reminiscencia (relato)
Tenía por aquel entonces la hermosa edad de veinticinco años, una salud envidiable, el optimismo de color de rosa y tan bellas y dulces ilusiones, que no sé cómo no estallaba mi cabeza, incapaz de poderlas contener.
Un buen amigo de mi padre me había buscado colocación, en una importantísima Compañía fabril, y fuese porque mis méritos ayudasen a ello o que la recomendación se considerase como de las más valiosas, era lo cierto que, desde el primer dio, fui marcadamente distinguido por mis jefes inmediatos, los que hubieron de encomendarme uno de los trabajos más importantes de la oficina.
Es verdad que yo dominaba casi a la perfección varios idiomas; desde muy pequeño, no encontré grandes dificultades para compenetrarme pronto y fácilmente con aquellos estudios gramaticales, que vienen a constituir la base para llegar al dominio de todas las lenguas.
El inglés y el alemán no tenían secretos para mí; tan familiares me eran como mi propio idioma. Además, era bastante competente en cuestiones mercantiles; y líbreme Dios de quererme hacer un elogio, que interpretarse pudiera como inmodestia. Pero la verdad antes de todo: mis conocimientos comerciales eran de lo más completo que pudiera pedirse.
A los pocos meses de pertenecer a la Sociedad, fui elevado a la categoría de jefe de la sección exportadora para la América del Sur, llegando a disfrutar, a la par que un envidiable sueldo, de la consideración y aprecio del alto personal de la misma, que enterados fueron de mis méritos y constancia para el trabajo.
Una mañana, a poco de entrar en las oficinas me avisaron con urgencia. El director necesitaba verme, para enterarme de un asunto, y como quiera que se me encarecía la mayor prontitud solté la pluma, dirigiendo mis pasos al despacho de la Dirección.
El ordenanza al verme se hizo a un lado, con grandes demostraciones de respeto.
El señor Verdier, casi oculto tras la voluminosa mesa de trabajo por el diario de la mañana que, abierto en toda su extensión, le distraía con su lectura, no sintió mi llegada; forzoso me iniciar una ligerísima tos, para que en mí reparara.
Al verme dobló rápidamente las hojas, y levantándose con un apresuramiento no exento de fina política, me tendió la mano.
—Mi querido Pablo Barade; pase, pase enseguida. ¿Cómo va de salud? —y por momento apretó con efusión la mano, que a mi vez le tendía.
Me ofreció asiento a su lado y, después de limpiar pulcramente los cristales de sus gafas dijo:
—Vamos a ver, señor Barade. He pensado en usted para un asunto, que consideramos del mayor interés para nuestra Sociedad. Y que cuando se lo haya explicado le ha de producir un agradable efecto. ¿Qué pensaría usted de un viaje a Inglaterra? ¿No le gustaría mucho?
Al poco me quedé un tanto desorientado, pues verdaderamente no esperaba tal noticia; mas pronto me repuse de mi sorpresa.
—Usted, señor director —le dije—, sabe bien que siempre estoy a las órdenes de mis jefes para cuanto se me necesite. Un viaje a Inglaterra será de mi mayor agrado, máxime, si con ello puedo prestar a la Sociedad, a la que tengo el honor de pertenecer, un servicio de utilidad para sus negocios.
—Bien; muy bien, señor Barade; en vista de todo ello no hay por qué hablar más del asunto. Su misión es cosa relativamente sencilla, bien que en otro empleado que no dispusiera de los elementos de que usted dispone, sería cometido un tanto difícil de realizar. Tenemos precisión de hacer un estudio minucioso de la plaza de Londres, con el fin de ver la posibilidad de establecer, en el más breve plazo de tiempo, una delegación de nuestros negocios, que sin duda alguna nos tendría en una relación más íntima, más estrecha con nuestros clientes. Téngalo, pues, todo preparado para que su salida se verifique en la próxima semana.
Y el señor Verdier se levantó y me tendió la mano de nuevo, con la misma amabilidad y cariño con que en un principio me acogiera.
* * *
Dos días en París, después de mí salida de Marsella, me proporcionaron un pequeño descanso para mi cuerpo, un poco fatigado por el largo viaje y por el aceleramiento con que hube de preparar la partida. Aquella tarde, una vez que lo tuve todo listo y dispuesto para mi marcha a Inglaterra, me acicalé lo, mejor que pude, cambié algún dinero y me dirigí a uno de los más elegantes y concurridos cabarets de la luminosa ciudad.
Serían poco más de las dos de la madrugada cuando me retiré al hotel. Había bebido demasiado y me dolía la cabeza; una gran fatiga me invadía, y, aunque tenía que levantarme algo temprano, para tomar el tren de Boulogne-Sur-Mer, me eché un rato en la Cama, pues verdaderamente no podía tirar de mi cuerpo.
* * *
Unos golpes discretos, dados sobre la puerta de la habitación, me despertaron con sobresalto. Tardé un poco en poder coordinar mis ideas, además la tenue penumbra en que se sumía el recinto contribuía a que mi despertar fuese más lento. Miré el reloj colocado sobre la mesilla de noche; eran las ocho y veinte de la mañana.
Rápidamente me vestí, y mientras peinaba mis cabellos alborotados fueron apareciendo en mi imaginación las curiosas incidencias del sueño, que durante las pocas horas de descanso llenaron mi cerebro.
Era el mismo raro sueño que en distintas noches de mi vida disfrutara.
Siempre se me aparecía lo mismo, con su carita triste y melancólica, orlada por una abundante cabellera dorada, como trigo maduro.
Peto lo curioso del caso es que al poco tiempo se borraba su imagen, hasta el punto de no poder reconstruirla. Cuantas veces torturé mi pensamiento, cuantas veces intenté sondear en mi pasado hincando una solución, un algo que aclarase el enigma, siempre venía a parar en la consecuencia de que solo era un sueño. Yo no la había conocido jamás.
Sin saber por qué, perduraba más en mí aquel día su recuerdo; parecía como si una vaga reminiscencia pugnara por consolidarse, por realizarse, teniendo a veces un ligero aspecto de certeza. Faltaban escasamente unos cuarenta minutos para la salida del rápido de Boulogne, y abreviando cuanto pude en el arreglo personal recogí mi equipaje; pagué la cuenta y en pocos minutos me encontré sentado en el departamento del tren, entre un suboficial de la Armada y una clama inglesa que retornaba a su patria.
* * *
Las pequeñas incidencias de todos los viajes me distrajeron prontamente. De vez en cuando, volvía a mi mente la borrosa figura que en tan extraños sueños se me presentaba, pero de nuevo se esfumaba más tarde, aunque a cada reaparición se iba debilitando, de tal forma, que concluyó por ser una cosa casi relegada al olvido.
En Boulogne nos detuvimos bastante tiempo; había muchos viajeros para Inglaterra, y la requisa de la Aduana, siempre lenta, desagradable y malhumorada, tuvo aquel día un señalado aspecto de severidad.
El vapor que debía conducirnos al otro lado del canal dejaba escapar por su chimenea una alborotada y espesa humareda blancuzca, que se perdía en las alturas hasta confundirse con el color plomizo del cielo.
Un mugido trepidante y ensordecedor de su sirena marcó la partida.
Sobre la borda, acodado, veía cómo la tierra se iba empequeñeciendo, a medida que la nave se internaba en la inmensidad de las aguas revueltas. Llegó un momento en que el tren que acabábamos de dejar se asemejaba a un lindo juguete. La tarde muy fría y desapacible, pues aún no había entrado el mes de abril, ponía en el cuerpo un escalofrío zigzagueante que obligaba a abandonar la cubierta, salpicada con frecuencia por las olas, al estrellarse con ímpetu sobre los costados del buque. El viento silbaba cada vez con más fuerza, por entre el puente y los mástiles, viéndome en la necesidad de buscar amparo en el interior. Bajé la escalerilla y penetré en el bar, cálido y confortable.
Una taza de café entonó mi cuerpo un poco aterido, y allí se secó la humedad de mi traje. Cómodamente arrellanado en el amplio sillón, cruzadas las piernas en un estiramiento casi felino, dejé escapar con arrobamiento las bocanadas de humo azul de mi cigarro, que iba a perderse desleído en el aire.
En la suave quietud del recinto, parecía apoderarse de mi algo así como una sensación de angustia, de aplanamiento y tristeza; una de esas Inexplicables sensaciones que anteceden a momentos o instantes de nuestra vida que van a constituir un hecho imborrable e imperecedero.
Sonó la sirena en un angustioso alarido. Era la señal dada al divisarse en lontananza la tierra lejana. Trepé ligero por la escalerilla, y al salir a cubierta pude ver cómo una cinta negra, envuelta en la bruma, iba creciendo paulatinamente hasta irse definiendo sus detalles, primero, vagamente, luego más precisos, concluyendo por tomar un aspecto inconfundible.
Unos instantes después atracábamos al muelle de Folkestone.
* * *
La noche avanzaba raudamente sobre el mar y la tierra. Caía del cielo gris una lluvia fría y menudita, que ponía sobre los vestidos como un espolvoreo de cristales. La semiesfumada silueta de los acantilados, por entre cuyas grietas y quebraduras marcaban unas gaviotas los destellos de su blancura, entristecían el corazón, como si aquello fuese la antesala de algo desconocido.
Desembarqué. El tren que nos debía conducir hasta Londres, con todas las luces de sus departamentos encendidas, ponía una alegre claridad sobre el suelo de asfalto, abrillantado por la lluvia. Unos policías, rígidos, majestuosos, medían el andén con sus andares acompasados, las sombras que sus cuerpos proyectaban alcanzaban a veces gigantescas proporciones.
Mi equipaje fue llevado por fin al departamento; tomé asiento en el mismo y no recuerdo cuánto tiempo estuvimos corriendo por los campos en el silencio misterioso de la noche. Sentí que una mano me zarandeaba con suavidad y abrí los ojos. Una cara colorada y sonriente se inclinaba sobre mí, y su boca musitó en un francés algo pintoresco:
—Londres, m’sieu.
* * *
Una niebla espesa y pegajosa velaba las perspectivas de la gran ciudad, dejando entrever por sus rasgaduras las vacilantes luces de los focos del alumbrado, como a través de un vidrio opaco.
Marchaba el coche muy despacio, hundiéndose sigilosamente por entre aquel vapor, que hacía sentir la sensación de una asfixia lenta.
Dejamos atrás el hermoso palacio de Buckingham, ante cuyas portaladas y tras las cercas de sus jardines, unos soldados de la guardia, tocados con altos morriones, parecían al moverse en la sombra no sé qué seres monstruosos, surgidos de fantásticas lucubraciones.
Yo había facilitado al chófer la dirección de un hotel de mediana categoría, dirección que debiera a la amabilidad de mi huésped en París, pero no fui todo lo afortunado que deseara; lo tenían todo ocupado.
No dejó de comprender el chófer mi contrariedad; a las claras lo dejaba traslucir mi semblante, por lo que solícito y cariñoso se me ofreció para conducirme a una casa de su conocimiento, donde con toda seguridad hallaría la hospitalidad deseada durante el tiempo que había de permanecer en el país, ofrecimiento que hube de aceptar con alegría, y más en aquellos momentos de tribulación que suele invadirnos siempre cuando, al encontrarnos en tierras desconocidas, nos surge un inconveniente que consideramos como de grave y difícil solución.
Pronto llegamos al fin de nuestro destino. La niebla parecía aclararse un poco y la llovizna, que al principio era como una especie de rocío, se había hecho más intensa, más copiosa, sintiéndose correr el agua con un manso ruidillo por las vertientes de la calle.
El auto frenó con un rechinamiento tan agudo, que puso en los dientes un escalofrío desagradable. Estábamos ante una casa de poca altura, cuyo piso inferior se elevaba bastante sobre el nivel del suelo, llegándose hasta el mismo por unas escalerillas de hierro, que partiendo de ambos lados venían a reunirse en un descansillo ante la puerta.
Toda la casa estaba rodeada por un remedo de jardín, donde solo florecían unas cuantas plantas, tan raquíticas y mustias que no merecían la pena de recibir este nombre.
Desde el interior del coche vi cómo mi buen conductor franqueaba la verja que protegía la vivienda. Luego vi cómo ascendía por una de las escalerillas y se detenía en el descansillo. El repiqueteo de un timbre sonó en la noche. La puerta, al entreabrirse, dejó escapar un alegre reguero de luz, que iluminó un trozo del raquítico jardín y parte de la calle mojada por la lluvia. La oscura silueta de una mujer se recortaba sobre el fondo, y parecía cuchichear con el chófer... Este se volvió de pronto y mirando hacia el coche me hizo señas de que podía ir a la casa.
Bajé sin apresuramiento, muy dueño de mí, con esa serenidad que nos suelen dar en la vida los momentos que siguen a una situación de temor, a la que hemos estado subyugados por algún tiempo. Subí los escalones de hierro y llegué a la puerta. La mujer al verme me hizo un gracioso saludo de bienvenida, invitándome a seguirla por el pasillo; la alfombra que lo cubría amortiguaba nuestros pasos sigilosos y un penetrante olor a cera trasminaba del suelo.
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La mujer, al llegar al fondo del corredor, entreabrió una puerta, haciéndome penetrar en un saloncito muy limpio y confortable que iluminó profusamente. Después, con una vocecilla algo musical me dijo:
—El señor tendrá la amabilidad de esperar unos instantes; voy a avisar a la dueña de la casa.
Y se alejó cimbreante, andando casi de puntillas, como si apenas tocara la alfombra con sus pies.
En aquellos minutos que corrían no sé lo que pasaba por mí. Al verme solo en aquella casa extraña, tan lejos de mi patria, de los míos, sentía un agudizamiento de los sentidos algo que se iba despejando en mi cerebro y que me hacía experimentar la impresión de que en aquel instante vivía algo extraño, insospechado hasta entonces; algo que en otra fecha pudo ser para mí una realidad, y que yo no llegaba a precisar con certeza cuándo y cómo hubo de suceder.
Me tapé los ojos con las manos, apoyé los codos en mis rodillas y estrujé mis ideas para ver si exprimiéndolas sacaba el jugo de mis recuerdos.
El reloj que colgaba de un testero de la habitación dio una hora, llenándose el recinto de argentinas vibraciones, que se fueron perdiendo en el aire. Unos leves crujidos, que se sintieron por el corredor, delataban que una persona se iba aproximando al lugar donde yo esperaba; los pasos llegaron hasta la puerta y se pararon de pronto. Aparté las manos de mis ojos y me levanté completamente convencido de que algo insólito y extraño iba a presenciar.
Ante mí se alzaba graciosamente una bella figura de mujer. Tenía los cabellos rubios y ensortijados y su semblante un poco pálido respiraba una intensa melancolía. Mis ojos vagaron al principio de un lado para otro, para quedar luego atónitamente fijos sobre el rostro que acababa de surgir de la penumbra del pasillo. Mis labios musitaron un nombre, que apenas si pude contener. Luego sentí como si las fuerzas me abandonaran.
Una voz dulce y apagada me sacó de la gran confusión en que me encontraba sumido, y tendiéndome una mano, que oprimí entre las mías, heladas por la impresión sufrida, me dijo:
—Señor, mi madre, un poco enferma, me encarga que le salude en su nombre, y esperamos que la estancia entre nosotros sea agradable y placentera.
Luego, como un autómata, la seguí hasta la habitación que se me destinaba.
Aquella noche no pude dormir. Parecía que iba a volverme loco, bajo la idea obsesionante que no podía apartar de mí. Había puesto un punto final al total esclarecimiento de aquello que tantas veces me hizo pensar, al volver de los sueños tan repetidos y misteriosos. Aquella mujer que hasta esa noche haba estado para mi tan ignorada en la vida era la misma que en la subconsciencia de mi espíritu se me aparecía.
* * *
Y ustedes se preguntarán: ¿Cuál fue el desenlace de todo aquello?
Pues tuvo para todo el mundo el más vulgar de los desenlaces que suelen ocurrir en la vida. Me tasé con ella y por consiguiente es hoy mi mujer.
Nunca quise referirle esto que ustedes ya conocen, pero un atardecer del invierno frío y desapacible, cuando tras las cristaleras de nuestro balcón veíamos caer la lluvia, le dije:
—Dime, Mary. ¿Tú no has soñado nunca conmigo antes de conocerme...?
Y ella, poniéndose un poco triste y melancólica, me contestó:
—¡Qué sé yo qué decirte!... Solo sé que te quiero tanto, tanto, que me parece haberte conocido antes de ahora, hace mucho tiempo; tal vez en otra existencia venturosa y lejana... sí, muy lejana...
Un buen amigo de mi padre me había buscado colocación, en una importantísima Compañía fabril, y fuese porque mis méritos ayudasen a ello o que la recomendación se considerase como de las más valiosas, era lo cierto que, desde el primer dio, fui marcadamente distinguido por mis jefes inmediatos, los que hubieron de encomendarme uno de los trabajos más importantes de la oficina.
Es verdad que yo dominaba casi a la perfección varios idiomas; desde muy pequeño, no encontré grandes dificultades para compenetrarme pronto y fácilmente con aquellos estudios gramaticales, que vienen a constituir la base para llegar al dominio de todas las lenguas.
El inglés y el alemán no tenían secretos para mí; tan familiares me eran como mi propio idioma. Además, era bastante competente en cuestiones mercantiles; y líbreme Dios de quererme hacer un elogio, que interpretarse pudiera como inmodestia. Pero la verdad antes de todo: mis conocimientos comerciales eran de lo más completo que pudiera pedirse.
A los pocos meses de pertenecer a la Sociedad, fui elevado a la categoría de jefe de la sección exportadora para la América del Sur, llegando a disfrutar, a la par que un envidiable sueldo, de la consideración y aprecio del alto personal de la misma, que enterados fueron de mis méritos y constancia para el trabajo.
Una mañana, a poco de entrar en las oficinas me avisaron con urgencia. El director necesitaba verme, para enterarme de un asunto, y como quiera que se me encarecía la mayor prontitud solté la pluma, dirigiendo mis pasos al despacho de la Dirección.
El ordenanza al verme se hizo a un lado, con grandes demostraciones de respeto.
El señor Verdier, casi oculto tras la voluminosa mesa de trabajo por el diario de la mañana que, abierto en toda su extensión, le distraía con su lectura, no sintió mi llegada; forzoso me iniciar una ligerísima tos, para que en mí reparara.
Al verme dobló rápidamente las hojas, y levantándose con un apresuramiento no exento de fina política, me tendió la mano.
—Mi querido Pablo Barade; pase, pase enseguida. ¿Cómo va de salud? —y por momento apretó con efusión la mano, que a mi vez le tendía.
Me ofreció asiento a su lado y, después de limpiar pulcramente los cristales de sus gafas dijo:
—Vamos a ver, señor Barade. He pensado en usted para un asunto, que consideramos del mayor interés para nuestra Sociedad. Y que cuando se lo haya explicado le ha de producir un agradable efecto. ¿Qué pensaría usted de un viaje a Inglaterra? ¿No le gustaría mucho?
Al poco me quedé un tanto desorientado, pues verdaderamente no esperaba tal noticia; mas pronto me repuse de mi sorpresa.
—Usted, señor director —le dije—, sabe bien que siempre estoy a las órdenes de mis jefes para cuanto se me necesite. Un viaje a Inglaterra será de mi mayor agrado, máxime, si con ello puedo prestar a la Sociedad, a la que tengo el honor de pertenecer, un servicio de utilidad para sus negocios.
—Bien; muy bien, señor Barade; en vista de todo ello no hay por qué hablar más del asunto. Su misión es cosa relativamente sencilla, bien que en otro empleado que no dispusiera de los elementos de que usted dispone, sería cometido un tanto difícil de realizar. Tenemos precisión de hacer un estudio minucioso de la plaza de Londres, con el fin de ver la posibilidad de establecer, en el más breve plazo de tiempo, una delegación de nuestros negocios, que sin duda alguna nos tendría en una relación más íntima, más estrecha con nuestros clientes. Téngalo, pues, todo preparado para que su salida se verifique en la próxima semana.
Y el señor Verdier se levantó y me tendió la mano de nuevo, con la misma amabilidad y cariño con que en un principio me acogiera.
* * *
Dos días en París, después de mí salida de Marsella, me proporcionaron un pequeño descanso para mi cuerpo, un poco fatigado por el largo viaje y por el aceleramiento con que hube de preparar la partida. Aquella tarde, una vez que lo tuve todo listo y dispuesto para mi marcha a Inglaterra, me acicalé lo, mejor que pude, cambié algún dinero y me dirigí a uno de los más elegantes y concurridos cabarets de la luminosa ciudad.
Serían poco más de las dos de la madrugada cuando me retiré al hotel. Había bebido demasiado y me dolía la cabeza; una gran fatiga me invadía, y, aunque tenía que levantarme algo temprano, para tomar el tren de Boulogne-Sur-Mer, me eché un rato en la Cama, pues verdaderamente no podía tirar de mi cuerpo.
* * *
Unos golpes discretos, dados sobre la puerta de la habitación, me despertaron con sobresalto. Tardé un poco en poder coordinar mis ideas, además la tenue penumbra en que se sumía el recinto contribuía a que mi despertar fuese más lento. Miré el reloj colocado sobre la mesilla de noche; eran las ocho y veinte de la mañana.
Rápidamente me vestí, y mientras peinaba mis cabellos alborotados fueron apareciendo en mi imaginación las curiosas incidencias del sueño, que durante las pocas horas de descanso llenaron mi cerebro.
Era el mismo raro sueño que en distintas noches de mi vida disfrutara.
Siempre se me aparecía lo mismo, con su carita triste y melancólica, orlada por una abundante cabellera dorada, como trigo maduro.
Peto lo curioso del caso es que al poco tiempo se borraba su imagen, hasta el punto de no poder reconstruirla. Cuantas veces torturé mi pensamiento, cuantas veces intenté sondear en mi pasado hincando una solución, un algo que aclarase el enigma, siempre venía a parar en la consecuencia de que solo era un sueño. Yo no la había conocido jamás.
Sin saber por qué, perduraba más en mí aquel día su recuerdo; parecía como si una vaga reminiscencia pugnara por consolidarse, por realizarse, teniendo a veces un ligero aspecto de certeza. Faltaban escasamente unos cuarenta minutos para la salida del rápido de Boulogne, y abreviando cuanto pude en el arreglo personal recogí mi equipaje; pagué la cuenta y en pocos minutos me encontré sentado en el departamento del tren, entre un suboficial de la Armada y una clama inglesa que retornaba a su patria.
* * *
Las pequeñas incidencias de todos los viajes me distrajeron prontamente. De vez en cuando, volvía a mi mente la borrosa figura que en tan extraños sueños se me presentaba, pero de nuevo se esfumaba más tarde, aunque a cada reaparición se iba debilitando, de tal forma, que concluyó por ser una cosa casi relegada al olvido.
En Boulogne nos detuvimos bastante tiempo; había muchos viajeros para Inglaterra, y la requisa de la Aduana, siempre lenta, desagradable y malhumorada, tuvo aquel día un señalado aspecto de severidad.
El vapor que debía conducirnos al otro lado del canal dejaba escapar por su chimenea una alborotada y espesa humareda blancuzca, que se perdía en las alturas hasta confundirse con el color plomizo del cielo.
Un mugido trepidante y ensordecedor de su sirena marcó la partida.
Sobre la borda, acodado, veía cómo la tierra se iba empequeñeciendo, a medida que la nave se internaba en la inmensidad de las aguas revueltas. Llegó un momento en que el tren que acabábamos de dejar se asemejaba a un lindo juguete. La tarde muy fría y desapacible, pues aún no había entrado el mes de abril, ponía en el cuerpo un escalofrío zigzagueante que obligaba a abandonar la cubierta, salpicada con frecuencia por las olas, al estrellarse con ímpetu sobre los costados del buque. El viento silbaba cada vez con más fuerza, por entre el puente y los mástiles, viéndome en la necesidad de buscar amparo en el interior. Bajé la escalerilla y penetré en el bar, cálido y confortable.
Una taza de café entonó mi cuerpo un poco aterido, y allí se secó la humedad de mi traje. Cómodamente arrellanado en el amplio sillón, cruzadas las piernas en un estiramiento casi felino, dejé escapar con arrobamiento las bocanadas de humo azul de mi cigarro, que iba a perderse desleído en el aire.
En la suave quietud del recinto, parecía apoderarse de mi algo así como una sensación de angustia, de aplanamiento y tristeza; una de esas Inexplicables sensaciones que anteceden a momentos o instantes de nuestra vida que van a constituir un hecho imborrable e imperecedero.
Sonó la sirena en un angustioso alarido. Era la señal dada al divisarse en lontananza la tierra lejana. Trepé ligero por la escalerilla, y al salir a cubierta pude ver cómo una cinta negra, envuelta en la bruma, iba creciendo paulatinamente hasta irse definiendo sus detalles, primero, vagamente, luego más precisos, concluyendo por tomar un aspecto inconfundible.
Unos instantes después atracábamos al muelle de Folkestone.
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La noche avanzaba raudamente sobre el mar y la tierra. Caía del cielo gris una lluvia fría y menudita, que ponía sobre los vestidos como un espolvoreo de cristales. La semiesfumada silueta de los acantilados, por entre cuyas grietas y quebraduras marcaban unas gaviotas los destellos de su blancura, entristecían el corazón, como si aquello fuese la antesala de algo desconocido.
Desembarqué. El tren que nos debía conducir hasta Londres, con todas las luces de sus departamentos encendidas, ponía una alegre claridad sobre el suelo de asfalto, abrillantado por la lluvia. Unos policías, rígidos, majestuosos, medían el andén con sus andares acompasados, las sombras que sus cuerpos proyectaban alcanzaban a veces gigantescas proporciones.
Mi equipaje fue llevado por fin al departamento; tomé asiento en el mismo y no recuerdo cuánto tiempo estuvimos corriendo por los campos en el silencio misterioso de la noche. Sentí que una mano me zarandeaba con suavidad y abrí los ojos. Una cara colorada y sonriente se inclinaba sobre mí, y su boca musitó en un francés algo pintoresco:
—Londres, m’sieu.
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Una niebla espesa y pegajosa velaba las perspectivas de la gran ciudad, dejando entrever por sus rasgaduras las vacilantes luces de los focos del alumbrado, como a través de un vidrio opaco.
Marchaba el coche muy despacio, hundiéndose sigilosamente por entre aquel vapor, que hacía sentir la sensación de una asfixia lenta.
Dejamos atrás el hermoso palacio de Buckingham, ante cuyas portaladas y tras las cercas de sus jardines, unos soldados de la guardia, tocados con altos morriones, parecían al moverse en la sombra no sé qué seres monstruosos, surgidos de fantásticas lucubraciones.
Yo había facilitado al chófer la dirección de un hotel de mediana categoría, dirección que debiera a la amabilidad de mi huésped en París, pero no fui todo lo afortunado que deseara; lo tenían todo ocupado.
No dejó de comprender el chófer mi contrariedad; a las claras lo dejaba traslucir mi semblante, por lo que solícito y cariñoso se me ofreció para conducirme a una casa de su conocimiento, donde con toda seguridad hallaría la hospitalidad deseada durante el tiempo que había de permanecer en el país, ofrecimiento que hube de aceptar con alegría, y más en aquellos momentos de tribulación que suele invadirnos siempre cuando, al encontrarnos en tierras desconocidas, nos surge un inconveniente que consideramos como de grave y difícil solución.
Pronto llegamos al fin de nuestro destino. La niebla parecía aclararse un poco y la llovizna, que al principio era como una especie de rocío, se había hecho más intensa, más copiosa, sintiéndose correr el agua con un manso ruidillo por las vertientes de la calle.
El auto frenó con un rechinamiento tan agudo, que puso en los dientes un escalofrío desagradable. Estábamos ante una casa de poca altura, cuyo piso inferior se elevaba bastante sobre el nivel del suelo, llegándose hasta el mismo por unas escalerillas de hierro, que partiendo de ambos lados venían a reunirse en un descansillo ante la puerta.
Toda la casa estaba rodeada por un remedo de jardín, donde solo florecían unas cuantas plantas, tan raquíticas y mustias que no merecían la pena de recibir este nombre.
Desde el interior del coche vi cómo mi buen conductor franqueaba la verja que protegía la vivienda. Luego vi cómo ascendía por una de las escalerillas y se detenía en el descansillo. El repiqueteo de un timbre sonó en la noche. La puerta, al entreabrirse, dejó escapar un alegre reguero de luz, que iluminó un trozo del raquítico jardín y parte de la calle mojada por la lluvia. La oscura silueta de una mujer se recortaba sobre el fondo, y parecía cuchichear con el chófer... Este se volvió de pronto y mirando hacia el coche me hizo señas de que podía ir a la casa.
Bajé sin apresuramiento, muy dueño de mí, con esa serenidad que nos suelen dar en la vida los momentos que siguen a una situación de temor, a la que hemos estado subyugados por algún tiempo. Subí los escalones de hierro y llegué a la puerta. La mujer al verme me hizo un gracioso saludo de bienvenida, invitándome a seguirla por el pasillo; la alfombra que lo cubría amortiguaba nuestros pasos sigilosos y un penetrante olor a cera trasminaba del suelo.
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La mujer, al llegar al fondo del corredor, entreabrió una puerta, haciéndome penetrar en un saloncito muy limpio y confortable que iluminó profusamente. Después, con una vocecilla algo musical me dijo:
—El señor tendrá la amabilidad de esperar unos instantes; voy a avisar a la dueña de la casa.
Y se alejó cimbreante, andando casi de puntillas, como si apenas tocara la alfombra con sus pies.
En aquellos minutos que corrían no sé lo que pasaba por mí. Al verme solo en aquella casa extraña, tan lejos de mi patria, de los míos, sentía un agudizamiento de los sentidos algo que se iba despejando en mi cerebro y que me hacía experimentar la impresión de que en aquel instante vivía algo extraño, insospechado hasta entonces; algo que en otra fecha pudo ser para mí una realidad, y que yo no llegaba a precisar con certeza cuándo y cómo hubo de suceder.
Me tapé los ojos con las manos, apoyé los codos en mis rodillas y estrujé mis ideas para ver si exprimiéndolas sacaba el jugo de mis recuerdos.
El reloj que colgaba de un testero de la habitación dio una hora, llenándose el recinto de argentinas vibraciones, que se fueron perdiendo en el aire. Unos leves crujidos, que se sintieron por el corredor, delataban que una persona se iba aproximando al lugar donde yo esperaba; los pasos llegaron hasta la puerta y se pararon de pronto. Aparté las manos de mis ojos y me levanté completamente convencido de que algo insólito y extraño iba a presenciar.
Ante mí se alzaba graciosamente una bella figura de mujer. Tenía los cabellos rubios y ensortijados y su semblante un poco pálido respiraba una intensa melancolía. Mis ojos vagaron al principio de un lado para otro, para quedar luego atónitamente fijos sobre el rostro que acababa de surgir de la penumbra del pasillo. Mis labios musitaron un nombre, que apenas si pude contener. Luego sentí como si las fuerzas me abandonaran.
Una voz dulce y apagada me sacó de la gran confusión en que me encontraba sumido, y tendiéndome una mano, que oprimí entre las mías, heladas por la impresión sufrida, me dijo:
—Señor, mi madre, un poco enferma, me encarga que le salude en su nombre, y esperamos que la estancia entre nosotros sea agradable y placentera.
Luego, como un autómata, la seguí hasta la habitación que se me destinaba.
Aquella noche no pude dormir. Parecía que iba a volverme loco, bajo la idea obsesionante que no podía apartar de mí. Había puesto un punto final al total esclarecimiento de aquello que tantas veces me hizo pensar, al volver de los sueños tan repetidos y misteriosos. Aquella mujer que hasta esa noche haba estado para mi tan ignorada en la vida era la misma que en la subconsciencia de mi espíritu se me aparecía.
* * *
Y ustedes se preguntarán: ¿Cuál fue el desenlace de todo aquello?
Pues tuvo para todo el mundo el más vulgar de los desenlaces que suelen ocurrir en la vida. Me tasé con ella y por consiguiente es hoy mi mujer.
Nunca quise referirle esto que ustedes ya conocen, pero un atardecer del invierno frío y desapacible, cuando tras las cristaleras de nuestro balcón veíamos caer la lluvia, le dije:
—Dime, Mary. ¿Tú no has soñado nunca conmigo antes de conocerme...?
Y ella, poniéndose un poco triste y melancólica, me contestó:
—¡Qué sé yo qué decirte!... Solo sé que te quiero tanto, tanto, que me parece haberte conocido antes de ahora, hace mucho tiempo; tal vez en otra existencia venturosa y lejana... sí, muy lejana...