la tigre del tirano (relato)
I
En una cueva subterránea situada en el extremo de uno de los magníficos jardines que coronaban en otro tiempo el Cerro Palatino, una enorme tigre se movía incesantemente de un lado a otro, tan lejos como se lo permitía lo largo de la cadena que la aseguraba al muro. Lanzaba a veces rugidos tan furiosos, que llegaban hasta el oído de los transeúntes de la Vía Sacar, mientras que otras veces fijaba en silencio su ansiosa mirada en la maciza puerta que daba acceso a su prisión.
Oyese por fin ruido de barras y al ceder la puerta lentamente, el animal hizo oír un aullido de expectación. Dos hombres entraron por fin, llevando entre ellos medio carnero y al ver la tigre el alimento tan impacientemente esperado, volvióse casi loca de excitación, tendiendo y estirando la cadena en sus frenéticas tentativas por alcanzarlo.
—Juno no está acostumbrada a esperar su almuerzo —dijo uno de los hombres cuya tez cobriza y negros cabellos lo señalaban como egipcio—. Se diría que no ha comido en una semana.
¡Ah, Giges! —repuso el otro—. Gran suerte es que la cadena sea tan segura, pues de otro modo no saldríamos de aquí con vida. Mantén sin comer a Juno unas cuantas horas más y será un verdadero demonio.
—Un demonio mimado —dijo el primero.
—Désele cuanto necesita y será la bondad misma, pero hágasele esperar un momento y ya estará pronta a hacer pedazos todo lo que no sea su atrio. Si Tulio Ca— pito tratara a sus esclavos con la mitad de la bondad que tiene para su tigre, no tendrían estos en verdad de qué quejarse.
Mientras tanto el otro, un individuo alto y rubio, de claros ojos azules, oriundo de las grandes provincias septentrionales que Julio César acababa de anexar a su Imperio, había empujado la carne al alcance del tigre.
—¿Te causa envidia nuestra pupila, Giges? —dijo—. Piensas tal vez al mirarla que las marcas de su lomo no la hacen sufrir como las nuestras, Todavía arde en mis espaldas el escozor de los azotes. Y tú, ¿cómo te sientes?
—¿Cómo me siento? Apenas sí lo sé.
Las espaldas me queman, pero quisiera que me quemaran más todavía. ¡Amo el dolor, Correus! ¡Lo adoro! —contestó el egipcio con salvaje energía.
—¡Hombre, creía que te habían castigado bastante! Para mí el castigo no es gran cosa. Nosotros, los robustos hombres del Norte, estamos acostumbrados a soportar el dolor; pero tú, el sabio, el hombre de ciencia cuya espalda se ha inclinado apenas aun delante de nuestro amo, debes sufrir horriblemente con los azotes.
—¡Juro por Isis y por todos los dioses del Egipto, que el que ha de sufrir por mis azotes será Tulio Capito! Mis heridas no se han de cerrar hasta que no hayan sido vengadas en el patricio maldito; cada una de esas bocas están gritando venganza...
—Te compadezco, Giges —empezó a decir el galo, pero su compañero le interrumpió con tono feroz.
—No es compasión lo que anhelo —gritó—, ¡es venganza, venganza! ¡No sabe qué enemigo se ha echado encima! ¡Insensato! ¡Tratarme como a una bestia ignorante que no tiene nociones de justicia, ni alma para sentir la crueldad del destino, ni inteligencia para idear el plan de venganza!
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El hombre de rostro cobrizo parecía en realidad una bestia feroz, mientras paseaba la cueva de un lado a otro, de igual manera que la hambrienta tigre pocos minutos antes. Su compañero lo miraba de hito en hito con la boca abierta.
—Silencio, Giges —dijo por fin—; mira que vas a hacer que nos castiguen de nuevo.
El egipcio se estremeció; luego, clavando el galo sus penetrantes ojos en los que ardía todavía el fuego de la venganza no satisfecha y oprimiendo su brazo entre sus dedos de hierro, le preguntó:
—¿No tiene alma, Correus? ¿No tiene dignidad ni raciocinio? Este Tulio Capito, ex tribuno del pueblo, patricio y buscador de placeres, no es más que un hombre como nosotros; ni tan capaz ni astuto como yo, ni tan honrado y fuerte como tú. ¿Por qué ha de tener el poder de hacer de nuestra vida una ignominia y de este mundo un sitio de tortura para nosotros?
—Nunca me he detenido a pensar en eso —respondió el galo—. Los dioses decretaron que mi pueblo fuera vencido en la batalla y siendo yo uno de los cautivos, fui vendido como esclavo. Es posible que algún día pueda obtener mi libertad y entonces vuelva a ver las hermosas praderas de mi país natal.
—Y siendo un valiente guerrero, ¿no has ansiado jamás derribar al cobarde que nos hace azotar porque su pellejo está seguro? Si fuéramos libres, ¿se atrevería Tulio Capito a poner la mano en nosotros? Se cree a cubierto de todo riesgo el cobarde, el tirano, y por eso nos humilla. ¡Ah! dioses de mi tierra, ¡esto pasa ya los límites del sufrimiento! ¡No puedo, no puedo vivir así!
Y de nuevo el egipcio emprendió su inquieto paseo tan semejante al del poderoso animal que se hallaba al otro extremo de la caverna.
—Esa ha sido la primera flagelación —dijo Correus—. Cuando hayas soportado como yo una veintena, no les prestarás atención ya.
—¡Una veintena! —gruñó Giges volviéndose tan repentinamente hacia su compañero que este retrocedió un paso o dos alarmado—. ¡Ni una más, ni una tan solo! Uno de los dos morirá primero, Tulio Capito o yo. Gran suerte sería para ti sí fuese el tirano.
—No diré que amo al tirano, ni mucho menos —dijo el galo—. No le hay más duro en toda Roma, y en cuanto a lo de morir, estoy contigo. No es tan agradable la vida de esclavo de Tulio Capito para que pueda temerse a la muerte.
Giges se aproximó a su compañero y murmuró a su oído:
—¿Consentirías en arriesgar tu vida por vengarte? Piensa que la pérdida de la partida significará el tormento coronado por la crucifixión. ¿Serás capaz de correr ese riesgo?
Lo seré si tú te atreves —fue la respuesta—. Nuestra vida está en manos de los dioses; venga como quiera la muerte, será para mí la bienvenida aun precedida por la tortura.
—Pero mi plan no fallará; nuestra venganza será completa —dijo el otro falto de aliento—. Lo he madurado anoche mientras yacía con las espaldas como ascuas a causa de los azotes y el alma sublevada contra mi situación. Lo único que me hace vacilar es la necesidad que tengo de tu ayuda, pues ni siquiera que aceptaras ciegamente las contingencias de exponerte a morir por la tortura.
—La acepto gustoso —respondió el galo.
—Bien, mañana te comunicaré mi proyecto. Hoy al presentarme ante el tirano, pensaré en la consumación de mis planes y trataré de olvidar así que ayer mismo he sido azotado en presencia de toda la familia, como un esclavo degradado. Juno ha saciado ya su hambre y por lo tanto no hay nada que temer. ¡Vamos a ver a tu amo, solterona!
La tigre se apartó lentamente del rincón donde había estado royendo los huesos de su almuerzo, y con la boca ensangrentada se acercó a sus guardianes haciendo oír un gruñido satisfecho.
Correus empezó entonces a palmear la hermosa cabeza, mientras Giges, sin que el animal lo notara, desprendía la cadena que lo aseguraba al muro, fijando rápidamente dos cadenas más cortas a dos anillos soldados a su magnífico collar. Cada uno de ellos tomó luego una de las cadenas y Juno, caminando pausadamente entre sus guardianes, atravesó el hermoso jardín para hacer a su señor su visita matinal...
—¿Dónde está nuestro amo? —preguntó Correus al esclavo de guardia en el pórtico que conducía del jardín al palacio.
—En el atrio lo encontraréis —fue la respuesta—. Está incomodado por la tardanza en traerle a Juno; apresuraos si no queréis sufrir una nueva azotaina.
Giges palideció ante la idea de un nuevo castigo y un observador atento hubiera notado la expresión de odio intenso que asomó por un momento a su fisonomía.
Tulio Capito estaba reclinado en un lecho de marfil y oro vistiendo la toga de lana blanca, traje nacional de los patricios romanos. De pie, detrás del lecho, veíase una joven esclava rubia, de formas graciosas, moviendo lentamente un abanico de blancas plumas de avestruz a fin de librar en parte a su amo del calor sofocante en aquella estación.
—¡Por fin! —, gritó el patricio lanzando a Giges una enconada mirada de soslayo.
Volvióse luego a la tigre, que tiraba con violencia de sus cadenas y la llamó por su nombre.
—¡Juno! ¡Juno!
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El animal hizo oír su run-run y se precipitó hacia su amo tirando violentamente tras sí de sus acompañantes. Púsose luego a restregar la cabeza contra las manos que se tendían hacia él, dejando que los blancos dedos acariciaran su barba húmeda todavía de sangre.
—¡Hermosa mía! —exclamó el patricio—. Eres lo más perfecto de la Creación. ¡Tan bella, tan fuerte, tan amante, y al mismo tiempo tan temible!
El enorme felino hizo oír su acostumbrado run-run, tendiéndose al mismo tiempo junto al lecho, mientras los dos esclavos permanecían de pie a su lado sin soltar las cadenas.
Una vez que hubo jugado por algún tiempo con la tigre, Capito dirigió su atención a los esclavos.
—¡Hola, Giges! —gritó en tono de mofa, dirigiéndose al ceñudo hombre de ciencia—. ¿Cómo te encuentras con tu nuevo empleo? Supongo que hallarás en él descanso para tu cerebro y fuerza para tus miembros.
El egipcio, con los ojos bajos, permaneció mudo, inmóvil.
—¡Ah! ¿Conque estás de mal talante? ¿Necesitarás tal vez nuevos latigazos que te ayuden a someter tu espíritu rebelde? Los tendrás, por Júpiter. Médico o no médico, juro que has de aprender los deberes de un esclavo para con su señor. ¡De rodillas miserable perro!
El esclavo no se movió.
—¡Arrojarle al suelo! —gritó Capito, y varios esclavos se precipitaron inmediatamente sobre Giges, echándolo vivamente por tierra, donde quedó tendido boca abajo, inmóvil.
Tulio Capito bajó negligentemente una pierna del lecho y puso el pie sobre el cuello del caído.
—Entiende una vez por todas, víbora del Egipto —dijo— que eres mío en cuerpo y alma, y que debes obedecer mis órdenes sin la menor demora; he de quebrantar tu espíritu y he de estropear tu cuerpo hasta que te vea arrastrarte a mis pies pidiendo misericordia. ¿Creíste acaso que por el hecho de haberte nombrado mi médico podías portarte como un hombre libre? Sepas que no eres más que un esclavo, un vil esclavo, ¿entiendes?
De haber podido ver el patricio la expresión de satisfacción maligna que había aparecido en el rostro de su esclavo, se habría sentido sin duda menos tranquilo.
—Mañana partiré para mi casa de campo en Actium —prosiguió—; tú te quedarás aquí con Correus para atender a Juno, cuida que esté bien atendida, pues tú solo serás responsable de lo que le suceda.
Capito volvióse de nuevo hacia el hermoso animal.
II
Al día siguiente de la partida de Tulio Capito para Actium, se oyó rugir incesantemente a la tigre durante horas enteras. Igual cosa pasó los días siguientes, hasta que Epeniactus, el griego liberto que ejercía en la casa las funciones de mayordomo inquirió la razón de aquel continuo clamor.
Correus contestó que Juno estaba afligida por la ausencia de su amo y que nadie conseguía tranquilizarla.
—Bien, no seré yo quien exponga su vida para tratar de calmarla —dijo el liberto—. Alimentadla mejor, dadle cuanto podáis, pero haced que se tranquilice.
—Juno no se consolará hasta que no esté de vuelta vuestro amo, podéis estar seguro —insistió Correus, y de este modo corrió la voz de que aquella era la causa del alboroto que se sentía en la caverna.
Los gemidos y los gruñidos continuaban día a día. Lejos de resignarse a la ausencia de su amo, Juno parecía más y más desesperada y enfurecida a medida que pasaba el tiempo. Las gentes de la casa no se atrevían a aproximarse a aquella parte del jardín y menos que nadie Epenactus, quien siendo un tirano para sus subalternos, era también un cobarde Así pasaron los días hasta la víspera del fijado para la llegada del patricio a su mansión.
* * *
Aquella mañana veíanse dos hombres en el interior de la cueva del tigre. Uno de ellos era la viva imagen de Tulio Capito. De pie, delante de Juno, sostenía en sus manos un gran pedazo de carne fuera del alcance de la enorme garra que en vano se extendía frenéticamente para alcanzarlo, acompañando sus esfuerzos lastimeros rugidos. Luego, en vez de dar el alimento al desdichado animal, lo golpeó con una barra de hierro hasta que este se retiró rugiendo ferozmente.
—A veces creo, al mirarte, Giges —dijo Correus, testigo de aquella escena—, que eres el tirano en persona. Me pareces tan tirano como él.
—Lo soy —fue la firme respuesta.
—Pero, ¿por qué no dar un pedazo de carne al pobre animal? Hace cuarenta y ocho horas que no prueba bocado y nuestro amo no estará aquí hasta mañana.
—¡Ah, mañana! ¡Cuánto he rogado a Isis por que llegue cuanto antes ese día!
—Estoy convencido de que Juno cree que eres el amo, vestido cómo estás, con un traje igual al suyo y los cabellos peinados como los de él —dijo Correus.
—Eso forma parte de mi plan. ¿No tienes miedo? ¿No te echarás atrás?
—No. Soy tu cómplice. Mañana se llevará a cabo nuestra venganza y ni los mismos dioses podrán descubrir la parte que hemos tomado en la tragedia.
—Si quieres que nuestro plan tenga éxito —dijo Giges— no des de comer a Juno; no le des ni un bocado. Es menester que esté verdaderamente muerta de hambre. Toma, bestia feroz —gritó golpeándola de nuevo mientras la tigre furiosa y aterrada se abalanzaba y saltaba hasta tocar el techo—. ¡Te odio como odias tú la vista de tu amo!
—Mañana estará pronto para cumplir la misión —añadió cambiando de tono—; entierra ahora la carne.
El galo se preparó para hacer lo que le ordenaba su compañero mientras Juno lanzaba un alarido desesperado al ver desaparecer su comida.
—Gracias a los dioses —dijo Epenactus un momento después— nuestro amo estará de vuelta mañana y tendremos por fin un poco de descanso. Si yo fuera patricio de Roma, no tendría jamás una fiera en mi casa.
Al día siguiente por la tarde, hallábase Tulio Capito sentado en el atrio de su casa descansando. De pie, a su lado, estaba Epenactus, dándole cuenta exacta de todo lo sucedido durante su ausencia.
—Y Juno, ¿cómo está? La siento rugir ahora. ¿La habrán tratado mal acaso?
—No, no, mi señor —respondió el liberto con vehemencia—, pero el pobre animal no ha hecho otra cosa que gemir desde el día en que te marchaste. Afligía verdaderamente el oírla.
—¡Ah! —dijo el patricio mirando con orgullo alrededor—. Al menos hay un ser en el mundo que me conoce y me ama. Que la traigan.
Un esclavo corrió a la caverna donde Giges y Correus esperaban.
—El amo ha vuelto y quiere ver a Juno —dijo.
—Dile que va enseguida —dijo Giges y luego—: Mira, Correus, toma este pedazo de carne, arrástralo por el suelo hasta la puerta del atrio y de allí te lo llevas a otra parte.
Y le entregó una pata de cordero.
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* * *
No fue fácil tarea soltar las cadenas que sujetaban la tigre al muro. Como medida de precaución, los esclavos decidieron substituir por rígidas barras de acero las cadenas que les servían de ordinario para conducir a la tigre a presencia del amo. Estas barras habían servido ya en otras ocasiones y estaban provistas de agudos clavos allí donde se unían al collar del animal, de manera que cualquier tentativa hecha por este de saltar a un lado u otro, era castigada inmediatamente por un pinchazo.
El olor de la carne tuvo, sin embargo el poder de concentrar la atención de la tigre hambrienta y siguió a grandes saltos el rastro sin hacer la menor tentativa de ataque contra sus guardianes.
Tan violentos eran sus movimientos y tan rápido su paso, que los dos hombres podían apenas sujetarla, mientras avanzaba saltando, gruñendo y mostrando sus blancos dientes.
Corriendo y tironeando de esa manera, trepó las gradas del pórtico, salvó las grandes puertas de bronce y penetró en el amplio pasaje que conducía al atrio donde el olor de la carne se mezcló con otros olores.
Al entrar en el atrio vaciló por un momento.
Su amo habló entonces:
—Hola, Juno —dijo—; querida mía, ¿estás contenta de volver a ver a tu señor?
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Al oír la voz, el animal miró hacia el lecho en que el patriarca estaba reclinado; luego, con un rugido que se oyó distintivamente en el Foro Romano, se arrancó de las manos de sus complacientes conductores y se precipitó sobre aquel a quién creía su implacable verdugo.
Infinidad de esclavos acudieron en tropel de todas direcciones, pero solo después que hubieron traído teas encendidas pudieron arrancar a la tigre el destrozado cuerpo de su amo y únicamente para descubrir que este era ya una masa sangrienta e informe.
Juno fue muerta y el secreto de lo que pasó en la cueva subterránea durante los días que el ex tribuno faltó de su casa, quedó para siempre sepultado en el pecho de Giges y Correus, quienes recibieron la libertad en premio a los esfuerzos que hicieron por salvar a su amo.
La tigre, la favorita del tirano, fue así el instrumento de la venganza del esclavo víctima de la crueldad del amo implacable, demostrándose una vez más cómo puede la persistencia en el propósito de lograr el éxito de un plan, asegurar ese mismo éxito aun a los que no poseen sino limitados medios para ello.
En una cueva subterránea situada en el extremo de uno de los magníficos jardines que coronaban en otro tiempo el Cerro Palatino, una enorme tigre se movía incesantemente de un lado a otro, tan lejos como se lo permitía lo largo de la cadena que la aseguraba al muro. Lanzaba a veces rugidos tan furiosos, que llegaban hasta el oído de los transeúntes de la Vía Sacar, mientras que otras veces fijaba en silencio su ansiosa mirada en la maciza puerta que daba acceso a su prisión.
Oyese por fin ruido de barras y al ceder la puerta lentamente, el animal hizo oír un aullido de expectación. Dos hombres entraron por fin, llevando entre ellos medio carnero y al ver la tigre el alimento tan impacientemente esperado, volvióse casi loca de excitación, tendiendo y estirando la cadena en sus frenéticas tentativas por alcanzarlo.
—Juno no está acostumbrada a esperar su almuerzo —dijo uno de los hombres cuya tez cobriza y negros cabellos lo señalaban como egipcio—. Se diría que no ha comido en una semana.
¡Ah, Giges! —repuso el otro—. Gran suerte es que la cadena sea tan segura, pues de otro modo no saldríamos de aquí con vida. Mantén sin comer a Juno unas cuantas horas más y será un verdadero demonio.
—Un demonio mimado —dijo el primero.
—Désele cuanto necesita y será la bondad misma, pero hágasele esperar un momento y ya estará pronta a hacer pedazos todo lo que no sea su atrio. Si Tulio Ca— pito tratara a sus esclavos con la mitad de la bondad que tiene para su tigre, no tendrían estos en verdad de qué quejarse.
Mientras tanto el otro, un individuo alto y rubio, de claros ojos azules, oriundo de las grandes provincias septentrionales que Julio César acababa de anexar a su Imperio, había empujado la carne al alcance del tigre.
—¿Te causa envidia nuestra pupila, Giges? —dijo—. Piensas tal vez al mirarla que las marcas de su lomo no la hacen sufrir como las nuestras, Todavía arde en mis espaldas el escozor de los azotes. Y tú, ¿cómo te sientes?
—¿Cómo me siento? Apenas sí lo sé.
Las espaldas me queman, pero quisiera que me quemaran más todavía. ¡Amo el dolor, Correus! ¡Lo adoro! —contestó el egipcio con salvaje energía.
—¡Hombre, creía que te habían castigado bastante! Para mí el castigo no es gran cosa. Nosotros, los robustos hombres del Norte, estamos acostumbrados a soportar el dolor; pero tú, el sabio, el hombre de ciencia cuya espalda se ha inclinado apenas aun delante de nuestro amo, debes sufrir horriblemente con los azotes.
—¡Juro por Isis y por todos los dioses del Egipto, que el que ha de sufrir por mis azotes será Tulio Capito! Mis heridas no se han de cerrar hasta que no hayan sido vengadas en el patricio maldito; cada una de esas bocas están gritando venganza...
—Te compadezco, Giges —empezó a decir el galo, pero su compañero le interrumpió con tono feroz.
—No es compasión lo que anhelo —gritó—, ¡es venganza, venganza! ¡No sabe qué enemigo se ha echado encima! ¡Insensato! ¡Tratarme como a una bestia ignorante que no tiene nociones de justicia, ni alma para sentir la crueldad del destino, ni inteligencia para idear el plan de venganza!
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El hombre de rostro cobrizo parecía en realidad una bestia feroz, mientras paseaba la cueva de un lado a otro, de igual manera que la hambrienta tigre pocos minutos antes. Su compañero lo miraba de hito en hito con la boca abierta.
—Silencio, Giges —dijo por fin—; mira que vas a hacer que nos castiguen de nuevo.
El egipcio se estremeció; luego, clavando el galo sus penetrantes ojos en los que ardía todavía el fuego de la venganza no satisfecha y oprimiendo su brazo entre sus dedos de hierro, le preguntó:
—¿No tiene alma, Correus? ¿No tiene dignidad ni raciocinio? Este Tulio Capito, ex tribuno del pueblo, patricio y buscador de placeres, no es más que un hombre como nosotros; ni tan capaz ni astuto como yo, ni tan honrado y fuerte como tú. ¿Por qué ha de tener el poder de hacer de nuestra vida una ignominia y de este mundo un sitio de tortura para nosotros?
—Nunca me he detenido a pensar en eso —respondió el galo—. Los dioses decretaron que mi pueblo fuera vencido en la batalla y siendo yo uno de los cautivos, fui vendido como esclavo. Es posible que algún día pueda obtener mi libertad y entonces vuelva a ver las hermosas praderas de mi país natal.
—Y siendo un valiente guerrero, ¿no has ansiado jamás derribar al cobarde que nos hace azotar porque su pellejo está seguro? Si fuéramos libres, ¿se atrevería Tulio Capito a poner la mano en nosotros? Se cree a cubierto de todo riesgo el cobarde, el tirano, y por eso nos humilla. ¡Ah! dioses de mi tierra, ¡esto pasa ya los límites del sufrimiento! ¡No puedo, no puedo vivir así!
Y de nuevo el egipcio emprendió su inquieto paseo tan semejante al del poderoso animal que se hallaba al otro extremo de la caverna.
—Esa ha sido la primera flagelación —dijo Correus—. Cuando hayas soportado como yo una veintena, no les prestarás atención ya.
—¡Una veintena! —gruñó Giges volviéndose tan repentinamente hacia su compañero que este retrocedió un paso o dos alarmado—. ¡Ni una más, ni una tan solo! Uno de los dos morirá primero, Tulio Capito o yo. Gran suerte sería para ti sí fuese el tirano.
—No diré que amo al tirano, ni mucho menos —dijo el galo—. No le hay más duro en toda Roma, y en cuanto a lo de morir, estoy contigo. No es tan agradable la vida de esclavo de Tulio Capito para que pueda temerse a la muerte.
Giges se aproximó a su compañero y murmuró a su oído:
—¿Consentirías en arriesgar tu vida por vengarte? Piensa que la pérdida de la partida significará el tormento coronado por la crucifixión. ¿Serás capaz de correr ese riesgo?
Lo seré si tú te atreves —fue la respuesta—. Nuestra vida está en manos de los dioses; venga como quiera la muerte, será para mí la bienvenida aun precedida por la tortura.
—Pero mi plan no fallará; nuestra venganza será completa —dijo el otro falto de aliento—. Lo he madurado anoche mientras yacía con las espaldas como ascuas a causa de los azotes y el alma sublevada contra mi situación. Lo único que me hace vacilar es la necesidad que tengo de tu ayuda, pues ni siquiera que aceptaras ciegamente las contingencias de exponerte a morir por la tortura.
—La acepto gustoso —respondió el galo.
—Bien, mañana te comunicaré mi proyecto. Hoy al presentarme ante el tirano, pensaré en la consumación de mis planes y trataré de olvidar así que ayer mismo he sido azotado en presencia de toda la familia, como un esclavo degradado. Juno ha saciado ya su hambre y por lo tanto no hay nada que temer. ¡Vamos a ver a tu amo, solterona!
La tigre se apartó lentamente del rincón donde había estado royendo los huesos de su almuerzo, y con la boca ensangrentada se acercó a sus guardianes haciendo oír un gruñido satisfecho.
Correus empezó entonces a palmear la hermosa cabeza, mientras Giges, sin que el animal lo notara, desprendía la cadena que lo aseguraba al muro, fijando rápidamente dos cadenas más cortas a dos anillos soldados a su magnífico collar. Cada uno de ellos tomó luego una de las cadenas y Juno, caminando pausadamente entre sus guardianes, atravesó el hermoso jardín para hacer a su señor su visita matinal...
—¿Dónde está nuestro amo? —preguntó Correus al esclavo de guardia en el pórtico que conducía del jardín al palacio.
—En el atrio lo encontraréis —fue la respuesta—. Está incomodado por la tardanza en traerle a Juno; apresuraos si no queréis sufrir una nueva azotaina.
Giges palideció ante la idea de un nuevo castigo y un observador atento hubiera notado la expresión de odio intenso que asomó por un momento a su fisonomía.
Tulio Capito estaba reclinado en un lecho de marfil y oro vistiendo la toga de lana blanca, traje nacional de los patricios romanos. De pie, detrás del lecho, veíase una joven esclava rubia, de formas graciosas, moviendo lentamente un abanico de blancas plumas de avestruz a fin de librar en parte a su amo del calor sofocante en aquella estación.
—¡Por fin! —, gritó el patricio lanzando a Giges una enconada mirada de soslayo.
Volvióse luego a la tigre, que tiraba con violencia de sus cadenas y la llamó por su nombre.
—¡Juno! ¡Juno!
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El animal hizo oír su run-run y se precipitó hacia su amo tirando violentamente tras sí de sus acompañantes. Púsose luego a restregar la cabeza contra las manos que se tendían hacia él, dejando que los blancos dedos acariciaran su barba húmeda todavía de sangre.
—¡Hermosa mía! —exclamó el patricio—. Eres lo más perfecto de la Creación. ¡Tan bella, tan fuerte, tan amante, y al mismo tiempo tan temible!
El enorme felino hizo oír su acostumbrado run-run, tendiéndose al mismo tiempo junto al lecho, mientras los dos esclavos permanecían de pie a su lado sin soltar las cadenas.
Una vez que hubo jugado por algún tiempo con la tigre, Capito dirigió su atención a los esclavos.
—¡Hola, Giges! —gritó en tono de mofa, dirigiéndose al ceñudo hombre de ciencia—. ¿Cómo te encuentras con tu nuevo empleo? Supongo que hallarás en él descanso para tu cerebro y fuerza para tus miembros.
El egipcio, con los ojos bajos, permaneció mudo, inmóvil.
—¡Ah! ¿Conque estás de mal talante? ¿Necesitarás tal vez nuevos latigazos que te ayuden a someter tu espíritu rebelde? Los tendrás, por Júpiter. Médico o no médico, juro que has de aprender los deberes de un esclavo para con su señor. ¡De rodillas miserable perro!
El esclavo no se movió.
—¡Arrojarle al suelo! —gritó Capito, y varios esclavos se precipitaron inmediatamente sobre Giges, echándolo vivamente por tierra, donde quedó tendido boca abajo, inmóvil.
Tulio Capito bajó negligentemente una pierna del lecho y puso el pie sobre el cuello del caído.
—Entiende una vez por todas, víbora del Egipto —dijo— que eres mío en cuerpo y alma, y que debes obedecer mis órdenes sin la menor demora; he de quebrantar tu espíritu y he de estropear tu cuerpo hasta que te vea arrastrarte a mis pies pidiendo misericordia. ¿Creíste acaso que por el hecho de haberte nombrado mi médico podías portarte como un hombre libre? Sepas que no eres más que un esclavo, un vil esclavo, ¿entiendes?
De haber podido ver el patricio la expresión de satisfacción maligna que había aparecido en el rostro de su esclavo, se habría sentido sin duda menos tranquilo.
—Mañana partiré para mi casa de campo en Actium —prosiguió—; tú te quedarás aquí con Correus para atender a Juno, cuida que esté bien atendida, pues tú solo serás responsable de lo que le suceda.
Capito volvióse de nuevo hacia el hermoso animal.
II
Al día siguiente de la partida de Tulio Capito para Actium, se oyó rugir incesantemente a la tigre durante horas enteras. Igual cosa pasó los días siguientes, hasta que Epeniactus, el griego liberto que ejercía en la casa las funciones de mayordomo inquirió la razón de aquel continuo clamor.
Correus contestó que Juno estaba afligida por la ausencia de su amo y que nadie conseguía tranquilizarla.
—Bien, no seré yo quien exponga su vida para tratar de calmarla —dijo el liberto—. Alimentadla mejor, dadle cuanto podáis, pero haced que se tranquilice.
—Juno no se consolará hasta que no esté de vuelta vuestro amo, podéis estar seguro —insistió Correus, y de este modo corrió la voz de que aquella era la causa del alboroto que se sentía en la caverna.
Los gemidos y los gruñidos continuaban día a día. Lejos de resignarse a la ausencia de su amo, Juno parecía más y más desesperada y enfurecida a medida que pasaba el tiempo. Las gentes de la casa no se atrevían a aproximarse a aquella parte del jardín y menos que nadie Epenactus, quien siendo un tirano para sus subalternos, era también un cobarde Así pasaron los días hasta la víspera del fijado para la llegada del patricio a su mansión.
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Aquella mañana veíanse dos hombres en el interior de la cueva del tigre. Uno de ellos era la viva imagen de Tulio Capito. De pie, delante de Juno, sostenía en sus manos un gran pedazo de carne fuera del alcance de la enorme garra que en vano se extendía frenéticamente para alcanzarlo, acompañando sus esfuerzos lastimeros rugidos. Luego, en vez de dar el alimento al desdichado animal, lo golpeó con una barra de hierro hasta que este se retiró rugiendo ferozmente.
—A veces creo, al mirarte, Giges —dijo Correus, testigo de aquella escena—, que eres el tirano en persona. Me pareces tan tirano como él.
—Lo soy —fue la firme respuesta.
—Pero, ¿por qué no dar un pedazo de carne al pobre animal? Hace cuarenta y ocho horas que no prueba bocado y nuestro amo no estará aquí hasta mañana.
—¡Ah, mañana! ¡Cuánto he rogado a Isis por que llegue cuanto antes ese día!
—Estoy convencido de que Juno cree que eres el amo, vestido cómo estás, con un traje igual al suyo y los cabellos peinados como los de él —dijo Correus.
—Eso forma parte de mi plan. ¿No tienes miedo? ¿No te echarás atrás?
—No. Soy tu cómplice. Mañana se llevará a cabo nuestra venganza y ni los mismos dioses podrán descubrir la parte que hemos tomado en la tragedia.
—Si quieres que nuestro plan tenga éxito —dijo Giges— no des de comer a Juno; no le des ni un bocado. Es menester que esté verdaderamente muerta de hambre. Toma, bestia feroz —gritó golpeándola de nuevo mientras la tigre furiosa y aterrada se abalanzaba y saltaba hasta tocar el techo—. ¡Te odio como odias tú la vista de tu amo!
—Mañana estará pronto para cumplir la misión —añadió cambiando de tono—; entierra ahora la carne.
El galo se preparó para hacer lo que le ordenaba su compañero mientras Juno lanzaba un alarido desesperado al ver desaparecer su comida.
—Gracias a los dioses —dijo Epenactus un momento después— nuestro amo estará de vuelta mañana y tendremos por fin un poco de descanso. Si yo fuera patricio de Roma, no tendría jamás una fiera en mi casa.
Al día siguiente por la tarde, hallábase Tulio Capito sentado en el atrio de su casa descansando. De pie, a su lado, estaba Epenactus, dándole cuenta exacta de todo lo sucedido durante su ausencia.
—Y Juno, ¿cómo está? La siento rugir ahora. ¿La habrán tratado mal acaso?
—No, no, mi señor —respondió el liberto con vehemencia—, pero el pobre animal no ha hecho otra cosa que gemir desde el día en que te marchaste. Afligía verdaderamente el oírla.
—¡Ah! —dijo el patricio mirando con orgullo alrededor—. Al menos hay un ser en el mundo que me conoce y me ama. Que la traigan.
Un esclavo corrió a la caverna donde Giges y Correus esperaban.
—El amo ha vuelto y quiere ver a Juno —dijo.
—Dile que va enseguida —dijo Giges y luego—: Mira, Correus, toma este pedazo de carne, arrástralo por el suelo hasta la puerta del atrio y de allí te lo llevas a otra parte.
Y le entregó una pata de cordero.
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No fue fácil tarea soltar las cadenas que sujetaban la tigre al muro. Como medida de precaución, los esclavos decidieron substituir por rígidas barras de acero las cadenas que les servían de ordinario para conducir a la tigre a presencia del amo. Estas barras habían servido ya en otras ocasiones y estaban provistas de agudos clavos allí donde se unían al collar del animal, de manera que cualquier tentativa hecha por este de saltar a un lado u otro, era castigada inmediatamente por un pinchazo.
El olor de la carne tuvo, sin embargo el poder de concentrar la atención de la tigre hambrienta y siguió a grandes saltos el rastro sin hacer la menor tentativa de ataque contra sus guardianes.
Tan violentos eran sus movimientos y tan rápido su paso, que los dos hombres podían apenas sujetarla, mientras avanzaba saltando, gruñendo y mostrando sus blancos dientes.
Corriendo y tironeando de esa manera, trepó las gradas del pórtico, salvó las grandes puertas de bronce y penetró en el amplio pasaje que conducía al atrio donde el olor de la carne se mezcló con otros olores.
Al entrar en el atrio vaciló por un momento.
Su amo habló entonces:
—Hola, Juno —dijo—; querida mía, ¿estás contenta de volver a ver a tu señor?
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Al oír la voz, el animal miró hacia el lecho en que el patriarca estaba reclinado; luego, con un rugido que se oyó distintivamente en el Foro Romano, se arrancó de las manos de sus complacientes conductores y se precipitó sobre aquel a quién creía su implacable verdugo.
Infinidad de esclavos acudieron en tropel de todas direcciones, pero solo después que hubieron traído teas encendidas pudieron arrancar a la tigre el destrozado cuerpo de su amo y únicamente para descubrir que este era ya una masa sangrienta e informe.
Juno fue muerta y el secreto de lo que pasó en la cueva subterránea durante los días que el ex tribuno faltó de su casa, quedó para siempre sepultado en el pecho de Giges y Correus, quienes recibieron la libertad en premio a los esfuerzos que hicieron por salvar a su amo.
La tigre, la favorita del tirano, fue así el instrumento de la venganza del esclavo víctima de la crueldad del amo implacable, demostrándose una vez más cómo puede la persistencia en el propósito de lograr el éxito de un plan, asegurar ese mismo éxito aun a los que no poseen sino limitados medios para ello.