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santiago histral
liberación (relato)
Un hombre que prefirió las rejas, a una libertad que le con vertía en esclavo de otra voluntad.
I
Desde hace unos días no sé lo que me pasa. No es que me encuentre enfermo, pero tampoco estoy normal. Es algo diferente, algo más angustioso.
Es necesario que reflexione. Cada día me levanto de la cama con una sensación de cansancio enorme. El despertador repiquetea con estrépito a las siete y media de la mañana. Desperezarme y apartar las sábanas me cuesta un esfuerzo grandioso. La cabeza me arde, me encuentro pesado, cansadísimo a pesar de haber dormido más de nueve horas. La ducha fría apenas logra despejarme un poco, y voy a la oficina con la misma pesadez que si volviese del trabajo de una jornada.
Allí, en el despacho, el trabajo que meses antes ejecutaba con una agilidad y rapidez que en mí eran características, ahora me resulta torpe, lento, lleno de errores y equivocaciones. A veces, he de sufrir el bochorno de una reprimenda debida a faltas que solo un cansancio, o un estado completamente anormal, pueden explicar.
El otro día me dormí en el tranvía cuando solamente hacía una hora que me había levantado.
He pensado, seriamente, si estaré enfermo. No podría decir en qué consiste mi enfermedad porque como bien, duermo bien y no experimento otro malestar que este agotamiento, este desquiciamiento nervioso que limita mis posibilidades de trabajo. A veces me encuentro ensimismado, absorto, completamente apartado de todo lo que me rodea como si el mundo no existiese ya para mí. Y así paso ratos larguísimos sin poder explicar qué pensaba durante tanto tiempo.
Cuando subo las escaleras de mi casa o realizo un esfuerzo considerable noto un ahogo, una sofocación y el corazón me palpita presuroso y en las sienes el pulso bate con fuerza.
Y todo esto no es propio de un hombre de treinta años, que si no fue nunca demasiado fuerte tampoco dejó de ser un hombre normal.
—Esos nervios —decía mi madre— te han de costar un disgusto.
Pero ella lo decía cuando aún era un chiquillo. Debía tener yo entonces catorce años. A los quince ya había muerto. ¡Qué bien me trató siempre la pobre! Tenía entonces un temperamento nervioso en extremo, impresionable. Cualquier cosa me llamaba la atención, arrebatándome.
Aún recuerdo aquel día que salí de casa para irme a la escuela y al encontrar en una plaza un circo que estaba instalando sus enormes tiendas cónicas, tan absorto me quedé que no volví a casa hasta que las luces de la calle me anunciaron que se acercaba la hora de la cena. La imaginación me absorbe y me obsesiona.
El día que salí de la academia, donde amplié mis pobres estudios comerciales, el director me dijo:
—Muchacho, tú no sirves para los números. Eres demasiado «fantasioso». Además, para el comercio se necesita mucha tenacidad, mucha voluntad y tú tienes muy poca. Tú eres un artista metido a contable...
Pero, en fin, todo esto es divagar. Me encuentro en un estado anormal; y deseoso de comunicarlo a alguien se lo dije anteayer a mi tío.
Me miró largamente, sin mover un músculo de su rostro, y al fin musitó:
—Todo esto son apreciaciones tuyus.
No supe qué replicar. Este hombre me impresiona y me ha impresionado siempre. Desde el primer día que entré en esta casa, un mes después del fallecimiento de mi madre.
Es un hombre alto, delgado, reservado, de parcos ademanes, adusto y frío. Con él y una vieja criada más sorda que una tapia, vivo desde entonces, si a tal cosa se le puede llamar vivir.
No puedo quejarme de nada, pues nada de lo substancial me falta. Tengo cama, comida y cuanto puede ser considerado como indispensable.
Pero este ambiente severo, rígido, silencioso, me aplasta. Me hunde. A veces tarda días en dirigirme la palabra. No recuerdo haberle visto sonreír ni llorar. Ni enfadarse, ni alegrarse. Parece un hombre dotado de un maravilloso mecanismo, pero sin corazón.
Ahí está la falta. En que no tiene corazón. O por lo menos parece que no tiene corazón. Aún no sé si este hombre me quiere o me odia. No recuerdo de él ni una sola frase de cariño. El único gesto que podría interpretarse como de interés es el venir, cada noche, cuando estoy acostado, a darme las buenas noches.
Por esto su personalidad extraña no es propicia a la confidencia y al desahogo. Cuando tengo que hablarle tengo miedo. Me impresiona su gesto y su mirada.
Su gesto, precisamente por su carencia. Es un hombre parco de movimientos, ya lo he dicho. Mueve solo los músculos indispensables y permanece horas y horas en la misma posición, en su despacho, ausente, inclinado sobre papeles y mapas trabajando incansable horas y horas sin tolerar que nadie entre en aquella habitación, que es para él el «sancta sanctorum» de la casa.
Pero su esencia, su persona real está en los ojos. Posee una mirada fría y penetrante que contrasta, por su fuego, con el hieratismo de su faz. Las negras pupilas destacando desde el fondo de las negras concavidades, rodeadas de blanca córnea, insondables, son el único signo de vida de este hombre inescrutable.
Todas estas apreciaciones serán debidas a mi falta de cariño acaso. Pero después de mi corta entrevista de esta tarde comprendo que no es él el hombre que pueda alargarme la mano para ayudarme a superar este estado de desquiciamiento general, de angustia, de depresión que me está destrozando.
II
Han pasado quince días y para mí parece que han transcurrido quince años. He adelgazado hasta lo inverosímil y estoy convertido en una sombra de lo que fui.
Es horroroso lo que me pasa.
Lo sé. Lo sé. Y a pesar de hallarme solo pronuncio la frase terrible en voz baja, porque aun en voz baja es suficiente para tenerme aterrorizado. Pero, ¿por qué no decirlo si es verdad?
Me estoy volviendo loco. ¡Me estoy volviendo loco!
Es natural. Debo llevar a rastras la herencia terrible de un antepasado desgraciado. Aquel temperamento hiperexcitable de mi niñez, aquella imaginación exaltada, aquella sensibilidad morbosa, no podían resolverse más que en esto; en esta locura que va apareciendo con fuerza cada día más avasalladora.
En largos momentos de tranquilidad y reflexión he examinado serenamente todos mis actos, mi conducta y he llegado a esta terrible conclusión: Me estoy volviendo loco.
Y tengo pruebas suficientes para hacer afirmación tan grave.
La primera, aquella serie inacabable de síntomas físicos. La postración al despertarme, la abulia, la excitabilidad, aquel decaimiento seguido de momentos de febril angustia, todos aquellos síntomas que, según dicen, señalan la neurastenia, el desequilibrio nervioso, el desarreglo mental como fase última y definitiva.
Y luego, lo más terrible, pero lo más evidente: las pruebas materiales.
Voy a reconstruir el pequeño grupo de incidentes que me han obligado a efectuar este autodiagnóstico.
Hace unos cinco días, primer hecho probado, al ponerme la mano en el bolsillo de la americana encontré una regular cantidad de polvos blancos. Primero pensé si sería una broma de los compañeros de oficina, pero enseguida deseché la idea. Son casi todos gente seria, incapaz de una humorada, y menos ahora que han notado que me he vuelto más taciturno e intratable.
Pero esto es una prueba de mi falta de memoria. En algún sitio me metí los polvos en el bolsillo y ahora no puedo acordarme de nada.
Si he de decir la verdad, no me fijé mucho en este incidente y no lo citaría si no hubiese sido el primero de una serie, corta, pero contundente de hechos inexplicables que me tienen preocupado en gran manera.
A partir de aquel día revuelvo a menudo lo que llevo en los bolsillos. Hace tres días encontré en el superior del chaleco un billete del metro. Al mirarlo me sobresalté porque «yo sé» que desde hace mucho tiempo, meses acaso, no utilizo ese vehículo, que solo conduce desde el centro de la ciudad hasta un barrio apartado y completamente alejado de mi trabajo y mis gustos.
Aquel día reflexioné largamente. ¿Es que en algún momento de mi existencia realizo acciones de las que luego no recuerdo nada? Porque es evidente que o alguien me puso los polvos y el billete en el bolsillo o que yo mismo, sin que ahora pueda reconstruir ni recordar los hechos, adquirí unos polvos y realicé el viaje en metro.
Pero, ¿cuándo lo realicé? Y ¿cómo?
¿O serán todo apreciaciones mías que doy una importancia vital a cosas nimias? De un modo o de otro, con causa o sin ella, lo cierto es que este desquiciamiento nervioso va tomando incremento y actualmente me ha robado ya la tranquilidad y la alegría.
Tengo que consultar el caso con alguien, que me aconseje, que me oriente y me ayude a sanar.
Compañeros y amigos ni tengo ni he tenido desde que terminé el Bachillerato. Y quién sabe aquellos cómo habrán cambiado y por dónde andarán.
Mi tío. Al fin y al cabo es mi único familiar. Pero, ¿cómo explicárselo a él, cuya sola presencia me impone y cuya mirada me intimida?
Hacía ya esfuerzos para no pensar más en todo ello cuando anteayer me sucedió algo peor.
Era miércoles y desde hacía más de una semana el tiempo había sido extraordinariamente bueno. Ni una nube había velado el espléndido sol de mayo y parecía que el verano se adelantaba al calendario. El miércoles, precisamente a eso de las cuatro de la tarde, empezó a llover y no cesó el aguacero, con intermitencias, hasta la mañana siguiente.
Al levantarme el jueves por la mañana me encontré, al vestirme, con la sorpresa de tener el traje bastante húmedo, las botas llenas de barro y los bajos de los pantalones mojados, sucios y arrugados como si acabase de regresar de una excursión al monte en medio de la lluvia.
Pero yo estaba seguro de «no haber salido de casa» desde el miércoles por la mañana.
Al comprobar el hecho palidecí y tuve que apoyarme en la mesa, jadeante, con los ojos desorbitados, el pulso martilleándome las sienes.
Era indudable que había salido, había ido a alguna parte, me había mojado, pero no recordaba nada de todo ello.
Estuve bastante rato devanándome los sesos y buceando en mis recuerdos sin hallar la más pequeña laguna que pudiera explicar tan maravilloso hecho.
Incapaz de torturarme por más tiempo, me lancé a la calle para dar un paseo. Otra vez lucía el sol y los árboles limpios, después de la lluvia, parecían recién pintados.
De repente, me encontré con Samuel Revero.
¡Cuánto tiempo que no le veía! Con qué ansia me agarré de su brazo y charlamos explicándonos nuestras vidas y volcándole toda la tormenta que bullía en mi alma con un balbuceo desacompasado.
Samuel, me olvidé decirlo, era un compañero mío de Bachillerato que había llegado a ser un médico respetable. Habíamos sido carne y uña durante los años de la escuela y del instituto y solo nos separamos al ingresar él en la Universidad y yo en la academia precursora del despacho donde ahora trabajaba.
Tan emocionado me vio y tanta pasión debí poner en mis palabras, que prometió examinarme al día siguiente en su casa.
Aquella noche cené más tranquilo y me acosté antes. Mi tío entró, como cada noche, cuando ya estaba en la cama y, arropándome bien, me dijo como cada día, envolviéndome en su honda pero inescrutable mirada, que yo no sé si quiere reflejar cariño o no:
—Duerme, sobrino. Duerme tranquilo y no pienses más.
Y me dormí rendido de cansancio, temiendo el despertar del día siguiente.
III
Esta mañana me he despertado tranquilo y reposado como jamás desperté desde hace mucho tiempo.
No sé qué hora debe ser. El sol ilumina tímidamente el techo. Me desperezo con voluptuosidad y ahogo un bostezo. Con las manos cruzadas bajo la nuca veo desfilar todos los recuerdos de los últimos días. Cualquiera que ahora se hallase en mi lugar estaría apenado. ¡Qué digo apenado! desesperado. A pesar de todo, yo me siento feliz. Feliz como no lo estuve nunca desde...
Ayer, a esta hora, era un hombre destrozado, un pelele. Ahora... a pesar de lo que hice... O gracias a lo que hice.
Aunque me costón trabajo el hacerlo. Pero era preciso. De otro modo me hundía, me anegaba, y era imprescindible salvarme, volver a ser yo mismo.
* * *
La entrevista con Samuel fue larga y laboriosa. Más de dos horas estuvo interrogándome y realizando toda clase de pruebas. Al final me dijo:
—Chico, me desconciertas. Pero tú no estás loco. Me es más difícil decirte lo que tienes que decirte lo que no tienes. Físicamente acaso estás un poco débil, necesitarías una temporada de reposo, aire libre, buenos alimentos, tranquilidad. Pero en una gran ciudad, ¿quién no lo necesita?
—Al grano, Samuel —le dije impaciente.
—Escúchame con calma. Psíquicamente tu estado y tus explicaciones me aturden. Sufres una neurosis agotadora. Pero no estás loco. Resumiendo, si todo lo que tú me has contado es verdad, solo veo una fantástica explicación.
—¿Cuál es? —le pregunté con afán.
—No te la quiero decir de momento, pero para que veas que quiero ayudarte te pido un favor, y es que me lleves esta noche a tu casa.
—¿A mi casa?
—Sí. Y te pido más, que me dejes quedar a dormir en una habitación cercana a la que tú ocupas. Y no me pidas más explicaciones, que no te las daré. Si insistes en que te ayude ha de ser confiando en mí y procurándome lo que te pido.
No hay que decir que porfié e insistí, pero no logré arrancarle una palabra más. Al fin le prometí arreglarlo tal como me lo pedía.
Mi tío escuchó mi petición sin pestañear. Refunfuñó algo, pero accedió. Le dije que era un compañero mío de estudios que había llegado aquella noche y no tenía sitio donde ir; eran más de las nueve. Accedió visiblemente de mala gana.
Teresa, la criada sorda, le preparó la cama en la habitación contigua a la que ocupaba yo. Después de una cena silenciosa y fría, cohibidos por el gesto huraño y reservado de mi pariente, Samuel pidió permiso para acostarse y se retiró. Al poco rato me acosté yo, mi tío se despidió como cada noche y...
A la mañana siguiente Samuel me esperaba en el comedor. Le pregunté cómo había pasado la noche, qué había visto y otras cosas más, pero no quiso decirme nada hasta que volvimos a su casa.
El silencio y la cara de mi amigo me preocupaban hondamente. Cuando hubo cerrado la puerta del despacho le cogí del brazo porque ya no podía aguantarme más y le exigí:
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—Por lo que más quieras, Samuel, creo que ya he padecido bastante. Comprenderás que...
—Perdona. Ahora lo sabrás todo. Escucharás sin interrumpirme y cuando acabe ya me dirás todo lo que pienses y entre los dos veremos qué se ha de hacer. Te prevengo que debes tener mucha calma.
—Di —musité, y ya no respiré desde que empezó a hablar.
—Anoche, cuando hube cerrado la puerta de mi aposento, examiné atentamente la habitación para ver cómo me las arreglaría para atisbar lo que pasase en la tuya. Te habrás fijado que sobre la puerta hay unos cristales de estos que parecen pintados...
—Sí —le dije—: que llevan pegado un papel de colorines por la parte trasera; sigue.
—No me fue difícil encaramarme con la mesa y una silla y, luego, con un cuchillo, raspar un poco y dejar un hueco por dónde poder mirar. La operación salió bien, porque desde allí veía la mitad de tu habitación.
»Lo que yo pretendía averiguar era a que todo. Estuve bastante rato en mi observatorio hasta que se abrió la puerta y encendiste la luz. Después de arreglar tus cosas te desnudaste y te metiste en la cama. Entró tu tío como dices que hace cada noche, te arropó, percibí que te decía algo y tan cansado estarías que te dormiste en un momento. Lo único que me extrañó fue que tu tío no salió al momento. Sentado al borde de tu cama te miraba mientras sus blancas manos reposaban sobre el embozo y sus labios musitaban algo. Los dos eran fantasías tuyas, lo cual, de ser cierto, no lo habría probado en una noche, o bien que era verdad lo que decías. En este caso, si obrabas y hacías una serie de cosas de las que luego no recordabas nada, lo más probable es que lo hicieses aprovechando el momento en que la voluntad se encuentra más debilitada y la vida psíquica casi desaparece, es decir, durante el sueño. Lo que yo creía era que tu caso no era más que un problema de sonambulismo.
»Tú sabes que el sonámbulo es un individuo que realiza, dormido, una serie de acciones de las que no recuerda nada una vez despierto. Pero... En fin, tú mismo juzgarás.
»Más intrigado que nunca acodeme sobre la mesa, dispuesto a no perder sílaba y no pestañeé hasta llegar al final.
Samuel prosiguió: parecíais un grupo de figuras de cera por la inmovilidad y la palidez.
»Al fin se levantó, apagó la luz y se fue.
»A oscuras bajé de mi atalaya, me desnudé y me metí en la cama. Oí el ruido que produjo una mano moviendo el pomo de la puerta de mi habitación, unos pasos y silencio.
«Quedé mucho rato pensando en todas aquellas cosas y estaba a punto de descabezar el primer sueño cuando volvió a encenderse la luz de tu cuarto. Prestamente me encaramé sobre la torre de muebles y miré.
»Lo que vi me extrañó bastante. Te estabas vistiendo otra vez, pero de un modo raro. Con tus mismas ropas, claro está, pero de una manera automática, rígida, con los movimientos que hace un soldado durante la instrucción. Estabas pálido y en un momento que te volviste vi en tus ojos una expresión extraña, indescriptible, como de ausencia.
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«Cuando casi terminabas entró tu tío y, sin decirte nada, te alargó un paquete, que cogiste sin mirarlo, y luego una pequeña cartera que, sin mirarla también, metiste en un bolsillo. Entonces, sin volverte, sin moverte, sin mirar a tu pariente, saliste de la habitación. Un momento y la puerta del piso se cerró y todo quedó en silencio una vez tu tío apagó la luz y salió.
«Comprenderás que no pude dormir. Poco a poco en mi mente se formaba una tesis más completa que la del supuesto sonambulismo.
«Hacia las cuatro oí la puerta del piso que se abría, me encaramé y vi a tu tío que te abría la puerta de la alcoba, contemplándote mientras te desnudabas y te metías en la cama. Se acercó y te miró largamente mientras te arreglaba la ropa. Te miró fijamente un rato y con lentitud pasó su delgada mano a pocos centímetros de tu frente. Dormías ya. Entonces salió, apagando la luz.
«Observé también que tu abrigo estaba bastante sucio y que tu tío llevaba bajo el brazo, apretándolo fuertemente, un envoltorio mayor del que te dio.
«Esto es todo lo que vi y ahora vamos a tratar de diagnosticar tu caso y hallarle pronto remedio.
* * *
Ya lo creo que charlamos. Entonces comprendí claramente mi situación. Quedó desechada la hipótesis de un sonambulismo; era algo peor. Me encontraba envuelto entre las redes de una descomunal y repugnante araña, mi tío, que había sorbido mi voluntad a través de aquel abismo negro de sus pupilas inquietantes. Nunca hubiese imaginado que la severidad, la frialdad de mi pariente ocultasen esta perversión...
Me despedí de Samuel, quedando citados otra vez por la tarde. No regresé a casa, sino que me dirigí a una Biblioteca Pública, donde pasé varias horas leyendo. Algo había oído de todo esto, pero ahora acabé de comprender. Estaba abrumado, era indudable. Y, además, todo coincidía: la fuerte personalidad de mi tío, mi temperamento hipersensible, mi falta de voluntad, explicaban la facilidad con que, Dios sabe cuándo, había empezado a sumirme en el sueño hipnótico. Y luego, las salidas frecuentes explicaban el cansancio por la mañana, debido a la falta de reposo.
Las páginas del libro volaban devoradas por la vista ansiosa. Inmoralidad del Hipnotismo cuando no se practica con fines médicos, aquiescencia del hipnotizado, etc., etc. Y, después, aquel desconsolador diagnóstico:
«El sujeto difícilmente podrá sustraerse a la sugestión hipnótica, una vez empezada, si no es por consentimiento del hipnotizador, ya que la voluntad se va debilitando progresivamente...»
Cerré el libro, lo devolví y salí.
Lentamente me dejaba llevar por el torrente de los paseantes. Estaba en manos de un hombre que, aprovechando mi estado inconsciente, me sugería una serie de acciones, órdenes y mandatos de carácter desconocido que ejecutaba sin que luego tuviese el menor conocimiento de ello.
—Y esta noche —me dije— volverá al borde de mi cama y en mis ojos leerá la resolución que hayamos tomado con Samuel...
Se hacía urgente una decisión. Faltaba una hora para la cita con el médico y me dirigí a su casa. Pero una honda decepción me esperaba. Acababa de recibir un telegrama de su familia rogándole se pusiera inmediatamente en camino porque un asunto urgente le llamaba.
—Me voy, chico, me voy y te juro que me pesa dejarte así. Teníamos que estudiar una solución, algo. En fin, procura no volver a casa de tu tío, o enciérrate en la habitación... O auséntate. Lo que creas más conveniente hasta mi regreso.
Lo dejé marchar con una congoja extraña en el pecho. No tenía dinero, no tenía parientes ni amigos. No tenía escape posible.
Tomé una resolución definitiva. Pero antes tenía que volver a mi casa. Era preciso que yo supiese para qué fines me empleaba aquel hombre. Eran casi las cinco de la tarde y él acostumbraba a no regresar hasta las ocho.
Entré sin hacer ruido. Teresa, la criada, cosía en la cocina. No podía oírme. Sabía que la llave del despacho —lo había descubierto casualmente un mes atrás— estaba guardada en el hueco que dejaba la base de un busto de María Antonieta que estaba en el salón.
Penetré en la reducida habitación que constituía la cámara prohibida para, todo el mundo y me dediqué a buscar sobre la mesa. Los cajones estaban cerrados. Casualmente dirigí la vista a un periódico doblado que entre otros estaban en una esquina de la misma.
Un subtítulo pequeño en un rincón de la página me llamó la atención: «Tráfico de drogas», y debajo una breve reseña de los trabajos que la policía efectuaba en el barrio de N, para descubrir los hilos de una vasta organización...
Repetí el nombre de aquel barrio que citaba el periódico. Era un barrio pobre y miserable, cercano al puerto, donde se apilaba toda el hampa de la ciudad.
—Ya recuerdo, Dios mío —exclamé—. ¡El billete del metro que me encontré en el bolsillo!
Dejé el diario. Sobre la mesa había un envoltorio regular atado con un bramante. Lo desaté por si su contenido arrojaba alguna luz. Un libraco viejo y polvoriento. Lo abrí para hojearlo, y con enorme sorpresa noté que contenía en su interior una cajita metálica. Las hojas del libro habían sido cuidadosamente cortadas en toda la parte impresa dejando solo el margen cuadrado, blanco. Cerrado tenía toda la apariencia de un libro normal. Abierto mostraba una cajita que ajustaba perfectamente en la oquedad del volumen. Abrí la cajita. Un polvo blanco, como el que hallé un día en mi bolsillo, que no era difícil identificar como la «coca», el alimento enloquecedor del pobre toxicómano.
Emocionado lo volví a dejar todo en su sitio, cerré la puerta y salí con el mismo sigilo que al entrar.
Ahora estaba todo clarísimo. Pero mil preguntas hervían en mi imaginación.
¿A qué sitio había ido? ¿Cuántas veces? ¿Con quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?
¿Había ido, en pretérito? Sí, pero también «adónde iría» de nuevo. Sí; volvería. Tantas veces como quisiera mi tío, inconscientemente, a pesar de conocer el peligro. La vida ya no sería para mí sino una tortura constante, esperando con horror la llegada de la noche hasta que un día cayese en manos de la autoridad.
No podía ser, no debía ser. ¡No sería!
Regresé a casa, y a Teresa, que me abrió, le dije que me acostaba, que no me encontraba bien, que se lo dijese a mi tío. Me metí en cama y no dormí. Entre mis manos febriles tenía el supremo recurso.
Encendióse la luz y penetró mi pariente, que se sentó al borde de la cama. Preguntóme cómo me encontraba. Me arropó.
—Esto no será nada. No tienes fiebre. Duerme tranquilo, sobrino, duerme.
Y de sus redondas pupilas rodeadas de un haló sombrío salían dos dardos de luz que me paralizaban de terror.
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Un dulce sopor se adueñaba de mí. La voluntad se iba doblegando al sueño. Los ojos penetrantes me taladraban el cerebro. En el último momento, realizando un supremo esfuerzo, apreté el gatillo. Sonaron dos, tres disparos. Las pupilas negras se desorbitaron, se apagaron y el cuerpo de mi tío se dobló sobre la colcha de mi cama.
* * *
Me paso la mano por la frente y respiro hondamente. Todo esto son recuerdos de ayer. Hoy he dormido bien. A través del enrejado ventanal— ¿manicomio? ¿prisión? ¡qué importa! —el sol penetra alegremente y se posa sobre la manta que me abriga. Lo contemplo todo con el suave cariño del que ha vuelto a nacer. Mi cuerpo encerrado cobija otra vez un alma libre. Yo he vuelto a ser yo.