el puente de cantarriján (relato)
Cuando era muy pequeño, oía a mi padre contar en la taberna de Marcelino historias de la carrera de bicicletas que había en Francia. Mi padre había viajado a Grenoble en los veranos de la hambruna, y allí, mientras trabajaba en la cosecha, había visto pasar las filas de ciclistas corriendo entre los campos de fresas. Marcelino y sus parroquianos le pedían que hablara de los cabarets de París o de las mujeres francesas, pero él prefería embobarse con aquellos recuerdos de ciclistas. Luego, al salir de la taberna, se subía al sillín descuajeringado de su bicicleta con el porte de un campeón, inclinando el cuerpo hacia delante hasta casi apoyar la frente en la cruz del manillar, y se lanzaba por la cuesta del mar pedaleando fieramente hasta casa.
Yo comencé a montar con el sueño de convertirme en uno de esos héroes franceses que mi padre admiraba. Le robaba la bicicleta por la noche, cuando se dormía, y me iba con ella a la Sierra de Lújar hasta que empezaba a amanecer. Fue en aquellos días cuando aprendí las pericias que conozco, porque guiar a oscuras en caminos de guijarros, entre peñas negras y bosques, curte las habilidades. Pasaba horas haciendo cabriolas, dejándome caer por las cuestas de la montaña, serpenteando entre la espesura de árboles o recorriendo cuevas y desfiladeros. Volvía justo antes de que se hiciera de día y me lavaba en el agua del corral el óxido que la bicicleta me había dejado en las manos y en la ropa. Me acostaba descostillado, molido, y a veces no tenía tiempo ni de dormirme, pues enseguida llegaba mi padre para avisarme del alba y llevarme con él a trabajar al campo.
En esa época, yo tenía siempre un aire sombrío, con unas grandes ojeras violáceas y unas pupilas amarillentas como de enfermo, pero aquellas correrías nocturnales que me estropeaban la salud me iban convirtiendo poco a poco en el mejor explorador de la sierra. Conocía todas las rutas, los atajos y las guaridas. Sabía el nombre de los cerrillos y de los arenales más escondidos. Era capaz de reconocer cañadas y de trepar a farallones desde los que se divisaban las playas de Almuñécar o la Punta de la Mona. A veces abandonaba la bicicleta en algún talud y llegaba escalando hasta los ventisqueros. Guardaba tesoros en los troncos de árboles caídos o en cuevas perdidas que después podía encontrar sin dificultad, guiándome únicamente por las líneas de la tierra. Nadia podía competir conmigo rastreando.
Me hice amigo de Esteban porque tenía una bicicleta de la marca Arelli con la que se podía volar por las carreteras. Se la había regalado su padre, que era cortijero del patrón y ganaba mucho dinero. Esteban iba siempre vestido con ropas nuevas y oliendo a aguas perfumadas. Le gustaba jugar con nosotros, aunque su padre le castigaba si le veía hacerlo. A mí me prestaba su bicicleta Arelli a cambio de algunos favores. Me llevaba de guía a sus expediciones y a veces me mandaba a hacerle recados. Los niños del pueblo le decían Serpiente, porque era muy delgado y se enroscaba en los árboles cuando subía a robar frutas con nosotros, pero yo le llamaba Esteban para que me tuviera confianza.
En verano íbamos muchos días a bañarnos al río de la Miel. Nos tirábamos dando saltos desde el puente de Cantarriján y nadábamos en una poza profunda que había allí. Aquilino el Bizco era el mayor de la cuadrilla y se bañaba desnudo para probar bien su superioridad. Buceaba en el fondo de la poza durante minutos y, al fin, cuando le creíamos muerto, ahogado, salía a la superficie con las manos llenas de guijarros brillantes. Todos le obedecíamos; incluso Esteban, que entre nosotros tenía privilegios de señorito. La Arelli, sin embargo, solo me la prestaba a mí, pues a pesar de los excesos y de las temeridades que me veía hacer subido en ella, sabía que en mis manos estaba segura. Era capaz de rodar por la ladera de una colina llena de manzanos subido de pie en la bicicleta y llegar abajo con una bolsa de frutas recién cogidas. Hacía zascandiles por la barra, sentándome de espaldas en el manillar y atravesando el cuadro hacia un lado y otro como si fuera un contorsionista, encogido en forma de bola mientras las ruedas de la bicicleta seguían rectas por el camino. Luego se la devolvía a Esteban impecable, sin una sola abolladura ni un arañazo. A veces, más limpia que cuando él me la había entregado, pues si pasaba cerca de un arroyo o de una fuente, me paraba a abrillantarle los tubos y los guardabarros y a quitar el polvo de las llantas.
Mis destrezas de explorador y mi maestría de ciclista me convirtieron pronto en el recadero de la región. Me mandaban de pueblo a pueblo en busca de mercancías, me enviaban a rescatar rebaños perdidos o me empleaban para dar avisos al médico cuando había algún enfermo. A veces tenía que llevar al cura cargado en el sillín de atrás hasta alguna casa en la que alguien se estaba muriendo. El cura llegaba siempre blanco del susto por la velocidad a la que atravesábamos los bosques y los campos, y daba la extremaunción medio desmayado. Por la mayoría de estos encargos no me pagaban ni medio céntimo, pues sabían que hacerlos me divertía. Obtenía, sin embargo, otros beneficios: la señora Petra me regalaba ropas casi nuevas de su hijo Teodoro, que era mayor que yo; el tío Florencio me dejaba recoger frutas en sus huertos; y don Eusebio me permitía visitar sin vigilancia a su hija Isabel, que era la chica a la que Aquilino el Bizco rondaba para que fuera su novia.
Cuando cumplí dieciséis años, mi padre me regaló su bicicleta, pero como éramos tan pobres que no podía comprarse otra para ir a labrar, la seguía usando él durante el día igual que antes, y después, cuando se acostaba, yo tenía que robarla también igual que antes, sigilosamente, pues mi madre jamás me habría dado permiso para salir de noche a hacer aquellas imprudencias. Yo soñaba todavía con llegar a ser el mejor campeón de la carrera de Francia. Parado en la sierra en mitad de un ventisquero, a oscuras, imaginaba que mi padre hablaba de mí orgullosamente en la taberna de Marcelino y que Isabel se casaba conmigo. Entre aquellas tinieblas, apartado del mundo, era feliz.
Aquel año hubo muchos sucesos importantes. En la primavera se convocó una carrera de bicicletas en España que trastornó a mi padre, pues comenzó a entrenar cada día como si a su edad pudiera aún correr junto a los campeones. Las filas de ciclistas vestidos de verde y azul no pasaron por la comarca, y en el pueblo tuvimos que conformarnos con las crónicas del diario Informaciones y con los relatos que daban algunos noticiarios de la radio. Los parroquianos de la taberna de Marcelino se encolerizaban con el triunfo de los corredores extranjeros, y mi padre, que rabiaba más que ninguno, intensificaba sus entrenamientos para tomar la revancha en la siguiente carrera. En uno de esos entrenamientos se cayó por la pendiente de una loma y se rompió los dos brazos, de modo que la cosecha hubo que recogerla con jornaleros y nos hicimos más pobres.
Pocos días después de que terminara la carrera en Madrid, cuando ya el calor del verano abrasaba, Esteban me dijo que me iba a regalar la Arelli. Estábamos en la orilla del río, tumbados al sol durmiendo, y yo me desperecé de repente para mirarle a los ojos por ver si bromeaba.
—¿No quieres ser un campeón? Pues con tu bicicleta no creo que puedas conseguirlo, y mucho menos después de la costalada de tu padre.
Se calló y lio uno de los cigarrillos que había empezado a fumar y a los que a veces me convidaba. Luego lo encendió con el chisquero y siguió hablando. Por primera vez le vi un rostro de hombre, tajado por señales, madurado, casi juicioso.
—Pero la Arelli te la tendrás que ganar.
Esteban llegó a ser muchos años después un industrial rico gracias a los negocios ingeniosos que se le ocurrían, como aquel de la Arelli, en el que consiguió su primer capital. Una semana más tarde del día en el que me había hecho el anuncio, dio el aviso de que celebraría en el puente de Cantarriján una competición entre los muchachos del pueblo que quisieran inscribirse. La cuota era de medio real, y cualquiera podía hacer apuestas. La prueba que había que superar no sería dicha hasta el momento mismo del concurso.
La noticia corrió como el fuego entre la paja, y el día señalado había en el puente de Cantarriján una multitud llegada de todas las esquinas de la región. Se inscribieron en la prueba cincuenta y dos participantes, e hicieron apuestas por unos o por otros más de un centenar de personas: los padres por sus hijos, los amigos por sus amigos, los forasteros por sus paisanos y las novias por sus galanes. En total, Esteban reunió doscientas quince pesetas, el doble de lo que valía la Arelli. Hizo las cuentas, dio a cada uno sus boletos, y explicó después en qué consistía el desafío.
—Los participantes tendrán que cruzar el puente desde un extremo al otro con los ojos vendados. El que lo consiga sin caerse se llevará el premio.
La multitud se quedó de repente en silencio mirando detenidamente hacia el puente, examinándolo como si lo vieran por primera vez. Tenía más o menos cien metros de recorrido. No era completamente recto, pues hacia la mitad comenzaba a girar ligeramente y acababa en una suave curva, de modo que el principio del pretil izquierdo de un extremo estaba alineado con el final del pretil derecho del otro. Los pretiles eran bajos y estaban hechos de piedras de sillería: desde sus alturas nos tirábamos a la poza profunda del río para nadar.
Esteban buscó mi rostro entre los de la gente y me sonrió. Yo no le devolví el gesto, pues no tenía ninguna seguridad de ganar aquella prueba entre tantos competidores, y el medio real que me había costado participar era toda mi fortuna. En aquel momento, mientras el primer muchacho iba hacia la boca del puente y se agachaba un poco para que le anudaran un pañuelo en la cabeza, volví a soñar con ser un campeón.
Aquilino el Bizco, que había venido acompañado de Isabel, fue el séptimo participante. Los seis anteriores se habían caído antes de llegar o habían chocado contra el pretil. Uno de ellos, un mozo de Maro, había estado incluso a punto de caerse al río de cabeza. Aquilino se subió a la bicicleta con aire de soberbia, mordiendo un cáñamo y diciendo bravuconadas. Se quitó la camisa e hizo que le vendaran los ojos también con ella, atándola por encima del otro pañuelo, para mayor demostración de su ceguera. Agarró el manillar con firmeza, apoyó los pies descalzos en los pedales y comenzó a rodar por la superficie del puente sin titubear. No iba muy deprisa, pero avanzaba con seguridad. La rueda delantera no trompicaba. A medio camino, torció un poco el rumbo siguiendo la curva y enfiló la salida. Acabó el recorrido por el centro mismo, lejos de los dos pretiles. La multitud recibió la llegada con una aclamación de las que solo merecen los campeones. Yo espié a Isabel, que le estaba mirando lánguidamente.
Nadie volvió a cruzar el puente hasta que fue mi tumo, casi al final de la competición. La bicicleta estaba llena de polvo y tenía algunas raspaduras de las caídas, pero ningún desperfecto era demasiado grave. Cuando mi nombre fue voceado, me acerqué temblando al puesto de salida y me senté ceremoniosamente en el sillín.
—La Arelli ya es tuya, campeón —me dijo Esteban mientras me ataba el pañolón alrededor de la cabeza.
A pesar del susto y de los escalofríos que tenía, corrí a la misma velocidad a la que habría corrido con los ojos abiertos, y crucé el puente en un suspiro. La costumbre de recorrer la montaña de noche y de pedalear a oscuras me permitía manejar la bicicleta en la más absoluta tiniebla con la misma pericia que a plena luz. Cuando llegué al final del puente y escuché el griterío de vítores, las ovaciones, me quedé parado sobre el sillín y sin quitarme la venda giré la cabeza para mirar hacia donde estaba Isabel. Estuve así unos instantes, mirándola a ciegas. Luego sentí los brazos de quienes me felicitaban y me alzaban en volandas.
Esteban decidió que El Bizco y yo atravesáramos de nuevo el puente con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda para desempatar. Los apostantes estuvieron de acuerdo. Se tiró entonces una moneda al aire para sortear turno y salió la cara que había pedido Aquilino. Con la misma altivez que antes, se quitó la camisa y se dirigió hacia la Arelli. Cerró los ojos y cruzó las muñecas en la espalda. Cuando le hubieron anudado las dos vendas, se alzó sobre la bicicleta con equilibrismos y comenzó a avanzar. La explanada del puente estaba en silencio, como si no hubiera nadie. Los más pequeños se habían subido a rocas o a árboles para ver bien. Algunas mujeres, angustiadas, se tapaban también los ojos.
El Bizco no llegó ni siquiera a la mitad del puente. Cuando movió el cuerpo para cambiar el rumbo de la bicicleta en la curva, la rueda delantera se torció demasiado, y al intentar rectificar enderezándola, perdió la estabilidad y se fue al suelo con acrobacias. Las carnes del hombro sobre el que cayó se le abrieron, y al ver la sangre, algunos comenzaron a espantarse. También Isabel, que miraba fijamente hacia el fondo del río para no ver a Aquilino herido. Pasó un rato antes de que todo se calmara y me llevaran a mí a la línea de salida. Ya no temblaba, no sentía nerviosismo. Sabía que cruzaría el puente sin esfuerzo, como si la bicicleta caminara sola llevándome. Cuando estuve listo, pisé los pedales con fuerza y oí el chirrido de los rodamientos. Llegué al otro extremo antes de que el suspiro de alguna mujer asustada se acabara de escuchar, pero justo cuando calculé que la rueda delantera estaría tocando la meta, me detuve. Inmovilicé la bicicleta y me puse en pie sobre ella para distinguir mejor los resuellos de la gente. Luego di la última pedalada, y la Arelli, que ya era mía, entró suavemente en el camino de gravilla.
Aquel fue quizás el día más feliz de mi vida. Me di cuenta de que algunos méritos tenían su recompensa y de que la vida de los hombres podía llegar a ser provechosa. No conseguí con mi triunfo, sin embargo, el amor de Isabel, que comenzó a visitar a Aquilino para curarle las heridas de la caída y poco después se prometió con él. Yo la olvidé enseguida gracias a una chica extremeña que acababa de llegar al pueblo. Aunque tardé mucho en hablar con ella, la rondaba en los bailes y le daba señas de mis intenciones. Mi madre me había regalado ya unos pantalones largos de los que se vestían los mozos y un corbatín, y en la misa de los domingos iba con los de la cuadrilla a merodear. Pero no tenía mucho tiempo para gastarlo en mujeres, porque empecé a entrenar con el propósito de presentarme a la carrera del año siguiente. Hacía cada jornada más de treinta kilómetros en bicicleta, y los días de fiesta, cuando no tenía que ir al campo a labrar, pedaleaba por la carretera hasta Calahonda o hasta Málaga.
Los años de la juventud transcurren muy despacio, pero no es verdad que sean tan fecundos como creemos. Los míos no lo fueron, aunque en aquel tiempo lo parecían. Ni siquiera fui capaz en ese invierno de prepararme suficientemente para correr la carrera de España. Mi padre murió en diciembre, poco antes de las Navidades, y mi madre, que no había conocido otra compañía nunca, se fue apagando poco a poco como un brasero abandonado. Hablé por fin con la chica extremeña y la hice mi novia. Salíamos juntos a pasear todos los días, al anochecer, y los domingos la llevaba al baile de algún pueblo de los alrededores y le compraba altramuces con el único dinero que tenía. Seguía saliendo con la bicicleta por las noches, cuando todos se habían acostado, y me iba hasta los lugares más lejanos para estar solo.
La nueva carrera, que se celebró otra vez en el mes de abril, la ganó también un extranjero. Los parroquianos de la taberna de Marcelino me animaban a seguir entrenando para competir al año siguiente y demostrar la fiereza de los españoles, pero la guerra estalló de repente y tuve que dejar de salir cada día a la carretera. Las tropas de los fascistas conquistaron enseguida Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Granada, pero no lograron entrar en Málaga. En el pueblo solo se escuchaban intrigas y parlerías. Nadie podía contar lo que estaba ocurriendo de verdad. Don Eulogio, el veterinario, traía de sus viajes por la región algunos chismes confusos y los repetía en la taberna a la hora de la cena: que los tanques de Queipo de Llano avanzaban hacia el sur, que los ejércitos de la República habían sofocado la algarada, que algunas unidades de carabineros contraatacaban cerca de Motril o que Azaña había huido a Francia.
Yo no sabía nada de política, pero un hermano de mi madre era sargento de carabineros y eso nos convertía a todos en republicanos. En el pueblo, los bandos estaban embarullados. Esteban, que era señorito cortijero, apoyaba a la República, y Aquilino el Bizco, pobre de miseria, hacía arengas a favor de los fascistas. A principios de septiembre mataron a un campesino comunista, pero no se supo con certeza si era una venganza política o un crimen de adulterios.
Los aires de guerra multiplicaron las bodas en todas las aldeas de la comarca, pues el cura andaba de lado a lado casando a los mozos que iban a ser llamados a filas. Yo hablé con el padre de mi novia extremeña y le dije que quería a su hija con todo mi corazón, pero que no merecía quedarse viuda siendo tan niña. Él aceptó mis explicaciones y me dio su consentimiento para aplazar el matrimonio. Lo que no quise aplazar por más tiempo fue el desfloramiento de la muchacha, pues mi edad era ya imperiosa y la pobreza me impedía gastar en putas lo necesario. Hubo algunos meses de aquella época en que fui feliz como solo pueden serlo los menesterosos: tenía una hembra y un campo que labrar; me gustaba oler la madera mojada y los guisos de pollo que hacía mi madre; bebía a veces un vaso de vino en la taberna fanfarroneando como los machos, y me iba lejos con la bicicleta, soñando igual que siempre con ganar algún día la carrera de España.
En febrero del año siguiente bombardearon Málaga y tuve que huir deprisa. Mi novia extremeña no me dejó marchar sin haber celebrado la boda que nos comprometía, pues según dijo prefería quedarse viuda que deshonrada. Nos casamos de noche en un pajar. Luego, después de besarnos delante del cura, yo recogí mis aperos, me monté en la Arelli y me fui a una cueva de la Sierra de Lújar que no conocía nadie. Conmigo vinieron los mozos más valientes del pueblo: Gregorio el de Tomasa, Bernardo Albarrán, Rufino el Aguilucho y Esteban, que vendió a escondidas algunas de las riquezas de su padre para comprar las provisiones que nos llevamos.
Pasamos encerrados en la cueva varias semanas. Yo bajaba algunos días al pueblo, de noche, para traer noticias y pan fresco. En uno de esos viajes me encontré con una columna de milicianos que había acampado en las faldas de la sierra. Me ofrecieron uniformes para todos si nos alistábamos. Les dije que no, pero al volver a la cueva se lo propuse a los muchachos. Gregorio, Bernardo y El Aguilucho no querían, pero Esteban acabó convenciéndoles. Les dijo que no teníamos otra alternativa para salir de allí; que la guerra duraría mucho; que solo se esconden los cobardes. Esa misma noche, antes de que terminara de amanecer, bajamos al campamento y nos vestimos de milicianos. Yo tenía miedo de la guerra y sentía pena por dejar aquellas tierras, pero lo que verdaderamente me entristeció fue abandonar allí, entre unas rocas, la bicicleta que había ganado con mis méritos.
A Bernardo Albarrán le mataron enseguida, en el primer enfrentamiento de tropas que tuvimos. Gregorio y Esteban fueron destinados a otro batallón que subía hacia el norte, y no volví a saber nada de ellos hasta muchos años después, cuando la guerra ya había terminado. El Aguilucho continuó conmigo y sobrevivió a las dos incursiones que hicimos antes de llegar a la costa de Almería, donde teníamos que asaltar un fuerte para liberar a milicianos prisioneros. En ese asalto me convertí en un héroe, pues logré entrar dentro sin ser advertido, con artimañas, y abrir las puertas para que el batallón atacara. Como premio, me ascendieron a sargento y me llevaron a la comandancia para encomendarme una misión de alta responsabilidad que solo alguien con mis virtudes y mis conocimientos de la tierra podía desempeñar: volar el puente de Cantarriján.
—No puedo hacerlo, señor —le dije al comandante con firmeza—. No puedo volar ese puente. Encárgueme cualquier otra misión y la cumpliré. Pídame que mate al carnicerito de Arias Navarro o a Franco, si usted quiere. Soy un soldado valiente, señor, pero no puedo volar el puente de Cantarriján.
Yo tenía aún el sentimentalismo de los niños, pero la guerra no consiente esas debilidades. El comandante me explicó que yo era el único que conocía el terreno tan bien como para guiar a ochenta hombres sin ponerlos en peligro y que la audacia que había demostrado en las batallas y en el asalto al fuerte me hacían digno del empeño. Me dio la orden de que preparara mi impedimenta para partir a la mañana siguiente.
El puente de Cantarriján, en el que había ganado yo mi primera bicicleta de carreras cruzándolo a ciegas, no lo cruzaba ya nadie, porque al hacerlo se pasaba de un bando a otro. Ese puente era ahora un filo entre los dos ejércitos, un paso muerto que solo atravesaban centinelas y ojeadores. La comandancia republicana quería destruirlo para poder desembarcar en la zona de Granada sin temer un rápido contraataque de los fascistas. Acababa de terminar la batalla del Ebro y no quedaban ya muchas oportunidades de reconquistar España.
Embarqué con ochenta guerrilleros en La Juana, cerca de Adra. La lancha tardó tres horas en llegar a la playa de Almuñécar. Era de noche y llovía aguanieve. Estuvimos un rato agazapados, observando los alrededores, pero no había señales de vida. Cuando nos pusimos en marcha, una gran nube cubrió aún más el arco de la luna y el aire se volvió completamente negro. Avanzamos despacio siguiendo el cauce del río de la Miel y llegamos a Cantarriján enseguida. Vi el puente desde un repecho y sentí un repeluzno de frío. Di inmediatamente las órdenes para no flaquear. A lo lejos, al otro lado del puente, se divisaba entre nieblas la garita de la Guardia Civil. Oscura, como deshabitada.
Los soldados especialistas prepararon los cartuchos de dinamita mientras los demás esperábamos repartidos en la orilla del río. Luego diez hombres y yo nos arrastramos hasta el pie del puente. Había que hacerlo con mucha precaución, sigilosamente, pues tal vez había algún guardián vigilando emboscado al otro lado. Me acordé de Esteban, el Serpiente, que era el mejor culebreador del pueblo y que habría podido llegar hasta el puente mismo y cruzarlo sin que se dieran cuenta los propios compañeros que reptaban junto a él.
Pusimos las cargas de dinamita en los bajos del puente, en sus pilares y en su misma panza. Luego regresamos hasta donde estaban aguardando los demás hombres. Yo esperé unos segundos para contemplar por última vez aquel paisaje. Después cerré los ojos y di la orden de que lo volaran. Las piedras saltaron por los aires con estampida. Cuando la fosca de polvo y de arenilla desapareció, vi el puente partido, sin vientre, y me acordé de repente del rostro de Isabel que había mirado con los ojos vendados aquel día de la competición, ese rostro sin expresión que yo únicamente había imaginado. Se oyeron ladridos de perro, pero ninguna voz de hombre, ningún grito de espanto. Mientras regresábamos a la playa, me di cuenta de que había sido allí mismo donde llegué a creer, al ganar la Arelli, que algunos méritos tienen su recompensa y que la vida de los hombres puede llegar a ser provechosa.
La guerra terminó y tuve que marcharme a África, a Orán, donde me esperaba ya mi esposa. Allí gané una carrera de bicicletas en la que solo participaban árabes y comunistas españoles. El sueño de vencer a los campeones belgas y franceses que triunfaban en España nunca lo cumplí. Muchos años después, cuando regresé del exilio a mi casa de Nerja, subí hasta la cueva en la que había abandonado la Arelli. Estaba todavía allí, en el mismo sitio, pero ya era solo un amasijo de óxido y verdín. Como yo mismo.
Yo comencé a montar con el sueño de convertirme en uno de esos héroes franceses que mi padre admiraba. Le robaba la bicicleta por la noche, cuando se dormía, y me iba con ella a la Sierra de Lújar hasta que empezaba a amanecer. Fue en aquellos días cuando aprendí las pericias que conozco, porque guiar a oscuras en caminos de guijarros, entre peñas negras y bosques, curte las habilidades. Pasaba horas haciendo cabriolas, dejándome caer por las cuestas de la montaña, serpenteando entre la espesura de árboles o recorriendo cuevas y desfiladeros. Volvía justo antes de que se hiciera de día y me lavaba en el agua del corral el óxido que la bicicleta me había dejado en las manos y en la ropa. Me acostaba descostillado, molido, y a veces no tenía tiempo ni de dormirme, pues enseguida llegaba mi padre para avisarme del alba y llevarme con él a trabajar al campo.
En esa época, yo tenía siempre un aire sombrío, con unas grandes ojeras violáceas y unas pupilas amarillentas como de enfermo, pero aquellas correrías nocturnales que me estropeaban la salud me iban convirtiendo poco a poco en el mejor explorador de la sierra. Conocía todas las rutas, los atajos y las guaridas. Sabía el nombre de los cerrillos y de los arenales más escondidos. Era capaz de reconocer cañadas y de trepar a farallones desde los que se divisaban las playas de Almuñécar o la Punta de la Mona. A veces abandonaba la bicicleta en algún talud y llegaba escalando hasta los ventisqueros. Guardaba tesoros en los troncos de árboles caídos o en cuevas perdidas que después podía encontrar sin dificultad, guiándome únicamente por las líneas de la tierra. Nadia podía competir conmigo rastreando.
Me hice amigo de Esteban porque tenía una bicicleta de la marca Arelli con la que se podía volar por las carreteras. Se la había regalado su padre, que era cortijero del patrón y ganaba mucho dinero. Esteban iba siempre vestido con ropas nuevas y oliendo a aguas perfumadas. Le gustaba jugar con nosotros, aunque su padre le castigaba si le veía hacerlo. A mí me prestaba su bicicleta Arelli a cambio de algunos favores. Me llevaba de guía a sus expediciones y a veces me mandaba a hacerle recados. Los niños del pueblo le decían Serpiente, porque era muy delgado y se enroscaba en los árboles cuando subía a robar frutas con nosotros, pero yo le llamaba Esteban para que me tuviera confianza.
En verano íbamos muchos días a bañarnos al río de la Miel. Nos tirábamos dando saltos desde el puente de Cantarriján y nadábamos en una poza profunda que había allí. Aquilino el Bizco era el mayor de la cuadrilla y se bañaba desnudo para probar bien su superioridad. Buceaba en el fondo de la poza durante minutos y, al fin, cuando le creíamos muerto, ahogado, salía a la superficie con las manos llenas de guijarros brillantes. Todos le obedecíamos; incluso Esteban, que entre nosotros tenía privilegios de señorito. La Arelli, sin embargo, solo me la prestaba a mí, pues a pesar de los excesos y de las temeridades que me veía hacer subido en ella, sabía que en mis manos estaba segura. Era capaz de rodar por la ladera de una colina llena de manzanos subido de pie en la bicicleta y llegar abajo con una bolsa de frutas recién cogidas. Hacía zascandiles por la barra, sentándome de espaldas en el manillar y atravesando el cuadro hacia un lado y otro como si fuera un contorsionista, encogido en forma de bola mientras las ruedas de la bicicleta seguían rectas por el camino. Luego se la devolvía a Esteban impecable, sin una sola abolladura ni un arañazo. A veces, más limpia que cuando él me la había entregado, pues si pasaba cerca de un arroyo o de una fuente, me paraba a abrillantarle los tubos y los guardabarros y a quitar el polvo de las llantas.
Mis destrezas de explorador y mi maestría de ciclista me convirtieron pronto en el recadero de la región. Me mandaban de pueblo a pueblo en busca de mercancías, me enviaban a rescatar rebaños perdidos o me empleaban para dar avisos al médico cuando había algún enfermo. A veces tenía que llevar al cura cargado en el sillín de atrás hasta alguna casa en la que alguien se estaba muriendo. El cura llegaba siempre blanco del susto por la velocidad a la que atravesábamos los bosques y los campos, y daba la extremaunción medio desmayado. Por la mayoría de estos encargos no me pagaban ni medio céntimo, pues sabían que hacerlos me divertía. Obtenía, sin embargo, otros beneficios: la señora Petra me regalaba ropas casi nuevas de su hijo Teodoro, que era mayor que yo; el tío Florencio me dejaba recoger frutas en sus huertos; y don Eusebio me permitía visitar sin vigilancia a su hija Isabel, que era la chica a la que Aquilino el Bizco rondaba para que fuera su novia.
Cuando cumplí dieciséis años, mi padre me regaló su bicicleta, pero como éramos tan pobres que no podía comprarse otra para ir a labrar, la seguía usando él durante el día igual que antes, y después, cuando se acostaba, yo tenía que robarla también igual que antes, sigilosamente, pues mi madre jamás me habría dado permiso para salir de noche a hacer aquellas imprudencias. Yo soñaba todavía con llegar a ser el mejor campeón de la carrera de Francia. Parado en la sierra en mitad de un ventisquero, a oscuras, imaginaba que mi padre hablaba de mí orgullosamente en la taberna de Marcelino y que Isabel se casaba conmigo. Entre aquellas tinieblas, apartado del mundo, era feliz.
Aquel año hubo muchos sucesos importantes. En la primavera se convocó una carrera de bicicletas en España que trastornó a mi padre, pues comenzó a entrenar cada día como si a su edad pudiera aún correr junto a los campeones. Las filas de ciclistas vestidos de verde y azul no pasaron por la comarca, y en el pueblo tuvimos que conformarnos con las crónicas del diario Informaciones y con los relatos que daban algunos noticiarios de la radio. Los parroquianos de la taberna de Marcelino se encolerizaban con el triunfo de los corredores extranjeros, y mi padre, que rabiaba más que ninguno, intensificaba sus entrenamientos para tomar la revancha en la siguiente carrera. En uno de esos entrenamientos se cayó por la pendiente de una loma y se rompió los dos brazos, de modo que la cosecha hubo que recogerla con jornaleros y nos hicimos más pobres.
Pocos días después de que terminara la carrera en Madrid, cuando ya el calor del verano abrasaba, Esteban me dijo que me iba a regalar la Arelli. Estábamos en la orilla del río, tumbados al sol durmiendo, y yo me desperecé de repente para mirarle a los ojos por ver si bromeaba.
—¿No quieres ser un campeón? Pues con tu bicicleta no creo que puedas conseguirlo, y mucho menos después de la costalada de tu padre.
Se calló y lio uno de los cigarrillos que había empezado a fumar y a los que a veces me convidaba. Luego lo encendió con el chisquero y siguió hablando. Por primera vez le vi un rostro de hombre, tajado por señales, madurado, casi juicioso.
—Pero la Arelli te la tendrás que ganar.
Esteban llegó a ser muchos años después un industrial rico gracias a los negocios ingeniosos que se le ocurrían, como aquel de la Arelli, en el que consiguió su primer capital. Una semana más tarde del día en el que me había hecho el anuncio, dio el aviso de que celebraría en el puente de Cantarriján una competición entre los muchachos del pueblo que quisieran inscribirse. La cuota era de medio real, y cualquiera podía hacer apuestas. La prueba que había que superar no sería dicha hasta el momento mismo del concurso.
La noticia corrió como el fuego entre la paja, y el día señalado había en el puente de Cantarriján una multitud llegada de todas las esquinas de la región. Se inscribieron en la prueba cincuenta y dos participantes, e hicieron apuestas por unos o por otros más de un centenar de personas: los padres por sus hijos, los amigos por sus amigos, los forasteros por sus paisanos y las novias por sus galanes. En total, Esteban reunió doscientas quince pesetas, el doble de lo que valía la Arelli. Hizo las cuentas, dio a cada uno sus boletos, y explicó después en qué consistía el desafío.
—Los participantes tendrán que cruzar el puente desde un extremo al otro con los ojos vendados. El que lo consiga sin caerse se llevará el premio.
La multitud se quedó de repente en silencio mirando detenidamente hacia el puente, examinándolo como si lo vieran por primera vez. Tenía más o menos cien metros de recorrido. No era completamente recto, pues hacia la mitad comenzaba a girar ligeramente y acababa en una suave curva, de modo que el principio del pretil izquierdo de un extremo estaba alineado con el final del pretil derecho del otro. Los pretiles eran bajos y estaban hechos de piedras de sillería: desde sus alturas nos tirábamos a la poza profunda del río para nadar.
Esteban buscó mi rostro entre los de la gente y me sonrió. Yo no le devolví el gesto, pues no tenía ninguna seguridad de ganar aquella prueba entre tantos competidores, y el medio real que me había costado participar era toda mi fortuna. En aquel momento, mientras el primer muchacho iba hacia la boca del puente y se agachaba un poco para que le anudaran un pañuelo en la cabeza, volví a soñar con ser un campeón.
Aquilino el Bizco, que había venido acompañado de Isabel, fue el séptimo participante. Los seis anteriores se habían caído antes de llegar o habían chocado contra el pretil. Uno de ellos, un mozo de Maro, había estado incluso a punto de caerse al río de cabeza. Aquilino se subió a la bicicleta con aire de soberbia, mordiendo un cáñamo y diciendo bravuconadas. Se quitó la camisa e hizo que le vendaran los ojos también con ella, atándola por encima del otro pañuelo, para mayor demostración de su ceguera. Agarró el manillar con firmeza, apoyó los pies descalzos en los pedales y comenzó a rodar por la superficie del puente sin titubear. No iba muy deprisa, pero avanzaba con seguridad. La rueda delantera no trompicaba. A medio camino, torció un poco el rumbo siguiendo la curva y enfiló la salida. Acabó el recorrido por el centro mismo, lejos de los dos pretiles. La multitud recibió la llegada con una aclamación de las que solo merecen los campeones. Yo espié a Isabel, que le estaba mirando lánguidamente.
Nadie volvió a cruzar el puente hasta que fue mi tumo, casi al final de la competición. La bicicleta estaba llena de polvo y tenía algunas raspaduras de las caídas, pero ningún desperfecto era demasiado grave. Cuando mi nombre fue voceado, me acerqué temblando al puesto de salida y me senté ceremoniosamente en el sillín.
—La Arelli ya es tuya, campeón —me dijo Esteban mientras me ataba el pañolón alrededor de la cabeza.
A pesar del susto y de los escalofríos que tenía, corrí a la misma velocidad a la que habría corrido con los ojos abiertos, y crucé el puente en un suspiro. La costumbre de recorrer la montaña de noche y de pedalear a oscuras me permitía manejar la bicicleta en la más absoluta tiniebla con la misma pericia que a plena luz. Cuando llegué al final del puente y escuché el griterío de vítores, las ovaciones, me quedé parado sobre el sillín y sin quitarme la venda giré la cabeza para mirar hacia donde estaba Isabel. Estuve así unos instantes, mirándola a ciegas. Luego sentí los brazos de quienes me felicitaban y me alzaban en volandas.
Esteban decidió que El Bizco y yo atravesáramos de nuevo el puente con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda para desempatar. Los apostantes estuvieron de acuerdo. Se tiró entonces una moneda al aire para sortear turno y salió la cara que había pedido Aquilino. Con la misma altivez que antes, se quitó la camisa y se dirigió hacia la Arelli. Cerró los ojos y cruzó las muñecas en la espalda. Cuando le hubieron anudado las dos vendas, se alzó sobre la bicicleta con equilibrismos y comenzó a avanzar. La explanada del puente estaba en silencio, como si no hubiera nadie. Los más pequeños se habían subido a rocas o a árboles para ver bien. Algunas mujeres, angustiadas, se tapaban también los ojos.
El Bizco no llegó ni siquiera a la mitad del puente. Cuando movió el cuerpo para cambiar el rumbo de la bicicleta en la curva, la rueda delantera se torció demasiado, y al intentar rectificar enderezándola, perdió la estabilidad y se fue al suelo con acrobacias. Las carnes del hombro sobre el que cayó se le abrieron, y al ver la sangre, algunos comenzaron a espantarse. También Isabel, que miraba fijamente hacia el fondo del río para no ver a Aquilino herido. Pasó un rato antes de que todo se calmara y me llevaran a mí a la línea de salida. Ya no temblaba, no sentía nerviosismo. Sabía que cruzaría el puente sin esfuerzo, como si la bicicleta caminara sola llevándome. Cuando estuve listo, pisé los pedales con fuerza y oí el chirrido de los rodamientos. Llegué al otro extremo antes de que el suspiro de alguna mujer asustada se acabara de escuchar, pero justo cuando calculé que la rueda delantera estaría tocando la meta, me detuve. Inmovilicé la bicicleta y me puse en pie sobre ella para distinguir mejor los resuellos de la gente. Luego di la última pedalada, y la Arelli, que ya era mía, entró suavemente en el camino de gravilla.
Aquel fue quizás el día más feliz de mi vida. Me di cuenta de que algunos méritos tenían su recompensa y de que la vida de los hombres podía llegar a ser provechosa. No conseguí con mi triunfo, sin embargo, el amor de Isabel, que comenzó a visitar a Aquilino para curarle las heridas de la caída y poco después se prometió con él. Yo la olvidé enseguida gracias a una chica extremeña que acababa de llegar al pueblo. Aunque tardé mucho en hablar con ella, la rondaba en los bailes y le daba señas de mis intenciones. Mi madre me había regalado ya unos pantalones largos de los que se vestían los mozos y un corbatín, y en la misa de los domingos iba con los de la cuadrilla a merodear. Pero no tenía mucho tiempo para gastarlo en mujeres, porque empecé a entrenar con el propósito de presentarme a la carrera del año siguiente. Hacía cada jornada más de treinta kilómetros en bicicleta, y los días de fiesta, cuando no tenía que ir al campo a labrar, pedaleaba por la carretera hasta Calahonda o hasta Málaga.
Los años de la juventud transcurren muy despacio, pero no es verdad que sean tan fecundos como creemos. Los míos no lo fueron, aunque en aquel tiempo lo parecían. Ni siquiera fui capaz en ese invierno de prepararme suficientemente para correr la carrera de España. Mi padre murió en diciembre, poco antes de las Navidades, y mi madre, que no había conocido otra compañía nunca, se fue apagando poco a poco como un brasero abandonado. Hablé por fin con la chica extremeña y la hice mi novia. Salíamos juntos a pasear todos los días, al anochecer, y los domingos la llevaba al baile de algún pueblo de los alrededores y le compraba altramuces con el único dinero que tenía. Seguía saliendo con la bicicleta por las noches, cuando todos se habían acostado, y me iba hasta los lugares más lejanos para estar solo.
La nueva carrera, que se celebró otra vez en el mes de abril, la ganó también un extranjero. Los parroquianos de la taberna de Marcelino me animaban a seguir entrenando para competir al año siguiente y demostrar la fiereza de los españoles, pero la guerra estalló de repente y tuve que dejar de salir cada día a la carretera. Las tropas de los fascistas conquistaron enseguida Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Granada, pero no lograron entrar en Málaga. En el pueblo solo se escuchaban intrigas y parlerías. Nadie podía contar lo que estaba ocurriendo de verdad. Don Eulogio, el veterinario, traía de sus viajes por la región algunos chismes confusos y los repetía en la taberna a la hora de la cena: que los tanques de Queipo de Llano avanzaban hacia el sur, que los ejércitos de la República habían sofocado la algarada, que algunas unidades de carabineros contraatacaban cerca de Motril o que Azaña había huido a Francia.
Yo no sabía nada de política, pero un hermano de mi madre era sargento de carabineros y eso nos convertía a todos en republicanos. En el pueblo, los bandos estaban embarullados. Esteban, que era señorito cortijero, apoyaba a la República, y Aquilino el Bizco, pobre de miseria, hacía arengas a favor de los fascistas. A principios de septiembre mataron a un campesino comunista, pero no se supo con certeza si era una venganza política o un crimen de adulterios.
Los aires de guerra multiplicaron las bodas en todas las aldeas de la comarca, pues el cura andaba de lado a lado casando a los mozos que iban a ser llamados a filas. Yo hablé con el padre de mi novia extremeña y le dije que quería a su hija con todo mi corazón, pero que no merecía quedarse viuda siendo tan niña. Él aceptó mis explicaciones y me dio su consentimiento para aplazar el matrimonio. Lo que no quise aplazar por más tiempo fue el desfloramiento de la muchacha, pues mi edad era ya imperiosa y la pobreza me impedía gastar en putas lo necesario. Hubo algunos meses de aquella época en que fui feliz como solo pueden serlo los menesterosos: tenía una hembra y un campo que labrar; me gustaba oler la madera mojada y los guisos de pollo que hacía mi madre; bebía a veces un vaso de vino en la taberna fanfarroneando como los machos, y me iba lejos con la bicicleta, soñando igual que siempre con ganar algún día la carrera de España.
En febrero del año siguiente bombardearon Málaga y tuve que huir deprisa. Mi novia extremeña no me dejó marchar sin haber celebrado la boda que nos comprometía, pues según dijo prefería quedarse viuda que deshonrada. Nos casamos de noche en un pajar. Luego, después de besarnos delante del cura, yo recogí mis aperos, me monté en la Arelli y me fui a una cueva de la Sierra de Lújar que no conocía nadie. Conmigo vinieron los mozos más valientes del pueblo: Gregorio el de Tomasa, Bernardo Albarrán, Rufino el Aguilucho y Esteban, que vendió a escondidas algunas de las riquezas de su padre para comprar las provisiones que nos llevamos.
Pasamos encerrados en la cueva varias semanas. Yo bajaba algunos días al pueblo, de noche, para traer noticias y pan fresco. En uno de esos viajes me encontré con una columna de milicianos que había acampado en las faldas de la sierra. Me ofrecieron uniformes para todos si nos alistábamos. Les dije que no, pero al volver a la cueva se lo propuse a los muchachos. Gregorio, Bernardo y El Aguilucho no querían, pero Esteban acabó convenciéndoles. Les dijo que no teníamos otra alternativa para salir de allí; que la guerra duraría mucho; que solo se esconden los cobardes. Esa misma noche, antes de que terminara de amanecer, bajamos al campamento y nos vestimos de milicianos. Yo tenía miedo de la guerra y sentía pena por dejar aquellas tierras, pero lo que verdaderamente me entristeció fue abandonar allí, entre unas rocas, la bicicleta que había ganado con mis méritos.
A Bernardo Albarrán le mataron enseguida, en el primer enfrentamiento de tropas que tuvimos. Gregorio y Esteban fueron destinados a otro batallón que subía hacia el norte, y no volví a saber nada de ellos hasta muchos años después, cuando la guerra ya había terminado. El Aguilucho continuó conmigo y sobrevivió a las dos incursiones que hicimos antes de llegar a la costa de Almería, donde teníamos que asaltar un fuerte para liberar a milicianos prisioneros. En ese asalto me convertí en un héroe, pues logré entrar dentro sin ser advertido, con artimañas, y abrir las puertas para que el batallón atacara. Como premio, me ascendieron a sargento y me llevaron a la comandancia para encomendarme una misión de alta responsabilidad que solo alguien con mis virtudes y mis conocimientos de la tierra podía desempeñar: volar el puente de Cantarriján.
—No puedo hacerlo, señor —le dije al comandante con firmeza—. No puedo volar ese puente. Encárgueme cualquier otra misión y la cumpliré. Pídame que mate al carnicerito de Arias Navarro o a Franco, si usted quiere. Soy un soldado valiente, señor, pero no puedo volar el puente de Cantarriján.
Yo tenía aún el sentimentalismo de los niños, pero la guerra no consiente esas debilidades. El comandante me explicó que yo era el único que conocía el terreno tan bien como para guiar a ochenta hombres sin ponerlos en peligro y que la audacia que había demostrado en las batallas y en el asalto al fuerte me hacían digno del empeño. Me dio la orden de que preparara mi impedimenta para partir a la mañana siguiente.
El puente de Cantarriján, en el que había ganado yo mi primera bicicleta de carreras cruzándolo a ciegas, no lo cruzaba ya nadie, porque al hacerlo se pasaba de un bando a otro. Ese puente era ahora un filo entre los dos ejércitos, un paso muerto que solo atravesaban centinelas y ojeadores. La comandancia republicana quería destruirlo para poder desembarcar en la zona de Granada sin temer un rápido contraataque de los fascistas. Acababa de terminar la batalla del Ebro y no quedaban ya muchas oportunidades de reconquistar España.
Embarqué con ochenta guerrilleros en La Juana, cerca de Adra. La lancha tardó tres horas en llegar a la playa de Almuñécar. Era de noche y llovía aguanieve. Estuvimos un rato agazapados, observando los alrededores, pero no había señales de vida. Cuando nos pusimos en marcha, una gran nube cubrió aún más el arco de la luna y el aire se volvió completamente negro. Avanzamos despacio siguiendo el cauce del río de la Miel y llegamos a Cantarriján enseguida. Vi el puente desde un repecho y sentí un repeluzno de frío. Di inmediatamente las órdenes para no flaquear. A lo lejos, al otro lado del puente, se divisaba entre nieblas la garita de la Guardia Civil. Oscura, como deshabitada.
Los soldados especialistas prepararon los cartuchos de dinamita mientras los demás esperábamos repartidos en la orilla del río. Luego diez hombres y yo nos arrastramos hasta el pie del puente. Había que hacerlo con mucha precaución, sigilosamente, pues tal vez había algún guardián vigilando emboscado al otro lado. Me acordé de Esteban, el Serpiente, que era el mejor culebreador del pueblo y que habría podido llegar hasta el puente mismo y cruzarlo sin que se dieran cuenta los propios compañeros que reptaban junto a él.
Pusimos las cargas de dinamita en los bajos del puente, en sus pilares y en su misma panza. Luego regresamos hasta donde estaban aguardando los demás hombres. Yo esperé unos segundos para contemplar por última vez aquel paisaje. Después cerré los ojos y di la orden de que lo volaran. Las piedras saltaron por los aires con estampida. Cuando la fosca de polvo y de arenilla desapareció, vi el puente partido, sin vientre, y me acordé de repente del rostro de Isabel que había mirado con los ojos vendados aquel día de la competición, ese rostro sin expresión que yo únicamente había imaginado. Se oyeron ladridos de perro, pero ninguna voz de hombre, ningún grito de espanto. Mientras regresábamos a la playa, me di cuenta de que había sido allí mismo donde llegué a creer, al ganar la Arelli, que algunos méritos tienen su recompensa y que la vida de los hombres puede llegar a ser provechosa.
La guerra terminó y tuve que marcharme a África, a Orán, donde me esperaba ya mi esposa. Allí gané una carrera de bicicletas en la que solo participaban árabes y comunistas españoles. El sueño de vencer a los campeones belgas y franceses que triunfaban en España nunca lo cumplí. Muchos años después, cuando regresé del exilio a mi casa de Nerja, subí hasta la cueva en la que había abandonado la Arelli. Estaba todavía allí, en el mismo sitio, pero ya era solo un amasijo de óxido y verdín. Como yo mismo.