la mitad, junto con la cáscara. Por lo visto, después de haber cortado el huevo, el capitán salió del camarote para no volver jamás. En la mesa, frente a la silla en que probablemente estaría sentada su esposa, se encontraba el frasco de un conocido específico contra la tos. Parecía que la mujer había destapado el frasco un momento antes de salir del camarote, pues el corcho se encontraba en la mesa. El remedio servía de prueba de que después de la huida de todos en el mar había reinado una calma chicha: no se había volcado ni una sola gota del frasco puesto en el borde de la mesa.
En la cocina se encontraban las sartenes puestas en el fogón, prueba de que los marineros se disponían a comer.
¿Cuánto tiempo hacía que la tripulación había abandonado la goleta? Esta cuestión fue dilucidada por el libro de a bordo. Pero, ¿quién sabe si decía la verdad?... La última anotación estaba hecha aproximadamente cuarenta horas antes del momento en que el barco inglés avisara a «María Celeste», es decir, a las siete de la mañana del día dos de diciembre de 1872. Solo fueron apuntados los grados de latitud y longitud.
Otra prueba de que los marineros abandonaron muy deprisa la goleta, consistía en la circunstancia de que aquella misma mañana habían lavado su ropa. Al registrar el buque, Boys y Adams descubrieron las camisas de los marineros extendidas en una cuerda. En el camarote del primer oficial encontraron un papel en que este había empezado a sumar unos cuantos números, cálculos que no llegó a concluir.
Sin contar el cronómetro y los papeles de a bordo, todo en la goleta permanecía en su lugar; los marineros no llevaron consigo ni aun sus pipas y su tabaco.
—Quisiera saber —pronunció con aire pensativo Boys— cómo pudo haberse decidido una madre a dejar una nave en excelente estado en medio del océano para llevar consigo a su hija sin haber tomado nada para abrigarla de noche.
* * *
Tomando como base los hechos mencionados, a Conan Doyle escribió un cuento titulado «Las memorias de D. G. Jefferson», que publicó en una revista. El relato se lleva de parte del presunto único superviviente de los pasajeros del «María Celeste», y el célebre escritor supo dar a su cuento tal verosimilitud, que «El Noticiero de Boston» lo publicó el año 1885 como la verdadera explicación del misterio.
A continuación se ofrece un resumen de dicho cuento, como ejemplo de lo que pudo haber ocurrido en realidad.
* * *
D. G. Jefferson, un médico enfermo, se embarcó en la «María Celeste», con el fin de hacer un viaje por mar para reponer su salud quebrantada. Además de este, entre los pasajeros se encontraban: John Garton, representante de la empresa naviera, y Septimus Goring, un cuarentón, de Nueva Orleans.
Momentos antes de zarpar la goleta desaparecieron dos marineros de su tripulación y el capitán se vio obligado a substituirlos por otros tantos negros, con los que Goring, evidentemente, tenía relaciones. Al cabo de diez días después de la salida de la nave de Nueva York, se ahogaron la mujer y la hija del capitán. Al día siguiente fue hallado el cadáver de este; al lado de él yacía un revólver.
—El capitán se suicidó no pudiendo soportar su desgracia —dijo Goring.
Pasaron quince días. Una tarde, Jefferson enseñó a Goring una piedra extraña que tenía la forma de una oreja humana. Este raro objeto se lo había regalado una anciana negra, diciendo que, a falta de amigos a quienes pudiese hacer este presente, se lo daba a Jefferson en señal de gratitud por haberla tratado bien. Por lo visto, la vieja atribuía mucho valor a la piedra. Al verla el negro timonel demostró una extrema veneración hacia su poseedor.
El médico quedó sumamente asombrado. Pero su asombro rayó en estupefacción cuando varios días más tarde la tierra que tocaron resultó ser África en vez de Portugal. El primer oficial que, desde la muerte del capitán, asumió su cargo, se puso furioso, asegurando que alguien había descompuesto sus instrumentos marítimos, obligando a la goleta a seguir un rumbo erróneo. Pero el desdichado no tuvo tiempo para comprobar sus sospechas. La misma noche, desde la costa, llegó en sus botes una banda de negros que venció a los blancos en una lucha desigual y dio muerte a todos, excepto Jefferson. A este le fue perdonada la vida gracias a la piedra que tenía en su poder. Los negros, en compañía del médico, volvieron a tierra en sus botes. (Con eso se explica que las chalupas de la goleta quedaran intactas).
En África, Jefferson tuvo innumerables aventuras extrañas que no tienen relación alguna con el destino de la «María Celeste». Por fin, Goring le facilitó la huida.
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Dicho Goring llevaba una guerra encarnizada contra la raza blanca. El cruel cuarentón se empeñó en aniquilar a todos los que se encontraban a bordo de la goleta y arrojó al mar a la mujer y a la hija del capitán y luego mató a este. Fue él también el que ocasionó el desperfecto en los instrumentos y logró dirigir la nave hacia un punto determinado de la costa africana donde lo esperaba una tribu salvaje a la que tenía que gobernar. Los negros súbditos de Goring adoraban a un ídolo con la oreja rota, y la piedra que poseía Jefferson resultó ser un trozo de aquel fetiche. A consecuencia de eso los negros consideraban al médico su verdadero rey. Deseoso de librarse de un rival al que no se atrevía a dar muerte, Goring le facilitó un bote y le aconsejó se dirigiese a Gibraltar. Jefferson siguió su consejo. Una vez en Gibraltar, relató sus aventuras y la desaparición de los tripulantes de la goleta norteamericana «María Celeste», pero nadie, quiso darle crédito.
* * *
Varios escritores ingleses hicieron la tentativa de explicar a su modo, más o menos verosímil, este caso misterioso. Uno de ellos, a Morrisson, escribió a este respecte un cuento, cuya síntesis ofrecemos a nuestros lectores.
* * *
El nombre de José Hollers aparecía a menudo en las listas de marineros de varios buques. Sin embargo, todos los llamaban siempre «el santo Jo».
Hollers, un gigante con los brazos desmesuradamente largos y fuertes, era un marinero muy experto y de confianza, y poseía varios certificados que lo atestiguaban. El sobrenombre que llevaba le fue dado debido a su extrema devoción. Los hombres religiosos no constituyen una excepción entre los marineros, pero «el santo Jo» era un individuo muy raro: pertenecía a los partidarios de Swedemborg y no se separaba jamás del libro de aquel escritor místico, titulado «Los Arcanos Celestiales».
«El Santo Jo» hizo a bordo de la «María Celeste» su último viaje, que resultó ser también el último para todos los tripulantes de la malograda nave.
A bordo había trece personas, inclusive la esposa y la hijita del capitán. Las opiniones supersticiosas de los marineros, relacionadas con este número, provocaban la ira de Hollers. Este aseguraba que el viaje fue empezado con los mejores augurios y que a todos los que lo emprendieron esperaba una plena conversión. «El Santo Jo» pronunciaba sus sermones con inusitado calor. Las burlas de los marineros lo sacaban de sus casillas y lo estimulaban a las profecías.
—Jim Tobbs, el principal burlador —dijo una vez el gigante—, será el primero en ver la luz.
Una noche serena, pero oscura, Jim desapareció, lo que produjo una fuerte impresión sobre la tripulación de la goleta.
Tobbs estaba de guardia. El primer oficial lo llamó y, no habiendo recibido respuesta alguna, lo creyó dormido. Sin embargo, al llegar el relevo, no encontraron a Jim ni ninguna huella de este. A la noche siguiente desapareció otro marinero que también estaba de guardia.
Esos sucesos infundieron un loco pavor a los marineros que, desde entonces, se ponían de guardia de dos en dos. De esta suerte transcurrieron dos noches seguidas sin ningún acontecimiento. Lo que ocurrió luego lo presenció la luz del día.
Alrededor de la mesa del camarote principal estaban reunidos el capitán de la goleta, su mujer, su hijita y su segundo, tomando el desayuno. Era una mañana tranquila; soplaba un viento suave. Junto al timón se encontraba el marinero Allen. En el castillete se habían reunido una media docena de marineros, los unos se disponían a desayunar, mientras que los otros extendían en la cuerda sus camisas recién lavadas para secarlas. Allen estaba completamente absorto por su deber y tenía la vista fija en el océano. De repente vio a «El Santo Jo» que se acercaba con una cafetera en mano y un vaso de estaño en la otra.
—Acabamos de probar este café en el castillete —dijo el gigante— y nos pareció un verdadero veneno. Hay que decírselo al capitán. Pruébalo tú.
Allen, lejos de sospechar algo, sorbió del vaso que le ofrecía Hollers. Acto seguido se le nubló la vista, se le cortó la respiración y una palidez cadavérica cubrió su rostro. Profiriendo una risa loca, «El Santo Jo» se apoderó del timón.
—¿No te había dicho que era un veneno? —pronunció él alienado—. Todos seguiremos a Jim Tobbs. Desde que lo arrojé al océano, librando de este modo su alma, Jim no me deja tranquilo ni de día ni de noche, llamando a los demás. Ni un cuerpo pecador quedará a bordo de la goleta.
Hollers sacó de su bolsillo una cuerda con la que ató el timón, murmurando:
El moribundo fue arrojado al mar, sin oponer resistencia alguna. Entonces, el loco se dirigió hacia la escalera que conducía al camarote del capitán y con voz tranquila llamó al primer oficial Wilson. Cuando este subió a cubierta, «El Santo Jo» le dijo:
—Entre los marineros pasa algo raro, señor. Parece que no les gusta el café. Yo no le he probado. ¿Quiere ir a ver usted?
Wilson se dirigió hacia el castillete; el maniático lo seguía con cautela. La lucha duró un minuto. El primer oficial fue tomado de improviso y los largos y fuertes brazos de Hollers lo arrojaron por encima de la borda antes de que tuviera tiempo para proferir un grito o de asirse a algún objeto del buque.
—Te los envío, Jim —gritó el gigante, preso de una alegría morbosa.
Entre tanto, el capitán se puso de pie para revisar sus papeles, con el fin de aclarar una anotación. Su esposa tomó el frasco de su remedio preferido que solía emplear tanto contra la tos como para prevenir la enfermedad. Su hijita, cansada ya de estar sentada en la mesa, se acercó a la escalera y miró arriba. Allí vio a «El Santo Jo» que le hacía señas sonriendo. La chica subió a la cubierta y Hollers la alzó en los brazos. Al cabo de un minuto el loco gritó:
—Una niña al agua.
El capitán Griggs, con un movimiento inconsciente, guardó los papeles en el bolsillo y subió corriendo a la cubierta, ordenando bajar la chalupa. Luego, sin desnudarse, saltó al agua. La mujer del capitán, que también subió inmediatamente a la cubierta, se inclinó por encima de la borda, suplicando ayuda para su marido y su hija, pero de un fuerte tirón fue enviada al océano.
El alienado daba saltos y brincos de infernal alegría. Luego se acercó al timón, cortó la soga que lo sujetaba y dirigió la goleta a merced del viento hasta el momento que la esposa del capitán desapareció tragada por el mar.
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Después, Jo dejó el timón sin rumbo determinado y se dirigió al castillete para tirar al mar los cadáveres de los marineros envenenados por él. Terminada esta tarea, «El Santo Jo» quedó solo a bordo de la «María Celeste» y se entregó a una frenética danza, conversando con los fantasmas que creía ver alrededor suyo.
—El cuerpo perece, pero el espíritu remonta el vuelo hacia las mansiones inefables del reino celestial —gritaba el loco—. Todo está cumplido, Jim. Y ahora voy yo.
Corrió al camarote del capitán, sacó el cronómetro y con él se arrojó al océano.
La «María Celeste» se balanceó y movida por el viento se deslizó por la tranquila superficie del Atlántico.
—La suerte de la goleta «María Celeste».
Hay documentos oficiales que atestiguan las circunstancias en que fue hallada la goleta, pero nadie puede jactarse de haber encontrado huellas aunque fueran de uno solo de los trece seres humanos que la tripulaban.
Los hechos son los siguientes:
* * *
Al principio del mes de septiembre de 1872, el capitán Griggs, natural de Nueva Inglaterra, estaba de pie en el embarcadero de Nueva York vigilando el acarreo a la cubierta de la «María Celeste», goleta de quinientas toneladas, del último objeto destinado para su camarote, que era una máquina de coser para su esposa. La señora de Griggs tenía el propósito de embarcarse en el buque capitaneado por su marido, que se dirigía a Génova.
Una vez colocada en su lugar la máquina, subió a la cubierta la esposa del capitán con su hija de siete años de edad. En este momento apareció en el puerto el hijo de los Griggs, de doce años, acompañado por el propietario de la goleta. El chico se precipitó hacia su padre exclamando:
—¡Oh, papá, por favor! Llévame a mí también.
—No te apures, hijo mío —replicó Griggs—. Acuérdate de que ya has hecho conmigo dos viajes y ahora tienes que quedarte en casa para estudiar.
—Me sentiré muy triste sin mamá y sin mi hermanita —pronunció el chico con voz temblorosa.
—Es cierto —dijo el capitán con aire pensativo.
Luego agregó, dirigiéndose al propietario del buque:
—¿Cuál es su opinión a este respecto, señor?
—Me parece —contestó este— que al muchacho le conviene más quedarse en Nueva York y frecuentar la escuela.
Griggs se despidió de su hijo y subió a la goleta, que inmediatamente levó el ancla.
El chico quedó en el embarcadero, llorando de un modo tan desesperado que parecía que se le partía el corazón. El patrón de la nave lo condujo a su casa, comprándole por el camino juguetes y golosinas, sin lograr consolarlo.
Pasaron dos meses, poco más o menos. Un día el propietario de la goleta recibió del cónsul de los Estados Unidos en Gibraltar el siguiente mensaje:
«La goleta norteamericana «María Celeste», procedente de Nueva York, fue traída a este puerto por el barco, británico «Dei Gratia», que la encontró el cinco de diciembre en alta mar sin tripulación. El buque se halla en un estado perfecto; pero el Almirantazgo lo aceptó en calidad de averiado. Se ignora en absoluto el destino de la tripulación que lo abandonó...»
El dueño de la nave se dirigió inmediatamente a Gibraltar, después de haber mandado al hijo de Griggs la copia de la carta del cónsul.
El pobre chico prorrumpió en sollozos, diciendo:
—Si papá me hubiera llevado, no le pasaría ninguna desgracia, pues la cantidad de los tripulantes hubiera sido catorce y todos hubiéramos quedado sanos y salvos.
* * *
Al mediodía del 5 de diciembre de 1872, las aguas del Océano Atlántico, en las orillas del Estrecho de Gibraltar, y a distancia de trescientas millas de este, estaban tranquilas como las de un estanque. En aquellos parajes se encontraban tres naves, separadas por una distancia que permitía a sus respectivas tripulaciones verse las unas a las otras.
El buque alemán que se dirigía a West-India, pasó frente a la goleta desconocida, de la que lo separaban tres millas aproximadamente, y le dio una señal, sin obtener ninguna respuesta. Entonces el buque prosiguió su camino después de haber «dicho» a la goleta en código marítimo:
—Si no quieren contestar o darse a conocer, a mí no me importa.
La tercera nave era un, barco inglés, dirigido por el capitán Boys, que llevaba rumbo a Gibraltar. El capitán, que estaba escudriñando el océano con su anteojo de larga vista, notó las señales del buque alemán y esperó en vano la aparición de la bandera en el mástil de la goleta.
—¡Qué mal educado! —exclamó Boys. Y tomó la decisión de averiguar el nombre del capitán que así violaba las leyes de la cortesía marítima.
Aprovechando el viento dirigió su barco «Dei Gratia» hacia la goleta.
El capitán y su segundo, acompañados por dos remeros, se dirigieron a la misteriosa goleta. Al acercarse pudieron leer en su popa: «María Celeste—. Nueva York».
—¡Ah, de la goleta! —volvió a gritar Boys en cuanto su chalupa se detuvo junto a la nave.
Por fin, Boys y Adams, el segundo, subieron a la cubierta de la goleta. Entonces se cercioraron de que no había en ella alma viviente ni aun junto al timón... Los marineros se dirigieron a la popa y pudieron comprobar que la nave se encontraba en un estado perfecto. Todo se hallaba en su lugar correspondiente; pero en todas partes reinaba un silencio lúgubre. Al capitán y a su segundo se les antojó que «María Celeste» era un cementerio flotante o un buque fantasma. Lo registraron minuciosamente, sin encontrar un solo hombre, ni vivo ni muerto.
—No hubo tormenta —prorrumpió Boys—, y los hombres no fueron llevados por una ola enorme, pues en el libro de, a bordo no hay indicio alguno que atestigüe haber ocurrido tal fenómeno.
El capitán quedó meditando durante un rato y luego dijo:
—Mire la máquina de coser. Es evidente que un minuto antes del acontecimiento una señora ha estado trabajando en ella. Fíjese en que el dedal está puesto en el borde de la máquina. No pudo haber ninguna tormenta cuando se alejó la dama, pues de lo contrario los hilos se hubieran enredado.
—Había un niño a bordo —observó el segundo—. La señora estaba cosiendo un trajecito de chica e interrumpió su trabajo para abandonar el buque.
—No, para ir a tomar el desayuno —corrigió el capitán señalando la mesa puesta.
Evidentemente, cuatro personas que estaban sentadas en el camarote se levantaron de sus asientos sin haber terminado de desayunar. Más tarde se supuso que en la mesa estaban sentados: el capitán, su esposa, su hija y el primer oficial. La sopa de avena, café, carne fría de cerdo y huevos cocidos, probaban que las personas mencionadas estaban tomando el desayuno. Junto al asiento del capitán, encima de la mesa, se encontraba un huevo duro partido por la mitad, junto con la cáscara. Por lo visto, después de haber cortado el huevo, el capitán salió del camarote para no volver jamás. En la mesa, frente a la silla en que probablemente estaría sentada su esposa, se encontraba el frasco de un conocido específico contra la tos. Parecía que la mujer había destapado el frasco un momento antes de salir del camarote, pues el corcho se encontraba en la mesa. El remedio servía de prueba de que después de la huida de todos en el mar había reinado una calma chicha: no se había volcado ni una sola gota del frasco puesto en el borde de la mesa.
En la cocina se encontraban las sartenes puestas en el fogón, prueba de que los marineros se disponían a comer.
¿Cuánto tiempo hacía que la tripulación había abandonado la goleta? Esta cuestión fue dilucidada por el libro de a bordo. Pero, ¿quién sabe si decía la verdad?... La última anotación estaba hecha aproximadamente cuarenta horas antes del momento en que el barco inglés avisara a «María Celeste», es decir, a las siete de la mañana del día dos de diciembre de 1872. Solo fueron apuntados los grados de latitud y longitud.
Otra prueba de que los marineros abandonaron muy deprisa la goleta, consistía en la circunstancia de que aquella misma mañana habían lavado su ropa. Al registrar el buque, Boys y Adams descubrieron las camisas de los marineros extendidas en una cuerda. En el camarote del primer oficial encontraron un papel en que este había empezado a sumar unos cuantos números, cálculos que no llegó a concluir.
Sin contar el cronómetro y los papeles de a bordo, todo en la goleta permanecía en su lugar; los marineros no llevaron consigo ni aun sus pipas y su tabaco.
—Quisiera saber —pronunció con aire pensativo Boys— cómo pudo haberse decidido una madre a dejar una nave en excelente estado en medio del océano para llevar consigo a su hija sin haber tomado nada para abrigarla de noche.
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Tomando como base los hechos mencionados, a Conan Doyle escribió un cuento titulado «Las memorias de D. G. Jefferson», que publicó en una revista. El relato se lleva de parte del presunto único superviviente de los pasajeros del «María Celeste», y el célebre escritor supo dar a su cuento tal verosimilitud, que «El Noticiero de Boston» lo publicó el año 1885 como la verdadera explicación del misterio.
A continuación se ofrece un resumen de dicho cuento, como ejemplo de lo que pudo haber ocurrido en realidad.
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D. G. Jefferson, un médico enfermo, se embarcó en la «María Celeste», con el fin de hacer un viaje por mar para reponer su salud quebrantada. Además de este, entre los pasajeros se encontraban: John Garton, representante de la empresa naviera, y Septimus Goring, un cuarentón, de Nueva Orleans.
Momentos antes de zarpar la goleta desaparecieron dos marineros de su tripulación y el capitán se vio obligado a substituirlos por otros tantos negros, con los que Goring, evidentemente, tenía relaciones. Al cabo de diez días después de la salida de la nave de Nueva York, se ahogaron la mujer y la hija del capitán. Al día siguiente fue hallado el cadáver de este; al lado de él yacía un revólver.
—El capitán se suicidó no pudiendo soportar su desgracia —dijo Goring.
Pasaron quince días. Una tarde, Jefferson enseñó a Goring una piedra extraña que tenía la forma de una oreja humana. Este raro objeto se lo había regalado una anciana negra, diciendo que, a falta de amigos a quienes pudiese hacer este presente, se lo daba a Jefferson en señal de gratitud por haberla tratado bien. Por lo visto, la vieja atribuía mucho valor a la piedra. Al verla el negro timonel demostró una extrema veneración hacia su poseedor.
El médico quedó sumamente asombrado. Pero su asombro rayó en estupefacción cuando varios días más tarde la tierra que tocaron resultó ser África en vez de Portugal. El primer oficial que, desde la muerte del capitán, asumió su cargo, se puso furioso, asegurando que alguien había descompuesto sus instrumentos marítimos, obligando a la goleta a seguir un rumbo erróneo. Pero el desdichado no tuvo tiempo para comprobar sus sospechas. La misma noche, desde la costa, llegó en sus botes una banda de negros que venció a los blancos en una lucha desigual y dio muerte a todos, excepto Jefferson. A este le fue perdonada la vida gracias a la piedra que tenía en su poder. Los negros, en compañía del médico, volvieron a tierra en sus botes. (Con eso se explica que las chalupas de la goleta quedaran intactas).
En África, Jefferson tuvo innumerables aventuras extrañas que no tienen relación alguna con el destino de la «María Celeste». Por fin, Goring le facilitó la huida.
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Dicho Goring llevaba una guerra encarnizada contra la raza blanca. El cruel cuarentón se empeñó en aniquilar a todos los que se encontraban a bordo de la goleta y arrojó al mar a la mujer y a la hija del capitán y luego mató a este. Fue él también el que ocasionó el desperfecto en los instrumentos y logró dirigir la nave hacia un punto determinado de la costa africana donde lo esperaba una tribu salvaje a la que tenía que gobernar. Los negros súbditos de Goring adoraban a un ídolo con la oreja rota, y la piedra que poseía Jefferson resultó ser un trozo de aquel fetiche. A consecuencia de eso los negros consideraban al médico su verdadero rey. Deseoso de librarse de un rival al que no se atrevía a dar muerte, Goring le facilitó un bote y le aconsejó se dirigiese a Gibraltar. Jefferson siguió su consejo. Una vez en Gibraltar, relató sus aventuras y la desaparición de los tripulantes de la goleta norteamericana «María Celeste», pero nadie, quiso darle crédito.
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Varios escritores ingleses hicieron la tentativa de explicar a su modo, más o menos verosímil, este caso misterioso. Uno de ellos, a Morrisson, escribió a este respecte un cuento, cuya síntesis ofrecemos a nuestros lectores.
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El nombre de José Hollers aparecía a menudo en las listas de marineros de varios buques. Sin embargo, todos los llamaban siempre «el santo Jo».
Hollers, un gigante con los brazos desmesuradamente largos y fuertes, era un marinero muy experto y de confianza, y poseía varios certificados que lo atestiguaban. El sobrenombre que llevaba le fue dado debido a su extrema devoción. Los hombres religiosos no constituyen una excepción entre los marineros, pero «el santo Jo» era un individuo muy raro: pertenecía a los partidarios de Swedemborg y no se separaba jamás del libro de aquel escritor místico, titulado «Los Arcanos Celestiales».
«El Santo Jo» hizo a bordo de la «María Celeste» su último viaje, que resultó ser también el último para todos los tripulantes de la malograda nave.
A bordo había trece personas, inclusive la esposa y la hijita del capitán. Las opiniones supersticiosas de los marineros, relacionadas con este número, provocaban la ira de Hollers. Este aseguraba que el viaje fue empezado con los mejores augurios y que a todos los que lo emprendieron esperaba una plena conversión. «El Santo Jo» pronunciaba sus sermones con inusitado calor. Las burlas de los marineros lo sacaban de sus casillas y lo estimulaban a las profecías.
—Jim Tobbs, el principal burlador —dijo una vez el gigante—, será el primero en ver la luz.
Una noche serena, pero oscura, Jim desapareció, lo que produjo una fuerte impresión sobre la tripulación de la goleta.
Tobbs estaba de guardia. El primer oficial lo llamó y, no habiendo recibido respuesta alguna, lo creyó dormido. Sin embargo, al llegar el relevo, no encontraron a Jim ni ninguna huella de este. A la noche siguiente desapareció otro marinero que también estaba de guardia.
Esos sucesos infundieron un loco pavor a los marineros que, desde entonces, se ponían de guardia de dos en dos. De esta suerte transcurrieron dos noches seguidas sin ningún acontecimiento. Lo que ocurrió luego lo presenció la luz del día.
Alrededor de la mesa del camarote principal estaban reunidos el capitán de la goleta, su mujer, su hijita y su segundo, tomando el desayuno. Era una mañana tranquila; soplaba un viento suave. Junto al timón se encontraba el marinero Allen. En el castillete se habían reunido una media docena de marineros, los unos se disponían a desayunar, mientras que los otros extendían en la cuerda sus camisas recién lavadas para secarlas. Allen estaba completamente absorto por su deber y tenía la vista fija en el océano. De repente vio a «El Santo Jo» que se acercaba con una cafetera en mano y un vaso de estaño en la otra.
—Acabamos de probar este café en el castillete —dijo el gigante— y nos pareció un verdadero veneno. Hay que decírselo al capitán. Pruébalo tú.
Allen, lejos de sospechar algo, sorbió del vaso que le ofrecía Hollers. Acto seguido se le nubló la vista, se le cortó la respiración y una palidez cadavérica cubrió su rostro. Profiriendo una risa loca, «El Santo Jo» se apoderó del timón.
—¿No te había dicho que era un veneno? —pronunció él alienado—. Todos seguiremos a Jim Tobbs. Desde que lo arrojé al océano, librando de este modo su alma, Jim no me deja tranquilo ni de día ni de noche, llamando a los demás. Ni un cuerpo pecador quedará a bordo de la goleta.
Hollers sacó de su bolsillo una cuerda con la que ató el timón, murmurando:
El moribundo fue arrojado al mar, sin oponer resistencia alguna. Entonces, el loco se dirigió hacia la escalera que conducía al camarote del capitán y con voz tranquila llamó al primer oficial Wilson. Cuando este subió a cubierta, «El Santo Jo» le dijo:
—Entre los marineros pasa algo raro, señor. Parece que no les gusta el café. Yo no le he probado. ¿Quiere ir a ver usted?
Wilson se dirigió hacia el castillete; el maniático lo seguía con cautela. La lucha duró un minuto. El primer oficial fue tomado de improviso y los largos y fuertes brazos de Hollers lo arrojaron por encima de la borda antes de que tuviera tiempo para proferir un grito o de asirse a algún objeto del buque.
—Te los envío, Jim —gritó el gigante, preso de una alegría morbosa.
Entre tanto, el capitán se puso de pie para revisar sus papeles, con el fin de aclarar una anotación. Su esposa tomó el frasco de su remedio preferido que solía emplear tanto contra la tos como para prevenir la enfermedad. Su hijita, cansada ya de estar sentada en la mesa, se acercó a la escalera y miró arriba. Allí vio a «El Santo Jo» que le hacía señas sonriendo. La chica subió a la cubierta y Hollers la alzó en los brazos. Al cabo de un minuto el loco gritó:
—Una niña al agua.
El capitán Griggs, con un movimiento inconsciente, guardó los papeles en el bolsillo y subió corriendo a la cubierta, ordenando bajar la chalupa. Luego, sin desnudarse, saltó al agua. La mujer del capitán, que también subió inmediatamente a la cubierta, se inclinó por encima de la borda, suplicando ayuda para su marido y su hija, pero de un fuerte tirón fue enviada al océano.
El alienado daba saltos y brincos de infernal alegría. Luego se acercó al timón, cortó la soga que lo sujetaba y dirigió la goleta a merced del viento hasta el momento que la esposa del capitán desapareció tragada por el mar.
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Después, Jo dejó el timón sin rumbo determinado y se dirigió al castillete para tirar al mar los cadáveres de los marineros envenenados por él. Terminada esta tarea, «El Santo Jo» quedó solo a bordo de la «María Celeste» y se entregó a una frenética danza, conversando con los fantasmas que creía ver alrededor suyo.
—El cuerpo perece, pero el espíritu remonta el vuelo hacia las mansiones inefables del reino celestial —gritaba el loco—. Todo está cumplido, Jim. Y ahora voy yo.
Corrió al camarote del capitán, sacó el cronómetro y con él se arrojó al océano.
La «María Celeste» se balanceó y movida por el viento se deslizó por la tranquila superficie del Atlántico.