la muda semblanza del gregario (relato)
Viendo al pelotón a vuelo de pájaro deslizarse como una mancha oval sobre altozanos, páramos y bajadas serpentinas, nadie reparó en él; esa fue su gloria. Desde una toma lejana y en picado todos los corredores parecen el mismo, pero lo que quiero decir es que para Martín Piñeiro, que solo aspiró a ser uno más, eso colmaba todas sus ansias. Su meta no era llegar a la meta y levantar los brazos, sino vivir dentro del regazo turbio y caliente de los brazos, las cadenas y las bielas. El pelotón le resultaba, aunque él nunca se molestase en definirlo, grasiento y sofocante como un cuarto de máquinas; o sea, que aquel protozoo gigante y movedizo era su familia, toda su familia. En realidad, y eso sí que le gustaba a Martín Piñeiro repetir, había nacido sobre una bicicleta. Su madre, mujer inquieta, hortelana y gran pedaleadora de la posguerra, sintió las primeras convulsiones de su parto encima de un sillín y, si no se da prisa y acude precipitadamente a casa con el recado, Martín había nacido sobre el manillar, como un encargo cualquiera de puerros y cebollas. Siempre se le vio dando pedales, apegado a la bici, haciendo piruetas sobre el sillín o sentado de medio lado sobre la barra y frenando con la suela rueda trasera, cuando ya no le quedaban zapatas en los frenos. Él y la bici formaban un todo inextricable, y de forma natural era «Martín el ciclista» porque subía y bajaba escaleras, se paraba quieto, con la rueda delantera cruzada, todo el tiempo que quería, y andaba sobre la trasera, haciendo trompos como le daba la gana. Mucha gente le dijo que tenía que ir al circo, que se podía ganar muy bien la vida así, pero a él el circo y la poesía siempre le parecieron muy tristes y por eso, por lo bajinis, se reía porque la gente da consejos y no sabe lo que dice. No, el futuro lo estaba esperando y llegó porque el futuro siempre llega. Fue una mañana de domingo primaveral y gallega y se le apareció en forma de carrera ciclista. El ayuntamiento organizó una prueba abierta, de rango interprovincial, en la que no solo podían participar todos los del pueblo, sino también los corredores de las comarcas limítrofes. De hecho se presentaron más de 50, lo que estaba muy bien para los premios que había. Martín salió nervioso. Nunca se había metido a medirse con nadie, así que no conocía sus límites. A mitad de carrera, el pelotón de cabeza lo componían ocho corredores y allí estaba el intruso, tieso, atento, controlando las principales ruedas. No daba muestras de cansancio ni aquello era para tanto. Los ciclistas se marcaban, apretaban los dientes y daban arreones secos, pero Martín, sin excesivo esfuerzo, a su trantrán, los cogía y seguía a su ritmo como cuando iba solo. Cuando se acercaron a meta, situada en lo alto del pueblo, tras una subida cruda de más de 500 metros, Martín se engarabitó, se apretó los calapiés y, como el que se despega de la nave nodriza, se fue para arriba, hacia donde viven las águilas, solo, con la majestad con que lo hacen las figuras. Ganó sin querer. De hecho, pocas veces más ganó una carrera. Vinieron los agasajos, los ramos de flores y el olor picante de las multitudes. La verdad es que todo pasa raudo, pero a Martín se le hizo costoso, porque ni pensó nunca en ganar ni le gustaron las celebraciones. Lo llevó como pudo, pero desde aquel día sí que tuvo claro lo que iba a hacer con su vida: sería ciclista a cualquier precio. Se compraría una bici nueva y viviría encima de ella como el que vive rodeado de libros o se pasa la vida entre bragas y sostenes.
Una cosa es ganar carreras de pueblo y otra que te fiche un equipo profesional y te asigne un sueldo para poder vivir. Martín se compró, mediante un préstamo y avalado por sus padres, que hasta entonces no sabían qué hacer con él, una bici de cine. Como a él le gustaba decir de carrerilla: «Tiene cuadro Macario, con tubo Sefard, recores Nevers y patilla Campagnolo; tiene bielas Stromling y sillín Sofatti, italiano. Todo lo demás Campagnolo, menos la cadena, claro, que es Regina». Martín Piñeiro tenía, siempre tuvo, dificultades de relación social. Ni destacó en la escuela ni fue cabecilla de ninguna banda desalmada de jóvenes, pero, en cambio, sobre la bici se desdoblaba, no solo se defendía en todos los terrenos, sino que planificaba las carreras como un gran estratega. Había que tirar a ritmo en el falso llano para desgastar a los escaladores natos y que, así, no demarrasen a degüello subiendo, pues allí estaba Martín. Había que preparar el sprint para un compañero, allí aparecía de nuevo. Durante toda su época de aficionado se la pasó siempre alerta, trabajando para los demás y dejando siempre bien claro que era un corredor completo. Fueron solo cuatro años, de los 19 a los 22, pero para los ojeadores fueron más que suficientes. Era sacrificado, nunca pedía relevo ni tiraba a estrincones secos cuando se trataba de ir a cazar. Pasaba el bidón y la comida antes que nadie, y ni por asomo se le ocurría pedir aumento de sueldo, como hacían muchos, tras una buena actuación. Martín Piñeiro, eso sí, también tenía sus rarezas; siempre dejó bien claro que él no quería ganar; si llegaba con otro escapado, se ponía rueda y no entraba al sprint, y, por supuesto, que nadie esperase que le prestara su bici. Eso era algo que había hecho constar en el contrato. Aunque se cayese el líder del equipo en el último kilómetro y de ello dependiese el triunfo en la clasificación general, Martín Piñeiro no tenía obligación alguna de ceder su máquina al compañero. Era algo superior a sus fuerzas y, como compensaba por tantas otras virtudes, se lo admitieron y a correr.
El Kelme le ofreció un sueldo digno de profesional, como para no preocuparse nada más que de la bicicleta, y él, que no tenía otra cosa en la cabeza, firmó. No tardó mucho en responder a las expectativas. En una de las primeras vueltas de la temporada, la de Mallorca, había que tirar a tope para neutralizar una escapada de los de la ONCE, y Martín Piñeiro, en su segunda carrera de profesional, puso al pelotón en fila india y los llevó así más de 20 kilómetros hasta que como un sabueso atrapó a los forajidos. Todo el equipo lo felicitó, pero, claro, llegó a la meta y aparecieron los del micrófono y las cámaras. Martín quiso decir algo y solo le salió un zurullo de sonidos imposible de descifrar. Y es que Martín, ya es hora de decirlo, era bastante tartamudo. Al principio le dijeron que era cosa de la edad, que, bueno, que casi seguro de pequeño le habrían dado un par de hostias donde había que haberle dado dos buenas razones y que, como era muy sensible y eso, se le habría obturado algún mecanismo. Que con el paso de los años, al hacerse más duro y eso, se le quitaría y que no le diera más vueltas. Pero Martín sabía que aquello tenía mal remedio, porque él tampoco estaba dispuesto a hablar mucho, y que la tortura no era subir el Aubisque, sino ser rey de la montaña y que le hicieran entrevistas. Lo peor fue que se rieron de él, que la canallesca le saca punta a todo y que, al día siguiente, aparecieron viñetas en las que se veía a un corredor con la boca sellada, trepando como un abanto por el calcañar de las montañas sin más correspondencia que el eco de las cunetas y el resuello de los pájaros. «Nunca más», dijo esta vez de un tirón y sin trastabillar al primer compañero que tenía al lado, «no volveré a hacer ni puta declaración porque no tengo nada que decir ni puta falta que me hace. Lo mío es vivir con la cabeza metida en el manillar, y el que quiera saber de mí que mire a la clasificación». Hasta entonces la relación de Martín con su bicicleta ya había sido especial, univitelina, más bien. Todos los ciclistas cuidan meticulosamente sus máquinas, les gustan bien limpias y no las dejan fácilmente, pero lo de Martín era distinto. Quizá el hecho de no tener apenas relaciones sociales, de sentirse apartado del mundo femenino, porque él veía que las chicas no tenían manillar por donde cogerlas ni sabía cómo se les hacía el cambio de marchas, luego lo de la tartamudez y tal. Lo cierto es que el hombre tenía que subir la bici a la habitación del hotel porque si no no dormía. Al día siguiente aparecía con ojeras y destemplado y ya no rendía como se esperaba.
Tuvieron que concederle ese privilegio. Al poco tiempo, sus escrúpulos de limpieza se antepusieron a cualquier sensatez, y primero se descolgó del pelotón y después se retiró porque había llovido mucho, la carretera soltaba grasilla y él se negó a seguir porque dio a entender que con una bici así no se sentía a gusto y, no solo eso, sino que sufría él más que la máquina y así era mejor dejarlo. Los directores del equipo consintieron porque era quien era, pero se temieron algo raro cuando vieron que en las concentraciones se dedicaba a aprender el lenguaje de los sordomudos, porque llevaba a rajatabla su propósito, y a dirigirle aspavientos, muecas y tejemanejes a la bici, tanto en público como en su habitación, cara a cara encerrados. Aquello no apuntaba bien, pero entre todos acordaron un pacto de silencio y continuaron la temporada. Porque la verdad es que los días normales, digamos, Martín Piñeiro era el de siempre, el alma, iba a decir el lama del equipo. Como nunca regateó esfuerzos, no le importaba hacer de aguador, hacer de liebre hasta quemarse subiendo un puerto en cabeza, sofocando como un pulpo a sus rivales para luego, llegado el momento, dejarse caer a cola del grupo y que el líder, el mejor colocado del equipo, propiciase el hachazo. Martín fue siempre ejemplar, repito, y por eso toleraron sus manías aunque, últimamente, los rumores se habían materializado en algo más que eso y además en un terreno muy resbaladizo. Resultaba chocante, aunque en el fondo indiferente, que en los días de descanso, mientras los compañeros cogían el coche, o un taxi, para hacer alguna compra, él se agarrara la bicicleta y se la jugase, como una lombriz entre los coches, para comprar linimento o un cepillo de dientes. Resultaba simpático que los compañeros le gastasen bromas. ¿Qué, Martín, que no sabes vivir si no llevas una tía debajo, no? A ti no se te escapa tan fácil, ¿eh? Y Martín, que no fue nunca sordo, contestaba haciendo sus jeribeques con los dedos. Que no se sabía si era un exabrupto o los sortilegios de un mal de ojo. Lo que ya no pudieron silenciar los del Kelme, y por tanto se convirtió en un secreto a voces, fue lo de las convulsiones y los ojos en blanco. Lo habían observado. Sistemáticamente, cuando hacía un esfuerzo tan generoso como el de provocar que se fueran quedando en las rampas más duras de los puertos todos los rivales hasta dejar la etapa para que la sentencie el líder. Exactamente cuando se dejaba caer, empapado de sudor, de salitre y de mucosidades, Martín Piñeiro entraba en un estado de trance, se refrotaba acrobáticamente sobre el sillín, se volcaba sobre el manillar y, con los ojos en blanco, a riesgo de no volver del viaje o de caer al silencio más remoto en el vientre de un barranco, el ciclista se estiraba sobre la bicicleta y se corría como un bendito, más ingenuo que un hermano fosor. El director deportivo lo sabía hacía ya tiempo porque lo había visto en los entrenamientos, y por eso, y porque no tenía más cojones que dejarlo, se mantenía a distancia y cuando terminaba, porque la suerte es que no le duraba mucho, se le acercaba como si tal cosa y le preguntaba:
—¿Qué, Martín, quieres algo de comer?
—Sí, sí. Pásame lo que tengas —decía entonces con toda nitidez, sin tartamudear ni nada. Y allí mismo se metía dulce de membrillo, tacos de jamón, mermelada, frutos secos y todo lo que rebañase a su alcance. Luego, ya pasado el sofoco, volvía al seno del pelotón y tornaba a ser el mismo obrero al servicio de todos, pero ahí dejaba el número. Si hubiesen sido los tiempos de Bahamontes, cuando las carreras se vivían a través de la radio, pero con las cámaras dispuestas a todo con tal de dar que hablar, aquello ya era una bomba. Nadie se atrevía además a decirle nada porque la cosa sobrevenía como un ataque epiléptico, intempestiva. Lo normal es que hubiera entrado en trance en su habitación, por la noche, pero es que después de un esfuerzo así y sabiendo cómo se encogen las partes pudendas cuando no se las alimenta con la imaginación, aquello solo tenía una explicación. Martín —dijeron los médicos— no tenía aquello asociado a la fantasía, al alma, digamos, si no que, debido a su especial naturaleza, había desarrollado un vínculo instintivo, exclusivamente animal, y lo mismo que estos, cuanto más se rozaba y se refrotaba con su elemento, más cerca estaba de las convulsiones aquellas.
Martín fue un caso, y realmente resultó difícil tomar una determinación porque no hubo gregario parecido en muchos años. Si tuvo que escaparse para ganar en la clasificación por equipos y meterle 15 minutos al segundo, como nunca contó para la general, los líderes lo dejaban y cuando se daban cuenta era imposible echarle el guante. Eso sí, en la meta ya no hacía ni jeribeques. Martín cambió de tubulares, por supuesto, a medida que fueron llegando los más finos. Cambió también de ruedas cuando llegó la suficiencia económica, y cambió de sillín y de manillar, incluso, porque la tija se le quedó pequeña. Martín admitió el cambio de frenos, de Mafac a Universal, porque le parecieron más livianos. Martín Piñeiro dejó los rastrales y se pasó a los pedales automáticos, aunque eso le costó un tiempo. Lo que nunca aguantó, porque eso le pareció siempre el alma misma de la bici, o sea, la base de su identidad, fue el cuadro. Tuvo una caída grave y el cuadro se le partió. Pues mientras se recuperó hubo que soldarle el cuadro y volvérselo a pintar de azul índigo, tal y como lo tuvo siempre. Cuando llegaron los nuevos modelos, Zeus, Shimano, los compañeros le decían que eran mucho más livianos, que estaban hechos de titanio, de fibra de carbono, de aleaciones ligeras. Le repitieron cien veces que probase y que, si no le convencían, que volviera a su Macario, pero Martín ahí siguió enganchado. «Tiene tubo Sefard, recores Nevers y patilla Campagnolo. ¿Cómo coño queréis que cambie?» —sin trabucarse, lo decía, porque se lo sabía de carrerilla—. «Aquello que nos hace caer, nos ayuda también a levantarnos», solía repetir mucho Martín. «Y viceversa, Martín, y viceversa», le repetían a continuación sus coequipiers, pero eso ya no lo oía porque los ciclistas suelen ser gente con escasa tendencia a la abstracción. Martín Piñeiro, al que quizá algún maduro lector recuerde como el de las grandes galopadas, siguió haciendo una gran labor de zapa, pero cada vez perdía más tiempo en las contrarreloj. Eso, sin duda, era un lastre para la clasificación y, en parte, le sugirieron que podía ser debido al cuadro. Martín zanjó la cuestión con un argumento de la mula Francis, para no hacerse un desdoro a sí mismo: «No sé por qué le dais tantas vueltas. Con este cuadro he llegado donde he llegado y con él voy a seguir hasta la tumba». A Martín no se le conocían más relaciones que las ciclistas y, en general, esas ya saben ustedes cómo son. Que esta noche he tenido calambres, que no respiro bien, que me salta la cadena en el piñón grande y que voy a cambiar de tubulares porque estos no se agarran. Pero las historias se fueron complicando. Porque Martín le había hecho a la bici una funda impermeable y, receloso de que alguien entrase a la habitación del hotel mientras dormía y se la tocase, Martín le colocaba el preservativo con cremallera, que englobaba también al sillín y al manillar, y lo cerraba con candado hasta el despuntar del alba. Crecieron los rumores, no permitía que se le acercasen mucho ni los compañeros del pelotón —único calor humano a su alcance—, y claro, ante tan alarmante solipsismo, los problemas fueron cada vez más numerosos.
Cuando un día, ya a final de temporada y con espasmos en el corazón, el director deportivo le comunicó que, en fin, que mira Martín, que es que los jóvenes vienen pegando, que hay uno que apunta muy alto y que no tenemos sitio en el equipo, Martín selló su carrera. Era la Volta a Catalunya, que entonces se corría a final de temporada, y la meta estaba en la Pobla de Segur, allá arriba, donde el aire se confunde. Martín se escapó solo, sin contar con estrategias ni juegos de equipo, en el kilómetro veinte de carrera. Enseguida tuvo cinco minutos. El director le ordenó repetidas veces que esperase a Cáchelo, que venía con otros dos también por delante del pelotón. Martín Piñeiro no solo estaba ya mudo, sino sordo también. No escuchó el graznido de los cuervos ni el susurro de los elfos que viven en los árboles. Martín apretó los dientes y, con la mirada clavada en el horizonte, sudando como si le estuvieran practicando una liposucción, se fue abriendo hueco, amplió la ventaja y, por segunda vez en su vida deportiva, coronó el puerto y entró victorioso a la meta. Según el cómputo general de tiempos, Martín Piñeiro era el nuevo líder de la Volta. Le esperaban los comentaristas extranjeros y españoles, la mayoría catalanes. Martín no levantó los brazos al cruzar la cinta de meta. Ante el asombro general, el nuevo líder de la carrera no dio la vuelta ni paró de dar pedales. Al principio esperaron, porque se dijo que tenía que pasar las pruebas del control antidoping, luego dijeron por los altavoces que se estaban duchando y que aparecería ya con chándal en la tribuna de comentaristas. Después ya se dijo que Martín Piñeiro estaba indispuesto y que sería su director deportivo el que recogería el trofeo y el maillot de líder. Martín nunca más apareció en el mundo. Cuando un espécimen así quiere hacer algo sonado, lo suele tener todo muy bien calculado. A buscar pistas recurrieron los de la canallesca a casa de sus padres, pero no encontraron mucho, entre otras cosas porque su madre ya había muerto y su padre, que sobrevivía entre unas pocas vacas en el puebliño gallego, también era tartaja. Martín Piñeiro, una leyenda viva que se ha tragado el olvido, como lo hará con todos, y que ha pasado a la historia como el único ciclista que no se ha prestado a decir obviedades ni tonterías después de ganar una gran carrera. Los catalanes no se lo perdonarán nunca, pero, en fin, ya sabemos cómo son los catalanes.
Hoy en día es fácil esconderse y renacer desde otra piel en una nueva reencarnadura. Es posible que esta leyenda del ciclismo, ya cuarentón, sea el dueño-dependiente de una pequeña tienda de zapatos en Granada. Yo no sé si se salió del mapa, exactamente igual que las figuras volatineras del cuadro de Chagall. Es muy difícil que muriera porque se habría terminado sabiendo algo de sus restos mortales. La voz del pueblo, que todo lo convierte en romance, habla de que Martín es socio de la tienda de bicicletas que Laudelino Cubino tiene en Béjar (Salamanca), pero ni el propio ex ciclista ni titirimundi alguno confirma ni desmiente la noticia. En fin, si a partir de aquí, semejante mío, te da por investigar y llegas a alguna dársena verosímil, mi dirección en Internet es: www.mingo.com. Te espero.
Una cosa es ganar carreras de pueblo y otra que te fiche un equipo profesional y te asigne un sueldo para poder vivir. Martín se compró, mediante un préstamo y avalado por sus padres, que hasta entonces no sabían qué hacer con él, una bici de cine. Como a él le gustaba decir de carrerilla: «Tiene cuadro Macario, con tubo Sefard, recores Nevers y patilla Campagnolo; tiene bielas Stromling y sillín Sofatti, italiano. Todo lo demás Campagnolo, menos la cadena, claro, que es Regina». Martín Piñeiro tenía, siempre tuvo, dificultades de relación social. Ni destacó en la escuela ni fue cabecilla de ninguna banda desalmada de jóvenes, pero, en cambio, sobre la bici se desdoblaba, no solo se defendía en todos los terrenos, sino que planificaba las carreras como un gran estratega. Había que tirar a ritmo en el falso llano para desgastar a los escaladores natos y que, así, no demarrasen a degüello subiendo, pues allí estaba Martín. Había que preparar el sprint para un compañero, allí aparecía de nuevo. Durante toda su época de aficionado se la pasó siempre alerta, trabajando para los demás y dejando siempre bien claro que era un corredor completo. Fueron solo cuatro años, de los 19 a los 22, pero para los ojeadores fueron más que suficientes. Era sacrificado, nunca pedía relevo ni tiraba a estrincones secos cuando se trataba de ir a cazar. Pasaba el bidón y la comida antes que nadie, y ni por asomo se le ocurría pedir aumento de sueldo, como hacían muchos, tras una buena actuación. Martín Piñeiro, eso sí, también tenía sus rarezas; siempre dejó bien claro que él no quería ganar; si llegaba con otro escapado, se ponía rueda y no entraba al sprint, y, por supuesto, que nadie esperase que le prestara su bici. Eso era algo que había hecho constar en el contrato. Aunque se cayese el líder del equipo en el último kilómetro y de ello dependiese el triunfo en la clasificación general, Martín Piñeiro no tenía obligación alguna de ceder su máquina al compañero. Era algo superior a sus fuerzas y, como compensaba por tantas otras virtudes, se lo admitieron y a correr.
El Kelme le ofreció un sueldo digno de profesional, como para no preocuparse nada más que de la bicicleta, y él, que no tenía otra cosa en la cabeza, firmó. No tardó mucho en responder a las expectativas. En una de las primeras vueltas de la temporada, la de Mallorca, había que tirar a tope para neutralizar una escapada de los de la ONCE, y Martín Piñeiro, en su segunda carrera de profesional, puso al pelotón en fila india y los llevó así más de 20 kilómetros hasta que como un sabueso atrapó a los forajidos. Todo el equipo lo felicitó, pero, claro, llegó a la meta y aparecieron los del micrófono y las cámaras. Martín quiso decir algo y solo le salió un zurullo de sonidos imposible de descifrar. Y es que Martín, ya es hora de decirlo, era bastante tartamudo. Al principio le dijeron que era cosa de la edad, que, bueno, que casi seguro de pequeño le habrían dado un par de hostias donde había que haberle dado dos buenas razones y que, como era muy sensible y eso, se le habría obturado algún mecanismo. Que con el paso de los años, al hacerse más duro y eso, se le quitaría y que no le diera más vueltas. Pero Martín sabía que aquello tenía mal remedio, porque él tampoco estaba dispuesto a hablar mucho, y que la tortura no era subir el Aubisque, sino ser rey de la montaña y que le hicieran entrevistas. Lo peor fue que se rieron de él, que la canallesca le saca punta a todo y que, al día siguiente, aparecieron viñetas en las que se veía a un corredor con la boca sellada, trepando como un abanto por el calcañar de las montañas sin más correspondencia que el eco de las cunetas y el resuello de los pájaros. «Nunca más», dijo esta vez de un tirón y sin trastabillar al primer compañero que tenía al lado, «no volveré a hacer ni puta declaración porque no tengo nada que decir ni puta falta que me hace. Lo mío es vivir con la cabeza metida en el manillar, y el que quiera saber de mí que mire a la clasificación». Hasta entonces la relación de Martín con su bicicleta ya había sido especial, univitelina, más bien. Todos los ciclistas cuidan meticulosamente sus máquinas, les gustan bien limpias y no las dejan fácilmente, pero lo de Martín era distinto. Quizá el hecho de no tener apenas relaciones sociales, de sentirse apartado del mundo femenino, porque él veía que las chicas no tenían manillar por donde cogerlas ni sabía cómo se les hacía el cambio de marchas, luego lo de la tartamudez y tal. Lo cierto es que el hombre tenía que subir la bici a la habitación del hotel porque si no no dormía. Al día siguiente aparecía con ojeras y destemplado y ya no rendía como se esperaba.
Tuvieron que concederle ese privilegio. Al poco tiempo, sus escrúpulos de limpieza se antepusieron a cualquier sensatez, y primero se descolgó del pelotón y después se retiró porque había llovido mucho, la carretera soltaba grasilla y él se negó a seguir porque dio a entender que con una bici así no se sentía a gusto y, no solo eso, sino que sufría él más que la máquina y así era mejor dejarlo. Los directores del equipo consintieron porque era quien era, pero se temieron algo raro cuando vieron que en las concentraciones se dedicaba a aprender el lenguaje de los sordomudos, porque llevaba a rajatabla su propósito, y a dirigirle aspavientos, muecas y tejemanejes a la bici, tanto en público como en su habitación, cara a cara encerrados. Aquello no apuntaba bien, pero entre todos acordaron un pacto de silencio y continuaron la temporada. Porque la verdad es que los días normales, digamos, Martín Piñeiro era el de siempre, el alma, iba a decir el lama del equipo. Como nunca regateó esfuerzos, no le importaba hacer de aguador, hacer de liebre hasta quemarse subiendo un puerto en cabeza, sofocando como un pulpo a sus rivales para luego, llegado el momento, dejarse caer a cola del grupo y que el líder, el mejor colocado del equipo, propiciase el hachazo. Martín fue siempre ejemplar, repito, y por eso toleraron sus manías aunque, últimamente, los rumores se habían materializado en algo más que eso y además en un terreno muy resbaladizo. Resultaba chocante, aunque en el fondo indiferente, que en los días de descanso, mientras los compañeros cogían el coche, o un taxi, para hacer alguna compra, él se agarrara la bicicleta y se la jugase, como una lombriz entre los coches, para comprar linimento o un cepillo de dientes. Resultaba simpático que los compañeros le gastasen bromas. ¿Qué, Martín, que no sabes vivir si no llevas una tía debajo, no? A ti no se te escapa tan fácil, ¿eh? Y Martín, que no fue nunca sordo, contestaba haciendo sus jeribeques con los dedos. Que no se sabía si era un exabrupto o los sortilegios de un mal de ojo. Lo que ya no pudieron silenciar los del Kelme, y por tanto se convirtió en un secreto a voces, fue lo de las convulsiones y los ojos en blanco. Lo habían observado. Sistemáticamente, cuando hacía un esfuerzo tan generoso como el de provocar que se fueran quedando en las rampas más duras de los puertos todos los rivales hasta dejar la etapa para que la sentencie el líder. Exactamente cuando se dejaba caer, empapado de sudor, de salitre y de mucosidades, Martín Piñeiro entraba en un estado de trance, se refrotaba acrobáticamente sobre el sillín, se volcaba sobre el manillar y, con los ojos en blanco, a riesgo de no volver del viaje o de caer al silencio más remoto en el vientre de un barranco, el ciclista se estiraba sobre la bicicleta y se corría como un bendito, más ingenuo que un hermano fosor. El director deportivo lo sabía hacía ya tiempo porque lo había visto en los entrenamientos, y por eso, y porque no tenía más cojones que dejarlo, se mantenía a distancia y cuando terminaba, porque la suerte es que no le duraba mucho, se le acercaba como si tal cosa y le preguntaba:
—¿Qué, Martín, quieres algo de comer?
—Sí, sí. Pásame lo que tengas —decía entonces con toda nitidez, sin tartamudear ni nada. Y allí mismo se metía dulce de membrillo, tacos de jamón, mermelada, frutos secos y todo lo que rebañase a su alcance. Luego, ya pasado el sofoco, volvía al seno del pelotón y tornaba a ser el mismo obrero al servicio de todos, pero ahí dejaba el número. Si hubiesen sido los tiempos de Bahamontes, cuando las carreras se vivían a través de la radio, pero con las cámaras dispuestas a todo con tal de dar que hablar, aquello ya era una bomba. Nadie se atrevía además a decirle nada porque la cosa sobrevenía como un ataque epiléptico, intempestiva. Lo normal es que hubiera entrado en trance en su habitación, por la noche, pero es que después de un esfuerzo así y sabiendo cómo se encogen las partes pudendas cuando no se las alimenta con la imaginación, aquello solo tenía una explicación. Martín —dijeron los médicos— no tenía aquello asociado a la fantasía, al alma, digamos, si no que, debido a su especial naturaleza, había desarrollado un vínculo instintivo, exclusivamente animal, y lo mismo que estos, cuanto más se rozaba y se refrotaba con su elemento, más cerca estaba de las convulsiones aquellas.
Martín fue un caso, y realmente resultó difícil tomar una determinación porque no hubo gregario parecido en muchos años. Si tuvo que escaparse para ganar en la clasificación por equipos y meterle 15 minutos al segundo, como nunca contó para la general, los líderes lo dejaban y cuando se daban cuenta era imposible echarle el guante. Eso sí, en la meta ya no hacía ni jeribeques. Martín cambió de tubulares, por supuesto, a medida que fueron llegando los más finos. Cambió también de ruedas cuando llegó la suficiencia económica, y cambió de sillín y de manillar, incluso, porque la tija se le quedó pequeña. Martín admitió el cambio de frenos, de Mafac a Universal, porque le parecieron más livianos. Martín Piñeiro dejó los rastrales y se pasó a los pedales automáticos, aunque eso le costó un tiempo. Lo que nunca aguantó, porque eso le pareció siempre el alma misma de la bici, o sea, la base de su identidad, fue el cuadro. Tuvo una caída grave y el cuadro se le partió. Pues mientras se recuperó hubo que soldarle el cuadro y volvérselo a pintar de azul índigo, tal y como lo tuvo siempre. Cuando llegaron los nuevos modelos, Zeus, Shimano, los compañeros le decían que eran mucho más livianos, que estaban hechos de titanio, de fibra de carbono, de aleaciones ligeras. Le repitieron cien veces que probase y que, si no le convencían, que volviera a su Macario, pero Martín ahí siguió enganchado. «Tiene tubo Sefard, recores Nevers y patilla Campagnolo. ¿Cómo coño queréis que cambie?» —sin trabucarse, lo decía, porque se lo sabía de carrerilla—. «Aquello que nos hace caer, nos ayuda también a levantarnos», solía repetir mucho Martín. «Y viceversa, Martín, y viceversa», le repetían a continuación sus coequipiers, pero eso ya no lo oía porque los ciclistas suelen ser gente con escasa tendencia a la abstracción. Martín Piñeiro, al que quizá algún maduro lector recuerde como el de las grandes galopadas, siguió haciendo una gran labor de zapa, pero cada vez perdía más tiempo en las contrarreloj. Eso, sin duda, era un lastre para la clasificación y, en parte, le sugirieron que podía ser debido al cuadro. Martín zanjó la cuestión con un argumento de la mula Francis, para no hacerse un desdoro a sí mismo: «No sé por qué le dais tantas vueltas. Con este cuadro he llegado donde he llegado y con él voy a seguir hasta la tumba». A Martín no se le conocían más relaciones que las ciclistas y, en general, esas ya saben ustedes cómo son. Que esta noche he tenido calambres, que no respiro bien, que me salta la cadena en el piñón grande y que voy a cambiar de tubulares porque estos no se agarran. Pero las historias se fueron complicando. Porque Martín le había hecho a la bici una funda impermeable y, receloso de que alguien entrase a la habitación del hotel mientras dormía y se la tocase, Martín le colocaba el preservativo con cremallera, que englobaba también al sillín y al manillar, y lo cerraba con candado hasta el despuntar del alba. Crecieron los rumores, no permitía que se le acercasen mucho ni los compañeros del pelotón —único calor humano a su alcance—, y claro, ante tan alarmante solipsismo, los problemas fueron cada vez más numerosos.
Cuando un día, ya a final de temporada y con espasmos en el corazón, el director deportivo le comunicó que, en fin, que mira Martín, que es que los jóvenes vienen pegando, que hay uno que apunta muy alto y que no tenemos sitio en el equipo, Martín selló su carrera. Era la Volta a Catalunya, que entonces se corría a final de temporada, y la meta estaba en la Pobla de Segur, allá arriba, donde el aire se confunde. Martín se escapó solo, sin contar con estrategias ni juegos de equipo, en el kilómetro veinte de carrera. Enseguida tuvo cinco minutos. El director le ordenó repetidas veces que esperase a Cáchelo, que venía con otros dos también por delante del pelotón. Martín Piñeiro no solo estaba ya mudo, sino sordo también. No escuchó el graznido de los cuervos ni el susurro de los elfos que viven en los árboles. Martín apretó los dientes y, con la mirada clavada en el horizonte, sudando como si le estuvieran practicando una liposucción, se fue abriendo hueco, amplió la ventaja y, por segunda vez en su vida deportiva, coronó el puerto y entró victorioso a la meta. Según el cómputo general de tiempos, Martín Piñeiro era el nuevo líder de la Volta. Le esperaban los comentaristas extranjeros y españoles, la mayoría catalanes. Martín no levantó los brazos al cruzar la cinta de meta. Ante el asombro general, el nuevo líder de la carrera no dio la vuelta ni paró de dar pedales. Al principio esperaron, porque se dijo que tenía que pasar las pruebas del control antidoping, luego dijeron por los altavoces que se estaban duchando y que aparecería ya con chándal en la tribuna de comentaristas. Después ya se dijo que Martín Piñeiro estaba indispuesto y que sería su director deportivo el que recogería el trofeo y el maillot de líder. Martín nunca más apareció en el mundo. Cuando un espécimen así quiere hacer algo sonado, lo suele tener todo muy bien calculado. A buscar pistas recurrieron los de la canallesca a casa de sus padres, pero no encontraron mucho, entre otras cosas porque su madre ya había muerto y su padre, que sobrevivía entre unas pocas vacas en el puebliño gallego, también era tartaja. Martín Piñeiro, una leyenda viva que se ha tragado el olvido, como lo hará con todos, y que ha pasado a la historia como el único ciclista que no se ha prestado a decir obviedades ni tonterías después de ganar una gran carrera. Los catalanes no se lo perdonarán nunca, pero, en fin, ya sabemos cómo son los catalanes.
Hoy en día es fácil esconderse y renacer desde otra piel en una nueva reencarnadura. Es posible que esta leyenda del ciclismo, ya cuarentón, sea el dueño-dependiente de una pequeña tienda de zapatos en Granada. Yo no sé si se salió del mapa, exactamente igual que las figuras volatineras del cuadro de Chagall. Es muy difícil que muriera porque se habría terminado sabiendo algo de sus restos mortales. La voz del pueblo, que todo lo convierte en romance, habla de que Martín es socio de la tienda de bicicletas que Laudelino Cubino tiene en Béjar (Salamanca), pero ni el propio ex ciclista ni titirimundi alguno confirma ni desmiente la noticia. En fin, si a partir de aquí, semejante mío, te da por investigar y llegas a alguna dársena verosímil, mi dirección en Internet es: www.mingo.com. Te espero.