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Autores
vicente gades
noticias de última hora (relato)
Un médico que en el vuelo que realiza escucha por radio noticias del pasado y del futuro... y hasta la de su propio fin.
El doctor Edward Crandon bajó del taxi. En el cielo brilló un relámpago. La humedad del ambiente predecía una noche de lluvia.
—¿A Chicago, señor?
—Sí.
El doctor entregó su maleta al empleado del aeropuerto. A poca distancia hallábase el enorme avión. Sus motores zumbaban rítmicamente. Las luces de los hangares eran pálidos ojos en la niebla. En cambio la oficina estaba brillantemente iluminada.
—Mala noche, señor.
—¡Sí, realmente!
El empleado tendió la maleta a la sonriente muchacha encargada de atender a los pasajeros. El doctor Crandon subió al aparato y siguió a la joven, que le mostró su asiento. Una mala noche y su primer viaje por el aire. Pero faltaban solo unas horas para empezar la convención médica. El único medio de llegar a tiempo era ir en aeroplano.
Recostóse en los cojines y dirigió una mirada a los otros viajeros: un hombre de mediana edad que leía un periódico; una pareja que reía a carcajadas y hablaba en voz baja; una dama de edad algo avanzada que se secaba los ojos; un joven que escribía en el reverso de un sobre y una muchacha que se empolvaba.
Las luces se apagaron. El avión se puso en movimiento. Gotas de agua chocaron contra los cristales, formando minúsculos riachuelos. El doctor Crandon bajó la cortinilla. Estaban ya en el aire.
El aparato estremecióse violentamente. Hubo un momento de terror a causa de una intensa sensación de que todo se hundía. Enseguida el aparato volvió a cruzar firmemente el cielo. Las luces se encendieron. El doctor Crandon sonrió. Un bache de aire.
La joven encargada de atender a los viajeros apareció sonriente. Tranquilizó a la vieja dama, arregló un cojín y llevó un vaso de agua al hombre de mediana edad. El doctor Crandon miró su reloj. Las ocho y media. Era el momento de las noticias de radio. Como si leyera sus pensamientos, la muchacha se detuvo junto a su asiento.
—¿Desea usted escuchar la radio, señor? Junto a cada asiento hay un aparato con auriculares en vez de altavoz.
—Muchas gracias, señorita. La escucharé con mucho gusto.
El doctor Crandon se puso los auriculares y, mientras la empleada se alejaba, hizo girar el disco graduado.
—Vamos a comenzar nuestra retransmisión de noticias de última hora —decía una voz.
—He llegado a tiempo —murmuró el doctor Crandon.
La voz continuó:
—El famoso dirigible «Hindenburg» se ha estrellado, envuelto en llamas, en Lakehurst, Nueva Jersey, a última hora de la tarde de hoy. La enorme nave aérea...
El doctor Crandon se irguió, frunciendo el ceño. ¡Qué cosa más rara! El «Hindenburg» había sido destruido varios meses antes. Recordaba haber oído aquellas mismas palabras por la radio. Acaso la noticia se repetía con algún fin. Hizo girar nuevamente el disco. Oyéronse las notas de una orquesta. Cesó la música y una voz dijo:
—Interrumpimos este programa para comunicarles las noticias de última hora. Las fuerzas japonesas se han apoderado de Shanghái. Todos los extranjeros han sido advertidos.
La voz se desvaneció. Shanghái había sido conquistada la noche en que Keller, su paciente, había muerto. Hacía de ello varias semanas.
De súbito el doctor recordó haber leído algo acerca de una teoría científica. Todo sonido que ha nacido permanece vivo vibrando en el éter. Todos los programas radiofónicos siguen existiendo en el espacio. Los ruidos y las palabras que han brotado de bocas cuyos dueños pertenecen a la Historia podrán ser algún día captados. ¿Sería posible que, debido a las condiciones eléctricas y magnéticas del aire, causadas por las tempestades, la radio estuviera recogiendo programas de semanas anteriores?
La atención del doctor volvió al aparato. Un zumbido convirtióse en música, música extraña, fantástica, como jamás la había oído. La música cesó. Clara, penetrante, oyóse una voz:
—Noticias relámpago. Los Estados Unidos de Europa han declarado la guerra a la Federación de Estados Sudamericanos. La presidente Mary Dixon ha declarado que la negativa...
Otro relámpago y las palabras se esfumaron. Escuchóse otra voz femenina que decía:
—La creciente interferencia meteórica puede obligar a interrumpir todo tráfico entre Marte y Venus. Dentro de dos semanas el sistema solar saldrá de la zona de peligro. La Compañía de Viajes Inter-planetarios ha cancelado todos los viajes de fin de semana entre Marte y...
¿El futuro? El doctor Crandon estaba escuchando emisiones que aún no se habían radiado. El tiempo... la cuarta dimensión. El tiempo... extendiéndose por el espacio. Todos los sucesos existen ya en algún punto, y debido a una alteración de las leyes de la Naturaleza, le era posible conectar con el mañana. Su descubrimiento trastornaría el mundo científico.
Miró a los demás pasajeros. ¿Utilizaba alguno de ellos la radio? La vieja dama tenía la mirada fija en el espacio; la pareja seguía hablando; el hombre de mediana edad dormitaba; el joven leía una revista; la joven se arreglaba las uñas. El secreto era solo suyo.
Una fría parálisis le atenazó. Estaba en el borde de lo desconocido. Debía escuchar noticias de Bolsa. Resultados de carreras de caballos. La marcha de las guerras. Nuevos descubrimientos. Podría hacer millones, ser un profeta, un gran inventor. Hizo girar lentamente el disco, escuchó.
De pronto cesó el rugido de los motores. El aeroplano estaba aterrizando. ¿Tan pronto? El doctor Crandon consultó el reloj. Eran las ocho y media. La empleada apareció sonriente. Los pasajeros se levantaron dispuestos para bajar del avión.
En el exterior reinaban profundas tinieblas. El doctor Crandon se disponía a levantar la cortina, pero la joven le contuvo.
—Un momento —dijo.
Siempre sonriendo, levantó la tapa de la radio y cambió de sitio unos alambres. Una voz resonó en los auriculares. El doctor, al oírla, se echó hacia atrás.
—Noticias de última hora. El avión de transporte de Nueva York—. Chicago de las ocho y cuarto se estrelló contra el suelo poco después de abandonar el aeródromo. Siete pasajeros dos pilotos y una empleada iban a bordo. Todos murieron instantáneamente. Entre los pasajeros se hallaba el doctor Crandon, famoso especialista, que se dirigía a la Convención Médica de Chicago...
El doctor Crandon se quitó los auriculares y, levantándose, siguió a los demás pasajeros.