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ricardo connel
la última carrera (relato)
Nadie hubiera sospechado, al ver la figura insignificante y apagada de Alf Bewell la gran pasión que su pecho abrigaba. En su vida no había lugar para opiniones políticas, mujeres, vino, o cualquiera de las nueve musas, pues íntegra estaba dedicada a su gran pasión.
Algunos la llaman el «deporte de los reyes». Sin embargo, Alf Bewell no tenía nada de regio en su personalidad. Su única corona era una lanuda gorra que cubría su cabeza invierno y verano; su único palacio, una pieza humilde en una pensión de ínfima categoría en un distrito de los suburbios de Nueva York, dónde están situados los basureros y los mataderos. A pesar de lo cual, las carreras eran su deporte; más aún, la única razón de su existencia, si bien jamás había visto un caballo de carreras en toda su vida, ni deseaba verlo.
Los caballos eran un elemento enteramente secundario en su juego, y aun cuando había sido devoto de las carreras durante veinte años, jamás había visto el brillante tropel de caballos de raza llegar como una exhalación a la meta final. Los únicos caballos que jugaban un papel tangible en su vida eran las rudas, pesadas, bestias de tiro, a las cuales miraba con profundo disgusto, por las molestias que le ocasionaban interrumpiendo el tráfico y poniéndose en su camino cuando guiaba el destartalado camión de transportes a domicilio, trabajo que le proporcionaba los treinta dólares por semana que empleaba en casa, comida, y, sobre todo, para apuestas.
La vida de Alf, el «deportista real», era en verdad muy simple.
Se levantaba temprano, y comprando un número de «El Rayo Matutino», lo abría por la página de las carreras; digería algunos de los nombres familiares de los caballos que se disputarían las carreras del día, y se dirigía barajándolas en su imaginación, a sus tareas de chófer de camión. Desdeñaba el estudio de sus pasadas carreras, sus pesos respectivos, las probabilidades, los avisos de los entendidos, jockeys, etc. Se dedicaba a su vocación no con la fría y analítica dedicación del hombre de ciencia, sino que apostaba con el modo cálido y romántico de los poetas.
Mientras conducía expertamente su camión a través de los intrincados vericuetos del tráfico, su mente estaba siempre alerta, a la pesca de posibles avisos del Destino.
Sí, como le había sucedido una vez, su camión rozaba el guardabarros de un camión de riego callejero, y como es de rigor en tales casos, cambiaba él con el chófer algunos despropósitos acalorados, la luz se hacía inmediatamente en su cerebro y exclamaba:
—Esta es la mía. Apostaré por «Agua Fuerte», en la quinta carrera.
Distribuía su trabajo en forma tal, que siempre le permitía ir cada día al mismo salón de juego vecino al hipódromo. Era ese un salón oscuro y con pronunciado olor a tabaco viejo, y su propietario era un hombre de aspecto pesimista y ojos bovinos, conocido por el nombre de «el Honesto John», aunque nadie sabía la razón de tal nombre.
Tan pronto Alf Bewell entraba en el salón, era recibido por el propietario con la pregunta de rigor:
—Y bien, Alf, ¿qué novedades traes hoy?
A lo que Alf respondía:
—Dos dólares a la nariz de «Agua Fuerte», en la quinta de esta tarde, en Belmont.
—Eso no es un caballo —respondía John, guardándose los dos dólares—, sino una tortuga de agua, con piernas largas. Me han dicho que «Pollito» triunfará.
—Tengo un presentimiento —respondía Alf.
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Durante toda aquella tarde, mientras conducía diestramente su destartalado camión a través del laberinto del tráfico, Alf Bewel dejaba rienda suelta a su imaginación, que le presentaba brillantes visiones del triunfo de «Agua Fuerte». El dinero que ganaría representaba más dinero para apuestas, y la intensa emoción de ganar significaba aún más que el beneficio material; significaba que había ganado un «round» más en su larga lucha contra los dioses de la fortuna.
Sostenido por una fe, inquebrantable en su destino, Alf concluía su trabajo concienzudamente, contando los minutos hasta el momento que, a las seis de la tarde, «El Meteoro Nocturno» aparecía con el resultado completo de las carreras. Su mano temblaba siempre al abrirlo, para enterarse de si el Destino lo había tratado con crueldad o con dulzura.
El día de su aventura con el camión de riego (un día típico en su vida), leyó en la edición de la tarde los resultados de las carreras:
«La quinta carrera fue un duelo acalorado entre el favorito, «Pollito», y un caballo desconocido, «Agua Fuerte». Por un momento pareció que este último tenía el premio asegurado; pero cien metros antes de llegar a la meta, tropezó, y «Pollito» ganó la carrera por unos centímetros».
El diario cayó, arrugado, de sus manos al Suelo, y Alf lanzó un amargo suspiro en el que resumía todo su odio por la vida. Era siempre o casi siempre así. El fracaso lo visitaba tan regularmente como el crepúsculo descendía sobre la ciudad, y, sin embargo, jamás había podido recibirlo con indiferencia. Cada noche maldecía a todos los representantes de la raza equina, y juraba no volver a jugar en su vida. Era peor cuando su caballo flaqueaba en el umbral de la victoria, porque entonces le parecía que algún genio maligno lo había hecho especial blanco de sus burlas.
* * *
Aquella vez, mientras encerraba su camión en el garaje donde pasaba la noche, una súbita luz se hizo en su cerebro. La culpa era suya y no del Destino. Su propia ceguera le había impedido interpretar sus avisos. Por ejemplo, el día del lamentable lapso de «Agua Fuerte», una de sus tareas había consistido en transportar cuatro grandes jaulas de pollos a un restaurante, y su almuerzo había consistido en un buen cuarto de pollo. El Destino le había hablado con absoluta claridad, y él había cerrado los oídos...
Alf canceló mentalmente su resolución de no volver a apostar; pero se prometió a sí mismo que en adelante pondría más cuidado en interpretar las voces del oráculo. Y habiendo concluido su almuerzo, se dirigió al salón de juego de John, cerca del hipódromo.
El propietario le recibió con mueca que quería significar una sonrisa.
—¿Qué novedades hay, Alf? —le preguntó.
—Perdí —contestó el interpelado secamente.
—Sí; debiste haber apostado por «Pollito» como te dije. Y a propósito, mi prima es amigo de un jockey, y sabe por él que «Luna Nueva» es algo seguro para la tercera de mañana.
La mañana siguiente al desastre de «Agua Fuerte», Alf Bewell decidió variar por una vez su costumbre de no hacer caso sino a las voces del Destino, y escuchar la del jokey amigo de la prima de John. No había acertado un ganador en varios meses. En el horizonte brillaba pálidamente la pequeña rebanada de plata de la Luna nueva. Y al citarla, Alf se sonrió con complacencia.
Se dirigía con un cargamento de gallinas hacia un restaurante chino, cuando oyó el áspero grito de las sirenas, y obedeciendo a una señal de un policía de tráfico, se retiró a un lado de la calle para dejar pasar las bombas de incendio, que a toda velocidad se dirigían hacia un edificio que ardía, mientras sus dueños, parados delante, contemplaban el desastre con ojos impasibles. Durante una hora, Alf Bewell, encerrado entre los vehículos del tráfico detenido, se vio obligado a contemplarlo a su vez. Se distrajo, sin embargo, cuando al pretender encender su pipa prendió fuego sin querer a una de las guías de su bigote rojo, con la consiguiente alarma.
Su imaginación empezó a trabajar activamente. Era indudable que la diosa Fortuna trataba de darle un mensaje. Su segundo cargamento de aquel día consistió en un caja de extintores de incendios, y al dirigirse a entregarlos tuvo que hacer una larga vuelta, pues Broadway estaba cerrado al tráfico, debido a un gran incendio que los bomberos se ocupaban en apagar en aquel momento. Alf Bewell tuvo de pronto la intención clara de que el Destino quería indicarle que era preferible que apostara por «Incendiario» no por «Luna Nueva».
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Lentamente entró aquella tarde en el salón de John, llevando aún apretada en sus dedos crispados la edición vespertina de «Meteoro». La triste historia del flagrante fracaso de «Incendiario» estaba escrita con fuego en su cerebro. La carrera era un Gran Premio, y desde el primer momento «Incendiario» se mostró dueño del campo. Galopando como un rayo, saltando fácil y graciosamente los obstáculos, «Incendiario» iba a diez cuerpos delante, cuando llegó al último obstáculo, el más insignificante. A pocos metros de este vio una chica pelirroja parada cerca del obstáculo. Qué influencia tuvo la pelirroja en la psicología de «Incendiario» no fue especificada por el cronista deportivo en su información; pero el hecho es que el caballo paró bruscamente, mientras su jockey continuaba carrera por el espacio.
El jockey no se lastimó en su caída, y levantándose rápidamente volvió a montar. Todavía hubiera tenido tiempo para ganar la carrera; pero por lo visto «Incendiario» tenía ideas propias al respecto, y sin prestar atención a gritos ni latigazos, siguió mirando lánguidamente a la muchacha pelirroja. Por fin perdió interés en ella, y decidió continuar la carrera, llegando, naturalmente, el último. «Luna Nueva» ganó la carrera por un tercio de cabeza.
Alf Bewell agotó en honor a «Incendiario» toda su retahíla de juramentos y maldiciones. El Destino le había jugado una pasada particularmente mala, en su opinión. Así, pues, se encontraba en estado de considerable depresión cuando entró en el salón de John aquella tarde.
—Bueno, Alf, ¿qué buenas noticias traes? —le preguntó John a modo de saludo.
—¡Buenas noticias! —exclamó despreciativamente Alf—. ¡No hay buenas noticias! Estoy harto de este juego, Parece que hubiera alguien o algo en alguna parte que tiene especial interés en que jamás gane una apuesta. Si apostara en una carrera en la que no corriera más que un caballo, estoy seguro de que tropezaría con un gusano y se rompería el estúpido cogote.
—Así es la vida, amigo —contestó John—; el uno estira, y el otro afloja.
—Yo soy de los que aflojan siempre, por lo visto —dijo Alf—. Me tiraría de cabeza al río si no fuera porque mi condenada suerte haría que alguien me salvara la vida y pretendiera que le pagase el favor. Desearía que todos los caballos en todos los hipódromos de este mundo y del otro tuvieran muermo, lombrices, y el mal de caderas. He concluido para siempre con ellos.
—¿Ah, sí? —dijo John encendiendo un cigarro—. ¿Qué caballo te gusta en la quinta carrera de mañana? Parece que «Fatalidad» es seguro.
—No lo será si apuesto por él —contestó Alf amargamente—. Soy el campeón mundial de la mala suerte.
Y golpeando el mostrador salvajemente con el ejemplar del «Meteoro Nocturno», que aun conservaba en la mano, añadió:
—Creo que no hay sino un modo de que yo pueda ganar una carrera.
—¿Y es?
—Conociendo antes de que se corriera el resultado final.
—Eso es una tontería —dijo John—. Tú no eres adivino; así que no sé cómo podrías hacer eso.
—Yo tampoco lo sé, John. Pero imagínate lo hermoso que sería que una mañana consiguiese un número del «Meteoro Nocturno» con el resultado completo de las carreras a las ocho de la mañana, en vez de las seis de la tarde.
John gruñó algo sardónicamente.
—Naturalmente, ya sé que es probable que tal cosa suceda —continuó Alf—; pero daría cuanto poseo para que ocurriere una vez nada más.
—¿Está usted seguro?
La voz no era la ronca y desabrida de John, sino una más agradable y cultivada, y las palabras habían sido pronunciadas por desconocido alto, de facciones cadavéricas de negro y elegante bigotito, cutis reseco como pergamino, y vestido con la lujosa y discreta vestimenta negra peculiar a los empresarios de pompas fúnebres y a los jugadores profesionales. El recién llegado miró a Alf con una rara y tolerante sonrisa, y repitió su pregunta.
—¿Está usted seguro de ello?
—Perfectamente seguro de ello.
—Acepto la apuesta —dijo el desconocido.
Y saludando a los asombrados amigos con una inclinación, se retiró dejándolos haciendo comentarios sobre su extraordinaria aparición.
* * *
La vida de Alf Bewell tenía, en general, pocas variantes. Habiendo salido, después de desayunar, de su casa, en la calle Cuarenta y cinco, se dirigía hasta un garaje cercano donde guardaba su camión durante la noche, pasando en su camino delante del puesto de diarios de la señora Duchinky, donde le esperaba su ejemplar de «El Rayo Matutino».
Poníase el diario en el bolsillo, y después de examinar con grandes aspavientos el reumático camión, ante la mirada del dueño, subía al asiento del chófer y se dirigía a la primera dirección de la lista que este le entregaba. Sin embargo, después de haber pasado unas cuantas calles, doblaba en una esquina y, estacionando el camión, sacaba su pipa del bolsillo, la encendía y solía ponerse a leer con toda tranquilidad su diario, empezando naturalmente, por la página de las carreras, llenando su cerebro con los nombres de los caballos y dirigiendo después un vistazo a las cosas de menos importancia, tales como guerras, coronamientos, casamientos, quiebras y asesinatos.
Aquella mañana era particularmente clara y hermosa, fresca y de brillante sol. Alf Bewell se había levantado todavía disgustado por el último fracaso (el del día anterior); pero dispuesto, según se declaró a sí mismo, a dar al Destino una oportunidad más para sonreírle. Una sola.
Tomó el diario que le ofrecía la vendedora, se lo puso en el bolsillo y salió con su camión cn rumbo a su trabajo, un poco antes de las ocho. Una vez que hubo llegado a su lugar acostumbrado, estacionó el vehículo y después de encender la pipa desdobló el diario sobre sus rodillas.
Y su placer se convirtió en la más profunda extrañeza al reconocer, en vez de «El Rayo Matutino», su colega «El Meteoro Nocturno», cuya edición vespertina daba el resultado completo de las carreras.
Alf lanzó una exclamación de desagrado, pues por un momento creyó que le habían dado por equivocación un diario de la tarde anterior. Pero una mirada a la fecha lo convenció de su error. Era el diario de la tarde, de aquella tarde. Evidentemente, había una equivocación en el asunto, o una broma. De pronto recordó al desconocido que le había hablado la noche anterior en la casa de juego.
La fuerza de la costumbre le hizo volver las páginas, hasta encontrar la de las carreras.
Alf Bewell apretó el diario entre sus dedos crispados y con ojos casi fuera de las órbitas leyó los resultados finales. No comprendía cómo ni por qué; pero el milagro que había tan ardientemente deseado se había producido.
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Su entusiasmo se desbordó. Debía correr al establecimiento de John y apostar antes de que los demás hubieran visto el diario. Miró a su alrededor y no vio ningún otro «Meteoro Nocturno»; pero lo mejor era apurarse de todos modos.
Rápidamente hizo sus cálculos. Su salario de aquella semana, treinta dólares, reposaba aún íntegro en su bolsillo. Podría tal vez convencer a John para que le prestara treinta más, tal vez cincuenta. Y puesto que todo tenía un aspecto de magia, aquel día tal vez pudiera conseguir que el amo le adelantase el salario de una semana. Eddie Dorgan le debía diez y quizá pudiera persuadirlo de que se los devolviera.
«El Honesto John» querría seguramente saber de qué negocio se trataba, pero Alf no se lo diría. Aquel vistazo en el futuro era suyo, propio y de nadie más. Su trabajo aquella mañana consistía en un cargamento de libros que debía transportar a toda la velocidad posible, al otro lado de la ciudad. Esperarían.
Una oportunidad como aquella no llegaba más que una vez en la vida de un hombre.
Iba a ponerse en marcha para dirigirse al establecimiento del «Honesto John» cuando la curiosidad lo detuvo, y lo hizo mirar de nuevo el extraordinario diario que había burlado la marcha del tiempo, y Alf se sonrió pensando en el estupendo honor que significaba el que un tipo como él pudiera conocer los hechos antes de ocurrir.
Sus ojos recorrieron la primera página. A las tres de aquella tarde, un conocido pistolero, que en aquel momento reposaba aún en su blando lecho, sería mortalmente herido; minutos antes de cerrarse, los valores de la Bolsa subirían doce puntos; un incendio, al oscurecer, devastaría un suburbio de Nueva York; un ministro del gabinete se suicidaría. Y de pronto, como una cara conocida se destaca entre una multitud de extraños, un nombre conocido se destacó en las columnas de aquel diario de la tarde.
Alf se inclinó sobre él, y leyó, casi oculto por un gran anuncio de jabón:
«Esta mañana, a las ocho, un par de caballos que tiraban de un carro repartidor de hielo, se desbocaron en la primera Avenida y atropellaron un camión estacionado en la calle Treinta y Nueve.
El camión, propiedad de la Compañía Zimmer de Transportes, fue enteramente destruido, y su chófer quedó muerto instantáneamente.
«Este último fue identificado como Alfred Bewell, soltero, de 44 años de edad...»
Alf Bewell quedó inmóvil como si se hubiera transformado en estatua de piedra, mirando las palabras con aire aturdido. Sus manos se dirigieron maquinalmente al bolsillo de su chaleco y sacaron su reloj.
Eran exactamente las ocho en punto.
Respiró profundamente y levantó la vista. Un ruido ensordecedor llenó sus oídos, y vio a menos de un metro y precipitándose sobre él un par de enormes caballos.