la venganza del muerto (relato)
«Whitey». Ferris movióse muy ligeramente en su asiento. El movimiento fue apenas perceptible, pero en él estaba la diferencia entre la vida y la muerte para su compañero Billy Tumblers.
Este no observó el movimiento. En aquel momento, Billy estaba demasiado furioso para observar nada Acababa de comprobar, sin ningún género de duda, que «Whitey» le había estado engañando. Hacía tiempo que lo sospechaba. Ahora estaba seguro. En su opinión, aquel era el momento de echar las cartas sobre la mesa.
Hacía más de un año que los dos hombres trabajaban juntos. Para ellos, aunque no para el público, aquella asociación era ideal.
«Whitey». («Blanquecino»). Ferris, llamado así, no por su pureza de carácter, sino por sus descoloridas pestañas, era uno de los más inteligentes gangsters de San Francisco. Era increíble la forma que tenía de enterare del contenido de las cajas de caudales acorazadas. Si Geiblers, el famoso joyero de frente al Plaza, ingresaba en caja alguna suma importante a última hora de la tarde, de forma que debiera conservarla durante la noche, hasta la mañana siguiente, enseguida «Whitey» se enteraba de ello.
Si la sucursal de algún Banco se encontraba con un exceso de papel moneda, de una forma o de otra el suceso llegaba a oídos de Ferris.
Si Sam O’Keefe, el apostador, acertaba un diez a uno y cobraba las apuestas en billetes y demasiado tarde para ingresarlo en el Banco, «Whitey». Ferris se enteraba de ello. Lo que la langosta en un campo de trigo, era «Whitey» para cualquier excesiva acumulación de dinero.
No quería saber nada de las joyas ni de los objetos de arte. Esas cosas, fáciles de adquirir resultaban difíciles de convertir en dinero. Lo que a Ferris le gustaba era el dinero: papel moneda.
Si se trataba de un atraco, y había que obligar a alguien a soltar el dinero, ¡ay del que no se apresura, se a obedecer enseguida! Ferris nunca mostraba una pistola. Siempre disparaba desde la cadera, con el arma dentro del bolsillo... ¡y jamás fallaba!
Billy Tumblers era de otra clase. Su máxima destreza consistía en manipular combinaciones de cajas de caudales. Con tal que tuviera un soplete de acetileno y tiempo razonable, digamos diez minutos, la caja podía ya darse por abierta. Decíase de él que tenía ojos en las yemas de los dedos. Su sensibilidad de oído era sobrenatural. El más leve «clic» o «clac» de una combinación llegaba a él con toda claridad y le explicaba inmediatamente su secreto. En su primera juventud, antes de que el mundo del hampa lo conociese, había trabajado en una cerrajería Antes de terminar su aprendizaje, sabía mucho más que su amo acerca de cerraduras.
A su manera, era un hombre honrado. Para él una amistad o una asociación significaba un reparto equitativo, mitad y mitad, de los beneficios. Antes le hubiese robado un centavo a un ciego que traicionar a un amigo. De no haberse encontrado casualmente con Ferris en un salón de billar, seguramente habría sido un ciudadano honorable. El propietario de aquel salón, Barney Rafferty, había comprado una nueva caja de caudales. A los pocos días se encontró con que había olvidado la combinación.
Barney encontróse en un apuro. Los fabricantes de la caja no podrían abrirla hasta el día siguiente. Se disponía a utilizar la violencia, condensada en un pesado martillo, cuando Billy se ofreció voluntariamente a abrirla sin estropear la cerradura. Barney le indicó que lo hiciese. Cinco minutos más tarde, reloj en mano, la puerta de la caja estaba abierta.
«Whitey». Ferris, cinco años mayor que el muchacho de los ojos en las yemas de los dedos, era quien tenía el reloj. De ese incidente nació su asociación.
Juntos hicieron una razzia por todas las cajas dignas de atención de la ciudad de la bahía. Y trabajaron tan bien, que jamás recayó sobre ellos la menor sospecha.
«Whitey» era un ladrón muy inteligente y sabía que para poder trabajar con éxito era necesario tener una profesión o un negocio que velara las verdaderas operaciones. Nominalmente, Ferris era un comisionista. Pero su comisión era del cien por cien en todo cuanto negociaba. Esa comisión la repartía por mitad con Billy. Por lo menos eso era lo que Billy creía «Whitey» tenía un despacho regio en Market Street. Nadie investigaba nunca la naturaleza de sus negocios. Claro que tampoco pudo nadie, jamás, investigarlo, pues cada tres meses, Ferris cambiaba de oficina, cosa bastante corriente en Market Street.
En cuanto a Billy, todos le creían empleado de Ferris. Se pasaba el día sentado a una mesa y contestando a las llamadas telefónicas. Éstas tenían lugar siempre que «Whitey» estaba fuera. En realidad, era él quien las hacía y las conversaciones se desarrollaban en una sencilla pero eficiente clave. Así, Billy sabía cuándo y dónde encontrar a su socio después de las horas de trabajo que era cuando su verdadera labor empezaba.
Billy era un hombre alto, pesado, que engordaba de una manera alarmante. Le gustaba mucho comer bien y se negaba en redondo al menor sacrificio. Aparentemente, sus manos solo eran notables por su tamaño. Resultaban excesivamente pequeñas para un hombre tan voluminoso. Pequeñas semejantes a espátulas y sumamente fuertes. Nadie, ni siquiera el nunca bastante llorado Sherlock Holmes, habría sospechado que un ojo parpadeaba al extremo de cada uno de aquellos dedos.
Los dos socios no vivían juntos. Esto, como sagazmente suponía «Whitey», habría llamado la atención. Billy vivía en una destartalada barraca de Rincon Hill. Constaba de una sola habitación y, como no pertenecía a nadie, Ferris se había hecho con ella. El viejo, de quien en un principio la tomó en arriendo «Whitey», hacía tiempo que había muerto. Por lo tanto, la barraca pasó a poder de Ferris, quien se la prestó a su amigo, sin cobrarle nada por el alquiler.
Por su parte, Ferris ocupaba una económica habitación en el Flag Hotel. Vivía allí mucho antes de que se asociara con Billy. Para la gerencia del hotel, el ladrón era una persona respetable, de costumbres tranquilas, que pagaba regularmente su cuenta y no molestaba a nadie.
Para el público en general, los dos compañeros se portaban como lo que aparentaban ser: amo y empleado. Pero de noche y en un refugio de Rincon Hill, eran socios en la base de mitad y mitad. Esto lo había creído Billy hasta ahora, al llegar al reparto de} botín hallado en la caja de Marckwick & Company, los agentes de Cambio y Bolsa del Montgomery Building.
En los asaltos, por regla general, la participación activa de Billy se limitaba a la rápida apertura de las puertas que se interponían entre los ladrones y su presa. El aumento continuo de peso impedía a Tumblers el agacharse fácilmente. Por ello se agachaba solo el tiempo suficiente para abrir la caja. Luego se hacía a un lado dejando que «Whitey», que era pequeño y delgado, se agachara las veces necesarias para trasladar a un maletín el dinero y los valores. Había también otro motivo muy importante para esta división del trabajo. «Whitey» tenía una vista de lince para escoger los valores negociables. Jamás se equivocaba. Nunca se apoderó de nada cuya pista fuese de fácil seguir. Cuando asaltaron la Oficina de Correos de Santa María, había allí unos valores marcados, colocados como trampa a los posibles ladrones.
«Whitey» los husmeó y cuando se marcharon, llevaban una respetable cantidad de hojas de sellos de Correo y una serie de paquetes de valores declarados. También se llevaron la modesta suma de quinientos dólares en valores sin marcar, y luego, como hacían siempre que les era posible, cerraron la caja de caudales. Lo que dejaron sin tocar ascendía a una cantidad de miles de dólares que hubiese tentado a un ladrón menos experto, llevándolo a su ruina. «Whitey» sabía que el desprenderse de aquello aumentaría en un cien por cien los riesgos. Llevóse solamente aquellos valores que no podían dejar una pista peligrosa. Su ascenso a la fortuna era lento, pero seguro.
Lo de la caja de la Marckwick & Company era algo completamente distinto. Más que una caja de caudales era una cámara acorazada. Su saqueo no obligaba a inclinarse, y Billy, por esa vez, ayudó también a vaciar el contenido de los cajones y compartimientos.
Entre otras cosas, entregó a Ferris un fajo de billetes recién salidos de la Casa de Moneda. Tenía centímetro y medio de grosor, y por el primero se adivinaba que eran de cien dólares. La tira de papel que lo aseguraba no había sido rota.
Ahora bien; cuando llegó el momento del reparto en la barraca de Rincon Hill no apareció en todo el botín un solo billete de a cien dólares. Esto era indudable. Los billetes que «Whitey» sacó de las profundidades de sus bolsillos sumaban, todo lo más, cinco mil dólares. El valor de cada uno de ellos variaba; pero no se veía ni rastro del crujiente fajo de billetes de a cien. ¿Dónde estaba? Billy quería saberlo ¡Por lo menos debía haber allí cincuenta billetes! ¡Cinco mil dólares! Y «Whitey» trataba de robarle. Billy adivinó que esto no era la primera vez que ocurría. ¡El muy canalla debía de haberle estado robando durante todo aquel tiempo! Seguramente le llevaba una ventaja de diez a quince mil dólares. No estaba dispuesto a que la cosa continuara. Daría a su socio la oportunidad de sincerarse; ¡pero si no lo hacía...!
—¿Es eso todo lo que tienes? —preguntó.
Billy abarcando con una mirada la mesa llena de billetes.
—Sí, y no me negarás que hemos realizado una excelente pesca.
Billy se irguió en su asiento y miró fijamente a su compañero.
—¡Ya estás sacando el resto! —ordenó súbitamente.
Al oír estas palabras, fue cuando «Whitey» se movió ligeramente. El movimiento le permitió una mejor línea contra el voluminoso cuerpo de su socio Tal como estaba antes, la lámpara se interponía entre su pistola y el blanco elegido.
—¿Qué otros billetes? —preguntó con fingida inocencia «Whitey».
—Entre lo que sacamos de la cámara había un fajo de billetes de a cien.
—¡Eres un maldito embustero!
—¡Yo!
Billy se irguió amenazador. Sus manos tendiéronse hacia «Whitey». Un momento más y se cerrarían alrededor de su cuello... pero la automática que Ferris empuñaba dentro del bolsillo habló. No fuertemente, pues estaba provista de un silenciador. ¡Pof! En el rostro de Billy se verificó un terrible cambio. Una expresión de intensa sorpresa se extendió por él. Vaciló, cayendo de nuevo en la silla. La cabeza se le movió, como si estuviera borracho y, por fin, desplomóse a un lado, cayendo al suelo en una contorsión de payaso. Es muy pequeño, el margen entre la vida con su dignidad, y la muerte, con su anexo de grotescos movimientos.
—¡Ya está! —exclamó en voz alta «Whitey». Ferris—. ¡Loco! ¡Ponerme las manos encima! Ya sabía yo que algún día me vería obligado a darle el pasaporte.
Guardó en un bolsillo el dinero que estaba sobre la mesa y se dirigió a la puerta. Volvió la vista hacia el cadáver. Yacía tendido en medio de la sombra proyectada por la mesa. Nadie podría verlo desde la puerta. La abrió y miró hacia fuera Las demás barracas y míseras viviendas no evidenciaban la menor señal de vida. En aquel momento oyó rumor de pasos. Antes de que pudiera cerrar, Clancy, el policía encargado de la vigilancia nocturna del lugar, apareció en la calle.
«Whitey» se recostó contra el marco de la puerta y sacó un cigarrillo, encendiéndolo Al encender la cerilla. Clancy llegó ante la barraca.
—Buenas noches —le saludó Ferris.
—Dirá buenos días —replicó Clancy—. Es más de la una.
—No creí que fuese tan tarde —dijo «Whitey»—. ¿Quiere un cigarrillo? —ofreció, tendiendo un paquete al policía.
El policía negó con la cabeza.
—No fumo cigarrillos. Si le sobra un cigarro...
—Lo siento; solo fumo cigarrillos.
—Bueno, no importa. Se lo agradezco igual. Sigo con mi ronda. Buenas noches.
—Buenos días —sonrió «Whitey».
—Me ha devuelto usted la pelota —dijo Clancy—. Es ya de mañana y promete ser un día de trabajo.
El policía siguió su camino. «Whitey» siguió reclinado contra el marco observándole hasta que dobló por otra calle. Entonces volvió a entrar en la barraca y cerró la puerta.
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A pesar de que la muerte de Billy fue algo que casi pudo ser meditado. Ferris no se encontraba desprevenido. Subconscientemente había previsto ya tal contingencia. Más pronto o más tarde, tenía que suceder aquello. Al fin había sucedido. La sociedad había sido disuelta. Solo quedaba, limpiar el escenario del drama y huir. Tenía que darse prisa, pero le quedaba un día entero sin despertar ninguna sospecha, para arreglarlo todo. Sabía cómo deshacerse del cadáver de Billy Tumblers. Lo sabía porque la idea pasó por su mente antes de sentarse para su última conferencia.
En un rincón de la pobre vivienda descubrió la última adquisición de Billy. Un enorme baúl armario, comprado de segunda mano. La visión de semejante pieza, de equipaje hizo comprender a «Whitey» que su compañero se disponía a romper la sociedad. Siempre habían afirmado que se retirarían del negocio en cuanto alcanzaran la cifra tope: treinta mil dólares por cabeza.
La parte de Billy alcanzaba ese límite y algo más gracias al último golpe. La de «Whitey», gracias a la ingenuidad de su compañero, sobrepasaba en quince mil el total, sin contar la parte de Billy, que iría a engrosar la suya propia por derecho de victoria. Estaba enterado de que Billy tenía en perspectiva un viaje por mar. A Australia, acaso. Allí, en una tierra nueva, empezaría otra vida.
Bien, Billy tendría su viaje marítimo, aunque no en la forma que lo había preparado. Un viaje por mar con el baúl conducido por «Whitey». Ferris y dentro de él su dueño. Ferris sonrió sarcásticamente mientras se preparaba para la tétrica tarea.
El baúl estaba cerrado, pero encontró la llave en las ropas de Billy. Lo abrió. Como esperaba, su contenido era bastante miserable. Un par de trajes usados, unas camisas viejas. Billy no era un Beau Brummell. Vestía solo para no ir desnudo. El cajón superior de baúl tenía una cerradura distinta. Aunque Ferris no encontró llave que le correspondía, logró abrirlo al primer esfuerzo.
Como esperaba, la mayor parte de la fortuna de Billy se encontraba allí. Estaba todo en billetes de distintos valores, en especial de los grandes. No se molestó en contarlos. Los añadió a los que guardaba ya en los rebosantes bolsillos. Luego se quitó la chaqueta y empezó a trabajar en el baúl. Retiró los cajones y los quemó en el sucio fogón. La luz se apagaba ya, pero pudo seguir su tarea a la luz de las llamas. Por fin consiguió reducir el baúl a una voluminosa maleta. En una de las partes metió el voluminoso cuerpo de Billy, no sin grandes esfuerzos, y a su alrededor metió las ropas y demás objetos, de forma que impidieran el menor movimiento. Para conseguir todo el peso que quería, salió de la barraca y regresó con unos cuantos ladrillos, que añadió a la carga del baúl.
Por fin, cual si el baúl fuese una enorme ostra, lo cerró apretando con todas sus fuerzas para conseguir que encajaran las cerraduras Por fin consiguió que todo el cuerpo de Billy quedara dentro del baúl, y haciendo un esfuerzo final lo levantó, dejándolo derecho. Billy quedó cabeza abajo, pero no era cosa de molestarse en variar la postura, puesto que al muerto poco podía importarle la posición.
Después de esto, «Whitey» dedicó su atención al cuarto. Rebuscó en todos los rincones en busca de cualquier indicio que pudiera despertar las sospechas si se le encontraba abandonado. No halló nada. En el sucio suelo no se veía ni una sola mancha de sangre. La bala que mató a Billy atravesó limpiamente su corazón.
La idea de aplicar una cerilla al viejo chamizo y reducirlo a cenizas, junto con el cuerpo de Billy dentro del baúl, pasó por la mente de Ferris. Pero la desechó por peligrosa. Los bomberos son demasiado curiosos y, además, seguramente llegarían al lugar mucho antes de que el fuego lo hubiese consumido todo. No, el viaje por mar era lo más seguro, aunque significaría aguardar doce horas o más. No podía hacerlo de día. La noche debía cubrir su pista. Y debería hacerlo a la siguiente, pues faltaba ya muy poco para el día.
En cuanto Billy, dentro del baúl, hubiera ido a parar a las profundidades de la bahía de San Francisco, «Whitey». Ferris podría ir a gastar alegremente su dinero donde mejor le pareciese. A Méjico, quizá. Cuanto antes cruzara la frontera, mejor. Luego hacia el Sur, hacia Panamá. Aquella era la puerta abierta al mundo. Podría embarcarse hacia donde prefiriese. Ninguna sospecha de crimen o robo le turbaría.
Registró una vez más la barraca y se convenció de que no olvidaba nada. Después apagó el miserable quinqué, cerró por fuera la puerta y dirigióse a Market Street. Al llegar a los Ferry Building encontró un taxi con el chofer dormitando sobre el volante. Despertó al hombre y le ordenó le condujera a su hotel. Eran casi las tres, pero el vigilante nocturno ya estaba acostumbrado a ver entrar a «Whitey» a todas horas.
Recogió la llave y subió a su cuarto. Se quitó el traje y lo examinó con toda atención en busca de manchas de sangre. No había ninguna. Se metió en la cama y quedó casi instantáneamente dormido. Durmió sin que ninguna pesadilla acudiera a turbar su conciencia. El matar a su socio no le afectó más de lo que le hubiese afectado acabar con un mosquito o una pulga. Era una cosa que tenía que ocurrir. Por lo tanto, «Whitey». Ferris durmió como un chiquillo.
Eran casi las once de la mañana cuando salió del hotel. Dirigióse al edificio donde tenía alquilada su oficina. El alquiler de la misma estaba pagado hasta fin de mes, y anunció al gerente de la casa que desde aquel momento no volvería a necesitar la oficina. Dio como explicación que unos negocios urgentes le retendrían en Denver varios meses.
Esta explicación no originó comentario alguno. Era cosa que ocurría diariamente. Los comisionistas llegaban y se marchaban con la misma rapidez. Nadie se fijaba en ellos. «Whitey» incluso se permitió unas palabras en favor de Williams, su «empleado».
—Ayer noche le pagué su sueldo —dijo—. Es un buen muchacho. Algo lento, pero de confianza. Si acude a usted en demanda de una recomendación, no vacile en concedérsela.
—Desde luego, desde luego —replicó el gerente—. Ya he observado que era un empleado de confianza. Nunca llegaba tarde. No faltaba ni un día.
Pero enseguida el gerente se olvidó de Billy. Lo que sobran en el mundo son empleados. Su desaparición no originó ningún comentario.
«Whitey» se llevó lo poco que tenía en la oficina. La máquina de escribir era alquilada. La devolvió él mismo. Después volvió a su hotel y en un momento tuvo hecho el equipaje. Este era muy reducido. Ferris no era aficionado a los baúles armario.
Pagó la cuenta y explicó al empleado de la caja que marchaba hacia Los Ángeles. Pasaría allí unos días y luego marcharía a Salt Lake, y a Denver. Acaso permaneciese allí un par de meses Tenía que examinar algunas propiedades mineras por encargo de un cliente.
—Volveré tan pronto como esté listo.
El cajero no expresó lo mucho que lamentaba la marcha del señor Ferris.
—Tendremos un gran placer volviéndole a ver por aquí, señor —dijo.
«Whitey» recogió su maleta y salió del hotel. Tomó un tardío pero abundante almuerzo. Cuando acabó, la tarde estaba bastante avanzada. Hasta que la noche hubiera caído sobre la ciudad no podría dar el próximo paso. Rio para sí, pensando en lo fácil que le resultaba todo. El lanzar a Billy al agua, para su último viaje, no sería tampoco nada difícil Seguramente la niebla se condensaría sobre el mar. Con solo un cálculo exacto del tiempo y una vigilancia cuidadosa podría librarse de todo detalle comprometedor. El único que alguna vez hubiera podido sacar a relucir su pasado era Billy Tumblers, y este se encontraba ahora bien empaquetado dentro de un baúl, a punto para el viaje submarino.
Una vez desprendido del comprometedor cadáver, «Whitey» no tenía más que marchar hacia San Diego y de allí a Tía Juana. Se celebraban carreras de caballos, allí Antes de seguir su viaje hacia el Sur podría disfrutar de una semana ideal. Luego hacia el Istmo y de allí a Europa. ¡No! Estaba ya harto de civilización. Quería la libertad de los trópicos Mujeres morenas. Palmeras y paz. Una laguna de aguas tranquilas donde bañarse. Tal vez aun estuviera a tiempo de aprender a nadar. Tenía ante él una dilatada vida. Vida y placer. Valía la pena haberse negado la loca vida que habitualmente llevan los moradores del hampa. ¡Idiotas!
Lo gastaban todo tan deprisa como lo ganaban. Y de diez veces, nueve iban a la cárcel por hacerlo así. Él no. Todo lo tenía dispuesto. Si quería, podía incluso permitirse el lujo de jugar ¡Ruleta! Esta era una de las pasiones de «Whitey». ¡La mayor de su vida! Le gustaba oír el chirrido de los engranajes y el clic de la bola de marfil. Además él era un jugador afortunado. Claro que jugaba valiéndose de un sistema. Todo jugador tiene un sistema en la ruleta. El suyo era uno de los que más respetaban los casinos y centros de juego. Lo respetaban porque si la suerte acompaña al punto, este gana a una velocidad tremenda. Si la suerte está contra él y no pierde la cabeza y el sistema, las pérdidas son muy pequeñas.
¡Las tres! La tarde transcurría muy despacio. Nada que hacer hasta las cinco. Entonces empezaría a hacerse de noche. Podría ir a buscar el baúl a Rincon Hill. Podría tomar el ferry de las cinco y media hacia Sausalito. ¿Cómo pasar el tiempo, entretanto? ¡Un poco de juego en casa de Hop Sing! ¿Por qué no? La ruleta en casa de Hop Sing funcionaba de día y de noche. Podía pasar allí una hora provechosa. Dirigióse hacia el Barrio Chino. Entró en la tienda y, después de las señales que ya conocía, le fue permitida la entrada en la sala de juego, situada en la parte trasera.
Solo unos cuantos jugadores estaban reunidos alrededor de las mesas. «Whitey» dirigióse hacia la ruleta Compró fichas y se sentó a jugar. Jugó utilizando su sistema y perdió. Parte del sistema consiste en pararse cuando el capital inicial, una suma sin importancia, se había perdido. Esta vez a Ferris le faltó decisión. «Whitey» estaba allí para pasar el tiempo. No era divertido permanecer sentado viendo como los demás ganan o pierden. Abandonó el sistema y jugó al azar. El que juega al azar está perdido. «Whitey» no era una excepción. Compró más fichas y siguió perdiendo.
Una racha afortunada le llenó de esperanza. Pero pasó pronto y continuó, perdiendo durante una hora. Hop Sing se quedó con más de mil dólares suyos. «Whitey» estaba disgustado. Consideraba que el deber de un chino es perder cuando juega con un blanco. Lamentó no haberse atenido a su sistema. Otra vez lo haría así. Consultó el reloj. Eran casi las cinco. Tenía que marcharse. ¡Maldito Hop Sing! ¡Haberle birlado mil magníficos dólares! «Whitey» echó atrás la silla y salió del local Un taxi se detuvo, descargando un grupo de turistas. «Whitey» se acercó al coche y preguntó al conductor:
—¿Espera a esos?
—No.
—Entonces subo—. Dio la dirección de Rincon Hill, y poco después el taxi se detenía frente a la barraca. «Whitey» bajó, diciendo—: Tengo que llevar un baúl al ferry.
El chofer asintió con la cabeza.
—Es demasiado pesado para mí. ¿Quiere echarme una mano?
—Desde luego.
El chofer se apeó también, y siguió a Ferris dentro de la barraca, que olía a humedad y a tabaco. El baúl se encontraba en el mismo sitio donde «Whitey» lo dejara. Entre los dos hombres arrastraron el baúl hasta el taxi, colocándolo junto al asiento del chofer.
—Lleno de plomo, ¿no? —preguntó este.
—No, es que he descuartizado a mi abuela y la he metido dentro —bromeó Ferris.
—Pues debía de ser de pronóstico su abuela —replicó el chofer, siguiendo la broma—. ¿No la exponían en alguna feria?
«Whitey» soltó una carcajada. Le gustaba aquella broma. Sostuvo el baúl mientras el chofer lo aseguraba con una cuerda. Luego los dos subieron al coche.
—¿Dónde? —preguntó el conductor.
—Al ferry.
El taxi se puso en marcha. ¡Qué sencillo había resultado todo! Ferris contemplaba el baúl, que se movía junto al chofer. Si la cuerda se rompiese... ¡Uf! No era un pensamiento agradable. Podría abrirse al caer. Anheló que el camino fuera más liso Saltaban sobre los baches. ¡Por fin! Ya avanzaban sobre asfalto. Ya no había peligro de que el baúl cayera. ¡A menos que ocurriera un choque! ¿Por qué tenía que suceder eso? Los choferes de taxi conocen bien su oficio.
Haciendo un esfuerzo cambió de pensamientos. Regresó mentalmente a casa de Hong Sing. ¡Maldito chino! ¡Mil dólares! Un asqueroso chino no debía quedarse con aquello. Debía volver y saquear el local. Podía hacerlo con su sistema. Miró el reloj. ¡Maldita sea! Eran casi las cinco y media. A menos que el chofer se diera más prisa, perdería el ferry. Pero si aceleraba la marcha podía ocurrir un accidente. Un choque Podía caer el baúl. Abrirse. ¡No! Valía más no correr ese riesgo. Dejaría marchar el ferry de las cinco y tomaría el otro.
Esto significaba una hora de espera en el local del ferry. Y el riesgo de que el baúl fuese embarcado en otro ferry. ¿Por qué no regresar a casa de Hop Sing y probar suerte a la ruleta durante media hora? El taxi podía aguardar a la puerta. ¡Así haría que Hop Sing le devolviera su dinero! ¿No se decía que los muertos traen suerte? Acaso hubiera algo de cierto en eso. ¡Diablo! Lo probaría. Era mejor eso que aguardar en la fría sala de espera del ferry. Golpeó e} cristal. El auto aminoró la marcha.
—¡Lléveme a la Avenida de Grant, al mismo sitio donde he subido! —ordenó.
El chofer movió la cabeza Torcieron hacia el lugar indicado. Al fin el auto se detuvo. «Whitey» descendió. Echó una mirada al baúl. Parecía estar seguro.
—Me marcho por media hora, poco más o menos —dijo—. Espéreme aquí.
El chofer asintió, recostóse en su asiento y siguió mascando goma. «Whitey» entró en la inocente tienda situada junto a la iglesia.
Había más jugadores. Tuvo que esperar unos minutos antes de conseguir un asiento a la mesa de ruleta. Compró un montón de fichas. Su pensamiento regresó al baúl. ¿Y si algún policía curioso se acercaba y pedía que se abriese? A veces lo hacía. ¡También sería suerte! Pero no, no ocurriría. Estaba convencido de que eso no sucedería.
Billy Tumblers, que en vida había sido un buen y útil compañero, seguirla trayéndole suerte después de muerto, permitiéndole «limpiar» a aquí rollizo Hop Sing. El chino era simpático Nunca gruñía al pagar. Se limitaba a sonreír «Whitey» se preguntó, durante unos segundos, qué pensarían los chinos. Ningún blanco ha sabido nunca lo que piensan. Tenían caras de jugadores de póker.
Uno que había perdido ya todo su dinero dejó libre un asiento. «Whitey» se sentó y comenzó a jugar. La suerte que hasta entonces había estado de, parte de la casa cambió. Jugaba empleando su sistema, pero hubiera podido prescindir de él y apostar a ciegas. No podía perder. Apostaba el máximo. Siete veces consecutivas jugó a color. Luego durante cinco jugadas apostó a encarnado. Su idea resultó acertada El montón de fichas que tenía ante él aumentaba aceleradamente. Mientras miraba la ruleta comprendía que le era imposible perder. La mano del muerto guiaba el disco y la bolita blanca. Ganaba siempre. Dobló sus apuestas. Siguió ganando.
Los demás jugadores imitaban su juego. Las pérdidas de la casa eran grandes. El mismo Hop Sing trajo nuevas cajas de fichas y ocupó el puesto del croupier Esto no hizo cambiar la marcha de las cosas. «Whitey» no podía perder. El juego se convirtió en un duelo entre Hop Sing y él. Los demás jugadores estaban ya demasiado asombrados para apostar. Se les enfriaban los pies. Aquello no podía durar. Habían ganado, ganado y ganado. Que aquel loco continuara si quería. En la estancia no se oía el menor ruido. La mesa de dados y la de faro estaban desiertas.
Todos los jugadores habían acudido a ver la fenomenal racha de suerte. Solo se oía el chirrido de la ruleta. Hop Sing ya no invitaba siquiera a que se hiciera juego.
De pronto, entre el silencio que medió entre dos jugadas llegó hasta Ferris el gemido de una sirena de barco. Sobresaltado volvió en sí. Debía de ser que le llamaba el muerto. La llamada para las últimas ceremonias que debían preceder a su lanzamiento al agua De nuevo escuchó la sirena «Whitey» apostó otro montón de fichas. Apostó a encarnado. Ganó el negro. ¡Había perdido! La racha se había roto. Otra vez la sirena. El muerto se impacientaba. «Whitey» echó hacia atrás la silla y se levantó. Recogió su montón de fichas y fue a cambiarlas. Sus ganancias ascendían a algo más de cuatro mil dólares.
Hop Sing abandonó la mesa y fue él mismo a cambiar las fichas. Su rostro conservaba una calma imperturbable. Hacía falta una pérdida bastante mayor de cuatro mil dólares para arrancar un gesto a Hop Sing. Inclinóse gravemente mientras «Whitey» recogía el fajo de billetes y lo guardaba en sus ya abultados bolsillos.
—Adiós —dijo el chino.
—Hasta la vista, Hop. Algún día volveré a darte la oportunidad de recobrar tu dinero.
Por los labios de Hop Sing revoloteó la sombra de una sonrisa.
—Adiós —repitió—. Tú no vuelves más. Yo no vuelvo a velte nunca. Adiós.
«Whitey» se echó a reír. Salió alegremente del local y buscó con la vista el taxi. Allí estaba. El baúl continuaba asegurado en el asiento delantero. El chofer se preparó. Seguía mascando chicle.
—¡Al ferry! —ordenó. «Whitey» metiéndose dentro del coche. Descendieron por la colina hacia Market Street. «Whitey» consultó su reloj. Tomaría el siguiente. El muerto cuidaría de ello. Él era quien hacía sonar la música. Ferris se limitaba a bailar a su son. ¡Cuatro mil dólares!...; Había recobrado su dinero y tres mil dólares más No estaba mal. Tal vez fuera mejor llevarse a Billy en su viaje. ¡Lástima no poder conservarlo!
Ante el edificio del ferry se agrupaba un numeroso gentío. El taxi Se detuvo. Un empleado negro acudió a abrir la portezuela.
—Voy a Sausalito —dijo Ferris—. Facture el baúl.
Pagó al chofer y fue a comprar su pasaje. El negro le entregó, un momento después, el talón de su baúl, aceptando con una amplia sonrisa el dólar de propina que le tendió «Whitey».
—¿Está seguro de que el baúl ha sido embarcado? —preguntó.
—Yo mismo lo he dejado en el barco, señor —replicó el negro.
Solo unos seis o siete pasajeros esperaban el ferry de Sausalito. «Whitey» observó dónde estaba su baúl, junto a la barandilla, en la parte delantera, entre otras mercancías dispuestas para ser rápidamente desembarcadas.
Ferris bendijo mentalmente al negro por haber colocado en tan buen lugar su baúl. Sentóse aguardando impaciente la señal de partida. Por fin sonó un largo mugido de la sirena. Vibraron las máquinas. El ferry se apartó lentamente del muelle, cuyas luces se perdieron pronto entre la densa niebla.
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El puente inferior estaba vacío. La niebla se espesaba cada vez más. A un par de metros no era posible divisar nada. Los demás pasajeros permanecían callados. Un hombre embutido en un grueso abrigo carraspeaba a intervalos regulares.
«Whitey» bajó al puente La niebla apagaba los ruidos de la máquina del buque. Dirigióse hacia la proa. Estaba completamente solo. Llegó junto al baúl. Lo movió, haciéndolo caer contra la barandilla. La sirena mugía intermitentemente. «Whitey» inclinóse y trató de levantar el baúl por la parte baja, mientras seguía descansando contra la borda por la parte superior. Era enormemente pesado. Ferris era fuerte. Lo levantó hasta colocarlo sobre la barandilla y antes de empujarlo al agua miró hacia abajo.
¡Maldición! ¿Por qué no lo habría hecho antes? Debajo de él había un saliente que protegía las palas de la gran rueda que movía el ferry. Si lo dejaba caer allí exponíase a que el baúl quedara encajado entre la rueda y detuviera el funcionamiento, o, en el mejor de los casos, cayera al agua, pero después de chocar estruendosamente contra el saliente, atrayendo la atención de los empleados y corriendo el riesgo de que se echara de menos el baúl. Esto no le interesaba.
Solo podía hacer dos cosas. O dejar el baúl sobre el puente y arrastrarlo unos metros más allá Pero temía que de hacer esto no pudiera luego volver a colocar el baúl sobre la borda. Era terriblemente pesado y el primer esfuerzo le había rendido. Tendría que llevarlo por encima de la barandilla hasta el lugar más a propósito. ¡Pero resultaba sumamente difícil sostenerlo allí!
De pronto recordó que el baúl tenía un asa de cuero en el extremo superior que ahora quedaba hacia fuera. Si podía hacer girar el baúl hasta agarrarlo por el asa sería más fácil llevarlo hasta el sitio elegido.
Ignoraba de cuánto tiempo disponía. Podían estorbarle en cualquier momento. Miró a su alrededor. No se veía a nadie. Poco a poco hizo girar el baúl, hasta que quedó apoyado, en todo lo largo, sobre la barandilla.
¡Por fin! Ya lo sostenía por el asa de cuero. El baúl se deslizó fácilmente por la húmeda barandilla. Estaba a dos metros de la meta cuando sonó la sirena.
El sobresalto que le produjo estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Agarró con las dos manos el baúl y pasó la derecha por el asa, de forma que la palma de la mano quedara contra la parte, superior del baúl y con la izquierda la sostuvo por uno de los lados.
El otro ferry pasó muy cerca, haciendo sonar también la sirena. Una luz brilló entre la niebla.
El agua, agitada por las ruedas del otro buque, llegó en oleadas hasta el ferry es que viajaba «Whitey». El movimiento que le imprimió fue muy ligero, pero bastó para acrecentar el peso del baúl que se deslizó de las manos de Ferris. Este sintió que su mano derecha quedaba aprisionada por la muñeca entre el asa de cuero y la superficie del baúl.
Quiso retirar la mano y al mismo tiempo sostener el baúl, que se le escapaba. Pero el peso del enorme baúl aumentó la presión del cuero sobre la carne.
Inexorablemente iba cayendo La humedad habíase condensado en su superficie y la mano izquierda resbalaba en su esfuerzo por ayudar a su compañera. La presión del asa de cuero era cada vez más fuerte.
Ferris notó que el baúl iba cayendo lentamente hacia fuera. Con la mano izquierda luchó por hallar un punto donde aguantar el peso aquel, que iba acrecentándose por segundos. Sintió que las uñas Se le rompían y al fin el baúl cayó por encima de la barandilla. Todo su peso pendió de la muñeca derecha. Un terrible chasquido Un dolor agudísimo La muñeca estaba rota. ¡Oh! ¡Oh! ¡Era imposible soportar aquello! La mano derecha quedaba inutilizada. No podía mover los dedos. El baúl pendía del brazo que estaba aplastado, por el peso, contra la barandilla. ¡Dios! ¡Si pudiera al menos retirar la mano! El dolor era irresistible.
Sentía cómo los huesos, rotos, rozaban contra la cubierta del baúl. Este pesaba cada vez más y le arrastraba hacia el agua, por encima de la borda.
Quiso encontrar un punto de apoyo para los pies en el puente. Era inútil. ¡Si por lo menos el baúl le arrancase la mano! Pero a pesar de los huesos rotos, los músculos y tendones resistían ¡Qué dolor! Se mordió los labios para no gritar. Se agotaban sus fuerzas. No podía sostenerse contra la barandilla con los pies y las rodillas. Cada vez era mayor el peso del baúl.
Se vería arrastrado por encima de la borda por el baúl. Y luego caería al agua. Y bajaría al fondo, hasta llegar a la arena, a muchas brazas de profundidad. ¡Y allí descansarían juntos el muerto y el que se iría ahogando! ¡La venganza del muerto! ¡No era posible morir así! ¡Libertad, dinero, viajes, todo cuanto había ambicionado lo daría gustoso con tal de librarse de aquel martirio! ¡Su cuchillo! En un bolsillo tenía uno muy afilado. ¡Qué loco! ¿Por qué no lo pensó antes? Podría cortar el cuero. Cortarse la mano, si era necesario.
Notó que las puntas de los pies abandonaban su contacto con el puente. Con un esfuerzo tremendo logró contener la caída del baúl. Buscó el cuchillo en el bolsillo izquierdo. No estaba allí. No podía meter la mano en el derecho porque su cuerpo estaba aplastado contra la borda. Ahora recordaba que, el cuchillo estaba en el bolsillo derecho. Lo notaba contra la carne, a través de la tela.
El traje era viejo Había sido lavado muchas veces. Con las sangrantes uñas rasgó la tela y al fin su mano se cerró sobre el preciado cuchillo.
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Era necesario abrirlo. Lo sostendría con la boca y con la mano abriría la hoja. Podría hacerlo, aunque el muelle del cuchillo era muy fuerte.
¡Dios Santo! ¡Olvidaba que tenía las uñas rotas!
Apretó el cuchillo con los dientes e hizo frenéticos esfuerzos por abrirlo. ¡Estaba nervioso! El resbaladizo mango de hueso se escurrió por entre los dientes. El cuchillo le cayó de la boca, chocó contra la barandilla y fue a caer sobre el puente. Quedó allí, a la vista, junto a los pies. Y era imposible recogerlo. Los movimientos del barco aumentaban el Peso del baúl. Caía, Caía. Quiso sostenerlo en la barandilla.
Pero seguía cayendo. Tenía ya la cabeza fuera de la barandilla. Era tan intenso el dolor de la muñeca y del brazo que ya casi no lo notaba. Tenía el brazo insensible. ¡El maldito baúl le arrastraba a la muerte! Centímetro a centímetro el pecho resbaló por encima de la barandilla. La niebla empezó a disiparse. Veía ya las luces del Alcázar. Y veía también el agua, negra, cada vez más próxima... más próxima. Gritó con todas sus fuerzas Maldijo al muerto que se balanceaba dentro del baúl y le atraía despiadadamente a la negra y oleosa superficie. Gritó ¡Pidió socorro, socorro... socorro!
Pero era demasiado tarde.
Este no observó el movimiento. En aquel momento, Billy estaba demasiado furioso para observar nada Acababa de comprobar, sin ningún género de duda, que «Whitey» le había estado engañando. Hacía tiempo que lo sospechaba. Ahora estaba seguro. En su opinión, aquel era el momento de echar las cartas sobre la mesa.
Hacía más de un año que los dos hombres trabajaban juntos. Para ellos, aunque no para el público, aquella asociación era ideal.
«Whitey». («Blanquecino»). Ferris, llamado así, no por su pureza de carácter, sino por sus descoloridas pestañas, era uno de los más inteligentes gangsters de San Francisco. Era increíble la forma que tenía de enterare del contenido de las cajas de caudales acorazadas. Si Geiblers, el famoso joyero de frente al Plaza, ingresaba en caja alguna suma importante a última hora de la tarde, de forma que debiera conservarla durante la noche, hasta la mañana siguiente, enseguida «Whitey» se enteraba de ello.
Si la sucursal de algún Banco se encontraba con un exceso de papel moneda, de una forma o de otra el suceso llegaba a oídos de Ferris.
Si Sam O’Keefe, el apostador, acertaba un diez a uno y cobraba las apuestas en billetes y demasiado tarde para ingresarlo en el Banco, «Whitey». Ferris se enteraba de ello. Lo que la langosta en un campo de trigo, era «Whitey» para cualquier excesiva acumulación de dinero.
No quería saber nada de las joyas ni de los objetos de arte. Esas cosas, fáciles de adquirir resultaban difíciles de convertir en dinero. Lo que a Ferris le gustaba era el dinero: papel moneda.
Si se trataba de un atraco, y había que obligar a alguien a soltar el dinero, ¡ay del que no se apresura, se a obedecer enseguida! Ferris nunca mostraba una pistola. Siempre disparaba desde la cadera, con el arma dentro del bolsillo... ¡y jamás fallaba!
Billy Tumblers era de otra clase. Su máxima destreza consistía en manipular combinaciones de cajas de caudales. Con tal que tuviera un soplete de acetileno y tiempo razonable, digamos diez minutos, la caja podía ya darse por abierta. Decíase de él que tenía ojos en las yemas de los dedos. Su sensibilidad de oído era sobrenatural. El más leve «clic» o «clac» de una combinación llegaba a él con toda claridad y le explicaba inmediatamente su secreto. En su primera juventud, antes de que el mundo del hampa lo conociese, había trabajado en una cerrajería Antes de terminar su aprendizaje, sabía mucho más que su amo acerca de cerraduras.
A su manera, era un hombre honrado. Para él una amistad o una asociación significaba un reparto equitativo, mitad y mitad, de los beneficios. Antes le hubiese robado un centavo a un ciego que traicionar a un amigo. De no haberse encontrado casualmente con Ferris en un salón de billar, seguramente habría sido un ciudadano honorable. El propietario de aquel salón, Barney Rafferty, había comprado una nueva caja de caudales. A los pocos días se encontró con que había olvidado la combinación.
Barney encontróse en un apuro. Los fabricantes de la caja no podrían abrirla hasta el día siguiente. Se disponía a utilizar la violencia, condensada en un pesado martillo, cuando Billy se ofreció voluntariamente a abrirla sin estropear la cerradura. Barney le indicó que lo hiciese. Cinco minutos más tarde, reloj en mano, la puerta de la caja estaba abierta.
«Whitey». Ferris, cinco años mayor que el muchacho de los ojos en las yemas de los dedos, era quien tenía el reloj. De ese incidente nació su asociación.
Juntos hicieron una razzia por todas las cajas dignas de atención de la ciudad de la bahía. Y trabajaron tan bien, que jamás recayó sobre ellos la menor sospecha.
«Whitey» era un ladrón muy inteligente y sabía que para poder trabajar con éxito era necesario tener una profesión o un negocio que velara las verdaderas operaciones. Nominalmente, Ferris era un comisionista. Pero su comisión era del cien por cien en todo cuanto negociaba. Esa comisión la repartía por mitad con Billy. Por lo menos eso era lo que Billy creía «Whitey» tenía un despacho regio en Market Street. Nadie investigaba nunca la naturaleza de sus negocios. Claro que tampoco pudo nadie, jamás, investigarlo, pues cada tres meses, Ferris cambiaba de oficina, cosa bastante corriente en Market Street.
En cuanto a Billy, todos le creían empleado de Ferris. Se pasaba el día sentado a una mesa y contestando a las llamadas telefónicas. Éstas tenían lugar siempre que «Whitey» estaba fuera. En realidad, era él quien las hacía y las conversaciones se desarrollaban en una sencilla pero eficiente clave. Así, Billy sabía cuándo y dónde encontrar a su socio después de las horas de trabajo que era cuando su verdadera labor empezaba.
Billy era un hombre alto, pesado, que engordaba de una manera alarmante. Le gustaba mucho comer bien y se negaba en redondo al menor sacrificio. Aparentemente, sus manos solo eran notables por su tamaño. Resultaban excesivamente pequeñas para un hombre tan voluminoso. Pequeñas semejantes a espátulas y sumamente fuertes. Nadie, ni siquiera el nunca bastante llorado Sherlock Holmes, habría sospechado que un ojo parpadeaba al extremo de cada uno de aquellos dedos.
Los dos socios no vivían juntos. Esto, como sagazmente suponía «Whitey», habría llamado la atención. Billy vivía en una destartalada barraca de Rincon Hill. Constaba de una sola habitación y, como no pertenecía a nadie, Ferris se había hecho con ella. El viejo, de quien en un principio la tomó en arriendo «Whitey», hacía tiempo que había muerto. Por lo tanto, la barraca pasó a poder de Ferris, quien se la prestó a su amigo, sin cobrarle nada por el alquiler.
Por su parte, Ferris ocupaba una económica habitación en el Flag Hotel. Vivía allí mucho antes de que se asociara con Billy. Para la gerencia del hotel, el ladrón era una persona respetable, de costumbres tranquilas, que pagaba regularmente su cuenta y no molestaba a nadie.
Para el público en general, los dos compañeros se portaban como lo que aparentaban ser: amo y empleado. Pero de noche y en un refugio de Rincon Hill, eran socios en la base de mitad y mitad. Esto lo había creído Billy hasta ahora, al llegar al reparto de} botín hallado en la caja de Marckwick & Company, los agentes de Cambio y Bolsa del Montgomery Building.
En los asaltos, por regla general, la participación activa de Billy se limitaba a la rápida apertura de las puertas que se interponían entre los ladrones y su presa. El aumento continuo de peso impedía a Tumblers el agacharse fácilmente. Por ello se agachaba solo el tiempo suficiente para abrir la caja. Luego se hacía a un lado dejando que «Whitey», que era pequeño y delgado, se agachara las veces necesarias para trasladar a un maletín el dinero y los valores. Había también otro motivo muy importante para esta división del trabajo. «Whitey» tenía una vista de lince para escoger los valores negociables. Jamás se equivocaba. Nunca se apoderó de nada cuya pista fuese de fácil seguir. Cuando asaltaron la Oficina de Correos de Santa María, había allí unos valores marcados, colocados como trampa a los posibles ladrones.
«Whitey» los husmeó y cuando se marcharon, llevaban una respetable cantidad de hojas de sellos de Correo y una serie de paquetes de valores declarados. También se llevaron la modesta suma de quinientos dólares en valores sin marcar, y luego, como hacían siempre que les era posible, cerraron la caja de caudales. Lo que dejaron sin tocar ascendía a una cantidad de miles de dólares que hubiese tentado a un ladrón menos experto, llevándolo a su ruina. «Whitey» sabía que el desprenderse de aquello aumentaría en un cien por cien los riesgos. Llevóse solamente aquellos valores que no podían dejar una pista peligrosa. Su ascenso a la fortuna era lento, pero seguro.
Lo de la caja de la Marckwick & Company era algo completamente distinto. Más que una caja de caudales era una cámara acorazada. Su saqueo no obligaba a inclinarse, y Billy, por esa vez, ayudó también a vaciar el contenido de los cajones y compartimientos.
Entre otras cosas, entregó a Ferris un fajo de billetes recién salidos de la Casa de Moneda. Tenía centímetro y medio de grosor, y por el primero se adivinaba que eran de cien dólares. La tira de papel que lo aseguraba no había sido rota.
Ahora bien; cuando llegó el momento del reparto en la barraca de Rincon Hill no apareció en todo el botín un solo billete de a cien dólares. Esto era indudable. Los billetes que «Whitey» sacó de las profundidades de sus bolsillos sumaban, todo lo más, cinco mil dólares. El valor de cada uno de ellos variaba; pero no se veía ni rastro del crujiente fajo de billetes de a cien. ¿Dónde estaba? Billy quería saberlo ¡Por lo menos debía haber allí cincuenta billetes! ¡Cinco mil dólares! Y «Whitey» trataba de robarle. Billy adivinó que esto no era la primera vez que ocurría. ¡El muy canalla debía de haberle estado robando durante todo aquel tiempo! Seguramente le llevaba una ventaja de diez a quince mil dólares. No estaba dispuesto a que la cosa continuara. Daría a su socio la oportunidad de sincerarse; ¡pero si no lo hacía...!
—¿Es eso todo lo que tienes? —preguntó.
Billy abarcando con una mirada la mesa llena de billetes.
—Sí, y no me negarás que hemos realizado una excelente pesca.
Billy se irguió en su asiento y miró fijamente a su compañero.
—¡Ya estás sacando el resto! —ordenó súbitamente.
Al oír estas palabras, fue cuando «Whitey» se movió ligeramente. El movimiento le permitió una mejor línea contra el voluminoso cuerpo de su socio Tal como estaba antes, la lámpara se interponía entre su pistola y el blanco elegido.
—¿Qué otros billetes? —preguntó con fingida inocencia «Whitey».
—Entre lo que sacamos de la cámara había un fajo de billetes de a cien.
—¡Eres un maldito embustero!
—¡Yo!
Billy se irguió amenazador. Sus manos tendiéronse hacia «Whitey». Un momento más y se cerrarían alrededor de su cuello... pero la automática que Ferris empuñaba dentro del bolsillo habló. No fuertemente, pues estaba provista de un silenciador. ¡Pof! En el rostro de Billy se verificó un terrible cambio. Una expresión de intensa sorpresa se extendió por él. Vaciló, cayendo de nuevo en la silla. La cabeza se le movió, como si estuviera borracho y, por fin, desplomóse a un lado, cayendo al suelo en una contorsión de payaso. Es muy pequeño, el margen entre la vida con su dignidad, y la muerte, con su anexo de grotescos movimientos.
—¡Ya está! —exclamó en voz alta «Whitey». Ferris—. ¡Loco! ¡Ponerme las manos encima! Ya sabía yo que algún día me vería obligado a darle el pasaporte.
Guardó en un bolsillo el dinero que estaba sobre la mesa y se dirigió a la puerta. Volvió la vista hacia el cadáver. Yacía tendido en medio de la sombra proyectada por la mesa. Nadie podría verlo desde la puerta. La abrió y miró hacia fuera Las demás barracas y míseras viviendas no evidenciaban la menor señal de vida. En aquel momento oyó rumor de pasos. Antes de que pudiera cerrar, Clancy, el policía encargado de la vigilancia nocturna del lugar, apareció en la calle.
«Whitey» se recostó contra el marco de la puerta y sacó un cigarrillo, encendiéndolo Al encender la cerilla. Clancy llegó ante la barraca.
—Buenas noches —le saludó Ferris.
—Dirá buenos días —replicó Clancy—. Es más de la una.
—No creí que fuese tan tarde —dijo «Whitey»—. ¿Quiere un cigarrillo? —ofreció, tendiendo un paquete al policía.
El policía negó con la cabeza.
—No fumo cigarrillos. Si le sobra un cigarro...
—Lo siento; solo fumo cigarrillos.
—Bueno, no importa. Se lo agradezco igual. Sigo con mi ronda. Buenas noches.
—Buenos días —sonrió «Whitey».
—Me ha devuelto usted la pelota —dijo Clancy—. Es ya de mañana y promete ser un día de trabajo.
El policía siguió su camino. «Whitey» siguió reclinado contra el marco observándole hasta que dobló por otra calle. Entonces volvió a entrar en la barraca y cerró la puerta.
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A pesar de que la muerte de Billy fue algo que casi pudo ser meditado. Ferris no se encontraba desprevenido. Subconscientemente había previsto ya tal contingencia. Más pronto o más tarde, tenía que suceder aquello. Al fin había sucedido. La sociedad había sido disuelta. Solo quedaba, limpiar el escenario del drama y huir. Tenía que darse prisa, pero le quedaba un día entero sin despertar ninguna sospecha, para arreglarlo todo. Sabía cómo deshacerse del cadáver de Billy Tumblers. Lo sabía porque la idea pasó por su mente antes de sentarse para su última conferencia.
En un rincón de la pobre vivienda descubrió la última adquisición de Billy. Un enorme baúl armario, comprado de segunda mano. La visión de semejante pieza, de equipaje hizo comprender a «Whitey» que su compañero se disponía a romper la sociedad. Siempre habían afirmado que se retirarían del negocio en cuanto alcanzaran la cifra tope: treinta mil dólares por cabeza.
La parte de Billy alcanzaba ese límite y algo más gracias al último golpe. La de «Whitey», gracias a la ingenuidad de su compañero, sobrepasaba en quince mil el total, sin contar la parte de Billy, que iría a engrosar la suya propia por derecho de victoria. Estaba enterado de que Billy tenía en perspectiva un viaje por mar. A Australia, acaso. Allí, en una tierra nueva, empezaría otra vida.
Bien, Billy tendría su viaje marítimo, aunque no en la forma que lo había preparado. Un viaje por mar con el baúl conducido por «Whitey». Ferris y dentro de él su dueño. Ferris sonrió sarcásticamente mientras se preparaba para la tétrica tarea.
El baúl estaba cerrado, pero encontró la llave en las ropas de Billy. Lo abrió. Como esperaba, su contenido era bastante miserable. Un par de trajes usados, unas camisas viejas. Billy no era un Beau Brummell. Vestía solo para no ir desnudo. El cajón superior de baúl tenía una cerradura distinta. Aunque Ferris no encontró llave que le correspondía, logró abrirlo al primer esfuerzo.
Como esperaba, la mayor parte de la fortuna de Billy se encontraba allí. Estaba todo en billetes de distintos valores, en especial de los grandes. No se molestó en contarlos. Los añadió a los que guardaba ya en los rebosantes bolsillos. Luego se quitó la chaqueta y empezó a trabajar en el baúl. Retiró los cajones y los quemó en el sucio fogón. La luz se apagaba ya, pero pudo seguir su tarea a la luz de las llamas. Por fin consiguió reducir el baúl a una voluminosa maleta. En una de las partes metió el voluminoso cuerpo de Billy, no sin grandes esfuerzos, y a su alrededor metió las ropas y demás objetos, de forma que impidieran el menor movimiento. Para conseguir todo el peso que quería, salió de la barraca y regresó con unos cuantos ladrillos, que añadió a la carga del baúl.
Por fin, cual si el baúl fuese una enorme ostra, lo cerró apretando con todas sus fuerzas para conseguir que encajaran las cerraduras Por fin consiguió que todo el cuerpo de Billy quedara dentro del baúl, y haciendo un esfuerzo final lo levantó, dejándolo derecho. Billy quedó cabeza abajo, pero no era cosa de molestarse en variar la postura, puesto que al muerto poco podía importarle la posición.
Después de esto, «Whitey» dedicó su atención al cuarto. Rebuscó en todos los rincones en busca de cualquier indicio que pudiera despertar las sospechas si se le encontraba abandonado. No halló nada. En el sucio suelo no se veía ni una sola mancha de sangre. La bala que mató a Billy atravesó limpiamente su corazón.
La idea de aplicar una cerilla al viejo chamizo y reducirlo a cenizas, junto con el cuerpo de Billy dentro del baúl, pasó por la mente de Ferris. Pero la desechó por peligrosa. Los bomberos son demasiado curiosos y, además, seguramente llegarían al lugar mucho antes de que el fuego lo hubiese consumido todo. No, el viaje por mar era lo más seguro, aunque significaría aguardar doce horas o más. No podía hacerlo de día. La noche debía cubrir su pista. Y debería hacerlo a la siguiente, pues faltaba ya muy poco para el día.
En cuanto Billy, dentro del baúl, hubiera ido a parar a las profundidades de la bahía de San Francisco, «Whitey». Ferris podría ir a gastar alegremente su dinero donde mejor le pareciese. A Méjico, quizá. Cuanto antes cruzara la frontera, mejor. Luego hacia el Sur, hacia Panamá. Aquella era la puerta abierta al mundo. Podría embarcarse hacia donde prefiriese. Ninguna sospecha de crimen o robo le turbaría.
Registró una vez más la barraca y se convenció de que no olvidaba nada. Después apagó el miserable quinqué, cerró por fuera la puerta y dirigióse a Market Street. Al llegar a los Ferry Building encontró un taxi con el chofer dormitando sobre el volante. Despertó al hombre y le ordenó le condujera a su hotel. Eran casi las tres, pero el vigilante nocturno ya estaba acostumbrado a ver entrar a «Whitey» a todas horas.
Recogió la llave y subió a su cuarto. Se quitó el traje y lo examinó con toda atención en busca de manchas de sangre. No había ninguna. Se metió en la cama y quedó casi instantáneamente dormido. Durmió sin que ninguna pesadilla acudiera a turbar su conciencia. El matar a su socio no le afectó más de lo que le hubiese afectado acabar con un mosquito o una pulga. Era una cosa que tenía que ocurrir. Por lo tanto, «Whitey». Ferris durmió como un chiquillo.
Eran casi las once de la mañana cuando salió del hotel. Dirigióse al edificio donde tenía alquilada su oficina. El alquiler de la misma estaba pagado hasta fin de mes, y anunció al gerente de la casa que desde aquel momento no volvería a necesitar la oficina. Dio como explicación que unos negocios urgentes le retendrían en Denver varios meses.
Esta explicación no originó comentario alguno. Era cosa que ocurría diariamente. Los comisionistas llegaban y se marchaban con la misma rapidez. Nadie se fijaba en ellos. «Whitey» incluso se permitió unas palabras en favor de Williams, su «empleado».
—Ayer noche le pagué su sueldo —dijo—. Es un buen muchacho. Algo lento, pero de confianza. Si acude a usted en demanda de una recomendación, no vacile en concedérsela.
—Desde luego, desde luego —replicó el gerente—. Ya he observado que era un empleado de confianza. Nunca llegaba tarde. No faltaba ni un día.
Pero enseguida el gerente se olvidó de Billy. Lo que sobran en el mundo son empleados. Su desaparición no originó ningún comentario.
«Whitey» se llevó lo poco que tenía en la oficina. La máquina de escribir era alquilada. La devolvió él mismo. Después volvió a su hotel y en un momento tuvo hecho el equipaje. Este era muy reducido. Ferris no era aficionado a los baúles armario.
Pagó la cuenta y explicó al empleado de la caja que marchaba hacia Los Ángeles. Pasaría allí unos días y luego marcharía a Salt Lake, y a Denver. Acaso permaneciese allí un par de meses Tenía que examinar algunas propiedades mineras por encargo de un cliente.
—Volveré tan pronto como esté listo.
El cajero no expresó lo mucho que lamentaba la marcha del señor Ferris.
—Tendremos un gran placer volviéndole a ver por aquí, señor —dijo.
«Whitey» recogió su maleta y salió del hotel. Tomó un tardío pero abundante almuerzo. Cuando acabó, la tarde estaba bastante avanzada. Hasta que la noche hubiera caído sobre la ciudad no podría dar el próximo paso. Rio para sí, pensando en lo fácil que le resultaba todo. El lanzar a Billy al agua, para su último viaje, no sería tampoco nada difícil Seguramente la niebla se condensaría sobre el mar. Con solo un cálculo exacto del tiempo y una vigilancia cuidadosa podría librarse de todo detalle comprometedor. El único que alguna vez hubiera podido sacar a relucir su pasado era Billy Tumblers, y este se encontraba ahora bien empaquetado dentro de un baúl, a punto para el viaje submarino.
Una vez desprendido del comprometedor cadáver, «Whitey» no tenía más que marchar hacia San Diego y de allí a Tía Juana. Se celebraban carreras de caballos, allí Antes de seguir su viaje hacia el Sur podría disfrutar de una semana ideal. Luego hacia el Istmo y de allí a Europa. ¡No! Estaba ya harto de civilización. Quería la libertad de los trópicos Mujeres morenas. Palmeras y paz. Una laguna de aguas tranquilas donde bañarse. Tal vez aun estuviera a tiempo de aprender a nadar. Tenía ante él una dilatada vida. Vida y placer. Valía la pena haberse negado la loca vida que habitualmente llevan los moradores del hampa. ¡Idiotas!
Lo gastaban todo tan deprisa como lo ganaban. Y de diez veces, nueve iban a la cárcel por hacerlo así. Él no. Todo lo tenía dispuesto. Si quería, podía incluso permitirse el lujo de jugar ¡Ruleta! Esta era una de las pasiones de «Whitey». ¡La mayor de su vida! Le gustaba oír el chirrido de los engranajes y el clic de la bola de marfil. Además él era un jugador afortunado. Claro que jugaba valiéndose de un sistema. Todo jugador tiene un sistema en la ruleta. El suyo era uno de los que más respetaban los casinos y centros de juego. Lo respetaban porque si la suerte acompaña al punto, este gana a una velocidad tremenda. Si la suerte está contra él y no pierde la cabeza y el sistema, las pérdidas son muy pequeñas.
¡Las tres! La tarde transcurría muy despacio. Nada que hacer hasta las cinco. Entonces empezaría a hacerse de noche. Podría ir a buscar el baúl a Rincon Hill. Podría tomar el ferry de las cinco y media hacia Sausalito. ¿Cómo pasar el tiempo, entretanto? ¡Un poco de juego en casa de Hop Sing! ¿Por qué no? La ruleta en casa de Hop Sing funcionaba de día y de noche. Podía pasar allí una hora provechosa. Dirigióse hacia el Barrio Chino. Entró en la tienda y, después de las señales que ya conocía, le fue permitida la entrada en la sala de juego, situada en la parte trasera.
Solo unos cuantos jugadores estaban reunidos alrededor de las mesas. «Whitey» dirigióse hacia la ruleta Compró fichas y se sentó a jugar. Jugó utilizando su sistema y perdió. Parte del sistema consiste en pararse cuando el capital inicial, una suma sin importancia, se había perdido. Esta vez a Ferris le faltó decisión. «Whitey» estaba allí para pasar el tiempo. No era divertido permanecer sentado viendo como los demás ganan o pierden. Abandonó el sistema y jugó al azar. El que juega al azar está perdido. «Whitey» no era una excepción. Compró más fichas y siguió perdiendo.
Una racha afortunada le llenó de esperanza. Pero pasó pronto y continuó, perdiendo durante una hora. Hop Sing se quedó con más de mil dólares suyos. «Whitey» estaba disgustado. Consideraba que el deber de un chino es perder cuando juega con un blanco. Lamentó no haberse atenido a su sistema. Otra vez lo haría así. Consultó el reloj. Eran casi las cinco. Tenía que marcharse. ¡Maldito Hop Sing! ¡Haberle birlado mil magníficos dólares! «Whitey» echó atrás la silla y salió del local Un taxi se detuvo, descargando un grupo de turistas. «Whitey» se acercó al coche y preguntó al conductor:
—¿Espera a esos?
—No.
—Entonces subo—. Dio la dirección de Rincon Hill, y poco después el taxi se detenía frente a la barraca. «Whitey» bajó, diciendo—: Tengo que llevar un baúl al ferry.
El chofer asintió con la cabeza.
—Es demasiado pesado para mí. ¿Quiere echarme una mano?
—Desde luego.
El chofer se apeó también, y siguió a Ferris dentro de la barraca, que olía a humedad y a tabaco. El baúl se encontraba en el mismo sitio donde «Whitey» lo dejara. Entre los dos hombres arrastraron el baúl hasta el taxi, colocándolo junto al asiento del chofer.
—Lleno de plomo, ¿no? —preguntó este.
—No, es que he descuartizado a mi abuela y la he metido dentro —bromeó Ferris.
—Pues debía de ser de pronóstico su abuela —replicó el chofer, siguiendo la broma—. ¿No la exponían en alguna feria?
«Whitey» soltó una carcajada. Le gustaba aquella broma. Sostuvo el baúl mientras el chofer lo aseguraba con una cuerda. Luego los dos subieron al coche.
—¿Dónde? —preguntó el conductor.
—Al ferry.
El taxi se puso en marcha. ¡Qué sencillo había resultado todo! Ferris contemplaba el baúl, que se movía junto al chofer. Si la cuerda se rompiese... ¡Uf! No era un pensamiento agradable. Podría abrirse al caer. Anheló que el camino fuera más liso Saltaban sobre los baches. ¡Por fin! Ya avanzaban sobre asfalto. Ya no había peligro de que el baúl cayera. ¡A menos que ocurriera un choque! ¿Por qué tenía que suceder eso? Los choferes de taxi conocen bien su oficio.
Haciendo un esfuerzo cambió de pensamientos. Regresó mentalmente a casa de Hong Sing. ¡Maldito chino! ¡Mil dólares! Un asqueroso chino no debía quedarse con aquello. Debía volver y saquear el local. Podía hacerlo con su sistema. Miró el reloj. ¡Maldita sea! Eran casi las cinco y media. A menos que el chofer se diera más prisa, perdería el ferry. Pero si aceleraba la marcha podía ocurrir un accidente. Un choque Podía caer el baúl. Abrirse. ¡No! Valía más no correr ese riesgo. Dejaría marchar el ferry de las cinco y tomaría el otro.
Esto significaba una hora de espera en el local del ferry. Y el riesgo de que el baúl fuese embarcado en otro ferry. ¿Por qué no regresar a casa de Hop Sing y probar suerte a la ruleta durante media hora? El taxi podía aguardar a la puerta. ¡Así haría que Hop Sing le devolviera su dinero! ¿No se decía que los muertos traen suerte? Acaso hubiera algo de cierto en eso. ¡Diablo! Lo probaría. Era mejor eso que aguardar en la fría sala de espera del ferry. Golpeó e} cristal. El auto aminoró la marcha.
—¡Lléveme a la Avenida de Grant, al mismo sitio donde he subido! —ordenó.
El chofer movió la cabeza Torcieron hacia el lugar indicado. Al fin el auto se detuvo. «Whitey» descendió. Echó una mirada al baúl. Parecía estar seguro.
—Me marcho por media hora, poco más o menos —dijo—. Espéreme aquí.
El chofer asintió, recostóse en su asiento y siguió mascando goma. «Whitey» entró en la inocente tienda situada junto a la iglesia.
Había más jugadores. Tuvo que esperar unos minutos antes de conseguir un asiento a la mesa de ruleta. Compró un montón de fichas. Su pensamiento regresó al baúl. ¿Y si algún policía curioso se acercaba y pedía que se abriese? A veces lo hacía. ¡También sería suerte! Pero no, no ocurriría. Estaba convencido de que eso no sucedería.
Billy Tumblers, que en vida había sido un buen y útil compañero, seguirla trayéndole suerte después de muerto, permitiéndole «limpiar» a aquí rollizo Hop Sing. El chino era simpático Nunca gruñía al pagar. Se limitaba a sonreír «Whitey» se preguntó, durante unos segundos, qué pensarían los chinos. Ningún blanco ha sabido nunca lo que piensan. Tenían caras de jugadores de póker.
Uno que había perdido ya todo su dinero dejó libre un asiento. «Whitey» se sentó y comenzó a jugar. La suerte que hasta entonces había estado de, parte de la casa cambió. Jugaba empleando su sistema, pero hubiera podido prescindir de él y apostar a ciegas. No podía perder. Apostaba el máximo. Siete veces consecutivas jugó a color. Luego durante cinco jugadas apostó a encarnado. Su idea resultó acertada El montón de fichas que tenía ante él aumentaba aceleradamente. Mientras miraba la ruleta comprendía que le era imposible perder. La mano del muerto guiaba el disco y la bolita blanca. Ganaba siempre. Dobló sus apuestas. Siguió ganando.
Los demás jugadores imitaban su juego. Las pérdidas de la casa eran grandes. El mismo Hop Sing trajo nuevas cajas de fichas y ocupó el puesto del croupier Esto no hizo cambiar la marcha de las cosas. «Whitey» no podía perder. El juego se convirtió en un duelo entre Hop Sing y él. Los demás jugadores estaban ya demasiado asombrados para apostar. Se les enfriaban los pies. Aquello no podía durar. Habían ganado, ganado y ganado. Que aquel loco continuara si quería. En la estancia no se oía el menor ruido. La mesa de dados y la de faro estaban desiertas.
Todos los jugadores habían acudido a ver la fenomenal racha de suerte. Solo se oía el chirrido de la ruleta. Hop Sing ya no invitaba siquiera a que se hiciera juego.
De pronto, entre el silencio que medió entre dos jugadas llegó hasta Ferris el gemido de una sirena de barco. Sobresaltado volvió en sí. Debía de ser que le llamaba el muerto. La llamada para las últimas ceremonias que debían preceder a su lanzamiento al agua De nuevo escuchó la sirena «Whitey» apostó otro montón de fichas. Apostó a encarnado. Ganó el negro. ¡Había perdido! La racha se había roto. Otra vez la sirena. El muerto se impacientaba. «Whitey» echó hacia atrás la silla y se levantó. Recogió su montón de fichas y fue a cambiarlas. Sus ganancias ascendían a algo más de cuatro mil dólares.
Hop Sing abandonó la mesa y fue él mismo a cambiar las fichas. Su rostro conservaba una calma imperturbable. Hacía falta una pérdida bastante mayor de cuatro mil dólares para arrancar un gesto a Hop Sing. Inclinóse gravemente mientras «Whitey» recogía el fajo de billetes y lo guardaba en sus ya abultados bolsillos.
—Adiós —dijo el chino.
—Hasta la vista, Hop. Algún día volveré a darte la oportunidad de recobrar tu dinero.
Por los labios de Hop Sing revoloteó la sombra de una sonrisa.
—Adiós —repitió—. Tú no vuelves más. Yo no vuelvo a velte nunca. Adiós.
«Whitey» se echó a reír. Salió alegremente del local y buscó con la vista el taxi. Allí estaba. El baúl continuaba asegurado en el asiento delantero. El chofer se preparó. Seguía mascando chicle.
—¡Al ferry! —ordenó. «Whitey» metiéndose dentro del coche. Descendieron por la colina hacia Market Street. «Whitey» consultó su reloj. Tomaría el siguiente. El muerto cuidaría de ello. Él era quien hacía sonar la música. Ferris se limitaba a bailar a su son. ¡Cuatro mil dólares!...; Había recobrado su dinero y tres mil dólares más No estaba mal. Tal vez fuera mejor llevarse a Billy en su viaje. ¡Lástima no poder conservarlo!
Ante el edificio del ferry se agrupaba un numeroso gentío. El taxi Se detuvo. Un empleado negro acudió a abrir la portezuela.
—Voy a Sausalito —dijo Ferris—. Facture el baúl.
Pagó al chofer y fue a comprar su pasaje. El negro le entregó, un momento después, el talón de su baúl, aceptando con una amplia sonrisa el dólar de propina que le tendió «Whitey».
—¿Está seguro de que el baúl ha sido embarcado? —preguntó.
—Yo mismo lo he dejado en el barco, señor —replicó el negro.
Solo unos seis o siete pasajeros esperaban el ferry de Sausalito. «Whitey» observó dónde estaba su baúl, junto a la barandilla, en la parte delantera, entre otras mercancías dispuestas para ser rápidamente desembarcadas.
Ferris bendijo mentalmente al negro por haber colocado en tan buen lugar su baúl. Sentóse aguardando impaciente la señal de partida. Por fin sonó un largo mugido de la sirena. Vibraron las máquinas. El ferry se apartó lentamente del muelle, cuyas luces se perdieron pronto entre la densa niebla.
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El puente inferior estaba vacío. La niebla se espesaba cada vez más. A un par de metros no era posible divisar nada. Los demás pasajeros permanecían callados. Un hombre embutido en un grueso abrigo carraspeaba a intervalos regulares.
«Whitey» bajó al puente La niebla apagaba los ruidos de la máquina del buque. Dirigióse hacia la proa. Estaba completamente solo. Llegó junto al baúl. Lo movió, haciéndolo caer contra la barandilla. La sirena mugía intermitentemente. «Whitey» inclinóse y trató de levantar el baúl por la parte baja, mientras seguía descansando contra la borda por la parte superior. Era enormemente pesado. Ferris era fuerte. Lo levantó hasta colocarlo sobre la barandilla y antes de empujarlo al agua miró hacia abajo.
¡Maldición! ¿Por qué no lo habría hecho antes? Debajo de él había un saliente que protegía las palas de la gran rueda que movía el ferry. Si lo dejaba caer allí exponíase a que el baúl quedara encajado entre la rueda y detuviera el funcionamiento, o, en el mejor de los casos, cayera al agua, pero después de chocar estruendosamente contra el saliente, atrayendo la atención de los empleados y corriendo el riesgo de que se echara de menos el baúl. Esto no le interesaba.
Solo podía hacer dos cosas. O dejar el baúl sobre el puente y arrastrarlo unos metros más allá Pero temía que de hacer esto no pudiera luego volver a colocar el baúl sobre la borda. Era terriblemente pesado y el primer esfuerzo le había rendido. Tendría que llevarlo por encima de la barandilla hasta el lugar más a propósito. ¡Pero resultaba sumamente difícil sostenerlo allí!
De pronto recordó que el baúl tenía un asa de cuero en el extremo superior que ahora quedaba hacia fuera. Si podía hacer girar el baúl hasta agarrarlo por el asa sería más fácil llevarlo hasta el sitio elegido.
Ignoraba de cuánto tiempo disponía. Podían estorbarle en cualquier momento. Miró a su alrededor. No se veía a nadie. Poco a poco hizo girar el baúl, hasta que quedó apoyado, en todo lo largo, sobre la barandilla.
¡Por fin! Ya lo sostenía por el asa de cuero. El baúl se deslizó fácilmente por la húmeda barandilla. Estaba a dos metros de la meta cuando sonó la sirena.
El sobresalto que le produjo estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Agarró con las dos manos el baúl y pasó la derecha por el asa, de forma que la palma de la mano quedara contra la parte, superior del baúl y con la izquierda la sostuvo por uno de los lados.
El otro ferry pasó muy cerca, haciendo sonar también la sirena. Una luz brilló entre la niebla.
El agua, agitada por las ruedas del otro buque, llegó en oleadas hasta el ferry es que viajaba «Whitey». El movimiento que le imprimió fue muy ligero, pero bastó para acrecentar el peso del baúl que se deslizó de las manos de Ferris. Este sintió que su mano derecha quedaba aprisionada por la muñeca entre el asa de cuero y la superficie del baúl.
Quiso retirar la mano y al mismo tiempo sostener el baúl, que se le escapaba. Pero el peso del enorme baúl aumentó la presión del cuero sobre la carne.
Inexorablemente iba cayendo La humedad habíase condensado en su superficie y la mano izquierda resbalaba en su esfuerzo por ayudar a su compañera. La presión del asa de cuero era cada vez más fuerte.
Ferris notó que el baúl iba cayendo lentamente hacia fuera. Con la mano izquierda luchó por hallar un punto donde aguantar el peso aquel, que iba acrecentándose por segundos. Sintió que las uñas Se le rompían y al fin el baúl cayó por encima de la barandilla. Todo su peso pendió de la muñeca derecha. Un terrible chasquido Un dolor agudísimo La muñeca estaba rota. ¡Oh! ¡Oh! ¡Era imposible soportar aquello! La mano derecha quedaba inutilizada. No podía mover los dedos. El baúl pendía del brazo que estaba aplastado, por el peso, contra la barandilla. ¡Dios! ¡Si pudiera al menos retirar la mano! El dolor era irresistible.
Sentía cómo los huesos, rotos, rozaban contra la cubierta del baúl. Este pesaba cada vez más y le arrastraba hacia el agua, por encima de la borda.
Quiso encontrar un punto de apoyo para los pies en el puente. Era inútil. ¡Si por lo menos el baúl le arrancase la mano! Pero a pesar de los huesos rotos, los músculos y tendones resistían ¡Qué dolor! Se mordió los labios para no gritar. Se agotaban sus fuerzas. No podía sostenerse contra la barandilla con los pies y las rodillas. Cada vez era mayor el peso del baúl.
Se vería arrastrado por encima de la borda por el baúl. Y luego caería al agua. Y bajaría al fondo, hasta llegar a la arena, a muchas brazas de profundidad. ¡Y allí descansarían juntos el muerto y el que se iría ahogando! ¡La venganza del muerto! ¡No era posible morir así! ¡Libertad, dinero, viajes, todo cuanto había ambicionado lo daría gustoso con tal de librarse de aquel martirio! ¡Su cuchillo! En un bolsillo tenía uno muy afilado. ¡Qué loco! ¿Por qué no lo pensó antes? Podría cortar el cuero. Cortarse la mano, si era necesario.
Notó que las puntas de los pies abandonaban su contacto con el puente. Con un esfuerzo tremendo logró contener la caída del baúl. Buscó el cuchillo en el bolsillo izquierdo. No estaba allí. No podía meter la mano en el derecho porque su cuerpo estaba aplastado contra la borda. Ahora recordaba que, el cuchillo estaba en el bolsillo derecho. Lo notaba contra la carne, a través de la tela.
El traje era viejo Había sido lavado muchas veces. Con las sangrantes uñas rasgó la tela y al fin su mano se cerró sobre el preciado cuchillo.
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Era necesario abrirlo. Lo sostendría con la boca y con la mano abriría la hoja. Podría hacerlo, aunque el muelle del cuchillo era muy fuerte.
¡Dios Santo! ¡Olvidaba que tenía las uñas rotas!
Apretó el cuchillo con los dientes e hizo frenéticos esfuerzos por abrirlo. ¡Estaba nervioso! El resbaladizo mango de hueso se escurrió por entre los dientes. El cuchillo le cayó de la boca, chocó contra la barandilla y fue a caer sobre el puente. Quedó allí, a la vista, junto a los pies. Y era imposible recogerlo. Los movimientos del barco aumentaban el Peso del baúl. Caía, Caía. Quiso sostenerlo en la barandilla.
Pero seguía cayendo. Tenía ya la cabeza fuera de la barandilla. Era tan intenso el dolor de la muñeca y del brazo que ya casi no lo notaba. Tenía el brazo insensible. ¡El maldito baúl le arrastraba a la muerte! Centímetro a centímetro el pecho resbaló por encima de la barandilla. La niebla empezó a disiparse. Veía ya las luces del Alcázar. Y veía también el agua, negra, cada vez más próxima... más próxima. Gritó con todas sus fuerzas Maldijo al muerto que se balanceaba dentro del baúl y le atraía despiadadamente a la negra y oleosa superficie. Gritó ¡Pidió socorro, socorro... socorro!
Pero era demasiado tarde.