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rover quet
el caso del estrangulador (relato)
—Sé —continuó el inspector Briand, sacudiendo las cenizas de su sempiterno cigarro puro y colocándose; la montura de sus gafas— que nada de lo que le diga ha de publicarlo en su periódico. De creer lo contrario no osaría levantar ese velo, que llamamos olvido, y que cubre los sucesos que se produjeron años atrás. Es usted joven y no puede recordar aquel diabólico drama que desarrollóse en las misma calles de Londres, infligiendo a la población un pánico cerval. Fueron muchos los que dejaron de salir de noche y otros los que atrancaron bien sus puertas y ventanas, antes de acostarse. Varias fueron las víctimas que se hallaron, al amanecer, tendidas sobre el frío pavimento de nuestra ciudad. Todas ellas presentaban en su cuello los hematomas y esquimosis producidas por una fuerte presión sobre su garganta. Él caso conocióse por el público con el nombre de El Estrangulador, por la forma adoptada para deshacerse de sus víctimas, asesinándolas y dejándolas abandonadas. Puedo asegurarle que a partir del hallazgo del cuarto cadáver no quedaba un solo metro de terreno que no se hallara vigilado por la policía y, sin embargo, la quinta víctima llegó. El caso, desesperante y escatológico, no fue, sin embargo, descubierto por Scotland Yard, sino simplemente por una mera casualidad que hizo que el asesino se delatara a sí mismo. Pero será mejor que no adelante los acontecimientos y siga un orden cronológico de los hechos.
»Me hallaba en este mismo despacho, dando las últimas órdenes para el acorralamiento del asesino, cuando sonó el timbre del teléfono. Acudí a él algo molesto. Era la llamada de un doctor a quién no conocía, el cual me manifestó que en su gabinete se hallaba un hombre que le había hecho un relato altamente misterioso y que era conveniente que mandara alguno de mis hombres. Fui personalmente. ¿Por qué? Nunca lo supe. Mis servicios eran necesarios en otra parte, mas, sin embargo, algo me decía en mi interior que por aquel lado pendía el hilo que debía deshacer aquella misteriosa madeja y dejar al descubierto el trágico ovillo. Acudí al gabinete del doctor, que se llamaba King y me presentó a otro caballero de elevada estatura, de finos modales, cuyos ojos extremadamente hinchados, hizo que naciera en mí la creencia de continuada concomitancia con el alcohol. Sus labios pendían exageradamente y su nariz, roma, se hallaba cruzada por una cicatriz muy reciente.
»Nos alejamos de él unos pasos y miré al psiquiatra.
»—Quiero —dijo el doctor— que escuche de labios de míster Silverius lo que acaba de referirme. Conozco, por los periódicos, la tragedia que se está desarrollando en Londres. Me refiero al caso de El Estrangulador. Míster Silverius ha venido hasta mí solicitando un diagnóstico, que tengo ya hecho. Pero creo que su intervención es más necesaria y urgente que la mía.
»Nos acercamos otra vez al hombre y el doctor me presentó como a un colega suyo.
»—Es preciso —dijo con voz amable— que repita todo cuanto me ha dicho, a este señor.
»Y con voz monótona, casi imperceptible, míster Silverius comenzó su relato:
»—Ignoro cuál es el parecer del doctor King, pero no me importa el que haya solicitado la colaboración de otro doctor, me da a entender que mí caso es, cuando menos, complicado. Ignoro lo que pensará usted, pero vine hasta aquí a consultarle al doctor King... si estaba loco. Desde hace unos meses vivo intranquilo, en continuo sobresalto. Me he levantado mil veces de noche y he examinado la habitación con meticulosidad, hasta he llegado a dormir con las luces encendidas. Presiento que algo malo ha de ocurrirme. Sé que he de morir pronto. A veces me muevo contra mi propia voluntad y deambulo por las calles sin tener necesidad de ello. De pronto me hallo a mí mismo, vuelvo a pensar con claridad, como si mi mente lograra romper el encadenamiento de pesada niebla... Cierto día acudí a un teatro. Durante las horas de la mañana un fuerte dolor de cabeza había turbado por completo mi tranquilidad, más nada extraño experimenté hasta que estuve en la sala, al comenzar la función. Dio esta comienzo y aquella hundióse en tinieblas. Me sentía incómodo en mi asiento. A medida que avanzaba la función sentía que el malestar, sin aparente causa justificada, avanzaba también. Me cubrí varias veces los ojos, pero nada logré hasta que, lentamente, volví la cabeza y dirigí mis ojos hacia un lugar del teatro. Experimenté la sensación de que alguien tenía su mirada sobre mi rostro, era una mirada fija y penetrante. Creí ver unos ojos fulgurantes, hundidos hasta lo inverosímil en unas cuencas cadavéricas y me estremecí. Mi mente comenzó a trabajar febrilmente. ¿Por qué me miraba de aquel modo aquel desconocido? Intenté esclarecer la relación que podía existir entre mi malestar, que se había hecho insoportable, con la presencia de aquel desconocido. Tenía la seguridad de que algún eslabón invisible unía aquellos hechos, al parecer, sin conexión alguna. Pero, ciertamente, o no existía o no supe hallarlo. Repetidas veces miré hacia aquella parte. Creí verle, creí poder distinguir sus facciones, envueltas por nubes de sombras. Pero la duda tomó cuerpo en mi cerebro. ¿Estaba seguro de que alguien me miraba? Y si no era así ¿cómo y por qué me veía obligado a mirar, muy a pesar mío, hacia «él»? Indudablemente, alguien me estaba espiando. ¿Por y para qué? He ahí un misterio que no supe resolver. Y, sin embargo, con la luz, difusa y poco abundante ¿cómo había adivinado ser objeto de extremada vigilancia como suponía? Algo me había puesto en guardia. Tal vez el principio de una premonición; quizá el teatro estaba próximo a arder, a hundirse, y «algo», en mi interior, me estaba llamando a gritos para que obrara en consecuencia para huir de aquella catástrofe que iba a producirse de un instante a otro. Otras veces había sentido una impresión parecida y, seguidamente, algo inesperado había tomado cuerpo. Más lo que me intrigaba en aquel momento era que, verdaderamente, sentía necesidad de dirigir mis ojos hacia aquel lugar, cosa que llegó a producirme irritación, pues comprendía que obraba contra mi voluntad. Mi mente se iba nublando por primera vez, algo extraño, algo irresistible e inexplicable me privaba de razonar cuerdamente. Me privaba de ser «yo». Para formarme una vaga idea de lo que me estaba sucediendo tenía que hacer un esfuerzo sobrenatural, tan grande, tan considerable, como si en realidad tuviera que separar dos mentalidades diferentes bajo la mediatización de una sola persona. El dolor que afrontaba desde aquella mañana íbase acentuándose con tal intensidad que muy pronto apenas si podría tener fuerza para sostenerme. Experimenté la sensación, desagradable y torturadora, como si otra persona, ingrávida e impalpable, ente horrible, intentara penetrar en mi propio ser y gobernarme a su antojo. Luché tenazmente, pero muy pronto advertí que la lucha era desigual y sorda, ninguno de mis vecinos apreciaría el fragor del combate que se estaba desarrollándose a unos pasos de distancia. Yo era la víctima. Costábame, en mis conatos de rebeldía, deshacerme de aquel extraño poder que me iba convirtiendo en su prisionero sin mentalidad propia. ¿Por qué no intentar romper aquellas cadenas? Presentía un final desagradable y debía actuar con rapidez. Intenté ponerme fuera de peligro antes de que fuera demasiado tarde. Logré levantarme, como si arrastrara varias toneladas de peso y, dando tumbos, logré seguir el pasillo y llegar hasta la salida. Recuerdo la cara de asombro del portero al ver cómo huía de su persona como si fuera un leproso. Un vientecillo fresco y alegre me indicó que me hallaba en la calle. Dirigí una mirada, cargada de recelo, hacia la entrada del edificio y suspiré al ver que nadie seguía mis pasos. La noche era oscura, terriblemente oscura. Dado lo avanzado de la hora, en aquellas callejuelas malolientes, los faroles permanecían casi apagados cual si temieran, con sus rayos, descubrir los secretos que celosamente aprisionaban las tinieblas. Miré a derecha e izquierda, a hurtadillas, y nada sospechoso vi. Ningún ruido extraño llegó hasta mi oído y seguí adelante, y fue entonces cuando sentí que mis pelos se erizaban y se me estiraba la piel de la cara mientras un ramalazo recorría mi columna vertebral. Un vaho, caliente y pegajoso, dejóse sentir sobre mi nuca y creí percibir una respiración entrecortada de alguien que fatigado se había acercado corriendo. No tuve valor para volverme...
»¡El desconocido!... ¡El desconocido se había dado cuenta de mi infantil fuga y volvía a por mí! ¿Quién podía ser sino...? Sus pisadas eran dadas al unísono con las mías. Procuraba apagar su ruido producido al chocar sus zapatos contra el duro empedrado, con el que yo producía a mi vez. Anduve de puntillas, sin atreverme a volver y entonces, el desconocido, anduvo también de puntillas como si gozara en la persecución... Me seguía y yo aguardaba su ataque de un instante a otro y, sin embargo, nada hacía para librarme del peligro que, inesperadamente se había cernido sobre mí... Pero ¡cosa extraña! ¿Cómo no lo había visto antes?... Los edificios, los árboles, piedras y demás objetos corrían, entre sombras, en sentido contrario, con velocidad inusitada. Corrían más y más. Sentíame fatigado en extremo, las piernas me flaqueaban y mi respiración se tomó entrecortada. ¿Por qué me sentía cansado si lo que verdaderamente movíase de un lugar a otro no era mi persona y sí los objetos que me rodeaban? Yo, tenía la seguridad de ello, iba andando, con prevención, miedoso, pero despacio, eran los edificios los que practicaban aquella alocada carrera. ¿Y por qué se movían, cuando según todas las leyes universales, debían permanecer inmóviles en su sitio? ¿Qué fenómeno sobrenatural se había operado? No tuve tiempo para contestarme, las pisadas del desconocido se dejaron, sentir de nuevo a mi espalda. ¿Por qué no daba el golpe definitivo? Lo estaba aguardando y casi lo deseaba ya. ¡Sentía necesidad de terminar con aquel sufrimiento! Prefería mil veces la muerte a seguir aquel juego que me atormentaba. Entonces la velocidad de los edificios era ya huracanada. Temía, a cada paso, dar contra una de aquellas paredes, que, caprichosamente, elevábanse inesperadamente y desaparecían bien por la derecha o la izquierda, obligándome a tomar parte en aquella zarabanda loca y desordenada. Era un baile frenético, diabólico, en el cual habían desaparecido todas las normas y leyes fundamentales. Algo pasó rozándome y quedé inmóvil. Otro tanto hicieron los demás elementos, un silencio impresionante se produjo, y entonces me di cuenta de que una música infernal había acompañado mis pasos. La danza dantesca terminó repentinamente. Comprendí que había llegado el momento. Extendí mis brazos, mis manos parecían tenazas, las adelanté, sentí algo entre ellas, apreté, seguí apretando, mientras a mis oídos llegaban confusas las notas de un violín lejano... Seguí apretando, un forcejeo, un gemido... y después la caída de un cuerpo. Tras esto, silencio. Un sudor frío poblaba mi frente. ¡Dios mío! fue mi única exclamación y perdí la noción de mi existencia.
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El hombre se hallaba abatido por el esfuerzo realizado al referir el suceso. Lo había vuelto a vivir y ello había sido superior a sus fuerzas.
Sin embargo, continuó:
»—Desde entonces no puedo vivir, los más terribles presentimientos me embargan. Inmensas lagunas pueblan mi mente, se oscurece la visión de mi cerebro y me hundo en un pozo oscuro sin fin... Otra noche, forzado por algo desconocido e irresistible, tropecé con «él»... Vi sus ojos como centelleaban, adelanté mis manos, sentí algo en ellas, volví a apretar... Ha, transcurrido mucho tiempo, años tal vez... A veces confundo mi sombra, que se estampa en el techo, orlada por los débiles rayos de la luna, con un ser endemoniado que me vigila. Extrañas siluetas se dibujan por las paredes en mi tétrica habitación, sigo viéndolo muchas veces... Y ¡son tantas las que me figuro haberle dado muerte!... Algún día, no lejano, se aclarará todo y entonces habrá terminado mi tormento... Doctor, ¡es preciso me diga usted si estoy loco!... ¡Necesito saberlo...!
»Se detuvo en su narración y se irguió cual un gato en presencia de un perro.
»—Alguien viene, oigo sus pasos... ¡Es él...!
Y entonces el inspector Briand levantóse de su asiento y habló fuera de sí:
—No tuve otra solución. Míster Silverius había atenazado la garganta del doctor King, quien se debatía en sus garras. Disparé una y otra vez, hasta cinco, y le aseguro que míster Silverius, a pesar de mi rápida intervención, estuvo a punto de lograr su objetivo. Dejó caer, exánime, el cuerpo del doctor y volvióse hacia mí... ¡llevando en su cuerpo cuatro balazos! Retrocedí unos pasos y disparé de nuevo, apuntando al corazón. Quedó inmóvil un instante, sus ojos me miraron, más fueron perdiendo vida hasta que comprendí que ya no me veía, sus piernas fueron debilitándosele y, lentamente, se fue agachando... Sin embargo, lo que causó en mi mayor impresión, fueron los últimos instantes de su caída. Sus ojos abriéronse de nuevo, no existía bruma en ellos. Me miró, otra vez me veía, y sus labios, casi inmóviles, dibujaron una mueca a manera de sonrisa. Tengo la seguridad de que en sus últimos instantes me agradeció la muerte. El raciocinio volvió a su mente al exhalar los últimos hálitos. Comprendió, sin duda, todo lo sucedido y hasta creí ver cómo sus labios sonreían y que mis oído percibieron una palabra: ¡«Gracias»!
¡¡Misterio insondable!!