Cómprame un café
Autores
luis ferrandis carrera
el sheriff mollison (relato)
Ordinariamente no era inusitado ver aparecer algún forastero por Promontory City (Utah), como tampoco lo era que nunca volviese a marcharse de allí. Infinidad de ellos habían probado el clima de la naciente ciudad, permaneciendo en ella el tiempo necesario para reponerse de las fatigas sufridas y luego dirigirse apresuradamente en dirección a cualquiera de los puntos cardinales, pudiendo añadir que muchos venían precedidos por una aureola sangrienta, como condecoración a sus muchos desafueros, y que sin embargo también siguieron el camino que les trazaron las huellas de sus más sensatos predecesores.
Promontory City se civilizaba a pasos agigantados y hasta se permitía el lujo de expulsar de su suelo a todos aquellos cuya permanencia en ella pudiese dañar la ejemplar conducta de sus escogidos ciudadanos.
La causa de tan cortas estancias la motivaba una circunstancia algo irónica al finalizar la Guerra de Secesión; en Promontory City había un buen hombre que sabía ser aún mejor sheriff.
El sheriff Mollison, como le llamaban todos, estaba comenzando a enseñar educación a algunos sujetos cuya sola mención de su nombre hacía entregar las armas a los más osados.
Era un hombre corriente, más bien viejo, que en su juventud fue un hombre malo. No era ni guapo ni feo, parecía algo desaseado, pero no obstante era un hombre temible con su par de «Smith and Weson» al cinto. Por supuesto, era lo que la ciudad necesitaba, aunque llevase eternamente las camisas arrugadas, mascase tabaco y nunca hubiese podido nadie hacerle cortar el asado con cuchillo.
Sin embargo, Bob Mollison era la única persona que había logrado evitar las continuas borracheras de los más indómitos vaqueros, el excesivo uso de las armas y, sobre todo, la desmedida afluencia a, Promontory de gente poco recomendable.
Había quien aseguraba fidedignamente que a su muerte le erigirían algún monumento conmemorativo, pero para él, según decía, no había nada mejor que una buena fosa rodeada de margaritas silvestres.
Bob Mollison andaba despacio, casi cachazudamente, con una indolencia inusitada que solo el zumbido de las balas conseguía ahuyentar y que convertía, inexplicablemente, en una celeridad insospechada y poco común para un hombre de casi cincuenta años.
Tenía un descolorido bigote, hirsuto e irascible, que ejercía las funciones de cortina cuando deseaba ocultar su sonrisa. Un mechón grisáceo de cabello le ocultaba parte de la frente, como si quisiese impedir que sus enemigos le hiciesen cara.
Aquella mañana Bob había cabalgado mucho. Venía fatigado. Mascaba lentamente su eterno bocado de tabaco. Al llegar frente a su oficina halló a Mermelada Bill limpiándole afanosa y laboriosamente sus botas de fiesta, mientras tarareaba una cancioncilla de las que él solía improvisar con su armónica. Bill era el segundo de sus comisarios.
—Buenos días, jefe. ¿Qué le parece la mañana? Espléndida, ¿no? ¿Qué tal por el sur? ¿Cazó a Joe y a su pandilla?
El sheriff Mollison sonrió negligentemente. Se dejó caer en su despintado y viejo sillón giratorio y respondió:
—Sí; hace un día magnífico, Mermelada. Por el sur todo está tranquilo afortunadamente y en cuanto a Joe he de decirte que esta tarde le enterrarán en «Los laureles».
El sheriff llamaba «Los Laureles» al cementerio.
—Casi estoy por decir que lo celebro.
—Es mejor que no lo digas, muchacho.
—¿Escapó alguien?
—Sí; ese demonio de Ridley Gable, aunque supongo que no irá muy lejos. Le sacudí la pechera a balazos.
—Bien hecho —aprobó Bill, escupiendo en el cepillo—. Yo, en su lugar, hubiese tenido menos compasión de él anteayer en casa Eorby. He aquí las consecuencias: el muy bribón se le escabulle.
Bob Mollison hubiese podido decir que fue él mismo el que le proporcionó la fuga, pero no le agradaba parecer sentimental ante sus subordinados.
El sheriff no escatimaba favores a nadie y no entraba en sus defectos el dejar de tender una mano a todo aquel que sentía, deseos de regeneración.
—¡Bah! —replicó con acento indiferente—. No te inquietes. Me parece que no tendrá muchos deseos de volver por aquí. Y si él cree que es mejor intentarlo, que lo haga. Siempre habrá un par de armas dispuestas a dejarle sobre el polvo.
Bill asintió en medio de un runruneo incoherente.
—Sin embargo —continuó el sheriff—, el chico no es malo. Tiene madera de algo más digno que de bandido. Su cabeza es igualmente más despejada que las del resto de sus compañeros. Y me consta que fueron ellos quienes le complicaron en sus turbios manejos. Eso lo sabe todo el Estado.
—No crea a la gente, jefe. Nada hay más cierto que si usted está dispuesto a enterarse de algo que ha sucedido y pregunta a las personas que encuentra a su paso, pronto estará usted menos seguro de sí mismo que esos chismosos de sus propios embustes.
—Juzgas muy duramente, Bill. Aunque tal vez tengas razón.
—Naturalmente. Hay quién decía que Ridley era el brazo derecho de Joe, y es bien patente que el joven integraba su pandilla como un componente más.
—Sí; es posible...
—Y decían también que él era quien realmente planeaba los golpes, puesto que Joe no era más que Un instrumento en sus manos. ¿Se puede creer mayor desfachatez en menos palabras?
—Sí, claro. Eso es absurdo. Lo reconozco. Pero en ocasiones la gente es lo suficientemente veraz en sus conjeturas.
—Eso ocurre en raras ocasiones. No es que yo niegue que Ridley sea un verdadero diablo, puesto que lo es, pero no le creo con suficiente cabeza para dirigir toda una banda como la de Joe Quentin.
—Pues no creas eso. Ridley Gable tiene sobre sus hombros algo más que un trozo de alcornoque.
—Su aspecto desmiente todas sus afirmaciones, jefe.
—Ese ha sido su enemigo desde que vino al mundo.
—¿Considera usted también como otro defecto el historial familiar?
—Sí. Ridley Gable no ha sido más que una víctima de las circunstancias.
—¿De qué circunstancias?
—Las que indujeron a su abuelo a cometer el primer delito.
—¿Y su padre? ¿Qué me, dice de él?
—Hay mucho que hablar sobre este particular, Bill. El abuelo del muchacho había sido siempre un ciudadano ejemplar, hasta el momento en que, obligado por la necesidad, robó un caballo.
—Sí; ya lo sé.
—Su esposa estaba enferma y su deber era precisamente el cuidado de la misma. Cuando el padre de Ridley vino al mundo todos dijeron que sería igual que su progenitor. Y eso fue precisamente lo que hizo que él se apartase de la Ley. Tantas veces lo había repetido la gente, que él creyó casi una obligación ser un forajido.
—Sí, pero...
—Ya sé lo que me vas a responder. Pero Ridley solo se unió a la pandilla de Joe Quentin porque fuera a dónde fuese le tomaban como a un condenado. Todo el mundo le hizo el vacío, y así, más bien inducido por ellos que sintiendo una propia inclinación, Ridley Gable formó entre las filas de una de las peores bandas del país.
—Entonces, a usted ¿qué concepto le merece el chico?
—Deduzco que es como una oveja descarriada y a la que únicamente la mano del pastor puede volver de nuevo al redil al que siempre ha pertenecido.
—Bueno, jefe. Dejémoslo estar. Además, a estas horas quizá algún buitre haya dado buena cuenta de él, ¿no?
—Es probable.
—¿O tal vez no le sacudió la pechera a balazos como dijo?
—Será mejor que no trates de averiguarlo, Bill. Y ahora recuerdo, ¿por qué no me traes la botella de whisky que hay eh mi habitación? Un trago me sentaría maravillosamente.
—Bien, jefe. No crea que soy curioso. Pero usted es demasiado blando de corazón. No me hace caso; se ríe de mis consejos y es inútil que trate de advertirle en algo. Algún día no lejano se arrepentirá.
—Ya veo tu buena intención, muchacho. ¿Están relucientes las botas?
—Es perder el tiempo tratar de meterle algo en esa cosa dura que lleva sobre los hombros y que algún malintencionado, sin duda, llamó cabeza.
—Tienes razón, Bill, tú siempre tienes razón, muchacho. Pero aún no has contestado a mi pregunta.
—¡Malditos sean todos los barriles de pólvora del mundo! ¿Pero es que, verdaderamente, no tiene mollera, jefe?
—Reconozco que ya no está muy firme, por los años pasados; pero no le reprocho nada. Un sheriff ha de ser conocido muchas veces por su corazón y no por la mayor o, menor agudeza de su cabeza.
El sheriff Mollison se reclinó satisfecho en su ruinoso sillón, que crujió suplicante, y masticando lentamente su taco de tabaco, inquirió de nuevo, tratando de llevar la conversación por otros derroteros más alegres:
—¿Qué tal las botas, Mermelada?
—Bien, muy bien. Apostaría que alguien podría raparse la barba de un mes tan solo mirándose en ellas.
—¿De veras?
—Sí, jefe. Mi madre siempre dijo que equivoqué el oficio al incrustarme en estas cuatro paredes infectas y húmedas, para terminar algún día cosido por el plomo. Y estoy seguro de que mi verdadero capital hubiera salido del cepillo y la crema y no de una insignia de comisario y un par de manos con otros tantos revólveres.
—Recuerdo que leí en algún sitio que para empezar siempre se está a tiempo, ¿verdad?
—Sí; y también, yo recuerdo que en cierta ocasión deletreé algo parecido a esto: «El trabajo es peor que la col hervida».
Ambos hombres soltaron la carcajada.
Durante unos instantes, solo el roce suave y monótono de las encrespadas cerdas sobre la piel del calzado denotaba la presencia de alguien en el despacho. Pasados estos, Mermelada Bill habló.
—¿Por qué no trata de descansar un poco, jefe? Estoy convencido de que no le sentaría mal —dijo.
Mollison rio quedamente.
—Gracias, amigo. Trataré de complacerte.
Soltando un suspiro indefinible, el viejo sheriff alzó lentamente sus piernas hasta colocar las sucias botas tejanas en el grueso tablero de la mesa. Volvió la cabeza e hinchando los carrillos expulsó un informe amasijo del masticado tabaco en dirección a una martirizada vasija que ejercía las funciones de escupidera. Luego reclinóse de nuevo en el respaldo del sillón y cerró cansadamente los párpados.
El comisario penetró en la habitación contigua para depositar las botas en el estante de un alto armario de caoba. Cuando salió, el sheriff Mollison soplaba más que una trilladora mecánica.
Por la calzada de la calle Mayor galopaba desenfrenadamente un negro y reluciente caballo. Lo montaba Sam Rusby, primer comisario del sheriff Mollison.
Era un hombre de temple frío, calculador y de mirar agudo e inquisitivo. Cabalgaba con las puntas de las botas ligeramente inclinadas hacia abajo y con las manos en constante proximidad de las culatas de sus revólveres.
Al llegar junto a la oficina de su jefe frenó su cabalgadura, saltando ágilmente al suelo, y trabándola en la polvorienta barandilla de nogal, franqueó la puerta, de empañado y rotulado cristal.
Mermelada Bill entonaba un aire vaquero con su armónica, mientras que el viejo sheriff dormía placenteramente.
—Entierra ese trasto, Bill —dijo ásperamente—, y apresúrate a ceñirte los revólveres a la panza.
Bill dejó de tocar.
—¿Sucede algo? —preguntó.
—Sí. Hay novedades por Promontory y me da cu la nariz que pronto quemaremos algo de pólvora.
—¿En dónde está el jaleo?
—Afortunadamente, aún no se ha promovido, pero no lo dudes que no se hará esperar.
—¿Alfredo, el Mejicano? ¿O tal vez Billy, «El Niño»?
—Déjate de monsergas y examina los carteles pertenecientes al quince de junio pasado.
—De acuerdo, gruñón.
Sam Rusby giró sobre sus tacones, encarándose con el dormido Mollison. Posando en los hombros sus fuertes manos, lo sacudió suavemente tratando de despertarlo.
—¿Quién es...? ¿Qué demonios...?
—Soy yo, jefe; Sam.
—Bueno... ¿Y quién te ha pedido que hagas de despertador?
—Tengo algo urgente que comunicarle.
—¡Maldito y endemoniado pueblo! Estoy galopando toda la noche persiguiendo a una cuadrilla de desalmados inmundos, peores que las sanguijuelas, y no descanso hasta que los traigo a todos amarraditos, y únicamente cuando me decido a roncar unos minutos se les ocurre a todos los habitantes ponerse algo revoltosos. Estoy seguro de que se tratará de algún borracho inofensivo. Venga lo que sea.
—No es nada de eso, jefe.
—Bien, entonces será algún caballo desbocado, la diligencia asaltada o un nuevo hijo de la señora Morris, ¿no?
Sam Rusby denegó con la cabeza. Se echó el sombrero a la nuca y solamente pronunció dos palabras.
—Ole Taylor —dijo.
El sheriff Mollison lo esperaba todo menos aquello, por cuya causa solo pudo articular:
—¿Ole Taylor?
—Sí, jefe; el mismo.
—Bueno; será mejor que me levante. Ole Taylor no es un individuo para olvidársele cuando él está en su sitio. Cuéntamelo todo, Sam.
El comisario se sentó en el borde de la mesa y lio un cigarrillo con papel de maíz.
—Lo hallé reclinado en la barandilla del Willey’s Saloon —comenzó Sam—. Fumaba despreocupadamente un cigarro como esos del Este. Al verme, sonrió levemente y vino hacia mí.
Sam se detuvo para humedecer la parte engomada.
—Por unos instantes aproximé las manos a mis armas —prosiguió—, pero pronto me convencí de que su intención, al menos entonces, no era la de la lucha. Al llegar junto a mí pareció comprender mis pensamientos y me tranquilizó con una sonrisa.
—Sigue, muchacho.
—Ole Taylor se descubrió amablemente y, sin dejar de sonreír, me soltó a boca de jarro: «Sam, ya puedes ir con el soplo al viejo Bob. Dile que he vuelto. Traigo conmigo a mi hermano Gil. Y asegúrale que esta vez no nos arrojará como a dos parias».
—¿Eso dijo?
—Aun hay más. Siempre con su misma sonrisa, agregó: «¿Conoces; Bud Cannavan? No; seguramente no habrás oído nunca su nombre. Pues bien; nómbraselo a tu jefe y dile que está bien muerto. Dile también que sus últimas palabras fueron para él y que durante todo el día le estaré esperando en el Willey’s Saloon por si desea visitarme».
El sheriff Mollison fingió no conceder importancia al asunto, pero un verdadero volcán de fuego centelleé) en sus ojos.
—Gracias, Sam —dijo duramente—. A Ole y Gil Taylor no les arrojaremos como a dos parias; esta vez saldrán de una vez para siempre y en calidad de cadáveres. Reconozco que Bill tiene siempre mucha razón. Hay individuos que no son dignos de integrar la sociedad humana, del mismo modo que todos los que nacen no son de ojos azules. Ole y Gil pertenecen a esta clase de personas y lo único bueno que harán será morirse.
—Son dos alimañas.
—Eso creo yo también. Quizá no esté lo suficientemente autorizado como para odiar a dos sujetos como ellos. Sin embargo les odio, les aborrezco tanto, que si mi condición de sheriff en la ciudad de Promontory no me obligase a indagar primero y a obrar más tarde, ahora mismo correría a ellos condos revólveres desnudos y dispuestos a revivir mis tiempos de proscrito.
—Ole Taylor es una mala persona. Lo ha probado demasiadas veces para olvidarlo en un momento.
—Lo es, Sam. Es un hombre que no da cuartel, ateniéndose a que él tampoco lo pide nunca, pero yo te garantizo que en esta ocasión jugaré todos mis triunfos. O Promontory pierde a los hermanos Taylor... o tú ocuparás mi vacante mañana.
—Tenga paciencia. Taylor dijo que vino acompañado de su hermano Gil. Recuerdo que extendimos una denuncia sobre ellos. Es, según dicen, la pareja más temible de todo el país. Y Gil Taylor tiene sobre su cabeza tantas condenas juntas como su hermano, cuando menos.
—Sí; estoy al corriente de ello. No les temo.
—Lo sé, jefe. Y le secundaré en todo cuanto pueda. Sin embargo, he creído oportuno advertirle. Su vida no significaría nada para ellos. Es más; tengo el convencimiento que si ambos han regresado, es porque desean apartarle de su camino.
—Me temo que no vas mal encaminado.
Durante unos instantes, Bob Mollison mantuvo la cabeza inclinada. Su comisario nunca le había visto tan abatido. Pared# como abrumado por un peso interior más fuerte incluso que su férrea voluntad.
—¿Quién era Bud Cannavan? —preguntó distraídamente Sam—. Al mencionarlo, Taylor le adjudicó una entonación especial.
Image
El sheriff Mollison alzó la cabeza. Sus acerados ojos estaban brillantes. Se apretó un punto más el cinturón de grueso cuero negro. Luego, mirando a Sam tan fijamente como a un extraño, respondió con cierto deje amargo en su voz:
—Bud Cannavan, hijo mío, era mi padre.
Un silencio denso y casi tangible descendió sobré ellos. Negros nubarrones cruzaban las pupilas del viejo sheriff. Sin embargo, no lloraba.
—¿Su padre?... —casi gritó, envarado, Sam—. ¿Quiere... quiere decir que Ole Taylor asesinó a su padre...?
El sheriff parecía tener veinte años más. Sin fuerzas para responder, inclinó la cabeza.
—Pero... su nombre... ¿Es usted un Cannavan?... ¿No se llama, realmente, Bob Mollison?
—No. Ese fue el nombre de mi madre. El mío es Frawley Cannavan, aunque hasta ahora haya tratado de ocultarlo para evitar que mi barro manchase también el honor de nuestra familia.
—Seguramente usted habrá sufrido mucho, jefe.
—Sí; he sufrido bastante. Todos pasamos lo nuestro; no obstante, nunca me quejé. Cuando abracé esta profesión lo hice con la intención de socorrer a todos aquellos infelices que tuvieran análoga suerte a la mía en esta vida. Quise redimir, ante los hombres, a muchos que, como yo, solo fueron unas víctimas de los prejuicios sociales. Pero veo que con Ole Taylor cometí una gran equivocación. Mi deseo de que se regenerase, como yo, a tiempo, me valió el que mi propio padre muriese a sus manos.
Ambos callaron.
—Decías que debo haber sufrido mucho —siguió, al fin, Frawley Cannavan—. Es posible. Quizá no haya sufrido más que otros porque tengo un pasado vergonzoso. Mi vida ha sido como un inmenso charco, fangoso, al cual hay que dejar tranquilo. Si se agitan sus aguas, todo lo tiñe con impurezas.
—Los Taylor no marcharán sin castigo... El sheriff le detuvo.
—No —dijo con resolución—. Solo yo debo ir al Willey’s Saloon.
—Le acompaño, jefe.
—Repito que no, amigo. El Oeste es una tierra de hombres fuertes y viriles; hombres como tú. Y no puedes morir. En cambio yo... ¿qué he hecho yo de bueno? Tengo un pasado cubierto de lodo; nada puedo esperar ya de la vida.
—Pero—...
—Ya sé cuál es tu intención. Lo comprendo. Pero no... Prefiero ir solo. Revivir por unos momentos mi ruda existencia de proscrito, empuñar las armas sin compasión. Lucharé con los Taylor y estaré sujeto a la victoria o a la derrota, pero pelearé solo, sin ayuda, como si de nuevo fuese un fuera de la Ley. Seré el forajido; el hombre que lucha contra un Destino más fuerte que él mismo, pero no desmaya, no se desalienta; no ceja en oponer su resistencia. Plan removido el charco de mi vida. Las aguas están revueltas. Ya nada puede calmar su agitación... Actuaré como representante de la Ley, primero. Si esto falla...
El viejo luchador no terminó la frase. Su gesto, imperioso y firme, fue lo suficientemente elocuente. Sus armas hablarían por él.
Terminó de ajustarse la hermosa canana repujada a mano. En ella había cincuenta cartuchos para su uso. Los necesarios para pelear con Taylor y su hermano. Se encasquetó el sombrero e inclinó la cabeza. Sin embargo, su ademán fue vano; Sam Rusby, su comisario, ya había visto la lágrima que surcaba sus rudas mejillas.
* * *
Bob Mollison avanzaba imperturbable por la polvorienta calle, caminando, sin prisas, en dirección a Willey’s Saloon. Su rostro permanecía inexpresivo, pero al unísono con el huracán que asolaba su alma, un ligero temblor estremecía sus manos. Miraba hacia adelante con una fijeza mortal; era como si esperase la inmediata aparición de sus enemigos por el extremo opuesto de la calle. Mas sus pupilas, llorosas, no captaban estos pormenores.
A sus lados, por las anchas aceras y haciendo resonar sus pasos por el entarimado de madera, cruzaban algunos vaqueros, desocupados en su mayoría. Bob Mollison no les prestaba la menor atención. Se había echado el sombrero hacia la parte posterior de la cabeza, y, como excepción de toda su larga vida, el gris mechón de sus cabellos no descansaba sobre la rugosa frente. Sus mandíbulas trabajaban activamente, subiendo y bajando con rítmico compás.
Era la hora del mediodía. El sol, desde lo alto, lanzaba sus hirvientes rayos Sobre las abrasadas tierras. Una ligera neblina amarillenta, formada por el fino polvo, parecía estar suspendida a pocas pulgadas del suelo, sin llegar a diluirse. El azul purísimo del cielo no era empañado por una sola nube.
Unas viviendas adelante, se destacaba la roja fachada del Willey’s Saloon, con el llamativo rótulo amarillo, campeando sobre la puerta, como un rectangular remiendo de otro color. Trabados en la barra piafaban constantemente un grupo de caballos ensillados, y cuyos inquietos cascos arrancaban pedazos terrosos del removido suelo que bajo ellos se hallaba. Un mejicano de amplio sombrero charro y chaquetilla corta, gemía, a media voz, y acompañándose hábilmente por el rasgueo vibrante de su vieja guitarra, un aire dulzón, oriundo de su tierra natal. Otro vaquero, de rostro redondo, silbaba despacio mientras montaba a lomos de su caballo tordo. El gorgoteo gangoso de una bomba pública, cuya palanca accionaba vivamente una gruesa mujer, terminaba el cuadro que se ofrecía ante los ojos de Bob Mollison, sheriff de Promontory City.
Exteriormente no había huellas del paso de los Taylor.
Respiró hondo y llevó las manos a sus armas. Efectivamente, allí estaban sus dos viejos «Smith and Weson», dispuestos a que él los empuñase. Casi inconscientemente, acarició las rudas culatas de roble, luego expulsó el aire por la nariz y se encaminó lentamente hacia las dos batientes medias puertas que oscilaban, perezosas, como una exótica e ineludible invitación al viajero.
En el interior del Willey’s Saloon había cuatro de las ocho grandes lámparas de petróleo encendidas, las cuales proporcionaban al amplio salón una luz grisácea y decadente que, al mezclarse con la que se filtraba por los ventanales, adquiría Un tono anaranjado con cierto atractivo. A aquellas horas de la mañana, el bar estaba poco concurrido y solamente los haraganes poco perturbadores, a los que únicamente la benevolencia del sheriff Mollison había impedido que fuesen expulsados de Promontory —como muchos otros que ya les habían precedido—, solían apurar con gesto lánguido algunos vasos de opalino licor.
Image
Cuatro jugaban, apáticamente, a los naipes bajo la lechosa luz de una de las lámparas. En aquellos momentos, uno estaba administrando cartas a los restantes jugadores, mientras otro de ellos, cabeceaba violentamente. En el otro extremo del bar, bajo una de las ventanas, Black Steel, un vaquero de malos antecedentes, expulsado de dos ranchos de la región por sus arraigadas aficiones de jugador e incorregible pendenciero, de rostro moreno y negro bigote, aceitaba cuidadosamente su Colt del 45, pasándole, con destreza, un paño humedecido previamente, por el límpido cilindro descargado.
Al ver al sheriff, un amargo rictus asomó a sus labios. Sonrió con acritud y, agitando el paño, saludó con opaca voz:
—Buenos días, sheriff. Cómo puede apreciar, limpio mi revólver y tengo la seguridad de que no existe ninguna ley que me lo impida. ¿No es eso?
—Así es, Steel; aunque puede que algún día te lo impidan mis armas. Yo sé cuál ha sido el último rancho del que te han despedido, y te aseguro que si se puede demostrar lo más mínimo en contra de ti, bailarás tu última danza al extremo de una corbata de cáñamo.
Black Steel no pudo reprimir una mueca de espanto.
—Aún no ha llegado ese día.
—No; aún no ha llegado; pero no fe quepa la menor duda de que, si no desvías tu camino, llegará, y pronto.
—Tal vez; pero, por lo pronto, no hay novedades.
—No las hay. Por una sola vez estamos de acuerdo.
Black Steel volvió a enfrascarse en su tarea, mientras una luz extraña invadía sus ojos al contemplar a su revólver.
Nadie más había en el Willey’s Saloon, a excepción del propio Willey y de los hermanos Taylor.
Ole Taylor ya había sido expulsado de Promontory City, por el sheriff Mollison, algún tiempo atrás, lira un sujeto alto, huesudo, de rostro delgado y hundidas mejillas. Se cubría con un sombrero blanco que, cuando menos, habría costado sus buenos cuarenta dólares. Llevaba una levita negra de largos faldones y un chaleco a gruesas listas color gris perla. Las nacaradas cachas de su armas centelleaban, cegador amente, al darles las mortecinas claridades de las lámparas, semejantes a un faro anunciando peligro.
Gil Taylor era desconocido para el sheriff. Desde luego, vestía más en consonancia con el ambiente que le rodeaba. Calzaba cortas y resistentes botas tejanas de alto tacón y brillantes espuelas de plata. Un chaleco de piel, una camisa azul con botones blancos y hondos bolsillos; unos pantalones rayados y un pesado par de Colts, finalizaba su atavío. Su rostro, curtido y requemado por el sol, era lo único que indicaba su parentesco con Ole Taylor.
Nada más advertir la presencia de Bob Mollison, Willey se alejó prudencialmente del grupo. Tomó un vaso de grueso vidrio y púsose a secarlo con el desteñido trapo que siempre colgaba de su antebrazo izquierdo.
Ole Taylor era, indudablemente, el que llevaba la vez cantante en aquella ocasión, puesto que fue, el primero en volverse, sonriente, hacia el sheriff; pero este dedujo, muy cuerdamente, que su hermano era el más temible de los dos con las armas desnudas.
—¿Qué tal, Bob? —preguntó cortésmente Ole—. Hacia tanto tiempo que no nos veíamos, que casi había llegado a olvidarte. Ya veo que has aprovechado el tiempo. Seguro estoy de que engordaste. Tienes un vientre algo imprudente para un fiero representante de la Ley.
—No me preocupa lo que yo parezca. ¿A qué has venido, Ole?
Ole Taylor sonrió cínicamente.
—Cuando lo crea conveniente ya te lo explicaré. ¿Conoces a mi hermano, Bob? Se llama Gil. Admito que no es un nombre muy lindo que digamos; pero cumple su misión plenamente. Pues bien: Gil tiene fama de ser un gran tirador. Y yo te aseguro que no lo digo por jactancia, pero sabe lo que es un revólver.
—No será esa la causa, ¿verdad?
—En parte solamente. Tu renombre está tan extendido por toda la región, que llegó hasta donde nosotros estábamos tranquilamente trabajando.
—Ya. Supongo que os ganaríais la vida como tahúres o cuatreros, ¿no?
—¡Maldito...!
Gil Taylor llevó velocísimamente la diestra a su cadera en busca de su revólver, pero, antes de que pudiese hacer fuego, su hermano le arrebató el arma, diciéndole con persuasiva voz:
—Querido hermano, tendrás que ir amoldándote a la impetuosidad de nuestro amigo Bob. El momento de los fuegos artificiales aún no ha sonado. Mientras tanto, calma los nervios y olvídate de las impertinencias de nuestro estimado sheriff.
Gil se guardó nuevamente el arma, mirando hosca y retadoramente a Bob Mollison. Este frunció el ceño y le devolvió la mirada, pero en su inferior estaba alarmado por la rapidez y agilidad que había demostrado en el manejo de Is armas.
Black Steel ya había terminado de engrasar su revólver, y ahora ocupábase en la más fácil tarea de cargar el vacío cilindro. Una tenue sonrisa fruncía sus labios.
—De manera que solo os movió el deseo de admirar mi puntería, ¿eh? —preguntó airadamente Bob Mollison.
—¡Oh! No, mi buen amigo, no —respondió Ole—. Es que Gil pensó que era muy arriesgado tener en el mismo país un competidor tan diestro, ¿verdad, Gil? Y, claro, no pudo menos de venir a buscarte para demostrar cuál, de los dos es el mejor.
—Me parece que ya os veo el juego; pero antes tendréis que acatar mis órdenes, como la primera autoridad de Promontory que soy.
—Y... ¿cuáles son? —inquirió Ole.
—Estas: os doy diez minutos para abandonar Promontory City... pasados los cuales comenzaré a disparar contra vosotros.
—Lo encuentro extremadamente jocoso, Bob. ¿Tú mandando a los hermanos Taylor? ¿No te das cuenta de que tu posición es extremadamente falsa? ¿No comprendes que en el momento en que termine el plazo seremos cuatro pistolas contra dos?
—Todas esas consideraciones me las he repetido yo mismo. Primero debo cumplir con la Ley. Sé cuál ha sido vuestro propósito al llegar aquí, pero seguramente no pensabais en mi cargo. ¿Pensasteis acaso lo de la diferencia de armas cuando atacasteis cobardemente a un anciano en cierto lugar de Virginia?
—También lo pensamos, amigo.
—¿Sí?
—Sí. Y recuerdo que esa misma testarudez la advertí en otra persona.
—A la que asesinasteis sin compasión, ¿no fue así?
—¿Y por qué no? A pesar de sus años era un hombre valiente el viejo Cannavan. Sin embargo, tuvo la desfachatez de amenazarme. Me dijo que su hijo le vengaría. ¿Comprendes? ¡Su pobre hijo, envejecido prematuramente!
Ole Taylor estalló en una salvaje carcajada, que fue para el sheriff como una bofetada en el rostro.
—¿Qué, Bob?... ¿Qué respondes a esto?
—Solamente que ya han pasado cinco minutos —replicó el aludido consultando su reloj.
—Bien poco es lo que has dicho. Ya veo que tu carácter también acusa aquella terquedad a que hice mención al referirme al viejo. Aquel hombre era un osado además de un valiente. ¿Quieres que te cuente lo que hicimos con él? Por cierto que fue Gil el que más motivo para odiarnos le dio...
Bob Mollison apretó duramente los labios y miró a Gil. En aquella mirada había algo más que odio; existía también una llamita que clamaba venganza.
—Han transcurrido ocho minutos —dijo solamente.
—Aun tenemos dos más, los cuales aprovecharemos contándote los pormenores del suceso.
Bob Mollison rogaba porque el tiempo transcurriese más pronto. Aquello era un suplicio. Aquellas palabras que reflejaban la agonía del anciano.
—Al entrar nos miró atemorizado, aunque pronto nos encargamos de tranquilizarle a culatazos Nos preguntó por ti. Nosotros reímos e hicimos lo único que tú hubieses hecho con él: escupirle en el rostro... Luego...
—¡Falta medio minuto! —bramó Bob, acallando la charla del miserable.
Un gélido silencio invadió el salón. Los jugadores habíanse retirado apresuradamente. Todos estaban estratégicamente parapetados y dispuestos a presenciar la lucha que se avecinaba.
Gil Taylor dilataba sus aletas nasales como si olfatease la inminencia del peligro que se cernía sobre ellos. Ole adoptaba su indiferente expresión y mantenía sus manos cerca de la elegante levita y las armas.
—¡¡Ya!!
La voz del sheriff sonó anhelante y ronca, pero antes de que se extinguiesen sus ecos, un verdadero huracán desencadenóse en el local.
Rápidamente, el sheriff soltó su grueso reloj, saltando en dirección a una de las mesas. De un fuerte empujón logró derribarla y guarecerse tras su duro tablero, al tiempo que los pesados abejorros de plomo entonaban su cántico mortal, zumbando sobre su cabeza. Instantáneamente brilló en su diestra uno de los tan usados «Smith and Weson», que, enfurecido, escupió dos cárdenas llamaradas.
Image
Ole Taylor tambaleóse visiblemente y de su agarrotada mano resbaló el grueso revólver de acción simple, mientras que su alba camisa rizada se teñía de grana a la altura del corazón. La sangre borró su incrédula mueca, brotando por las comisuras de los labios. Inclinando la cabeza, comenzó a doblarse lentamente y un rojo reguero de sangre empezó a gotear locamente por el manchado suelo. Al desplomarse, arrastrando tras sí una de las mesas, Ole Taylor ya había abandonado este mundo y al rebotar sobre las tablas solo lo hizo a impulsos de la fuerza con que había caído.
Su hermano solo tuvo para él una fiera mirada que nada bueno podía augurar para el sheriff Mollison.
Durante quince minutos Gil Taylor no dio tregua al gatillo, y solamente vio a Bob por entre la estrecha mirilla de su revólver. Pero, para su desgracia, no estaba escrito que fuese él el matador de Erawley Cannavan.
Inesperadamente, un fantasma justiciero, materializado en la persona de su contrincante, se elevó ante él.
—¡Piedad!... ¡Perdón!... —gimió enronquecido.
Pero no la obtuvo. Solo notó un pesado golpe en el corazón, que más bien parecía una fuerte palmada amistosa. Un fuego extraño le abrasaba el pecho y algo viscoso, sofocante y caliente, recorrió su cuerpo. Notó que se desplomaba, que le temblaban las piernas y que parecía sumirse en un sueño; un sueño del cual jamás iba a despertar.
Bob Mollison o Frawley Cannavan apareció por detrás de la astillada mesa. De sus armas salía un mudo hilo azulado, lo suficientemente elocuente dentro de su silencio.
—Padre... —gimió—, tu hijo te ha vengado.
Se acercó junto a los dos inanimados cuerpos y entonces notó una inquisitiva sensación de inquietud. Casi contra su voluntad, dio una rápida vuelta.
Ante él halló, cobardemente preparado para agredirle a traición, por la espalda, a Black Steel. Había desenfundado su revólver y alzaba el percusor.
—¡Canalla...!
No dijo más. Un ensordecedor estampido ahogó el resto, y Bob Mollison, sin fuerzas en el cuerpo, se desplomó mortalmente herido por el arma de uno de los indeseables de Promontory, tachado de cuatrero y camorrista, pero que no había tenido valor suficiente para luchar con él cara a cara.
Black Steel sonrió cruelmente.
—¿No te imaginabas esto...? gusano inmundo. ¿No conocías mi odio hacia...?
Sus labios enmudecieron. La voz se heló en su garganta. En el marco de la puerta, recortándose su recia silueta en él, estaba firmemente derecho Sam Rusby, primer comisario del sheriff Mollison.
Sonaron dos detonaciones simultáneas. El negro humo de la pólvora se esparció por el local y, cuando se hubo disipado, Sam Rusby vio el tumbado cuerpo de Black Steel que descansaba, rígido, sobre las mismas tablas que sostenían al moribundo de su jefe. Enfundando el revólver, corrió hacia Bob. Le pasó cuidadosamente su fuerte brazo por debajo de la cabeza, incorporándolo ligeramente. Mermelada Bill también se encontraba a su lado.
—¿Cómo se halla, jefe? —preguntó.
El sheriff Mollison impidió una vez más que su lacio bigote le impidiese mostrar su sonrisa.
—Bien, Bill —dijo quedamente—. Ya nada hay que me ligue a la tierra. Puedo morir tranquilo.
—No se esfuerce. No hable nada —añadió Sam.
—No es esfuerzo... amigos. Ya se: que esto, se termina, pero... pero estoy contento. He librado a Promontory de... de dos indeseables de la peor calidad... Además... también he vengado a mi padre... Ahora marcho junto a él... Ya me... dará... las... gracias...
Frawley Cannavan, conocido igualmente por Bob Mollison, torció violentamente la cabeza y una incontenible bocanada de sangre salió de su boca. Sus grises ojos quedaron fijos, sin ver el cielo azul de Utah que enmarcaba uno de los ventanales, puesto que el velo de la muerte le impedía esta visión. Había emprendido su última cabalgada.
Al percatarse de ello, Sam Rusby y Mermelada Bill se descubrieron gravemente.
Ante ellos yacía el cuerpo sin vida del hombre que prodigó favores y dio facilidades sin tasa, y que hubo de expirar asesinado traidoramente a manos de uno de los sujetos a quienes, en su vida, más oportunidades había concedido. Bob Mollison había dejado vacante la plaza de sheriff en el lugar, pero su espíritu siguió viviendo aún durante muchos años más, aunque su cuerpo reposase, contiguo al de sus asesinos, en el cementerio de Promontory City, jocosamente llamado por él «Los Laureles».