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Autores
lucien descaves
el vagabundo rencoroso (relato)
Era en pleno invierno. El gran camino que atraviesa la aldea estaba cubierto de nieve, y una bandada de cuervos formaba una mancha de tinta sobre el níveo tapiz.
La última casa de la aldea, distante unos cien metros del bosque, era la de Filiberto, el peluquero, cuya mujer Clementina, había instalado allí, además, una pequeña mercería.
Detrás de los cristales de la única ventana, a la derecha de la puerta de entrada, se veían ovillos de lana polvorientos, paquetes de agujas, cintas, carretes; frascos de caramelos y libros de cuentos.
La planta baja se dividía en mercería y peluquería; esta encerraba toda el escaso material de que un barbero de pueblo puede disponer. Dos sillones viejos, dos espejos turbios, una palangana, cepillos, peines, jabón y toallas.
Una cuna donde dormía el niño, un hornillo y algunas sillas de paja completaban el mobiliario. Oculta por una puerta estaba la entrada de la escalera que conducía a las habitaciones del primer piso.
Todos los hombres de la aldea se habían hecho afeitar la víspera, y Filiberto no esperaba a nadie. No sabiendo en qué distraerse, leía a tropezones Le Pharo du Région, el periódico local; pero encontrando aburrida la lectura declaró a su mujer que se iba a jugar un partidito de mus a la taberna.
La esposa, habituada ya a aquello, no protestó y siguió cosiendo, mientras balanceaba con el pie la cuna en donde dormía un niño de pocos meses.
Un hombre, que desde el bosque vigilaba atentamente la casa del peluquero, vio salir a Filiberto, y, abandonando su sitio de acecho, avanzó rápidamente hacia la casa.
Era un individuo robusto, mal trajeado y descalzo, de aspecto sospechoso. Apoyábase al caminar en un nudoso bastón mientras agachaba la cabeza. La cara estaba cubierta en parte por enmarañada barba y una gorra le tapaba las orejas, más como complemento de su disfraz que como defensa contra el frío.
A nadie le hubiera gustado encontrarse de noche con aquel hombre en algún camino desierto.
Poco importaba su nombre, pero quien quisiera ponerle uno de acuerdo con su aspecto, podía llamarle «Capaz de todo».
Y esta fue la idea de Clementina al verle aparecer en la peluquería diciendo con voz ronca:
—Buenas tardes.
La mujer empezó a temblar, como ante un peligro inminente.
—¿Qué desea? —preguntó tratando de afirmar la voz.
—¿Aquí es donde afeitan?
—Sí... Pero en este momento mi marido no está en casa.
Apenas había pronunciado esas palabras cuando se arrepintió de haberlas dicho. Caía como una tonta en la boca del lobo. Para remediar su torpeza agregó:
—Voy a buscarlo.
Pero el hombre que obstruía la puerta de entrada con su cuerpo, dijo simplemente:
—No; no vale la pena de que se moleste.
Me afeitaré yo mismo. Tengo mucha prisa.
Desde el sitio en que se hallaba Clementina no podía salir por ninguna parte. Reducida a la impotencia, pensó que más lía no contrariar al vagabundo y fingir que creía en su buena fe.
El hombre, dejando su bastón, tomó una navaja, como quien deja un arma para elegir otra mejor. Lentamente la pasó sobre la tira de cuero mirando de reojo a la mujer.
—Es raro, ¿verdad? —dijo—, que precisamente me quite la barba cuando más falta me hace para resguardar mi cara y cuello del frío. Pero no quiero pasar más tiempo sin que me reconozcan.
¿Había oído mal Clementina? No comprendía claramente aquellas palabras. Cuando estaría realmente desconocido aquel hombre, sería cuando se quitase la barba. ¿Qué interés podría tener en suprimirla?... Y llena de espanto miraba brillar la navaja en las resueltas manos de aquel hombre.
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El vagabundo jabonó a conciencia su cara y empezó a quitarse la barba... Y dé pronto Clementina estuvo a punto de lanzar grito de horror. El misterio que rodeaba al vagabundo se había desgarrado: levantaba la losa de los recuerdos y resucitaba ante sus ojos.
Cinco años antes el fuego había devorado en una noche la granja de Filiberto.
Algunos vecinos, sabiendo que estaba al borde de la ruina, le acusaban secretamente de ser el autor del desastre para conseguir el pago del seguro.
Pero Clementina afirmaba que un vagabundo había errado durante todo el día alrededor de la granja y que le reconocería entre mil, si se lo presentasen.
Les gendarmes, después de una batida, habían arrestado a tres o cuatro vagabundos, y la mercera había designado firmemente a uno como el posible incendiario. El hombre se había defendido mal, declarando que, efectivamente, se había detenido a descansar junto a la granja, pero luego se había alejado de allí.
Aquello pareció sospechoso, y además los antecedentes del hombre eran bien poco favorables, no contando con medios de existencia conocidos.
El juez le condenó a cinco años de prisión. Después de la declaración, de Clementina, escuchada con indiferencia, el hombre se encogió de hombros y dijo:
—Me hacen víctima de una jugarreta, pero no importa... Solo las montañas no se encuentran. Ya arreglaremos cuentas.
Vaga amenaza que turbó un poco al matrimonio, pero a la larga habían acabado por olvidar juzgando que el que estaba en la cárcel ni se acordaría de ellos.
¡Y he aquí que el hombre había vuelto! Estaba allí, tranquilamente, afeitándose junto al espejo, a fin de que la mercera no conservase la menor duda sobre su identidad.
No se apresuraba, con cruel refinamiento, y manejaba la navaja lentamente mirando a Clementina por el espejo y espiando sus menores movimientos.
Terminado el afeitado, el vagabundo se levantó y, avanzando navaja en mano, preguntó:
—¿Qué tal le ha ido a usted, señora, desde la última vez que nos vimos?
El acero brillaba a pocos centímetros del rostro de la mujer—. Ella, con la cabeza baja, esperó la muerte.
—Pero el hombre quería decididamente jugar con su víctima, como lo hace el gato pon el ratón que no se puede escapar.
—Ahora me reconocerá usted, señora —prosiguió burlonamente—. ¿No recuerda que tenemos entre los dos una cuenta pendiente?
A Clementina le faltó la voz para pedir perdón o auxilio y las fuerzas para defenderse. Instintivamente alzó al niño que dormía en la cuna y lo estrechó contra su pecho...
Y aquello fue su salvación.
El hombre dejó caer la navaja, con miedo de Herir a un inocente. Tal vez en aquel momento los intereses de la deuda acumulados durante cinco años le parecieron usurarois. Le repugnaba salpicar con una sola gota de sangre a aquel angelote rubio que le miraba con sus grandes ojos azules muy abiertos, pronto a echarse a llorar.
Parecía que al limpiar su rostro, el vagabundo hubiese limpiado también momentáneamente su alma.
Retrocedió, y recogiendo la navaja la puso en su sitio—. Pero no quiso alejarse sin dejar en aquel cerebro de su falsa denunciadora la semilla de una perpetua inquietud que debía amargar sus días para siempre.
Y levantando la mano, con algo de profetizo en la voz, dijo:
—Es una ocasión perdida... Pero la volveré a encontrar.
Y salió cerrando la puerta, yendo a perderse entre las sombras que llenaban de misterios el bosque.