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Autores
santiago histral
el coleccionista de sellos (relato)
Quien no sepa lo que es coleccionar sellos de Correos que no siga; es mejor que cierre el libro y lo deje. Esta historia que voy a relatar y que tan fuertemente me impresionó, solo la entenderá quien se haya dejado absorber alguna vez por la brujería de los pedacillos coloreados de papel que son les sellos de Correos.
* * *
Unos veinte años hace que, más o menos sistemáticamente, me dedico a la filatelia. Ya en la Escuela se despertó en mí la afición a coleccionar sellos. Mi padre, cuando se dio cuenta de ello, no solo no le supo mal, sino que la fomentó grandemente, y en cuantas ocasiones se presentaban me regalaba algunos ejemplares curiosos que iban incrementando las series de mis álbumes. Hoy día estos ocupan varios estantes en la vitrina central de mi despacho. Allí están pacientemente clasificados y catalogados miles de sellos, que constituyen mi más preciado tesoro.
Muchas tardes de domingo tomo asiento al lado de la enorme lámpara de pie que cobija mi sillón, como lo haría una palmera, y dejo pasar horas y horas hojeando las páginas donde se alinean los cuadriláteros minúsculos llegados de todas las partes del Globo. Contemplándolos y estudiando sus detalles mi imaginación viaja recorriendo sus países de origen y me siento transportado a un mundo ideal.
Mi colección no es nada despreciable. Tengo un sello guatemalteco del año 72 y dos de Siam que no cedería por mil pesetas cada uno. Nadie, sino un filatélico, sabe el enorme placer que se encuentra al adquirir un ejemplar nuevo largo tiempo buscado, difícil de hallar o raro por su valor o singularidad.
Por esto no es de extrañar que cada domingo, desde hace muchos años, dirija mis pasos hacia la Plaza Real, donde se establece consuetudinariamente el mercado de sellos, y paso allí varias horas curioseando las novedades que se ofrecen y charlando con los vendedores que me conocen desde hace tiempo. Allí se reúne toda la afición filatélica de la ciudad y no es de extrañar que algún día se produzca algún cambio o venta realmente sensacional.
Voy a contar lo que una mañana de abril me ocurrió. Acaso os parezca una aventura sin importancia, incolora, que no vale la pena de ser contada. A mí no me lo pareció. No debió parecérmelo por cuanto desde aquel día, hace ya dos meses, no he vuelto a coger ni un álbum de mi estantería, ni he mirado un solo sello, ni he vuelto a pasar por la Plaza Real. Tanto se grabaron en mi mente las escenas que presencié aquel domingo de primavera.
Hacía más de una hora que deambulaba entre los puestos de venta en busca de un sello que me interesaba, un ejemplar del «Cuerpo Expedicionario a Méjico» el cual me habían asegurádo podría encontrar por allí.
Empezaba a impacientarme. Estaba formulando por centésima vez la misma pregunta cuando en discreta tosecilla me hizo volver a mi derecha el semblante risueño de un anciano a quién conocía de vista, porque, como yo, tampoco faltaba ningún domingo, me contemplaba.
—El sello que usted desea lo tengo yo, señor.
—Lo celebro, no sabe usted la satisfacción que esto me produce. Ya dudaba de poderlo encontrar. Tengo mucho gusto...
Nos separamos del puesto de venta y después de habernos presentado mutuamente seguimos por debajo de los perches hasta el paseo. Celebraba en mi interior tanto el hecho de poder adquirir el sello como el placer de entablar conversación con el anciano aquel. Era un señor de cabello cano y un poco encorvado de espalda. Aunque representaba unos setenta años, su expresión vivaracha, pero un tanto inquieta, denotaba un espíritu decidido, si bien encerrado en un cuerpo que se desmoronaba.
He dicho que el señor aquel me interesaba porque lo veía cada día festivo con una abultada carpeta bajo el brazo de un lado para otro, aunque nunca lo vi que comprase un sello. Había deseado conocerlo y acababa de lograrlo del modo más inesperado.
Alejáronse mis cavilaciones al oír la voz de mi acompañante:
—Es usted muy aficionado a la filatelia, ¿verdad?
—En efecto, me gusta mucho. Creo poder afirmar que es mi única pasión. Tengo una colección que no está del todo mal. Usted también parece persona entendida, pues veo que no falta nunca por acá.
—Aficionados hay muchos, personas entendidas quedan ya muy pocas. No he querido hablar de sellos con ningún aficionado y antes de seguir charlando con usted quiero ver si es un simple «amateur» o un experto. No basta coleccionar, mejor diría amontonar, sellos para ser un filatelista. Es necesario algo más, es preciso amar el sello y entender en sellos. Dígame: ¿sabe cuál es la colección de sellos que más alto se ha cotizado en pública subasta?
—Creo que sí. Si no me equivoco, fue la colección Ferrari de la Renotière, se vendió por seis millones de francos, en Francia.
—Cierto. En París, en 1923. No me he equivocado respecto a usted. Desde hace tiempo lo observaba. Sus juicios, que a veces casualmente escuché, eran acertados y exactos. Sabía escoger, diferenciar y valorar. Usted no es como esta gente —y señaló hacia la Plaza Real —que hacen de la filatelia un negocio. Tengo la esperanza de que comprenda mis ideas, mi teoría de los sellos. La filatelia no es un afán coleccionista, es un arte. Sí, un arte con toda la belleza de lo artístico. Un arte universal, de paciencia, de investigación, de hermandad. Los filatélicos nos sentimos mucho más cercanos a pesar de las fronteras y de las distancias. No puede serlo cualquiera, se necesita una cultura, una espiritualidad.
Asentí con la cabeza. No sabía a dónde quería ir a parar. Su charla viva y nerviosa me había desconcertado algo. Casi me había olvidado de mi sello mejicano.
—En efecto —dije para decir algo—: hay que ver cómo en poco más de un Siglo se ha extendido la afición. Las, transacciones son en la actualidad numerosas y de gran valor. Luego, tenemos esta nota curiosa en nuestro, llamémosle así, en nuestro arte. En toda clase de obras artísticas un defecto las hace desmerecer anulándolas. En pintura, escultura, música, un error es algo repugnante, antiartístico. En filatelia un error, un defecto de impresión, de dibujo, de color, adquiere un valor a veces superior a la obra perfecta. Esto indudablemente está mal, pero se consiente y se busca. Yo mismo tengo en mi casa dos errores curiosos. Un día espero podérselos mostrar.
No me dejó continuar. Asióme del brazo, me detuvo y, mirándome a los ojos con voz que parecía un soplo, me dijo:
—A un hombre entendido y discreto como usted, le puedo mostrar mi colección. A un aficionado, jamás. No haga el menor gesto de asombro por lo que voy a decirle: Yo tengo la mejor colección de sellos de Correos existente en España.
Cambiando bruscamente de tono, sin darme tiempo a reflexionar si era verdad o no la petulante afirmación, en un tono más ligero:
—¿Conoce el error Saint Kitts? Imprimieron un sello que representaba a Colón mirando con un anteojo. El dibujante no sabía que en 1492 no se conocían estos instrumentos. Pero, el sello se vendió, aunque luego se intentase retirar de la circulación. ¿Cuántos ejemplares existen hoy? Pocos.
—Es verdad, pocos deben de existír. Lo conozco por fotografía. Me gustaría ver algún día un original, sí, es que aún se conserva.
—Si tiene paciencia —sonrió enigmáticamente— antes de media hora podrá contemplarlo.
—¡Imposible! El «error Saint Kits» debe valer ahora una barbaridad.
—Pero lo tengo en casa, y esto todo. Y en el mismo tomo guardo otro ejemplar curioso. Uno de los que mandó retirar el Negus Menelik, de Abisinia. ¿Recuerda que se quiso destruir la emisión por considerar de mal agüero el dibujo que representaba un trono vacío? Pocos se escaparon.
—¡Pero si estos dos ejemplares acreditan por sí solos una colección! ¿Cómo es posible que usted los posea?
Andábamos por estrechas callejuelas del barrio antiguo. Mi compañero seguía charlando, amontonando datos sobre datos. Nunca vi un hombre con una memoria tan prodigiosa. Recordaba las fechas de todas las emisiones de que se le hablaba, los detalles de dibujo, defectos de impresión, el color...
—Si usted se ha asombrado porque le he dicho que poseía dos rarezas, temo que no me crea si le digo que tengo en mí poder un sello de la isla Mauricio, tasado en 300.000 francos.
No pude contestarle. Se había detenido ante un portal y me invitaba amablemente a pasar. Subimos unas docenas de peldaños húmedos y relucientes. La casona era antigua, de piedra mohosa y gris. Abrió con sigilo la puerta y me hizo penetrar, después de atravesar un sobrio recibidor en un despacho cuya puerta cerró. Una mesa, cuatro sillas y unas copias malas de Rosales, constituían, junto con un enorme armario de roble, todo el mobiliario de la habitación.
Mi acompañante jadeaba, no sé si a causa del cansancio o un poco por la emoción.
—Todos los coleccionistas saben qué placer se experimenta enseñando sus tesoros a un experto. Hace muchos años que no he mostrado mi colección a nadie. Usted, que es un experto, sabrá admirarla. Antes he de exigir de usted una promesa sin la cual no le mostraría mis álbumes.
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—Diga, me tiene ya demasiado curioso, en verdad.
—Ha de prometerme que no dirá a nadie, nunca, lo que ha visto en mi casa.
—Si esto le ha de tranquilizar, se lo prometo; puede confiar en mi discreción.
—Le creo; no dudo de que es usted un caballero. He dedicado mi vida a los sellos y he invertido en ellos sumas enormes. No he reparado en sacrificios ni en nada, en nada, ¿entiende bien? para acrecentar mi colección. Tengo un ejemplar de las islas Barbadas, que tiene historia... Pero no, mi orgullo, mi auténtico orgullo, no es este. ¿Sabe usted que en 1853, en la Guayana se emitió un sello color de rosa de un céntimo? Muy pocos ejemplares salieron al mercado. Es un sello valiosísimo.
—Sí, he oído hablar de él. Es el sello más raro del mundo, porqué solo existe un ejemplar, pero lo guarda él...
—Lo guardaba. Se vendió en París por 352.000 francos. Ahora está aquí —y su dedo tembloroso señalaba el armario de roble—. ¡El ejemplar único en el mundo está en este armario!
—Pero usted no lo compró. ¡No pudo comprarlo!
La emoción me sacudía a mí también. ¿Cómo era posible que aquel hombre?...
—Diga lo que piensa. ¡Dígale!
El viejo me miraba con maligna expresión en el semblante. Estaba excitado y tembloroso.
—El Guayana rosa lo robé yo, ¡lo robé yo! ¿Lo oye? Hay gentes que se entregan a la morfina, otros al alcohol. Yo me he entregado a los sellos. Vivo solo para mis pedazos de papel. Y usted será el único españcl que podrá tener entre sus manos el ejemplar de un céntimo color de rosa.
—¡Abra el armario de una vez! ¡Ábralo! —grité fuera de mí, tal había sido el efecto de sus palabras—. ¡Quiero saber si es verdad todo esto o se trata de una vil superchería!
Al oír mis gritos, el anciano se había precipitado contra el armario, protegiéndolo con su espalda y los brazos abiertos. Sus ojos dilatados me miraban con terror.
Con voz cavernosa, jadeó:
—¡Qué torpe he side de hablarle así! Ahora quiere usted robarme. Quiere robarme, sí, ¡robarme! —Su voz iba subiendo de tono y adquiría más y más intensidad—. Pero yo no me dejaré. No pedrá llevarse mis álbumes... ¡No podrá!
El viejo estaba terriblemente excitado y yo por momentos más confuso. La cabeza me ardía y no sabía qué partido tomar ante su inesperada reacción, cuando, inopinadamente, se abrió la puerta del aposento y penetró una mujer con un pañuelo en la mano. Aparentaba tener unos cincuenta años y en su rostro se reflejaba una tristeza profunda. Un instante después entraban otras dos mujeres algo más jóvenes, las cuales se abrazaron al viejo, que se echó a llorar como un chiquillo, y entre besos y abrazos se lo llevaron de la estancia.
Al quedarme solo con la que entró primero, me sentía tan cohibido que las piernas me temblaban come un colegial.
—Señora, siento infinitamente... —balbucí.
Se secó ella los ojos con el pañuelo y con un gesto me invitó a sentarme.
—Es usted quien tiene que perdonarnos. Comprendo todo lo que ha sucedido.
Hacía esfuerzos para reprimir los sollozos.
Al fin se calmó y pudo proseguir más tranquila:
—Papá es, en efecto, un filatélico expertísimo; me atrevo a decir que uno de los mejores de España. A los dieciocho años empezó su colección de sellos. Fue uno de los que primero se dedicaron a ello en nuestra patria. Su afición desmedida le llevó al borde de la ruina. Un día gastóse siete mil francos en la compra de un sello turco. Fue su última adquisición importante. A veces pienso que amaba más a su colección que a nosotras mismas. La guardaba aquí.
—¿Guardaba?
—Sí, una noche se la robaron.
Abrió las hojas del armario, cuyos goznes rechinaron estrepitosamente, para mostrar el interior completamente hueco, vacío como un esqueleto abandonado.
—Su dolor fue tremendo. Estuvo enfermo y creíamos que enloquecería. Su cabeza ha quedado un poco flaca. A veces cree que posee aún su colección. A veces inventa cosas que no existen, sellos que no posee, adquisiciones imposibles y así miente y fantasea bajo el impulso de su pasión enfermiza. Solo muy de tarde en tarde se acuerda de que le han robado y entonces sufre una crisis de desesperación. Hace muchísimo tiempo que no se le había ocurrido mostrar a nadie... lo que ya no tiene. Lo siento infinitamente, señor...
Balbuceé con estúpida torpeza unas excusas y no sabría explicar de qué modo me encontré en la calle, tan aturdido iba. Ya en mi casa medité durante muchos días la tragedia del pobre anciano.
Yo no sé si comprenderéis ahora por qué he dejado en paz a mis álbumes y no quiero oír hablar más de sellos de Correos.