el indicio revelador (relato)
Un simple detalle expuesto al principio del relato —que al lector le pasará seguramente inadvertido— es la clave que permite aclarar todo el misterio.
No es raro que las exigencias de su profesión llevaran a mi amigo Thorndyke a realizar investigaciones que más bien pertenecían al dominio de la policía, pues problemas que se presentaban como consecuencias secundarias de un acto delictivo no podían ser solucionados hasta que las circunstancias del mismo eran aclaradas e, incidentalmente, descubierta la identidad de quien lo llevara a cabo. Un problema de esta clase fue la desaparición del testamento de James Harewood, problema que nos fue presentado por nuestro viejo amigo, el señor Marchmont, cuando vino a visitarme en compañía del cliente de quien nos hablara en la carta con que solicitaron audiencia.
Eran las cuatro de la tarde cuando el abogado llegó a nuestra casa y, al hacerle entrar, iba seguido por un caballero de aspecto distinguido y de unos treinta y cinco años de edad, a quién presentara como el señor William Crowhurst.
—Solo me quedaré —dijo, mirando aprobativamente el servicio de té colocado en la mesita— el tiempo de tomar una taza de té e indicarles los principales rasgos del asunto. Luego tendré que irme, pues tengo un asunto urgente. El señor Crowhurst se quedará para darles cuantos detalles necesiten...
Se sentó en un sillón, cerca de la mesita y mientras Thorndyke servía el té, dio una mirada a unas notas garabateadas en una hoja de papel.
—He de decirles —comenzó agitando pensativamente la cucharilla dentro de la taza— que no tengo la menor esperanza. He venido a ofrecerles este caso, empero no tengo ni la más leve confianza de que puedan ayudarnos.
—Un estado de ánimo sumamente edificante —comentó Thorndyke, sonriendo—. Espero que su cliente pensará lo mismo.
—Así es —dijo el señor Crowhurst—. Por cierto, que casi me parece que es perder el tiempo hablar de esto... Seguramente, ustedes opinarán lo mismo después de haberse enterado de los detalles.
—Es igual. Haga el favor de decirnos lo que sabe —dijo Thorndyke—. Una cosa sobre la cual se carece de esperanzas tiene, por lo menos, la estimulante cualidad de ser difícil... En fin, amigo Marchmont, indíquenos los principales rasgos.
El abogado, una vez vació su taza y hubo conseguido que se la llenasen de nuevo, dio una mirada a sus notas y empezó a decir:
—La manera más sencilla de presentar el problema es haciendo una breve narración de los acontecimientos que lo han producido, y que son los siguientes. Antes de ayer, esto es, el lunes, a las dos menos cuarto de la tarde, el señor James Harewood hizo testamento en su casa de Merbridge, situada a unas dos millas de Melsbury. Al acto asistieron cuatro personas, dos de sus criados, que firmaron como testigos, y los dos principales beneficiarios, el señor Arthur Baxfield, un sobrino suyo, y nuestro amigo aquí presente, el señor William Crowhurst. El testamento era ológrafo, redactado en ambas caras de una hoja de papel de escribir. Cuando los testigos firmaron, el testamento estaba cubierto por otro papel, de manera que solo aparecía el lugar de las firmas. Ninguno de ellos lo leyó, y por lo que a mí respecta, puedo decir que nadie, excepto el testador conocía sus estipulaciones, si bien, después que los criados salieron de la habitación, el señor Harewood explicó su alcance a los beneficiarios.
—¿Y cuál era...? —inquirió Thorndyke.
—En pocas palabras —repuso Marchmont— dividía la herencia en dos porciones desiguales entre el señor Baxfield y el señor Crowhurst. Quedaban ciertos pequeños legados de los cuales se ignoran la cantidad y el nombre de los beneficiarios. A Baxfield también se le daban mil libras para permitirle formar sociedad o poner en marcha una pequeña fábrica (es fabricante de sombreros de fieltro) y el resto a Crowhurst, que fue nombrado albacea testamentario y heredero universal. Pero, naturalmente, no sabemos lo que queda de la herencia, ya que ignoramos el número y el valor de los legados.
«Poco después de la firma del testamento, se despidieron todos. El señor Harewood dobló el testamento, colocándolo en una cartera de cuero que metió en su bolsillo anunciando su propósito de llevárselo a su abogado que vive en Welsbury. Pocos minutos después que salieron los visitantes, uno de los criados le vio salir de la casa y más tarde un vecino le vio caminando por un sendero que, tras cruzar un pequeño bosque, va a parar a la carretera principal a eso de una milla y cuarto. Desde aquel momento nadie ha vuelto a verle. No visitó a su abogado ni tampoco fue visto en Welsbury ni en ninguna otra parte.
«Como aquella noche no regresara a casa, su ama de llaves (era viudo y sin hijos) se sintió sumamente alarmada y a primera hora de la mañana se puso en contacto con la policía. Se organizó una patrulla de reconocimiento y siguiendo el sendero, donde fuera visto por última vez, exploraron el bosque (que es conocido por el nombre de Gilbert Copse) y allí, al fondo de una cantera, le encontraron muerto, con el cráneo fracturado y el cuello dislocado. No se sabe cómo tuvo lugar el accidente, pero toda vez que el cadáver había sido desposeído de todos los objetos de valer que llevaba consigo, incluyendo su reloj, cartera, sortija de brillantes y la carterilla que contenía el testamento, existe, naturalmente, la sospecha de que ha sido asesinado. Esto, sin embargo, no es la principal preocupación, por lo menos la mía. Lo que a mí me preocupa es, el testamento, que, como le digo, ha desaparecido, y como, indudablemente, ha sido robado por un ladrón, de quién se sospecha que ha cometido un asesinato, no hay probabilidades de que sea devuelto.
—Es casi seguro que en estos momentos deben haberlo destruido —dijo el señor Crowhurst.
—En efecto, es probable —convino Thorndyke—. Ahora bien, ¿qué desean ustedes que yo haga? No han venido a pedirme que les asesore legalmente, ¿verdad?
—No —contestó Marchmont—. Pues no tengo la menor duda sobre la cuestión legal. Haré constar (toda vez que el testamento, según todas las apariencias, ha sido destruido) los deseos del testador, exigiendo que los mismos se cumplan; por lo menos, los que yo conozco. Sin embargo, tengo mis dudas sobre la actitud que el Tribunal pueda tomar. Es posible que decida que los deseos del testador no son del dominio público y que las estipulaciones del testamento aparecen demasiado inseguras para admitir una distribución.
—¿Y qué efectos produciría semejante decisión? —inquirió Thorndyke.
—En tal caso —dijo Marchmont— toda la herencia iría a poder de Baxfield, por cuanto es el pariente más cercano y no existe ningún testamento anterior.
—¿Y qué es lo que quieren ustedes que haga? Marchmont sonrió, suplicante.
—He aquí el inconveniente de ser un prodigio, Thorndyke. Le vamos a pedir que haga un imposible, aunque, realmente, no esperamos que pueda lograrlo. Le pedimos que nos ayude a recuperar el testamento.
—Si el documento ha sido completamente destruido —dijo Thorndyke— no habrá manera de recuperarlo. No obstante, no sabemos si efectivamente lo han hecho desaparecer. El asunto, por lo menos, vale la pena de ser investigado y si ustedes quieren que me ocupe de ello, estoy dispuesto a hacerlo.
El abogado se levantó satisfecho.
—Gracias, Thorndyke —dijo—. No espero nada. Por lo menos, así me digo a mí mismo, si bien también es verdad que ahora tengo la seguridad de que se hará todo lo humanamente posible. Bueno, me voy... Crowhurst le dará todos los detalles que necesite.
Cuando Marchmont se fue, Thorndyke volvióse hacia nuestro cliente, preguntándole:
—¿Qué cree usted que Baxfield hará si el testamento está irremisiblemente perdido? ¿Reclamará lo suyo?
—Yo creo que sí —replicó Crowhurst—. Es un hombre de negocios y sus derechos naturales son mayores que los míos. No es probable que rehuse lo que la ley le asigne. Por cierto que me hace el efecto de que cree que su tío no fue justo con él al repartir los bienes.
—¿Había algún motivo que justificara semejante reparto?
—Verá usted —contestó Crowhurst—: Hardwood y yo hemos sido muy buenos amigos y me debía algunos favores; luego Baxfield no supo granjearse la simpatía de su tío. Pero el motivo principal, a mí entender, es la fuerte tendencia que Baxfield sentía hacia el juego. Había perdido muchísimo dinero en las carreras, y a un hombre económico, como James Harewood, no podía gustarle que sus ahorros fuesen a parar a manos de un jugador. Las mil libras que dejara a Baxfield estaban expresamente destinadas a ser invertidas en un negocio.
—¿Tiene ahora Baxfield algún negocio?
—Por cuenta propia, no. Es una especie de encargado o director de ventas de una fábrica en las afueras de Welsbury, y según tengo entendido trabaja muy bien y conoce perfectamente todo lo que a su trabajo se refiere.
—Volviendo a la muerte del señor Harewood —dijo Thorndyke—. ¿Sus heridas pueden haber sido casuales o premeditadas? ¿Y qué probabilidades existen de un accidente, dejando de lado el robo?
—Muchas, pues se trata de un lugar sumamente peligroso. El sendero pasa junto a una cantera semioculta por matorrales y arbustos. Un paseante descuidado puede caer fácilmente o... ser empujado hacia abajo con la máxima facilidad.
—¿Sabe usted cuándo tendrán lugar las pesquisas judiciales?
—Sí. Pasado mañana. Esta mañana me han enviado la citación para el viernes por la tarde, a las dos y media, en el Ayuntamiento de Welsbury.
En ese momento se oyó el rumor de unos pies que subían apresuradamente la escalera, a lo que siguió inmediatamente un fuerte y perentorio golpeteo en nuestra puerta. Me levanté para ver de qué se trataba, y apenas hube entreabierto la puerta, el señor Marchmont se precipitó jadeante, enarbolando un periódico en la mano.
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—¡Ha ocurrido algo nuevo! —anunció—. No parece que pueda ser de gran ayuda. Sin embargo, he creído conveniente informarles al instante.
Se sentó, y colocándose las gafas, leyó lo que sigue en voz alta y nerviosa:
Una nueva y curiosa luz se ha hecho en el misterio de la muerte del señor James Harewood, cuyo cuerpo fue descubierto ayer en una cantera en las cercanías de Merbridge.
Según parece, el lunes, el día en que según todas las apariencias fue asesinado el señor Harewood, hubo un pasajero que se apeó en Barwood Junction, cuando el tren aún estaba en marcha, resbalando y cayendo entre la vía férrea y el andén. Con la máxima urgencia se le prestó ayuda y como al parecer había sufrido lesiones internas, fue conducido al hospital de la localidad, donde, tras concienzudo reconocimiento, los médicos descubrieron que sufría una fractura de la pelvis. Dijo llamarse Tomás Fletcher y rehusó dar ninguna dirección, alegando que carecía de parientes.
Esta mañana falleció y al registrar sus ropas buscando algún indicio que permitiera averiguar su origen, se encontró un envoltorio formado de dos pañuelos, atados con un cordel. Al abrirse aparecieron cinco relojes, tres cadenas de reloj, un alfiler de corbata y un buen número de billetes de Banco. En otro de sus bolsillos había una considerable cantidad de dinero suelto, monedas de oro y plata, y una tarjeta de las carreras de Welsbury que tuvieron lugar el lunes. De los cinco relojes, uno de ellos ha sido identificado como propiedad del señor Harewood, como también los billetes de Banco han sido reconocidos como parte de una entrega que hizo a aquel el cajero de su Banco el último jueves en Welsbury y que, probablemente, debía llevar en la carterita de cuero que le robaron del bolsillo. También se ha hallado esa carterita, completamente vacía, a última hora de ayer, en el terraplén del ferrocarril, en las afueras de la estación de Welsbury.
Esto nos lleva a suponer que ese Fletcher, antes de ir a las carreras, encontró al señor Harewood en el solitario sendero, asesinándole y despojándole de todo cuanto llevaba. O quizá lo encontró muerto en la cantera y le quitó cuanto llevaba de valor...
En fin, este es un interrogante que, a nuestro entender, nunca tendrá respuesta.
Al terminar de leer la nota periodística, Marchmont levantó los ojos, mirando a Thorndyke.
—No nos sirve de mucho, ¿verdad? —dijo—. Como la cartera fue encontrada vacía, es casi seguro que el testamento fue destruido.
—O quizá, sencillamente, dejado de lado —dijo Thorndyke—. En cuyo caso un anuncio en el periódico ofreciendo una buena recompensa puede hacerlo aparecer.
El abogado encogióse de hombros, presa de profundo escepticismo, empero convino en publicar el anuncio. Entonces se dispuso a irse, y como el señor Crowhurst ya no nos podía facilitar ningún detalle más, salió en compañía de Marchmont.
Durante largo rato después de que salieron nuestros visitantes, Thorndyke permaneció sumido en profundas meditaciones. A mi vez, yo también mantenía un discreto silencio, pues dada mi larga experiencia, sabía que en Thorndyke la actitud inmóvil y el rostro impenetrable eran los signos exteriores de una mente en rápida y febril actividad. Instintivamente comprendí que este asunto, aparentemente caótico, estaba siendo suavemente ordenado y puesto en orden lógico que Thorndyke, cual hábil jugador de ajedrez, estaba pensando las jugadas antes de asir ninguna de las piezas del juego.
De repente me miró:
—¿Y bien, Jarvis? —inquirió—. ¿Qué te parece todo esto? ¿Vale la pena...?
—Eso depende de si el testamento existe o no —repuse a mi vez—. Si ha sido destruido, nuestras investigaciones solo representarían una pérdida de nuestro tiempo y del dinero de nuestro cliente.
—Claro está —asintió—: sin embargo, cabe la buena oportunidad de que no haya sido destruido. Seguramente lo encontraron, examinándolo antes de registrar la cartera, y quizá fue tirado por allí... Pero no hemos de concentrarnos excesivamente en el testamento. Si nos encargamos del caso, hacia lo cual me siento inclinado, hemos de asegurarnos y averiguar bien el orden de los acontecimientos. Tenemos todo un día a nuestra disposición antes de la encuesta. Si mañana nos vamos a Merbridge y visitamos el lugar del crimen y luego a Barwood a averiguar todo lo que podamos sobre ese individuo Fletcher, es posible que podamos sacar algo en limpio, a mí entender.
No vacilé en dar mi consentimiento al plan de Thorndyke, no porque viera alguna relación entre sus palabras y lo que había ocurrido, sino porque experimentaba la convicción de que mi colega había descubierto algo que en su cerebro ya estaba siendo objeto de profundas investigaciones. Y esta convicción se hizo más vigorosa aquella misma noche cuando, tras colocarlo encima de la mesa, ordenó el contenido de su maletín, donde solía llevar todos los utensilios necesarios para el mejor éxito de sus gestiones.
Contemplé lleno de curiosidad el aparato que intentaba guardar en su interior y quise —con poco éxito, he de reconocerlo— adivinar la naturaleza de las próximas investigaciones. La caja de cera, de parafina en polvo y el soplete de alcohol no eran del todo extraños, pero el «aspirador» de polvo —una edición diminuta del utensilio doméstico usado— un microscopio portátil, el rollo de fina cuerda y una serie de lentes de microscopio, todo lo cual le vi guardar con sumo cuidado, me dejaron sumido en un mar de confusiones.
A la mañana siguiente, a eso de las diez, nos apeamos del tren en la estación de Welsbury y después de bajar nuestras bicicletas del furgón de equipajes, nos dispusimos a emprender la jornada. Durante el viaje en tren habíamos estudiado cuidadosamente el mapa de forma tal que no nos iba a ser necesario recurrir a los lugareños para orientarnos. Al salir de la ciudad, seguimos la ancha carretera que lleva al hipódromo por espacio de una milla, encontrándonos luego en el lugar donde el sendero de Merbridge uníase con la carretera. Desmontamos allí y, dejando las bicicletas, seguimos el camino que llevaba a un minúsculo bosque en la cumbre de una pequeña colina.
—Para ser un camino tan bueno —observó Thorndyke, al aproximarnos al bosque— es singular que esté poco concurrido. No he visto ni un alma desde que abandonamos la carretera—. Dirigió una mirada al mapa, y luego que hubimos caminado unos doscientos metros, se detuvo—. La cantera debería estar por aquí, si bien resulta imposible de ver...
Y diciendo esto, apartó unas matas de arbustos, prorrumpiendo luego en una exclamación:
—¡Fíjate en esto, Jarvis! Es un verdadero escándalo que un camino público sea dejado en estas condiciones.
En verdad que el señor Crowhurst no había exagerado. Era un lugar sumamente peligroso. Apartados los arbustos, dejaban ver un barranco de unos treinta metros, cuyo borde, semioculto por la maleza, se hallaba a escasos centímetros del sendero.
—Será mejor que volvamos atrás —dijo Throndyke— y busquemos la entrada a la cantera, que parece hallarse a la derecha. Lo primero que debemos hacer es conocer el punto donde Harewood murió; una vez sepamos esto, regresaremos a examinar el lugar.
Volvimos atrás, como Thorndyke decía, encontrando un atajo que, bajando en empinada pendiente, nos llevó al centro de la cantera. Al parecer se trataba de una antiquísima cantera, pues sus paredes estaban oscurecidas por el paso de los años y en el fondo crecían árboles que se habían hecho ya corpulentos. Contra uno de estos apoyamos nuestras bicicletas, y luego caminamos lentamente en torno al barranco.
—Esto parece estar justo debajo del camino —dijo Throndyke, contemplando la grisácea pared que se alzaba en capas superpuestas como una escalera invertida—. Hemos de encontrar por algún sitio rastros de la tragedia.
Mientras hablaba advertí las huellas buscadas. Eran unas insignificantes manchas de un castaño rojizo, y estaban sobre un bloque de piedra que se alzaba frente a la entrada de una cueva artificial, antiguamente dedicada a guardar carretas.
—Este es indudablemente el lugar donde murió —afirmó Thorndyke—. Se puede ver donde colocar la camilla, montada sobre un armatoste con ruedecitas y allí aún se advierte entre la maleza el lugar donde cayó... Bueno, aparte de la cuestión del robo, una caída de treinta metros es justificante más que evidente de una fractura de cráneo. ¿Querrás quedarte aquí, Jarvis, mientras subo a examinar el sendero?
Dirigióse hacia arriba, oí como se movía entre la maleza y al cabo de unos minutos apareció en lo alto, encima justamente del lugar donde me hallaba.
—Hay una serie de huellas de pisadas —dijo gritando para que pudiera oírle bien— pero no tienen nada de anormal. No hay el menor indicio de una pelea. Voy a recorrer esto un poco más lleno de alcohol, me abrí camino hacia donde me esperaba Thorndyke, encontrándole aún semioculto entre la maleza y con la cabeza sobresaliendo del borde de la cantera.
—Fíjate, Jarvis —me, dijo—: por aquí es posible bajar y alguien lo ha hecho recientemente. Ese individuo bajó de cara a la cantera. Advierte cómo se ve la clara impresión del tacón de una bota y hasta la diminuta herradura de acero que llevaba en la punta. Ahora bien, el problema ahora es ver.
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Se retiró detrás de la maleza y yo procedí a inspeccionar el interior de la caverna, observando las ennegrecidas paredes y las huellas de una reciente hoguera que, junto con una serie de huesos de conejo y una tetera del tipo utilizado por los vagabundos profesionales, no parecía carecer de relación con nuestras investigaciones. Estaba examinando de nuevo lo que hallara, cuando Thorndyke me llamó, y al salir de la cueva advertí su cabeza que asomaba entre la maleza. Parecía estar tendido en el suelo, pues tenía la cara casi al mismo nivel que el borde de la cantera.
—Quiero que tomes unas impresiones. Haz el favor de subir la parafina y el soplete, y también el rollo de cuerda.
Me dirigí apresuradamente al lugar donde dejara las bicicletas, y abriendo su maletín, saqué lo que me había sido pedido, y una vez me hube asegurado de que el recipiente del soplete último estaba cómo vamos a obtener esas impresiones sin producir un desprendimiento de tierra. Creo que será mejor que me asegure con la cuerda y...
—Me parece que no vale la pena arriesgarse a romperse la cabeza —objeté—. Seguramente esas huellas serán de algún colegial...
—No; pertenecen a un hombre. Probablemente no tienen nada que ver con nuestro asunto, pero es posible también que pudiesen tener alguna relación; y como cualquier chaparrón puede borrarlas, debemos hacer de modo que las tengamos en nuestro poder cuanto antes.
Mientras hablaba hizo un nudo con la cuerda, convirtiéndolo después en una especie de lazo con el que rodeó su torso por debajo de los brazos, apretándolo fuertemente. Luego ató un extremo a un pequeño árbol, dejándose caer al fondo de la cantera. Tan pronto como estuvo con los pies sólidamente afianzados en el suelo, utilizando el otro extremo de la cuerda, le hice llegar la caja de la cera, y el soplete. Una vez los tuvo en su poder, me tendí a mi vez encima de las matas para mejor contemplar su hábil manipulación.
Primero sacó una cucharada de la cera en polvo y delicadamente la dejó caer encima de la huella del pie, hasta que estuvo cubierta por un igual, luego encendió el soplete y apenas la azulada llamita empezó a oscilar la dirigió a la huella. Casi al instante el polvillo se derritió, convirtiendo la impresión en una capa de cera. Tras esto, Thorndyke retiró la llama y la película de cera se solidificó al instante, convirtiéndose en algo opaco. Una segunda aplicación de polvo, seguida por otra aplicación de la llamita, endureció aún más la película que tras cuatro o cinco repeticiones de polvo y fuego quedó convertida en algo sólido, firme como un trozo de madera. Entonces Thorndyke apagó el soplete y poniéndolo junto a la cajita de la cera los ató a la cuerda, haciéndome una seña para que subiera todo.
—Mándame los prismáticos —me dijo—. Allá abajo hay algo que no puedo distinguir.
Hice lo que me mandaba y contemplé, presa de curiosidad, como Thorndyke examinaba con creciente atención y merced a la ayuda de los prismáticos, tipo Zeiss-8, unas enredaderas que crecían entre unas piedras. Al cabo de un rato soltó los prismáticos, que quedaron colgando de su cuello, y me dijo, tras otra breve pausa:
—Oye, Jarvis: cambia de sitio, que quiero examinar esas enredaderas...
Lo que se proponía era sumamente arriesgado, pero como sabía que era inútil protestar, hice lo que me mandaba, y no pasaron muchos minutos sin que mi amigo empezara a trepar por el barranco, cogido a lugares casi invisibles. Felizmente, no le falló ninguna piedra y al fin, con el corazón en la boca, le vi cruzar el peligroso lugar sin el menor percance. Una vez hubo llegado a dónde crecían las enredaderas, cogió algo que guardó en un sobre que había sacado del bolsillo. Tras asegurar su hallazgo, me hizo pasar otro mal rato, al volver a cruzar el espacio para regresar al sendero.
Respiré aliviado cuando le vi sano y salvo a mi lado, pero no pude por menos de desahogar mis nervios con algunas pullas sarcásticas.
—Bueno: ¿qué es lo que has cogido a riesgo de romperte la cabeza? ¿Hinojo o hierbaluisa?
Por toda respuesta, sacó el sobre de su bolsillo y de su interior una boquilla, barata, sucia, con todos los indicios de haber sido muy utilizada, en cuyo extremo aún quedaba la colilla de un cigarrillo liado a mano. Una vez hube mirado y olido aquello, se lo devolví apresuradamente, diciéndole:
—He de decirte por mi parte que no hubiera arriesgado la última de las vértebras de un gato para conseguir esto. ¿De qué crees que va a servirte?
—Hombre, tal vez de nada. Por ahora nos estamos limitando a coleccionar detalles con la esperanza de que puedan darnos alguna clave. Por ejemplo, aquí nos encontramos con que un hombre ha bajado, muy cerca de donde Harewood muriera, verificándolo por un camino muy arriesgado, en lugar de haber ido por la entrada de la cantera. Segura mente tendría algún motivo para adoptar este poco deseable sistema de descenso. Posiblemente tenía prisa, y posiblemente también pertenece a este pueblo, ya que ningún forastero puede estar enterado de esto. Es casi seguro, además, que esta boquilla le pertenece, pues si miras hacia abajo, verás que resbaló y estuvo a punto de caer. Todavía hay allí las huellas. Seguramente, en tal momento, dejó caer la boquilla, porque fíjate cómo las enredaderas quedan justo debajo de las huellas de sus pies.
—¿Y cómo es que no recuperó su boquilla?
—Porque fue a parar más lejos y no tenía, como yo, a un buen Jarvis que le prestara ayuda. Y si bajó por aquí porque tenía prisa, no tenía tiempo para dedicarse a buscar la boquilla. Y aun suponiendo que esa boquilla no perteneciera a ese que ahora imaginamos, en todo caso, de lo que no cabe duda es de que pertenece a alguien que ha estado aquí recientemente.
—¿Existe algo que te lleve a relacionar a este individuo con el crimen?
—Nada, a no ser el lugar —replicó mi amigo—. Este sujeto ha pasado por la cantera, bajando por aquí, muy cerca de donde Harewood fue desvalijado, y posiblemente asesinado, y como las huellas son muy recientes, seguramente llegó a estos parajes casi cuando se realizaba el atraco. Esto es todo. Presto mi atención a las huellas de este individuo porque no hay otras... aunque podemos inspeccionar el sendero, que, como puedes ver, resulta perfecto para obtener impresiones.
Caminamos lentamente por el sendero en dirección a Merbridge, inspeccionando todo cuidadosamente, pudimos distinguir algunas huellas parecidas a las de la cantera; pero, desgraciadamente, estaban borradas en parte por las de unos zapatos claveteados.
—No encontraremos gran cosa aquí —dijo Thorndyke—. Las gentes que vinieron a recoger el cadáver lo han estropeado todo. Vamos a ver si podemos averiguar adónde fue el individuo de la boquilla.
Registramos el sendero de Welsbury sin hallar el menor rastro. Volvimos a bajar a la cantera y tras fijarnos en el lugar donde el desconocido descendiera, buscamos otra salida que no fuera la que diese hacia arriba finalmente, y, a medio camino de la colina, encontramos un segundo camino que llevaba hacia Merbridge. Lo seguimos durante un rato, llegando a una ligera cañada, en cuyo fondo había lodo. Y allí nos detuvimos bruscamente, pues aparecían las claras huellas de unas botas que llevaban punteras de hierro.
—Vamos a sacar estas impresiones —dijo Thorndyke— para poder compararlas con las otras, con las de Fletcher. Me encargaré de ello mientras vas a buscar las bicicletas.
Cuando regresé con ellas, dos de las huellas de las botas aparecían ya cubiertas de cera y Thorndyke estaba oteando entre la maleza. Le pregunté qué buscaba.
—Es una esperanza sin fundamento, que diría Marchmont —replicó—. Pero estoy mirando si por una casualidad el testamento está por aquí. Seguramente lo tiraron enseguida y este camino es el más seguro que el ladrón pudo seguir, si lo conocía. Por el mapa puedes ver que lleva directamente al hipódromo, evitando el sendero y la carretera. Mientras se seca la cera podemos dar una vuelta por ahí.
Me pareció que aquello eran ganas de perder el tiempo y le seguí con escaso entusiasmo. Nos separamos a los pocos minutos y me puse a examinar el camino en dirección contraria a Thorndyke. Anduve entre las malezas, mirando en torno mío, y pensando en aquel «viejo, viejísimo anciano», que:
«A veces miraba las verdes hierbas buscando rastros de grandes carrozas».
Ya me dirigía hacia Thorndyke cuando mi vista tropezó con una cosa pequeña y de un color castaño, que colgaba en las ramas de un espino. Era una carterita de hombre, de piel de cerdo, y al cogerla observé que estaba vacía.
Con mi trofeo en las manos me apresuré a ir hacia el lugar donde Thorndyke levantaba los moldes de cera.
Mi, amigo levantó la vista, preguntando:
—¿Has estado de suerte, Jarvis?
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Y sin decirle una palabra le entregué la cartera.
—Esto es muy importante, Jarvis —exclamó—. Es casi seguro que se trata de la cartera de Harewood. Fíjate, aquí hay las iniciales J. H. Hemos tenido razón en lo del camino que siguiera el ladrón. Y valdría la pena de registrar cuidadosamente estos lugares para encontrar el testamento, pero no lo podemos hacer ahora, pues hemos de ir a Barwood. Yo les escribí diciendo que iríamos. Vale más que vayamos allí de una vez. Dista solo media hora.
Guardamos los moldes de cera en el maletín, que iba sujeto al sillín de la bicicleta de Thorndyke y nos abrimos camino hacia el sendero. Como nadie transitaba por allí, montamos en nuestras bicicletas, no tardando en llegar a la carretera, donde emprendimos rápida marcha hacia Barwood.
Media hora de camino nos llevó a la calle principal de la pequeña ciudad y al desmontar ante el puesto de policía, encontramos al jefe esperándonos cortésmente, ansioso de ayudarnos, empero poseído» también por una devoradora curiosidad que era algo, inconveniente.
—He hecho cuanto indicaba en su carta, señor —dijo—. El cadáver de Fletcher se encuentra, naturalmente, en el depósito judicial. No obstante, me he cuidado de que sus ropas y efectos particulares hayan sido traídos aquí. Los tengo en mi despacho, particular, donde podrán examinarlos tranquilamente.
—Es mucha amabilidad por su parte —afirmó. Thorndyke —y nos servirá de mucho.
Tras coger el maletín, siguió al policía a su despacho. Una vez allí, dio una mirada en torno suyo, aprobando silenciosamente lo que le rodeaba. Había una gran mesa que serviría magníficamente para la inspección, y las ropas del ratero y sus efectos personales aparecían cuidadosamente colocados a un extremo.
El primer paso de Thorndyke fue tomar el calzado del muerto, un elegante a la par que barato par de zapatos de color castaño claro, con los tacones algo gastados y las suelas agujereadas. Ni las puntas ni los tacones llevaban planchitas de metal y ni siquiera se veía en ellas el rastro de que nunca las hubiera llevado. Después de mostrármelas silenciosamente, mi amigo las colocó sobre una hoja de papel blanco, tras lo cual, siguió el contorno de los mismos con un lápiz, cosa esta que extrañó tanto al jefe de policía, que no pudo menos de inquirir:
—¿Me permite decirle una cosa, señor? Nunca hubiera creído que en este asunto las huellas de unos pies hubiesen tenido algo que ver. No se puede acusar a un muerto...
Thorndyke asintió con un gesto a estas palabras. Enseguida procedió a realizar algo que hizo abrir desmesuradamente los ojos al policía. Abriendo su maletín, a cuyo interior el jefe echó una inquisitiva mirada, sacó mi amigo el pequeño aspirador de polvo que introdujo en cada uno de los bolsillos de las ropas del muerto en tanto que yo apretaba la manija. Una vez hubimos registrado todos los bolsillos, abrió el recipiente, sacando una cantidad considerable de pelusa, que colocó en una placa de cristal, luego la dividió en dos, utilizando dos agujas, pasándome una mitad a mí, y entonces las colocamos encima de un poco de glicerina colocada en unas pequeñas bombonas de cristal que tapamos cuidadosamente, poniendo encima unas etiquetas que decían: Polvo y pelusa obtenidos de los bolsillos de Fletcher.
Cuando esta operación hubo terminado, Thorndyke sacó el microscopio examinando el contenido de cada una de las bombonas, permitiéndome hacer lo propio. Por lo que pude ver, era polvo corriente, compuesto por fibras de algodón común, lana, yute y algunas partículas de un mineral que no logré distinguir qué era. Pero no hice comentario alguno, limitándome a pasar el microscopio al policía, que a su vez examinó el contenido de los bolsillos, y respirando fuerte dijo que «aquel polvo era muy raro». Entretanto, yo contemplaba lo que Thorndyke hacía. Y a fe que por lo inesperado de sus manipulaciones, merecían atención.
Primero puso los cinco relojes robados en fila y con un lente Coddington examinó la esfera de cada uno. Luego los abrió para ver su maquinaria, copiando en su libro de notas las inscripciones de los relojeros que los habían reparado. Tras esto, sacó del maletín una cantidad de pequeñas varitas de vulcanita, y cinco cristales, sobre cada uno de los cuales dejó caer una gota de glicerina, que cubrió inmediatamente con el cristal de los relojes para protegerlos del polvo; colocó una etiqueta sobre cada reloj, escribiendo un número en ella, numerando igualmente los cristales. Entonces quitó el cristal del reloj numerado con el uno, tomó una de las varitas de vulcanita, que frotó en un pañuelo de seda, y la pasó lentamente en torno a la esfera del reloj, después de lo cual la acercó a la glicerina depositada en el cristal de prueba número uno, a la vez que la golpeaba bruscamente con la hoja de su cortaplumas. Después dejó caer un cristal de protección sobre la glicerina, y enseguida examinó esta a través del microscopio.
Esta misma operación la repitió con cada uno de los otros cuatro relojes, utilizando una varita para cada uno, y cuando hubo terminado volvióse hacia el boquiabierto policía, preguntándole:
—Según parece, el reloj que tiene una cadena es el del señor Harewood, ¿verdad?
—Sí, señor. Eso nos permitió identificarlo.
Thorndyke contempló el reloj pensativamente. Colgando de la argollita del reloj y sujeta por una correa de cuero verde, había una llavecita. Mi amigo la cogió y a la vez, tomando una aguja, la insertó en el agujero de la cuerda del reloj de donde sacó un poco de pelusita. Yo ya tenía a punto y se lo entregué un cristal de pruebas. Thorndyke, con un par de tijeras, cortó algo de la pelusa aquella, dejándola caer en el cristal. Repitió esta operación por dos veces, poniendo después etiquetas a los tres cristales: Exterior de la llave, Centro e Interior y en este orden las examinó luego con el microscopio.
Mi examen de la pelusa no me dio grandes resultados. Parecía tratarse de polvo corriente, si bien el del reloj número 3 contenía unos cuantos fragmentos rotos, de lo que parecían pelos de animal, posiblemente de gato, al igual que lo del Exterior de la llave. Sin embargo, el que esto significase algo o no, no podía yo deducirlo. Por lo que se refiere al jefe de policía, el buen hombre contemplaba las manipulaciones de Thorndyke como si fuesen una especie de juegos de manos, sin finalidad alguna.
Una confirmación de mi sospecha la tuve cuando al despedirnos observó:
—Me ha gustado mucho ver lo que hacía, señor, pero no por eso no dejo de pensar que están disparando pólvora en salvas. Sabemos quién ha sido el criminal y sabemos que está fuera del alcance de la Ley.
—Desde luego —manifestó Thorndyke—. Pero uno ha de justificar lo que gana... Mañana, en la encuesta, necesitaré las botas de Fletcher y los cinco relojes para presentarlos como prueba. De ahí que le ruegue que deje las etiquetas dónde están...
Y tras repetirle nuestro agradecimiento y darle un fuerte apretón de manos, nos despedimos del amable policía, yéndonos a coger el tren para Londres, sin pérdida de tiempo.
Aquella noche, después de la cena, nos pusimos a discutir sobre el asunto, y Thorndyke me enseñó algo tan inesperado como sorprendente. Sacando la boquilla encontrada, pasó por ella un hilo humedecido de glicerina y al quitarlo encima de la grasienta superficie pude ver que había algo que parecían fragmentos de pelos de animal, con cierto parecido a aquellos otros que observara en las pruebas hechas en el puesto de policía, con la diferencia de que aquí eran más numerosos.
Hice notar esto a Thorndyke:
—Son pelos de mamíferos... Parecen de gato. ¿Lo son...?
—De conejo —contestó brevemente Thorndyke, y, aun entonces, y me avergüenza confesarlo, no supe vislumbrar hacia donde iban sus investigaciones.
* * *
La Sala de Consejo del Ayuntamiento de Welsbury estaba llena de bote en bote bastante tiempo antes de la hora en que la encuesta iba a tener lugar. En un intervalo en que el jurado fue a examinar el cadáver en el adyacente depósito judicial, me entretuve echando una mirada a los que me rodeaban. Estaban presentes el señor Marchmont y el señor Crowhurst, y un hombre de rostro antipático y duro, bastante joven, con pantalones de montar, que supuse, debía ser, y era, Arthur Baxfield. Nuestro amigo el jefe de policía de Barwood también se encontraba entre los asistentes, y Thorndyke cambió unas cuantas palabras con el amable funcionario en el más apartado rincón de la sala. Por lo que se refiere a los demás, a mí me resultaban gente desconocida.
Tan pronto como el coroner y el jurado volvieron a sus puestos, el testigo médico fue llamado. Este facultativo afirmó que la causa de la muerte de Fletcher había sido la dislocación del cuello y la fractura de la base del cráneo, cosa que pudo haber sido producida por un golpe con un objeto duro y contundente o bien por una caída. El testigo afirmaba que lo sucedido había sido esto último.
El testigo siguiente fue el señor Crowhurst, quien declaró lo que ya nos había dicho, indicando además que al salir de la casa del muerto habíase di, rígido directamente a su propio domicilio, donde le esperaban. Baxfield declaró a su vez, diciendo más o menos lo mismo, añadiendo que al salir de la casa de Harewood fue a sus oficinas en Welsbury.
Iba a retirarse cuando Thorndyke levantóse a interrogarle.
—¿A qué hora llegó a sus oficinas? —, empezó.
El testigo vaciló breves momentos, respondiendo luego:
—A las cuatro y media.
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—¿Y a qué hora salió de la casa del difunto?
—A las dos...
—¿Qué distancia hay de un sitio a otro?
—En línea recta, dos millas; pero no fui directamente. Di una vuelta por el campo, por las cercanías de Lenfield.
—Lo que le llevó cerca del Hipódromo... ¿Estuvo usted en las carreras?
—No; a mi regreso ya habían terminado.
Hubo una ligera pausa; luego Thorndyke preguntó:
—¿Fuma usted mucho, señor Baxfield?
El testigo quedóse sorprendido por la inesperada demanda, ocurriéndole lo mismo al jurado. A pesar de ello, Baxfield contestó amablemente:
—Bastante... Unos quince pitillos diarios.
—¿Qué marca de cigarrillos le gustan y qué clase de tabaco?
—Yo mismo me lío los pitillos. Fumo tabaco negro, señor.
Se oyeron murmullos de protesta del jurado y el coroner observó secamente:
—Estas preguntas no tienen mucho que ver con el objeto de esta encuesta...
—Por el contrario, puede usted tener la seguridad, señor —replicó Thorndyke—, que tiene una relación muy directa.
Luego, volviéndose al testigo, siguió preguntando nuevamente:
—¿Fuma con boquilla?
—A veces... —fue la respuesta.
—¿Hace poco que ha perdido una boquilla?
El testigo miró a Thorndyke entre sorprendido y atemorizado, replicando, al fin, después de vacilar unos minutos:
—Creo que hace poco tiempo se me extravió una...
—¿Dónde y cuándo la perdió? —inquirió Thorndyke.
—En realidad, yo... yo... no lo sé —repuso Baxfield, empalideciendo visiblemente.
Thorndyke abrió su maletín, y sacando la boquilla que obtuviera con tantos riesgos, la pasó al testigo.
—¿Se parece a la que usted perdió, señor Baxfield? —preguntó.
Al oír esto, Baxfield se puso lívido, con una lividez de muerte, y la mano con que cogió la boquilla temblaba como la de un azogado.
—Podría ser —tartamudeó—. No lo juraría... Aunque sí es cierto que se parece a la que perdí...
Thorndyke tomó la boquilla, pasándola ahora al coroner.
—Esta boquilla forma parte de las pruebas, señor.
Luego volvió a dirigirse al testigo:
—Ha declarado usted no haber ido a las carreras. ¿Asistió a ellas o bien se limitó a entrar en el recinto?
Baxfield humedecióse los labios antes de contestar:
—Estuve allí un par de minutos, pero no me quedé. Habían terminado las carreras y solo vi un público muy ordinario.
—¿Mientras se encontraba usted allí, señor Baxfield, le robaron algo?
Hubo un silencio, preñado de expectación, al cabo del cual, Baxfield respondió en voz baja:
—Sí, perdí mi reloj.
Thorndyke volvió a abrir su maletín y sacando ahora un reloj —el que había numerado con el número tres— lo pasó al testigo.
—¿Es este el reloj que usted perdiera?
Baxfield sostuvo el reloj en sus temblorosas manos, replicando titubeante:
—Me parece que sí, pero tampoco lo juraría.
Hubo una pausa, tras la que, en graves e impresionantes tonos, mi amigo dijo:
—Ahora, señor Baxfield, voy a hacerle una pregunta que no necesita contestar si considera que al hacerlo podría perjudicarle de alguna manera. La pregunta es: cuando le quitaron el reloj, ¿acaso le robaron alguna cosa más? No se apresure... Piense antes de responder.
Durante algunos momentos Baxfield permaneció en silencio, mirando a Thorndyke con ojos salvaje mente atemorizados. Finalmente empezó a decir, tartamudeando:
—No recuerdo haber perdido nada más y... —se calló.
—¿Podría permitirse que el testigo tomara asiento, señor? —preguntó Thorndyke al coroner.
Y cuando el permiso fue obtenido y una silla colocada detrás de Baxfield, este sentóse pesadamente, mirando sombríamente en torno suyo.
—Me parece —dijo, dirigiéndose a Thorndyke— que es mejor que le diga exactamente lo que ocurrió... Al salir de la casa de mi tío, el lunes, di una vuelta por los campos y luego entré al Gilbert Copse a esperar a mi tío para decirle lo que pensaba de su inicua conducta al dejar la mayor parte de sus bienes a un extraño. Seguí el camino que sabía había de tomar mi tío y fui andando lentamente, a fin de que me diera alcance. Nos encontramos en el sendero situado arriba del lugar donde luego le hallaron y allí le dije lo que pensaba, pero no me escuchó. Se puso furioso y, como yo me encontraba de pie, en el centro del camino, intentó empujarme. Al hacer esto enganchósele el pie en unas hierbas, lo que le hizo tambalear, y, finalmente, caer hacia atrás entre la maleza; pocos segundos después oía un ruido sordo abajo. Aparté las matas, mirando al fondo de la cantera, y le vi tendido con la cabeza de lado. Como conozco una manera de bajar por ese lado, que ahorra mucho tiempo, descendí por allí y allí fue donde perdí mi boquilla. Al llegar abajo pude ver que mi tío— estaba muerto. Tenía la cabeza destrozada y el cuello roto. Entonces el diablo me tentó, haciéndome— pensar en la conveniencia de hacer desaparecer el testamento, pero, como era natural, si solo me llevaba ese documento todas las sospechas irían a parar contra mí, me hice también con la mayor parte de las cosas de valor que llevaba consigo. Vacié el monedero, pues me apoderé del monedero, tomé su reloj, su sortija y cadena y los gemelos, tirándolo todo a un rincón, a dónde también fue a parar la sortija. Quité el testamento de la cartera, guardándomelo en un bolsillo interior, y en los otros, me puse el resto de las cosas que le pertenecieron.
«Crucé los campos decidido a ir a las carreras y dejar por allí lo que llevaba, de manera que otro se hiciera con ello, pero unos rateros me evitaron este trabajo, me lo quitaron absolutamente todo, excepto mis llaves y el testamento.
—¿Y qué se ha hecho de él? —preguntó Thorndike.
—Lo tengo aquí —dijo Baxfield, sacando un documento del bolsillo interior de su americana y entregándolo a Thorndyke, quien lo desdobló y, tras— ojearlo, lo entregó al coroner.
Ese fue, prácticamente, el final de la encuesta. El jurado decidió aceptar la declaración de Baxfield, emitiendo un veredicto de «muerte por accidente», dejando a Baxfield en libertad, si bien teniendo que responder por la apropiación de los objetos de valor de su tío y del testamento.
* * *
—Un caso sumamente interesante y eminentemente satisfactorio —observó Thorndyke al sentarnos para efectué una cena algo tardía—. Esencialmente sencillo también. Como tú probablemente te habrás dado cuenta, la explicación de los hechos se ha basado en un solo detalle de deslumbradora claridad.
—Así lo he creído, si bien tal claridad no ha iluminado mi espíritu todavía.
—Bien —dijo Thorndyke—. Primero de todo examinaremos el aspecto general del asunto tal como nos fue presentado por Marchmont. Naturalmente, lo primero que me llamó la atención fue que la pérdida del testamento hubiera convertido fácilmente a Baxfield en heredero universal. Pero aun así, si el tribunal aceptaba reconocer el testamento, hubiera tenido que guiarse por las declaraciones de los dos hombres, que conocían sus estipulaciones muy a la ligera, y Baxfield podía haber hecho la declaración que hubiera querido. Era imposible ignorar el hecho de que la pérdida del testamento beneficiaba grandemente a Baxfield.
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«Cuando se encontraron en poder de Fletcher todas aquellas cosas, entre las cuales había algunas pertenecientes a Harewood, pareció, de primer momento, como si el misterio del crimen hubiese estado solucionado. Pero existían varias contradicciones bastante serias. Primera, ¿por qué motivo Fletcher había ido a parar a aquel bosque solitario, tan apartado del ferrocarril y de la carretera? Por Las apariencias, Fletcher era un raterillo londinense. Cuando murió iba a Londres en tren. Parecía pro bable que hubiera venido de la capital a probar suerte en las carreras. Luego hay una cosa, como tú sabes, y es que las experiencias criminológicas demuestran que el criminal de carrera es un especialista en su género. El ladrón, el atracador, el carterista, cada uno de ellos sigue estrictamente su especialidad. Fletcher era un carterista y en las carreras se dedicó a vaciar bolsillos. Las probabilidades, pues, estaban en contra de que fuese él el verdadero ladrón, y más bien iban en contra de la persona a quién vaciara los bolsillos. Ahora bien, estas habían sido más de una: ¿quién, entre ellas, podía ser la culpable? Las probabilidades, una vez más, sugerían a Baxfield. Tal como he dicho antes, había un motivo y, además, el, llamémosle así, vaciado de bolsillos había tenido lugar en las carreras, y Baxfield, por lo que sabíamos, solía frecuentar el Hipódromo. Pero si Baxfield era la persona a quién Fletcher robara, uno de los cinco relojes debía ser el suyo. Si esto era así o no, hubiera sido muy difícil de probar, de no haber surgido el detalle de que antes te hablé.
»No sé si recuerdas que cuando Marchmont nos habló del asunto dijo que Baxfield tenía una industria, creo que de sombreros de fieltro...
—¡Sí! Ahora que lo dices me acuerdo... ¿Pero qué tiene que ver?
—¡Querido Jarvis! —dijo Thorndyke—. ¿No ves que eso fue la piedra de toque, lo que sirvió para descubrir la verdad? Piensa un momento. ¿Qué es un sombrero de fieltro? Un conglomerado de pelo de conejo. El proceso de fabricación consiste en soplar los pelos, más o menos desintegrados, sobre un cono giratorio de acero, humedecido con una solución alcohólica de goma laca, pero, como es natural, una buena cantidad de las partículas más diminutas de los pelos no van a parar al cono, quedando flotando en la atmósfera. Y, como es natural, toda la atmósfera de la fábrica se halla impregnada con el polvillo de los pelos de conejo, y ese polvillo penetra en las ropas de los trabajadores. De ahí que cuando las rocas se llenan de polvo, este tiende a colarse en los bolsillos, metiéndose en los rincones de las costuras y en el interior de lo que se lleve, sean joyas, relojes, llaves o lo que fuese. Por esto, si uno de los cinco relojes pertenecía a Baxfield, el polvillo peculiar a su industria debía aparecer, y así fue. De resultas de mi examen pude notar la presencia de tales fragmentos en la esfera número tres, pero, como es natural, se hacía necesario no solo demostrar la presencia del polvillo en este reloj, sino su ausencia en los otros y en los bolsillos de Fletcher, cosa que pude hacer.
»Ahora bien, el reloj de Harewood no tenía pelo de conejo en la esfera, empero había una pequeña cantidad en el interior de la llave, y si esto hubiera provenido de sus bolsillos hubiera estado uniformemente distribuido entre la pelusa. Pero no era así. Se limitaba a aparecer en la parte de la pelusa que estaba expuesta, lo cual demostraba que procedía de otro lugar y que aquel lugar debía ser ciertamente los bolsillos de alguien relacionado con una fábrica de sombreros de fieltro y era, muy probablemente, el dueño del reloj número tres.
«Luego quedaba la boquilla. Tenía el conducto lleno de pelo de conejo; por lo tanto, su propietario, innegablemente, habíase hallado en el lugar del crimen. Existía ya una evidente demostración de que su bolsillo era donde el reloj robado había permanecido largo rato y que era el poseedor del reloj número tres. El problema consistía en reunir todas las pruebas, formando una especie de rompecabezas y demostrar clara y contundentemente quién era esa persona. Y eso lo pude hacer gracias a algo que noté cuando vi a Baxfield en la encuesta. ¿Supongo que te fijarías en sus botas?
—He de confesarte que no —hube de admitir.
—Pues yo sí. Le miraba los pies constantemente y cuando cruzó las piernas pude ver que lleva plaquitas de acero en las puntas. Eso fue lo que me animó a llevar adelante el interrogatorio.
—Francamente, fue un interrogatorio sumamente atrevido y poco correcto —declaré.
—Absolutamente incorrecto —asintió Thorndyke—. El coroner no debió haberlo permitido, pero fue mejor así. Si el coroner no lo hubiera admitido nos habría sido menester entablar acción criminal contra Baxfield, en tanto que ahora que hemos recurrido el testamento es más seguro que nadie se preocupará de acusarle.
Y esto, tal como más tarde pude comprobarlo, fue exactamente lo que ocurrió.
No es raro que las exigencias de su profesión llevaran a mi amigo Thorndyke a realizar investigaciones que más bien pertenecían al dominio de la policía, pues problemas que se presentaban como consecuencias secundarias de un acto delictivo no podían ser solucionados hasta que las circunstancias del mismo eran aclaradas e, incidentalmente, descubierta la identidad de quien lo llevara a cabo. Un problema de esta clase fue la desaparición del testamento de James Harewood, problema que nos fue presentado por nuestro viejo amigo, el señor Marchmont, cuando vino a visitarme en compañía del cliente de quien nos hablara en la carta con que solicitaron audiencia.
Eran las cuatro de la tarde cuando el abogado llegó a nuestra casa y, al hacerle entrar, iba seguido por un caballero de aspecto distinguido y de unos treinta y cinco años de edad, a quién presentara como el señor William Crowhurst.
—Solo me quedaré —dijo, mirando aprobativamente el servicio de té colocado en la mesita— el tiempo de tomar una taza de té e indicarles los principales rasgos del asunto. Luego tendré que irme, pues tengo un asunto urgente. El señor Crowhurst se quedará para darles cuantos detalles necesiten...
Se sentó en un sillón, cerca de la mesita y mientras Thorndyke servía el té, dio una mirada a unas notas garabateadas en una hoja de papel.
—He de decirles —comenzó agitando pensativamente la cucharilla dentro de la taza— que no tengo la menor esperanza. He venido a ofrecerles este caso, empero no tengo ni la más leve confianza de que puedan ayudarnos.
—Un estado de ánimo sumamente edificante —comentó Thorndyke, sonriendo—. Espero que su cliente pensará lo mismo.
—Así es —dijo el señor Crowhurst—. Por cierto, que casi me parece que es perder el tiempo hablar de esto... Seguramente, ustedes opinarán lo mismo después de haberse enterado de los detalles.
—Es igual. Haga el favor de decirnos lo que sabe —dijo Thorndyke—. Una cosa sobre la cual se carece de esperanzas tiene, por lo menos, la estimulante cualidad de ser difícil... En fin, amigo Marchmont, indíquenos los principales rasgos.
El abogado, una vez vació su taza y hubo conseguido que se la llenasen de nuevo, dio una mirada a sus notas y empezó a decir:
—La manera más sencilla de presentar el problema es haciendo una breve narración de los acontecimientos que lo han producido, y que son los siguientes. Antes de ayer, esto es, el lunes, a las dos menos cuarto de la tarde, el señor James Harewood hizo testamento en su casa de Merbridge, situada a unas dos millas de Melsbury. Al acto asistieron cuatro personas, dos de sus criados, que firmaron como testigos, y los dos principales beneficiarios, el señor Arthur Baxfield, un sobrino suyo, y nuestro amigo aquí presente, el señor William Crowhurst. El testamento era ológrafo, redactado en ambas caras de una hoja de papel de escribir. Cuando los testigos firmaron, el testamento estaba cubierto por otro papel, de manera que solo aparecía el lugar de las firmas. Ninguno de ellos lo leyó, y por lo que a mí respecta, puedo decir que nadie, excepto el testador conocía sus estipulaciones, si bien, después que los criados salieron de la habitación, el señor Harewood explicó su alcance a los beneficiarios.
—¿Y cuál era...? —inquirió Thorndyke.
—En pocas palabras —repuso Marchmont— dividía la herencia en dos porciones desiguales entre el señor Baxfield y el señor Crowhurst. Quedaban ciertos pequeños legados de los cuales se ignoran la cantidad y el nombre de los beneficiarios. A Baxfield también se le daban mil libras para permitirle formar sociedad o poner en marcha una pequeña fábrica (es fabricante de sombreros de fieltro) y el resto a Crowhurst, que fue nombrado albacea testamentario y heredero universal. Pero, naturalmente, no sabemos lo que queda de la herencia, ya que ignoramos el número y el valor de los legados.
«Poco después de la firma del testamento, se despidieron todos. El señor Harewood dobló el testamento, colocándolo en una cartera de cuero que metió en su bolsillo anunciando su propósito de llevárselo a su abogado que vive en Welsbury. Pocos minutos después que salieron los visitantes, uno de los criados le vio salir de la casa y más tarde un vecino le vio caminando por un sendero que, tras cruzar un pequeño bosque, va a parar a la carretera principal a eso de una milla y cuarto. Desde aquel momento nadie ha vuelto a verle. No visitó a su abogado ni tampoco fue visto en Welsbury ni en ninguna otra parte.
«Como aquella noche no regresara a casa, su ama de llaves (era viudo y sin hijos) se sintió sumamente alarmada y a primera hora de la mañana se puso en contacto con la policía. Se organizó una patrulla de reconocimiento y siguiendo el sendero, donde fuera visto por última vez, exploraron el bosque (que es conocido por el nombre de Gilbert Copse) y allí, al fondo de una cantera, le encontraron muerto, con el cráneo fracturado y el cuello dislocado. No se sabe cómo tuvo lugar el accidente, pero toda vez que el cadáver había sido desposeído de todos los objetos de valer que llevaba consigo, incluyendo su reloj, cartera, sortija de brillantes y la carterilla que contenía el testamento, existe, naturalmente, la sospecha de que ha sido asesinado. Esto, sin embargo, no es la principal preocupación, por lo menos la mía. Lo que a mí me preocupa es, el testamento, que, como le digo, ha desaparecido, y como, indudablemente, ha sido robado por un ladrón, de quién se sospecha que ha cometido un asesinato, no hay probabilidades de que sea devuelto.
—Es casi seguro que en estos momentos deben haberlo destruido —dijo el señor Crowhurst.
—En efecto, es probable —convino Thorndyke—. Ahora bien, ¿qué desean ustedes que yo haga? No han venido a pedirme que les asesore legalmente, ¿verdad?
—No —contestó Marchmont—. Pues no tengo la menor duda sobre la cuestión legal. Haré constar (toda vez que el testamento, según todas las apariencias, ha sido destruido) los deseos del testador, exigiendo que los mismos se cumplan; por lo menos, los que yo conozco. Sin embargo, tengo mis dudas sobre la actitud que el Tribunal pueda tomar. Es posible que decida que los deseos del testador no son del dominio público y que las estipulaciones del testamento aparecen demasiado inseguras para admitir una distribución.
—¿Y qué efectos produciría semejante decisión? —inquirió Thorndyke.
—En tal caso —dijo Marchmont— toda la herencia iría a poder de Baxfield, por cuanto es el pariente más cercano y no existe ningún testamento anterior.
—¿Y qué es lo que quieren ustedes que haga? Marchmont sonrió, suplicante.
—He aquí el inconveniente de ser un prodigio, Thorndyke. Le vamos a pedir que haga un imposible, aunque, realmente, no esperamos que pueda lograrlo. Le pedimos que nos ayude a recuperar el testamento.
—Si el documento ha sido completamente destruido —dijo Thorndyke— no habrá manera de recuperarlo. No obstante, no sabemos si efectivamente lo han hecho desaparecer. El asunto, por lo menos, vale la pena de ser investigado y si ustedes quieren que me ocupe de ello, estoy dispuesto a hacerlo.
El abogado se levantó satisfecho.
—Gracias, Thorndyke —dijo—. No espero nada. Por lo menos, así me digo a mí mismo, si bien también es verdad que ahora tengo la seguridad de que se hará todo lo humanamente posible. Bueno, me voy... Crowhurst le dará todos los detalles que necesite.
Cuando Marchmont se fue, Thorndyke volvióse hacia nuestro cliente, preguntándole:
—¿Qué cree usted que Baxfield hará si el testamento está irremisiblemente perdido? ¿Reclamará lo suyo?
—Yo creo que sí —replicó Crowhurst—. Es un hombre de negocios y sus derechos naturales son mayores que los míos. No es probable que rehuse lo que la ley le asigne. Por cierto que me hace el efecto de que cree que su tío no fue justo con él al repartir los bienes.
—¿Había algún motivo que justificara semejante reparto?
—Verá usted —contestó Crowhurst—: Hardwood y yo hemos sido muy buenos amigos y me debía algunos favores; luego Baxfield no supo granjearse la simpatía de su tío. Pero el motivo principal, a mí entender, es la fuerte tendencia que Baxfield sentía hacia el juego. Había perdido muchísimo dinero en las carreras, y a un hombre económico, como James Harewood, no podía gustarle que sus ahorros fuesen a parar a manos de un jugador. Las mil libras que dejara a Baxfield estaban expresamente destinadas a ser invertidas en un negocio.
—¿Tiene ahora Baxfield algún negocio?
—Por cuenta propia, no. Es una especie de encargado o director de ventas de una fábrica en las afueras de Welsbury, y según tengo entendido trabaja muy bien y conoce perfectamente todo lo que a su trabajo se refiere.
—Volviendo a la muerte del señor Harewood —dijo Thorndyke—. ¿Sus heridas pueden haber sido casuales o premeditadas? ¿Y qué probabilidades existen de un accidente, dejando de lado el robo?
—Muchas, pues se trata de un lugar sumamente peligroso. El sendero pasa junto a una cantera semioculta por matorrales y arbustos. Un paseante descuidado puede caer fácilmente o... ser empujado hacia abajo con la máxima facilidad.
—¿Sabe usted cuándo tendrán lugar las pesquisas judiciales?
—Sí. Pasado mañana. Esta mañana me han enviado la citación para el viernes por la tarde, a las dos y media, en el Ayuntamiento de Welsbury.
En ese momento se oyó el rumor de unos pies que subían apresuradamente la escalera, a lo que siguió inmediatamente un fuerte y perentorio golpeteo en nuestra puerta. Me levanté para ver de qué se trataba, y apenas hube entreabierto la puerta, el señor Marchmont se precipitó jadeante, enarbolando un periódico en la mano.
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—¡Ha ocurrido algo nuevo! —anunció—. No parece que pueda ser de gran ayuda. Sin embargo, he creído conveniente informarles al instante.
Se sentó, y colocándose las gafas, leyó lo que sigue en voz alta y nerviosa:
Una nueva y curiosa luz se ha hecho en el misterio de la muerte del señor James Harewood, cuyo cuerpo fue descubierto ayer en una cantera en las cercanías de Merbridge.
Según parece, el lunes, el día en que según todas las apariencias fue asesinado el señor Harewood, hubo un pasajero que se apeó en Barwood Junction, cuando el tren aún estaba en marcha, resbalando y cayendo entre la vía férrea y el andén. Con la máxima urgencia se le prestó ayuda y como al parecer había sufrido lesiones internas, fue conducido al hospital de la localidad, donde, tras concienzudo reconocimiento, los médicos descubrieron que sufría una fractura de la pelvis. Dijo llamarse Tomás Fletcher y rehusó dar ninguna dirección, alegando que carecía de parientes.
Esta mañana falleció y al registrar sus ropas buscando algún indicio que permitiera averiguar su origen, se encontró un envoltorio formado de dos pañuelos, atados con un cordel. Al abrirse aparecieron cinco relojes, tres cadenas de reloj, un alfiler de corbata y un buen número de billetes de Banco. En otro de sus bolsillos había una considerable cantidad de dinero suelto, monedas de oro y plata, y una tarjeta de las carreras de Welsbury que tuvieron lugar el lunes. De los cinco relojes, uno de ellos ha sido identificado como propiedad del señor Harewood, como también los billetes de Banco han sido reconocidos como parte de una entrega que hizo a aquel el cajero de su Banco el último jueves en Welsbury y que, probablemente, debía llevar en la carterita de cuero que le robaron del bolsillo. También se ha hallado esa carterita, completamente vacía, a última hora de ayer, en el terraplén del ferrocarril, en las afueras de la estación de Welsbury.
Esto nos lleva a suponer que ese Fletcher, antes de ir a las carreras, encontró al señor Harewood en el solitario sendero, asesinándole y despojándole de todo cuanto llevaba. O quizá lo encontró muerto en la cantera y le quitó cuanto llevaba de valor...
En fin, este es un interrogante que, a nuestro entender, nunca tendrá respuesta.
Al terminar de leer la nota periodística, Marchmont levantó los ojos, mirando a Thorndyke.
—No nos sirve de mucho, ¿verdad? —dijo—. Como la cartera fue encontrada vacía, es casi seguro que el testamento fue destruido.
—O quizá, sencillamente, dejado de lado —dijo Thorndyke—. En cuyo caso un anuncio en el periódico ofreciendo una buena recompensa puede hacerlo aparecer.
El abogado encogióse de hombros, presa de profundo escepticismo, empero convino en publicar el anuncio. Entonces se dispuso a irse, y como el señor Crowhurst ya no nos podía facilitar ningún detalle más, salió en compañía de Marchmont.
Durante largo rato después de que salieron nuestros visitantes, Thorndyke permaneció sumido en profundas meditaciones. A mi vez, yo también mantenía un discreto silencio, pues dada mi larga experiencia, sabía que en Thorndyke la actitud inmóvil y el rostro impenetrable eran los signos exteriores de una mente en rápida y febril actividad. Instintivamente comprendí que este asunto, aparentemente caótico, estaba siendo suavemente ordenado y puesto en orden lógico que Thorndyke, cual hábil jugador de ajedrez, estaba pensando las jugadas antes de asir ninguna de las piezas del juego.
De repente me miró:
—¿Y bien, Jarvis? —inquirió—. ¿Qué te parece todo esto? ¿Vale la pena...?
—Eso depende de si el testamento existe o no —repuse a mi vez—. Si ha sido destruido, nuestras investigaciones solo representarían una pérdida de nuestro tiempo y del dinero de nuestro cliente.
—Claro está —asintió—: sin embargo, cabe la buena oportunidad de que no haya sido destruido. Seguramente lo encontraron, examinándolo antes de registrar la cartera, y quizá fue tirado por allí... Pero no hemos de concentrarnos excesivamente en el testamento. Si nos encargamos del caso, hacia lo cual me siento inclinado, hemos de asegurarnos y averiguar bien el orden de los acontecimientos. Tenemos todo un día a nuestra disposición antes de la encuesta. Si mañana nos vamos a Merbridge y visitamos el lugar del crimen y luego a Barwood a averiguar todo lo que podamos sobre ese individuo Fletcher, es posible que podamos sacar algo en limpio, a mí entender.
No vacilé en dar mi consentimiento al plan de Thorndyke, no porque viera alguna relación entre sus palabras y lo que había ocurrido, sino porque experimentaba la convicción de que mi colega había descubierto algo que en su cerebro ya estaba siendo objeto de profundas investigaciones. Y esta convicción se hizo más vigorosa aquella misma noche cuando, tras colocarlo encima de la mesa, ordenó el contenido de su maletín, donde solía llevar todos los utensilios necesarios para el mejor éxito de sus gestiones.
Contemplé lleno de curiosidad el aparato que intentaba guardar en su interior y quise —con poco éxito, he de reconocerlo— adivinar la naturaleza de las próximas investigaciones. La caja de cera, de parafina en polvo y el soplete de alcohol no eran del todo extraños, pero el «aspirador» de polvo —una edición diminuta del utensilio doméstico usado— un microscopio portátil, el rollo de fina cuerda y una serie de lentes de microscopio, todo lo cual le vi guardar con sumo cuidado, me dejaron sumido en un mar de confusiones.
A la mañana siguiente, a eso de las diez, nos apeamos del tren en la estación de Welsbury y después de bajar nuestras bicicletas del furgón de equipajes, nos dispusimos a emprender la jornada. Durante el viaje en tren habíamos estudiado cuidadosamente el mapa de forma tal que no nos iba a ser necesario recurrir a los lugareños para orientarnos. Al salir de la ciudad, seguimos la ancha carretera que lleva al hipódromo por espacio de una milla, encontrándonos luego en el lugar donde el sendero de Merbridge uníase con la carretera. Desmontamos allí y, dejando las bicicletas, seguimos el camino que llevaba a un minúsculo bosque en la cumbre de una pequeña colina.
—Para ser un camino tan bueno —observó Thorndyke, al aproximarnos al bosque— es singular que esté poco concurrido. No he visto ni un alma desde que abandonamos la carretera—. Dirigió una mirada al mapa, y luego que hubimos caminado unos doscientos metros, se detuvo—. La cantera debería estar por aquí, si bien resulta imposible de ver...
Y diciendo esto, apartó unas matas de arbustos, prorrumpiendo luego en una exclamación:
—¡Fíjate en esto, Jarvis! Es un verdadero escándalo que un camino público sea dejado en estas condiciones.
En verdad que el señor Crowhurst no había exagerado. Era un lugar sumamente peligroso. Apartados los arbustos, dejaban ver un barranco de unos treinta metros, cuyo borde, semioculto por la maleza, se hallaba a escasos centímetros del sendero.
—Será mejor que volvamos atrás —dijo Throndyke— y busquemos la entrada a la cantera, que parece hallarse a la derecha. Lo primero que debemos hacer es conocer el punto donde Harewood murió; una vez sepamos esto, regresaremos a examinar el lugar.
Volvimos atrás, como Thorndyke decía, encontrando un atajo que, bajando en empinada pendiente, nos llevó al centro de la cantera. Al parecer se trataba de una antiquísima cantera, pues sus paredes estaban oscurecidas por el paso de los años y en el fondo crecían árboles que se habían hecho ya corpulentos. Contra uno de estos apoyamos nuestras bicicletas, y luego caminamos lentamente en torno al barranco.
—Esto parece estar justo debajo del camino —dijo Throndyke, contemplando la grisácea pared que se alzaba en capas superpuestas como una escalera invertida—. Hemos de encontrar por algún sitio rastros de la tragedia.
Mientras hablaba advertí las huellas buscadas. Eran unas insignificantes manchas de un castaño rojizo, y estaban sobre un bloque de piedra que se alzaba frente a la entrada de una cueva artificial, antiguamente dedicada a guardar carretas.
—Este es indudablemente el lugar donde murió —afirmó Thorndyke—. Se puede ver donde colocar la camilla, montada sobre un armatoste con ruedecitas y allí aún se advierte entre la maleza el lugar donde cayó... Bueno, aparte de la cuestión del robo, una caída de treinta metros es justificante más que evidente de una fractura de cráneo. ¿Querrás quedarte aquí, Jarvis, mientras subo a examinar el sendero?
Dirigióse hacia arriba, oí como se movía entre la maleza y al cabo de unos minutos apareció en lo alto, encima justamente del lugar donde me hallaba.
—Hay una serie de huellas de pisadas —dijo gritando para que pudiera oírle bien— pero no tienen nada de anormal. No hay el menor indicio de una pelea. Voy a recorrer esto un poco más lleno de alcohol, me abrí camino hacia donde me esperaba Thorndyke, encontrándole aún semioculto entre la maleza y con la cabeza sobresaliendo del borde de la cantera.
—Fíjate, Jarvis —me, dijo—: por aquí es posible bajar y alguien lo ha hecho recientemente. Ese individuo bajó de cara a la cantera. Advierte cómo se ve la clara impresión del tacón de una bota y hasta la diminuta herradura de acero que llevaba en la punta. Ahora bien, el problema ahora es ver.
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Se retiró detrás de la maleza y yo procedí a inspeccionar el interior de la caverna, observando las ennegrecidas paredes y las huellas de una reciente hoguera que, junto con una serie de huesos de conejo y una tetera del tipo utilizado por los vagabundos profesionales, no parecía carecer de relación con nuestras investigaciones. Estaba examinando de nuevo lo que hallara, cuando Thorndyke me llamó, y al salir de la cueva advertí su cabeza que asomaba entre la maleza. Parecía estar tendido en el suelo, pues tenía la cara casi al mismo nivel que el borde de la cantera.
—Quiero que tomes unas impresiones. Haz el favor de subir la parafina y el soplete, y también el rollo de cuerda.
Me dirigí apresuradamente al lugar donde dejara las bicicletas, y abriendo su maletín, saqué lo que me había sido pedido, y una vez me hube asegurado de que el recipiente del soplete último estaba cómo vamos a obtener esas impresiones sin producir un desprendimiento de tierra. Creo que será mejor que me asegure con la cuerda y...
—Me parece que no vale la pena arriesgarse a romperse la cabeza —objeté—. Seguramente esas huellas serán de algún colegial...
—No; pertenecen a un hombre. Probablemente no tienen nada que ver con nuestro asunto, pero es posible también que pudiesen tener alguna relación; y como cualquier chaparrón puede borrarlas, debemos hacer de modo que las tengamos en nuestro poder cuanto antes.
Mientras hablaba hizo un nudo con la cuerda, convirtiéndolo después en una especie de lazo con el que rodeó su torso por debajo de los brazos, apretándolo fuertemente. Luego ató un extremo a un pequeño árbol, dejándose caer al fondo de la cantera. Tan pronto como estuvo con los pies sólidamente afianzados en el suelo, utilizando el otro extremo de la cuerda, le hice llegar la caja de la cera, y el soplete. Una vez los tuvo en su poder, me tendí a mi vez encima de las matas para mejor contemplar su hábil manipulación.
Primero sacó una cucharada de la cera en polvo y delicadamente la dejó caer encima de la huella del pie, hasta que estuvo cubierta por un igual, luego encendió el soplete y apenas la azulada llamita empezó a oscilar la dirigió a la huella. Casi al instante el polvillo se derritió, convirtiendo la impresión en una capa de cera. Tras esto, Thorndyke retiró la llama y la película de cera se solidificó al instante, convirtiéndose en algo opaco. Una segunda aplicación de polvo, seguida por otra aplicación de la llamita, endureció aún más la película que tras cuatro o cinco repeticiones de polvo y fuego quedó convertida en algo sólido, firme como un trozo de madera. Entonces Thorndyke apagó el soplete y poniéndolo junto a la cajita de la cera los ató a la cuerda, haciéndome una seña para que subiera todo.
—Mándame los prismáticos —me dijo—. Allá abajo hay algo que no puedo distinguir.
Hice lo que me mandaba y contemplé, presa de curiosidad, como Thorndyke examinaba con creciente atención y merced a la ayuda de los prismáticos, tipo Zeiss-8, unas enredaderas que crecían entre unas piedras. Al cabo de un rato soltó los prismáticos, que quedaron colgando de su cuello, y me dijo, tras otra breve pausa:
—Oye, Jarvis: cambia de sitio, que quiero examinar esas enredaderas...
Lo que se proponía era sumamente arriesgado, pero como sabía que era inútil protestar, hice lo que me mandaba, y no pasaron muchos minutos sin que mi amigo empezara a trepar por el barranco, cogido a lugares casi invisibles. Felizmente, no le falló ninguna piedra y al fin, con el corazón en la boca, le vi cruzar el peligroso lugar sin el menor percance. Una vez hubo llegado a dónde crecían las enredaderas, cogió algo que guardó en un sobre que había sacado del bolsillo. Tras asegurar su hallazgo, me hizo pasar otro mal rato, al volver a cruzar el espacio para regresar al sendero.
Respiré aliviado cuando le vi sano y salvo a mi lado, pero no pude por menos de desahogar mis nervios con algunas pullas sarcásticas.
—Bueno: ¿qué es lo que has cogido a riesgo de romperte la cabeza? ¿Hinojo o hierbaluisa?
Por toda respuesta, sacó el sobre de su bolsillo y de su interior una boquilla, barata, sucia, con todos los indicios de haber sido muy utilizada, en cuyo extremo aún quedaba la colilla de un cigarrillo liado a mano. Una vez hube mirado y olido aquello, se lo devolví apresuradamente, diciéndole:
—He de decirte por mi parte que no hubiera arriesgado la última de las vértebras de un gato para conseguir esto. ¿De qué crees que va a servirte?
—Hombre, tal vez de nada. Por ahora nos estamos limitando a coleccionar detalles con la esperanza de que puedan darnos alguna clave. Por ejemplo, aquí nos encontramos con que un hombre ha bajado, muy cerca de donde Harewood muriera, verificándolo por un camino muy arriesgado, en lugar de haber ido por la entrada de la cantera. Segura mente tendría algún motivo para adoptar este poco deseable sistema de descenso. Posiblemente tenía prisa, y posiblemente también pertenece a este pueblo, ya que ningún forastero puede estar enterado de esto. Es casi seguro, además, que esta boquilla le pertenece, pues si miras hacia abajo, verás que resbaló y estuvo a punto de caer. Todavía hay allí las huellas. Seguramente, en tal momento, dejó caer la boquilla, porque fíjate cómo las enredaderas quedan justo debajo de las huellas de sus pies.
—¿Y cómo es que no recuperó su boquilla?
—Porque fue a parar más lejos y no tenía, como yo, a un buen Jarvis que le prestara ayuda. Y si bajó por aquí porque tenía prisa, no tenía tiempo para dedicarse a buscar la boquilla. Y aun suponiendo que esa boquilla no perteneciera a ese que ahora imaginamos, en todo caso, de lo que no cabe duda es de que pertenece a alguien que ha estado aquí recientemente.
—¿Existe algo que te lleve a relacionar a este individuo con el crimen?
—Nada, a no ser el lugar —replicó mi amigo—. Este sujeto ha pasado por la cantera, bajando por aquí, muy cerca de donde Harewood fue desvalijado, y posiblemente asesinado, y como las huellas son muy recientes, seguramente llegó a estos parajes casi cuando se realizaba el atraco. Esto es todo. Presto mi atención a las huellas de este individuo porque no hay otras... aunque podemos inspeccionar el sendero, que, como puedes ver, resulta perfecto para obtener impresiones.
Caminamos lentamente por el sendero en dirección a Merbridge, inspeccionando todo cuidadosamente, pudimos distinguir algunas huellas parecidas a las de la cantera; pero, desgraciadamente, estaban borradas en parte por las de unos zapatos claveteados.
—No encontraremos gran cosa aquí —dijo Thorndyke—. Las gentes que vinieron a recoger el cadáver lo han estropeado todo. Vamos a ver si podemos averiguar adónde fue el individuo de la boquilla.
Registramos el sendero de Welsbury sin hallar el menor rastro. Volvimos a bajar a la cantera y tras fijarnos en el lugar donde el desconocido descendiera, buscamos otra salida que no fuera la que diese hacia arriba finalmente, y, a medio camino de la colina, encontramos un segundo camino que llevaba hacia Merbridge. Lo seguimos durante un rato, llegando a una ligera cañada, en cuyo fondo había lodo. Y allí nos detuvimos bruscamente, pues aparecían las claras huellas de unas botas que llevaban punteras de hierro.
—Vamos a sacar estas impresiones —dijo Thorndyke— para poder compararlas con las otras, con las de Fletcher. Me encargaré de ello mientras vas a buscar las bicicletas.
Cuando regresé con ellas, dos de las huellas de las botas aparecían ya cubiertas de cera y Thorndyke estaba oteando entre la maleza. Le pregunté qué buscaba.
—Es una esperanza sin fundamento, que diría Marchmont —replicó—. Pero estoy mirando si por una casualidad el testamento está por aquí. Seguramente lo tiraron enseguida y este camino es el más seguro que el ladrón pudo seguir, si lo conocía. Por el mapa puedes ver que lleva directamente al hipódromo, evitando el sendero y la carretera. Mientras se seca la cera podemos dar una vuelta por ahí.
Me pareció que aquello eran ganas de perder el tiempo y le seguí con escaso entusiasmo. Nos separamos a los pocos minutos y me puse a examinar el camino en dirección contraria a Thorndyke. Anduve entre las malezas, mirando en torno mío, y pensando en aquel «viejo, viejísimo anciano», que:
«A veces miraba las verdes hierbas buscando rastros de grandes carrozas».
Ya me dirigía hacia Thorndyke cuando mi vista tropezó con una cosa pequeña y de un color castaño, que colgaba en las ramas de un espino. Era una carterita de hombre, de piel de cerdo, y al cogerla observé que estaba vacía.
Con mi trofeo en las manos me apresuré a ir hacia el lugar donde Thorndyke levantaba los moldes de cera.
Mi, amigo levantó la vista, preguntando:
—¿Has estado de suerte, Jarvis?
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Y sin decirle una palabra le entregué la cartera.
—Esto es muy importante, Jarvis —exclamó—. Es casi seguro que se trata de la cartera de Harewood. Fíjate, aquí hay las iniciales J. H. Hemos tenido razón en lo del camino que siguiera el ladrón. Y valdría la pena de registrar cuidadosamente estos lugares para encontrar el testamento, pero no lo podemos hacer ahora, pues hemos de ir a Barwood. Yo les escribí diciendo que iríamos. Vale más que vayamos allí de una vez. Dista solo media hora.
Guardamos los moldes de cera en el maletín, que iba sujeto al sillín de la bicicleta de Thorndyke y nos abrimos camino hacia el sendero. Como nadie transitaba por allí, montamos en nuestras bicicletas, no tardando en llegar a la carretera, donde emprendimos rápida marcha hacia Barwood.
Media hora de camino nos llevó a la calle principal de la pequeña ciudad y al desmontar ante el puesto de policía, encontramos al jefe esperándonos cortésmente, ansioso de ayudarnos, empero poseído» también por una devoradora curiosidad que era algo, inconveniente.
—He hecho cuanto indicaba en su carta, señor —dijo—. El cadáver de Fletcher se encuentra, naturalmente, en el depósito judicial. No obstante, me he cuidado de que sus ropas y efectos particulares hayan sido traídos aquí. Los tengo en mi despacho, particular, donde podrán examinarlos tranquilamente.
—Es mucha amabilidad por su parte —afirmó. Thorndyke —y nos servirá de mucho.
Tras coger el maletín, siguió al policía a su despacho. Una vez allí, dio una mirada en torno suyo, aprobando silenciosamente lo que le rodeaba. Había una gran mesa que serviría magníficamente para la inspección, y las ropas del ratero y sus efectos personales aparecían cuidadosamente colocados a un extremo.
El primer paso de Thorndyke fue tomar el calzado del muerto, un elegante a la par que barato par de zapatos de color castaño claro, con los tacones algo gastados y las suelas agujereadas. Ni las puntas ni los tacones llevaban planchitas de metal y ni siquiera se veía en ellas el rastro de que nunca las hubiera llevado. Después de mostrármelas silenciosamente, mi amigo las colocó sobre una hoja de papel blanco, tras lo cual, siguió el contorno de los mismos con un lápiz, cosa esta que extrañó tanto al jefe de policía, que no pudo menos de inquirir:
—¿Me permite decirle una cosa, señor? Nunca hubiera creído que en este asunto las huellas de unos pies hubiesen tenido algo que ver. No se puede acusar a un muerto...
Thorndyke asintió con un gesto a estas palabras. Enseguida procedió a realizar algo que hizo abrir desmesuradamente los ojos al policía. Abriendo su maletín, a cuyo interior el jefe echó una inquisitiva mirada, sacó mi amigo el pequeño aspirador de polvo que introdujo en cada uno de los bolsillos de las ropas del muerto en tanto que yo apretaba la manija. Una vez hubimos registrado todos los bolsillos, abrió el recipiente, sacando una cantidad considerable de pelusa, que colocó en una placa de cristal, luego la dividió en dos, utilizando dos agujas, pasándome una mitad a mí, y entonces las colocamos encima de un poco de glicerina colocada en unas pequeñas bombonas de cristal que tapamos cuidadosamente, poniendo encima unas etiquetas que decían: Polvo y pelusa obtenidos de los bolsillos de Fletcher.
Cuando esta operación hubo terminado, Thorndyke sacó el microscopio examinando el contenido de cada una de las bombonas, permitiéndome hacer lo propio. Por lo que pude ver, era polvo corriente, compuesto por fibras de algodón común, lana, yute y algunas partículas de un mineral que no logré distinguir qué era. Pero no hice comentario alguno, limitándome a pasar el microscopio al policía, que a su vez examinó el contenido de los bolsillos, y respirando fuerte dijo que «aquel polvo era muy raro». Entretanto, yo contemplaba lo que Thorndyke hacía. Y a fe que por lo inesperado de sus manipulaciones, merecían atención.
Primero puso los cinco relojes robados en fila y con un lente Coddington examinó la esfera de cada uno. Luego los abrió para ver su maquinaria, copiando en su libro de notas las inscripciones de los relojeros que los habían reparado. Tras esto, sacó del maletín una cantidad de pequeñas varitas de vulcanita, y cinco cristales, sobre cada uno de los cuales dejó caer una gota de glicerina, que cubrió inmediatamente con el cristal de los relojes para protegerlos del polvo; colocó una etiqueta sobre cada reloj, escribiendo un número en ella, numerando igualmente los cristales. Entonces quitó el cristal del reloj numerado con el uno, tomó una de las varitas de vulcanita, que frotó en un pañuelo de seda, y la pasó lentamente en torno a la esfera del reloj, después de lo cual la acercó a la glicerina depositada en el cristal de prueba número uno, a la vez que la golpeaba bruscamente con la hoja de su cortaplumas. Después dejó caer un cristal de protección sobre la glicerina, y enseguida examinó esta a través del microscopio.
Esta misma operación la repitió con cada uno de los otros cuatro relojes, utilizando una varita para cada uno, y cuando hubo terminado volvióse hacia el boquiabierto policía, preguntándole:
—Según parece, el reloj que tiene una cadena es el del señor Harewood, ¿verdad?
—Sí, señor. Eso nos permitió identificarlo.
Thorndyke contempló el reloj pensativamente. Colgando de la argollita del reloj y sujeta por una correa de cuero verde, había una llavecita. Mi amigo la cogió y a la vez, tomando una aguja, la insertó en el agujero de la cuerda del reloj de donde sacó un poco de pelusita. Yo ya tenía a punto y se lo entregué un cristal de pruebas. Thorndyke, con un par de tijeras, cortó algo de la pelusa aquella, dejándola caer en el cristal. Repitió esta operación por dos veces, poniendo después etiquetas a los tres cristales: Exterior de la llave, Centro e Interior y en este orden las examinó luego con el microscopio.
Mi examen de la pelusa no me dio grandes resultados. Parecía tratarse de polvo corriente, si bien el del reloj número 3 contenía unos cuantos fragmentos rotos, de lo que parecían pelos de animal, posiblemente de gato, al igual que lo del Exterior de la llave. Sin embargo, el que esto significase algo o no, no podía yo deducirlo. Por lo que se refiere al jefe de policía, el buen hombre contemplaba las manipulaciones de Thorndyke como si fuesen una especie de juegos de manos, sin finalidad alguna.
Una confirmación de mi sospecha la tuve cuando al despedirnos observó:
—Me ha gustado mucho ver lo que hacía, señor, pero no por eso no dejo de pensar que están disparando pólvora en salvas. Sabemos quién ha sido el criminal y sabemos que está fuera del alcance de la Ley.
—Desde luego —manifestó Thorndyke—. Pero uno ha de justificar lo que gana... Mañana, en la encuesta, necesitaré las botas de Fletcher y los cinco relojes para presentarlos como prueba. De ahí que le ruegue que deje las etiquetas dónde están...
Y tras repetirle nuestro agradecimiento y darle un fuerte apretón de manos, nos despedimos del amable policía, yéndonos a coger el tren para Londres, sin pérdida de tiempo.
Aquella noche, después de la cena, nos pusimos a discutir sobre el asunto, y Thorndyke me enseñó algo tan inesperado como sorprendente. Sacando la boquilla encontrada, pasó por ella un hilo humedecido de glicerina y al quitarlo encima de la grasienta superficie pude ver que había algo que parecían fragmentos de pelos de animal, con cierto parecido a aquellos otros que observara en las pruebas hechas en el puesto de policía, con la diferencia de que aquí eran más numerosos.
Hice notar esto a Thorndyke:
—Son pelos de mamíferos... Parecen de gato. ¿Lo son...?
—De conejo —contestó brevemente Thorndyke, y, aun entonces, y me avergüenza confesarlo, no supe vislumbrar hacia donde iban sus investigaciones.
* * *
La Sala de Consejo del Ayuntamiento de Welsbury estaba llena de bote en bote bastante tiempo antes de la hora en que la encuesta iba a tener lugar. En un intervalo en que el jurado fue a examinar el cadáver en el adyacente depósito judicial, me entretuve echando una mirada a los que me rodeaban. Estaban presentes el señor Marchmont y el señor Crowhurst, y un hombre de rostro antipático y duro, bastante joven, con pantalones de montar, que supuse, debía ser, y era, Arthur Baxfield. Nuestro amigo el jefe de policía de Barwood también se encontraba entre los asistentes, y Thorndyke cambió unas cuantas palabras con el amable funcionario en el más apartado rincón de la sala. Por lo que se refiere a los demás, a mí me resultaban gente desconocida.
Tan pronto como el coroner y el jurado volvieron a sus puestos, el testigo médico fue llamado. Este facultativo afirmó que la causa de la muerte de Fletcher había sido la dislocación del cuello y la fractura de la base del cráneo, cosa que pudo haber sido producida por un golpe con un objeto duro y contundente o bien por una caída. El testigo afirmaba que lo sucedido había sido esto último.
El testigo siguiente fue el señor Crowhurst, quien declaró lo que ya nos había dicho, indicando además que al salir de la casa del muerto habíase di, rígido directamente a su propio domicilio, donde le esperaban. Baxfield declaró a su vez, diciendo más o menos lo mismo, añadiendo que al salir de la casa de Harewood fue a sus oficinas en Welsbury.
Iba a retirarse cuando Thorndyke levantóse a interrogarle.
—¿A qué hora llegó a sus oficinas? —, empezó.
El testigo vaciló breves momentos, respondiendo luego:
—A las cuatro y media.
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—¿Y a qué hora salió de la casa del difunto?
—A las dos...
—¿Qué distancia hay de un sitio a otro?
—En línea recta, dos millas; pero no fui directamente. Di una vuelta por el campo, por las cercanías de Lenfield.
—Lo que le llevó cerca del Hipódromo... ¿Estuvo usted en las carreras?
—No; a mi regreso ya habían terminado.
Hubo una ligera pausa; luego Thorndyke preguntó:
—¿Fuma usted mucho, señor Baxfield?
El testigo quedóse sorprendido por la inesperada demanda, ocurriéndole lo mismo al jurado. A pesar de ello, Baxfield contestó amablemente:
—Bastante... Unos quince pitillos diarios.
—¿Qué marca de cigarrillos le gustan y qué clase de tabaco?
—Yo mismo me lío los pitillos. Fumo tabaco negro, señor.
Se oyeron murmullos de protesta del jurado y el coroner observó secamente:
—Estas preguntas no tienen mucho que ver con el objeto de esta encuesta...
—Por el contrario, puede usted tener la seguridad, señor —replicó Thorndyke—, que tiene una relación muy directa.
Luego, volviéndose al testigo, siguió preguntando nuevamente:
—¿Fuma con boquilla?
—A veces... —fue la respuesta.
—¿Hace poco que ha perdido una boquilla?
El testigo miró a Thorndyke entre sorprendido y atemorizado, replicando, al fin, después de vacilar unos minutos:
—Creo que hace poco tiempo se me extravió una...
—¿Dónde y cuándo la perdió? —inquirió Thorndyke.
—En realidad, yo... yo... no lo sé —repuso Baxfield, empalideciendo visiblemente.
Thorndyke abrió su maletín, y sacando la boquilla que obtuviera con tantos riesgos, la pasó al testigo.
—¿Se parece a la que usted perdió, señor Baxfield? —preguntó.
Al oír esto, Baxfield se puso lívido, con una lividez de muerte, y la mano con que cogió la boquilla temblaba como la de un azogado.
—Podría ser —tartamudeó—. No lo juraría... Aunque sí es cierto que se parece a la que perdí...
Thorndyke tomó la boquilla, pasándola ahora al coroner.
—Esta boquilla forma parte de las pruebas, señor.
Luego volvió a dirigirse al testigo:
—Ha declarado usted no haber ido a las carreras. ¿Asistió a ellas o bien se limitó a entrar en el recinto?
Baxfield humedecióse los labios antes de contestar:
—Estuve allí un par de minutos, pero no me quedé. Habían terminado las carreras y solo vi un público muy ordinario.
—¿Mientras se encontraba usted allí, señor Baxfield, le robaron algo?
Hubo un silencio, preñado de expectación, al cabo del cual, Baxfield respondió en voz baja:
—Sí, perdí mi reloj.
Thorndyke volvió a abrir su maletín y sacando ahora un reloj —el que había numerado con el número tres— lo pasó al testigo.
—¿Es este el reloj que usted perdiera?
Baxfield sostuvo el reloj en sus temblorosas manos, replicando titubeante:
—Me parece que sí, pero tampoco lo juraría.
Hubo una pausa, tras la que, en graves e impresionantes tonos, mi amigo dijo:
—Ahora, señor Baxfield, voy a hacerle una pregunta que no necesita contestar si considera que al hacerlo podría perjudicarle de alguna manera. La pregunta es: cuando le quitaron el reloj, ¿acaso le robaron alguna cosa más? No se apresure... Piense antes de responder.
Durante algunos momentos Baxfield permaneció en silencio, mirando a Thorndyke con ojos salvaje mente atemorizados. Finalmente empezó a decir, tartamudeando:
—No recuerdo haber perdido nada más y... —se calló.
—¿Podría permitirse que el testigo tomara asiento, señor? —preguntó Thorndyke al coroner.
Y cuando el permiso fue obtenido y una silla colocada detrás de Baxfield, este sentóse pesadamente, mirando sombríamente en torno suyo.
—Me parece —dijo, dirigiéndose a Thorndyke— que es mejor que le diga exactamente lo que ocurrió... Al salir de la casa de mi tío, el lunes, di una vuelta por los campos y luego entré al Gilbert Copse a esperar a mi tío para decirle lo que pensaba de su inicua conducta al dejar la mayor parte de sus bienes a un extraño. Seguí el camino que sabía había de tomar mi tío y fui andando lentamente, a fin de que me diera alcance. Nos encontramos en el sendero situado arriba del lugar donde luego le hallaron y allí le dije lo que pensaba, pero no me escuchó. Se puso furioso y, como yo me encontraba de pie, en el centro del camino, intentó empujarme. Al hacer esto enganchósele el pie en unas hierbas, lo que le hizo tambalear, y, finalmente, caer hacia atrás entre la maleza; pocos segundos después oía un ruido sordo abajo. Aparté las matas, mirando al fondo de la cantera, y le vi tendido con la cabeza de lado. Como conozco una manera de bajar por ese lado, que ahorra mucho tiempo, descendí por allí y allí fue donde perdí mi boquilla. Al llegar abajo pude ver que mi tío— estaba muerto. Tenía la cabeza destrozada y el cuello roto. Entonces el diablo me tentó, haciéndome— pensar en la conveniencia de hacer desaparecer el testamento, pero, como era natural, si solo me llevaba ese documento todas las sospechas irían a parar contra mí, me hice también con la mayor parte de las cosas de valor que llevaba consigo. Vacié el monedero, pues me apoderé del monedero, tomé su reloj, su sortija y cadena y los gemelos, tirándolo todo a un rincón, a dónde también fue a parar la sortija. Quité el testamento de la cartera, guardándomelo en un bolsillo interior, y en los otros, me puse el resto de las cosas que le pertenecieron.
«Crucé los campos decidido a ir a las carreras y dejar por allí lo que llevaba, de manera que otro se hiciera con ello, pero unos rateros me evitaron este trabajo, me lo quitaron absolutamente todo, excepto mis llaves y el testamento.
—¿Y qué se ha hecho de él? —preguntó Thorndike.
—Lo tengo aquí —dijo Baxfield, sacando un documento del bolsillo interior de su americana y entregándolo a Thorndyke, quien lo desdobló y, tras— ojearlo, lo entregó al coroner.
Ese fue, prácticamente, el final de la encuesta. El jurado decidió aceptar la declaración de Baxfield, emitiendo un veredicto de «muerte por accidente», dejando a Baxfield en libertad, si bien teniendo que responder por la apropiación de los objetos de valor de su tío y del testamento.
* * *
—Un caso sumamente interesante y eminentemente satisfactorio —observó Thorndyke al sentarnos para efectué una cena algo tardía—. Esencialmente sencillo también. Como tú probablemente te habrás dado cuenta, la explicación de los hechos se ha basado en un solo detalle de deslumbradora claridad.
—Así lo he creído, si bien tal claridad no ha iluminado mi espíritu todavía.
—Bien —dijo Thorndyke—. Primero de todo examinaremos el aspecto general del asunto tal como nos fue presentado por Marchmont. Naturalmente, lo primero que me llamó la atención fue que la pérdida del testamento hubiera convertido fácilmente a Baxfield en heredero universal. Pero aun así, si el tribunal aceptaba reconocer el testamento, hubiera tenido que guiarse por las declaraciones de los dos hombres, que conocían sus estipulaciones muy a la ligera, y Baxfield podía haber hecho la declaración que hubiera querido. Era imposible ignorar el hecho de que la pérdida del testamento beneficiaba grandemente a Baxfield.
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«Cuando se encontraron en poder de Fletcher todas aquellas cosas, entre las cuales había algunas pertenecientes a Harewood, pareció, de primer momento, como si el misterio del crimen hubiese estado solucionado. Pero existían varias contradicciones bastante serias. Primera, ¿por qué motivo Fletcher había ido a parar a aquel bosque solitario, tan apartado del ferrocarril y de la carretera? Por Las apariencias, Fletcher era un raterillo londinense. Cuando murió iba a Londres en tren. Parecía pro bable que hubiera venido de la capital a probar suerte en las carreras. Luego hay una cosa, como tú sabes, y es que las experiencias criminológicas demuestran que el criminal de carrera es un especialista en su género. El ladrón, el atracador, el carterista, cada uno de ellos sigue estrictamente su especialidad. Fletcher era un carterista y en las carreras se dedicó a vaciar bolsillos. Las probabilidades, pues, estaban en contra de que fuese él el verdadero ladrón, y más bien iban en contra de la persona a quién vaciara los bolsillos. Ahora bien, estas habían sido más de una: ¿quién, entre ellas, podía ser la culpable? Las probabilidades, una vez más, sugerían a Baxfield. Tal como he dicho antes, había un motivo y, además, el, llamémosle así, vaciado de bolsillos había tenido lugar en las carreras, y Baxfield, por lo que sabíamos, solía frecuentar el Hipódromo. Pero si Baxfield era la persona a quién Fletcher robara, uno de los cinco relojes debía ser el suyo. Si esto era así o no, hubiera sido muy difícil de probar, de no haber surgido el detalle de que antes te hablé.
»No sé si recuerdas que cuando Marchmont nos habló del asunto dijo que Baxfield tenía una industria, creo que de sombreros de fieltro...
—¡Sí! Ahora que lo dices me acuerdo... ¿Pero qué tiene que ver?
—¡Querido Jarvis! —dijo Thorndyke—. ¿No ves que eso fue la piedra de toque, lo que sirvió para descubrir la verdad? Piensa un momento. ¿Qué es un sombrero de fieltro? Un conglomerado de pelo de conejo. El proceso de fabricación consiste en soplar los pelos, más o menos desintegrados, sobre un cono giratorio de acero, humedecido con una solución alcohólica de goma laca, pero, como es natural, una buena cantidad de las partículas más diminutas de los pelos no van a parar al cono, quedando flotando en la atmósfera. Y, como es natural, toda la atmósfera de la fábrica se halla impregnada con el polvillo de los pelos de conejo, y ese polvillo penetra en las ropas de los trabajadores. De ahí que cuando las rocas se llenan de polvo, este tiende a colarse en los bolsillos, metiéndose en los rincones de las costuras y en el interior de lo que se lleve, sean joyas, relojes, llaves o lo que fuese. Por esto, si uno de los cinco relojes pertenecía a Baxfield, el polvillo peculiar a su industria debía aparecer, y así fue. De resultas de mi examen pude notar la presencia de tales fragmentos en la esfera número tres, pero, como es natural, se hacía necesario no solo demostrar la presencia del polvillo en este reloj, sino su ausencia en los otros y en los bolsillos de Fletcher, cosa que pude hacer.
»Ahora bien, el reloj de Harewood no tenía pelo de conejo en la esfera, empero había una pequeña cantidad en el interior de la llave, y si esto hubiera provenido de sus bolsillos hubiera estado uniformemente distribuido entre la pelusa. Pero no era así. Se limitaba a aparecer en la parte de la pelusa que estaba expuesta, lo cual demostraba que procedía de otro lugar y que aquel lugar debía ser ciertamente los bolsillos de alguien relacionado con una fábrica de sombreros de fieltro y era, muy probablemente, el dueño del reloj número tres.
«Luego quedaba la boquilla. Tenía el conducto lleno de pelo de conejo; por lo tanto, su propietario, innegablemente, habíase hallado en el lugar del crimen. Existía ya una evidente demostración de que su bolsillo era donde el reloj robado había permanecido largo rato y que era el poseedor del reloj número tres. El problema consistía en reunir todas las pruebas, formando una especie de rompecabezas y demostrar clara y contundentemente quién era esa persona. Y eso lo pude hacer gracias a algo que noté cuando vi a Baxfield en la encuesta. ¿Supongo que te fijarías en sus botas?
—He de confesarte que no —hube de admitir.
—Pues yo sí. Le miraba los pies constantemente y cuando cruzó las piernas pude ver que lleva plaquitas de acero en las puntas. Eso fue lo que me animó a llevar adelante el interrogatorio.
—Francamente, fue un interrogatorio sumamente atrevido y poco correcto —declaré.
—Absolutamente incorrecto —asintió Thorndyke—. El coroner no debió haberlo permitido, pero fue mejor así. Si el coroner no lo hubiera admitido nos habría sido menester entablar acción criminal contra Baxfield, en tanto que ahora que hemos recurrido el testamento es más seguro que nadie se preocupará de acusarle.
Y esto, tal como más tarde pude comprobarlo, fue exactamente lo que ocurrió.