el misterioso caso del dios seti iii (relato)
Siempre que mi ocupación de reportero del periódico vespertino «The Eagle» me lo permitía, durante los instantes de ociosidad, acudía al despacho del inspector Briand, gran amigo del que fue mi padre, y que, aun ahora, después de cumplidos sus cincuenta y cuatro años, prestaba sus servicios en la Brigada Móvil de Scotland Yard. Referíame durante nuestras charlas los más amenos e interesantes episodios en los cuales, a raíz de su agitada profesión, había tomado parte personalmente, bien tras la mesa de su despacho, dando las oportunas órdenes, bien con la «star» en su firme mano.
El inspector era hombre de elevada estatura, musculoso, más dotado de finos ademanes. Vestía con pulcritud exagerada, y durante el tiempo que lo traté nunca le vi usar por dos veces la misma corbata. Sus ojos, de mirada penetrante, eran negros como el ala de un cuervo. Los movía con rapidez, captando todo cuanto a su alrededor ocurría...
Pero el inspector Briand, también poseía un corazón como otro hombre cualquiera y su persona era asequible, en los instantes de tregua con el mundillo criminal, hasta para el más modesto de sus subordinados. Y el mayor regalo que a él podía hacérsele (me lo dijo muchísimas veces), no era otro, por parte de sus agentes, que un saludo cordial y respetuoso.
Aquella tarde, cuando entré en su despacho, alzó la vista de los documentos que estaba examinando y sonrió, apartando los papeles hacia un lado de la mesa. Se levantó y acudió a mi encuentro, dejando tras de sí la estela de humo del cigarro puro que perennemente llevaba prendido en sus labios.
—Le aguardaba. Es más, deseaba su visita. Siéntese, por favor. Me hallaba precisamente examinando un pasado «caso» que creo puede interesarle. Me refiero al caso de Seti Tercero.
Tras sus palabras reinó un silencio que no me atreví a romper. Durante el cual, el inspector Briand dio unos pasos por la habitación, deteniéndose unos instantes para volver después a comenzar su interrumpido paseo.
—No crea —dijo finalmente— que la inspección practicada en el Museo particular de mistar Sullivan lo hiciera empujado por un afán de estudio de los misterios de la egiptología. No, su cadáver nada tenía de simpático. Su cabeza, casi destrozada, descansaba sobre la alfombra que, por instantes, íbase tiñendo de rojo. Míster Sullivan era el más eminente egiptólogo de nuestra Era. Una tarde llegó hasta mí, por teléfono, la más angustiosa llamada de auxilio. La voz de míster Sullivan denotaba que se hallaba fuera de sí y presa del mayor pánico. Sus palabras fueron incoherentes: «¡Socorro! ¡Seti!... ¡Se mueve, avanza hacia mí!... Levanta su daga y...» Tras estas palabras noté claramente el ruido producido por la caída de un cuerpo y ningún otro sonido llegó hasta mí a pesar de mis múltiples llamadas. Localizado el número del teléfono, resultó ser el de míster John Sullivan. Personados al instante en su mansión y requerida la presencia del mayordomo, este nos recibió con sorpresa, manifestando que nadie había solicitado el auxilio de la Policía, pero a instancias nuestras nos acompañó al despacho de su señor. Penetramos en él y en el centro de la estancia, junto a una mesa escritorio, caído el auricular del teléfono que sostenía cogido en su mano, se hallaba el cadáver de míster Sullivan. Su rostro estaba ensangrentado y según dijo el forense, tras un primer examen, míster Sullivan había sido asesinado, sin duda alguna, por alguien que le había propinado un fuerte golpe en la frente. El despacho, a modo de museo, se hallaba repleto de objetos de procedencia egipcia. Varias vitrinas contenían dagas, amuletos, collares, pectorales. En las paredes podían verse varios jeroglíficos rellenos de cemento bermellón. Varios sarcófagos contenían aún los cuerpos momificados varios miles de años antes ce Jesucristo. La impresión que me causó la visita al citado museo no me resultó agradable.
Image
El inspector detúvose unos instantes y sin mirarme continuó:
—Pasaron los días sin que nuestras pesquisas avanzaran. Nos hallábamos ante un muro inescalable y permanecíamos en un punto muerto que no contribuía a cimentar nuestra fama. Scotland Yard debía hacer algo. Fue en estos instantes cuando en este mismo despacho presentóse el viejo mayordomo que se había negado a decir nada como no fuera que él nada sabía del asunto y que era inútil el que se le siguiera molestando con preguntas impertinentes. Me miró por encima de sus gafas. Comprendí enseguida que el muro frente al cual habíamos permanecido inmóviles durante unos días, se iba a agrietar, dejándonos paso libre, aunque angosto.
»—Siento, señor —fueron sus primeras palabras, pronunciadas con voz temblorosa—, no haber tenido el valor para hacer antes la declaración que estoy dispuesto a prestar ahora. Sin duda, observó usted en el despacho de mi señor una escultura representativa de un dios egipcio. Se trata de Seti Tercero...
»Sus ojos adquirieron un brillo especial y sus mandíbulas chocaron entre sí.
»—Pues bien, a pesar de ser tomado por un desequilibrado, yo afirmo rotundamente que míster Sullivan... ¡fue asesinado por Seti Tercero»!
Sus palabras me dejaron atónito. ¿Pretendía, acaso, que diéramos crédito a sus palabras, achacando el asesinato a una escultura de piedra? A pesar de esta incredulidad mía, no hice objeción alguna y siguió:
»—Hace ya muchos años, mi señor, míster Sullivan, en unión de varios sabios, cuyos mayores afanes habían sido dedicados al estudio de la egiptología, realizó una expedición a las legendarias tierras de los Faraones para llevar a cabo algunas excavaciones. Conozco la historia y es triste. De aquella expedición el único que regresó fue mi señor. Los demás hallaron la muerte en forma extraña. Se había trabajado en la localización de un templo funerario. El sarcófago existente en el centro del hipogeo fue abierto y la momia que contenía en su interior pudo ser admirada por todos ellos. Mas lo cierto fue que cuando míster Sullivan habló a sus compañeros, no obtuvo respuesta. Extrañado de lo que sucedía, volvióse hacia el lugar que antes ocupaban y sintió cómo se le estiraba la piel de la cara mientras un ramalazo recorría su espinilla. Cuatro hombres se hallaban tendidos en tierra con la cabeza ensangrentada. De su frente, hundida, brotaba sangre en abundancia. Si ninguno de ellos había contestado a mi señor, debióse a que todos eran ya cadáveres. ¿Qué había sucedido?... ¿Cómo era posible que sus compañeros hubieran sido asesinados sin que él se diera cuenta de nada? Míster Sullivan, por primera vez en su vida, sintió miedo. Armado de un grueso pistolón y presa del mayor pánico, abandonó el interior del hipogeo. Pero unos pasos antes de llegar a la salida, forzado por algo inexplicable, vióse obligado a volver hacia el interior. En el suelo observó las huellas de unos pies descalzos. Permaneció abstraído por su descubrimiento y siguió la dirección de aquellas pisadas que iban a morir al pie de una escultura, la de Seti III. La misma que ha podido usted observar en el despacho del que fue mi señor. ¡La que lo ha asesinado! El señor acercóse a ella con toda clase de precauciones y la examinó con cuidado y, por segunda vez, experimentó un pánico cerval. La estatua sostenía en su mano derecha una daga de piedra y... ¡aquella daga estaba manchada de sangre fresca! Varias gotas del viscoso líquido corrían por la mano pétrea. Míster Sullivan disparó una y otra vez contra aquel terrible engendro, apuntando al corazón; dio unos pasos horrorizado. «Creí ver cómo sus labios se torcieron en una mueca que quería ser una sonrisa», me dijo en cierta ocasión. Pues bien (el mayordomo se acercó hacia mí y apoyó las manos en mi mesa, mirándome fijamente. ¡Yo he visto de nuevo esta sonrisa en los labios de Seti III! ¡Ha sido él, esa estatua, el asesino!
—Las palabras de aquel hombre me dejaron anonadado —prosiguió el inspector—. Se expresaba con tal vehemencia que ni por un momento dudé que creía cuanto había dicho, pero... ¿Me hallaba en presencia de un loco? ¿De un maniático? No me dediqué a pensar en ello; lo cierto fue que aquella misma tarde me trasladé de nuevo, acompañado por el forense, al pequeño museo de míster Sullivan. Ante nuestros ojos se hallaba la escultura de Seti III. En su mano diestra sostenía una daga de piedra... y experimenté una sacudida al observarla de cerca porque en ella se veía a simple vista una mancha rojiza que me produjo escalofríos. ¿Sangre? El doctor me sacó de dudas enseguida. «Sí, es sangre», contestó con su voz casi ronca. «Espero no creerá usted que esta estatua haya dado muerte a míster Sullivan». Le miré sin atreverme a responder. ¿Qué sabía yo en realidad?
El tiempo pasó. Ya casi nadie hablaba del asesinato, cuando presentóse el forense ante mí. Su voz era más ronca que otras veces. Me miró y me indicó silencio.
Image
«Ignoro cómo aquella daga de la estatua pudo llegar a estar manchada de sangre, pero... lo que sí le suplico es que no me mande más objetos procedentes de Egipto para su examen. Y no crea que me he vuelto pusilánime... Estaba examinando la estatua hallada en el despacho de míster Sullivan, cuando me volví de espaldas a ella. De pronto experimenté la sensación de que no me hallaba solo en mi laboratorio... sentí la impresión de que «algo» se movía de un lugar a otro; hasta mí llegó el aire desplazado. Me volví temeroso, ¡y no vi la estatua! ¡No se hallaba en su sitio!... Solamente se mantenía ante mí el gran bloque de piedra. Creí volverme loco, me cubrí los ojos con las manos y cuando, pasado el primer instante de miedo, volví a dirigir mi vista hacia aquel lugar, sentí pánico, pues allí, como si no hubiera ocurrido nada en absoluto, se hallaba de nuevo la escultura inmóvil en su sitio. Pero lo que no puedo olvidar es aquella terrible mueca que pude observar en sus labios.
»El doctor descargó u puñetazo sobre la mesa.
»—Porque le aseguro que la estatua sonrió. ¡Sonrió con un aire de desprecio que me heló la sangre! ¡Pero sonrió!
Y estas palabras, que para mí significaban tanto, fueron las últimas del doctor. ¿Qué pensar de todo ello? ¿Sonrió la estatua de Seti III? No lo creo —y sin embargo, el doctor nada sabía de la mueca y él la vio...
El inspector Briand se detuvo un instante y me miró.
—Nada dijo la Prensa —acabó mi amigo—. Pero créame usted: cada vez que recuerdo las palabras del mayordomo y las del doctor experimento una sensación extraña. ¿Miedo? Puede ser, porque nosotros, los hombres de Scotland Yard, somos impotentes ante los misterios del legendario Egipto.
El inspector era hombre de elevada estatura, musculoso, más dotado de finos ademanes. Vestía con pulcritud exagerada, y durante el tiempo que lo traté nunca le vi usar por dos veces la misma corbata. Sus ojos, de mirada penetrante, eran negros como el ala de un cuervo. Los movía con rapidez, captando todo cuanto a su alrededor ocurría...
Pero el inspector Briand, también poseía un corazón como otro hombre cualquiera y su persona era asequible, en los instantes de tregua con el mundillo criminal, hasta para el más modesto de sus subordinados. Y el mayor regalo que a él podía hacérsele (me lo dijo muchísimas veces), no era otro, por parte de sus agentes, que un saludo cordial y respetuoso.
Aquella tarde, cuando entré en su despacho, alzó la vista de los documentos que estaba examinando y sonrió, apartando los papeles hacia un lado de la mesa. Se levantó y acudió a mi encuentro, dejando tras de sí la estela de humo del cigarro puro que perennemente llevaba prendido en sus labios.
—Le aguardaba. Es más, deseaba su visita. Siéntese, por favor. Me hallaba precisamente examinando un pasado «caso» que creo puede interesarle. Me refiero al caso de Seti Tercero.
Tras sus palabras reinó un silencio que no me atreví a romper. Durante el cual, el inspector Briand dio unos pasos por la habitación, deteniéndose unos instantes para volver después a comenzar su interrumpido paseo.
—No crea —dijo finalmente— que la inspección practicada en el Museo particular de mistar Sullivan lo hiciera empujado por un afán de estudio de los misterios de la egiptología. No, su cadáver nada tenía de simpático. Su cabeza, casi destrozada, descansaba sobre la alfombra que, por instantes, íbase tiñendo de rojo. Míster Sullivan era el más eminente egiptólogo de nuestra Era. Una tarde llegó hasta mí, por teléfono, la más angustiosa llamada de auxilio. La voz de míster Sullivan denotaba que se hallaba fuera de sí y presa del mayor pánico. Sus palabras fueron incoherentes: «¡Socorro! ¡Seti!... ¡Se mueve, avanza hacia mí!... Levanta su daga y...» Tras estas palabras noté claramente el ruido producido por la caída de un cuerpo y ningún otro sonido llegó hasta mí a pesar de mis múltiples llamadas. Localizado el número del teléfono, resultó ser el de míster John Sullivan. Personados al instante en su mansión y requerida la presencia del mayordomo, este nos recibió con sorpresa, manifestando que nadie había solicitado el auxilio de la Policía, pero a instancias nuestras nos acompañó al despacho de su señor. Penetramos en él y en el centro de la estancia, junto a una mesa escritorio, caído el auricular del teléfono que sostenía cogido en su mano, se hallaba el cadáver de míster Sullivan. Su rostro estaba ensangrentado y según dijo el forense, tras un primer examen, míster Sullivan había sido asesinado, sin duda alguna, por alguien que le había propinado un fuerte golpe en la frente. El despacho, a modo de museo, se hallaba repleto de objetos de procedencia egipcia. Varias vitrinas contenían dagas, amuletos, collares, pectorales. En las paredes podían verse varios jeroglíficos rellenos de cemento bermellón. Varios sarcófagos contenían aún los cuerpos momificados varios miles de años antes ce Jesucristo. La impresión que me causó la visita al citado museo no me resultó agradable.
Image
El inspector detúvose unos instantes y sin mirarme continuó:
—Pasaron los días sin que nuestras pesquisas avanzaran. Nos hallábamos ante un muro inescalable y permanecíamos en un punto muerto que no contribuía a cimentar nuestra fama. Scotland Yard debía hacer algo. Fue en estos instantes cuando en este mismo despacho presentóse el viejo mayordomo que se había negado a decir nada como no fuera que él nada sabía del asunto y que era inútil el que se le siguiera molestando con preguntas impertinentes. Me miró por encima de sus gafas. Comprendí enseguida que el muro frente al cual habíamos permanecido inmóviles durante unos días, se iba a agrietar, dejándonos paso libre, aunque angosto.
»—Siento, señor —fueron sus primeras palabras, pronunciadas con voz temblorosa—, no haber tenido el valor para hacer antes la declaración que estoy dispuesto a prestar ahora. Sin duda, observó usted en el despacho de mi señor una escultura representativa de un dios egipcio. Se trata de Seti Tercero...
»Sus ojos adquirieron un brillo especial y sus mandíbulas chocaron entre sí.
»—Pues bien, a pesar de ser tomado por un desequilibrado, yo afirmo rotundamente que míster Sullivan... ¡fue asesinado por Seti Tercero»!
Sus palabras me dejaron atónito. ¿Pretendía, acaso, que diéramos crédito a sus palabras, achacando el asesinato a una escultura de piedra? A pesar de esta incredulidad mía, no hice objeción alguna y siguió:
»—Hace ya muchos años, mi señor, míster Sullivan, en unión de varios sabios, cuyos mayores afanes habían sido dedicados al estudio de la egiptología, realizó una expedición a las legendarias tierras de los Faraones para llevar a cabo algunas excavaciones. Conozco la historia y es triste. De aquella expedición el único que regresó fue mi señor. Los demás hallaron la muerte en forma extraña. Se había trabajado en la localización de un templo funerario. El sarcófago existente en el centro del hipogeo fue abierto y la momia que contenía en su interior pudo ser admirada por todos ellos. Mas lo cierto fue que cuando míster Sullivan habló a sus compañeros, no obtuvo respuesta. Extrañado de lo que sucedía, volvióse hacia el lugar que antes ocupaban y sintió cómo se le estiraba la piel de la cara mientras un ramalazo recorría su espinilla. Cuatro hombres se hallaban tendidos en tierra con la cabeza ensangrentada. De su frente, hundida, brotaba sangre en abundancia. Si ninguno de ellos había contestado a mi señor, debióse a que todos eran ya cadáveres. ¿Qué había sucedido?... ¿Cómo era posible que sus compañeros hubieran sido asesinados sin que él se diera cuenta de nada? Míster Sullivan, por primera vez en su vida, sintió miedo. Armado de un grueso pistolón y presa del mayor pánico, abandonó el interior del hipogeo. Pero unos pasos antes de llegar a la salida, forzado por algo inexplicable, vióse obligado a volver hacia el interior. En el suelo observó las huellas de unos pies descalzos. Permaneció abstraído por su descubrimiento y siguió la dirección de aquellas pisadas que iban a morir al pie de una escultura, la de Seti III. La misma que ha podido usted observar en el despacho del que fue mi señor. ¡La que lo ha asesinado! El señor acercóse a ella con toda clase de precauciones y la examinó con cuidado y, por segunda vez, experimentó un pánico cerval. La estatua sostenía en su mano derecha una daga de piedra y... ¡aquella daga estaba manchada de sangre fresca! Varias gotas del viscoso líquido corrían por la mano pétrea. Míster Sullivan disparó una y otra vez contra aquel terrible engendro, apuntando al corazón; dio unos pasos horrorizado. «Creí ver cómo sus labios se torcieron en una mueca que quería ser una sonrisa», me dijo en cierta ocasión. Pues bien (el mayordomo se acercó hacia mí y apoyó las manos en mi mesa, mirándome fijamente. ¡Yo he visto de nuevo esta sonrisa en los labios de Seti III! ¡Ha sido él, esa estatua, el asesino!
—Las palabras de aquel hombre me dejaron anonadado —prosiguió el inspector—. Se expresaba con tal vehemencia que ni por un momento dudé que creía cuanto había dicho, pero... ¿Me hallaba en presencia de un loco? ¿De un maniático? No me dediqué a pensar en ello; lo cierto fue que aquella misma tarde me trasladé de nuevo, acompañado por el forense, al pequeño museo de míster Sullivan. Ante nuestros ojos se hallaba la escultura de Seti III. En su mano diestra sostenía una daga de piedra... y experimenté una sacudida al observarla de cerca porque en ella se veía a simple vista una mancha rojiza que me produjo escalofríos. ¿Sangre? El doctor me sacó de dudas enseguida. «Sí, es sangre», contestó con su voz casi ronca. «Espero no creerá usted que esta estatua haya dado muerte a míster Sullivan». Le miré sin atreverme a responder. ¿Qué sabía yo en realidad?
El tiempo pasó. Ya casi nadie hablaba del asesinato, cuando presentóse el forense ante mí. Su voz era más ronca que otras veces. Me miró y me indicó silencio.
Image
«Ignoro cómo aquella daga de la estatua pudo llegar a estar manchada de sangre, pero... lo que sí le suplico es que no me mande más objetos procedentes de Egipto para su examen. Y no crea que me he vuelto pusilánime... Estaba examinando la estatua hallada en el despacho de míster Sullivan, cuando me volví de espaldas a ella. De pronto experimenté la sensación de que no me hallaba solo en mi laboratorio... sentí la impresión de que «algo» se movía de un lugar a otro; hasta mí llegó el aire desplazado. Me volví temeroso, ¡y no vi la estatua! ¡No se hallaba en su sitio!... Solamente se mantenía ante mí el gran bloque de piedra. Creí volverme loco, me cubrí los ojos con las manos y cuando, pasado el primer instante de miedo, volví a dirigir mi vista hacia aquel lugar, sentí pánico, pues allí, como si no hubiera ocurrido nada en absoluto, se hallaba de nuevo la escultura inmóvil en su sitio. Pero lo que no puedo olvidar es aquella terrible mueca que pude observar en sus labios.
»El doctor descargó u puñetazo sobre la mesa.
»—Porque le aseguro que la estatua sonrió. ¡Sonrió con un aire de desprecio que me heló la sangre! ¡Pero sonrió!
Y estas palabras, que para mí significaban tanto, fueron las últimas del doctor. ¿Qué pensar de todo ello? ¿Sonrió la estatua de Seti III? No lo creo —y sin embargo, el doctor nada sabía de la mueca y él la vio...
El inspector Briand se detuvo un instante y me miró.
—Nada dijo la Prensa —acabó mi amigo—. Pero créame usted: cada vez que recuerdo las palabras del mayordomo y las del doctor experimento una sensación extraña. ¿Miedo? Puede ser, porque nosotros, los hombres de Scotland Yard, somos impotentes ante los misterios del legendario Egipto.