la bicicleta del señor micheletto (relato)
El señor Micheletto ya había cumplido los 75 años. Era conocido en la ciudad como un hombre austero, pero a todos les sorprendía que siguiera usando su vieja bicicleta para ir cada día al trabajo.
Era dueño de una pequeña empresa dedicada a la fabricación de muelles para sillines y, aunque tenía una buena situación económica, jamás se compró una bicicleta nueva. Se decía que cuidaba esa bicicleta más que a un hijo, que por cierto no tuvo.
La gente pensaba que la obsesión por esa vieja bicicleta se debía a que el señor Micheletto, siendo muy joven, había encontrado trabajo en la fábrica gracias a ella, años más tarde había ascendido a jefe de planta y después, al casarse con la hija del dueño, Georgina, se había hecho cargo de la dirección de la empresa. Cuentan que su mujer intentó regalarle otra bicicleta, último modelo, con palanca para cambios de velocidad, pero él la guardó en el garaje y nunca la usó.
Nadie podía afirmar si esto era cierto, porque el señor Micheletto era hombre de muy pocas palabras y además no tenía amigos. Era religioso, eso sí, y honrado como pocos.
Solían verlo pasar bien vestido, con sombrero al tono, las pinzas cuidadosamente puestas en los pantalones y el maletín en el portaequipajes, todos los días hábiles del año a las ocho y media de la mañana. La bicicleta siempre brillante, impecable a pesar de sus años.
Desde hacía tres días, cuando su mujer le habló del joven que estaba haciendo una tesis sobre esa película, Micheletto había empezado a sentirse mal.
Fue a ver al médico, pero después de hacerle una serie de pruebas, solo le dijo que estaba sano, y le recetó un poco de descanso. Él no podía descansar, debía cumplir con sus obligaciones y tenía un importante pedido de muelles de sillines para una fábrica de Génova.
Ese jueves, al señor Micheletto, el pasillo del edificio de su empresa se le hizo largo, más largo que otros días. En los años que llevaba allí lo había atravesado miles de veces y jamás había sentido esa distancia ni tampoco que el suelo tuviera desniveles que ahora se le hacían insalvables. Hacía frío y las paredes blancas le parecieron témpanos a la deriva; se movían con lentitud, es cierto, pero tuvo miedo de apoyar su espalda y no encontrar sostén en ellas.
Se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de que aquel paisaje familiar se aquietara para poder seguir caminando hacia el comedor. Tenía previsto comer con el ingeniero Rapello, el jefe de planta. Maldijo su suerte cuando, al abrirlos, vio otra vez delante de él esa inmensidad angosta, que se perdía en la puerta oscura del fondo. Y maldijo también el nudo que sentía alrededor del estómago y que ascendía hacia la garganta.
Dio unos pasos, alcanzó a doblar hacia otro pasillo que llevaba al jardín y allí por fin encontró un sillón donde poder sentarse. Más tranquilo, el señor Micheletto cerró los ojos y descansó.
No supo cuánto tiempo había permanecido así hasta que oyó la voz suave y ronca de su secretaria, que le apoyaba en el hombro la mano huesuda.
—¿Le pasa algo señor Micheletto?
—No, gracias, estoy bien —contestó, y trató de sentarse con la espalda erguida. La secretaria lo observaba con tal preocupación que se sintió molesto.
Se levantó, miró su reloj y comprobó que se había retrasado demasiado.
—Busque al señor Rapello, por favor, y dígale que no podré comer con él. Lo espero en mi despacho a las cinco, para tomar café.
La secretaria asintió y se dirigió al comedor para transmitir a Rapello el mensaje, mientras el señor Micheletto se encaminaba a su despacho. El pasillo ya no le pareció tan largo y las paredes, por suerte, habían dejado de moverse. Cerró la puerta, abrió las cortinas para ver el enorme jardín, se sirvió una copa de coñac y se quedó de pie frente a la ventana. La corneta entró con un solo altísimo y casi enseguida el tambor se sumó a la vieja melodía. Sorprendido, el señor Micheletto se volvió para ver si su radio había quedado encendida, pero al acercarse comprobó que estaba apagada.
Regresó a la ventana y buscó en el jardín el origen de la música que seguía retumbando dentro de su cabeza. El jardín estaba desierto y caía una lluvia fina.
La inquietud era un sentimiento poco frecuente en él; desde su juventud, en aquellos años terribles de la guerra, nunca se había sentido de verdad inquieto por nada, y consideraba que gracias a esa gran seguridad había conseguido tener una vida cómoda, y no solo cómoda, tenía una situación económica que más de uno envidiaba. Además del respeto de la gente. Era cierto que nunca más había tenido un amigo, pero tampoco lo echaba de menos; había aprendido a estar solo. La amistad es un asunto de juventud, pensó, y siempre se acaba.
Pensaba esto, cuando le pareció ver que el césped húmedo ondulaba como habían ondulado antes las paredes del pasillo. Cerró los ojos de inmediato y se sentó en su gran sillón frente al escritorio. Apretó el botón del interfono.
—Por favor, señorita Baldi, ¿hay alguien tocando una trompeta en el edificio?
—No, señor; no creo, pero enseguida lo averiguaré.
—Perdone… ¿Usted no escucha cómo suena?
—No, señor; en mi despacho, no. Bajaré a preguntar, si usted lo desea.
—No, no pregunte nada, gracias, debo haber dejado mi radio encendida.
Colgó. La trompeta continuaba con el solo y era una música tan dulce, tan diáfana, que por un instante el señor Micheletto tuvo ganas de llorar. Y al mismo tiempo sintió algo parecido a la vergüenza. Esa melodía antigua le recordaba algo, no podía precisar qué, pero estaba seguro de poder recomponer alguna imagen, algún momento de su vida en el que esa música ya existía, probablemente en su barrio, ese sucio barrio obrero de las afueras. Lo cierto es que durante años lo había olvidado y no guardaba ningún recuerdo agradable de ese tiempo. Ni quería guardarlo.
En un gesto involuntario se tapó las orejas para alejar el ruido del tambor que comenzaba otra vez a hacer el contrapunto a la trompeta. No lo consiguió, pero encontró en su cajón los tapones de goma que usaba cuando visitaba las instalaciones de la fábrica; nunca había soportado el ruido de las máquinas y menos aún el de montaje en cadena, donde había pasado tantos malos años.
Ya en silencio, abrió la carpeta con los cómputos de producción y revisó concienzudamente las cifras. Debía tener listo el informe mensual para la junta de accionistas del día siguiente. Cuando estaba en la segunda columna de porcentajes, sintió una larga punzada en el pecho que lo dejó sin aire por unos instantes. Había olvidado tomar su medicamento. Con rapidez abrió el bote, sacó dos pastillas y las masticó.
Al levantar la vista vio a su secretaria, la señorita Baldi, de pie junto a la puerta y gesticulando. Nadie le había dado permiso para entrar así a su despacho. Abría y cerraba los brazos y la boca de una forma extraña. Cuando advirtió que no oía por los tapones, se quitó uno y pudo comprender lo que decía.
—Su mujer está en el teléfono, señor, llevo intentando decírselo, pero como no me oía…
—Dígale que la llamaré más tarde, que estoy reunido —trató de que su voz no denotara el temor que sentía.
—Sí, señor. Me ha pedido que le recuerde que la cena es hoy.
Le resultaba imposible hablar con Georgina. Su malestar, lo detectó inmediatamente, aunque no pudiera decírselo al médico ni a nadie, había comenzado justamente después de una llamada suya para decirle todas esas tonterías del joven documentalista de cine. Y no estaba dispuesto a tolerarlo.
—Ha llamado un joven director de cine, un encanto de persona, tan culto y agradable que no puedes ni imaginarlo —le había dicho—. Está haciendo su tesis sobre Vittorio de Sica y ha descubierto el origen de la historia del Ladrón de bicicletas. ¿No te parece fantástico? Seguramente quiere empaparse del mundo de la bicicleta y ha pensado en ti. Georgina hablaba excitada, con su voz aguda. Lo recordaba perfectamente.
—¿En mí? —contestó él con acritud, y sintió la primera punzada en el pecho. No podía responderle; el escritorio se transformó en una mancha oscura que descendía de nivel, como si de pronto fuera blando. Nunca le había pasado algo semejante, nada sólido se ablanda de esa forma.
—En ti, querido, en ti. Creo que ha encontrado una antigua fotografía en los archivos históricos que le interesaría comentar contigo. No sé, no he entendido bien, me hablaba del neorrealismo, de cine documental, de un señor llamado Sabattini, y yo, claro, no entendí bien, pero tratándose del mundo del cine pensé que te encantaría conocerlo. Será una publicidad estupenda para nuestros muelles. ¿Te imaginas? Estoy tan contenta, siempre he deseado poder estar cerca del cine, es una oportunidad única. ¿No te parece?
—Sí, Georgina, sin duda —el escritorio seguía moviéndose y esperó pacientemente a que ella terminara de hablar. Mientras tanto tomó dos pastillas y trató de serenarse.
Había días que no merecían existir y ese era uno de ellos.
—Me dijo que quiere conocerte, y yo, no sé si tú estás de acuerdo, le he propuesto que venga a cenar el jueves a casa.
—¿A cenar a casa?
—Sí, claro, no sé por qué me gritas.
—Disculpa, estoy un poco nervioso. ¿Te ha dejado su número de teléfono?
—No, pero ha dicho que te llamará y vendrá sin falta.
—No quiero que me llame, ni quiero cenar con él, ni quiero saber nada con el cine de De Sica ni con ningún tipo de cine. ¿Lo entiendes? Yo solo soy un empresario y me dedico a mis bicicletas. O sea, que si te llama, le dices que he enfermado, que me he ido de viaje, lo que quieras: no estoy.
—Me estás gritando, querido.
—Lo siento, Georgina, pero haz lo que te digo, y ahora te dejo, tengo mucho trabajo.
—No lo olvides, el jueves vendrá a cenar con nosotros.
Cuando su mujer colgó, empezó a sentirse mal. No era posible que cuarenta años más tarde alguien pretendiera hablar con él de un asunto olvidado. Absolutamente olvidado. La historia se la había inventado alguien que deseaba perjudicarlo, y De Sica, si la creyó, tenía derecho a hacerlo. Un director de cine puede contar cualquier historia y decir que es real. Un empresario no puede hacerlo, un empresario no cuenta historias más que reales. Los números y acaso algún chiste de sobremesa.
Durante tres días volvió a la casa tarde, para encontrar a Georgina dormida y evitar que hablara de cine. No hubiera podido soportarlo.
Ni iba a soportarlo ahora, cuando debía entregar un importante pedido y analizar los presupuestos. Se sirvió otro coñac y se lo bebió casi de un trago.
Antes de sentarse, se detuvo otra vez en la ventana. Detrás del jardín alcanzó a ver el espacio cubierto por las bicicletas de los trabajadores, como un ejército, alineadas, algunas de colores, otras más viejas, quietas bajo la lluvia fina. La imagen jamás le había molestado, al contrario, cuando miraba el terreno de estacionamiento se llenaba de orgullo por el orden logrado en su pequeña empresa. Pero en ese momento sintió miedo y enseguida tuvo ganas de hacer pis. Fue hasta el servicio y escuchó caer su líquido, más tranquilo, pero cuando estaba lavándose las manos, creyó ver que otra vez la pared blanca comenzaba a oscilar. Salió rápidamente y fue a sentarse por fin en su sillón, detrás del escritorio.
A los pocos minutos, alguien golpeaba su puerta.
—Adelante —dijo.
Había olvidado la cita con Rapello, que abrió la puerta y atravesó el despacho con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa quieta en los labios; se acercó y lo saludó con amabilidad.
—Estuve esperándolo. Se ha perdido usted un extraordinario arroz a la florentina.
Le devolvió el saludo y lo acompañó a sentarse en los sillones cercanos a la chimenea. No deseaba hablar de presupuestos, pero necesitaba estar con alguien. Es más, casi no podía hablar.
Sin que Rapello se diera cuenta, se quitó el segundo tapón de la oreja izquierda y lo escondió en su bolsillo. Pero no bien lo hubo hecho, una nota altísima de la trompeta le atravesó por dentro. Se llevó la mano a la cabeza y Rapello lo miró sorprendido.
—¿Le duele algo?
—No. Estoy bien, un poco de jaqueca, pero nada grave. ¿Quiere tomar algo?
—Sí, gracias.
El señor Micheletto sirvió dos copas y se sentó frente al ingeniero. Rapello abrió la carpeta y empezó a hablar. No podía escucharlo, su voz empezaba a estar tapada por la entrada suave del fagot y otra vez, muy bajo, el solo de trompeta. Rapello continuaba leyendo. Cuando terminó, le pidió su opinión, pero Micheletto solo tenía en su cara una sonrisa benevolente. Rapello pensó que estaba de acuerdo con él y cerró la carpeta.
—¿De verdad se siente usted bien, señor Micheletto? —Rapello lo miraba fijamente, pero él tardó en responder.
—Dígame, Rapello, ¿usted es siempre una sola persona?
—Claro, señor Micheletto —dijo sorprendido y sin pensar mucho.
—Pues yo, desde hace unos días, creo que soy varias. Y eso que toda mi vida no he tratado más que de ser una.
—¿Cómo dice?
—Eso digo. Si le dijera a usted que hay un documento, una fotografía simplemente, que atestigua que soy otra persona, usted no me creería.
—Yo siempre le creo, señor Micheletto.
—Claro, claro —Micheletto apuró la copa.
—¿Se siente usted bien? —insistió Rapello cada vez más confundido. Su jefe nunca le había hablado así y menos aún de temas personales.
—Sí, hombre, sí. Nadie me creería si dijera ahora que yo fui quien robó esa bicicleta a un amigo, Rapello, a un amigo; entonces los dos éramos muy pobres, pero él al menos tocaba la trompeta.
—¿Robó una bicicleta? No es posible.
—Así es. Hay una película que lo cuenta, una película bellísima por cierto.
—Pero me está hablando usted de una película.
—Eso es. La película cuenta la historia del hombre al que le roban esa bicicleta. Pero nadie ha contado la historia del ladrón. El ladrón debía estar callado. O lo hubieran descubierto, ¿no le parece?
—Claro, señor —sorprendido, Rapello dejó caer la carpeta y la recogió con rapidez.
—¿Conoce usted esa película?
—Creo que sé de qué película me habla, es una antigua.
—Sí. Es antigua; no solo robé la bicicleta, sino que se la robé a mi mejor amigo, y él le contó la historia del robo a otro. Y así llegó hasta De Sica. O hasta Sabattini, que escribió la historia. Si no fuera por esa bicicleta, yo jamás hubiera conseguido mi primer empleo en esta fábrica. Exigían tenerla. Eran tiempos difíciles, tuve que hacerlo, y tuve también que olvidarme de mi amigo, el trompetista. Pero ya ve, él tiene una película, y yo, sin embargo, no tengo la mía.
Micheletto se tapó con las manos las orejas.
—¿Se siente bien, señor Micheletto?
—¿No escucha usted la trompeta, Rapello?
—No, señor.
—Lástima, es fantástica.
Rapello se levantó con discreción, saludó amablemente a Micheletto y se marchó.
Dicen que desde aquel día no se vio nunca más al señor Micheletto en su vieja bicicleta. La señorita Baldi afirma que escuchó ruidos metálicos y supone que el señor Micheletto desmontó la bicicleta. Otros dicen que esa tarde lo vieron pasar rumbo al río, iba con un paquete en las manos, que probablemente lanzó a las aguas. Nadie sabe con certeza si cenó con el joven documentalista, lo único cierto es que el viernes, el señor Micheletto llegó a la empresa en taxi, a la misma hora que todos los días.
Era dueño de una pequeña empresa dedicada a la fabricación de muelles para sillines y, aunque tenía una buena situación económica, jamás se compró una bicicleta nueva. Se decía que cuidaba esa bicicleta más que a un hijo, que por cierto no tuvo.
La gente pensaba que la obsesión por esa vieja bicicleta se debía a que el señor Micheletto, siendo muy joven, había encontrado trabajo en la fábrica gracias a ella, años más tarde había ascendido a jefe de planta y después, al casarse con la hija del dueño, Georgina, se había hecho cargo de la dirección de la empresa. Cuentan que su mujer intentó regalarle otra bicicleta, último modelo, con palanca para cambios de velocidad, pero él la guardó en el garaje y nunca la usó.
Nadie podía afirmar si esto era cierto, porque el señor Micheletto era hombre de muy pocas palabras y además no tenía amigos. Era religioso, eso sí, y honrado como pocos.
Solían verlo pasar bien vestido, con sombrero al tono, las pinzas cuidadosamente puestas en los pantalones y el maletín en el portaequipajes, todos los días hábiles del año a las ocho y media de la mañana. La bicicleta siempre brillante, impecable a pesar de sus años.
Desde hacía tres días, cuando su mujer le habló del joven que estaba haciendo una tesis sobre esa película, Micheletto había empezado a sentirse mal.
Fue a ver al médico, pero después de hacerle una serie de pruebas, solo le dijo que estaba sano, y le recetó un poco de descanso. Él no podía descansar, debía cumplir con sus obligaciones y tenía un importante pedido de muelles de sillines para una fábrica de Génova.
Ese jueves, al señor Micheletto, el pasillo del edificio de su empresa se le hizo largo, más largo que otros días. En los años que llevaba allí lo había atravesado miles de veces y jamás había sentido esa distancia ni tampoco que el suelo tuviera desniveles que ahora se le hacían insalvables. Hacía frío y las paredes blancas le parecieron témpanos a la deriva; se movían con lentitud, es cierto, pero tuvo miedo de apoyar su espalda y no encontrar sostén en ellas.
Se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de que aquel paisaje familiar se aquietara para poder seguir caminando hacia el comedor. Tenía previsto comer con el ingeniero Rapello, el jefe de planta. Maldijo su suerte cuando, al abrirlos, vio otra vez delante de él esa inmensidad angosta, que se perdía en la puerta oscura del fondo. Y maldijo también el nudo que sentía alrededor del estómago y que ascendía hacia la garganta.
Dio unos pasos, alcanzó a doblar hacia otro pasillo que llevaba al jardín y allí por fin encontró un sillón donde poder sentarse. Más tranquilo, el señor Micheletto cerró los ojos y descansó.
No supo cuánto tiempo había permanecido así hasta que oyó la voz suave y ronca de su secretaria, que le apoyaba en el hombro la mano huesuda.
—¿Le pasa algo señor Micheletto?
—No, gracias, estoy bien —contestó, y trató de sentarse con la espalda erguida. La secretaria lo observaba con tal preocupación que se sintió molesto.
Se levantó, miró su reloj y comprobó que se había retrasado demasiado.
—Busque al señor Rapello, por favor, y dígale que no podré comer con él. Lo espero en mi despacho a las cinco, para tomar café.
La secretaria asintió y se dirigió al comedor para transmitir a Rapello el mensaje, mientras el señor Micheletto se encaminaba a su despacho. El pasillo ya no le pareció tan largo y las paredes, por suerte, habían dejado de moverse. Cerró la puerta, abrió las cortinas para ver el enorme jardín, se sirvió una copa de coñac y se quedó de pie frente a la ventana. La corneta entró con un solo altísimo y casi enseguida el tambor se sumó a la vieja melodía. Sorprendido, el señor Micheletto se volvió para ver si su radio había quedado encendida, pero al acercarse comprobó que estaba apagada.
Regresó a la ventana y buscó en el jardín el origen de la música que seguía retumbando dentro de su cabeza. El jardín estaba desierto y caía una lluvia fina.
La inquietud era un sentimiento poco frecuente en él; desde su juventud, en aquellos años terribles de la guerra, nunca se había sentido de verdad inquieto por nada, y consideraba que gracias a esa gran seguridad había conseguido tener una vida cómoda, y no solo cómoda, tenía una situación económica que más de uno envidiaba. Además del respeto de la gente. Era cierto que nunca más había tenido un amigo, pero tampoco lo echaba de menos; había aprendido a estar solo. La amistad es un asunto de juventud, pensó, y siempre se acaba.
Pensaba esto, cuando le pareció ver que el césped húmedo ondulaba como habían ondulado antes las paredes del pasillo. Cerró los ojos de inmediato y se sentó en su gran sillón frente al escritorio. Apretó el botón del interfono.
—Por favor, señorita Baldi, ¿hay alguien tocando una trompeta en el edificio?
—No, señor; no creo, pero enseguida lo averiguaré.
—Perdone… ¿Usted no escucha cómo suena?
—No, señor; en mi despacho, no. Bajaré a preguntar, si usted lo desea.
—No, no pregunte nada, gracias, debo haber dejado mi radio encendida.
Colgó. La trompeta continuaba con el solo y era una música tan dulce, tan diáfana, que por un instante el señor Micheletto tuvo ganas de llorar. Y al mismo tiempo sintió algo parecido a la vergüenza. Esa melodía antigua le recordaba algo, no podía precisar qué, pero estaba seguro de poder recomponer alguna imagen, algún momento de su vida en el que esa música ya existía, probablemente en su barrio, ese sucio barrio obrero de las afueras. Lo cierto es que durante años lo había olvidado y no guardaba ningún recuerdo agradable de ese tiempo. Ni quería guardarlo.
En un gesto involuntario se tapó las orejas para alejar el ruido del tambor que comenzaba otra vez a hacer el contrapunto a la trompeta. No lo consiguió, pero encontró en su cajón los tapones de goma que usaba cuando visitaba las instalaciones de la fábrica; nunca había soportado el ruido de las máquinas y menos aún el de montaje en cadena, donde había pasado tantos malos años.
Ya en silencio, abrió la carpeta con los cómputos de producción y revisó concienzudamente las cifras. Debía tener listo el informe mensual para la junta de accionistas del día siguiente. Cuando estaba en la segunda columna de porcentajes, sintió una larga punzada en el pecho que lo dejó sin aire por unos instantes. Había olvidado tomar su medicamento. Con rapidez abrió el bote, sacó dos pastillas y las masticó.
Al levantar la vista vio a su secretaria, la señorita Baldi, de pie junto a la puerta y gesticulando. Nadie le había dado permiso para entrar así a su despacho. Abría y cerraba los brazos y la boca de una forma extraña. Cuando advirtió que no oía por los tapones, se quitó uno y pudo comprender lo que decía.
—Su mujer está en el teléfono, señor, llevo intentando decírselo, pero como no me oía…
—Dígale que la llamaré más tarde, que estoy reunido —trató de que su voz no denotara el temor que sentía.
—Sí, señor. Me ha pedido que le recuerde que la cena es hoy.
Le resultaba imposible hablar con Georgina. Su malestar, lo detectó inmediatamente, aunque no pudiera decírselo al médico ni a nadie, había comenzado justamente después de una llamada suya para decirle todas esas tonterías del joven documentalista de cine. Y no estaba dispuesto a tolerarlo.
—Ha llamado un joven director de cine, un encanto de persona, tan culto y agradable que no puedes ni imaginarlo —le había dicho—. Está haciendo su tesis sobre Vittorio de Sica y ha descubierto el origen de la historia del Ladrón de bicicletas. ¿No te parece fantástico? Seguramente quiere empaparse del mundo de la bicicleta y ha pensado en ti. Georgina hablaba excitada, con su voz aguda. Lo recordaba perfectamente.
—¿En mí? —contestó él con acritud, y sintió la primera punzada en el pecho. No podía responderle; el escritorio se transformó en una mancha oscura que descendía de nivel, como si de pronto fuera blando. Nunca le había pasado algo semejante, nada sólido se ablanda de esa forma.
—En ti, querido, en ti. Creo que ha encontrado una antigua fotografía en los archivos históricos que le interesaría comentar contigo. No sé, no he entendido bien, me hablaba del neorrealismo, de cine documental, de un señor llamado Sabattini, y yo, claro, no entendí bien, pero tratándose del mundo del cine pensé que te encantaría conocerlo. Será una publicidad estupenda para nuestros muelles. ¿Te imaginas? Estoy tan contenta, siempre he deseado poder estar cerca del cine, es una oportunidad única. ¿No te parece?
—Sí, Georgina, sin duda —el escritorio seguía moviéndose y esperó pacientemente a que ella terminara de hablar. Mientras tanto tomó dos pastillas y trató de serenarse.
Había días que no merecían existir y ese era uno de ellos.
—Me dijo que quiere conocerte, y yo, no sé si tú estás de acuerdo, le he propuesto que venga a cenar el jueves a casa.
—¿A cenar a casa?
—Sí, claro, no sé por qué me gritas.
—Disculpa, estoy un poco nervioso. ¿Te ha dejado su número de teléfono?
—No, pero ha dicho que te llamará y vendrá sin falta.
—No quiero que me llame, ni quiero cenar con él, ni quiero saber nada con el cine de De Sica ni con ningún tipo de cine. ¿Lo entiendes? Yo solo soy un empresario y me dedico a mis bicicletas. O sea, que si te llama, le dices que he enfermado, que me he ido de viaje, lo que quieras: no estoy.
—Me estás gritando, querido.
—Lo siento, Georgina, pero haz lo que te digo, y ahora te dejo, tengo mucho trabajo.
—No lo olvides, el jueves vendrá a cenar con nosotros.
Cuando su mujer colgó, empezó a sentirse mal. No era posible que cuarenta años más tarde alguien pretendiera hablar con él de un asunto olvidado. Absolutamente olvidado. La historia se la había inventado alguien que deseaba perjudicarlo, y De Sica, si la creyó, tenía derecho a hacerlo. Un director de cine puede contar cualquier historia y decir que es real. Un empresario no puede hacerlo, un empresario no cuenta historias más que reales. Los números y acaso algún chiste de sobremesa.
Durante tres días volvió a la casa tarde, para encontrar a Georgina dormida y evitar que hablara de cine. No hubiera podido soportarlo.
Ni iba a soportarlo ahora, cuando debía entregar un importante pedido y analizar los presupuestos. Se sirvió otro coñac y se lo bebió casi de un trago.
Antes de sentarse, se detuvo otra vez en la ventana. Detrás del jardín alcanzó a ver el espacio cubierto por las bicicletas de los trabajadores, como un ejército, alineadas, algunas de colores, otras más viejas, quietas bajo la lluvia fina. La imagen jamás le había molestado, al contrario, cuando miraba el terreno de estacionamiento se llenaba de orgullo por el orden logrado en su pequeña empresa. Pero en ese momento sintió miedo y enseguida tuvo ganas de hacer pis. Fue hasta el servicio y escuchó caer su líquido, más tranquilo, pero cuando estaba lavándose las manos, creyó ver que otra vez la pared blanca comenzaba a oscilar. Salió rápidamente y fue a sentarse por fin en su sillón, detrás del escritorio.
A los pocos minutos, alguien golpeaba su puerta.
—Adelante —dijo.
Había olvidado la cita con Rapello, que abrió la puerta y atravesó el despacho con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa quieta en los labios; se acercó y lo saludó con amabilidad.
—Estuve esperándolo. Se ha perdido usted un extraordinario arroz a la florentina.
Le devolvió el saludo y lo acompañó a sentarse en los sillones cercanos a la chimenea. No deseaba hablar de presupuestos, pero necesitaba estar con alguien. Es más, casi no podía hablar.
Sin que Rapello se diera cuenta, se quitó el segundo tapón de la oreja izquierda y lo escondió en su bolsillo. Pero no bien lo hubo hecho, una nota altísima de la trompeta le atravesó por dentro. Se llevó la mano a la cabeza y Rapello lo miró sorprendido.
—¿Le duele algo?
—No. Estoy bien, un poco de jaqueca, pero nada grave. ¿Quiere tomar algo?
—Sí, gracias.
El señor Micheletto sirvió dos copas y se sentó frente al ingeniero. Rapello abrió la carpeta y empezó a hablar. No podía escucharlo, su voz empezaba a estar tapada por la entrada suave del fagot y otra vez, muy bajo, el solo de trompeta. Rapello continuaba leyendo. Cuando terminó, le pidió su opinión, pero Micheletto solo tenía en su cara una sonrisa benevolente. Rapello pensó que estaba de acuerdo con él y cerró la carpeta.
—¿De verdad se siente usted bien, señor Micheletto? —Rapello lo miraba fijamente, pero él tardó en responder.
—Dígame, Rapello, ¿usted es siempre una sola persona?
—Claro, señor Micheletto —dijo sorprendido y sin pensar mucho.
—Pues yo, desde hace unos días, creo que soy varias. Y eso que toda mi vida no he tratado más que de ser una.
—¿Cómo dice?
—Eso digo. Si le dijera a usted que hay un documento, una fotografía simplemente, que atestigua que soy otra persona, usted no me creería.
—Yo siempre le creo, señor Micheletto.
—Claro, claro —Micheletto apuró la copa.
—¿Se siente usted bien? —insistió Rapello cada vez más confundido. Su jefe nunca le había hablado así y menos aún de temas personales.
—Sí, hombre, sí. Nadie me creería si dijera ahora que yo fui quien robó esa bicicleta a un amigo, Rapello, a un amigo; entonces los dos éramos muy pobres, pero él al menos tocaba la trompeta.
—¿Robó una bicicleta? No es posible.
—Así es. Hay una película que lo cuenta, una película bellísima por cierto.
—Pero me está hablando usted de una película.
—Eso es. La película cuenta la historia del hombre al que le roban esa bicicleta. Pero nadie ha contado la historia del ladrón. El ladrón debía estar callado. O lo hubieran descubierto, ¿no le parece?
—Claro, señor —sorprendido, Rapello dejó caer la carpeta y la recogió con rapidez.
—¿Conoce usted esa película?
—Creo que sé de qué película me habla, es una antigua.
—Sí. Es antigua; no solo robé la bicicleta, sino que se la robé a mi mejor amigo, y él le contó la historia del robo a otro. Y así llegó hasta De Sica. O hasta Sabattini, que escribió la historia. Si no fuera por esa bicicleta, yo jamás hubiera conseguido mi primer empleo en esta fábrica. Exigían tenerla. Eran tiempos difíciles, tuve que hacerlo, y tuve también que olvidarme de mi amigo, el trompetista. Pero ya ve, él tiene una película, y yo, sin embargo, no tengo la mía.
Micheletto se tapó con las manos las orejas.
—¿Se siente bien, señor Micheletto?
—¿No escucha usted la trompeta, Rapello?
—No, señor.
—Lástima, es fantástica.
Rapello se levantó con discreción, saludó amablemente a Micheletto y se marchó.
Dicen que desde aquel día no se vio nunca más al señor Micheletto en su vieja bicicleta. La señorita Baldi afirma que escuchó ruidos metálicos y supone que el señor Micheletto desmontó la bicicleta. Otros dicen que esa tarde lo vieron pasar rumbo al río, iba con un paquete en las manos, que probablemente lanzó a las aguas. Nadie sabe con certeza si cenó con el joven documentalista, lo único cierto es que el viernes, el señor Micheletto llegó a la empresa en taxi, a la misma hora que todos los días.